Emocionalidad e hispanidad: Influencia de desencarnados; la compensación («karma»), choques y venganzas

Sigue de moda, y bien en el candelero, el tema de los «choques civilizatorios».

Como ejemplo, en el mundo hispano, tenemos el típico y mediático de la polarización y conflicto azuzado en hispanoamérica, relativo a la «conquista española»: que si hay que pedir perdón o no, por ejemplo.

En seguida vamos al punto de este texto, pero antes, un poco del contexto evidente.

Tenemos la obviedad de que las masas de mejicanos, etc., son o intentan ser manipuladas por élites que descienden de criollos ─o a veces literalmente ni eso, de élites europeizadas a más no poder─ que azuzan el conflicto para que, entre otras cosas, las masas de votantes ─me pongo ahora en el lugar mismamente de un mejicano─ no veamos cómo se llevan toneladas y toneladas de recursos a Canadá, EEUU, etc., actualmente.

Ya sabéis: somos masas más o menos estupidizadas por nuestro poco carácter ante los cambios bruscos tecnológicos y culturales: que si las pantallas y demás tecnologías («trabajo industrial», vida en colmenas, etc.); que si la justificación de la mutilización y la automutilzación a cuento de lo ELEGETEBEQUi+, y un largo etcétera de inarmonías normalizadas.

El tema de este texto no es este, sino sólo apuntar al hecho relacionado con la siguiente pregunta, muy básica:

¿en qué sentido «nos merecemos», en la España peninsular, un «castigo», ahora? ¿Quiénes o qué se merece algo así?

El tema de «merecerse» o no merecerse algo tiene que ver con la ley de compensación, esa ley que en general estaría ahí, continuamente, en marcha.

Por cierto, esa «compensación» es ahora también sujeto de memes: tenemos el típico vídeo de «karma instantáneo», con el que tanta gente disfrutamos ─con más o menos saña─ al ver cómo una persona ─o un gato/a─ realiza algún acto dañino para acto seguido verse a su vez dañada, golpeada, robada, etc.

Esa misma ley está en el trasfondo de la sabiduría popular…, y de tantas cosas…:

«quien roba a un ladrón, cien años de perdón» (aunque, por cierto, ese dicho es demasiado vengativo, digamos, y robar no está justificado. El dicho sólo es ahora relevante como indicio de algo que todavía resuena, que tiene que ver con la ley de compensación ─simplemente eso─).

Es muy gracioso ver que una ley natural como la de la compensación (de entre esas leyes naturales que podemos llamar también «leyes de Dios») está protagonizando tan explícitamente tantas cosas en nuestras vidas.

La vemos en los medios de comunicación, con su masiva manipulación de miedos, culpas y vergüenzas ─aunque parece que ahora están en un continuo estado delirante de dar mentiras flagrantes, ya que parece que tales mentiras siempre acompañan a todo estado de guerra─.

La vemos en los shorts en youtube y tiktok, etc.

Por eso, por cierto, y lógicamente, podemos considerar que nuestra madre Dios está así como en una especie de risa infinita, o es tal cosa.

Lo digo porque quizá no hay nada más «cómico» (y trágico a la vez) que unas criaturas tan inteligentes, los humanos ─pero criaturas al fin y al cabo─ estén sujetas de cabo a rabo por unas leyes que son tan explícitamente visibles en sus vidas… siendo que, a la vez, esas criaturas reniegan de reflexionar un poco más sobre ello y, sobre todo, renegamos de quien habría creado ─o quien es responsable del funcionamiento de─ esas leyes 🙂 ; es decir: del Dios o Ser «personal» infinito, sin el cual no estaríamos vivas, ni estarían en marcha dichas leyes.

Entonces: ¿quién o qué se merece algo?

Han pasado más o menos dos siglos desde que la gran mayoría de «colonias» hispanas se independizaron.

Es decir, mejor dicho: desde que las personas que eran jurídicamente españolas ─en teoría con cierta igualdad ante la ley, aunque fuera «nominalmente», etc.─ se disgregaran en múltiples entidades políticas.

Una de ellas, un tal subproducto o cagarruta de tal fragmentación, fue la triste España peninsular (triste porque el desgarro suicida continuaba y continúa hoy).

Otras entidades así, evidentemente, fueron «las españas» de allende los mares, etc.

Pese a tamaña cantidad de años, en realidad ese lapso no es nada, para alguien ya muerto.

Es decir, alguien que muere físicamente en realidad sigue vivo en el mundo espiritual, y sigue con su cuerpo espiritual, y el tiempo ya «le importa un bledo» ─como sabemos por las verdades que estamos comprobando internamente, aunque esto lo sabe la humanidad desde siempre, más o menos─.

Es decir, de entrada nadie muere.

En el mundo espiritual ─o mejor dicho, en el estado en que muchos siguen pegados a la tierra, más o menos obsesivamente, y sin terminar de «entrar» en el otro mundo, o más bien, sin terminar de darse cuenta de que lo suyo va a ser ese otro mundo, el espiritual, con muchos lugares diferentes─… en ese mundo, decíamos, la vida continúa, indefinidamente.

Pero la vida continúa «allí» sin que sintamos o sin que tengamos un «sentido temporal» tan definido (o bien nada definido, conforme vayamos «limpiándonos» el alma, olvidando obsesiones terrestres, relativas a tener un cuerpo físico que ya no tenemos, unas obsesiones que, por lo tanto, son a la postre totalmente absurdas).

Entonces, es de suponer (cada cual tiene que sentir o no la veracidad de esta afirmación), es de suponer que hay miles y miles (más bien millones) de personas involucradas en los dramas del pasado y, más aún, de un drama (que no fue sólo drama) tan reciente como el de nuestro pasado hispano común… miles o millones de personas que ahora son espíritus y que están rondando la tierra más o menos obsesionadas por las cosas de ésta, por el pasado (heridas), etc.

Pueden ser millones de indígenas, por ejemplo:

muchos de ellos tuvieron vidas a veces demasiado bruscamente desestructuradas, en esos encuentros que se dieron ─para bien y para mal─ no sólo con los extranjeros españoles o criollos, sino también con otros indígenas.

Recordemos que las masacres puntuales y brutales (fuera ya de los contextos de guerra o conquista) duraron hasta el siglo XX; es decir, en el siglo XIX y en el XX hubo masacres de indígenas por parte de los estados independientes, por ejemplo los sudamericanos: Argentina, etc.

Al parecer, esos Estados republicanos independientes en general fueron a menudo más abiertamente crueles con los indígenas de lo que lo fueron las instituciones monárquicas. Esas Repúblicas, al parecer, fueron muy industrialmente crueles (más al estilo de los EEUU, digamos) con los indígenas, a menudo, una vez que se perdió la sujeción a la Monarquía Hispánica.

Pero, como dije, los conflictos también eran intertribales: habiendo pasado mucho tiempo tras la conquista, se daba todavía la amenaza de otros indígenas que podían guerrear contra tu propia tribu indígena (allá donde duraron bastante las culturas indígenas. Y todavía hoy, en cierto sentido amplio, «duran», como creo que sucede por ejemplo en el Yucatán y cercanías, o Chiapas, etc.).

Aparte, había muchas guerras intestinas o conflictos, mucho más caóticos, dentro de la sociedad imperial, tan diversa ella: conflictos entre facciones locales; conflictos con matices de racismo de parte también de los indígenas contra negros, pardos, mulatos; y conflictos, lógicamente, con el evidente racismo todavía tan presente de criollos contra indios, etc.

Pero, lo dicho, hay y hubo competencia entre los mismos indígenas y sus facciones, allá donde duraban. Estas tensiones no siempre se deberían simplemente a todo lo que acompañaba el imperio español:
─ las ansias «evangelizadoras» ─aculturizadoras─,
─ las ansias comerciales (es decir, transformadoras de la cultura local más comunal, porque, de repente, estaba esa novedad del «producir por producir» en cantidades industriales «para el mercado»: para por ejemplo la exportación de grano a las ciudades en crecimiento; estas cosas, lógicamente, inducen muchas tensiones en lo rural, etc.: envidias, explotación, etc.).

Pero volviendo a nuestros amigos y «enemigos» los espíritus 🙂 : Esos espíritus, que están algo «perdidos», o digamos «mareados» 🙂 … pueden ser también muchos de los casi un millón de muertos que al parecer hubo en una guerra en el mundo hispano, bastante después de haberse consumado las independencias en sudamérica. Me refiero a la  guerra hispano-«luso»-americana (una guerra civil «latina») que, al parecer, acabó con la mayoría de la población masculina en Paraguay ─la guerra empezó en el 1864, al parecer─. (Esta fue una más de entre todas esas consecuencias que al parecer siempre se dan tras las disgregaciones imperiales: guerras civiles para ver quién se queda con los diversos pasteles: tributos, etc.)

Entonces, es de suponer que por ejemplo muchos españoles podríamos tener (o atraer para tener más o menos) pegados a espíritus que tienen ─ya sí─ más directamente algo que ver con aquellos conflictos.

Y son nuestras heridas emocionales, por cierto ─en el alma, del alma─ las que nos habilitan (también conforme a ciertas leyes naturales) para tener y permitir esas «atracciones», recordemos.

Ese sería el sentido de «merecer»: Tenemos heridas que no curamos; eso permite que se peguen espíritus con sus propias «aventuras».

Dichas aventuras pueden ser justo aquellas que vivieron más directamente los espíritus «hispanoamericanos» que quizá acompañen a personas que emigran, etc. (es decir, que acompañen a sus propias heridas).

Así, cuando se mezclan diferentes «culturas» (como hoy gracias al extraño y a veces tan perjudicial y nocivamente brusco abaratamiento de lo tecnológico-industrial: aviones, teléfonos móviles, etc.), podemos estar atrayendo a espíritus para que se vuelvan a ver «las caras» ─o, más bien, para que se vuelvan a sentir mutuamente, y a veces quizá sin siquiera reconocerse muy conscientemente… aquellos espíritus que, literalmente, estuvieron enfrentados hace siglos─.

Esto por un lado tiene un «potencial sanador», lógicamente, pues las heridas hay que «verlas», hay que sentirlas. Es decir, las heridas no se nos van por arte de magia. (La única «varita mágica» podría ser el amor de Dios (opcional, pues el amor es un regalo, y más éste): un amor de Dios que, aunque no nos vaya a librar de sentir, sí nos va a librar de cierto «tiempo de sentir» y de ciertas «maneras brutales de sentir»; y a esto sería a lo único que podríamos llamar, si queremos, «mágico», aunque no lo es, tampoco.)

Es decir, todos estos «encuentros transculturales» tienen ese potencial.

Entonces, si mañana, dios no lo quiera, un grupo compuesto en parte por «latinos», etc., nos mata para mismamente robarnos y «aliviarse» un poco de la ira (aunque la violencia ─es decir, actos de «alivio» que se dan contra víctimas en forma de animales, personas, etc.─ no la alivia, por cierto), ahí, en ese acto, podrían estar involucradas las atracciones emocionales y las influencias de diversos espíritus azuzadores de conflictos, venganzas, etc., que llevamos más o menos puestos (tanto víctimas como victimarios), siendo que, tales espíritus, llevarían quizá mucho tiempo en el mundo espiritual (o, más bien, en el estado de «no querer entrar del todo en el mundo espiritual»).

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