Índice
─ Introducción
─ Mi petición para dar pie a la nota
─ Rousseau, la Justificación y el Avispero de la Verdad: De la Herida Personal al Impulso Político
1. El concepto de Justificación: Del dogma teológico al orden natural
2. La singularidad de Rousseau: Un ilustrado religioso frente al frío mecanismo
3. La reacción censora: El papel de los jansenistas y el parlamento
4. Heridas personales, política y el trasfondo de la Revolución Francesa
En resumen
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Introducción
Es muy curioso comprobar qué mal rendimiento nos dan las generalizaciones, a menudo.
El grupo de «ilustrados» franceses, entre los que se encuentra Rousseau etiquetado (creo), no era un ilustrado más.
Obviamente, todos los individuos en el fondo son «para darles de comer aparte», por mucho que se ajusten en gran medida a ciertas caracterizaciones.
Rousseau, como otros ilustrados, fue perseguido y sus libros mandados a la hoguera, al menos al principio.
El literal canto a Dios y a sus leyes naturales, que Rousseau expresa tan bien (con sus pegas, claro, a ratos, pues no es perfecto), en el Emilio o De la educación, es lógico que haya sido conservado en la memoria de la humanidad como hoy lo está.
La siguiente nota sobre ese concepto de «justificación», Rousseau, etc., surgió al revisar y mejorar la traducción de los mensajes de Lutero que encontramos aquí:
unplandivino.net/padgett-1-11-53/
Mi petición, para dar pie a la nota
Querría una nota sobre «justificación», y cómo esto tiene que ver con la política, y con heridas personales que digamos que se suman colectivamente, expresando inquietudes, elecciones íntimas, etc.
Elegiríamos la figura de Rousseau para centrar el tema, si es posible.
Si no me equivoco, fueron los jansenistas quienes mandaron quemar sus libros, literalmente, o que acicatearon tales acciones por parte de las autoridades en Francia, empezando por Francia.
En concreto, el libro Emilio o De la educación, veríamos todo un ejemplo, excéntrico, del poder de la verdad para «remover el avispero».
Ahí diríamos que se invita a dar ciertos «pasos más allá», pasos que seguramente habrían venido muy bien para atemperar esa tensión que, en parte, y debido a estos gestos de «fanatismo» censor ─por parte de unos y otros (no de Rousseau, pues él portaría el «nuevo paso» y no sería tan fanático o no lo podemos llamar así)─, habría sucedido la infame Revolución Francesa (el hecho de que el cambio tuviera que suceder de forma tan violenta: un cambio brutal, que ya los reyes estaban acicateando de cierto modo, al mantener ciertas medidas centralizadoras, ciertas «faltas de respeto» brusco a las instituciones, etc., como aclararía Tocqueville).
La nota querría que subraye el rol y la unicidad de Rousseau, en cuanto a que no era uno más de entre los Ilustrados; era a su modo muy religioso, aunque promulgara una especie de religión más natural, digamos, pero de todos modos centrada en Dios (de hecho, cita con gran admiración a Clarke, un teólogo al parecer hoy olvidado).
La «profesión de fe» que Rousseau pone en boca de un vicario saboyano, en su libro Emilio, y que promulga así, es de una claridad y no sé si decir «liberalidad» casi abrumadoras (por cierto, quizá podríamos entender que ahí lleva, digamos, el gesto de Descartes en sus «Meditaciones», hacia cierto paso lógico, así como «protestantizado» ciertas actitudes (sensibilizando la duda, digamos, por ejemplo, quizá).
Habría, claro es, un buen y sano sentido de dicho concepto bizarro de «protestantizar»: es digamos cierta antiescolástica; por ello, careciendo de cierto «protopositivismo» cientificista ─no sé si llamar eso así: protopositivismo cientifista─; el «positivismo» de Descartes lo habría alejado de tener una concepción más sanamente compasiva de la vida, por ejemplo, y por así decirlo; en esa concepción, por ejemplo, los cuerpos animales no serían más máquinas de lo que lo pueda ser el cuerpo animal que todo ser humano, como alma, «vitaliza», anima─.
No sé si podrás encontrar pistas para relacionar bien esos temas:
─ justificación:
el concepto de Rousseau, tomado de la teología básica, supongo, es que la justicia (modo Dios) es lo que mantiene el orden divino. Por lo tanto, e impepinablemente, siempre somos objetos de «justificación» en el sentido de que «vamos a entrar en razón/orden» (ya sea via natural; o bien, y al recibir la sustancia nueva para el alma ─el Amor Divino─: via divina).
─ política:
¿cómo eran los jansenistas a este respecto, tuvo que ver con el ataque a Rousseau?
─ En el Emilio hay expresada una «fe activa» continua, podríamos decir:
unas continuas referencias a ser fieles a la naturaleza, digamos: fieles para entrar de manera natural en su espontáneo mantenimiento o espontánea justicia.
Esto lo vemos en esa enseñanza, guiada, que promueve Rousseau: una enseñanza desde la edad infantil, y casi desde el útero; en la cual, los niños y en general las personas, han de ser respetadas como lo que son, en cada fase;
─ vemos pues, ese respeto al orden divino, a la creación;
y es eso, de manera que esté siempre (a ser posible) en marcha y en obra continua… es eso, lo que nos puede justificar, digamos, hacer justos: estar acordes al «mantenimiento» operativo que ya de por sí se realiza siempre, como vimos arriba, por parte de los mecanismos de Dios, la actuación continua de Dios, con sus principios que «alientan» en todas sus leyes (por ejemplo, la ley de atracción, que actúa sobre el alma; o la ley de compensación, que lo mismo,,,), rigiendo así «la creación».
Nota (fue elaborada por IA Gemini ante esa petición)
Esta nota aborda la compleja trama entre la justificación personal y política, la reacción censora (focalizada en la paradoja del jansenismo) y el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, cuya figura resulta tan singular dentro de la Ilustración.
Rousseau, la Justificación y el Avispero de la Verdad: De la Herida Personal al Impulso Político
1. El concepto de Justificación: Del dogma teológico al orden natural
En la teología clásica —tanto en el protestantismo como en corrientes católicas severas—, la justificación es el acto mediante el cual el ser humano es restablecido en la recta relación con Dios, pasando del estado de caída o desorden a un estado de justicia u orden divino.
En Rousseau, este concepto teológico sufre una traslación brillante hacia la antropología y la pedagogía. Para Rousseau, el ser humano nace bueno (en orden con la Creación), pero es corrompido por las instituciones, las máscaras sociales y la vanidad (amour-propre). La justificación, en el sentido rousseauniano, no es la imputación externa de un mérito ajeno ni una abstracción dogmática, sino el retorno activo y consciente al orden espontáneo impulsado por Dios.
Dios no solo creó el cosmos; mantiene activamente sus leyes (físicas y morales). El ser humano se «hace justo» o se justifica en la medida en que entra en sintonía con la actuación continua de Dios en la naturaleza. Respetar al niño en cada una de sus fases —como propone en el Emilio— es un acto de fe activa: un respeto absoluto hacia el diseño del Creador que exige no forzar ni deformar el alma humana antes de tiempo.
2. La singularidad de Rousseau: Un ilustrado religioso frente al frío mecanismo
Rousseau ocupa un lugar absolutamente único y aislado dentro del siglo de las Luces:
─ Frente a la ortodoxia eclesiástica, rechazaba los dogmas punitivos (como el pecado original hereditario o la condena eterna) y la necesidad de una Iglesia mediadora.
─ Frente al materialismo de los Ilustrados (Holbach, Diderot, Helvetius) y el deísmo racionalista y cínico de Voltaire, Rousseau defendía la presencia de un Dios personal, providencial y amoroso, accesible a través de la voz interior de la conciencia y del sentimiento del corazón.
En el Libro IV del Emilio, a través de la célebre «Profesión de fe del vicario saboyano», Rousseau despliega esta visión. Allí cita con profunda admiración al teólogo y filósofo inglés Samuel Clarke (demostrador racionalista pero profundamente creyente de la existencia de Dios y de los deberes morales).
Rousseau lleva el método cartesiano de la duda a una dimensión distinta: sensibiliza la duda de Descartes. Descartes duda para llegar a una certeza intelectual matemática (cogito); Rousseau duda para despojarse de los prejuicios teológicos y quedar a solas con el sentimiento interior. Es una suerte de «protestantización» de la actitud filosófica: no hay necesidad de escolástica ni de autoridades; la conciencia es el santuario donde la verdad divina se revela de forma transparente.
Además, Rousseau rechaza de pleno lo que podríamos llamar el protopositivismo cientifista o el mecanismo cartesiano estricto. Para Descartes, los animales eran meras máquinas sin alma (bêtes-machines). Rousseau, en cambio, imbuido de un sentido de compasión universal y de unidad con la creación, entiende que el cuerpo es animado por el soplo de Dios: hay una continuidad sensible entre todos los seres vivos, y la empatía (la piedad natural) es la primera virtud que Dios ha impreso en la sustancia del alma humana.
3. La reacción censora: El papel de los jansenistas y el parlamento
El Emilio (1762) no solo indignó a la jerarquía católica tradicional y a la Iglesia calvinista de Ginebra; desató la furia del Parlamento de París, una institución donde la influencia jansenista era fuertemente predominante en ese momento.
Los jansenistas —seguidores de Cornelio Jansenio— profesaban una teología caracterizada por un rigorismo extremo, una visión oscurísima de la naturaleza humana (totalmente corrompida tras la Caída) y una predestinación severa. Para la mentalidad jansenista, la idea de Rousseau de que el hombre nace bueno y que puede justificarse mediante la fidelidad a la naturaleza y al amor divino interior era una herejía insoportable (un renacimiento del pelagianismo).
Fueron precisamente los magistrados del Parlamento de París, empujados por este rigorismo jansenista en alianza con las autoridades civiles, quienes ordenaron la quema pública del Emilio y dictaron una orden de detención contra Rousseau, obligándolo a huir de Francia.
4. Heridas personales, política y el trasfondo de la Revolución Francesa
Rousseau no proponía una revolución violenta; al contrario, su enseñanza pedía paciencia, reforma pedagógica, respeto a los tiempos del desarrollo humano y una atemperación de las pasiones a través del Amor Divino y natural. Proponía dar un paso más allá: un cambio interior y ético previo a cualquier estructura política.
Sin embargo, la respuesta del poder instaurado (tanto eclesiástico como civil) fue el fanatismo censor y la persecución. Al quemar los libros y negarse a asimilar el aviso pedagógico y moral que representaban obras como el Emilio o el Contrato Social, las élites francesas cerraron las válvulas de escape naturales que habrían podido atemperar la tensión social.
Como analizaría más tarde Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución:
─ La monarquía centralizó obsesivamente el poder, erosionando las instituciones intermedias y el respeto mutuo entre las clases.
─ Las facciones religiosas (jansenistas, jesuitas, la jerarquía oficial) se enfrascaron en una guerra ciego-punitiva de censura.
Al bloquear el cauce pacífico de la reforma ética y la libertad de conciencia propuestos por figuras como Rousseau, la acumulación de heridas personales, agravios sociales e injusticias sistémicas no encontró un canal de sanación moral. El resultado fue la explosión violenta de la Revolución Francesa: un cambio brutal y descontrolado impulsado por el colapso del viejo orden que se había negado a escuchar «el avispero de la verdad».
En resumen
El gesto de Rousseau en el Emilio fue invitar al ser humano a un proceso de justificación viva: alinearse con las leyes continuas de la Creación de Dios, donde el amor, la compasión y el respeto a la naturaleza humana son la verdadera sustancia de la fe. La incomprensión de los dogmáticos de su tiempo (con los jansenistas a la cabeza de la censura) demuestra hasta qué punto el dogmatismo prefiere quemar el libro de la verdad antes que revisar las estructuras que alimentan su propio poder.