[Últ. act.: 5 agosto 2026]
Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Notas (sobre la relación con el mundo espiritual: sacrificios, etc.)
─ Versión en inglés
___
Introducción
─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
La lectura de estos mensajes dura en el audio hasta el minuto 16:06, y luego hay comentarios. Esta vez los mensajes tienen una relación muy directa con el tema de este apartado 11 ─que agrupa mensajes muy variados─.
Son mensajes de Lucas y de Bunyan.
Hablan por ejemplo sobre la creencia en un Jesús falso, en cuanto que es falso que sea un guerrero redentor y vaya a venir como tal, pues la «lucha», si se pudiera llamar así, es contra el pecado, y no contra la gente.
En los comentarios volvió a surgir el tema candente del «anticristo», ya que es el reverso de la figura falsa de la que están hablando (el Jesús guerrero).
Surgió ese tema de una manera más inspirada de lo que me esperaba, y de lo que mi mala voz (por el resfriado) podría dar a entender que iba a pasar 🙂 .
A continuación, pues, tratamos parte del apartado:
11) La expiación vicaria
Son los siguientes dos mensajes contenidos en el apartado.
El tema principal en el apartado es «la expiación vicaria», ya que es una creencia o dogma muy dañino.
Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
Forma parte de un libro que es el primer volumen de una recopilación concreta de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.
Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth entre otras personas.
El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):
a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.
d) ─ La verdadera misión de Jesús
I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.
─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria [estamos aquí: Vemos los dos siguientes mensajes en este apartado 11]
e) ─ Mensajes adicionales
Versión en español
11. La expiación vicaria (cont.)
¿Qué es lo más importante del mundo que los hombres deben hacer para dar lugar al Gran Milenio, etc.? (Lucas – del Nuevo Testamento) (30 noviembre 1916)
Estoy aquí, Lucas, del Nuevo Testamento.
Sí, deseo escribir esta noche unas líneas sobre un tema sobre el que nunca se ha escrito, y sé que te interesará.
Mi tema es: «¿Qué es lo más importante del mundo que los hombres deben hacer para dar lugar al gran milenio que los predicadores proclaman que ocurrirá antes o después de la venida de Jesús?».
Por supuesto, al plantear así la cuestión, no pretendo que se entienda que me adhiero a la doctrina de que Jesús vendrá a la tierra en forma física, en las nubes con un gran clamor, etc., tal como enseñan muchos predicadores; pues ese acontecimiento nunca ocurrirá, ya que, como te hemos escrito anteriormente, él ya ha venido a la tierra o, mejor dicho, a los hombres, de la manera espiritual que hemos explicado. Tampoco pretendo abarcar, en la expresión «lo más importante», el Amor Divino, pues este, por supuesto, es lo más grande en toda la tierra y también en los cielos; sino que con esta expresión me refiero a lo más grande que los hombres pueden hacer independientemente de la ayuda del Amor Divino.
Pues bien, según se entiende habitualmente, el milenio es un período o época de mil años en el que la paz reinará en la tierra, y el diablo, según se dice, estará encadenado y no se le permitirá vagar por la tierra causando pecado, la destrucción de las almas, enfermedades y los demás males que hoy en día tanto aquejan a los mortales. Por supuesto, no existe un diablo personal en el sentido de una majestad satánica, pero sí hay espíritus malignos que abundan en el mundo invisible y están constantemente con los mortales, ejerciendo sobre ellos su influencia nociva y sugiriéndoles pensamientos y deseos que degeneran en actos pecaminosos e incorrectos. Pero estos seres malignos son simplemente los espíritus de mortales fallecidos, y no seres de una categoría superior en poder o cualidades.
El pecado, como os hemos dicho, nunca fue creado por Dios, ni es producto o emanación de ninguna de las creaciones perfectas de Dios, sino que es totalmente el resultado del uso incorrecto de la voluntad y los apetitos del hombre cuando se permite que los deseos de la carne prevalezcan sobre los de su naturaleza espiritual.
Con el pecado vienen todos los males, discordias e inarmonías que constituyen el modo en que el hombre vive su vida terrenal; y, hasta que estas cosas ─que no forman parte de su naturaleza original, sino que son creación de la inversión de esa naturaleza─ no sean eliminadas de sus pensamientos, deseos y apetitos, el milenio nunca se establecerá en la tierra, ni tampoco Satanás será encadenado e impedido de realizar su obra de destrucción de las almas.
Ahora bien, la recíproca de esta proposición es cierta, y la posibilidad de que ocurra también lo es; la cuestión, entonces, es cómo puede lograrse esto, pues lograrlo es «lo más importante que los hombres han de hacer».
Cuando se determine definitivamente la causa de la condición actual de la humanidad en el pecado, el dolor y la infelicidad, se verá con claridad lo que es necesario para remediar la condición y eliminar la causa; por lo tanto, cuando se aplique el remedio y se efectúe la eliminación, el milenio seguramente llegará, pues este glorioso tiempo de la felicidad deseada y anhelada por el hombre es sencillamente aquel en el que reina la paz, no existe la discordia y cada hombre es custodio de su propio hermano en el amor.
Entonces, ¿cuáles son las causas de la condición actual de la existencia en la tierra, empañada, contaminada y dominada por el pecado, el error y la enfermedad?
Estas causas son dobles: una es la derivada de la caída del hombre de su perfección creada de cuerpo, mente y alma, al permitir y alentar que la naturaleza animal subordine a la espiritual y, por lo tanto, mediante la excesiva complacencia de la primera, provocar que los apetitos carnales crezcan y transformen al hombre en un amante del pecado y del mal; y la otra es la derivada de las influencias que ejercen los espíritus malignos, quienes siempre se esfuerzan por establecer un estrecho vínculo con el hombre y ejercer su influencia nociva sobre él.
Si bien el Satanás personal no existe, la idea que transmite la necesidad de atarlo para poder instaurar este milenio es acertada, y se aplica a la relación real de los hombres con estos espíritus malignos; salvo que, en el caso de estos últimos, no es necesario ni posible atarlos, sino desatarlos: es decir, romper su vinculación o la influencia que ejercen sobre los hombres, pues cuando esto se logra, los hombres se vuelven, por así decirlo, libres, y para ellos es como si dichos espíritus malignos no existieran.
Así pues, como paso previo al advenimiento de este tan anhelado tiempo de paz y pureza, los hombres deben dejar de creer que este llegará con la venida manifiestamente física de Jesús, al modo en que acudiría un conquistador mortal con legiones de seguidores y estruendo de tambores, sometiendo a sus enemigos por la fuerza de las armas o la grandeza de su poder.
Esto nunca sucederá, pues ningún hombre es enemigo de Jesús, sino que todos son sus hermanos, y él no libra ni librará jamás la guerra contra ningún ser humano, sino únicamente contra el pecado y la impureza que residen en su alma. Esta guerra jamás podrá librarse mediante el poder o la fuerza de legiones de ángeles, pues tan grande es el poder de la voluntad humana y tan respetada es su libertad de acción por el Padre, que no hay poder en el cielo ni en la tierra que pueda o quiera transformar un alma pecaminosa en una pura mediante la fuerza, las amenazas y legiones de ángeles conquistadores, aun cuando estos fueran guiados por Jesús, lo cual no ocurrirá.
No; el alma es el hombre, y esa alma solo puede purificarse y quedar libre de pecado cuando desea y consiente que tal condición llegue a ser la suya.
Por lo tanto, no debería ser difícil para los hombres comprender que esta creencia errónea ─de que Jesús vendrá con la apariencia de un conquistador humano y establecerá este gran tiempo de paz─ les está causando mucho daño y retrasando el momento en que dicho acontecimiento se haga realidad. El efecto de esta creencia sobre el alma consiste en pensar que todo se va a lograr por obra de Jesús y nada por ellos mismos, excepto creer en su venida, esperar y estar listos para ser arrebatados en las nubes, para luego ayudar a las huestes celestiales a destruir a todos sus antiguos semejantes mortales que no creyeron como ellos, y revestirse con las vestiduras de la ascensión, tal como denominan a tales vestiduras literal o figuradamente.
En esto creen; y en sus mentes pueden ser honestos, pero sus almas bien pudieran estar desfiguradas y manchadas por el pecado y la acumulación de pecado a lo largo de la vida, de modo que les sería imposible estar en condiciones de disfrutar de un lugar de pureza y liberación del pecado. Y algunos de ellos esperan y pretenden ser los jueces de otros compañeros mortales por las acciones realizadas mientras estaban en el cuerpo; sin embargo, ¿en cuántos casos resultaría ser el ciego pecador juzgando a otro ciego pecador?
No obstante, afirman además que Jesús, mediante su gran poder y por el hecho de que ellos creyeron que volvería a la tierra y establecería su reino, los convertirá en un abrir y cerrar de ojos en súbditos aptos para su reino, capacitados para juzgar a los injustos y ayudar a expulsarlos de él.
No; esta jamás podrá ser la manera en que se establezca el milenio; y cuanto antes descarten los hombres esta creencia y busquen la verdad y el verdadero camino hacia la pureza y la perfección, antes se harán realidad la esperanza y la expectativa de la humanidad.
Tu hermano en Cristo,
Lucas
La Ley de compensación (John Bunyan) (9 enero 1917)
Permíteme escribir unas líneas.
Estoy muy interesado en ti y en tu obra, y quiero hacer todo lo que pueda para ayudarte.
He escuchado el mensaje de tu abuela; es un mensaje maravillosamente alentador y está lleno de profundas verdades que, si las comprendes y aplicas, te serán de gran beneficio.
Tuve mis propios problemas cuando vivía en la tierra, pero nunca conté con el poder sustentador del Amor Divino del que ella habla; por lo tanto, viví mi vida lo mejor que pude, solo con la ayuda de mis facultades naturales y un ánimo bastante alegre. Si hubiera poseído este Amor, ahora sé que me habría ahorrado muchas horas de zozobra y habría disfrutado de muchas horas de felicidad que no fueron mías.
Parece ser el sino o el destino de los mortales experimentar aflicciones; como alguien dijo una vez, «el hombre nace para el sufrimiento», pero esto no es del todo cierto, pues el hombre crea en gran medida sus propios problemas, y, a medida que los hombres lleguen al conocimiento de la gran ley de compensación, comprenderán la verdad de lo que digo.
Sin embargo, gracias a Dios, aunque el hombre cree sus propios problemas y la ley de compensación actúe con imparcialidad, el Padre amoroso puede librarlo de sus aflicciones y hacerlo feliz. Y al hacerlo ─y esto es lo que quiero recalcar─, las exigencias de esta ley no quedan insatisfechas. Esta ley, en sí misma, está sujeta a otra ley: a saber, que si no existen causas, nada puede exigirle al mortal; y el Padre, al ayudar a Sus hijos, no le dice a la ley «no le exijas la pena a este hijo a quien deseo ayudar», sino que le dice al hijo: «recibe mi Amor y mi ayuda», y las causas para las exigencias de dicha ley dejan de existir.
Si los mortales tan solo comprendieran esta verdad, dejarían de creer que el Padre no puede ayudar a Sus hijos, y verían también que, para otorgar tal ayuda, no es necesario dejar de lado ni suspender el funcionamiento de esta gran ley. El Padre nunca concede una exención especial para librar a los mortales de pagar las penas de esta ley; sin embargo, sí les concede Su Gran Amor, y cuando lo poseen, las causas que conllevan dichas penas dejan de existir.
La ley del Amor Divino es la ley suprema y suplanta a cualquier otra en su funcionamiento sobre el alma y la mente de los mortales.
Bueno, amigo mío, no debo escribir más, así que, con mi amor, me despido.
Tu hermano en Cristo,
John Bunyan
___
NOTAS
Mi petición para dar pie a la primera nota, que se halla más abajo
Me gustaría quizá una nota histórica genealógica, aunque no pueda ser muy extensa.
Por un lado el mensaje expone el tema del sino o destino ─el mensaje de Bunyan─; incluye ambos conceptos, y quizá como queriendo «sobrevolar» sutilezas que no vengan al caso.
¿Por qué histórico?: el verse obligados a aguantar las cosas es directamente algo que liga «alma» y «política» (y en esto, tecnología y técnica).
Es el tema de la necesidad y la libertad, claro, en parte.
Así, el aspecto histórico de la nota sería para sondear un poco el tema de cómo se aclararía, la humanidad encarnada, progresivamente; existiría cierto proceso de «racionalización», con sus más y sus menos, sus dialécticas, etc. (Teniendo en cuenta que «la humanidad» incluye el mundo espiritual: la humanidad siempre está influida para bien (de parte de los espíritus más brillantes del mundo espiritual) o para mal (de parte de los menos brillantes) por el mundo espiritual.)
El alma es el ánimo, nuestra capacidad anímica: deseos, aspiraciones, dolor/alegría, emociones en general, libre albedrío, sede de la autoconsciencia, sede de las creencias en su aspecto profundo, etc.
Visto así, las diferentes épocas e imágenes del mundo con que el ser humano lidia con la vida, nos hacen tener o no ─quizá─ una mejor disposición a «bancárnoslas», creo que dirían en Argentina, con Dios y sus leyes.
Por ejemplo, la imagen del mundo mítica aplana todas las cosas. Luego las imágenes del mundo más metafísico-religiosas tematizan:
─ por un lado «el conjunto del mundo» (y por tanto, quizá podemos acceder cognitivamente mejor, más sensatamente, a las leyes que rigen todo, más allá de caprichos personales atribuidos a los fenómenos, por ejemplo, etc., como pudiera ser legendariamente atribuido a la «mentalidad mítica»),
─ y por otro el acontecer de lo intramundano ─tal como lo expresarían algunos teóricos─.
La tecnología y la técnica en sentido amplio tiene esos usos «farmacológicos» ambiguos (aquí podrías introducir los dos sentidos ─creo que dos─ de la raíz griega de fármaco a la hora de hablar de los conceptos relacionados):
aguantar las cosas «técnicamente» lo hacemos muy a menudo para intentar postergar «dolores» (postergar o gestionar por nuestra cuenta el procesamiento emocional; en ese «por nuestra cuenta» estaríamos viviendo una especie de ilusión: la ilusión de poder soslayar las leyes, cuando en realidad solo postergamos, «colectivizamos dolores», «tecnificamos» estos, etc.).
La civilización en sí ya sería en parte así como un colchón amortiguador; pero a la vez sería «contraedor de deudas compensatorias» ─a nivel de la suma colectiva de los efectos álmicos, digamos─. Pero también incide en las almas individuales, aunque estas pueden o han de desarrollar de todos modos la responsabilidad.
Con «las cosas civilizadas» a menudo postergamos la necesidad impresa en la ley, impresa por ley (compensación), de procesar emocionalmente las cosas que nos hacen, que nos hicieron o que hacemos (buenas y malas).
En realidad, muchos de estos usos de la civilización se darían para intentar mantener el alma en un estado de resistencia a las leyes naturales: la ley de compensación, etc.
La parte más relevante de las leyes, para el ser humano, serían las que actúan sobre el alma ─es decir, las «emocionalmente» relevantes─; son pues las leyes que atañen al alma.
Es decir, en nuestro paradigma aquí ─distinto todavía al «oficial», para detrimento de la vida sobre la tierra, admitimos aquí─, resulta que, por ejemplo, las enfermedades físicas en general serían causadas por un largo periodo en que no nos limpiamos emocionalmente.
De este modo, albergamos y acumulamos dolor a nivel del alma, dolor emocional, y luego, tras un tiempo, el dolor que causa en el alma mantener cosas inarmónicas (cosas que bloquean ─creencias, emociones inarmónicas─) se termina manifestando hasta físicamente.
Y esto se puede generalizar: no son solo enfermedades físicas; «amortiguar» el alma sin confiar, teniendo miedo al miedo, siendo pasivos más de la cuenta, etc. ─y con más o menos aditamentos civilizatorios─ nos llevaría a no ser sensibles y estar así como amortiguados ante las probabilidades (por ejemplo terrestres: posibles catástrofes, etc.); nos pone en estados de «protodepresión», digamos, etc..
Se trataría de ese mismo «huir de la condición real del alma».
Esto no lo hacen los niños, «idealmente»: inmediatamente lloran, o patalean sin hacer daño a nadie (hablamos de «un niño ideal», que no está metido todavía; quizá liemos mucho la cosa, pero podríamos recordar aquí a Rousseau: metemos a los niños en una concepción educativa digamos dañina, donde hacemos patente la posibilidad de entender y ser «esclavos»; es decir, no hay un manejo sabio del libre albedrío; es decir, es una concepción donde se le enseña al niño antes el paradigma digamos de «mando/obediencia» (donde cobran relevancia ante todo los «caprichos» de otras voluntades, en vez de la necesidad de las cosas y las leyes que podemos enseñar por el ejemplo, en vez de dar muchas órdenes, etc.); eso, en vez de «atenernos todos a la necesidad de las cosas», en vez de que los niños sean ante todo más bien dirigidos hacia las cosas, en la propia libertad espontánea de los niños… más inocente de lo que muchas veces queremos creer.
(Podríamos añadir una nota al pie, nota a la nota temática: Esto es «antignóstico», en un sentido general del «gnosticismo»: la naturaleza de las cosas en la realidad inmediata sensible no es lo que está caído; es el alma humana la que se mancha al encarnar, por el estado caído del resto de almas; la naturaleza no tiene una «base maligna», aunque nuestra alma sí esté algo o bastante oscurecida desde la encarnación en el útero ─por la absorción de emociones inarmónicas─.)
Aunque en la nota temática quizá no puedas producir con claridad ciertas analogías y relaciones aquí meramemente esbozadas… ─y no sé si hallables del todo─…. sí habríamos puesto arriba ciertas semillas para dar con esas conexiones (entre lo individual y lo civilizatorio, y visto además asincrónicamente):
─ las mentalidades «infantiles» por un lado (lo primitivo, lo infantil): como pendientes del «capricho de voluntad» ─en «lo mítico»─, pero que, en realidad, eso estaría extendiendo lo que pasa en la educación hogareña cuando «se hace mal», y también «se habría hecho mal» en el caso primitivo, pues vivíamos en el miedo o en diversos grados de terror y miedo casi siempre;
─ las mentalidades posteriores: hay una evolución de las sociedades que permiten en general cierta flexibilidad en la comprensión de sí mismo y del mundo.
Nota (elaborada por IA Gemini)
Nota histórico-genealógica: El destino, el alma y la amortiguación técnica de la ley de compensación
1. La tensión entre sino (fate) y destino (destiny)
En el pasaje de Bunyan se produce un deslizamiento conceptual revelador al yuxtaponer fate (sino) y destiny (destino). Tradicionalmente, el sino remite a la necesidad ciega, al fatum clásico que se impone sobre el ser humano como una fuerza exterior, arbitraria o trágica, propia de la cosmovisión mítica. El destino, en cambio, se abre a la agencia humana y a la responsabilidad del alma respecto a su propia trayectoria.
Al afirmar que «el hombre nace para la aflicción, pero esto no es del todo cierto, pues en gran medida crea sus propios problemas», el texto opera un quiebre crítico. Se transita de una concepción trágica/inevitable de la existencia a una concepción causal e irrestricta de la responsabilidad del alma, regida por la Ley de Compensación. La aflicción deja de ser una condena cósmica para revelarse como el resultado de la inarmonía generada por el libre albedrío.
2. Genealogía de las imágenes del mundo: del capricho mítico a la inteligibilidad de las leyes
La forma en que la humanidad encarnada procesa la necesidad y la aflicción ha evolucionado a través de diferentes estructuras de conciencia o «imágenes del mundo», en un proceso de progresiva racionalización donde el mundo espiritual ejerce una influencia continua (tanto mediante impulsos iluminadores de espíritus elevados como mediante la persistencia de sugestiones inarmónicas):
Sobre la genealogía de las imágenes del mundo:
El tránsito de la conciencia humana ante la necesidad no se produce en el vacío, sino a través de una evolución histórica de sus paradigmas o «imágenes del mundo». En la imagen mítica, dominada por la percepción de la arbitrariedad y el capricho divino, la carga emocional dominante es el miedo y el terror; el mecanismo rector es el aplastamiento del sujeto ante fuerzas que no comprende. Con el paso a la imagen metafísico-religiosa, el mundo gana inteligibilidad al estructurarse en torno a la trascendencia y a leyes universales; sin embargo, la afectividad suele derivar hacia la culpa o la resignación, respondiendo a la necesidad mediante una amortiguación técnica e institucional que busca diferir el peso de la ley. Por último, en el paradigma holístico-álmico, la atención se desplaza hacia las leyes que actúan directamente sobre la sustancia del alma; la carga emocional deja de ser la culpa pasiva para convertirse en un procesamiento y limpieza conscientes de los afectos, cuyo mecanismo transformador se apoya en la responsabilidad individual y en la recepción del Amor Divino.
─ La imagen mítica (el ámbito del capricho y la arbitrariedad):
En las etapas primitivas, el acontecer intramundano se percibe como el resultado de impulsos, iras o caprichos de fuerzas invisibles o deidades antropomórficas. El ser humano se halla inmerso en una indefensión estructural donde el miedo es la afectividad dominante. Como ocurre en la educación infantil deficiente descrita por Rousseau en el Emilio, el sujeto primitivo queda atrapado en una lógica de «mando y obediencia», pendiente de la voluntad voluble del otro en lugar de educarse en el reconocimiento directo de la necesidad de las cosas.
─ La imagen metafísico-religiosa (la apertura al orden inteligible):
Con la articulación de las grandes filosofías y religiones, se logra un progreso cognitivo decisivo: se tematiza el «conjunto del mundo» como un Cosmos regido por principios o leyes universales (el Logos, la Dike, la providencia o el Karma). Esto permite superar la arbitrariedad del capricho mítico. Sin embargo, en esta fase suele persistir una escisión: la ley se percibe a menudo como un tribunal externo que exige el pago de una pena o el sometimiento a un castigo imperioso, propiciando actitudes de resignación pasiva o angustia antes que una transformación interior.
3. La ambivalencia «farmacológica» de la técnica y la civilización
El término griego phármakon alberga una dualidad constitutiva: funciona simultáneamente como remedio/medicina y como veneno/chivo expiatorio. Aplicado a la técnica y a los aditamentos civilizatorios, esta ambivalencia se despliega en dos sentidos fundamentales:
─ El phármakon como bálsamo o paliativo legítimo: La técnica y las instituciones civilizatorias actúan como un colchón amortiguador que protege al cuerpo y a la mente de las inclemencias físicas directas, permitiendo un margen de estabilidad y reflexión.
─ El phármakon como toxina de la postergación (la falsa inmunidad): En su vertiente nociva, la civilización se utiliza para construir una ilusión de autonomía que intenta eludir la Ley de Compensación. Se recurre a la «tecnificación» y al «adormecimiento» (sea mediante entretenimiento, fármacos materiales, hiperactividad o estructuras colectivas de evasión) para bloquear el procesamiento emocional de los dolores y de las acciones inarmónicas realizadas o recibidas.
Al amortiguar el alma para no sentir el dolor directo de sus contradicciones, el ser humano no elimina la deuda compensatoria; únicamente la posterga y la colectiviza. Esta resistencia técnica a la ley sumerge al individuo en un estado de «protodepresión» o insensibilidad anestesiada frente a la realidad.
La ambivalencia del phármakon aplicada a la técnica:
La técnica y las estructuras civilizatorias funcionan como un verdadero phármakon, desplegando una doble vertiente en su relación con el ser humano. En su sentido de remedio, la civilización actúa como un escudo o bálsamo protector que resguarda al individuo de las inclemencias físicas directas, abriendo un espacio de estabilidad y seguridad necesario para el crecimiento personal y la reflexión. No obstante, en su sentido de veneno, esa misma armadura técnica se convierte en un mecanismo de anestesia y postergación emocional; al usarse para huir del malestar y diferir la responsabilidad de las propias acciones, provoca una acumulación silenciosa de dolor en la sustancia del alma. Esta toxina de la falsa inmunidad termina por cristalizar, tarde o temprano, en forma de somatizaciones físicas, bloqueos profundos, neurosis o estados de depresión existencial.
4. La somatización y el destino real de las leyes álmicas
Las leyes que atañen directamente al ser humano son aquellas que operan sobre la sustancia del alma (la sede de la autoconsciencia, las emociones, los deseos, las creencias profundas y el libre albedrío).
Cuando el alma recurre a la armadura civilizatoria para huir de su condición real —teniendo «miedo al miedo» y negándose a procesar el dolor emocional o la culpa mediante la aceptación y el arrepentimiento—, la inarmonía acumulada no desaparece. La energía de la creencia errónea y del afecto bloqueado permanece en el alma hasta que, tras un período de acumulación, termina por precipitarse y manifestarse en el plano físico (en forma de enfermedades, catástrofes o crisis existenciales). La enfermedad física se revela así, en este marco, no como un accidente mecánico externo, sino como la cristalización última de una larga resistencia del alma a purificarse emocionalmente.
5. La vía de superación: la Ley del Amor Divino frente al rigorismo
El mensaje de Bunyan culmina señalando la insuficiencia del paradigma de la pura retribución legalistamente entendida. La Ley de Compensación es imparcial e inexorable en el nivel en que operan las causas humanas: a toda causa inarmónica le corresponde una consecuencia en el alma.
Sin embargo, el Amor Divino no actúa mediante una «dispensación especial» que viole o suspenda arbitrariamente las leyes del universo (lo cual devolvería a Dios a la arbitrariedad de la imagen mítica), sino transformando la sustancia misma del alma. Al recibir el Amor Divino, la causa profunda de la inarmonía (el estado de opacidad o egoísmo del alma) deja de existir. Al desaparecer la causa, la Ley de Compensación se da por satisfecha sin necesidad de ejecutar la pena física o aflictiva, pues la ley superior del Amor subsume y transfigura las leyes inferiores.
Nota al pie (Sobre la naturaleza del mundo y el sesgo antignóstico):
Frente a las doctrinas gnósticas tradicionales que postulan una naturaleza física intrínsecamente mala, caída o creada por un demiurgo imperfecto, la perspectiva aquí trazada es estrictamente antignóstica. La naturaleza sensible y el orden de las leyes universales no están corrompidos ni albergan una base maligna; son creaciones perfectas e inteligibles. La «caída» o mancha no pertenece a la materia en sí, sino al estado del alma humana que, al encarnar, absorbe e internaliza las emociones e ideas inarmónicas del entorno colectivo. El mundo sensible no es una prisión de la que haya que huir mediante el rechazo de la creación, sino el escenario donde el alma, recobrando la inocencia y la libertad espontánea, está llamada a armonizar su voluntad con las leyes del Padre mediante el Amor.
DOS NOTAS ACLARATORIAS
Siguiente petición/consulta
¿Podrías aclarar con ejemplos, en otra breve nota al pie, la interrelación (supongo que en Grecia), entre chivo expiatorio y veneno?
Respuesta IA
La raíz común de phármakon y pharmakós en la Grecia antigua
En el griego clásico, la interrelación entre la sustancia (veneno/remedio) y la figura humana del chivo expiatorio radica en un mismo tronco léxico y cultural. Mientras que phármakon designa la droga o piltrafa que purga o envenena, la palabra pharmakós nombra a la persona sacrificada o expulsada de la polis durante el ritual de la katharsis (purificación).
1. El ritual histórico del pharmakós
En épocas de peste, hambre, sequía o crisis social interna, la ciudad griega elegía a uno o dos individuos —frecuentemente los más marginales, tullidos o criminales— para encarnar la impureza (míasma) colectiva.
─ La absorción del miasma: A este pharmakós se le alimentaba a expensas de la comunidad y se le paseaba por las calles mientras se le azotaba con varas de higuera y escilas (plantas purificadoras). De este modo, se creía que la persona absorbía mecánicamente la contaminación moral o biológica de toda la polis.
─ La expulsió ritual: Posteriormente, el pharmakós era expulsado más allá de las fronteras de la ciudad o lapidado. Al eliminar al individuo que condensaba el veneno colectivo, la comunidad «sanaba» y recobraba la armonía con los dioses.
2. La paradoja: lo abyecto transfigurado en sagrado
El pharmakós comparte la misma lógica paradójica que la medicina farmacológica:
1. La persona en sí misma es vista como veneno: Representa la escoria, lo impuro, el origen de la plaga.
2. Su sacrificio actúa como remedio: Su expulsión trae la salvación y la paz a la comunidad.
Esta figura muestra cómo las sociedades arcaicas intentaban resolver crisis colectivas o epidemias físicas e invisibles desviando el dolor interior (el miedo y la culpa) hacia un elemento exterior que pudiera ser castigado físicamente.
3. Tres ejemplos clásicos e históricos
─ Atenas y las Fiestas de las Targalias (en honor a Apolo): Todos los años, durante el mes de Thargelion (mayo-junio), los atenienses elegían a dos hombres para pasearlos por la ciudad y expulsarlos. Este acto servía a modo de «vacuna social» preventiva para garantizar la fertilidad de las cosechas y evitar plagas en el año venidero.
─ El mito de Edipo (el pharmakós regio): En Edipo Rey de Sófocles, Tebas sufre una peste demoledora. El oráculo revela que la plaga cesará solo cuando se expulse al asesino del rey anterior. Edipo, el gobernante sabio y salvador (remedio), resulta ser sin saberlo el violador del tabú del incesto y el parricidio (veneno). Al cegarse y exiliarse a sí mismo, actúa como el pharmakós supremo que libera a la ciudad de su contaminación.
─ La ejecución de Sócrates: A nivel filosófico, Platón (en la lectura que realiza Jacques Derrida en La farmacia de Platón) sugiere que la condena a Sócrates operó como un ritual de pharmakós. La polis ateniense, tambaleante tras la guerra del Peloponeso, percibió las preguntas socráticas como un «veneno» (phármakon) que corrompía a los jóvenes y desestabilizaba la religión tradicional. Al hacerle beber la cicuta (un phármakon literal en forma de veneno), la ciudad creyó expulsar el mal para devolver la salud al orden político.
4. Vínculo con la amortiguación del alma
El pharmakós griego es el antecedente histórico-mítico de la insensibilidad técnica y la evasión de la responsabilidad: en lugar de que cada ciudadano asumiera el examen de sus propias acciones e inarmonías morales (lo que erradicaría la causa profunda del dolor), la polis apelaba al atajo ritual de proyectar la culpa en un tercero para consumar una limpieza rápida y cosmética.
Siguiente petición/consulta
¿Cómo se relacionaría, con el anterior tema ─con esa nota sobre phármakon/pharmakós─ lo siguiente?
En el caso concreto de unas élites que se valieron del sacrificio humano de personas (personas ─sobre todo─ al parecer de los pueblos periféricos al núcleo imperial o protoimperial ─como parecía suceder en el caso nahua─), podríamos entender quizá que la élite (ese poder-religión, que por ley de atracción, por cierto, habría atraído la posibilidad de verse en el espejo de otro gran «poder religión»: el hispano, allá por el 1521, y aunque este tuviera desarrollada otra imagen del mundo), al tener más responsabilidad, dicha élite… y al tener más contacto directo, para bien y para mal, con el mundo de los espíritus ─que quieren influir, más o menos adictivamente sobre los humanos, tanto para ayudar como para sacar rédito emocional sintiéndose poderosos, o poderosos de nuevo, sintiendo energía sexual o simplemente «vital» (en los sacrificados), o para simplemente seguir creyéndose en el control, en el poder… y seguir experimentando el poder quizá meramente o aunque solo sea meramente en los sacrificios que a ellos se les regalan por parte de la gente todavía encarnada, etc.─, al tener más responsabilidad, decíamos, y más contacto o un contacto más intenso y «contradictorio» con el más allá (con sus obediencias y exigencias, etc.)… dicha élite está quizá así como «más cerca» de sentir la necesidad de sanarse (por el bien común y de ellos mismos).
Por eso quizá es que ellos necesitan justificarse ─a veces de maneras brutales─, o bien, por eso quizá es que ya son enseñados desde pequeños a estas cosas, o a justificar estas cosas a veces brutales ─enseñados, digo, a veces quizá mediante traumas, traumatizándolos cuando son niños, etc.─.
Respuesta IA
La élite sacerdotal, la parasitación espiritual y la radicalización del pharmakós
El fenómeno del sacrificio humano masivo a manos de las élites imperiales (como en el caso de la Mesoamérica nahua/mexica) representa la exacerbaración más trágica del mecanismo del pharmakós. Lejos de ser un mero acto de barbarie ciega, responde a una dinámica de defensa desesperada contra la culpa y el miedo, donde se entrelazan la alta responsabilidad política, la traumatización ritual y la parasitación del mundo espiritual.
1. La paradoja de la élite: mayor responsabilidad, mayor angustia y distorsión
A diferencia del pueblo llano —que vive en una obediencia pasiva—, la élite sacerdotal y guerrera sostiene sobre sus hombros la responsabilidad directa de mantener el orden cosmos-pólis. En la imagen del mundo nahua, por ejemplo, los dioses (fuerzas del universo) sufren un desgaste constante; si no se les alimenta, el Sol (Tonatiuh) se detiene y el mundo colapsa en las tinieblas.
Esta carga genera una angustia estructural gigantesca en las clases dirigentes. Al percibir que el destino de la creación depende de sus decisiones, el peso de la ley de compensación y la inminencia del dolor se vuelven insoportables. Al no contar con el Amor Divino ni con una comprensión limpia de las leyes del alma, la élite se ve obligada a desarrollar mecanismos justificatorios de una violencia extrema para «sanar» o estabilizar la deuda que siente que tiene con el cosmos.
2. La parasitación del mundo espiritual y la «adicción al poder»
En este esquema, el contacto con el mundo invisible no era una abstracción teológica, sino una vivencia cotidiana de médiums, sacerdotes y chamanes. No obstante, al practicarse desde un estado de opacidad moral y miedo, la ley de atracción espiritual entraba en juego de forma implacable:
─ Sintonía con espíritus oscuros o no desarrollados: Las élites atraían e invocaban a espíritus de mortales fallecidos que conservaban la adicción al poder, al dominio sobre los hombres y a las sensaciones de la existencia terrenal.
─ El «rédito emocional y vital» del sacrificio: Los espíritus no evolucionados no pueden generar energía propia y buscan alimentarse del miedo, el terror, la sangre y la energía vital desprendida violentamente durante el trance de la muerte sacrificada. En este intercambio, los espíritus ofrecían a cambio respaldo político, profecías y una falsa sensación de control a los gobernantes encarnados.
─ El sacrificio como phármakon adictivo: El ritual de sangre actuaba como una droga (phármakon en su sentido de veneno que simula ser medicina). La élite creía purgar el miasma o la amenaza de destrucción cósmica ofreciendo la vida de los «otros» (los cautivos de los pueblos periféricos, que encarnaban al pharmakós o chivo expiatorio exterior), pero en realidad solo profundizaba la deuda compensatoria y aumentaba la servidumbre hacia sus parasitantes invisibles.
3. La traumatización infantil como coraza inmunológica
Para que un ser humano pueda ejecutar o presenciar rutinariamente la extracción de un corazón o el desollamiento de un semejante sin desplomarse por el dolor empático o la culpa, su alma debe ser anestesiada desde la infancia.
Las élites nahua (especialmente los niños destinados al sacerdocio en el Calmécac) eran sometidas desde muy pequeños a un riguroso sistema pedagógico basado en la austeridad extrema, los castigos corporales, el auto-sacrificio (punción con espinas de maguey) y la contemplación de la muerte brutal. Este tratamiento funcionaba como una traumatización controlada:
─ Ruptura de la sensibilidad inocente: Se destruía la capacidad del niño de empatizar espontáneamente con el dolor ajeno.
─ Justificación sacra: El trauma personal se sublimaba enseñándoles que ese sufrimiento era indispensable para la salvación del mundo.
─ Bloqueo del procesamiento emocional: La coraza del deber sagrado impedía que la conciencia cuestionara el sistema, aislando al alma del dolor directo pero dejándola profundamente desfigurada y atrapada en la lógica de la «mando-obediencia».
4. La atracción de espejos y el encuentro de 1521
Por la propia ley de afinidad y atracción, este sistema imperial sustentado en el sacrificio y la deuda no podía permanecer aislado indefinidamente. En 1521, la élite mexica se vio reflejada en el espejo de otro imperio que, si bien poseía un estadio cognitivo y tecnológico diferente y una teología que había reemplazado el sacrificio humano por el sacrificio unívoco y no sangriento del Mesías, compartía con ellos la visión del dominio, la expansión y el uso de la fuerza institucional como salvaguarda del orden.
Ambos poderes-religión, atrapados en distintas variantes de la amortiguación técnica y ritual del dolor, protagonizaron un choque histórico donde el viejo phármakon sangriento fue erradicado, pero abriendo a su vez un nuevo y complejo capítulo en el procesamiento de la responsabilidad y las leyes del alma en la humanidad encarnada.
Versión en inglés
What is the Most Important Thing in All the World for Men to Do to Bring About the Great Millennium, Etc. (That «Etc.» means (alternative title) = … that the preachers proclaim will come before or after the coming of Jesus?) (Luke – of the New Testament) (30 Nov 1916)
I AM HERE. Luke of the New Testament.
Yes, I desire to write to-night a few lines upon a subject that has never yet been written on, and I know it will interest you.
My subject is: – «What is the most important thing in all the world for men to do in order to bring about the great millennium that the preachers proclaim will come before or after the coming of Jesus?
Of course, in stating the question thus I do no intend to be understood as consenting to the doctrine that Jesus will come to earth in physical form, on the clouds with a great shout, etc., as many of the preachers teach, for that event will never happen, because, as we have written you before, he has already come to earth or rather to men in the spiritual way that we have explained. Neither do I intend to embrace in the phrase, «the greatest thing,» the Divine Love, for that, of course, is the greatest thing in all the earth and in the heavens, as well; but by this expression I mean the greatest thing that men can do, independently of the assistance of the Divine Love.
Well, as commonly understood, the millennium is a time or period of a thousand years when peace will reign on the earth, and the devil, as is said, will be bound and not permitted to roam over the earth, causing sin and destruction of souls, and sickness and the other sins that new so generally beset mortals. Of course there is no personal devil in the sense of a Satanic majesty, but there are spirits of evil which abound in the unseen world and are constantly with mortals, exercising upon them their influence of evil, and suggesting to them thoughts and desires that eventuate in sinful and wrong deeds. But these evil ones are merely the spirits of departed mortals and are not beings of a superior kind in power and qualities.
Sin, as we have told you, was never created by God, nor is it the product or emanations of any of God’s perfect creations but is wholly the result of the wrongful exercise of man’s appetites and will, when the desires of the flesh are permitted to overcome the desires of his spiritual nature.
With sin comes all the evils and discords and inharmonies that constitute man’s manner of living his earth life, and until these things, which are not a part of his original nature, but which are the creation of the inversion of that nature, be eliminated from his thoughts and desires and appetites, the millennium will never be established on earth, and neither will Satan be bound in chains and prevented from doing his work of soul destruction.
Now, the converse of this proposition is true, and the possibility of its occurring, is also true, and the question is how can this be brought about, for to bring this about is «the most important thing for men to do.»
When the cause of the present condition of mankind in sin and sorrow and unhappiness is definitely determined, then will readily appear what is necessary to remedy the condition and remove the cause; and, hence, when the remedy is applied and removal made, the millennium will surely come, for this glorious time of man’s desired and looked for happiness is merely one in which peace rules and discord does not exist, and every man is his own brother’s keeper in love.
Then what are the causes of the present condition of existence on earth, marred and tainted and controlled by sin and error and disease?
These causes are two-fold – the one arising from man’s fall from his created perfection of body, mind and soul, in permitting and encouraging the animal nature to subordinate the spiritual and thereby, by the over-indulgence of the former, causing the carnal appetites to grow and transform the man into a lover of sin and things evil; and the other arising from the influences which the spirits of evil, who are always endeavoring to make close rapport with men, and exercise their evil influence over him.
While the personal Satan does not exist, yet the idea conveyed by the necessity of binding him in order to bring about this millennium is a true one, and applies to the actual relationship of men to these evil spirits, except this, that in the case of the latter it is not necessary or even possible to bind them, but to loosen them – that is to loosen their rapport with or influence over men, for when that is done, men become, as it were, free, and these evil spirits are as if they were not.
So you see, as a preliminary to the ushering in of this greatly desired time of peace and purity, men must cease to believe that it will come with the coming of Jesus in a manifested physical way, as a mortal conqueror might come with legions of followers and noises of drums and by force of arms or greatness of power subdue his enemies.
This will never be, for no man is an enemy of Jesus, but all are his brothers, and he is not now making and never will make war on any human being, only on the sin and defilement that is within his soul; and this war can never be waged by power or force of legions of angels, for so great is the power of man’s will and so respected is its freedom of action by the Father, that there is no power in heaven or earth that can or will change a sinful soul into a pure one by force and threats and conquering legions of angels, even though they might be led by Jesus, which will not happen.
No, the soul is the man, and that soul can be made pure and sinless only when that soul desires and consents that such a condition may become its own.
So, it should not be difficult for men to understand that this erroneous belief, that Jesus will come in this semblance of a human conqueror and establish this great time of peace, is doing them much harm and delaying the actual time of the coming of this event. The effect of this belief upon the soul is that everything is to be accomplished by the work of Jesus, and nothing by themselves, except to believe in his coming and wait, and be ready to be snatched up in the clouds, and then help the hosts of heaven to destroy all of their late fellow mortals who had not believed with them, and put on the robes of ascension as they literally or figuratively designate such robes.
They thus believe, and in their minds they may be honest, yet their souls may be disfigured and tainted with sin and the life’s accumulation of sin, so that they could not possibly be in condition to enjoy a place of purity and freedom from sin. And some of them expect and claim that they will be the judges of others of their fellow mortals, because of the deeds done in the body, and yet in how many cases would it prove to be the blind and sinful judging the blind and sinful.
But they further claim that Jesus, by his great power, and the fact that they believed that he would come again to earth and establish his kingdom, will in the twinkling of an eye make them fit subjects for his kingdom, and qualified to judge the unrighteous and help cast them out of his kingdom.
No, this can never be the way in which the millennium will be established, and the sooner men discard this belief and seek the truth and the true way to purity and perfection, the sooner the hope and expectation of mankind will be realized.
Your brother in Christ,
LUKE.
The Law of Compensation (John Bunyan) (9 Jan 1917)
Let me write a few lines.
I am much interested in you and your work, and want to do all that I can to help.
I have heard your grandmother’s message and it is a beautifully encouraging one, and filled with deep truths, which, if you will grasp and apply, will benefit you very much.
I had my troubles when I lived on earth, but never had the sustaining power of the Divine Love that she speaks of, and, hence, lived my life as best I could with only the help of natural powers and a rather cheerful disposition. Had I possessed this Love, I now know that I should have been saved many hours of worriment, and enjoyed many hours of happiness that were not mine.
It seems to be the fate or destiny of mortals to experience trouble; as some one has said, man was born for trouble, but this is not just true, for man to a large extent makes his own troubles, and as men come into a knowledge of the great law of compensation they will realize the truth of what I say.
But thank God, even though man makes his own troubles and the law of compensation works impartially, yet the loving Father can relieve him from his troubles and make him happy. And in doing so, I want to say, the demands of this law are not unsatisfied. This law, itself, is subject to another law, and that is, that unless causes exist it cannot demand anything from the mortal; and the Father in helping His children does not say to the law, you shall not demand a penalty from this child whom I desire to help, but says to the child, receive my Love and help, and the causes for the demand of this law will cease to exist.
If mortals would only understand this truth they would not continue to believe that the Father cannot help His children, and they would also see that in order to confer such help, it is not necessary to set aside or suspend this great law in its operations. The Father never grants a special dispensation to relieve mortals from paying the penalties of this law, but He does give to them His Great Love, and when they possess that the causes that entail the penalties cease to have an existence.
The law of the Divine Love is the greatest law and supplants every other law in the workings upon the souls and minds of mortals.
Well, my friend, I must not write more, and so with my love, will say good-night.
Your brother in Christ,
JOHN BUNYAN