Índice
─ Introducción
─ Versión en español
─ Notas
─ Mi petición
Nota
Las flores y su significado en el mundo espiritual
1. Vida
2. «Floripondismo»
3. Platonismo
4. Benson
5. Duelo
─ Versión en inglés
___
Introducción
Enlace al audio con la lectura del texto: en ivoox.
La lectura dura hasta el minuto 17:13, luego hay comentarios.
___
Esto que sigue es la introducción que hace quien lleva la página new-birth.net, donde podemos encontrar estos libros
(Importante: estos textos no subrayan, por lo que llevo visto, como asunto principal, la diferencia entre el amor divino y el amor natural.
Podríamos pensar que eso ocurre «paradójicamente»… o no tan paradójicamente, ya que en concreto los textos de Borgia fueron dados por Benson, y este había pasado más o menos recientemente a la vida espiritual desde la física. Benson, en su vida terrenal, fue un sacerdote reconocido.
Es decir: aunque luego, en la vida espiritual, su humildad en seguida empezara a crecer (como nos sucederá a casi todos en algún grado), no necesariamente tenía amor de Dios en el alma ─o, si tenía un poco, no necesariamente lo siguió obteniendo ágilmente─):
____
_
«Me fascinaron los volúmenes de la obra de Anthony Borgia que descubrí en su momento, y también noté entonces que su legado parecía estar desapareciendo. Nadie, en ningún lugar del mundo, se había esforzado por recopilar todas sus publicaciones. […]
Anthony Borgia (06/10/1896-23/07/1989) fue un médium que transcribió los pensamientos de un sacerdote y autor fallecido al que conoció en vida. Su mediumnidad se manifestaba a través de la clariaudiencia: oía hablar al monseñor.
El sacerdote católico era monseñor Robert Hugh Benson (1871-1914), hijo de Edward White Benson, antiguo arzobispo de Canterbury. Benson fue sacerdote en la tradición anglicana, pero posteriormente cambió de fe y se reordenó como sacerdote católico. Borgia conoció al monseñor cuando aún era niño. Se conocieron en 1909, cuando Anthony tenía trece años.
A los diez años, Anthony ingresó en la Escuela Coral de la Catedral de Westminster, un acontecimiento que tendría una gran influencia en su vida, pues allí conoció al monseñor Robert Hugh Benson, cuyas palabras registraría años después mediante la clarividencia auditiva y plasmaría en siete libros (nueve de ellos se enumeran a continuación).
Aunque solo conoció al monseñor durante unos pocos años, la impresión que dejó en Anthony fue imborrable. Al igual que muchos otros que conocieron al monseñor, descubrió que su vibrante personalidad, su entusiasmo, su sentido del humor, su agudeza mental, su amabilidad y su vivo interés por tantas cosas, eran inolvidables.
Anthony se encontraba con el monseñor con más frecuencia de lo que hubiera sido habitual en la Escuela Coral, porque su habilidad para transcribir partituras con rapidez y precisión, además de su letra legible, pronto hizo que el maestro de coro, Sir Richard Terry, lo utilizara como una especie de «secretario musical». (Extracto de este artículo de Marjorie Hesford)
Benson fue nombrado chambelán privado supernumerario del Papa en 1911 y, por consiguiente, recibió el título de Monseñor. Fue un autor prolífico, tanto de ficción como de obras religiosas. Gozó de gran popularidad en los círculos católicos y en este sitio web se ofrece un resumen detallado de su vida. Falleció a los 42 años.
Desde el mundo espiritual, el Monseñor dictó numerosos textos a su amigo Antonio de Borgia, muchos de los cuales fueron convertidos en libros. Tenía mucho que decir, con la esperanza de corregir las enseñanzas contenidas en sus anteriores e influyentes libros cristianos, escritos durante su vida terrenal. Sin embargo, los únicos libros que incluyen comentarios religiosos son «Hechos» y «Más Luz». Ninguno de estos libros es particularmente popular en comparación con los demás, lo que indica que fue prudente centrarse en temas no religiosos en la mayor parte de su obra. […]»
____
_
En esa misma página ─cuya introducción al material de Borgia acabamos de ver parcialmente─ dicen haber recibido comunicaciones de parte de Borgia y Benson, desde el mundo espiritual, en los años 2022-2023. Estas denotarían que ellos dos ya conocen lo que podemos llamar el camino del amor divino, y, así, conocen de qué manera ─más allá de la manera meramente intelectual─ es relevante lo que sucedió «con Jesús y Dios», y cuyo re-anuncio formal global fue hecho via Padgett hace más o menos un siglo.
Versión en español
PARTE II – El Mundo Invisible
I. LAS FLORES
Tras mi paso al mundo espiritual, una de mis primeras experiencias fue la conciencia de una tristeza, no la mía, pues era sumamente feliz, sino la de los demás, y me intrigaba mucho saber de dónde provenía.
Edwin me explicó que esta tristeza surgía del mundo terrenal y era causada por el dolor que sentían por mi partida. Sin embargo, pronto cesó, y Edwin me informó que la gente de la tierra ya me había olvidado. Esa experiencia, amigo mío, es suficiente para infundir sentimientos de humildad, ¡si es que antes no había ninguna!
Te aseguro que no le daba mucha importancia a la popularidad. Por lo tanto, descubrir que mi recuerdo se desvanecía rápidamente de la mente de la gente de la tierra no me causó ninguna angustia. Había escrito y predicado para el bien que pudieran hacer, y eso, como ahora comprendía, era insignificante. Me contaron que muchas personas, cuya popularidad fue considerable en vida, descubrieron al abandonar sus cuerpos terrenales que su fama y gran favor no las habían precedido en el mundo espiritual. La admiración que había sido parte de su experiencia cotidiana desapareció. Naturalmente, a estas almas les entristecía dejar atrás su prominencia terrenal y les producía cierta soledad, sobre todo cuando, además, el mundo terrenal las olvidaba rápidamente.
Mi propia reputación terrenal no había sido muy grande, pero había logrado labrarme un lugar entre mis correligionarios.
Mi transición fue tranquila y pacífica, sin ninguna circunstancia desagradable. No me costó nada dejar el mundo terrenal. No tenía más ataduras que mi trabajo. Por lo tanto, me sentía muy afortunado. Edwin me habló de otros cuya muerte fue sumamente triste, y cuyo estado espiritual al llegar aquí era aún más desdichado. Muchos, que fueron grandes en la tierra, se encontraron aquí muy pequeños en el espíritu. Y muchos, desconocidos en la tierra, se encontraron aquí tan espiritualmente reconocidos que casi se sintieron abrumados por ello. No todos, ni mucho menos, están destinados a los hermosos reinos del sol y el verano eternos.
Ya os he dado un atisbo de esos reinos de oscuridad y penumbra, donde todo es frío, desolador y estéril, y donde moran ciertas almas, unas que pueden elevarse de la oscuridad si así lo desean y trabajan para lograrlo. Hay muchos que pasan su tiempo en el cielo visitando estas regiones sombrías para intentar rescatar de su miseria a algunos de estos desafortunados y guiarlos por el camino de la luz y el progreso espiritual.
He tenido el privilegio de acompañar a Edwin y Ruth a visitar los lugares oscuros más allá del cinturón de niebla que los separa de la luz. No es todavía mi propósito llevaros a esos reinos de miseria e infelicidad. Más adelante espero poder daros algún relato de nuestras experiencias. Por el momento, hay otros asuntos ─más agradables─ sobre los que quisiera hablar.
Hay muchas almas en el plano terrenal que buscan indagar en los múltiples misterios de la vida. Proponen teorías de diversa índole que pretenden explicar esto o aquello, teorías que, con el tiempo, llegan a considerarse grandes verdades. Algunas de estas hipótesis están tan alejadas de la verdad como se pueda concebir; otras son simplemente absurdas. Pero también hay quienes se niegan incluso a pensar por sí mismos y defienden con firmeza la creencia de que, mientras estén encarnados, no están destinados a conocer nada de la vida espiritual que se extiende ante ellos. Afirman que no es propósito de Dios que se les revelen tales asuntos, y que cuando lleguen al plano espiritual lo sabrán todo.
Estos son dos extremos del pensamiento: los teóricos y los partidarios de la «puerta cerrada». Ambas corrientes sufren fuertes conmociones al entrar en el plano espiritual para vivir eternamente. Quienes sostienen teorías extrañas ven cómo estas se desmoronan ante la verdad absoluta. Descubren que la vida en el mundo espiritual no es tan compleja como creían. En muchos casos, es mucho más sencilla que la vida en la tierra, porque aquí carecemos de los problemas que constantemente acosan y preocupan a la humanidad, como los relacionados con la religión y la política que, a lo largo de los siglos, han provocado convulsiones sociales cuyas repercusiones aún se sienten en el mundo terrenal. El estudioso de lo oculto suele caer en el mismo error que el estudioso de la religión: formula afirmaciones tan dogmáticas como las de la religión ortodoxa, afirmaciones que, en su mayoría, están muy alejadas de la verdad.
El tiempo que he vivido en el mundo espiritual es insignificante ─¡nada!─ comparado con el de algunas de las grandes almas con las que he tenido el privilegio de conversar. Pero solo me han mostrado algo de su vasto conocimiento, es decir, algunas cosas que mi mente era capaz de comprender. Por lo demás, yo ─junto con millones de personas─ me conformo con esperar el día en que mi inteligencia esté lo suficientemente desarrollada para captar las verdades más profundas.
Un asunto que genera cierta perplejidad se refiere a las flores que tenemos en el mundo espiritual. Algunos preguntarían: ¿por qué las flores? ¿Cuál es su propósito o significado? ¿Tienen algún simbolismo?
Planteemos las mismas preguntas a las personas de la tierra sobre las flores que crecen en el plano terrenal. ¿Tienen las flores terrenales algún significado especial? ¿Tienen algún simbolismo? La respuesta a ambas preguntas es ¡no! Las flores se nos dan para ayudar a embellecer el mundo terrenal y para el deleite y disfrute de quienes las contemplan. El hecho de que cumplan otras funciones útiles es una razón más para su existencia. Las flores son esencialmente bellas, emanadas de la Mente Creadora Suprema, un precioso regalo que nos muestra, en sus coloraciones, sus formaciones y sus perfumes, una expresión infinitamente pequeña de esa Gran Mente. Poseéis esta gloria en el plano terrenal. ¿Acaso se nos privará de ella en el mundo espiritual porque se considere que las flores son demasiado terrenales, ya que no se les puede atribuir un significado profundo y abstruso?
Aquí tenemos las flores más gloriosas; algunas, como las queridas y familiares flores del plano terrenal; otras, conocidas solo en el mundo espiritual; pero todas, sin excepción, son magníficas: la alegría perpetua de quienes estamos rodeados de ellas. Son creaciones divinas; cada flor respira el aire puro del espíritu y es sostenida por su Creador y por todos nosotros en el amor que les brindamos. Si no las deseáramos ─una suposición imposible─, desaparecerían. ¿Y qué tendríamos en su lugar? ¿De dónde, si no, procedería la inmensa riqueza de color que nos ofrecen?
Y no son solo las flores más pequeñas las que crecen aquí. No hay un solo árbol o arbusto en flor que la mente pueda recordar que no poseamos, floreciendo en superabundancia y perfección, además de aquellos árboles y arbustos que solo se ven en el mundo espiritual. Siempre están en flor, nunca se marchitan ni mueren, y sus perfumes se difunden en el aire, donde actúan como un tónico espiritual para todos nosotros. Son uno con nosotros, como nosotros lo somos con ellos.
Cuando se nos presentan por vez primera las flores, los árboles y toda la exuberancia de la naturaleza espiritual, percibimos al instante algo que la naturaleza terrenal nunca pareció poseer: una inteligencia inherente a todos los seres vivos. Las flores terrenales, aunque vivas, no provocan una respuesta personal inmediata cuando se entra en contacto íntimo con ellas. Pero aquí ocurre de manera totalmente distinta. Las flores espirituales son imperecederas, lo cual debería sugerir de inmediato algo más que una mera vida en su interior; y las flores espirituales, al igual que todas las demás formas de la naturaleza, son creadas por el Gran Padre del Universo a través de sus agentes en los reinos espirituales. Forman parte del inmenso torrente de vida que emana directamente de Él y que fluye a través de cada especie vegetal. Ese torrente nunca cesa, nunca flaquea, y, además, se alimenta continuamente de la admiración y el amor que nosotros, en este mundo espiritual, derramamos con gratitud sobre tan exquisitos dones del Padre. ¿Acaso es de extrañar que, al tomar la más pequeña flor entre nuestras manos, sintamos tal afluencia de energía magnética, tal fuerza vivificante, tal elevación de nuestro ser, cuando sabemos, en verdad, que esas fuerzas para nuestro bienestar provienen directamente de la Fuente de todo bien? No, no hay otro significado detrás de nuestras flores espirituales que la belleza expresada por el Padre del Universo; y, sin duda, eso basta. Él no ha añadido ningún simbolismo extraño a sus creaciones perfectas. ¿Por qué deberíamos hacerlo nosotros?
La gran mayoría de las flores no están destinadas a ser recogidas. Recogerlas no es destruirlas, sino cortar aquello que está en contacto directo con el Padre. Claro que es posible recogerlas; no ocurriría ninguna terrible calamidad si se hiciera. Pero quien las recogiera sin duda lo lamentaría profundamente. Piensa en algún objeto pequeño que poseas y aprecies por encima de todas tus pertenencias terrenales; y luego considera la posibilidad de destruirlo deliberadamente. Te causaría una tristeza inmensa, aunque la pérdida en sí misma sea insignificante. Del mismo modo te sentirías si, sin pensarlo, arrancaras esas flores espirituales que no están destinadas a ser recogidas.
Pero hay flores, y muchas, que están ahí expresamente para ser recogidas; y muchos de nosotros lo hacemos, llevándolas a casa como solíamos hacer en la tierra, y por la misma razón.
Estas flores cortadas sobrevivirán a su recogida mientras deseemos conservarlas. Cuando nuestro interés por ellas comienza a menguar, se desintegran rápidamente. No quedan restos marchitos y antiestéticos, pues no puede haber muerte en una tierra de vida eterna. Simplemente nos damos cuenta de que nuestras flores se han ido, y entonces podemos reemplazarlas si así lo deseamos.
___
NOTAS
Mi petición para dar pie a la nota de abajo
La nota temática sería para tratar, ilustrar y ordenar estos temas:
─ Cita de lo que hemos visto: «aquello que está en contacto directo con el Padre».
La vida, aquí, sería una especie de «fluido», dominado y regido por las leyes del Padre, de Dios.
La vida no sería algo que surgiera de los cuerpos de la materialidad física del mundo espiritual, al igual que tampoco lo sería aquí en la tierra.
La vida «va» por unos «circuitos» determinados, podríamos decir.
Así, el «contacto directo con Dios», en realidad, sería impersonal (por lo tanto, no tan directo como podríamos pensar); aquí, el señor Benson hablaría de «directo» de una manera más bien laxa, digamos.
Y lo que sucede, para nosotros, en nuestros supuestos aceptados, es que solo las almas pueden tener un contacto personal con Dios.
Y las almas no solo están en contacto «directo» ─en el sentido laxo, meramente vital-animal─, sino también en un sentido «eminente», inherente al hecho de ser «almas». Ni siquiera los animales superiores tienen alma (alma = personalidad y libre albedrío con autoconsciencia en el sentido humano).
Así, los humanos tenemos el potencial de establecer (via «Espíritu Santo») no solo un contacto ejercido de dicha manera impersonal ─»laxo», capaz de ser retirado o cortado con estos gestos simples como vemos con la flor─, sino que somos capaces de tener un contacto en el sentido personal de recibir amor de Dios (y se puede advertir aquí sobre esta distinción simple y fundamental con el apoyo de las comunicaciones via Padgett ─que hemos visto otras veces)
─ Crítica del «floripondismo» terrenal.
«Floripondismo» es un término más o menos inventado aquí ad hoc, y que se sobreentiende por lo que vamos a decir:
Benson parecería estar advirtiendo contra el matiz ─algo supersticioso quizá─ con el que a veces son tratadas las flores: como comunicadoras de mensajes entre personas, símbolos de cosas humanas demasiado humanas (vida, amor, muerte, etc.), etc.
Eso sería una pátina de superficialidad frente a lo que vamos a destacar en el siguiente apartado de la nota.
─ Platonismo frente a «floripondismo».
Decía Benson: «Las flores se nos dan para ayudar a embellecer el mundo terrenal y para el deleite y disfrute de quienes las contemplan. El hecho de que cumplan otras funciones útiles es una razón más para su existencia. Las flores son esencialmente bellas».
Vemos que Benson habla de modo bastante clásico aquí ─dirían desde ya los filósofos, creo─.
Y es que las flores parecen tener aquí un propósito en orden al fin último de reconocer al amor como propósito, fin y significado último de la creación ─siendo que el amor incluiría a los «términos trascendentales» (creo que se dicen): verdad, belleza, bondad─.
La flor es, dice entonces: esencialmente bella.
Además, y como en jerarquía, después él nos habla de que las flores efectivamente cumplen otras funciones.
De hecho, en el ecosistema terrenal, parece que todo estaría minuciosa y cuidadosamente articulado, y sin que sobre ni falte ningún insecto, flor, bacteria, etc.
Todo, en los ecosistemas, cumpliría ordenadamente su papel, y ello dentro de un sistema enormemente complejo de interrelaciones funcionales. Nada sobra, nada falta; a excepción de la obra humana que desarregla a menudo ─si no actúa regeneradoramente─ los ecosistemas y sus equilibrios.
─ Benson, antiguo «teólogo-filósofo» por deformación profesional, es en seguida corregido en cuanto a su humildad, por la propia experiencia en el mundo espiritual, etc.
Así, en su texto tiene para dar y repartir: por un lado hacia o «contra» los teologizantes y filosofizantes terrenales; y, por otro, diríamos que «contra» los adoradores de lo oculto: los ocultistas mistificadores ─pero siempre sin ningún excesivo ánimo de polemista─.
Este punto se puede ilustrar si se encuentra fácilmente algún artículo, nota u obra del Benson terrenal, donde él quizá ya actuara un poco «contra» los ocultistas; aunque, ya vimos, no creo que fuera muy conflictivo-polemista en su papel de sacerdote y luego monseñor ─menos aún, quizá, no sé, se lo encontrará «combatiendo» a filósofos─.
─ Él da cuenta además de algo muy célebre, algo relatado por muchos espíritus: la importancia de que las personas de la tierra no malentendamos nuestros duelos, no «proyectemos» mucha o demasiada pena ─hablando un poco en «idioma psicologista»─: no proyectemos tanto nuestras penas por la pérdida, hacia los que han partido al más allá; pues, muchas veces, proyectamos un «ay qué será de él/ella», «ay qué gran pérdida…», cuando, en realidad, no hay tal pérdida por parte de quien fallece; y, además, los sentimientos de pérdida que afectan a los que quedan en la tierra tienen que ver en gran medida con sus propias heridas, si son abrumadores.
Nota elaborada por IA Deepseek:
Nota temática: las flores y su significado en el mundo espiritual
1. «Aquello que está en contacto directo con el Padre»: la vida como fluido
Benson afirma que arrancar una flor espiritual es «cortar aquello que está en contacto directo con el Padre». Esta expresión, aparentemente sencilla, encierra una cosmovisión precisa sobre la naturaleza de la vida.
La vida, en el esquema de Benson, no es una propiedad que emerge de la materia —ni en la tierra ni en el mundo espiritual—. Es más bien un fluido o torrente que emana directamente de Dios y circula por canales o circuitos determinados. Así lo expresa el propio texto:
«Forman parte del inmenso torrente de vida que emana directamente de Él y que fluye a través de cada especie vegetal. Ese torrente nunca cesa, nunca flaquea.»
Este «contacto directo» debe entenderse, sin embargo, en un sentido laxo, no personal. La flor está «en contacto directo» con el Padre en la medida en que el fluido vital que la sostiene procede inmediatamente de Él, sin mediación de otras almas. Pero ese contacto es de orden vital-animal, no personal ni consciente. Es análogo al flujo de energía que mantiene vivos a los seres vivos en la tierra.
El contacto personal con Dios —el que implica amor, conciencia y relación— es privativo de las almas. Y no todas las criaturas tienen alma. Benson, coherente con la tradición espiritualista que representa, reserva el alma —entendida como personalidad, libre albedrío y autoconsciencia en sentido humano— para los seres humanos. Ni siquiera los animales superiores participan de ella.
Los humanos, por tanto, estamos en una posición única: no solo participamos del fluido vital impersonal (como las flores o los árboles), sino que tenemos la capacidad de establecer un contacto personal con Dios. Ese contacto, que en el lenguaje cristiano se identifica con la acción del Espíritu Santo, es de una naturaleza radicalmente distinta: es un contacto de amor, de comunión, de transformación interior. Mientras que el fluido vital puede ser «cortado» con un gesto tan simple como arrancar una flor, el contacto personal, una vez establecido, pertenece al orden del alma y no se interrumpe por causas externas.
Esta distinción fundamental —vida impersonal (fluido) frente a vida personal (amor)— puede ilustrarse con las comunicaciones de James E. Padgett, contemporáneo de Benson, donde se insiste en que el alma humana está llamada a recibir el Amor Divino de Dios, que transforma la naturaleza misma del alma y la eleva a un plano de unión con la Divinidad. El «contacto directo» de la flor es, en comparación, un mero reflejo de esa realidad superior.
2. Crítica del «floripondismo» terrenal
Benson no se limita a describir las flores espirituales; también advierte contra cierta actitud hacia ellas que podríamos llamar «floripondismo» —término que, aunque acuñado aquí, designa una tendencia real y reconocible.
El «floripondismo» consiste en recubrir a las flores de un simbolismo humano demasiado humano: convertirlas en mensajeras entre amantes, en emblemas de virtudes o pasiones, en signos de vida, amor o muerte. Es una pátina de superficialidad que proyecta sobre la flor significados que ella no tiene, distrayendo la atención de lo que realmente es.
Benson, en su texto, despeja cualquier ambigüedad:
«No, no hay otro significado detrás de nuestras flores espirituales que la belleza expresada por el Padre del Universo; y, sin duda, eso basta. Él no ha añadido ningún simbolismo extraño a sus creaciones perfectas.»
Las flores no son cifras de un mensaje oculto, ni símbolos de realidades humanas. Son, simplemente, belleza. Atribuirles otro sentido es falsearlas, es someterlas a una interpretación que no les pertenece y que, en última instancia, las empobrece.
3. Platonismo frente a «floripondismo»
Frente a esa tendencia a buscar significados ocultos, Benson ofrece una lectura de las flores que los filósofos reconocerían como clásica o incluso platónica. Dice:
«Las flores se nos dan para ayudar a embellecer el mundo terrenal y para el deleite y disfrute de quienes las contemplan. El hecho de que cumplan otras funciones útiles es una razón más para su existencia. Las flores son esencialmente bellas.»
Esta afirmación sitúa a las flores en el orden de los trascendentales: verdad, belleza y bondad. La flor es bella, y esa belleza es un fin en sí misma, no un medio para otra cosa. Su propósito último —si se puede hablar de propósito— es remitir al amor como significado último de la creación. Porque el amor, en su plenitud, incluye y trasciende la verdad, la belleza y la bondad. Contemplar una flor y deleitarse en su belleza es, en cierto modo, reconocer el amor del Creador.
Pero Benson no se detiene en esa consideración estética. Añade que las flores cumplen otras funciones útiles. Y aquí se abre una perspectiva más amplia: la naturaleza, en su conjunto, está minuciosamente articulada. En los ecosistemas terrenales, nada sobra ni nada falta: cada insecto, cada bacteria, cada flor cumple un papel dentro de un sistema de interrelaciones funcionales de una complejidad asombrosa. La única excepción —y no es pequeña— es la obra humana, que a menudo desarregla esos equilibrios, cuando no actúa de forma regeneradora.
La flor, pues, es bella y útil. Pero su utilidad no es su razón de ser; su razón de ser es su belleza, que es expresión del amor creador.
4. Benson, el teólogo-filósofo corregido por la experiencia
Robert Hugh Benson fue en vida un sacerdote católico y escritor de cierto renombre. Su formación teológica y filosófica era sólida, y no le faltaban opiniones sobre casi todo. Al llegar al mundo espiritual, sin embargo, tuvo que revisar muchas de sus convicciones. El propio Benson, a través de Borgia, no oculta esta corrección:
«Había escrito y predicado para el bien que pudieran hacer; y eso, como ahora comprendía, era insignificante.»
Esta humildad aprendida en la experiencia se refleja en su actitud hacia dos grupos que, en vida, probablemente habría combatido con más vehemencia:
-
Los teólogos y filósofos terrenales, que especulan sobre la vida futura sin haberla experimentado. Benson les muestra, con su propio ejemplo, que muchas de sus construcciones dogmáticas se desmoronan ante la realidad.
-
Los ocultistas mistificadores, que buscan en la naturaleza espiritual significados ocultos y complicados donde solo hay simplicidad y belleza. Benson desmonta sus elucubraciones con la misma claridad con que desmonta las de los teólogos.
Pero Benson no es un polemista. Su tono es didáctico, sereno, casi pastoral. No busca herir, sino enseñar. La corrección que ha recibido en el mundo espiritual le ha dado una perspectiva que, en vida, probablemente no tenía. Y esa perspectiva le permite hablar con autoridad, pero sin arrogancia.
5. El duelo y la proyección de la pena
Hay un último tema, apenas esbozado en el primer bloque del libro pero crucial, que Benson aborda con delicadeza: el duelo de los que quedan en la tierra.
Cuando alguien parte al mundo espiritual, los seres queridos que quedan atrás suelen experimentar una pena profunda. Esa pena, sin embargo, no siempre se corresponde con la realidad de quien ha partido. Benson lo expresa con claridad:
«Edwin me explicó que esta tristeza surgía del mundo terrenal y era causada por el dolor que sentían por mi partida. Sin embargo, pronto cesó, y Edwin me informó de que la gente de la tierra ya me había olvidado.»
La experiencia de Benson es reveladora: él era sumamente feliz en el mundo espiritual, mientras los que quedaban en la tierra le lloraban. La pena de los vivos no refleja la situación de los muertos; refleja, más bien, la propia herida de quienes se quedan.
Benson advierte, implícitamente, contra la proyección excesiva de pena hacia los que han partido. Ese «ay qué será de él», ese «ay qué gran pérdida» son, en muchos casos, un malentendido. No hay pérdida para quien fallece; hay, por el contrario, ganancia. La pena desmedida de los vivos puede incluso convertirse en una carga para los que ya han partido, que perciben esa tristeza y pueden sentirse perturbados por ella.
El mensaje de Benson, en este punto, es un llamamiento a la serenidad y a la confianza. La muerte no es el final, sino un tránsito. Y los vivos harían bien en no proyectar sobre los muertos sus propias angustias, sino en alegrarse por ellos y esperar el reencuentro.
Conclusión
Los temas que atraviesan el libro de Benson —la vida como fluido, el contacto con Dios, la crítica del simbolismo vacío, la belleza como fin, la humildad aprendida y el duelo bien entendido— convergen en una misma enseñanza: la realidad espiritual es más simple y más hermosa de lo que imaginamos. No hay que buscar significados ocultos donde solo hay belleza; no hay que temer a la muerte donde solo hay vida; no hay que aferrarse a dogmas donde solo hay experiencia. Y, sobre todo, hay que recordar que el amor de Dios —personal, transformador, eterno— es el verdadero destino del alma humana, un destino que las flores, en su silenciosa belleza, solo anuncian.
Versión en inglés
PART II – The World Unseen
I. THE FLOWERS
After I had passed into the spirit world, one of my earliest experiences was the consciousness of a feeling of sadness, not of my own sadness, for I was supremely happy, but of the sadness of others, and I was greatly puzzled to know whence it came.
Edwin told me that this sadness was rising from the earth world, and was caused by the sorrow felt at my passing. It soon ceased, however, and Edwin informed me that forgetfulness of me by the earth people had already set in. That experience alone, my good friend, is one that can be relied upon to induce feelings of humility, if no humility before existed!
I had, I assure you, set small store by popularity. The discovery, therefore, that my memory was fast fading from the minds of earth people occasioned me no distress whatever. I had written and preached for the good they might do, and that, as I now learnt, was microscopically small. I was told that many people, whose public favor was considerable when they were incarnate, discovered when they had shed their earthly bodies, that their fame and high favor had not preceded them into the world of spirit. Gone was the admiration which had been their common everyday experience. It naturally saddened such souls to leave behind them their earthly prominence, and it gave them something of a sense of loneliness, the more so when, in addition, the earth world quickly forgot all about them.
My own earthly reputation had been of no very great magnitude, but I had managed to carve a niche for myself among my co-religionists.
My transition had been calm and peaceful, and unattended by any unpleasant circumstances. It was no wrench for me to leave the earth world. I had no ties but my work. I was, therefore, greatly blessed. Edwin told me of others whose passing was extremely unhappy, and whose spiritual state upon their arrival here was still more unhappy. Many, who were great upon earth, found themselves very small in spirit. And many, who were unknown upon earth, found themselves here so spiritually well known as to be almost overcome by it. It is not all, by any means, who are destined for the beautiful realms of eternal sunshine and summer.
I have already given you a glimpse of those realms of darkness and semi-darkness, where all is cold and bleak and barren, and wherein souls have their abode, souls who can rise up out of the darkness if they so wish it and will work for that end. There are many who spend their heaven visiting these dim regions to try to draw out of their misery some of these unfortunates, and to set them upon the path of light and spiritual progression.
It has been my privilege to go with Edwin and Ruth to visit the dark places beyond the belt of mist that separates them from the light. It is not my purpose to take you into those realms of misery and unhappiness just yet. Later on I shall hope to give you some account of our experiences. For the moment there are other—and pleasanter—matters upon which I should like to speak.
There are many souls upon the earth-plane who seek to probe the manifold mysteries of life. They propound theories of diverse kinds purporting to explain this or that, theories which, in the course of time, come to be looked upon as great truths. Some of these hypotheses are as remote from the truth as it is possible to imagine; others are merely nonsensical. But there are also people who refuse even to think for themselves, and who stolidly uphold the belief that while they are incarnate they are not meant to know anything of the life of spirit that lies before them all. They affirm that it is not God’s purpose that they should be told of such matters, and that when they come to spirit they will know all things.
These are two extremes of thought—the theorists and the partisans of the “closed door”. Both schools receive some severe shocks when they enter spirit lands to live for all time. Individuals with strange theories find those theories demolished by the simple fact of finding themselves faced with the absolute truth. They discover that life in the spirit world is not nearly so complex as they would have it to be. In so many instances it is vastly simpler than life upon earth, because we do not have the problems that constantly harass and worry earth people, problems, for example, of religion and politics, which throughout the ages have caused social upheavals that are still having their repercussions in the earth world at the present time. The student of occult matters is apt to fall into the same error as the student of religious matters. He makes assertions every bit as dogmatic as those that emanate from orthodox religion, assertions that are mostly as far from the truth.
The period of time in which I have lived in the spirit world is as nothing—nothing!—by comparison with some of the great souls with whom it has been my privilege to speak. But they have shown me something of their vast store of knowledge, things that is, that my mind was capable of understanding. For the rest, I—in company with millions of others—am perfectly contented to wait for the day when my intelligence is sufficiently advanced to grasp the greater truths.
A matter that gives rise to some perplexity concerns the flowers that we have in the spirit world. Some would ask: why flowers? What is their purpose or significance? Have they symbolical meaning?
Let us put the same questions to earth people concerning the flowers that grow upon the earth-plane. Have the earthly flowers any special significance? Have they some symbolical meaning? The answer to both questions is No! Flowers are given to the earth world to help to beautify it, and for the delight and enjoyment of those who behold them. The fact that they serve other useful purposes is an added reason for their existence. Flowers are essentially beautiful, evolved from the Supreme Creative Mind, given to us as a precious gift, showing us in their colourings, in their formations, and in their perfumes an infinitesimally small expression of that Great Mind. You have this glory upon the earth-plane. Are we to be deprived of it in the spirit world because it is considered that flowers are rather earthy, because no deep, abstruse meaning can be assigned to their existence?
We have the most glorious flowers here, some of them like the old familiar cherished blooms of the earth-plane, others known only to the spirit world, but all alike are superb, the perpetual joy of all of us who are surrounded with them. They are divine creations, each single flower breathing the pure air of spirit, and upheld by their Creator and by all of us here in the love that we shower upon them. Had we no wish for them—an impossible supposition!—they would be swept away. And what should we have in their stead? Where, otherwise, would the great wealth of colour come from which the flowers provide?
And it is not only the smaller growing flowers that we have here. There is no single flowering tree or shrub that the mind can recall that we do not possess, flourishing in superabundance and perfection, as well as those trees and shrubs that are to be seen nowhere else but in the spirit world. They are always in bloom, they never fade or die, and their perfumes are diffused into the air where they act like a spiritual tonic upon us all. They are at one with us, as we are with them.
When we are first introduced to the flowers and trees and all the luxuriance of spirit nature, we instantly perceive something that earthly nature never seemed to possess, and that is an inherent intelligence within all growing things. Earthly flowers, although living, make no immediate personal response when one comes into close touch with them. But here it is vastly different. Spirit flowers are imperishable, and that should at once suggest more than mere life within them, and spirit flowers, as well as all other forms of nature, are created by the Great Father of the Universe through his agents in the realms of spirit. They are part of the immense stream of life that flows directly from Him, and that flows through every species of botanic growth. That stream never ceases, never falters, and it is, moreover, continuously fed by the admiration and love which we, in this world of spirit, gratefully shed upon such choice gifts of the Father. Is it, then, to be wondered at, when we take the tiniest blossom within our hands, that we should feel such an influx of magnetic power, such a revivifying force, such an upliftment of one’s very being, when we know, in truth, that those forces for our betterment are coming directly from the Source of all good. No, there is no other meaning behind our spirit flowers than the expressed beauty of the Father of the Universe, and, surely, that is enough. He has attached no strange symbolism to His faultless creations. Why
should we?
A large majority of the flowers are not meant to be picked. To pick them is not to destroy them—it is to cut off that which is in direct contact with the Father. It is possible to gather them, of course; no disastrous calamity would follow if one did. But whosoever picked them would certainly regret it very deeply. Think of some small article that you possess and treasure above all your other earthly possessions, and then consider deliberately destroying it. It would cause you extreme sadness to do so, although the loss incurred might be intrinsically trifling. Such would be your emotions when you heedlessly culled those spirit flowers that are not intended for gathering.
But there are blooms, and plenty of them, that are expressly there to be picked, and many of us do so, taking them into our houses just as we used to do on earth, and for the same reason.
These severed flowers will survive their removal for just so long as we wish to retain them. When our interest in them begins to wane they will quickly disintegrate. There will be no unsightly withered remnants, for there can be no death in a land of eternal life. We simply perceive that our flowers have gone, and we can then replace them if we so wish.