Las bienaventuranzas

Índice
─ Introducción
─ Notas
─ Mi petición para ver las bienaventuranzas (los dos puntos: Expectativas y exigencias. Dolor emocional como indicador del error)
Nota
1. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
─ Mi petición (2)
2. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»
─ Mi petición (3)
3. «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad»
4. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados»
─ Mi petición (4)
5. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»
6. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
─ Mi petición (5)
7. «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios»
8. «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
Cierre del recorrido

____

Introducción

Revisando estos mensajes de Padgett, donde aparece el tema de las bienaventuranzas, surgieron estas notas muy claras sobre ello.

NOTAS

Mi petición para ver las bienaventuranzas (primera petición)

La nota a pedir sería didáctica y casi más bien dialogada, si es posible;

Relacionaríamos esto tomando como ciertos y paradigmáticos estos dos puntos que pongo a continuación (la tarea en parte sería la de usar estos dos puntos en una especie de presentación dialogada y ordenada para presentar las varias «bienaventuranzas» del famoso discurso de Jesús, que ha sido tan comentado):

─ Las expectativas que tenemos (las pretensiones sobre los demás, las «confianzas» que nos tomamos, etc., ya sean personas conocidas o no), suelen reflejar heridas emocionales (del alma).

Es decir, como actitudes, no estarían fundadas en el amor, sino en «bloqueos» (para mantener alguna fachada ─que puede ser más o menos «funcional», normal, incluso «alegre», etc.─ que tenemos construida para con ella bloquear la liberación del yo herido y por tanto bloquear nuestra identidad real, tras ese yo herido), creencias y deseos corruptos (es decir, desarmónicos con el amor y la verdad), etc.

Por tanto, ilustraríamos la diferencia de cuando Jesús habla aquí de «lo que espera» de Padgett, con respecto a los deseos impuros de cuando las personas, en general bastante «heridas», esperamos cosas (a veces más o menos taimadamente: esperamos sin expresarlo transparentemente, o con doble juego; o hablando a espaldas; o hablando en monólogo con nosotros mismos sobre lo que el otro o la otra persona debería hacer o ser, etc.).

─ Lo siguiente, y muy importante, a tratar, sería: todo dolor emocional (por ejemplo una leve frustración) indica un error en nosotros o bien un error que existe en las almas de los demás, que ha detonado un error en nosotros, en nuestra alma.

Es decir: cuando algo me molesta, mi reacción emocional habla más bien de mí y de mi necesidad de sanación. Y ello hasta el punto paradigmático de que, una persona plenamente sanada (cuyo ejemplo circunstancial lo tenemos en la célebre crucifixión de Jesús), no siente inquina ante lo que le están haciendo, sino simplemente el dolor físico, ya no el dolor emocional.

Esto no es estoicismo, sino que expresa una objetiva sanación del alma: el alma ya no tiene motivos internos, por así decirlo (heridas), para reaccionar ante las cosas de modo «evitativo».

Es decir, en nuestro paradigma, siempre que surge una rabia, ira, enfado o frustración, por ejemplo (alguna emoción de esa constelación de emociones) resulta que eso está indicando un miedo en nosotros y por tanto una oportunidad de sanación real, sin por ello decir que la gente ha de ir así como así alterando o molestando a los demás para «activar» heridas, por supuesto.

Este miedo que estaría detrás de las frustraciones, etc., puede ser miedo a sentir miedo, mismamente; o, dicho rápidamente, miedo a llorar cosas que nos hicieron y que no tienen que ver con lo que nos ha molestado o perturbado enormemente ahora.
___

Entonces, se podrían presentar ahora paso a paso las bienaventuranzas, relacionándolas ─de forma concisa─ si es posible con lo visto arriba (y con las interpretaciones de las bienaventuranzas más adecuadas al espíritu de «los primeros cristianos»), y dando pie a que tras cada presentación de cada una pueda hacer yo alguna pregunta, etc.

Nota, elaborada por IA Gemini, con intervenciones progresivas mías en diálogo sobre las Bienaventuranzas

Es una perspectiva profunda y clarificadora para abordar el Sermón de la Montaña. Tradicionalmente, las Bienaventuranzas se han leído como un código de conducta moral o como promesas de recompensa futura para quienes sufren resignadamente. Sin embargo, bajo la clave espiritual que planteas —donde el amor puro carece de exigencias proyectadas y donde el dolor emocional revela la presencia de un error o herida en el alma—, las Bienaventuranzas se transforman en un diagnóstico didáctico del estado interno de sanación y receptividad al Amor Divino.

Cuando Jesús le dice a Padgett lo que «espera» (expect), no está proyectando una expectativa neurótica ni condicionando su amor a la respuesta del médium. No hay manipulación, ni monólogo interno de reproche, ni doble juego: es una observación cristalina de una potencialidad espiritual fundada en la ley del amor. En contraste, las expectativas de un alma herida son peticiones defensivas para sostener la fachada y evitar sentir el miedo originario.

Para abrir este espacio de diálogo, vayamos analizando cada bienaventuranza paso a paso.

1. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
El espíritu original (primeros cristianos): «Pobre en espíritu» (ptōchoí tō pneúmati) no se refiere a la ignorancia o a la carencia de carácter, sino a la vaciedad de orgullo religioso e intelectual. Es el estado de quien ha desmantelado su fachada de suficiencia.

Relación con nuestros dos puntos:

─ Falta de pretensión y fachada: El «rico en espíritu» es aquel que tiene una armadura intelectual o dogmática (como el clérigo de las cartas anteriores). Ha construido una identidad basada en el cumplimiento de deberes externos para no sentir su verdadera desconexión. Las expectativas que este tipo de persona deposita en Dios o en los demás son exigencias de reafirmación de su propio mérito.

─ Receptividad a la sanación: El «pobre en espíritu» es el alma que reconoce abiertamente su indigencia real. Al no defender una fachada ni proyectar exigencias sobre el entorno, elimina el bloqueo y se vuelve transparente. Solo cuando el alma admite estar vacía de certadumbre o mérito propio, puede dar paso a la afluencia del Amor del Padre.

Mi petición siguiente (2)

Así, el pobre de espíritu, entonces, no siente o no tiene la exigencia ni siquiera de que no le hagan daño físico, por ejemplo (yéndonos quizá al ejemplo extremo de «la cruz»). Siente más bien «la necesidad» que todos tenemos de comprender lo que realmente pasa a nivel del alma, de conocernos a nosotros mismos y las leyes de Dios y leyes naturales… ─diríamos, en un sentido─. Y, en un sentido más espiritual o sintético aún: la necesidad de no sacar a Dios de la ecuación.

Cuando nos quejamos, normalmente estamos sacando de la ecuación de la enormidad que supondría el hecho del regalo por parte de Dios de la existencia, de la vida, por decirlo rápidamente.

Respuesta IA

Exactamente. Has dado en el blanco de lo que significa no sacar a Dios de la ecuación.

Cuando el alma vive desde la queja o el resentimiento, ha reducido toda la realidad a una transacción corta: «yo quería esto del otro, y como no me lo dio, la existencia es injusta». Ahí la vida queda achicada a la herida no asumida. El «pobre de espíritu», en cambio, mantiene la mirada en el marco completo: el don masivo de existir, de sentir y de tener un alma diseñada para conectarse con la Fuente original, incluso en mitad del dolor físico o la prueba externa.

Esa postura cambia radicalmente el significado de la segunda bienaventuranza.

2. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»
El espíritu original (primeros cristianos): En la experiencia de las primeras comunidades, el «llanto» (penthountes) no era una tristeza pasiva ni una resignación victimista, sino el lamento consciente y desgarrado por la condición de separación espiritual y por el estado del mundo.

Relación con nuestros dos puntos:

─ Miedo a sentir el dolor real: Como señalabas al principio, la frustración o la rabia ante lo cotidiano suele ser una defensa: preferimos enfadarnos con el otro antes que sentir el verdadero dolor latente en nuestro interior. Nos da miedo llorar las heridas del pasado. El «llanto» de esta bienaventuranza es precisamente la valentía de dejar caer la fachada y sentir la tristeza originaria sin buscar chivos expiatorios ni proyectar culpas.

─ Mecanismo de sanación: Cuando dejamos de reaccionar de forma evitativa (con ira, queja o exigencia) y nos permitimos procesar y llorar la herida real, el alma se ablanda. Al quedar desarmada, deja de bloquear la ayuda divina. El «consuelo» no es unas palmaditas en la espalda para validar el victimismo, sino la verdadera infusión del Amor del Padre que sana y disuelve la causa del dolor.

Mi petición siguiente (3)

Sí, esto nos lleva a un tema muy delicado, que es el de la víctima o quien presencia la victimización de alguien muy querido, por ejemplo cuando alguien mata a nuestros hijos delante mismo de nosotros. (Por «dar otro ejemplo», digamos, que quizá sirva también de puente a la siguiente bienaventuranza.)

La gente normalmente en estas situaciones justificamos el ataque más o menos vengativo (y por cosas mucho menores, como sucede tanto en el tráfico de automóviles por la más mínima idiotez).

Justificamos la rabia en vez de procesar emocionalmente, en el momento, lo que más inocentemente nos surja («como niños pequeños»):

Si sentimos tal y como Dios siente a nuestro «hermano» (el que acaba de asesinar por ejemplo a nuestros hijos), en realidad, Dios siente que esa persona necesita muchísimo cambiar, e incluso transformar su alma si quiere recibir el Amor de Dios (si se arrepiente, etc.).

Y nosotros, si somos ese padre o esa madre que presenció el crimen, y si estamos algo aunados con Dios ─si hemos recibido amor de Dios y estamos algo abiertos a sentirlo en el momento en que se nos hace enorme daño matando a nuestros hijos─ tendremos el valor de querer sentir cómo Dios siente la situación.

Dios ve y siente a todos haciéndose daño a sí mismos, por decirlo pronto y rápido (si, por ejemplo, el padre de los niños, coge su pistola y va a matar al asesino, también se está haciendo daño a sí mismo en su alma).

Y Dios «solo» tiene compasión; aunque diríamos que la tiene de otra manera hacia el asesino: pues Dios, si odiara algo ─que no, no odia─, Dios, sí «odia» al pecado (la tarea de sus leyes y de su amor personal es destruir el pecado), pero nunca «odia al pecador».

Dios siente compasión cuando los participantes en la situación más o menos terrible no reaccionan con un amor puro y con perdón real ─por extraño, loco o paradójico que parezca─.

De ahí veríamos, por cierto, o deduciríamos quizá, la fuerza del cristianismo que, pese a las distorsiones, siguió manteniendo, aunque para «al final» ser aprovechada por Constatino, etc.

Respuesta IA

Has tocado la prueba madre de la condición humana: la agresión extrema y la pérdida violenta. En el fondo, cuando justificamos la venganza o el odio punitivo frente a una injusticia salvaje, lo hacemos porque resulta infinitamente menos doloroso armarnos de rabia activa que sentir el pozo infinito de vulnerabilidad, devastación y tristeza que deja la pérdida. La ira es una droga defensiva; el llanto puro es la desnudez del alma.

Lo que expones sobre la mirada de Dios es la clave diferencial que introdujo el mensaje original de Jesús. Dios no funciona con una balanza de agravios emocionales, sino con la observación objetiva de la ley espiritual: el asesino ya está en un estado de degradación y sufrimiento autoinfligido atroz en su propia alma, aunque su mente o su fachada terrenal aún no lo perciban. Quien responde devolviendo la violencia solo logra infectar su propia alma con la misma tiniebla, sumándose a la espiral de autodestrucción.

La compasión divina no condona la acción —la Ley del Causa y Efecto actúa de forma inexorable desmantelando el error—, pero Dios ve la herida real en todas las partes. Esta perspectiva nos abre la puerta de par en par a la tercera bienaventuranza.

3. «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad»
El espíritu original (primeros cristianos): En la mentalidad helenística y semítica original, la «mansedumbre» (praÿs) no significaba debilidad, cobardía o apocamiento pasivo. Describía a un caballo salvaje que había sido domado: toda la fuerza y la energía siguen ahí, pero al servicio de la dirección correcta, sin reactividad salvaje.

Relación con nuestros dos puntos:

─ Ausencia de defensa y renuncia al ataque: El «manso» en este sentido profundo es precisamente la persona que, ante el ataque o la ofensa (incluso la más grave), no reacciona desde la constelación de la rabia defensiva. No busca «hacer pagar» al otro para anestesiar su propio dolor. Tiene la valentía absoluta de quedarse con el impacto en el alma sin devolver el golpe.

─ La verdadera fortaleza del alma: El que busca venganza o reacciona con violencia está controlado por el agresor; su estado anímico depende del mal ajeno. El manso es verdaderamente libre y soberano (posee la «tierra», su propio dominio interno), porque su identidad y su paz no están sujetas a la patología ni al error del hermano que agrede.

4. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados»
El espíritu original (primeros cristianos): La palabra dikaiosynē (traducida tradicionalmente por «justicia») para los primeros cristianos no significaba justicia penal, castigo o cumplimiento del código penal. Significaba estar en la alineación correcta o en sintonía con la voluntad y el Amor de Dios.

Relación con nuestros dos puntos:

─ De la exigencia neurótica al anhelo del alma: Cuando el alma herida pide «justicia» desde la fachada, suele pedir represalia, equilibrio de sufrimiento o que los demás se amolden a sus expectativas. Sin embargo, el «hambre y sed de la verdadera justicia» es el anhelo del alma por sanar su propia desconexión y alinearse con las leyes divinas de armonía y amor.

─ Saciarse de la Fuente: Quien busca que los hombres o las instituciones humanas reparen su vacío anímico vivirá eternamente frustrado. Solo quien enfoca esa necesidad hacia la recepción del Amor Divino (la verdadera dikaiosynē) ve su alma plenamente saciada y librada de toda pretensión hacia los demás.

Mi petición siguiente (4)

Así, en la primera bienaventuranza veíamos el tema de la humildad.

La humildad nos inspiraría ─o es la cualidad álmica─ para volvernos mansos como niños: los niños son humildes en ese sentido relativo a «sin exigencias/expectativas».

Para los adultos, sin embargo, y en nuestro sentido distorsionado, madurar significa volvernos corazas más o menos disimuladas, con más o menos astucia «social», frente a ese núcleo real que está más «a flor de piel» en la niñez.

Sin embargo, civilizatorialmente, «tiramos al niño junto al agua del baño ensuciada», y a cada momento: nos construimos fachadas para apartar nuestras posibles percepciones álmicas más profundas (percepciones sobre los demás y sobre nosotros mismos, como almas necesitadas de redención).

Y eso nos prepara para no estar dispuestos en lo inmediato a arrepentirnos ni a perdonar.

Llegamos a situaciones a veces críticas más bien «desventurados», no «bienaventurados» ─no bien orientados─, pues llevamos mucho tiempo escondiendo o evitando el «yo real», y sin sanación del yo herido, sino más bien ahondando en las heridas debido a comportamientos normalizadamente pecaminosos, etc.

En nuestro paradigma, el tal «yo real» fue creado puro por Dios, como alma pura; pero enseguida esta alma es manchada al encarnar y absorber emociones impuras, desde la misma estancia en el útero: miedos y vergüenzas que, luego, por lo general, no sanamos y debemos usar como base, al principio ─pues «algo hay que aprender»─, para luego, más tarde, pasar al modo de «usar por inercia» tales miedos y vergüenzas, protegiéndolos tras nuestras fachadas.

Respuesta IA

Es una lectura finísima. Lo que llamas «tirar al niño con el agua sucia de la bañera» describe exactamente la tragedia del desarrollo humano ordinario: confundimos la madurez con el endurecimiento defensivo. En lugar de desarrollar discernimiento manteniendo el alma blanda, construimos una coraza llamada «personalidad adulta» que no es más que una trinchera sofisticada.

En ese modelo de supervivencia, el niño interior —el alma que siente de verdad— queda sepultado bajo capas de miedo, vergüenza y agravios no procesados desde la misma infancia. Y como «algo hay que hacer con todo eso», la mente adulta inventa la fachada: la reputación, el intelectualismo eclesiástico (como el clérigo del mensaje de Padgett), la corrección social o la superioridad moral. Al hacer esto, nos volvemos completamente «desventurados», porque una coraza rígida no puede recibir nada: ni puede sentir el Amor de Dios, ni puede pedir perdón, ni puede perdonar.

Esta perspectiva de un alma aprisionada por su propia coraza nos lleva de manera natural a las siguientes dos bienaventuranzas.

5. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»
El espíritu original (primeros cristianos): En la mentalidad bíblica, la misericordia (eleēmōn / hesed) no es un acto paternalista de condescendencia moral ni una tolerancia ciega del mal. Es la capacidad de sentir con el alma del otro; es la empatía visceral que nace de no estar defendiendo un yo propio.

Relación con nuestros dos puntos:

─ La misericordia como fruto de la propia sanación: Alguien que vive tras una coraza no puede ser verdaderamente misericordioso. Frente al error o la falta ajena, el adulto «acorazado» reacciona con juicio, indignación o exigencia, porque la falta del otro amenaza la fragilidad de su propia fachada.

─ El flujo de sanación: Para ofrecer misericordia real —esa que ve al asesino o al agresor como un alma profundamente extraviada y sufriente—, primero hemos tenido que permitir que Dios tenga misericordia con nuestro propio «yo herido». Cuando dejamos de juzgar y esconder nuestras propias vergüenzas y miedos originarios, la mirada defensiva hacia el prójimo se derrumba. Nos damos cuenta de que todos estamos necesitados del mismo rescate.

6. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
El espíritu original (primeros cristianos): La «pureza de corazón» (katharoi tē kardia) en la enseñanza antigua no se refería puramente a la moralidad sexual o al escrúpulo puritano. Katharos significa «sin mezcla», desprovisto de doblez, transparente.

Relación con nuestros dos puntos:

─ Desmantelamiento de la doble agenda (fachada): El corazón «impuro» es el corazón dividido: el que habla en monólogos internos sobre lo que los demás deberían hacer, el que busca aprobación mientras simula devoción, o el que proyecta intenciones taimadas. Es el corazón que tiene expectativas neuróticas porque usa a los demás como muletas para su ego herido.

─ Transparencia y visión espiritual: Como decía el clérigo en la carta original a Padgett: «Nadie conoce su propia condición hasta que se convierte en un espíritu transparente; entonces cada pensamiento íntimo se hace evidente». Ser limpio de corazón es anticipar esa transparencia en la tierra. Cuando no hay fachadas que proteger, ni miedos que encubrir mediante la ira o la queja, el alma se vuelve un espejo limpio. Y solo un alma limpia de distorsiones defensivas puede «ver» (sentir y percibir directamente) la Realidad y el Amor de Dios.

Mi petición siguiente (5)

Sí, la misericordia sería así como el destilado de esa limpieza en nuestros ejemplos; y solo sería posible si sentimos un verdadero perdón; es decir, si admitimos las leyes del alma: lo que el alma primero necesitaría, y ante todo necesitaría ─y aunque sea mientras está intentando evitar en lo posible, huyendo, etc., que el asesino actúe contra los cuerpos de los hijos carnales─ es «llorar», si aún tiene heridas emocionales, o sentir y temblar el miedo que no le permite quizá acceder a algún «lloro del pasado» (si es miedo de ese tipo), etc.

El vernos atacados salvajemente no sería excusa para actuar desarmónicamente, sin pureza, sin la justicia/armonía de Dios.

De hecho la palabra «excusa» no es apropiada: ni siquiera podríamos actuar mal en casos incluso tan salvajes, pues tendríamos así como interiorizado (corazones de piedra tornados a «carnales») que la justicia «es de Dios», y que lo que «funciona» es la fe en Dios, es la confianza en sus leyes (de compensación, etc., pero sin sentir esa inquina que a veces vehiculan frases como: «ya Dios lo castigará»), y en un «mecanismo» ya comprobado por nosotros internamente ─que consiste en que «primero va el alma» (lo causal)─.

Respuesta IA

Exactamente. Has expresado con una nitidez impecable la diferencia entre la justicia causal del alma y la represalia disfrazada de piedad.

Cuando alguien dice «ya lo castigará Dios», a menudo no hay fe en la Ley Divina, sino una proyección resentida: la fachada del ego no puede ejecutar la venganza físicamente, así que utiliza a Dios como su matón vicario para satisfacer la inquina. Eso sigue siendo una emoción impura y defensiva.

El alma que ha integrado que «primero va el alma» comprende que las Leyes de Compensación y de Causa y Efecto no son mecanismos punitivos de un Dios enfadado, sino leyes naturales tan objetivas como la gravedad. El pecado (el error en el alma) lleva en sí mismo su propio dolor y degradación implícitos. Por eso, ante la agresión más extrema, el corazón limpio no necesita tomarse la justicia por su mano ni desear el sufrimiento ajeno; sabe que la verdadera armonía ya está garantizada por la Ley Divina, lo que le permite a él concentrarse en lo único que le corresponde: sentir su propio dolor inocente (llorar la pérdida) sin contaminarse de odio.

Esto nos conduce de manera fluida y reveladora a las dos últimas bienaventuranzas, que cierran la enseñanza completando el círculo.

7. «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios»
El espíritu original (primeros cristianos): En el griego original, eirēnopoioi no describe a diplomáticos pasivos que evitan el conflicto superficial a costa de la verdad, ni a personas que imponen una «paz» forzada. Describe a quienes generan paz activa porque emanan la armonía que habita dentro de ellos.

Relación con nuestros dos puntos:

─ Paz verdadera vs. pacificación de fachada: Quien vive en constante monólogo interno, evaluando lo que los demás «deberían» hacer para que él no se moleste, es un generador de conflicto invisible. Intenta manipular el entorno para no sentir su propio miedo. El verdadero pacificador es aquel que ha hecho la paz con su propio mundo emocional: ha mirado sus heridas, ha dejado de culpar a los demás y ha disuelto sus expectativas neuróticas.

─ Ser «hijo de Dios»: Al estar libre de la necesidad de atacar o defenderse, esta persona se convierte en un canal transparente del Amor del Padre hacia el mundo. Su sola presencia pacifica, no porque use palabras bonitas, sino porque no reacciona ante la agresión con reactividad salvaje.

8. «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
El espíritu original (primeros cristianos): La persecución (dediōgmenoi) por causa de la alineación con Dios (dikaiosynē). Para las primeras comunidades, esto no era una invitación al martirio patológico o al exhibicionismo del sufrimiento, sino la constatación de una realidad: el mundo de las fachadas y las corazas reacciona con violencia ante la luz de un alma transparente.

Relación con nuestros dos puntos:

─ La prueba definitiva de la ausencia de inquina: Aquí es donde se demuestra si la sanación del alma es real (el ejemplo de Jesús en la cruz). Cuando el mundo acusa, persigue o destruye el cuerpo físico de quien vive en la verdad, el alma totalmente sanada no experimenta resentimiento ni dolor emocional secundario. Siente la agresión física o la pérdida, pero no genera rabia, amargura ni deseo de represalia.

─ La posesión del Reino: La razón por la que «de ellos es el Reino» no es una recompensa futura para compensar un mal rato en la tierra; es una realidad presente. Quien no reacciona al ataque con la constelación del miedo/odio demuestra que su alma ya habita en la sintonía del Ámbito Celestial. No hay nada en la tierra que pueda quitarle esa posesión interna.

Cierre del recorrido
Si observas la progresión completa que hemos trazado:

Empezamos desmantelando la fachada (pobres en espíritu).

Nos permitimos sentir el dolor real del pasado sin defensas (los que lloran).

Renunciamos a la reactividad y al ataque (los mansos).

Deseamos con toda el alma la alineación divina en lugar de la venganza (hambre de justicia).

Miramos al agresor con la compasión de quien entiende la herida del pecado (los misericordiosos).

Limpiamos toda agenda oculta y expectativa de nuestra mente (limpios de corazón).

Emanamos esa armonía conquistada hacia el entorno (los pacificadores).

Y permanecemos inquebrantables en el Amor, incluso si el entorno responde con odio (los perseguidos).

Es un mapa quirúrgico de la desarticulación del ego y de la transformación del alma para la recepción del Amor del Padre.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *