2/38-39) Siguientes dos mensajes (Salyards escribe sobre leyes del mundo espiritual – Vol. 2) | El verdadero evangelio – Revelado de nuevo por Jesús | Vol. 2:38-39

Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés 

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Introducción

─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
La lectura de estos mensajes dura en el audio hasta el minuto 21:57, y luego hay comentarios.

Esta vez vemos los siguientes dos mensajes, que son de Salyards y uno breve de Helen (que se me olvidó leer en este audio y espero leerlo en el siguiente, aunque es muy breve).

Se trata ahora de forma fundamental sobre ciertas leyes o hechos básicos del mundo espiritual.

Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:

unplandivino.net/padgett/

Forma parte de un libro que es el segundo volumen de una recopilación concreta de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, de Jesús de Nazaret.

Estos volúmenes fueron preparados y/o compartidos así por Divine Truth, entre otras personas.

Este segundo volumen no estructura los mensajes según temas. Y tal como se ve en su índice, contiene:
─ Una introducción;
─ Una nota breve sobre la edición digital;
La lista de mensajes,
─ y un breve apartado final, donde sólo se presenta de nuevo la oración que podemos llamar «del amor divino», y que vimos en el primer volumen.

Versión en español

Prof. Salyards – Leyes del mundo espiritual (13 abril 1915)

Estoy aquí, prof. Salyards.

Bueno, estoy aquí como acordé, y me esforzaré por escribirte mis reflexiones sobre el tema: «¿Qué pueden saber los espíritus sobre las leyes del mundo espiritual después de haber estado en él por un breve tiempo?».

Como sabes, llevo aquí relativamente poco tiempo, y si bien mis estudios se han centrado en gran medida en el estudio de estas leyes, descubro que tengo un conocimiento limitado al respecto, y gran parte de mi información la he obtenido de otros espíritus que han vivido aquí durante muchos años y que han dedicado su estudio e investigación a estas leyes.

Bueno, primero quiero decir que ningún espíritu, por el mero hecho de haber llegado recientemente a este mundo, ha recibido un conocimiento mucho mayor que el que tenía en la Tierra.

Mi conocimiento de las leyes espirituales en la Tierra no era muy amplio, y al llegar al mundo espiritual descubrí que no sabía mucho más que antes; y así es la experiencia de todo espíritu. Pero, al continuar investigando estos asuntos, descubrí que mi capacidad de aprendizaje había aumentado considerablemente, que mi mente era más flexible y asimilaba este conocimiento con mayor facilidad que cuando era mortal. Esto se debe en gran medida a que el cerebro, es decir, el cerebro mortal, es, comparado con lo que podrías considerar como el cerebro espiritual, algo de muy inferior calidad, y no tan capaz de comprender la causa y el efecto de los fenómenos.

Ahora estoy realizando un curso de estudio que, sin duda, me proporcionará una información maravillosa sobre estas leyes, para que finalmente pueda convertirme en lo que vosotros, los mortales, llamaríais un hombre culto.

La primera ley, y para mí la más importante que he aprendido, es que el hombre continúa viviendo en el mundo espiritual sin su cuerpo terrenal. Esta gran ley, si bien para ti y para muchos otros es bien conocida y un hecho establecido, yo la desconocía, pues nunca había tenido experiencia en el espiritualismo ni había estudiado nada el tema.

Al llegar al mundo espiritual, comprendí que esta ley es una de las verdades de Dios, y que es inamovible e inmutable, pues todos sobrevivirán al cambio de la llamada muerte.

La siguiente gran ley que aprendí es que nadie puede, por su propio poder, hacer que su condición o posición en el mundo espiritual sea exactamente como desee. Esta es otra verdad inmutable, que incluso muchos espíritus no comprenden plenamente, pues creen, o así lo expresan, que basta con ejercer un poco de fuerza de voluntad para superar ciertas condiciones. Pero esto no es cierto, pues la ley que rige este asunto nunca tiene excepciones en su funcionamiento.

El hombre o el espíritu puede, en cierto modo, determinar su destino, pero una vez fijado por este gran poder de voluntad que Dios le ha conferido al hombre, él no puede, mediante el ejercicio de esa voluntad, cambiar esa condición fija hasta que se cumplan las leyes de compensación; e incluso entonces, el cambio no se produce por el ejercicio de su voluntad, sino por la operación de las leyes que lo liberan de los recuerdos y reminiscencias que lo atan a las condiciones en las que su vida lo ha colocado. Así pues, cuando los hombres creen que, mediante el ejercicio de su propia voluntad, pueden liberarse de una condición que ellos por sí mismos han creado, se equivocan.

Muchos espíritus aquí tienen esta idea, y creen que si tan solo decidieran ejercer su tan cacareada fuerza de voluntad, podrían librarse de su condición oscura y alcanzar una vida más feliz. Pero, curiosamente, nunca lo intentan, y la razón es evidente. No podrían si lo intentaran, y no lo intentarán porque no pueden. Y, sin embargo, creen que cuando estén listos, solo tendrán que ejercer esta voluntad y el cambio se producirá. No, esta ley es tan inamovible como cualquier ley de este gran universo de Dios.

Por supuesto, si bien el hombre o el espíritu no pueden cambiar su condición mediante el ejercicio de su voluntad, no obstante, para poder asegurar ese cambio, es necesario ejercer la voluntad, pues la ayuda externa, absolutamente necesaria para el hombre, y que causa el cambio, no llegará a menos que el hombre ejerza la voluntad deseándola y pidiéndola.

Así pues, que el hombre no piense que es su propio salvador, porque no lo es; y si la ayuda no viniera de fuera, nunca se salvaría de la condición en la que se encuentra cuando entra en el mundo espiritual. Se escucha en los círculos espiritistas y se lee en las publicaciones sobre espiritualismo que el progreso es una ley del mundo espiritual. Y bien, eso es cierto, pero no significa que un espíritu, por el mero hecho de estar en el mundo espiritual, necesariamente progrese, ni mental ni espiritualmente, pues esto no es cierto. Muchos espíritus que llevan años aquí no están en mejores condiciones que cuando se convirtieron en espíritus.

Todo progreso depende de la ayuda que viene de fuera de la mente o el alma del hombre. Por supuesto, cuando esta ayuda llega, el hombre tiene que cooperar, pero sin ella no habría nada con qué cooperar y no sería posible ningún progreso. Muchos espiritualistas cometen este gran error al hablar o escribir sobre este tema. Pero que sepan que si un hombre depende exclusivamente de sus propios poderes, nunca progresará. Y esta ley no se aplica sólo al progreso del alma, del que nos has oído hablar tan a menudo, sino también al progreso de la mera mente, y también a lo que podríamos llamar las cualidades puramente morales. Mi observación, y la información que he recibido de los otros espíritus que he mencionado, confirman la verdad de lo que he dicho: el hombre, por sí mismo, no puede elevarse ni mental ni moralmente, y cuanto antes lo comprenda, mejor para él.

Otra ley del mundo espiritual es que, cuando un espíritu comienza a progresar, ese progreso aumenta en progresión geométrica, como solíamos decir al enseñar en la tierra.

Tan pronto como la luz irrumpe en el alma o la mente de un hombre, y éste comienza a ver que hay una manera de alcanzar cosas más elevadas, y de expandir más su mente o alma, descubrirá que su deseo de progresar aumentará a medida que continúa ese progreso, y con ese deseo llegará una ayuda tan abundante que sólo estará limitada por el deseo del espíritu. Su voluntad se convierte entonces en una gran fuerza para su éxito al progresar y trabajar en conjunto con la ayuda que la impulsa. Se convierte en algo maravilloso, de poder y fuerza irresistible.

Esta progresión puede ilustrarse con la descripción de una bola de nieve que comienza a rodar desde la cima de una colina. A medida que continúa el descenso, no sólo aumenta de velocidad, sino que agranda su forma y cuerpo gracias a la nieve exterior que se adhiere a la bola. Pues bien, lo mismo ocurre con la mente o alma de un espíritu: a medida que asciende, no solo se vuelve más rápida en su vuelo, sino que encuentra esta ayuda externa de la que hablo, la cual se adhiere al espíritu y, por así decirlo, se convierte en parte de él.

Así pues, como ves, el gran problema es comenzar; y este principio se aplica tanto a los mortales como a los espíritus, porque, si el comienzo se da en la tierra, el mero hecho de convertirse en espíritu no detendrá el progreso del alma de ese espíritu ni interferirá en modo alguno en tal progreso. Por supuesto, esto significa que se debe comenzar correctamente. Si el comienzo es uno falso, o se basa en cosas ajenas a la verdad, entonces, en vez de que el progreso continúe cuando el hombre se convierte en espíritu, puede que sea necesario desandar el camino y comenzar de nuevo para poder encontrar el camino correcto.

Y esto se aplica tanto al progreso de la mente como al del alma. La mente de un mortal aprende muchas cosas que le parecen verdaderas y que, en su opinión, deben conducir al progreso y a un mayor conocimiento. Pero cuando la vida terrenal da paso a la espiritual, esa mente puede descubrir que sus bases de conocimiento eran erróneas y que continuar su camino de la misma manera la llevaría a un mayor error; por consiguiente, ha de comenzar de nuevo. Y con frecuencia, el desandar el camino seguido por esa mente y eliminar los errores que había adoptado es más difícil y lleva más tiempo que el aprendizaje de la verdad una vez que la mente ha comenzado correctamente.

Así, a veces, la mente de gran erudición (según los estándares del saber terrenal) es más dañina y retrasa más el progreso de ese hombre en los caminos y la adquisición de la verdad, que la mente que está, por así decirlo, en blanco; es decir, sin ideas preconcebidas sobre la verdad acerca de un tema en particular.

Esta desafortunada experiencia se da con mayor frecuencia en asuntos relacionados con la religión que en cualquier otro asunto, porque las ideas y convicciones que se enseñan y se poseen sobre estos asuntos religiosos afectan a muchísimos más mortales que las ideas y convicciones referidas a cualquier otro asunto.

Un espíritu imbuido de estas creencias erróneas, que pudieron haberle sido enseñadas desde su infancia mortal y que él mismo fomentó y alimentó hasta convertirse en espíritu, es, de todos los habitantes de este mundo, el más difícil de enseñar y convencer de las verdades religiosas. Es mucho más fácil enseñar estas verdades al agnóstico, o incluso al infiel, que al creyente aferrado a los dogmas y credos de la iglesia.

Por lo tanto, digo: que las mentes de los mortales se abran a las enseñanzas de la verdad, e incluso si están convencidos de que lo que creen es la verdad, que esa creencia no les impida ver la verdad cuando realmente se les presente.

Otra ley es que no todos los que saben que la vida en el mundo espiritual continúa, están seguros de que tal vida continua signifique inmortalidad.

Con esto quiero decir que el mero hecho de vivir como espíritu no prueba por sí mismo que dicho espíritu sea inmortal.

Este es un tema que los espíritus discuten tanto como los mortales, y esta cuestión conlleva tanta incertidumbre como la inmortalidad del alma tal como se enseña entre los mortales, ahora y en todas las épocas pasadas.

Si bien los hombres saben que la muerte del cuerpo no significa la muerte del espíritu, y que éste, que es el hombre real, continúa viviendo con todas sus cualidades de naturaleza espiritual, no obstante nunca se ha presentado prueba alguna de que ese espíritu vaya a vivir por toda la eternidad o, en otras palabras, de que sea inmortal.

Digo esto porque he leído las historias y creencias de la mayoría de naciones civilizadas, y de algunas no consideradas civilizadas, del mundo. Y en todas mis lecturas no he podido encontrar que se haya demostrado alguna vez que el hombre sea inmortal. Por supuesto, muchos escritores paganos y sagrados lo enseñaron, pero sus afirmaciones se basaban en creencias y nada más; y, por lo tanto, afirmo que la inmortalidad nunca ha sido demostrada como un hecho para los mortales.

En el mundo espiritual, los espíritus, no sólo de las esferas inferiores, sino también de las esferas intelectuales o morales superiores, aún debaten la cuestión entre sí. Me han informado de que hay algunos que vivieron en la Tierra hace muchos siglos y que se han vuelto sumamente sabios y eruditos en el conocimiento de las leyes del universo, y tan libres de los pecados y errores de su vida terrenal que podrían considerarse hombres perfectos. Sin embargo, no saben si son inmortales. Muchos creen ser hombres o espíritus como los representados por Adán y Eva: ignoran si son o no son tan susceptibles a la muerte como los que acabamos de mencionar [they know not that they are any less liable to death than were the ones just mentioned]. Por lo tanto, la inmortalidad puede existir o no tanto para los espíritus como para los mortales.

Sé que muchos de tus amigos espiritualistas en la Tierra afirman que el mero hecho de que el espiritualismo haya demostrado la continuidad de la vida, establece el hecho de la inmortalidad. Pero una breve reflexión les mostrará la falsedad de este razonamiento.

El cambio es la ley eterna, tanto en la tierra como en el mundo espiritual, y nada permanece igual por mucho tiempo. Y en la sucesión de estos cambios, ¿cómo puede afirmarse que en el futuro, lejano o cercano, no se producirán cambios que pongan fin a la existencia del espíritu ─el ego del hombre─, y que ese ego adopte otra forma o adquiera alguna otra condición, de modo que no sea el mismo ego, ni el mismo espíritu, que ahora vive como demostración de la continuidad de la vida?

Y así, muchos espíritus, así como mortales, desconocen lo que se necesita obtener para tener un conocimiento cierto de la inmortalidad.

Pero muchos otros espíritus saben que existe una inmortalidad para quienes eligen buscarla de la manera que Dios, en Su gran sabiduría y providencia, ha dispuesto. No abordaré esta fase de la inmortalidad ahora, pero lo haré más adelante.

Existe otra ley que permite a los espíritus, por la mera operación de sus afectos y amores naturales, llegar a ser puros y libres de las consecuencias y males de su vida mortal, y volver a ser perfectos, como los primeros padres antes de la caída.

Esto no significa que la ley de compensación no funcione plenamente ni que no exija hasta el último céntimo, pues es tal la exactitud en su funcionamiento que ningún espíritu queda exento de sus penalizaciones hasta que la haya satisfecho.

Como tú crees, y como muchos otros mortales creen, el castigo de un hombre por los pecados que cometió en la tierra lo infligen su conciencia [conscience] y sus recuerdos. No hay un castigo especial infligido por Dios a ningún hombre en particular, sino que la ley del castigo opera por igual en todos. Si los hechos que motivan ese castigo son los mismos, éste será el mismo, sin importar si el objeto de su imposición es la misma persona u otra persona diferente. Por lo tanto, como ves, no se puede eludir, bajo ninguna circunstancia, mientras existan los hechos que lo requieren, y la conciencia [conscience] y los recuerdos del espíritu reconozcan tales hechos.

Cuando un espíritu entra por primera vez en la vida espiritual, no necesariamente siente el azote de estos recuerdos, y esta es la razón por la que tan a menudo se oye a un espíritu que recientemente haya dejado su vida mortal, asegurar a sus amigos o familiares afligidos, en las sesiones públicas, que es muy feliz y que no volverá a la vida terrenal, y afirmaciones similares. Pero tras un poco de tiempo, la memoria comienza a trabajar, a medida que el alma despierta, y luego no cesa hasta que se pagan las penalizaciones. Y no me refiero a que el espíritu esté, necesariamente, continuamente en un estado de tormento, sino básicamente a eso, y a que el alivio no llega hasta que estos recuerdos cesan sus terribles azotes. Algunos espíritus viven aquí muchos años antes de recibir este alivio; mientras que otros lo obtienen más rápidamente.

La mayor causa que opera para aliviar de estos recuerdos a estos espíritus, es el amor. Me refiero al amor natural; y este amor abarca muchas cualidades, como el remordimiento y la tristeza, y el deseo de reparar las ofensas causadas, etc. Hasta que el amor de un espíritu se despierta, ninguno de estos sentimientos lo invade. No podría sentir remordimiento, arrepentimiento, ni el deseo de expiar, sin que el amor, por leve que sea, llegue a su corazón. Puede que no comprenda cuál es la causa de estos sentimientos, pero es amor de todos modos.

Pues bien, a medida que estos diversos sentimientos operan, y él actúa en consonancia con ellos, un recuerdo esporádico lo abandonará para siempre; y a medida que estos recuerdos, a su vez, lo abandonan, sus sufrimientos disminuyen, y tras un tiempo, cuando todos ellos lo hayan abandonado, se libera de la ley, y ésta, en lo que a él respecta, se extingue. Pero no debe entenderse que esto es una obra rápida, pues pueden pasar años ─largos y agotadores años de sufrimiento─ antes de que se libere y vuelva a ser un espíritu sin pecado ni estos recuerdos. Así es como se cumple la gran ley de compensación; es inevitable, pero deben cumplirse todas sus exigencias hasta que el pecado y el error sean erradicados y el alma retorne a un estado puro.

Pero esta liberación gradual de estas penalizaciones no significa que un espíritu esté progresando en su viaje hacia las esferas más elevadas y brillantes; pues incluso sin esta tortura y tormento, puede permanecer estancado en cuanto al desarrollo de su naturaleza superior, mental y moral. Mas cuando se haya aliviado de estos sufrimientos, estará entonces en condiciones de emprender el progreso del que he hablado.

Como estás cansado, continuaré con el resto de mi discurso cuando vuelva a escribir.
Con todo mi amor, soy tu fiel amigo y profesor,
Joseph H. Salyards

Helen (esposa del Sr. Padgett) comenta el discurso del profesor (13 abril 1915)

Estoy aquí, Helen.

Sí, aquí estaría pase lo que pase.

Bueno, tuviste un buen discurso del profesor, y uno maravilloso. Me alegra que te haya escrito sobre el tema, ya que aclara muchas dudas que tú o tus amigos podríais tener. Aún no ha terminado, pero vio que estabas cansado y se detuvo.

(Sentí fatiga en mi mente…)

Sí, eso es lo que dijo, y me alegra mucho que te des cuenta de que usa tu cerebro además de tu mano. Pero, Ned, sin tu cerebro no podríamos escribir. Así que no pienses que solo usamos tus manos, pues tu cerebro es lo más importante de entre las dos cosas.

Tu fiel y amorosa,
Helen

Versión en inglés

Prof. Salyards – Laws of the spirit world. (13 Apr 1915)

I AM HERE, Prof. Salyards.

Well, I am here as I agreed, and will endeavor to write you my thoughts on the subject: «What may spirits know about the laws of the spirit world after they have been in that world for a short time.»

As you know, I have been here for a comparatively short time, and while my studies have been to a considerable extent in the study of these laws, yet, I find that I have limited knowledge of the same, and much of my information has been gathered from other spirits who have lived here a great many years, and who have devoted their study and investigation to these laws.

Well, I want first to say that no spirit, by the mere fact of having shortly before made his advent to this world, has received any much greater knowledge than he had when on earth.

My knowledge of spiritual laws when on earth was not very extensive, and I found, when I came into the spirit world, that I did not know much more than I did before I came; and such is the experience of every spirit. But, as I continued to investigate these matters, I discovered that my capacity for learning was greatly increased, and that my mind was more plastic and received this knowledge more easily than when I was a mortal. This is largely due to the fact that the brain, I mean the mortal brain, is, when compared to what you might call the spirit brain, a thing of much inferior quality, and not so capable of learning the cause and effect of phenomena.

I am now undergoing a course of study that will, I have no doubt, give me wonderful information of these laws, so that ultimately I may become what you mortals might call a learned man.

The first and, to me, the most important law that I have learned is that man continues to live in the spirit world without his earthly body. This great law, while to you and to many others is well known and is an established fact, yet, to me, was not known, as I had never had any experience in spiritualism and had never given any study to the subject.

When I arrived in the spirit world, I learned that this law is one of God’s truths, and that it is fixed and will never change, for all will survive the change of so-called death.

The next great law that I learned is, that no man can of his own power make his condition or position in the spirit world just what and where he would have it be. This is another fixed truth, and one, which many spirits even, do not fully comprehend; for they think, or so express themselves, that all they have to do is to exercise a little will power and they can move from certain conditions. But this is not true, for the law controlling this matter never has any exceptions in its operations.

Man or spirit can, in a way, determine what his destiny may be, but when once fixed by this great power of will which God has conferred on man, he cannot by the exercise of that will change that fixed condition until the laws of compensation have been satisfied; and even then the change is not brought about by the exercise of his will, but by the operation of the laws releasing him from memories and recollections which hold him to the conditions that his life has placed him in. So when men think that they, by the exercise of their own will, can release themselves from a condition which they have made for themselves, they are mistaken.

Many spirits here have this idea, and believe that if they only chose to exercise their vaunted will power, they could relieve themselves of their darkened condition and get into happier conditions. But strange, they never try this and the reason therefore is apparent. They could not if they tried, and will not try because they cannot. And yet they think that when they get ready, they will only have to exercise this will and the change will follow. No, this law is as fixed as any law of this great universe of God.

Of course, while man or spirit cannot by the exercise of his will change his condition, yet, in order to secure that change, the will has to be exercised, because the help which comes from without, and which is absolutely necessary to man, and which causes the change, and will not come unless man exercises the will in the way of desiring and asking for it.

So let not man think that he is his own savior, because he is not; and if the help did not come from without, he would never be saved from the condition which he finds himself in, when he enters the spirit world. You hear in your spirit circles and read in the publications about spiritualism that progression is a law of the spirit world. Well that is true; but it does not mean that a spirit by the mere fact of being in the spirit world necessarily progresses, either mentally or spiritually, for this is not true. Many spirits who have been here for years are in no better condition than when they first became spirits.

All progression depends upon the help that comes from outside the mind or soul of man. Of course when this help comes, man has to cooperate, but without this help there would be nothing with which to cooperate, and no progress could possibly be made. Many of the spiritualists make this great mistake when they speak or write on this subject. But let them know, that if a man depends upon his own powers, exclusively, he will never progress. And this law does not apply only to the soul’s progress, of which you have heard us speak so often, but to the progress of the mere mind, and also to what might be called the purely moral qualities. My observation, and my information from the other spirits that I have mentioned, confirms the truth of what I have said: man, of himself, cannot elevate himself either mentally or morally, and the sooner he learns that fact, the better for him.

Another law of the spirit world is, that when a spirit once commences to progress, that progress increases in geometrical progression, as we used to say when teaching on earth.

Just as soon as the light breaks into a man’s soul or mind, and he commences to see that there is a way for him to reach higher things, and make greater expansion of either his mind or soul, he will find that his desire to progress will increase as that progression continues, and with that desire will come help in such abundance that it will be limited only by the desire of the spirit. His will then becomes a great force in his success in progressing and working in conjunction with the help that calls it into operation. It becomes a wonderful thing of power and irresistible force.

This progression may be illustrated by the history of the snowball, which started rolling from the top of a hill. As it continues its descent; not only does its velocity increase, but it continually enlarges its form and body by the outside snow attaching itself to the ball. So with the mind or soul of a spirit: as it ascends, it not only becomes more rapid in its flight, but it meets this outside help that I speak of, which help attaches itself to the spirit, and, as it were, becomes a part of it.

So you see that the great problem is to make the start; and this principle will apply to mortals as well as to spirits, because, if the start be made on earth, the mere fact of becoming a spirit will not halt or in any way interfere with the progress of the soul of that spirit. Of course, this means that a correct start be made. If the start be a false one or based on things other than the truth, instead of progress continuing when the man becomes a spirit, there may have to be a retracing of the way, and a new start made, in order to get on the right road.

And this applies to the progress of the mind as well as to the progress of the soul. The mind of a mortal learns many things which seem to that mind to be the truth, and which, in its opinion, must lead to progress and greater knowledge. But when the earth life gives place to the spirit life, that mind may find that its basis of knowledge were all wrong, and that to continue in the way that it had been moving would lead to increased error; and consequently, a new start must be made. And frequently, the retracing of that mind over the course that it had followed, and the elimination of errors that it had embraced, is more difficult and takes a longer time to accomplish, than the learning of the truth does after the mind makes its correct start.

So sometimes the mind of great learning (according to the standards of earthly learning) is more harmful, and retards more the progress of that man in the ways and acquirements of truth, than does the mind that is, as you might say, a blank; that is, without preconceived ideas of what the truth is on a particular subject.

This unfortunate experience exists to a greater extent in matters pertaining to religion than to any other matters, because the ideas and convictions which are taught and possessed of these religious matters affect innumerably more mortals than do ideas and convictions in reference to any other matters.

A spirit who is filled with these erroneous beliefs, that may have been taught him from his mortal childhood, and fostered and fed upon by him until he becomes a spirit, is, of all the inhabitants of this world, the most difficult to teach and convince of the truths pertaining to religious matters. It is much easier to teach the agnostic, or even the infidel, of these truths, than the hide-bound believer in the dogmas and creeds of the church.

So, I say, let the minds of mortals be opened to the teachings of the truth, and even if they are convinced that what they believe is the truth, yet let not that belief stand in the way of them being able to see the truth, when it actually is presented to them.

Another law is, that not all who know that life in the spirit world is continuous, are certain that continuous life means immortality.

I mean by this, that the mere fact of living as a spirit, does not of itself prove that such spirit is immortal.

This is a subject that spirits discuss as much as do mortals, and it is just as much a question of uncertainty, as is the immortality of the soul as taught among mortals, now and for all ages past.

While men know that the death of the body does not mean the death of the spirit, and that such spirit, which is the real man, continues to live with all its qualities of a spiritual nature, yet there has never been any proof presented to man that that spirit will live for all eternity, or, in other words, that it is immortal.

I say this, because I have read the histories and beliefs of most of the civilized, and some not called civilized, nations of the world. And I was not able to find in all my readings that it was ever demonstrated that man is immortal. Of course, many pagan and sacred writers taught this, but their statements were all based on belief and nothing more; and, so I say, immortality has never to mortals become demonstrated as a fact.

In the spirit world, the spirits of not only the lower spheres, but those of the higher intellectual or moral spheres, are still debating the question among themselves. I am informed that there are some who lived on earth many centuries ago, and who have become exceedingly wise and learned in the knowledge of the laws of the universe, and have become so free from the sins and errors of their earth life that they may be called perfect men, and yet they do not know that they are immortal. Many of them think that they are just such men or spirits as were they who were represented by Adam and Eve; they know not that they are any less liable to death than were the ones just mentioned. And hence immortality is a thing which may or may not exist for spirits as well as for mortals.

I know that many of your spiritualist friends on earth claim that the mere fact that spiritualism has demonstrated the continuity of life, establishes the fact of immortality. But a few moments consideration will show you the falsity of this reasoning.

Change is the law eternal, both on earth and in the spirit world, and nothing exists the same for any length of time; and in the succession of these changes, how can it be said that in the future, far or near, changes may not come by which the existence of the spirit – the ego of man – may be ended, and that ego take some other form or enter into some other condition, so that it will not be the same ego, and not the same spirit which is now living as a demonstration of the continuity of life?

And so, many spirits, as well as mortals, do not know what is necessary to obtain, to have the certain knowledge of immortality.

But many other spirits know that there is an immortality for spirits who choose to seek that immortality in the way that God in his great wisdom and providence has provided. I will not discuss this phase of immortality now, but will at some later time.

There is another law, which enables spirits to become, by the mere operation of their natural affections and loves, pure and free from the consequences and evils of their mortal lives, and again become perfect, like the first parents before the fall.

This does not mean that the law of compensation does not operate to the fullest, and that it does not demand the last farthing, because such is the exactness in the operation of this law, that no spirit is released from its penalties, until he has satisfied the law.

As you believe, and as many other mortals believe, a man’s punishment for the sins committed by him on earth are inflicted by his conscience and memories. There is no special punishment inflicted by God on any particular man, but the law of punishment operates alike on every man. If the facts that brings that punishment into operation are the same, that punishment will be the same, no matter whether the object of its infliction be the same or different persons. So you see, it cannot be escaped, on any ground of special dispensation, so long as the facts which call for its operation exist, and the conscience and memories of the spirit realize these facts.

When a spirit first enters the spirit life it does not necessarily feel the scourging of these memories, and this is the reason why you will so often hear the spirit, who has so recently left his mortal life, assure his friends or sorrowing relatives at the public seances that he is very happy, and wouldn’t be again in the earth life, and similar assurances. But after a little while, memory commences to work, as the soul is awakened, and then never ceases until the penalties are paid. I don’t mean that the spirit is, necessarily, continuously in a condition of torment, but substantially that, and relief does not come until these memories cease their awful lashings. Some spirits live here a great number of years before they receive this relief; while others more quickly obtain it.

The greatest cause which operates to relieve these spirits of these memories, is love. I now mean the natural love; and this love embraces many qualities, such as remorse and sorrow, and the desire to make amends for injuries done, etc. Until a spirit’s love is awakened, none of these feelings come to him. He cannot possibly feel remorse or regret or the desire to atone, until love, no matter how slight, comes into his heart. He may not realize just what the cause of these feelings may be, but it is love just the same.

Well, as these various feelings operate, and he acts in accordance with them, a memory here and there will leave him, never to return; and as these memories in turn leave him, his sufferings become less, and after awhile, when they have all left him, he becomes free from the law, and it, as to him, becomes extinct. But it must not be understood that this is a work of quick operation, for it may be years – long, weary years of suffering – before he becomes thus free and once more a spirit without sin or these memories. This is the way the great law of compensation is satisfied; it cannot be avoided, but all its demands must be met, until sin and error are eradicated, and the soul returned to a pure state.

But this gradual release from these penalties does not mean that a spirit is progressing in his journey to the higher and brighter spheres; because even without this torture and torment, he may still remain stationary as to the development of his higher nature, mental and moral. But when he has been relieved of these sufferings, he is then in a condition to start towards the progression that I have spoken of.

As you are tired, I will continue the balance of my discourse when I write again.
With all my love I am our true friend and professor,
JOSEPH H. SALYARDS.

Helen (Mr. Padgett’s Wife) discusses the professor’s discourse. (13 Apr 1915)

I AM HERE, Helen.

Yes, I would be here no matter what happens.

Well, you had quite a discourse from the Professor, and a wonderful one it is. I am glad that he wrote you on the subject, as it clears many doubts that you or your friends may have. He has not finished yet, but he saw you were tired and stopped.

(My brain felt fatigued…)

Yes, that is what he said, and I am so glad that you realize that he uses your brain as well as your hand. Why Ned, without your brain we could not write at all. So don’t think that we merely use your hands, for your brain is the more important of the two.

Your own true and loving,
HELEN.

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