Escribir la verdad de nuestro deseo para olvidarla | La acusación a Sócrates | Verdad y deseo | ¿Perjudicar a la verdad?

En este audio y texto…
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pdf (versión 1.07, 16 agosto 2023)

… vemos el texto que enlazo arriba y coloco también abajo.

Se trata de algo que está muy al hilo de lo recientemente visto durante este verano del 2023 (sobre la ley de compensación cuando sabemos una verdad, etc.).

En el audio no leo en el orden que aparece en el índice. Empezamos con el apartado sobre la acusación a Sócrates, y luego seguimos con el apartado sobre escribir la verdad…, luego con el primero, y finalmente con los dos últimos («Afectar, perjudicar a la verdad», y «Verdad y deseo»).
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Índice del texto
– Algo que es tanto remedio como “veneno” (“fármaco”)
– Escribir la verdad para olvidarla: el continuo registro de nuestra alma (deseos) en los “dioses tecnológicos”
– La acusación a Sócrates: cambiar de “dioses”
– Afectar, perjudicar a la verdad
– Verdad y deseo: cortoplacismo
– Textos y audios complementarios o relacionados
– Notas

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Algo que es tanto remedio como “veneno” (“fármaco”)
Algo que funciona como fármaco (nota 1) puede tanto remediar algo, aliviar… así como también envenenar.
En la wikipedia (nota 2) podéis ver señalado que a veces se usa el término “fármaco” con el sentido a la vez de “remedio”, “veneno” y también de “chivo expiatorio”.
Y de hecho sucede que el origen de la palabra en griego parece estar en una especie de rito que precisamente era eso: Usar a alguien como chivo expiatorio —alguien que a veces incluso no sólo se expulsaba, sino que se mataba—.
También en la wikipedia vemos:
“La escritura, en cuanto que fármaco, hace dos cosas a la vez: es útil y buena para la memoria; es una huella que nos ayuda a recordar lo que es verdad. A la inversa, es el recuerdo de una verdad, pero un recuerdo que está teñido de opinión, pues es una experiencia retrospectiva [es decir, esa experiencia a la que se accedería con la escritura tiene por objeto hechos que son anteriores al momento en que ella se produce]. La escritura en este sentido es mala, pues es de segunda categoría, ya que es imposible que sea auténtica en el presente, porque sólo en apariencia es verdadera. No podemos condenar el pharmakon del mismo modo que no podemos condenar la escritura, porque son a la vez problema y solución”.

Es evidente que hasta de la comida podemos hablar así, como fármaco, pues al tomar mucha comida, y sobre todo de cierto tipo, también nos podemos “envenenar” rápidamente —en sentido lato de “envenenar”—.

(Recordemos algo básico en general: Lo que se suele llamar “fármaco” más bien “alivia”, es decir, trata algo superficialmente. Pues debido a lo que estamos comprobando, si dijéramos que un fármaco “cura”, eso sería demasiado decir, en general. Es decir, eso sería atribuirle demasiado “poder” a una mera sustancia, ya sea que se trate de productos químicos o de procesos “energéticos”… pues la causa de lo que nos pasa en el fondo es nosotros mismos —está en el alma—, y no es algo “externo” a nosotros.)

Entonces, ¿cuándo y cómo la verdad se podría comparar con un fármaco en ese sentido?
Parece evidente que la clave para sentir ese sentido intrínsecamente polivalente del concepto “fármaco”, sería tener en cuenta la ley de compensación, en cuanto al uso “farmacológico” de las verdades.
Esto lo digo porque la verdad nos abre a unos procesos que también potencialmente pueden llevarnos a experimentar más daño en el momento actual, y puede parecer que la verdad “hace daño”, pues si ya conocemos personalmente una verdad, pero no actuamos en consecuencia, entonces tendremos —por ahora— “más ley de compensación negativa”.
Es decir, en el momento actual seguro que “sufriremos” más si no nos armonizamos con esa verdad ya conocida. (nota 3)
Sin embargo, para el futuro, para el ser que realmente somos (alma) nos vendría bien armonizarnos cuanto antes con más amor y verdad (aunque esto es lo que cada cual ha de comprobar, como alma que desee mucho, o que desee no tanto… sentirse plenamente como lo que realmente es: alma, y con un destino que no es para nada “pequeño”).

Es decir, sufriremos más si no rezamos, si no anhelamos purificar el alma más y mejor (siendo que esto lo podemos hacer, incluso, con la ayuda cada vez más directa de Dios).
Sufriremos más si no somos cada vez más fieles a la verdad en general y al amor (de Dios) ya conocidos o recibidos, y que ya han sido quizá un poco “absorbidos” por nosotros en el alma, o que están por “absorber”.

Por cierto, todo esto tendría mucho que decirnos con respecto al tema de “lo inicuo”, sobre lo cual vimos algo.
Y es que cuando ya sabemos alguna verdad pero seguimos haciendo caso omiso de ella, entonces estaremos haciendo aposta, a sabiendas, algo que es desarmónico con la verdad. Y eso compensa negativamente; es decir, eso se suma a lo que podemos llamar “carga negativa” como base para el comportamiento futuro de nuestra ley de compensación.
Y eso sería entre otras cosas porque, entonces, en ese caso, al nosotros conocer más verdad, tenemos un mayor potencial de crecimiento, y, lógicamente, si desestimamos ese potencial, “la vida dolerá” más.
Parece pertinente recordar aquí aquel dicho de: “ojos que no ven, corazón/alma que no siente”… Es decir, en la vida a veces nos parece que es mejor “no saber”, o sea, la ignorancia.
Esto quizá se podría expresar así: ojos del alma que no “ve”, es alma que no sufrirá, pero sólo por ahora. Se quedará en cierta inopia por ahora, así como a medias. Digamos que se quedará en una atonía (nota 4) mortecina, en una cobarde normalidad que de todos modos afea y deteriora, y eso a la larga será peor (claro que, ello visto desde la perspectiva de este camino del amor divino, sobre todo)…

Escribir la verdad para olvidarla: el continuo registro de nuestra alma (deseos) en los “dioses tecnológicos”
Volviendo a lo del “fármaco”, de forma simple, con el caso de la escritura:
El hecho de escribir a veces nos ahorra tener que recordar, y de cierto modo justifica el olvido, pero no realiza en sí mismo realmente ningún olvido (la acción de escribir algo, de anotar algo, no hace eso por sí misma, claro está, sino que dependerá de nuestro ánimo, de cómo lo hacemos).
Podemos tomar nota de algo también para precisamente evitar sentir acerca de ello, de lo que pasa dentro de nosotros con respecto a eso que hemos escrito.
Y las técnicas en general nos pueden servir para eso mismo: Un cierto autoengañarnos respecto al estado de nuestra alma, de nuestro ánimo, para de ese modo poder hacernos los olvidadizos sobre cómo nos sentíamos en un momento dado, o sobre por qué elegimos esto y no lo otro.
Y con la tecnología y las técnicas en general podemos estabilizar ciertas condiciones al vaivén de los devenires externos tecnológicos. El ejemplo de la escritura parece ser uno tópico —un “lugar común”—.
Con algo como la escritura podemos, por ejemplo:

– Dar por sabida una verdad; creer que ya la sabemos, y no volver a ella. No volver… quizá porque es una verdad personal que nos molesta… aunque sería bueno sentir humildemente para poder “sanar de verdad”.
De este modo por ejemplo podríamos no comprometernos mucho con esa verdad concreta —o no hacerlo para nada—. Y así, podemos diferir (nota 5) ese compromiso posible, liberador, que podríamos asumir: el compromiso con una verdad que realmente lo es —habiendo sentido más o menos su relevancia—;

– o bien, podemos directamente creer que hemos olvidado tal verdad;

– o bien, podríamos escribirla y “usar bien la escritura”, en el sentido de que ésta nos permite recordar aquello que en el momento quizá casi ni queríamos escribir, porque sentíamos quizá cierta repulsión ante lo que realmente teníamos en nuestra memoria, o ante “lo que deseamos de verdad”, etc.

Entonces, digamos que tenemos una verdad, pero que la “olvidamos falsamente” mediante una técnica como la de la escritura. Entonces, esta será una verdad con respecto a la cual nos estaremos autoengañando, más o menos, mediante el uso de la técnica, para por ejemplo creer que la hemos olvidado.
Entonces, como vemos, ciertos usos de técnicas como la escritura, hacen potencialmente “mucho daño”, ya que con el uso que hagamos podemos estar justificando nuestra desidia, nuestra dejadez a la hora de actuar en consonancia con la verdad.
El daño se debe a algo que ya vimos un poco en otros audios y textos, y que hemos recordado más arriba: Y es que si ya sabemos algo, si conocemos alguna verdad, entonces las leyes naturales compensan de forma negativa si no actuamos en consecuencia, en ese momento.
Aunque, muy importante: Si no tenemos ni idea, explícitamente, de esa verdad, a la larga es peor en realidad, aunque en el corto plazo no nos parezca así.
Entonces, en el caso en que ni siquiera la conozcamos, la verdad, cuando simplemente no deseamos conocerla y no nos la han presentado de forma distinta y explícita, entonces nuestra acción en desarmonía con la verdad sigue siendo dañina, de todos modos, aunque no sepamos lo que está pasando realmente —estamos degradando el alma con esa acción o participación indirecta en alguna acción—.
Y sería peor no saber que saber; esto lo mostraría el afán natural de los niños que aún no estén muy “impuros”: su afán por saber hacer “todo” y conocer todo.
Es decir, en el caso de una cierta “bendita ignorancia” (que no tendría nada de bendita, aunque cada cual lo ha de comprobar), parecería que al menos en el corto plazo no añadimos más compensación negativa: no le sumamos la compensación inherente al hecho de que hace tiempo que ya conocíamos esa verdad, y que, por tanto, sabíamos más o menos claramente que podría ser eso, una verdad.

En general, tenemos un problema con la verdad, pues la verdad importa; pero en muchos aspectos solemos vivir como si no.
A nivel emocional, profundo, vivimos así con muchas “verdades” que son errores en general, y que están ancladas a ese nivel profundo, en el alma, como sólidas opiniones sobre lo que es vivir, sobre lo que somos, etc.

O sea, saber algo “a consciencia”, haber reconocido ya algo, compensa negativamente si luego no nos comportamos en armonía con ello. Para ello quizá baste meramente el haber escuchado esa verdad, aunque sea “escuchada poco y mal” —pero igualmente, tras oírla, estaremos desestimando, mucho o poco, algo que acaso pueda ser verdad—.
Si en alguna medida ya hemos sentido que cierta cosa en concreto es verdad (y esto nos puede suceder mismamente al sentir la “voz” de la conciencia —a Dios—), y si rechazamos eso “archivándolo” de alguna manera, entonces “degradamos más” nuestra alma, a la larga y a corto plazo.

Así se explica lo que sería a grandes rasgos una idea de Platón, que divulga Foucault, y que está en la carta VII: (nota 6)
Platón da a entender que quien hace un “tratado de filosofía” no ha entendido nada.
Michel Foucault, al final de su vida, comenta ese asunto donde Platón —que paradójicamente en realidad es quien prácticamente habría originado lo que luego llamamos filosofía en “occidente”, aunque no habría hecho efectivamente ningún tratado—, Platón… alertaba mucho con respecto a la escritura.
Y esto se debería a que, tal como ahora lo entenderíamos, la comprensión es emocional, o no es comprensión real.
Es decir, la comprensión ha de calar en el alma, en lo anímico profundo, y no será comprensión si se queda como “datos” en la mente del cuerpo-espíritu y menos aún en el cerebro físico —el cerebro físico en tanto que es mero “puente” a lo que sucede “mentalmente” en nuestro cuerpo-espíritu o “energético”, y que a su vez es “puente hacia el alma/del alma”–.

Volviendo al tema de la escritura… entonces, eso, la potencial verdad relativa a aquella “alerta sobre la escritura” que hemos mentado, es lo que se ve reflejado en los Diálogos platónicos, donde Sócrates y los interlocutores se ven confrontados emocionalmente.
La forma dialogada (la relación, en definidas cuentas, es decir, que se dé cierta comunicación clara) sería muy importante por muchos motivos; entre otros, porque lo esencial en la cuestión se trataría de aceptar íntimamente —tal como de forma simple lo podemos entender, gracias a la verdad divina— que:

– uno es un alma potencialmente muy poderosa,
– e igualmente valiosa para Dios, que ha creado las almas;
– y que, como tal alma, uno puede acceder —igual que todo el resto de personas— a sentir verdades liberadoras “de verdad”, realmente liberadoras… y aprehenderlas íntimamente.

La acusación a Sócrates: cambiar de “dioses”
Entonces, el tema de crecer en “virtud”… pero, ¡un momento! ¿Decimos “virtud”?
Diciéndolo en nuestro lenguaje —y “esperemos” que “diciéndolo” en la práctica, al menos incipiente—: crecer en virtud sería crecer en amor/cuidado —amor de uno mismo, de los demás, del entorno—.
Y ese desarrollo depende del estado del alma, que rige “la experiencia”.
El alma suele estar en una condición herida, donde además protegemos nuestras emociones heridas (y bloqueos, etc.). A esa protección, en acto, la llamamos a veces “adicciones emocionales”, pero no son para nada “protectoras”, ya que las usamos para bloquear el alma en una condición herida.
Por tanto, las adicciones en general son, como vemos, un aparente remedio pero que en realidad es un “veneno”, pues es reforzar nuestra resistencia. Por cierto, también sería, lógicamente, un veneno el rito sacrificial al que aludimos al principio, y que estaría en el origen de la palabra fármaco, pues matar o meramente despreciar siempre es malo para el alma que lo hace.

Los espíritus (llamados en muchas ocasiones “dioses” en la tradición), a menudo pueden tener una perspectiva mejor acerca de lo que pasa a nivel energético con la gente que aún tiene cuerpo físico, y de lo que les pasa a ellos mismos en cuanto que almas que ya sólo viven en el cuerpo-espíritu.
Pero no por tener esa perspectiva dichos espíritus necesariamente sanan, ni quieren sanar, sus adicciones emocionales (y/o no lo hacen todo lo rápido que podrían hacerlo; pueden pasarse miles de años en ciertos tipos de esas adicciones).
Los espíritus no dejan de influir individual y colectivamente en las sociedades y personas. Y lógicamente entran en confrontación mutua —como espíritus o grupos de espíritus— en cuanto a los ritmos en que desearán tratar con sus adicciones emocionales —desprenderse o no de ellas, etc.—.
Es decir, como resulta que todo el mundo nos vemos confrontados con el cambio (es decir, como nuestro miedo al cambio es algo que en realidad continuamente se ve confrontado por las leyes naturales actuando sobre el alma y en general sobre la experiencia), entonces, también los espíritus se ven confrontados por eso mismo, y pueden “proyectar” ese conflicto hacia otros grupos de espíritus, y/o hacia los humanos que los siguen cuando antes les seguían a ellos, etc.
Los espíritus tienen miedo a cambiar emocionalmente, álmicamente, tal como todos tenemos. Es miedo a afrontar lo más honestamente posible las heridas emocionales.
Y, como vimos, la otra cara del miedo es el control, un control que sí o sí habrá de ser ejercido no sólo sobre la propia alma del espíritu en cuestión —control en cuanto al ritmo de asimilación de “verdades sanadoras” gracias a la liberación del error emocional—, sino que también habrá de ser ejercido con respecto a las almas de aquellas personas físicas que son más o menos tenidas como “dependientes” de grupos de espíritus (“dioses”).

Sócrates habría pasado a la historia señalando un momento—de esos momentos que tantos habrá habido en la “historia”— en el que ciertos grupos de espíritus se verían confrontados por cómo Sócrates estaba enlazándose a un “potencial mayor de virtud”, y, por tanto, a otros espíritus o grupos de espíritus que podrían llevar realmente la delantera en “virtud” —es decir, en amor y verdad— a aquellos grupos que tradicionalmente estaban influyendo más en la sociedad concreta (y no tanto influyendo en los oráculos o médiums en sí mismos; es decir, algunos de estos médium o quizá en general todos ellos, que como médiums estarían más o menos separados de la sociedad griega material, podrían a su vez también estar en cierta competencia entre sí, como oráculos —parece que es así—).
La vivencia de dicho grupo de espíritus habría sido un factor muy importante en cuanto a la causa del juicio a Sócrates que condujo a su “curiosa” muerte. Los espíritus influyen en nuestras heridas emocionales; hacia ellas se ven atraídos por resonancia empática, podemos decir.
Y si bien los espíritus no tienen ni mucho menos de forma exclusiva la responsabilidad de ninguna de las cosas que nos suceden en lo físico (en general y sobre todo cuando ya somos adultos), sí tienen parte de esa responsabilidad.

Sócrates habría sido un caso de “fármaco”, y por eso habría sido efectivamente un chivo expiatorio.
Es decir, habría sido remedio y “veneno”, a la vez, para ciertos espíritus o grupos de espíritus adictos al control.
“Veneno” entre comillas, porque, en general, permitirse acceder a la verdad es un acto que en realidad no envenena (a nivel del alma, donde más importa esto); pero los espíritus habrían interpretado como “venenosa” (para sus fines, sus inercias de control) la actuación de Sócrates, es decir, su acción de animar a todo el mundo por igual a hacerse cargo álmicamente de sí mismos cada vez con más cuidado, precisión, sinceridad…
La mera existencia de Sócrates se entendería como venenosa por parte de los espíritus que influían en aquellas élites que harían luego esas acusaciones a Sócrates. Con esas acusaciones quizá podemos decir que estarían participando, en parte, en una especie de “crimen religioso”; es decir, un crimen que en el fondo sería “religioso”, uno más, usando o tergiversando las leyes del momento, al usar ese crimen de “traición a la tradición” —tal como creo que se puede expresar—, y que en el fondo se trata de “traicionar” lo que tradicionalmente se entiende como “virtud/excelencia”, como virtuoso. Simplemente vemos ese intento de que crezca una sociedad realmente en amor y verdad (pero a la manera “cósmica”, real); que se desarrolle o armonice con lo que realmente es el amor y la verdad; que se eleve el concepto de “virtud”, digamos.

Afectar, perjudicar a la verdad
Un “problema” fundamental es que si decimos una verdad a alguien, aunque efectivamente sea verdad, si resulta que nuestro interlocutor —la otra alma— siente que no lo decimos “de verdad”, o sea, si no siente franqueza por nuestra parte, en nosotros… si siente que no tenemos “parresía” (nota 7) (tal como parece que decían en la Grecia clásica), es decir si siente que no estamos “coherentemente instalados en el proceso de verificarlo personalmente bien”… es decir, si nuestro interlocutor no siente que nosotros ya tengamos al menos un poco de “verificación a nuestras espaldas”…, es decir, que esa verdad la tenemos ya algo “instalada” —en su esencia— en nosotros como almas… entonces… si sucede eso, todo eso… de cierto modo en muchas ocasiones estaríamos así como “perjudicando a la verdad”, o sea, perjudicando la posible recepción, o la recepción subsiguiente posible que esas otras almas pudieran realizar de la verdad (nuestros interlocutores).

Verdad y deseo: cortoplacismo
Al desear algo y tenerlo de inmediato, puede ser que nos olvidemos de nuestro ser como “sujetos de deseo” (pues el deseo en sí es algo a cultivar en esencia).
También estamos programados (via tradiciones como la de los regalos de navidad o de “reyes magos”, etc.) para enfocar nuestra capacidad deseante en lo material como “ámbito rey”, mientras que el deseo, como capacidad, es algo a cultivar en sí mismo.
El o los “seudo-dios(es)” de la inteligencia artificial puede(n) ir modelando la sociedad así. ¿Por qué? En cierto modo todos estamos continuamente “escribiendo”… todos estamos siendo “escritos” y estamos así como archivando y registrando continuamente —por nosotros mismos— nuestra propia alma, es decir, nuestro propio ánimo, nuestros deseos… y así, se puede ir así como gestionando:

– la manera en que se cumplen nuestros deseos,
– cuándo se cumplen,
– a quién se le cumplen “sus” deseos,
– y qué tipo de deseos en función de ciertos marcos regulatorios basados en principios diseñados… diseñados ¿cómo y por quién?

Textos y audios complementarios o relacionados
En relación a lo que hemos visto sobre la influencia de espíritus, la historia, etc., se puede ver por ejemplo este otro material:
– “De un colosal engaño: Notas sobre la tragedia “Edipo Rey” y leyes naturales en torno la influencia de desencarnados. Equívocos sobre lo divino. Lo animal”: unplandivino.net/edipo/

En relación a la compensación, etc.:
– Página sobre los: “Materiales sobre la ley de compensación, y las leyes del arrepentimiento y el perdón”: unplandivino.net/cap/

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Notas

Nota 1
Ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Pharmacos

Nota 2
En la versión en francés aparece esto, y lo que luego citamos más abajo. (El texto en francés está en https://fr.wikipedia.org/wiki/Pharmakos)

Nota 3
Si no nos armonizamos con una verdad ya conocida… sufriremos… y hablando muy en general, eso, ese “sufrimiento” nos sucede si no nos arrepentimos y no perdonamos —en el sentido técnico simple de estos conceptos, que hemos visto—.

Nota 4
Atonía en el sentido de desaliento, inercia, indiferencia.

Nota 5
Y con ese aplazamiento, por cierto, estamos disintiendo de la opinión de Dios, que opina, o más bien, desea vernos felices recibiendo su amor todo el rato (a nuestra propia elección, eso sí), y, por tanto, disentimos de la opinión de Dios, una persona infinita que no ve necesario lo que nosotros artificialmente sí vemos necesario: diferir nuestra armonización con una verdad concreta, la que sea.

Nota 6
Está en la parte de esa carta 340b y siguientes (de esa carta de Platón).

Nota 7
Sobre “parresía” ver por ejemplo: https://es.wikipedia.org/wiki/Parresía