El suelo ─ La vida en el mundo invisible. Anthony Borgia

Índice
─ Introducción
─ Versión en español
─ Notas
─ Versión en inglés

 

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Introducción

Para ver una introducción a estos textos de Borgia, ver en este enlace (el capítulo sobre las flores).

Importante: estos textos no subrayan, por lo que llevo visto, como asunto principal, la diferencia entre el amor divino y el amor natural.
Podríamos pensar que eso ocurre «paradójicamente»… o no tan paradójicamente, ya que en concreto los textos de Borgia fueron dados por Benson, y este había pasado más o menos recientemente a la vida espiritual desde la física. Benson, en su vida terrenal, fue un sacerdote reconocido.
Es decir: aunque luego, en la vida espiritual, su humildad en seguida empezara a crecer (como nos sucederá a casi todos en algún grado), no necesariamente tenía amor de Dios en el alma ─o, si tenía un poco, no necesariamente lo siguió obteniendo ágilmente─.

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Versión en español
El suelo ─ La vida en el mundo invisible (cap. 2, parte II) (Anthony Borgia)

2. EL SUELO
Para hacerte una idea adecuada del terreno sobre el que caminamos y sobre el que se erigen nuestras casas y edificios, debes despejar la mente de todas las concepciones mundanas. En primer lugar, no tenemos caminos tal como se conocen en la tierra. Tenemos amplias y extensas vías en nuestras ciudades y en otros lugares, pero no están pavimentadas con una sustancia compuesta que les dé dureza y durabilidad para el paso de un flujo constante de tráfico. No tenemos tráfico, y nuestros caminos están cubiertos por la hierba más espesa y verde, tan suave a los pies como un lecho de musgo fresco. Es sobre ellos que caminamos. La hierba nunca crece más allá de un estado bien recortado, y, sin embargo, es hierba viva. Siempre se mantiene en el mismo nivel útil: perfecta para caminar sobre ella y perfecta en apariencia.

En aquellos lugares donde se desean senderos más pequeños y donde la hierba parecería inadecuada, tenemos pavimentos como los acostumbrados en el mundo terrenal. Pero están construidos con materiales muy diferentes. El pavimento es, en su mayor parte, una especie de piedra, pero carece de la habitual monotonía apagada del color. Se asemeja mucho al material de aspecto alabastrino con el que están construidos tantos edificios. Los colores varían, pero todos presentan delicados tonos pastel.

Esta piedra, al igual que la hierba, resulta muy agradable de pisar, aunque, naturalmente, no es tan blanda. Sin embargo, tiene una cualidad particular, cierta elasticidad ─si cabe llamarla así─, algo parecido a la capacidad de recuperación de ciertas maderas terrenales utilizadas para fabricar suelos. Esa es la única manera que tengo de transmitir alguna idea de la diferencia entre la piedra terrenal y la piedra espiritual.

Por supuesto, nunca se observa ninguna decoloración antiestética en la superficie de estos caminos de piedra; siempre conservan su frescura inicial. A menudo, los pavimentos muestran una red de diseños encantadores, formados mediante el uso de materiales de distintos colores y que se integran armoniosamente con su entorno inmediato.

A medida que uno se acerca a los límites de los ámbitos superiores, los pavimentos adquieren un carácter notablemente más translúcido y parecen perder parte de su apariencia de solidez, aunque, ciertamente, ¡son lo bastante sólidos!

Cuando uno se acerca a los límites de los ámbitos inferiores, los pavimentos adquieren un aspecto pesado; empiezan a perder su color hasta tornarse plomizos y opacos, y dan la impresión de una solidez extrema, casi como el granito del plano terrestre.

Alrededor de nuestros hogares individuales tenemos césped, árboles y parterres, con senderos de jardín bien cuidados, de una piedra similar a la que acabo de describirte. Pero de «tierra» desnuda verías poco o nada. En efecto, no recuerdo haber visto jamás parcelas desnudas de ese tipo, pues aquí no hay abandono por indiferencia o pereza, ni por otras causas harto conocidas como para enumerarlas. Cuando nos hemos ganado el derecho a poseer nuestro hogar espiritual, tenemos también dentro de nosotros el deseo constante de mantener su belleza y mejorarla. Y no es muy difícil lograrlo, ya que la belleza responde a la apreciación y se nutre de ella. Cuanta más atención y reconocimiento le prestamos, mayor será su respuesta, y adquiere para sí una belleza aún mayor. La belleza espiritual no es algo abstracto, sino una fuerza viva y real.

Desde mi propio hogar aquí, la vista es de campos verdes, de casas con encanto agradablemente situadas entre bosques y jardines, y con la ciudad visible a lo lejos. Pero en ninguna parte se ven feas extensiones de terreno desnudo o estéril. Cada centímetro que se presenta a la vista está cuidado, de modo que todo el paisaje es una explosión de color: desde el verde esmeralda brillante de la hierba hasta las flores multicolores de los jardines, coronado todo ello por el azul del firmamento.

Quizá te preguntes de qué está compuesto en realidad el suelo en el que crecen las flores y los árboles; ¿es tierra de algún tipo?

Ciertamente hay suelo, pero no tiene los mismos constituyentes minerales que el suelo del plano terrestre, pues debe entenderse que la vida aquí deriva directamente de la Gran Fuente. El suelo varía en color y densidad según el lugar, de la misma manera que en el plano terrestre. No lo he examinado de cerca, como tampoco presté especial atención al suelo terrenal. No obstante, puedo darte una pequeña idea de su aspecto y sus características.

En primer lugar, es completamente seco; no pude detectar ni el menor rastro de humedad. Comprobé que se escurría de la mano de manera muy parecida a como lo hace la arena seca. Sus colores abarcan una amplia gama de tonos, pero nunca se acercan al aspecto oscuro y pesado del suelo terrenal. En algunos lugares presenta una formación granular fina, mientras que en otros está compuesto por partículas mucho más gruesas; quiero decir, relativamente más gruesas.

Una de las propiedades inesperadas de este suelo es el hecho de que, si bien se puede tomar en la mano y dejar que se deslice de ella con suavidad y libertad, cuando permanece inalterado conserva por completo su cohesión, sosteniendo todo cuanto crece en él con tanta firmeza como el suelo terrenal.

El color de esta «tierra» está determinado por el color de la vida botánica que sustenta. Y, una vez más, no hay ningún significado especial ni ninguna razón simbólica profunda en este orden particular de las cosas. Sencillamente, el color del suelo es complementario al de las flores y los árboles; el resultado ─que no podría ser de otro modo─ es el de una armonía inspiradora: armonía para la vista, armonía para la mente y la armonía musical más reconfortante para el oído. ¿Qué mejor razón podría haber? ¿Y cuál más sencilla?

Ciertamente, este mundo espiritual no se compone de una serie desconcertante de misterios profundos y complejos, explicables solo a unos pocos. Existen misterios, sin duda, al igual que en el plano terrestre. Y así como en el plano terrestre hay grandes mentes capaces de resolver esos misterios, aquí hay mentes aún mayores ─inmensamente mayores─ que pueden proporcionar una explicación cuando nuestros intelectos estén preparados para recibirla y comprenderla.

Sin embargo, muchas personas en el mundo terrenal creen firmemente que nosotros, en espíritu, vivimos en un estado continuo de apasionada emoción religiosa; que cada circunstancia que acompaña a la vida espiritual, cada forma y grado de actividad personal, cada átomo del que se compone el gran mundo del espíritu, debe tener alguna significación piadosa o devocional. Tal noción estúpida está muy, muy lejos de la verdad. Examina el mundo terrenal: ¿encuentras acaso ideas tan antinaturales asociadas a la multiplicidad de vida que alberga? No hay ningún significado religioso en un hermoso atardecer terrenal. ¿Por qué habrían de tener nuestras flores espirituales —por citar un ejemplo entre tantos— otra razón de ser que la que ya te he dado, a saber: la de ser un magnífico regalo que el Padre de todos nosotros nos hace a todos para nuestra mayor felicidad y disfrute?

Todavía hay muchísimas almas en la tierra que sostienen solemnemente, como artículo de «fe», que el paraíso —tal como lo llaman— consistirá en una larga e interminable ronda de cantos: «salmos, himnos y cánticos espirituales». Nada podría ser más ridículo. El mundo espiritual es un mundo de actividad, no de indolencia; un mundo de utilidad, no de inutilidad. Nada en el mundo espiritual es inútil; hay una razón sólida y un propósito firme para todo. Puede que ni la razón ni el propósito resulten evidentes para todos al principio, pero eso no altera la verdad del asunto.

El aburrimiento no puede encontrar cabida aquí como estado general de las cosas. Se ha sabido de personas que llegan a aburrirse, pero ese mismo aburrimiento engendra su primer paso ─o su siguiente paso─ en el progreso espiritual, mediante su dedicación a alguna labor útil. Hay miríadas de tareas que realizar ─y miríadas de almas para realizarlas─, pero siempre hay lugar para una más, y siempre será así. ¿Acaso no vivo en un mundo que es, a la vez, ilimitado e inabarcable?

¡No habitamos una tierra que lleva todas las señales externas de un «domingo eterno»! De hecho, el domingo no tiene cabida, ni siquiera existencia, en el gran esquema del mundo espiritual. No tenemos necesidad de que se nos recuerde a la fuerza al Gran Padre del Universo, reservando un día para Él y olvidándolo durante el resto de la semana. No tenemos semanas. Para nosotros el día es eterno, y nuestras mentes son plena y perpetuamente conscientes de Él, de modo que podemos ver Su mano y Su mente en todo lo que nos rodea.

Me he desviado un poco de lo que me proponía contarte, pero resulta oportuno resaltar ciertos rasgos de mi relato, ya que a muchas almas del mundo terrenal las sorprende ─casi las conmociona─ que se les diga que el mundo espiritual es un mundo sólido, un mundo sustancial, ¡habitado por personas reales y vivas! Piensan que eso es demasiado material, demasiado parecido al mundo terrenal; que, de hecho, apenas dista un paso de él, con su paisaje espiritual y su luz solar, sus casas y edificios, sus ríos y lagos, ¡habitado por seres sintientes e inteligentes!

Esta no es una tierra de «descanso eterno». Hay descanso en abundancia para quienes lo necesitan. Pero, una vez que el descanso les ha devuelto el pleno vigor y la plena salud, surge en ellos el impulso de realizar alguna tarea sensata y útil, y las oportunidades abundan.

Volviendo a las características particulares del suelo espiritual…

A medida que nos acercamos a las regiones oscuras, el suelo ─tal como te lo he descrito─ pierde su cualidad granular y su color. Se vuelve denso, pesado y húmedo, hasta que finalmente cede por completo el paso a las piedras y luego a la roca. La hierba que haya allí se ve amarilla y agostada.

A medida que nos acercamos a los ámbitos superiores, las partículas del suelo se vuelven más finas y los colores más delicados, con un matiz de translucidez. Al caminar por los umbrales de estos ámbitos superiores, se percibe de inmediato una mayor capacidad de recuperación bajo los pies; dicha capacidad deriva tanto de la naturaleza del propio ámbito como del cambio distintivo del suelo.

Visto de cerca, el suelo fino revela cualidades casi de joya, tanto de color como de forma. Las partículas nunca son deformes, sino que responden a un patrón geométrico definido.

Ruth y yo hundimos las manos en un poco de aquel suelo y dejamos que se escurriera entre nuestros dedos en una suave corriente. Al caer, emanaban de él dulcísimos tonos musicales, como si cayera sobre algún diminuto instrumento musical e hiciera que las teclas produjeran una ondulación de sonido.

Un oído atento percibirá muchos sonidos musicales en la orilla del mar terrenal cuando el agua va y viene sobre la playa; sin embargo, no hace falta un oído atento para escuchar la riqueza de los armónicos cuando se hace hablar y cantar al suelo del mundo espiritual.

Los sonidos emitidos de este modo varían tanto como varían el color y los elementos mismos. Están ahí para que todos los oigan, y pueden producirse a voluntad mediante la acción tan sencilla que he descrito.

¿Cómo se logra esto?, te preguntarás.

El color y el sonido ─es decir, el sonido musical─ son términos intercambiables en el mundo espiritual. Realizar alguna acción que produzca color es también producir un sonido musical. Tocar un instrumento musical, o cantar, es crear color, y cada creación está regida y limitada por la habilidad y la pericia del instrumentista o del cantante. Un músico consumado, mientras toca su instrumento, construirá por encima de sí mismo una hermosísima forma-pensamiento musical, cuyos colores y mezclas de matices varían en estricta consonancia con la música que interpreta. Un cantante puede crear un efecto similar en relación con la pureza de su voz y la calidad de la música. La forma-pensamiento así erigida no será muy grande. Es una forma en miniatura. Pero una gran orquesta o un nutrido conjunto de cantantes construirán una forma inmensa, regida, por supuesto, por la misma ley.

La forma-pensamiento musical no produce sonido por sí misma. Es el resultado del sonido y es, por así decirlo, una unidad autónoma. Aunque la música engendra color y el color produce música, cada cual se limita a la única forma resultante; no seguirán reproduciéndose mutuamente en una alternancia constante, interminable, o bien gradualmente decreciente, de color y sonido.

No debe pensarse que, con toda la vasta galaxia de colores provenientes de cientos de fuentes en el mundo espiritual, nuestros oídos se vean constantemente asaltados por sonidos musicales; ni que vivamos, de hecho, en una eternidad de música que suena y resuena sin cesar. Pocas mentes ─si es que hay alguna─ podrían soportar tal exceso continuo de sonido, por hermoso que sea. Suspiraríamos por paz y tranquilidad; nuestro cielo dejaría de ser cielo. No; la música está ahí, pero depende enteramente de nosotros decidir si queremos oírla o escucharla. Podemos aislarnos por completo de todo sonido, abrirnos a todo sonido o simplemente oír aquello que más nos agrade.

Hay momentos en el plano terrestre en los que puedes oír los compases de una música lejana sin que te perturbe en absoluto; al contrario, puedes encontrarla muy agradable y reconfortante. Lo mismo ocurre con nosotros aquí, en el mundo espiritual. Pero existe esta gran diferencia entre nuestros dos mundos: nuestras posibilidades para la música del orden más elevado son inmensamente mayores que las vuestras en el plano terrestre. La mente de una persona en el mundo espiritual que ame profundamente la música, oirá naturalmente más, porque así lo desea, que la de quien se interesa poco por ella.

Volvamos al experimento que Ruth y yo llevamos a cabo cuando dejamos que el suelo se escurriera entre nuestros dedos. Ambos obtenemos un gran placer al escuchar música; Ruth mucho más que yo, pues se ha formado en el arte musical y, por tanto, tiene una mayor capacidad de apreciación y comprensión de los aspectos técnicos de la música. Te he contado cómo, en el instante en que el suelo salía de nuestras manos, podíamos oír los deliciosos sonidos que emanaban de él. Otra persona que realizara la misma acción, pero que no poseyera ninguna sensibilidad musical especial, apenas sería consciente de sonido alguno.

Las flores y todas las cosas que crecen responden de inmediato a quienes las aman y las aprecian. La música que emiten se rige exactamente por la misma ley. La sintonía del perceptor con aquello con lo que entra en contacto o relación es una condición previa indispensable. Sin esa sintonía, sería imposible ser consciente de las melodías que emanan de toda la naturaleza espiritual. Cuando digo naturaleza espiritual, me refiero, por supuesto, a todas las cosas que crecen, al mar y a los lagos ─de hecho, a toda el agua─, al suelo y a lo demás.

Cuanto mayor sea la capacidad del individuo para apreciar y comprender la belleza en todas sus múltiples formas, mayor será la emanación de fuerza magnética. En el mundo espiritual, nada se desperdicia ni se gasta inútilmente. Nunca se nos impone nada que no deseemos, ya sea música o arte, entretenimiento o conocimiento. Somos agentes libres, en todo el sentido de la palabra, dentro de los límites de nuestro propio ámbito.

Sería una idea de lo más aterradora imaginar que el mundo espiritual es un inmenso pandemonio de música, que continúa sin cesar, del todo inevitable, y que se presenta en toda ocasión concebible y en todo lugar y situación posibles. ¡No! ¡El mundo espiritual se rige por criterios mucho mejores que eso! Los sonidos musicales están ahí con toda certeza, pero depende exclusivamente de nosotros si los oímos o no. Y el secreto es la sintonía personal.

En el plano terrestre hay personas que poseen la capacidad de aislarse mentalmente de su entorno hasta tal grado que pueden volverse ajenas a todos los sonidos, por intensos que sean, que puedan estar produciéndose a su alrededor. Este estado de completo desapego mental servirá como analogía ─aunque más bien elemental─ del efecto que podemos producir sobre nosotros mismos, espíritus, para excluir aquellos sonidos que no deseamos oír. A diferencia del mundo terrenal, no necesitamos ejercer ningún gran poder de concentración. No es sino otro proceso de pensamiento, del mismo modo que usamos la mente para desplazarnos; tras una breve estancia en espíritu, pronto somos capaces de realizar estas diversas funciones mentales sin esfuerzo consciente alguno. Forman parte de nuestra propia naturaleza, y no hacemos sino emplear, de forma ampliada y sin las limitaciones ni restricciones terrenales, métodos mentales que son perfectamente sencillos de aplicar. En el plano terrestre, nuestros cuerpos físicos ─en un mundo material y denso─ impedían que procesos mentales similares produjeran resultado físico alguno. En el mundo espiritual somos libres y no tenemos ataduras; allí, las acciones de la mente producen un resultado instantáneo y directo, ya sea para desplazarnos con la rapidez de nuestro pensamiento o para bloquear cualquier imagen o sonido que no deseemos percibir.

Por otro lado, podemos ─y de hecho lo hacemos─ abrir nuestras mentes y sintonizarnos para absorber los múltiples y gloriosos sonidos que se elevan a nuestro alrededor. Podemos abrir nuestras mentes ─o cerrarlas─ a los exquisitos aromas que la naturaleza espiritual esparce para nuestra felicidad y contento. Actúan como un tónico para la mente, pero no se nos imponen; sencillamente nos servimos de ellos a voluntad. Nunca debe olvidarse que las tierras espirituales se fundamentan en la ley y el orden. Pero la ley nunca es opresiva ni el orden resulta gravoso, pues esa misma ley y ese mismo orden han contribuido a brindar todas las innumerables bellezas y maravillas de este reino del cielo.

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NOTAS

Mi petición para elaborar la nota de abajo

La nota temática sería para relacionar estos puntos con lo visto; también para rehacer estos puntos de las maneras posibles, según lo encontrado en internet, etc.:

─ La dependencia entre color y sonido, y su relación con la acción: Benson habla de producir ─las almas del mundo espiritual─ tanto sonidos como colores.

¿Se encuentra algo semejante (por ejemplo en tradiciones espirituales), sobre la creación de formas-pensamiento (formas-sonido) de esta manera?

Parece que, por lo que dijo arriba acerca de la mutua inter-dependencia luz-color, y, a la vez, una cierta independencia… aquí no tendríamos algo muy similar. Pero seguro que se pueden detectar casos donde aplicaciones de luz dan lugar a sonidos y viceversa. Tales aplicaciones o procesos no serán tan «directamente modelables» por la persona, por el alma, sino que, quizá como todo aquí en lo físico, nos parecerán más independientes, etc.

Diríamos que el alma en general sería un elemento «creador» (en el hecho de ser a semejanza del Creador); y que, via el «instrumento» llamado cuerpo espiritual (en el mundo espiritual, en partes no muy bajas al menos), podremos percatarnos de ello más directamente (el alma allí estará así como un poco más en su salsa… allí, en el mundo espiritual, respecto a aquí, en el mundo físico).

En el mundo físico estaríamos así como separados de ese tipo de leyes de la «fisicidad espiritual» por el hecho de que tenemos nuestra propia fisicidad (pese al hecho de que a la vez el cuerpo espiritual sigue estando con nosotros aun cuando estemos privilegiando la experiencia física); esta fisicidad estaría «modelada» por la existencia de un segundo instrumento además del cuerpo espíritu: el cuerpo físico.

Por lo tanto, las facultades álmicas, aunque conceptualizables aquí en lo físico ─y también algo utilizables en lo físico─, no son del todo patentes, o lo son menos.

─ El truco de la realidad del sonido y de la luz:

Nosotros en lo físico estaríamos concibiendo la luz y al sonido algo así como «demasiado derivados».

Nuestra concepción, incluso de lo material, depende del estado de desarrollo del alma de cada cual ─estado que, además, es sumado «colectivamente»─.

Y dicha concepción no es meramente y totalmente «neutra»; es decir, remite a unas creencias profundas, a emociones y actitudes, a una forma de ser (de «vibrar») que realmente son cosas que tienen efectos ─efectos incluso en el modo en que se comportará el entorno, e incluso en cómo es o funciona materialmente─.

─ Podemos entender que, al «hacer» el espacio, Dios hace o hizo (si hay un momento «inicial») la luz: toda luz, en lo esencial, en su esencia ─una luz que de cierto modo es, junto al espacio, «lo primero» en el ámbito de lo físico y de lo espiritual (quizá)─.

Podríamos quizá pensar en una «molécula» de tiempo (materia) puro, y de espacio puro (donde hubiera una luz pura ya «volando»).

En una visión digamos que quizá a veces demasiado seudocientífica (la del sentido común, en parte), estaríamos dando a la luz y al color un sentido demasiado «secundario» con respecto al que en verdad tendrían en un mundo más cercano a la realidad espiritual en sí (ese mundo espiritual, en el que habitaremos tras el físico). Sobre el color: parece que en nuestro sentido común lo vemos demasiado dependiente quizá de que la materia «absorba» o no ciertos tipos de luz… Y el sonido… mmm.

─ El medio, o campo, que «habilita» la luz (¿espacio?), y el medio o campo que habilita el sonido (aire):

Vivimos tanto aquí como allí en medios, aires, espacios… donde parece que, en concreto en el caso del sonido, aquí, en lo físico, estaríamos más conceptualmente distanciados con respecto a cómo funcionará el medio «aire» allí, en el mundo espiritual ─si es cierto lo que vimos en Borgia: hay una convertibilidad luz-sonido muy patente─.

─ Consideremos cierto lo siguiente (para dar cuerpo a lo anterior, y que puede ser entremezclado, como puntos, en la nota):

cuando las almas que habitan la tierra física, hacen que crezca en su alma en el amor y en la verdad (al ascender moralmente, etc., y por lo tanto, al ascender su vibración… diríamos en «idioma nueva-era»), colectivamente se da un momento de «masa crítica» ─o varios momentos─ en los que el estado de la materia globalmente cambiaría (un cambio de fase en las relaciones globales o leyes que rigen estas cosas que hemos visto arriba).

Esto daría lugar a un estado donde todo se asemejaría un poco más al mundo espiritual ─aun siguiendo en el hábitat físico─, en su funcionamiento. De ahí por ejemplo que hubiera seguramente una «facilidad tecnológica» a veces inconcebible para nosotros a la hora de realizar ciertas construcciones colosales de la antigüedad, etc.

Nota elaborada por IA Deepseek

Tu propuesta es muy sugerente: en lugar de una mera lista de correspondencias, pides una nota temática que teje los hilos de Borgia con otras tradiciones y especulaciones. Aquí tienes esa nota, estructurada en los grandes ejes que planteaste.

NOTA TEMÁTICA: EL UNIVERSO VIBRACIONAL DE BORGIA

1. La interdependencia de color, sonido y acción: una constante en la tradición esotérica
El núcleo de tu interés es la afirmación de Borgia de que, en el mundo espiritual, color y sonido son términos intercambiables y que la acción (tocar, cantar, pensar) los produce directamente. Esta no es una idea aislada.

El paralelismo más directo y sistemático se encuentra en la Teosofía, especialmente en la obra fundamental de Annie Besant y C. W. Leadbeater, Thought-Forms (1901). Allí, basándose en observación clarividente, documentan con 58 ilustraciones cómo la música, las emociones y los colores generan formas-pensamiento que existen como objetos reales en los planos sutiles. Dedican un capítulo entero a las «Formas construidas por la música», con ejemplos concretos de composiciones de Mendelssohn, Gounod y Wagner. La descripción que hace Borgia de un músico construyendo «por encima de sí mismo una hermosísima forma-pensamiento musical» es, en esencia, la misma observación.

La Antroposofía de Rudolf Steiner también explora esta interconexión. Su Curso sobre la luz aborda explícitamente la luz, el color, el sonido, la masa, la electricidad y el magnetismo como una unidad. Además, en su desarrollo de la euritmia, cada sonido del habla o de la música posee un movimiento propio que el cuerpo entero expresa, revelando una conexión intrínseca entre sonido, forma y movimiento.

En otras tradiciones, la conexión es más cosmogónica que práctica. En el Hinduismo, el Om o Nada Brahma es el sonido primordial del que surge la creación. En el Cristianismo, el Logos («En el principio era el Verbo») es el principio creador. En el Sufismo, Inayat Khan describe cómo «todo está conectado por la luz, el sonido y la energía; así es como los mundos y universos han sido creados». La idea de que «el sonido fue primero» y que la luz es su manifestación posterior resuena en el Génesis y en múltiples cosmologías.

2. Cimática y sinestesia: ecos en la ciencia y la neurología
Tu intuición sobre «aplicaciones de luz que dan lugar a sonidos y viceversa» tiene un correlato científico fascinante: la cimática. Este campo, desarrollado por Hans Jenny en los años 60, estudia cómo el sonido configura visiblemente la materia. Al someter una placa con arena o un líquido a vibraciones acústicas, se generan patrones geométricos complejos y simétricos (las figuras de Chladni). Napoleón, al presenciar una demostración de Chladni, exclamó: «El sonido puede verse».

Esto ofrece un análogo físico directo a la afirmación de Borgia: el sonido, en ciertas condiciones, se convierte en forma y patrón visual. La cimática demuestra que el sonido no es solo una experiencia auditiva, sino una fuerza configuradora de la materia.

A nivel humano, la sinestesia (la experiencia de «ver» sonidos o «saborear» colores) demuestra que el cerebro puede conectar áreas sensoriales normalmente separadas. Si bien es un fenómeno neuropsicológico, sugiere que la separación tajante entre los sentidos es, en parte, una construcción de nuestro hardware físico. En un cuerpo espiritual con un sistema perceptivo diferente, como el que describe Borgia, la sinestesia podría no ser una anomalía, sino la norma.

3. La primacía de la luz y el sonido: del sentido común a la esencia
Tu observación es profunda: concebimos la luz y el sonido como «demasiado derivados». En nuestra física de sentido común, el color es el resultado de la luz que rebota en la materia y es absorbida selectivamente; el sonido es una onda de presión en un medio como el aire. Son efectos secundarios.

Borgia invierte esta jerarquía. En su mundo, color y sonido son sustancias primarias, y la materia (el suelo, las flores) es su soporte o su manifestación. El color no depende de una fuente de luz externa que lo ilumine; es una cualidad intrínseca del objeto. El sonido no es una onda que viaja por el aire; es una emanación directa de la vibración del propio ser o de la interacción con él.

Esto resuena con la idea de que, en un estado más cercano a la realidad espiritual, el medio (el «aire» o el «espacio») no es un contenedor pasivo, sino un campo que responde de manera inmediata e integral a la intención y la vibración. La distancia entre la causa (el pensamiento, la acción) y el efecto (el color, el sonido) se colapsa. La «fisicidad espiritual» tendría leyes donde sonido y luz son las fuerzas fundamentales, no derivadas.

4. El velo de la fisicidad y el rol de la conciencia colectiva
Aquí conectamos con tu especulación más audaz. ¿Por qué en el mundo físico esta realidad no es evidente?

La respuesta que propones es coherente con el marco de Borgia: en el mundo físico, el alma está «velada» por un segundo instrumento, el cuerpo físico. Este cuerpo, con su sistema nervioso y sus sentidos, filtra y traduce la realidad vibratoria en un mundo de objetos separados, de luz reflejada y sonido transmitido. Las facultades álmicas de crear directamente mediante el pensamiento y la vibración están atenuadas, no ausentes.

Pero tu punto clave es que este velo no es estático ni inmutable. Su densidad depende del estado de desarrollo del alma de cada cual, y colectivamente. La concepción que tenemos de la materia no es «neutra»; está teñida por nuestras creencias, emociones y actitudes, por nuestra «forma de vibrar». Y esto tiene efectos reales: no solo en cómo nos comportamos, sino en cómo es el entorno materialmente.

Esta es una idea poderosa: la conciencia colectiva podría actuar como una variable de estado del sistema físico. En la medida en que las almas que habitan un plano elevan su vibración (a través del amor, la verdad, el servicio), se podría alcanzar un punto de «masa crítica» donde las leyes que rigen las relaciones entre conciencia y materia cambien de fase, asemejándose más a las del mundo espiritual. En ese estado, la tecnología basada en la manipulación de la materia por medios puramente físicos (palancas, fuerza bruta) sería superada por una tecnología de la mente y la vibración, donde la construcción de monumentos colosales o la manipulación de la materia se realizarían por medios acústicos o mentales, explicando quizás ciertas maravillas de la antigüedad de forma más satisfactoria que las hipótesis convencionales.

Esta noción se alinea con corrientes que vinculan la resonancia de Schumann (la frecuencia «latido» de la Tierra) con la conciencia colectiva, o con las ideas de Rupert Sheldrake sobre los campos morfogenéticos, donde los patrones de pensamiento y comportamiento se refuerzan y se vuelven más «probables» a medida que más individuos los repiten. La vibración individual y colectiva no es una metáfora poética; sería una fuerza configuradora de la realidad.

Conclusión: De la anécdota a la cosmología
Lo que Borgia presenta como una anécdota fascinante (el suelo que canta, las flores que emiten música) es, en realidad, una ventana a una cosmología completa. En esta cosmología, la creación es un acto continuo de vibración, sonido y color, en el que el alma, como agente creador a semejanza del Creador, participa activamente. El mundo físico es un estado de fase más denso y velado de esta misma realidad vibratoria, y su naturaleza misma está co-determinada por el estado de conciencia de quienes lo habitan.

Tu nota temática, por tanto, no solo conecta a Borgia con la Teosofía o la cimática. Propone un puente entre la metafísica espiritual y la física de la conciencia, sugiriendo que la «fisicidad» no es un dato último, sino un estado dependiente de la vibración colectiva del alma. Una idea, sin duda, digna de exploración.

Versión en inglés

II. THE SOIL
To obtain an adequate idea of the ground upon which we walk and on which our houses and buildings are erected, you must clear your mind of all mundane conceptions. First of all, we have no roads as they are known on earth. We have broad extensive thoroughfares in our cities and elsewhere, but they are not paved with a composite substance to give them hardness and durability for the passage of a constant stream of traffic. We have no traffic, and our roads are covered with the thickest and greenest of grass, as soft to the feet as a bed of fresh moss. It is on these that we walk. The grass never grows beyond the condition of being well-trimmed, and yet it is living grass. It is always retained at the same serviceable level, perfect to walk upon and perfect in appearance.

In such places where smaller paths are desirable, and where grass would seem unsuitable, we have such pavements as are customary in the earth world. But they are constructed of very different materials. The paving is, for the most part, a description of stone, but it is without the usual dull drabness of colour. It closely resembles the alabaster-like material of which so many of the buildings are constructed. The colours vary, but they are all of delicate pastel shades.

This stone, like the grass, is very pleasant to walk upon, though, naturally, it is not as soft. But there is a certain quality about it, a certain springiness, if one may so term it, something like the resilience of certain earthly timber that is utilized in the making of floors. That is the only way in which I can convey any idea of the difference between earthly stone and spirit stone.

There is never, of course, any unsightly discoloration to be observed upon the surface of these stone walks. They always preserve their initial freshness. Often the pavements reveal a network of delightful designs formed by the use of different colored materials, and blending harmoniously with their immediate surroundings.

As one approaches the boundaries to the higher realms, the pavements become noticeably more translucent in character, and they seem to lose some of their appearance of solidity, though, indeed, they are solid enough!

When one draws near the boundaries of the lower realms, the pavements become heavy in appearance, they begin to lose their color until they look leaden and opaque, and they have the semblance of extreme solidity—almost like the granite of the earth-plane.

Round about our own individual homes we have lawns and trees and flower-beds, with trim garden paths of stone similar to that which I have just described to you. But of bare “earth” you would see little or none. Indeed, I cannot call to mind ever having seen any such bare plots, for here there is no neglect through indifference or indolence, or from other causes that are all too familiar to specify. Where we have earned the right to possess our spirit home we have also within us the constant desire to maintain and improve upon its beauty. And that is not very difficult to accomplish, since beauty responds to, and thrives upon, the appreciation of it. The greater attention and recognition we give to it, so much the greater will be its response, and it assumes to itself still greater beauty. Spirit beauty is no abstract thing, but a real living force.

The view from my own home here is one of green fields, of houses of charm pleasantly situated amid woods and gardens, and with a distant view of the city. But nowhere are there to be seen any ugly tracts of bare or barren ground. Every inch that presents itself to the eye is cared for, so that the whole landscape is a riot of colour, from the brilliant emerald green of the grass to the multi-colored flowers in the gardens, crowned by the blue of the heavenly sky above.

It may be wondered of what is the actual ground composed in which the flowers and trees are growing—is it earth of some sort?

There is soil, certainly, but it has not the same mineral constituents as that of the earth-plane, for it must be understood that life here is derived directly from the Great Source. The soil varies in colour and density in different localities in just the same way as upon the earth-plane. I have not investigated it closely, any more than I took particular heed of earthly soil. I can, however, give you some small idea of its appearance and characteristics.

Firstly, then, it is perfectly dry—I could detect no trace of moisture. I found that it ran off the hand in much the same way that dry sand will do. Its colours vary in a wide range of tones, but never does it approach the dark heavy look of earthly soil. In some places it is of fine granular formation, while in others it is composed of much coarser particles—that is, relatively coarser.

One of the unexpected properties of this soil is the fact that, while it can be taken into the hand and allowed to run from it smoothly and freely, yet when it is undisturbed it remains fully cohesive, supporting as firmly as the earthly soil all that is growing within it.

The colour of the “earth” is governed by the colour of whatever botanic life it supports. And here again there is no special significance, no deep symbolical reason for this particular order of things. It is simply that the color of the soil is complementary to the colour of the flowers and trees, and the result, which could not be otherwise, is that of inspiring harmony—harmony to the eye, harmony to the mind, and the most soothing musical harmony to the ear. What better reason could there be? And what simpler?

Assuredly, this world of spirit is not made up of a bewildering series of profound and complex mysteries, explicable only to the few. There are mysteries, certainly, just as there are upon the earth-plane. And just as there are great brains upon the earth-plane who can solve those mysteries, so here there are greater brains still—immeasurably greater—who can provide an explanation when our intellects are ready to receive it and understand it.

But there are many people in the earth world who earnestly believe that we in spirit live in a continual state of impassioned religious emotion, that every concomitant of spirit life, every form and degree of personal activity, every atom of which the great world of spirit is composed, must have some pious, devotional signification. Such a stupid notion is wide, very wide of the mark. Search through the earth world, and do you find any such unnatural ideas attached to the multiplicity of life that lies within it? There is no religious import in a beautiful earthly sunset. Why should our spirit flowers—to take one instance among many—have any other reason for their existence than that which I have already given you, namely, a magnificent gift to us all from the Father of us all for our greater happiness and enjoyment?

There are still many, many souls on earth who solemnly uphold it as an article of “faith” that paradise, as they call it, will be one long interminable round of singing “psalms and hymns and spiritual canticles”. Nothing could be more ridiculous. The spirit world is a world of activity, not indolence; a world of usefulness, not uselessness. Nothing in the spirit world is useless; there is a sound reason and purpose for everything. Neither the reason nor the purpose may be plain to everyone at first, but that does not alter the truth of the matter.

Boredom can find no place here as a general state of affairs. People have been known to become bored, but that very boredom begets their first step—or their next step—in spiritual progression through their engaging in some useful work. There are myriads of tasks to be performed—and myriads of souls to perform them, but there is always room for one more, and it will ever be so. Am I not living in a world that is both unlimited and illimitable?

We do not inhabit a land that bears all the outward marks of an Eternal Sunday! Indeed, Sunday has no place, no existence even, in the great scheme of the spirit world. We have no need to be forcibly reminded of the Great Father of the Universe, by setting aside one day to Him, and forgetting Him for the rest of the week. We have no week. With us it is eternal day, and our minds are fully and perpetually conscious of Him, so that we can see His hand and His mind in everything that surrounds us.

I have deviated a little from what I set out to tell you, but it is expedient to emphasize certain features of my narrative, because so many souls of the earth world are almost shocked to be told that the spirit world is a solid world, a substantial world, with real, live people in it! They think that that is far too material, far too like the earth world; hardly, in fact, one step removed from it, with its spirit landscape and sunshine, its houses and buildings, its rivers and lakes, inhabited by sentient, intelligent beings!

This is no land of “eternal rest”. There is rest in abundance for those who need it. But when the rest has restored them to full vigour and health the urge to perform some sensible, useful task rises up within them, and opportunities abound.

To return to the particular characteristics of spirit soil.

As we approach the dark regions the soil, such as I have described to you, loses its granular quality and its colour. It becomes thick, heavy, and moist, until it finally gives place entirely to stones, and then rock. Whatever grass there is looks yellow and seared.

As we draw closer to the higher realms the particles of the soil become finer, the colours more delicate, with a hint of translucency. A greater degree of resilience is at once observable underfoot when walking upon the thresholds of these higher realms, but the resilience comes as well from the nature of the realm as from the distinct change in the ground.

On close examination the fine soil reveals almost jewel-like qualities both of color and form. The particles are never misshapen, but conform to a definite geometric plan.

Ruth and I plunged our hands into some of the soil and allowed it to trickle through our fingers in a gentle stream. As it descended there issued from it the sweetest musical tones, as though it were falling upon some tiny musical instrument and causing the keys to produce a ripple of sound.

A keen ear will hear many musical sounds upon the earthly seashore as the water sweeps back and forth over the beach, but no keen ear is necessary to hear the rich harmonics when the ground of the spirit world is made to speak and sing.

The sounds emitted in this way vary as much as the colour and elements themselves vary. They are there for all to hear, and they can be produced at will by the very simple action I have described.

How is this brought about, you will ask?

Colour and sound—that is, musical sound—are interchangeable terms in the spirit world. To perform some act that will produce colour is also to produce a musical sound. To play upon a musical instrument, or to sing, is to create colour, and each creation is governed and limited by the skill and proficiency of the instrumentalist or singer. A master musician, as he plays upon his instrument, will build above himself a most beautiful musical thought-form, varying in its colours and blends of shade in strict accordance with the music he plays. A singer can create a similar effect in relation to the purity of the voice and the quality of the music. The thought-form thus erected will not be very large. It is a form in miniature. But a large orchestra or body of singers will construct an immense form, governed, of course, by the same
law.

The musical thought-form produces no sound itself. It is the result of sound, and is, as it were, a self￾contained unit. Although music will bring forth colour, and colour will yield music, each is restricted to the one resultant form. They will not go on reproducing each other in a constant, unending, or gradually diminishing, alternation of colour and sound.

It must not be thought that with all the vast galaxy of colours from the hundreds of sources in the spirit world, our ears are being constantly assailed with the sounds of music; that we are living, in fact, in an eternity of music that is sounding and resounding without remission. There are few minds—if any—that could possibly endure such a continuous plethora of sound, however beautiful it may be. We should sigh for peace and quietness; our heaven would cease to be heaven. No, the music is there, but we please ourselves entirely whether we wish to hear it or listen to it. We can completely isolate ourselves from all sound, or we can throw ourselves open to all sound, or just hear that which pleases us most.

There are times upon the earth-plane when you can hear the strains of distant music without being in any way disturbed by it; on the contrary, you may find it very pleasant and soothing. So it is with us here in spirit. But there is this great difference between our two worlds—our potentialities for music of the highest order are immeasurably greater than are yours upon the earth-plane. The mind of a spirit person who has a deep love of music will naturally hear more, because he so wishes, than one who cares little for it.

To revert to the experiment that Ruth and I carried out when we let the soil run through our fingers. We both of us derive great enjoyment from listening to music, Ruth much more so than myself, since she has been trained in the musical art and therefore has a higher appreciation and grasp of musical technicalities. I have told you how, the instant the soil left our hands, and we could hear the delightful sounds issuing from it. Another person performing the same action, but who possessed no particular musical susceptibilities, would scarcely be conscious of any sound at all.

The flowers and all growing things respond immediately to those who love them and appreciate them. The music that they send out operates under precisely the same law. An attunement upon the part of the percipient, with that with which he comes into contact or relationship, is a prerequisite condition. Without that attunement it would be impossible to be conscious of the musical strains that issue forth from the whole of spirit nature. By spirit nature I mean, of course, all the growing things, the sea and lakes—indeed, all water—the soil, and the rest.

The greater the power of the individual of appreciating and understanding beauty in all its multifarious forms, the greater will be the outflowing of magnetic force. In the spirit world nothing is wasted nor expended uselessly. We never have forced upon us something that we do not want, whether it be music or art, entertainment or learning. We are free agents, in every sense of the term, within the confines of our own realm.

It would be a most terrifying thought to imagine that the spirit world is one immense pandemonium of music, continuing ceaselessly, totally unavoidable, presenting itself on every conceivable occasion and in every possible place and situation! No!—the spirit world is conducted on much better lines than that! The musical sounds are most certainly there, but it rests solely with ourselves whether we shall hear them or not. And the secret is personal attunement.

There are people upon the earth-plane who possess the ability of mentally isolating themselves from their surroundings to such a degree that they can become oblivious to all sounds, however intense, that might be going on around them. This state of complete mental detachment will serve as an analogy—though a rather elementary one—of the effect that we can produce upon ourselves in spirit, to the exclusion of such sounds as we have no wish to hear. Unlike the earth world, we do not need to bring to bear any great force of concentration. It is but another process of thought, just as we use our minds to effect personal locomotion and after a brief sojourn in spirit we are soon able to perform these various mental functions without any conscious effort. They are part of our very nature, and we are merely applying, in an extended form, without earthly limitations and restrictions, mental methods that are perfectly simple to apply. On the earth-plane our physical bodies, in a heavy physical world, prevented similar mental processes from producing any physical result. In the spirit world we are free and unfettered, and those actions of the mind show an instant and direct result, whether it be to move us with the quickness of our thought, or whether it be to shut out any sight or sound that we do not wish to experience.

On the other hand, we can—and do—open our minds and attune ourselves to absorb the many glorious sounds that come rising up all round us. We can open our minds—or close then—to the many delectable perfumes that spirit nature casts abroad for our happiness, and contentment. They act like a tonic upon the mind, but they are not forced upon us—we merely help ourselves to them as we wish. It must ever be borne in mind that the spirit lands are founded upon law and order. But the law is never oppressive nor the order irksome, because the same law and order have helped to provide all the countless beauties and wonders of this heavenly realm.

 

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