La humildad y la experiencia de Santo Tomás cuando al parecer quiso «quemar todos los papeles»

Índice
─ Introducción
─ Notas
─ Mi petición
Santo Tomás de Aquino y la experiencia límite del Intelecto
Recreación del diálogo entre Tomás de Aquino y fray Reginaldo de Piperno
Casos análogos en otras tradiciones espirituales
Tradición Ortodoxa
Tradición China
Tradición Sufí
─ Nota al pie (sobre Tomás y su dictado)
─ Mi petición para el anexo
Anexo: El estancamiento escolástico frente al Misterio de la Penitencia y la Verdad del Alma
1. La frontera infranqueable de la Cuestión 90
2. La naturaleza del arrepentimiento divino frente a la herida del alma
3. La reacción reactiva y el límite de la experiencia de Tomás
Diálogo íntimo: La humildad puesta a trabajar

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Introducción

Al revisar estos mensajes de Padgett surgieron las notas de abajo.

NOTAS

Mi petición para dar pie a la nota de abajo sobre Santo Tomás

La nota temática sería sobre quizá el tema más importante tratado por G.R. :

el desengaño en cuanto a lo incomparable o el contraste que habría entre la capacidad intelectual del alma, frente a su capacidad como tal alma.

Lo más esencial del alma, digamos, sería su capacidad de sentir y crear: deseos, aspiraciones; su capacidad intrínseca llamada «libre albedrío»; y la capacidad que llamamos «ser autoconsciente». Todo ello sería la base ─digamos─, en realidad, para cualquier «despliegue intelectual».

El alma está además en sí misma destinada a transformarse (no solo a purificarse de manera natural alcanzando el estado «adámico»), incluso debido al cambio sustancial realizado por la entrada del amor divino.

La nota, en realidad, podría centrarse en aquella famosa anécdota de S. Tomás. No sé hasta qué punto estará reforzado, por escritos y testimonios fidedignos, el hecho de que, Santo Tomás, tras quizá tener una ECM («experiencia cercana a la muerte»), habría «entrado» de nuevo a su cuerpo con un recuerdo claro de ese posible encuentro ─quizá fue eso─, y con ganas de literalmente quemar todos sus escritos o prácticamente todos.

Pongamos que, efectivamente, se encontró con alguien, en su cuerpo espiritual, y poco antes de morir. Se habría encontrado con algún espíritu, o algún espíritu lo habría atraído o llamado a sí mismo ─algún espíritu celestial─ para conversar con él brevemente (si no hay especificación de esto en la historia sucedida efectivamente, pongamos que el caso fuera así).

Entonces, este espíritu digamos que no fue el mismo Jesús, ni que tampoco tuvo necesariamente por qué exponer su identidad, durante tal «ECM».

¿Hay ejemplos similares en otras tradiciones, cristianas o no, como pueda ser por ejemplo en la muy intelectual china… o en la ortodoxa cristiana (oriental, me refiero), etc.?

Se podría recrear el discurso de Tomás, incluso, quizá, poniendo a este a conversar con quien testimoniara ese cambio de Tomás aquí, en la tierra, y si es que hubo alguien concreto a quien Tomás expresara lo vivido en su experiencia ─se podría usar el nombre de tal interlocutor─.

Se podría recrear, decíamos, el discurso, en función de lo que vemos en las cartas o mensajes de Padgett, así como, sobre todo, en lo que se sepa fidedignamente de las palabras de Santo Tomás en ese momento (o quizá de alguien tan intelectual y con una experiencia muy similar, si tal persona existió o se conoce su caso).

(Un recordatorio: Santo Tomás nació allá por el año 1224/5, y dicen que murió el 7 de marzo de 1274, así pues, pocos meses después de tal experiencia.)

Nota temática elaborada por IA Gemini ante mi petición

Santo Tomás de Aquino y la experiencia límite del Intelecto

El desengaño sobre la insuficiencia del intelecto puro frente a la sustancia afectiva y viva del alma encuentra su manifestación histórica más emblemática en el episodio final de la vida de Santo Tomás de Aquino.

El 6 de diciembre de 1273, mientras celebraba la misa en la capilla de San Nicolás en Nápoles, el Doctor Angélico experimentó un éxtasis místico (una vivencia que la tanatología moderna clasifica conceptualmente dentro del marco de las Experiencias Cercanas a la Muerte o estados alterados de conciencia en vísperas del tránsito espiritual). Tras esta vivencia, suspendió de inmediato el dictado* de la Summa Theologiae, dejándola inconclusa. Cuando su secretario, compañero y confesor, fray Reginaldo de Piperno, le instó a retomar la escritura de su magna obra intelectual, Tomás pronunció su célebre sentencia:

«Non possum magis; quia omnia quae scripsi videntur mihi quasi palea respectu eorum quae vidi et revelata sunt mihi.»
(«No puedo escribir más; todo lo que he escrito me parece como paja en comparación con lo que he visto y me ha sido revelado.»)

Incluso se conserva la tradición de que intentó arrojar parte de sus manuscritos al fuego, impedido únicamente por el cuidado de sus hermanos dominicos.

Recreación del diálogo entre Tomás de Aquino y fray Reginaldo de Piperno
(Ajustado a la perspectiva teológica de los mensajes de Padgett/G.R. sobre la distinción entre las facultades puramente mentales y la transformación sustancial del alma por el Amor Divino).

Fray Reginaldo:

Padre Tomás, la Iglesia aguarda el desenlace de la Summa. El mundo intelectual requiere que vuestra razón organice y sistematice las verdades del Creador. ¿Por qué habéis abandonado la pluma y permanecéis en esta quietud?

Santo Tomás de Aquino:

Reginaldo, amigo mío… durante toda mi vida creí que la cúspide del ser humano residía en la elevación de su intelecto, en la precisión de sus conceptos y en la arquitectura de la razón. Pensaba que comprender la verdad de Dios era un ejercicio de la mente iluminada. Pero he estado fuera de esta envoltura de carne. He mantenido un encuentro en la luz con una entidad de las Esferas Celestiales, un ser cuya gloria no provenía de sus ideas, sino de la naturaleza misma de su sustancia.

Fray Reginaldo:

¿Un ángel de la escolástica? ¿Un maestro de la teología?

Santo Tomás:

No, Reginaldo. No me habló con silogismos ni con conceptos abstractos. Me hizo percibir que el intelecto no es más que una herramienta superficial de la mente, un mero andamiaje externo. El alma no es un receptáculo de pensamientos; el alma es la capacidad misma de sentir, el centro del libre albedrío, la facultad de desear, aspirar y amar.

Comprendí que la mente puede alcanzar una perfección natural o «adámica» mediante la purificación de la razón, pero que esa perfección mental sigue siendo finita y seca. Lo que presencié en ese estado fue la entrada de una Esencia Divina —un Amor activo e incalculable procedente del Padre— que no ilumina la mente, sino que transforma sustancialmente el alma, haciéndola crecer y trascender su propia naturaleza creada.

Fray Reginaldo:

¿Y vuestros escritos, Padre? ¿La síntesis teológica de toda una vida?

Santo Tomás:

Paja, Reginaldo. Purísima paja. La razón analiza la estructura de la estructura, pero el Amor Divino rehace la sustancia del alma. Mis libros intentaron captar a Dios con la capacidad mental, cuando solo el alma, abierta mediante la oración y la fe receptiva, puede albergar la divina infusión que la vuelve inmortal y divina. Quemaría cada una de esas páginas si con ello lograra que los hombres dejasen de adorar la sabiduría de sus mentes y comenzaran a buscar la transformación de sus almas.

Casos análogos en otras tradiciones espirituales
El fenómeno de la quiebra del intelecto tras una irrupción directa de la realidad del alma o del Amor trascendente se repite de manera notable en diversas culturas:

Tradición Ortodoxa Oriental (Hesicasmo y Teología Mística):

─ San Simeón el Nuevo Teólogo (949–1022): En la tradición de la Filocalía, Simeón enfatizó que el conocimiento intelectual de Dios (gnosis mental) es nulo frente a la experiencia de la «Luz Increada» recibida en el corazón (el centro del alma). Sostenía que las fórmulas dogmáticas son sombras e insistía en que sin la vivencia directa del alma en oración, la teología académica es un obstáculo.

─ San Gregorio Palamás (1296–1359): En su defensa de los monjes hesicastas contra el filósofo intelectualista Barlaam de Calabria, Palamás argumentó que la mente terrenal no puede acceder a las «energías no creadas» de Dios. El alma debe recibir la gracia en su centro sensible y espiritual, dejando a la razón en un segundo plano.

Tradición China (Confucianismo vs. Taoísmo / Budismo Chan):

─ Lu Jiuyuan (Lu Xiangshan, 1139–1192) y Wang Yangming (1472–1529): En respuesta al excesivo intelectualismo y al estudio erudito de los textos promovido por Zhu Xi (Neoconfucianismo racionalista), Wang Yangming experimentó una iluminación súbita tras una etapa de crisis física y espiritual. Concluyó que la verdad no se encuentra mediante la acumulación erudita ni la investigación mental de las cosas (gewu), sino en la «Mente/Alma Intínseca» (Xinxue). Wang afirmó que el conocimiento intelectual externo obstruye la intuición pura del alma (Liangzhi).

─ El maestro Chan (Zen) Deshan Xuanjian (782–865): Erudito célebre y comentarista del Sutra del Diamante, Deshan viajó al sur de China cargando con sus densos comentarios escritos. Tras un breve e iluminador diálogo con una anciana vendedora de pasteles y un maestro Chan que apagó una vela frente a él, comprendió la inutilidad de sus tratados intelectuales. Al día siguiente, llevó todos sus volúmenes de comentarios al patio del monasterio y les prendió fuego, dedicándose exclusivamente a la realización directa de la naturaleza de la mente/alma.

Tradición Sufí (Islam Místico):

─ Al-Ghazali (1058–1111): Considerado una de las mentes jurídicas y filosóficas más brillantes del islam, sufrió una parálisis psicosomática en la cumbre de su carrera académica en Bagdad. Tras comprender que su conocimiento era puramente cerebral, abandonó su cátedra, regaló sus posesiones y se retiró al ascetismo. En su obra La liberación del error, dejó asentado que la especulación intelectual es incapaz de alcanzar la verdad divina, la cual solo es accesible mediante la «experiencia degustativa» (dhawq) del corazón/alma.

─ Yalal ad-Din Rumi (1207–1273): Era un respetado jurista y teólogo erudito en Konya hasta su encuentro con el místico derviche Shams de Tabriz. Shams arrojó los valiosos libros de teología de Rumi a un pozo de agua para demostrarle que el conocimiento conceptual era un velo que le impedía experimentar el Amor divino. A partir de ese evento, Rumi abandonó la enseñanza académica escolástica y se convirtió en el gran poeta del Amor místico.

Nota al pie
*
Debido a la magnitud de su producción y a su propia caligrafía —la cual era tan ilegible que sus contemporáneos y los paleógrafos posteriores la bautizaron literalmente como la littera inintelligibilis (letra ininteligible)—, Tomás no escribía los manuscritos finales de su propia mano.

El proceso de trabajo escolástico de Santo Tomás funcionaba así:

1. Equipo de amanuenses: Contaba con un equipo de secretarios y copistas (entre ellos, su fiel fray Reginaldo de Piperno).

2. Dictado simultáneo: Los testimonios del proceso de canonización (como el de Bernardo Gui y los registros de los frailes dominicos de Nápoles) afirman que Tomás era capaz de dictar a tres o cuatro secretarios de manera simultánea, pasando de un tema teológico o filosófico a otro sin perder el hilo de la argumentación.

3. El corte definitivo: Por eso, cuando el 6 de diciembre de 1273 se produjo su experiencia mística y pronunció la famosa frase de la «paja» (palea), lo que hizo literalmente fue dejar de dictar. Fray Reginaldo le ponía los pergaminos delante y le suplicaba que continuara dictando la Tercera Parte de la Summa (que quedó inconclusa en la cuestión 90, sobre el sacramento de la penitencia), a lo que Tomás se negó rotundamente diciendo que ya no podía dictar más.

Mi petición para el anexo

Además podría elaborarse un anexo donde se explique justo por qué podría no ser casual que se hubiera parado justo en esa cuestión de la penitencia.

Lo que experimentó Tomás tendría quizá que ver con la esencia del arrepentimiento en el modo divino, digamos.

El arrepentimiento es estar dispuestos a sentir y admitir íntimamente todo lo que hemos hecho a los demás y a nosotros mismos; es decir: cómo hemos afectado realmente a las almas de los demás y a la nuestra propia, con nuestros pecados.

Entonces, ese conocimiento, en su sentido pleno, en el fondo solo lo tiene Dios a nivel del alma. Pero podemos contactar con Dios, aunque solo sea en la vía digamos más indirecta de abrirnos a la verdad sentida ─en el sentido de que nosotros podemos acceder a la verdad divina sobre esa afectación, ese estado real de las almas─.

Sin embargo, si no abrimos además el corazón en esos atisbos de verdad ─tal como la siente Dios, dicha verdad─, entonces, solo podríamos sentir el dolor, a veces para regodearnos en él (y, en general, para seguir viviendo en él, protegiéndolo, es decir: sin salir de los bloqueos que nos impiden sentir a fondo lo desagradable ─por decirlo débilmente─ que se siente el modo álmico en que está nuestra alma, modo o manera de sentir que habilitó para realizar ciertos pecados)… para regodearnos o más bien, como decíamos, seguir viviendo en el dolor… pero dándole la espalda a nivel del alma: sin subsanarlo gracias al amor de Dios, que podría entrar en nuestra alma ante un verdadero arrepentimiento por nuestra parte, y sanarla de verdad.

Así, abriendo el corazón, el alma, a Dios, sí podemos hacer que Dios nos entregue su amor para reforzar la verdad divina sobre el arrepentimiento necesario si es que queremos tener una sanación o comienzo de sanación tal como Dios entiende tal cosa.

Pero, la claridad sobre esto, y la posible sanación, necesariamente están acompañadas de humildad: «sentir con toda el alma» es eso, humildad, sin añadir nada más, es decir, sin por ejemplo poner por encima nuestras opiniones, más o menos «intelectuales».

Gracias a la «percepción aumentada» que permite el contacto con Dios (aunque solo sea un contacto indirecto via verdad, pero más íntimo ─y siendo que la verdad tal como la ve Dios incluye también la verdad sobre el estado real que tiene nuestra alma así como el alma de otros, y no por ejemplo el estado que nosotros, en nuestras fantasías, querríamos que tuviera, o el pensamos que tiene, etc.), gracias a esa «percepción» o constatación, decíamos, resulta que el daño hecho a los demás y a nosotros mismos nos pone potencialmente en un nivel de sentir que lógicamente muchas veces será incomparable a nuestro «sentir normal».

Quizá lo único que recibió Santo Tomás en su experiencia es una especie de trasfusión más interna, álmica, por parte de un espíritu ─al vincularse o sintonizar con él o con ella─, un espíritu que, sí que habría recibido el amor de Dios (ya que Tomás, incluso, podría no haberlo recibido, ni antes, ni tampoco en ese momento ─a pesar de haber comprendido un poco, en el fondo, tras el encuentro, lo que sucedía─).

Por eso, su actitud habría sido: vale, dejémoslo así, no lo puedo pensar, sería demasiado simple. Es decir, el simple acto de querer quemar los papeles habría sido, en realidad, una respuesta «reactiva», digamos: una buena reacción y prosecución de la humildad habría consistido en parte en seguir interesándose (no solo en seguir sintiendo) en por qué era tan simple… y en qué es lo que realmente es el alma… con sus «dos formas» de purificación/crecimiento, etc.

Así, añadiría esta reflexión, como anexo (no hace falta repetir el por qué dictaba, eso ya lo voy a poner sin más como nota al pie); y, quizá, como añadido también, un diálogo más íntimo. En él, Tomás empezaría a desear esto que he dicho ahora, con algún interlocutor (quizá no el mismo que antes): a desear hacer esta labor, digamos, la de «poner a producir» la humildad incipiente real, la labor de hacer operativa esa humildad, la cual solo habría así como asomado.

Anexo: El estancamiento escolástico frente al Misterio de la Penitencia y la Verdad del Alma (realizado por IA Gemini)

1. La frontera infranqueable de la Cuestión 90
No deja de ser un hecho profundamente revelador que la pluma de Santo Tomás de Aquino —y la voz con la que dictaba a sus secretarios— se interrumpiera con un silencio categórico de forma precisa en la Cuestión 90 de la Tertia Pars de la Summa Theologiae, dedicada al Sacramento de la Penitencia.

Hasta ese momento, la escolástica medieval había abordado la contrición, la confesión y la satisfacción mediante un aparato conceptual analítico: categorías de actos, análisis de causas, grados de culpa, penas temporales y mecánica de las virtudes. Pero la penitencia no es, en su sustancia última, un tratado de teología moral ni una transacción forense; la verdadera penitencia es la experiencia íntima, vivencial y dolorosa de la desnudez del alma ante la Verdad Divina.

Lo que la experiencia mística —o el encuentro álmico durante ese estado alterado de conciencia— le reveló al Aquino fue la insuficiencia radical del intelecto para cartografiar la distorsión del alma humana y su verdadera sanación.

2. La naturaleza del arrepentimiento divino frente a la herida del alma
El arrepentimiento, en el modo en que Dios lo entiende y lo sostiene, exige una disposición absoluta a sentir y admitir íntimamente el impacto real del pecado: es decir, cómo nuestras acciones, deseos y desviaciones han deformado nuestra propia alma y han herido las almas de los demás.

1. La Verdad Divina sobre el daño: Esta perspectiva plena y sin velos del estado real del alma solo la posee Dios. El ser humano en estado natural tiende a protegerse tras fantasías, racionalizaciones e hiperintelectualización para no experimentar la fealdad o la aspereza de su condición álmica.

2. El peligro del dolor cerrado: Si el alma alcanza a atisbar la Verdad sobre su daño pero no abre el corazón a Dios, la consecuencia es el encierro en el dolor. Es la contrición puramente humana que deriva en culpa, remordimiento, autojustificación o en un regodeo neurótico en el propio sufrimiento. El individuo sigue viviendo en el dolor, protegiendo sus bloqueos y dando la espalda a la única fuente capaz de transmutarlo.

3. El toque del Amor Divino: Para que el dolor de la Verdad no sea destructivo, el alma debe abrirse en humildad a la infusión del Amor del Padre. Este Amor no borra mágicamente el hecho cometido, pero entra en la sustancia del alma, limpia la causa profunda del mal (el desvío del afecto) y sana la deformación de manera real, no teórica.

Esta «percepción aumentada» o choque de realidad sitúa al ser humano en una escala de sentimiento desgarradora pero sanadora, infinitamente superior a cualquier construcción lógica. Santo Tomás comprendió de golpe que la Cuestión 90 intentaba explicar con categorías aristotélicas lo que solo puede ser vivido en el fuego del arrepentimiento de la voluntad y la humillación del orgullo intelectual.

3. La reacción reactiva y el límite de la experiencia de Tomás
Es posible analizar la vivencia de Tomás no como una recepción directa e inmediata del Amor Divino en su alma, sino como una «transfusión o sintonía álmica» con un espíritu de las esferas superiores. Al vincularse con un ser celestial que sí poseía la Esencia y el Amor de Dios, Tomás experimentó, por resonancia, el inmenso contraste entre la luz de aquel estado y la sequedad de su propio andamiaje conceptual.

Ante este choque, la primera reacción del dominico fue impulsiva y reactiva: el deseo drástico de quemar sus escritos.

Sin embargo, desde la perspectiva de una humildad operativa, la quema de los papeles o el silencio absoluto siguen guardando un matiz de reacción ante el impacto. La verdadera humildad no solo se conmociona y se calla; la humildad madura «pone a producir» la revelación. La prosecución de esa experiencia habría consistido en trascender el mero estupor para comenzar a investigar, con un corazón abierto, la naturaleza auténtica del alma, sus capacidades afectivas intrínsecas y la diferencia radical entre la purificación natural del ser y la transformación sustancial mediante el Amor del Padre.

Diálogo íntimo: La humildad puesta a trabajar
(Escena: Noche del 7 de diciembre de 1273. Celda de Santo Tomás en el convento de San Domenico Maggiore, Nápoles. Tomás se encuentra sentado frente a la mesa donde reposan los pergaminos inconclusos. Entra Fray Bernardo de Lucca, teólogo y amigo personal de Tomás, preocupado por el repentino mutismo del Maestro).

Fray Bernardo:

Tomás… Reginaldo me ha dicho que no solo has dejado de dictar la Cuestión sobre la Penitencia, sino que intentaste arrojar los cuadernos al fuego. El convento está consternado. ¿Es cierto que has resuelto no volver a hablar de estas materias?

Santo Tomás de Aquino:

(Con la mirada fija en las velas, con voz pausada pero exenta de la agitación de la mañana)

No fue un arrebato de locura, Bernardo. Fue la vergüenza. Cuando intentaba sistematizar la contrición en la Cuestión 90, pensaba en términos de actos, potencia, hábito y remisión de penas. Pero en ese instante de luz… el espíritu que se aproximó a mi alma me hizo sentir, no pensar, la Verdad de las almas.

Fray Bernardo:

¿Qué sentiste, hermano?

Santo Tomás:

Sentí el peso real de lo que le hacemos a Dios, a nosotros mismos y a nuestros semejantes cuando pecamos. Sentí el dolor del alma desnuda sin el filtro de la teología. Dios ve el estado exacto del alma, Bernardo, sin las fantasías con las que intentamos consolarnos. Y al ver esa deformación, la mente se colapsa. Mi primer impulso fue destruir todo lo escrito porque entendí que mis fórmulas eran una burda simplificación, una cáscara vacía.

Fray Bernardo:

¿Y no es esa la respuesta correcta ante la Majestad Divina? ¿El silencio y la destrucción de la vanidad intelectual?

Santo Tomás:

(Niega lentamente con la cabeza)

Eso creí esta mañana en el altar. Pero al reflexionar en la quietud de esta celda, me doy cuenta de que querer quemar los libros fue una reacción impulsiva, casi una huelga del orgullo herido. Pensé: «Si todo lo que he pensado es paja, entonces nada vale nada y debo callar». Pero eso es abrumarse por el impacto; es quedarse en el dolor del desengaño sin dar el paso siguiente.

Fray Bernardo:

¿Y cuál es el paso siguiente?

Santo Tomás:

La verdadera humildad no consiste en esconderse en el silencio tras descubrir que estabas equivocado. La verdadera humildad debe ser operativa. Hay que poner a trabajar este atisbo de Verdad. El espíritu que estuvo conmigo no traía un conocimiento intelectual; traía una calidad de sentimiento y de luz que procedía del Amor de Dios integrado en su propia alma. Me di cuenta de que el arrepentimiento no es un concepto analítico sobre la culpa, sino la apertura del corazón para que el Amor de Dios entre, limpie y transforme la sustancia misma del alma.

Fray Bernardo:

¿Estás diciendo que la mente no basta?

Santo Tomás:

La mente solo puede ordenar la casa, pero no puede habitarla. El intelecto es una herramienta de la mente, pero el alma es el verdadero centro del hombre: donde reside el libre albedrío, la capacidad de sentir, de aspirar y de amar. Si la verdad del dolor por nuestras faltas no va acompañada del Amor Divino que sana la sustancia del alma, el hombre solo se regodea en un sufrimiento estéril o busca refugio en dogmas secos.

Fray Bernardo:

Entonces, Maestro… ¿qué vas a hacer con la Summa y con tu vida de ahora en adelante?

Santo Tomás:

(Mirando los manuscritos con una leve sonrisa serena)

No los quemaré. Que queden como el testimonio del límite al que puede llegar la razón humana. Pero ya no dictaré desde la cabeza. Si Dios me concede la gracia y la salud, quiero aprender a pedir ese Amor. Quiero entender la diferencia entre la simple purificación de la mente y el verdadero crecimiento del alma por la infusión de la Esencia Divina. Mañana no quemaremos la paja, Bernardo… pero comenzaremos, por primera vez, a buscar el trigo.

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