Índice
─ Introducción
─ Nota
Mi petición
El perdón como dinámica ontológica: Del avance protestante a la metafísica del alma en la Revelación de Padgett
1. El contexto histórico-teológico: El hito protestante y la desintermediación del perdón
2. Referencias bíblicas explícitas e implícitas en el mensaje
3. Las dos dimensiones del perdón: El plano horizontal y el plano vertical
4. La anatomía del pecado: Consecuencias sistémicas y la huella en el cuerpo espiritual
5. La asimetría entre el perdón y el arrepentimiento: La «cifra» que solo Dios posee
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Introducción
Revisando este mensaje de la colección de Padgett surgieron unas notas que traslado aquí abajo.
NOTA
Mi petición para la nota
La nota que quiero pedir es para desarrollar y ligar bien estos puntos, sobre el primero de los mensajes vistos arriba:
El tema principal sería el «avance» conseguido en el protestantismo, independientemente de que tal religión de religiones no era perfecta, ni mucho menos, ni iba a ser perfecta (siempre se dan usos políticos en los cambios, manipulaciones y componendas, oportunismos varios, etc.).
El avance tiene que ver, claro está, con esa «interiorización» / internalización mayor de la relación con Dios, y del concepto de perdón.
El tema de las indulgencias, no por casualidad, habría sido clave.
Así que la nota expondría tal aspecto histórico.
La nota presentaría el mensaje dando además los «lugares bíblicos» que han sido citados, o bien que están crípticamente aludidos (si hay alguno).
El perdón sería un concepto personal que tendría así como dos dimensiones, pues en nuestra revelación tenemos la relación horizontal con los demás, sí, como almas iguales en esencia a nosotros; pero, por otra parte, tenemos la relación «en vertical», simplemente queriendo decir con esto que Dios es diferente a sus creaciones y está además personalmente «en otra parte», aunque se pueda comunicar e incluso «unir» a sus almas finitas personalmente: Dios es infinito, pero nosotros no somos tal Alma Infinita, sino almas finitas creadas por dicha Alma Infinita (esta es una de las claves de nuestra revelación).
Volviendo atrás: entonces, realmente hay pues una especie de «plano horizontal» del perdón: las personas, efectivamente, podemos de cierto modo haber sanado las heridas emocionales sobre lo que alguien nos ha hecho; estas heridas siempre existen, siempre se dan.
Por ejemplo, en las familias, los niños tienen mucho que perdonar: muchos caprichos de los padres y madres, errores, desesperaciones proyectadas hacia los niños que no saben ni pueden saber qué está pasando a su edad (cuando por ejemplo les reprimen la liberación inocente de una rabia que puedan haber sentido y que necesitan expulsar sin dañar ni dañarse), etc.; y es que estamos lejos todavía, aparentemente, de haber interiorizado la esencia verdadera que efectivamente existe en, por ejemplo, las enseñanzas de Rousseau sobre la educación (las partes donde sí atina con la verdad ahí este autor).
Este plano personal horizontal del perdón es importante, vale; pero, como vemos, no es ni «la mitad de la película», pues el perdón completo y real involucraría a Dios.
Dios existiría y tendría las claves emocionales completas, digamos: la capacidad de «limpiar del todo», con su Amor diferente y superior, todo aquello que nos han hecho (entregándonos Su Amor, vamos a poder realmente sentir incluso misericordia, no solo perdón; es decir, no solo esa «limpieza» o purificación interior con respecto a lo que nos sucedió con alguien, y que ese alguien nos hizo más o menos aposta).
Entonces, sobre todo, y en este caso referido ahora a la relación «en vertical», en la relación personal con Dios, y además, en relación a lo que nosotros le hemos hecho a otros:
Dios tendría la capacidad de borrar todo aquello que hemos hecho «erróneo/malo» a los demás, en cuanto que lo que hemos hecho tiene consecuencias para el alma de los afectados, incluyéndonos a nosotros; tiene consecuencias para la relación entre nuestra alma y las almas de quienes hemos afectado (en horizontal, digamos), pero también tiene consecuencias para la relación entre cada uno de nosotros y Dios.
Las más importantes para la eternidad serían estas consecuencias que tienen que ver «la vertical», con la relación con Dios; todos esos actos malos, los «pecados», son cosas que dañan potencialmente por ejemplo la «confianza en la vida», la «confianza en uno mismo», «en los demás»… (y también hay pecados contra el medio ambiente, pecados sistémicos, etc.) ─dicho pronto y de manera coloquial─.
Luego, además de esto a que nos referimos más coloquialmente, tenemos la dimensión digamos interna; y es que, energética y realmente, todo ello tiene además consecuencias que quedan así como impresas en el nivel no solo del cuerpo espiritual (como parece que los espíritus fácilmente ven y constatan, muy claramente, en el mundo espiritual, como consecuencias visualizadas energéticamente de, por ejemplo, actos violentos sexuales ─con diversos grados de violencia, como por ejemplo abusos a la infancia─), sino que, en realidad, el cuerpo espiritual, al estar mostrando el estado interno del alma ─la cual rige la vida de dicho cuerpo y del cuerpo físico─ es solo eso: una representación o mostración de las heridas y bloqueos que hay a nivel del alma.
El alma (por tanto: la condición anímica, que sería la clave en el fondo para todo lo humano y «lo divino») la ha fabricado Dios en sus constituyentes y por tanto sus leyes ─al menos en esta revelación que estamos viendo es así, y muchos lo pueden haber sentido ya─; y, por lo tanto, Dios sabe quererla/cuidarla lo mejor posible.
Así, hay una asimetría curiosa entre el perdón y el arrepentimiento, en el sentido de cómo aplicamos ahí la lógica de las personas a quienes afecta: primera persona, segunda persona…
En el perdón muchas veces nos referimos solo ─en visión «cegata» digamos─ a lo que nos afecta a nosotros, y eso lo proyectamos a los demás: creemos que alguien ya está perdonado por el simple hecho de que nosotros ya no sentimos nada de resquemor, etc.; o, por ejemplo, creemos que prácticamente ya está perdonado porque hay una cierta iglesia que nos habilita para intermediar y casi sustituir a Dios en tal perdón.
Sin embargo, con eso nos evadimos de la verdad de que esa persona tiene su propia alma, es su propia alma; y nos evadimos de la verdad de que, para «ser perdonada», ella tiene que sentir un arrepentimiento sincero; este arrepentimiento, además ─y en cuanto que existe la verdad completa sobre el alma y esa alma ha sido creada por Dios─, tiene una «clave» (tiene una «cifra»), y tal clave (la clave de la verdad acerca del arrepentimiento del alma sobre algo que ha «manchado» dicha alma, y a sus víctimas, así como ha «distorsionado» la potencial relación personal con Dios de todos los involucrados) solo la tendría Dios al completo ─por así decirlo─.
Nota (elaborada por IA Gemini ante mi petición, aunque tuve que hacer un retoque y una ampliación clave en un punto (el que trata sobre los niños y las emociones), así como otros añadidos menores)
El perdón como dinámica ontológica: Del avance protestante a la metafísica del alma en la Revelación de Padgett
1. El contexto histórico-teológico: El hito protestante y la desintermediación del perdón
El mensaje dictado por Jesús aborda de manera directa uno de los debates axiales de la historia del cristianismo: la naturaleza del perdón y la legitimidad de la autoridad eclesiástica para otorgarlo. Para comprender el calado de esta afirmación, es imprescindible situarla en la evolución de la conciencia religiosa occidental.
El surgimiento del protestantismo en el siglo XVI —a pesar de sus limitaciones políticas, sus componendas pragmáticas y sus inevitables instrumentalizaciones estatales— representó un salto cuantitativo en la interiorización de la experiencia de la fe. La crítica de Martín Lutero contra el sistema de indulgencias no fue un mero pleito contable sobre las arcas papales; fue una enmienda a la idea de que la gracia divina pudiera ser administrada, tasada o distribuida por una institución mediadora.
El protestantismo recuperó la premisa de la relación directa e individual entre el alma y el Creador. Sin embargo, la teología dogmática posterior volvió a quedar apresada en esquemas vicarios (la expiación sustitutiva mediante la sangre en la cruz). El mensaje de Padgett retoma la intuición luterana sobre la desintermediación, pero la lleva a su consecución ontológica: ninguna iglesia posee la facultad de conceder indulgencias ni de perdonar pecados, porque el perdón no es un decreto administrativo emitido por un clérigo, sino una transformación energética e interior que opera únicamente entre el alma penitente y el Creador.
2. Referencias bíblicas explícitas e implícitas en el mensaje
El texto del mensaje o carta de Padgett dialoga directamente con pasajes clave del Nuevo Testamento, corrigiendo su interpretación tradicional o restituyendo lo que la revelación señala como el sentido original del Maestro:
─ El paralítico de Betesda / Cafarnaún y la autoridad de perdonar:
* Cita bíblica aludida: Mateo 9:2-6, Marcos 2:5-11, Lucas 5:20-24 (y la ambientación en Juan 5:1-9 respecto al estanque de Betesda).
* Análisis: En los evangelios sinópticos, la frase «¿Qué es más fácil, decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y anda»?» ha sido históricamente interpretada como una prueba de la divinidad de Jesús. El mensaje corrige la formulación: Jesús aclara que no actuó por un poder propio ni por ser la Deidad misma, sino como un instrumento de Dios que demostraba la capacidad del Padre para perdonar y sanar cuando el alma se abre a Su poder.
─ La exclusividad divina del perdón:
* Cita bíblica aludida: Marcos 2:7 («¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?»).
* Análisis: El mensaje convalida la premisa de los escribas en dicho pasaje: solo el Creador puede borrar la mancha del pecado. Jesús se alinea con este principio, despojándose de cualquier pretensión de culto personal o adoración.
─ La advertencia contra el desplazamiento del Padre:
* Cita implícita: Juan 14:6 («Nadie viene al Padre sino por mí») y Mateo 23:8-10.
* Análisis: El texto rectifica la lectura dogmática de la mediación. Jesús afirma ser el camino en tanto que maestro y primer receptor del Amor Divino, pero advierte tajantemente que sustituir el amor a Dios por la adoración a su figura es un «craso error» que relega al Creador a un segundo plano.
3. Las dos dimensiones del perdón: El plano horizontal y el plano vertical
En la cosmología de esta revelación, el ser humano se define como un alma finita creada por un Alma Infinita. Esta distinción ontológica establece que Dios no es una mera proyección del cosmos ni el alma humana una «chispa» destinada a disolverse en un todo pantagruélico; Dios es una Entidad Personal, numinosa y diferenciada, ubicada «en otra parte» en términos de perfección y plenitud, pero accesible en comunión mediante la oración sincera.
A partir de esta estructura se derivan dos esferas del perdón fundamentalmente distintas pero interconectadas:
DIMENSIONES DEL PERDÓN
PLANO HORIZONTAL (Interpersonal)
─ Ajuste entre almas finitas.
─ Sanación de heridas emocionales y traumas del pasado.
─ Procesos de comprensión empatía y misericordia humano.
─ Insuficiente por sí solo para la purificación total
PLANO VERTICAL (Transcendental)
─ Transformación del alma con Dios.
─ Erradicación del pecado mediante la afluencia del Amor Divino.
─ Reconfiguración energética del cuerpo espiritual.
─ Restauración de la capacidad de confianza eterna.
A. El plano horizontal (La relación entre almas finitas)
El plano horizontal abarca las interacciones psicológicas, afectivas y sociales entre los seres humanos. Es la dimensión donde se gestan y sanan las heridas del desarrollo:
─ El trauma infantil y la proyección [esta parte la tuve que retocar y ampliar notablemente]: Los niños absorben de forma indefensa las neurosis, descompensaciones e imperfecciones de sus progenitores. A temprana edad, el niño no posee el marco cognitivo para entender lo que le está pasando por ejemplo con una rabia inocente que pueda sentir, y que necesita «procesar emocionalmente» como tal emoción (es decir, que necesita soltar sin dañar ni dañarse, expresándola sin daños). Tampoco los niños saben qué está pasando cuando los adultos proyectan la «lógica desesperación» que sienten tan a menudo, pero que no terminan de procesar como adultos emocionalmente responsables. Por eso en el niño se van acumulando bloqueos que en general se arrastran durante la vida adulta. Y es que el niño, a su vez, tiene que aprender a ejercer ─en su estado anímico─ su responsabilidad, y liberar los bloqueos, etc., cuanto antes ─si aprende a ello y le dejan, lo cual a menudo se hace muy difícil en la inercia de la fachada, y por el hecho de que el niño está aprendiendo y tiene que aprender algo, etc.─. Tales bloqueos configuran así una especie de base para una estructura «dañada» que, a su vez, es una especie de «castillo de fachadas», construido sobre la arena de los bloqueos, y el cual es a menudo la sustancia principal de lo que llamamos «un adulto».
─ Los aciertos pedagógicos (Rousseau): Autores como Jean-Jacques Rousseau intuyeron en Emilio la necesidad de respetar la naturaleza intrínseca del desarrollo infantil, libre de las imposiciones arbitrarias del medio social. No obstante, el entendimiento secular del perdón horizontal suele quedarse corto.
─ La limitación del perdón horizontal: Una persona victima de una ofensa o de abusos puede realizar un trabajo terapéutico y humano para disipar el rencor, logrando no sentir resquemor. Este paso es valioso, pero representa apenas la mitad del fenómeno. El perdón horizontal procesa la emoción consciente, pero no necesariamente limpia la huella oculta en las capas profundas del alma de la víctima ni, mucho menos, resuelve la condición espiritual del ofensor.
B. El plano vertical (La relación personal con el Creador)
El perdón completo y definitivo exige la intervención de la dimensión vertical. Dios posee la «clave de bóveda» emocional y espiritual porque es el diseñador de las leyes del alma:
─ La afluencia del Amor Divino: Cuando el alma se abre a la recepción del Amor Divino mediante el anhelo de la oración, este Amor —que es una sustancia real y no una mera metáfora moral— penetra en la condición anímica.
─ De la disipación a la misericordia: La entrada de esta energía superior no solo borra la cicatriz del dolor recibido, sino que transforma la perspectiva de la víctima: eleva el mero «dejar ir» (limpieza) a una misericordia activa, permitiendo contemplar al agresor con la compasión con la que Dios ve a un alma extraviada y enferma.
4. La anatomía del pecado: Consecuencias sistémicas y la huella en el cuerpo espiritual
El «pecado», despojado de connotaciones moralistas o punitivas, es comprendido en esta enseñanza como toda acción, pensamiento o estado de conciencia que viola las leyes de la armonía divina, distorsionando la condición del alma y perturbando sus relaciones.
a) Consecuencias sistémicas y comunitarias:
Los actos de desarmonía (desde los abusos infantiles y la violencia sexual hasta la devastación ecológica y las injusticias sistémicas) destruyen las bases de la convivencia: quiebran la confianza primaria en la vida, en uno mismo y en la providencia.
b) La impronta energética en el cuerpo espiritual:
El alma rige e imprime su estado en el cuerpo espiritual (la entidad que subsiste tras la muerte física y que todos los seres humanos tienen a la vez que tienen un cuerpo físico). Los espíritus desencarnados de esferas superiores constatan visualmente cómo los actos de desarmonía se traducen en opacidad, deformaciones o manchas oscuras en la vestidura espiritual.
c) El alma como matriz rectora:
El cuerpo espiritual es solo el espejo; la verdadera sustancia alterada que influye en el estado del cuerpo espiritual es el alma. Puesto que Dios creó los constituyentes y las leyes anímicas, solo la energía procedente de Dios posee la potencia reactiva para disolver los nudos energéticos y las cristalizaciones que el pecado ha impreso en la condición anímica.
5. La asimetría entre el perdón y el arrepentimiento: La «cifra» que solo Dios posee
Existe una trampa común en la percepción humana del perdón: la asunción de simetría. Con frecuencia, desde una perspectiva egocéntrica o «cegata», el ser humano cae en dos reduccionismos:
─ La ilusión de la absolución exógena: Creer que la mera absolución ritual de una institución o el perdón otorgado por la víctima dejan al ofensor automáticamente limpio de culpa.
─ La confusión entre apaciguamiento y sanación: Suponer que porque la víctima ya no guarda rencor, el agravio ha desaparecido del registro cósmico.
El mensaje de Jesús restituye la soberanía del alma individual y la necesidad del arrepentimiento sincero: el perdón de la víctima (el hecho de su sanación) no constituye la limpieza real del ofensor; para tal purificación se requiere del arrepentimiento sincero por su parte y de la acción de Dios, cuando el ofensor así lo desee.
Cada alma es una entidad viva con su propio ritmo y responsabilidad ante las leyes divinas. Ninguna persona puede arrepentirse «por» otra, ni ninguna absolución externa puede sustituir el giro interno de la voluntad del pecador.
El verdadero arrepentimiento no es una mera culpa intelectual ni un remordimiento superficial; es una contrición que alcanza la masa profunda del alma. Dado que la psicología humana es ciega a las complejas ramificaciones del trauma que genera en otros, solo Dios conoce la «cifra» o la ecuación exacta del alma: la medida justa de dolor, toma de conciencia y transformación que se requiere para desmantelar el engaño del ego o fachada.
Cuando el penitente experimenta ese arrepentimiento genuino y recurre al Padre en oración, Dios borra la ofensa. Esto significa que la huella energética es erradicada de su alma, liberándolo del ajuste doloroso exigido por las leyes (ley de compensación, ley de causa y efecto, etc.). Es ahí donde la dimensión vertical absorbe, purifica y perfecciona lo que el plano horizontal jamás habría podido reparar por sus propias fuerzas.