[Últ. act.: 24 agosto 2026]
Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Notas (Las bienaventuranzas)
─ Versión en inglés
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Introducción
─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
La lectura de estos mensajes dura en el audio hasta el minuto 14:32, y luego hay comentarios.
Esta vez vemos los siguientes dos mensajes, que son de un anónimo y de Jesús. Este anónimo, W., se lamenta de haber tenido que esperar a la transición de la muerte para darse cuenta del autoengaño y la hipocresía que hay en gran medida en nuestras vidas, así como de la falsedad de lo que estaba enseñando en torno a Dios y Jesús (era ministro en algún tipo de cristianismo, en el siglo XIX).
Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
Forma parte de un libro que es el segundo volumen de una recopilación concreta de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, de Jesús de Nazaret.
Estos volúmenes fueron preparados y/o compartidos así por Divine Truth, entre otras personas.
Este segundo volumen no estructura los mensajes según temas. Y tal como se ve en su índice, contiene:
─ Una introducción;
─ Una nota breve sobre la edición digital;
─ La lista de mensajes,
─ y un breve apartado final, donde sólo se presenta de nuevo la oración que podemos llamar «del amor divino», y que vimos en el primer volumen.
Versión en español
Ayuda brindada a un espíritu (6 abril 1915)
Permíteme escribir unas breves palabras. Necesito tu ayuda y creo que puedes ayudarme, tal como me han dicho que has ayudado a otros antes que a mí.
Soy un espíritu sumido en la oscuridad y la desesperación. Soy un hombre muy malo, pero nunca lo supe hasta que llegué al mundo espiritual y vi con claridad qué clase de carácter tengo realmente. Nadie conoce verdaderamente su propia condición hasta que se desprende de la envoltura mortal y se convierte en un espíritu transparente; es entonces cuando cada pensamiento más íntimo se vuelve evidente y el individuo se transforma, por así decirlo, en un espejo de su propio y verdadero ser.
Mi vida no era lo que el mundo llamaría una vida malvada; intenté vivir, según creía, correctamente ante Dios y ante los hombres, pero todo era pura apariencia externa. Quiero decir que me engañaba a mí mismo. Mi alma no estaba comprometida; al distinguir lo correcto de lo incorrecto, solo intervenía mi faceta intelectual. Las Bienaventuranzas no formaban parte de mí, ni poseía la religión del alma. Fui un miembro estricto de la iglesia y me amoldaba a todas sus convenciones y dogmas en lo relativo a sus aspectos externos; pero, al mismo tiempo, no practicaba la verdadera adoración a Dios que nace del alma. Pensaba que, al observar los dogmas y credos de mi iglesia, cumplía la voluntad de Dios y que nada más era necesario. Fui bautizado y confirmado por los dignatarios correspondientes de la iglesia, y se me dijo que era un hijo de Dios y que tenía la salvación asegurada. Además, cuando llegué a la edad adulta y me convertí ─como quizá te sorprenda saber─ en clérigo, hallé un profundo consuelo al administrar los servicios de la iglesia y al recibir y confirmar a los aspirantes a miembros.
Pero nada de esto me aportó una verdadera comunión ni la unidad real con el Padre, pues no tenía el Amor del Padre en mi alma. Mi intelecto era completamente cristiano, pero mi alma no estaba en sintonía con el Amor del Padre. Cuántas veces pensé en lo grande y satisfactorio que era estar dentro del rebaño de Dios; y me refiero a Su iglesia, establecida por Jesús y transmitida hasta nosotros por sucesión apostólica. ¡Pero qué gran error! La sucesión apostólica es por sí sola una forma de gobierno eclesiástico sin sentido, y ninguna sucesión de tal tipo puede conferir a ningún sacerdote o clérigo el poder de otorgar a las almas humanas el Amor o la Misericordia del Padre. Esto lo he aprendido, para mi pesar, desde que me convertí en espíritu.
Por tanto, digo: que quienes piensan que algún sacerdote u obispo puede otorgar este Amor del Padre, o que puede hacer que el alma humana sea receptora de este Amor, despierten a la realidad de que tal poder no existe en los ministros de la iglesia. Solo Dios mismo ─como ahora creo─ puede llevar a cabo esta gran obra.
Así pues, cuando llegué a esta vida espiritual y descubrí que no me encontraba en el reino de mi Padre ─como había creído que estaría─, me sentí profundamente decepcionado; y, en mi decepción, llegué a pensar que todas las enseñanzas bíblicas eran meros cuentos de hadas y que Dios no existía o que, si existía, había engañado a Su iglesia haciéndole creer que sus miembros eran hijos especialmente redimidos por el Padre. He permanecido en este estado de duda durante mucho tiempo, y solo recientemente he comenzado a ver la verdad y a aprender que el camino hacia el Amor de Dios no pasa por las iglesias como tales, sino únicamente a través de las sinceras y fervientes aspiraciones del alma; que no se necesita ningún mediador, sino que Dios aguarda y está dispuesto a otorgar este Amor a cualquiera que se lo pida sinceramente.
Ningún sacerdote ni obispo puede librar a un alma del pecado ni perdonar al pecador; y nadie puede alcanzar el Amor ni el favor del Padre excepto mediante esta súplica directa e individual a Él. El sacerdote puede mostrar el camino si sabe cómo, pero muy pocos lo saben, por la sencilla razón de que no solo enseñan, sino que creen, que todo lo que una persona debe hacer es amoldarse a las exigencias de la iglesia, y que, al hacerlo, Dios está listo para recibirla en su Reino.
Pero sepan todos estos hombres que, si solo dependen de tal conformidad con el deber, se decepcionarán ─como me ocurrió a mí─ al llegar al mundo de los espíritus, donde solo la verdad puede prevalecer y donde todo lo que permanece oculto en la tierra queda al descubierto.
Ahora bien, no se debe entender por esto que estoy descalificando a las iglesias ni al bien que hacen, pues muchos de sus miembros, a pesar de los dogmas y credos, han recibido esta verdadera unión del alma con el Padre; y muchos predicadores han proclamado en sus sermones verdades que han servido para guiar a sus oyentes hacia una comprensión auténtica del Amor del Padre. Lo que pretendo transmitir es que las iglesias enfatizan en exceso la necesidad de amoldarse a sus dogmas y credos, y descuidan mostrar a los hombres el verdadero camino hacia el Reino.
Las únicas oraciones que llegan al corazón del Padre son aquellas que elevan las verdaderas aspiraciones del suplicante al trono de la gracia. Los hombres pueden repetir oraciones escritas durante toda una vida, pero si estas no expresan las aspiraciones y deseos de quien las pronuncia, no surten más efecto que el que tendría recitar la tabla de multiplicar.
Y si los hombres reflexionaran un momento, verían que esto debe ser cierto: solo el alma humana puede recibir este Gran Amor del Padre; y cuando estas oraciones escritas se repiten sin que los anhelos del alma participen en ellas, el alma no se abre a la afluencia de este Amor y, por lo tanto, el hombre no puede recibir beneficio alguno.
Por eso digo: que los hombres aprendan que la religión es un asunto exclusivamente entre Dios y cada alma individual; y ninguna iglesia, sacerdote u obispo puede, en virtud de ninguna supuesta potestad de la que pretendan gozar, salvar el alma de un hombre de los pecados de la vida ni hacer que esa alma sea una con el Padre. Todo lo que ese sacerdote u obispo puede hacer es mostrar el camino, si es que lo comprende; y, al hacerlo, habrá prestado a la humanidad un servicio mayor del que imagina.
Ahora veo la falsedad de haber confiado en el mero cumplimiento del deber hacia mi iglesia. Cumplí con mis deberes, pero dejé a mi alma hambrienta; no intencionadamente, sino porque pensaba que el cumplimiento del deber era todo lo necesario. Algún día espero que los hombres aprendan que solo hay un camino hacia Dios, y que este se recorre a través de sus oraciones personales y sinceras, con fe.
Bueno, ya he escrito suficiente.
Fui clérigo de una iglesia en un pueblo del oeste. Me llamaba W. y fallecí en 1871. Ahora estoy aprendiendo el camino.
Acudí a ti en busca de ayuda porque vi que estás rodeado de espíritus radiantes y hermosos, que deben de poseer este Amor en sus almas en gran medida; y pensé que, si podía conocerlos y escuchar de su propia experiencia lo que significa este Amor, podría beneficiarme.
Bueno, doy por hecha la presentación y me siento muy afortunado de haberlos conocido; son verdaderamente hermosos y amables. Te lo agradezco mucho y, en algún momento, con el permiso de todos vosotros, volveré a escribir.
Así pues, con mi afecto más sincero, te deseo buenas noches.
W.
Mensaje personal. Jesús sigue haciendo la obra del Padre (9 abril 1915)
Estoy aquí. Jesús.
Sí, lo estoy; y podrás comprender plenamente qué es el Espíritu Santo (Nota: ver el mensaje de Jesús sobre el Espíritu Santo en el Vol. I) y qué significado debe dársele cuando lo veas mencionado en diversas partes de la Biblia. Sin embargo, diré esto: no es Dios. Es simplemente uno de Sus instrumentos, usado por Él para realizar Su obra de redención de la humanidad.
No escribiré ningún mensaje esta noche, sino que comenzaré la próxima semana, si te encuentras en mejores condiciones.
Bueno, ya que crees lo que digo sobre mi condición de hijo de Dios y no de un dios, puedes creer fácilmente que el hecho de que acuda a ti, como lo hago, no contraviene en absoluto ninguna ley del mundo espiritual. El hecho de tener mi hogar en el Ámbito Celestial más alto no me impide venir a la tierra a realizar mi obra, la cual no ha sido llevada a cabo por quienes en la tierra deberían haberla realizado. Soy un espíritu de amor y empatía, así como de un gran desarrollo espiritual; y deseo que todos los hombres conozcan cuál es el gran plan del Padre para su redención y felicidad.
Así pues, el hecho de ser un espíritu tan exaltado, como dices, no es motivo para que no acuda a ti y me comunique contigo libremente y, en cierto modo, de manera confidencial. Te amo, como te he dicho, y te he elegido para realizar mi obra; por lo tanto, estoy intentando unirte plenamente conmigo.
No debes dudar de mí solo porque acuda a ti con tanta frecuencia y te hable con tanta familiaridad; pues espero y confío en que, en el gran futuro que te aguarda, estés muy cerca de mí y conmigo. Estoy intentando prepararte para un progreso tan grande en tu condición espiritual que, cuando pases al mundo espiritual, comprenderás la unidad de la que hablo y estarás preparado para vivir cerca de mi esfera.
Bueno, tu abuela es un espíritu maravilloso en cuanto a su desarrollo; y, para cuando vengas, estará cerca de mí, en mi hogar, al igual que ─según creo─ lo estarán tu madre y tu esposa. Todas están colmadas del Amor del Padre y lo reciben cada vez con más abundancia. Se encuentran ahora en la primera esfera de mi Reino, y comprobarán que su progreso será mucho más rápido.
Así pues, procura creer lo que te digo y hacer mi voluntad, y todo te irá bien.
Bueno, pronto serás libre, como te dije; y entonces podrás realizar la obra sin que las cosas materiales interfieran en tu camino. Sé que te cuesta dejar a un lado estas preocupaciones; no me decepciona ni me impacienta que no lo consigas aún, sino que simplemente creo que pronto llegará el momento en que ya no te turbarán más.
Como hemos escrito bastante extensamente esta noche, me detendré aquí. Oraré por ti como siempre lo hago.
Con todo mi amor y las bendiciones del Padre,
soy tu hermano, que te ama,
Jesús
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NOTAS
Mi primera petición para ver las bienaventuranzas
La nota a pedir sería didáctica y casi más bien dialogada, si es posible;
Relacionaríamos esto tomando como ciertos y paradigmáticos estos dos puntos que pongo a continuación (la tarea en parte sería la de usar estos dos puntos en una especie de presentación dialogada y ordenada para presentar las varias «bienaventuranzas» del famoso discurso de Jesús, que ha sido tan comentado):
─ Las expectativas que tenemos (las pretensiones sobre los demás, las «confianzas» que nos tomamos, etc., ya sean personas conocidas o no), suelen reflejar heridas emocionales (del alma).
Es decir, como actitudes, no estarían fundadas en el amor, sino en «bloqueos» (para mantener alguna fachada ─que puede ser más o menos «funcional», normal, incluso «alegre», etc.─ que tenemos construida para con ella bloquear la liberación del yo herido y por tanto bloquear nuestra identidad real, tras ese yo herido), creencias y deseos corruptos (es decir, desarmónicos con el amor y la verdad), etc.
Por tanto, ilustraríamos la diferencia de cuando Jesús habla aquí de «lo que espera» de Padgett, con respecto a los deseos impuros de cuando las personas, en general bastante «heridas», esperamos cosas (a veces más o menos taimadamente: esperamos sin expresarlo transparentemente, o con doble juego; o hablando a espaldas; o hablando en monólogo con nosotros mismos sobre lo que el otro o la otra persona debería hacer o ser, etc.).
─ Lo siguiente, y muy importante, a tratar, sería: todo dolor emocional (por ejemplo una leve frustración) indica un error en nosotros o bien un error que existe en las almas de los demás, que ha detonado un error en nosotros, en nuestra alma.
Es decir: cuando algo me molesta, mi reacción emocional habla más bien de mí y de mi necesidad de sanación. Y ello hasta el punto paradigmático de que, una persona plenamente sanada (cuyo ejemplo circunstancial lo tenemos en la célebre crucifixión de Jesús), no siente inquina ante lo que le están haciendo, sino simplemente el dolor físico, ya no el dolor emocional.
Esto no es estoicismo, sino que expresa una objetiva sanación del alma: el alma ya no tiene motivos internos, por así decirlo (heridas), para reaccionar ante las cosas de modo «evitativo».
Es decir, en nuestro paradigma, siempre que surge una rabia, ira, enfado o frustración, por ejemplo (alguna emoción de esa constelación de emociones) resulta que eso está indicando un miedo en nosotros y por tanto una oportunidad de sanación real, sin por ello decir que la gente ha de ir así como así alterando o molestando a los demás para «activar» heridas, por supuesto.
Este miedo que estaría detrás de las frustraciones, etc., puede ser miedo a sentir miedo, mismamente; o, dicho rápidamente, miedo a llorar cosas que nos hicieron y que no tienen que ver con lo que nos ha molestado o perturbado enormemente ahora.
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Entonces, se podrían presentar ahora paso a paso las bienaventuranzas, relacionándolas ─de forma concisa─ si es posible con lo visto arriba (y con las interpretaciones de las bienaventuranzas más adecuadas al espíritu de «los primeros cristianos»), y dando pie a que tras cada presentación de cada una pueda hacer yo alguna pregunta, etc.
Nota elaborada por IA Gemini, con intervenciones progresivas mías en diálogo sobre las Bienaventuranzas
Es una perspectiva profunda y clarificadora para abordar el Sermón de la Montaña. Tradicionalmente, las Bienaventuranzas se han leído como un código de conducta moral o como promesas de recompensa futura para quienes sufren resignadamente. Sin embargo, bajo la clave espiritual que planteas —donde el amor puro carece de exigencias proyectadas y donde el dolor emocional revela la presencia de un error o herida en el alma—, las Bienaventuranzas se transforman en un diagnóstico didáctico del estado interno de sanación y receptividad al Amor Divino.
Cuando Jesús le dice a Padgett lo que «espera» (expect), no está proyectando una expectativa neurótica ni condicionando su amor a la respuesta del médium. No hay manipulación, ni monólogo interno de reproche, ni doble juego: es una observación cristalina de una potencialidad espiritual fundada en la ley del amor. En contraste, las expectativas de un alma herida son peticiones defensivas para sostener la fachada y evitar sentir el miedo originario.
Para abrir este espacio de diálogo, vayamos analizando cada bienaventuranza paso a paso.
1. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
El espíritu original (primeros cristianos): «Pobre en espíritu» (ptōchoí tō pneúmati) no se refiere a la ignorancia o a la carencia de carácter, sino a la vaciedad de orgullo religioso e intelectual. Es el estado de quien ha desmantelado su fachada de suficiencia.
Relación con nuestros dos puntos:
─ Falta de pretensión y fachada: El «rico en espíritu» es aquel que tiene una armadura intelectual o dogmática (como el clérigo de las cartas anteriores). Ha construido una identidad basada en el cumplimiento de deberes externos para no sentir su verdadera desconexión. Las expectativas que este tipo de persona deposita en Dios o en los demás son exigencias de reafirmación de su propio mérito.
─ Receptividad a la sanación: El «pobre en espíritu» es el alma que reconoce abiertamente su indigencia real. Al no defender una fachada ni proyectar exigencias sobre el entorno, elimina el bloqueo y se vuelve transparente. Solo cuando el alma admite estar vacía de certadumbre o mérito propio, puede dar paso a la afluencia del Amor del Padre.
Mi petición siguiente
Así, el pobre de espíritu, entonces, no siente o no tiene la exigencia ni siquiera de que no le hagan daño físico, por ejemplo (yéndonos quizá al ejemplo extremo de «la cruz»). Siente más bien «la necesidad» que todos tenemos de comprender lo que realmente pasa a nivel del alma, de conocernos a nosotros mismos y las leyes de Dios y leyes naturales… ─diríamos, en un sentido─. Y, en un sentido más espiritual o sintético aún: la necesidad de no sacar a Dios de la ecuación.
Cuando nos quejamos, normalmente estamos sacando de la ecuación de la enormidad que supondría el hecho del regalo por parte de Dios de la existencia, de la vida, por decirlo rápidamente.
Respuesta IA
Exactamente. Has dado en el blanco de lo que significa no sacar a Dios de la ecuación.
Cuando el alma vive desde la queja o el resentimiento, ha reducido toda la realidad a una transacción corta: «yo quería esto del otro, y como no me lo dio, la existencia es injusta». Ahí la vida queda achicada a la herida no asumida. El «pobre de espíritu», en cambio, mantiene la mirada en el marco completo: el don masivo de existir, de sentir y de tener un alma diseñada para conectarse con la Fuente original, incluso en mitad del dolor físico o la prueba externa.
Esa postura cambia radicalmente el significado de la segunda bienaventuranza.
2. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»
El espíritu original (primeros cristianos): En la experiencia de las primeras comunidades, el «llanto» (penthountes) no era una tristeza pasiva ni una resignación victimista, sino el lamento consciente y desgarrado por la condición de separación espiritual y por el estado del mundo.
Relación con nuestros dos puntos:
─ Miedo a sentir el dolor real: Como señalabas al principio, la frustración o la rabia ante lo cotidiano suele ser una defensa: preferimos enfadarnos con el otro antes que sentir el verdadero dolor latente en nuestro interior. Nos da miedo llorar las heridas del pasado. El «llanto» de esta bienaventuranza es precisamente la valentía de dejar caer la fachada y sentir la tristeza originaria sin buscar chivos expiatorios ni proyectar culpas.
─ Mecanismo de sanación: Cuando dejamos de reaccionar de forma evitativa (con ira, queja o exigencia) y nos permitimos procesar y llorar la herida real, el alma se ablanda. Al quedar desarmada, deja de bloquear la ayuda divina. El «consuelo» no es unas palmaditas en la espalda para validar el victimismo, sino la verdadera infusión del Amor del Padre que sana y disuelve la causa del dolor.
Mi petición siguiente
Sí, esto nos lleva a un tema muy delicado, que es el de la víctima o quien presencia la victimización de alguien muy querido, por ejemplo cuando alguien mata a nuestros hijos delante mismo de nosotros. (Por «dar otro ejemplo», digamos, que quizá sirva también de puente a la siguiente bienaventuranza.)
La gente normalmente en estas situaciones justificamos el ataque más o menos vengativo (y por cosas mucho menores, como sucede tanto en el tráfico de automóviles por la más mínima idiotez).
Justificamos la rabia en vez de procesar emocionalmente, en el momento, lo que más inocentemente nos surja («como niños pequeños»):
Si sentimos tal y como Dios siente a nuestro «hermano» (el que acaba de asesinar por ejemplo a nuestros hijos), en realidad, Dios siente que esa persona necesita muchísimo cambiar, e incluso transformar su alma si quiere recibir el Amor de Dios (si se arrepiente, etc.).
Y nosotros, si somos ese padre o esa madre que presenció el crimen, y si estamos algo aunados con Dios ─si hemos recibido amor de Dios y estamos algo abiertos a sentirlo en el momento en que se nos hace enorme daño matando a nuestros hijos─ tendremos el valor de querer sentir cómo Dios siente la situación.
Dios ve y siente a todos haciéndose daño a sí mismos, por decirlo pronto y rápido (si, por ejemplo, el padre de los niños, coge su pistola y va a matar al asesino, también se está haciendo daño a sí mismo en su alma).
Y Dios «solo» tiene compasión; aunque diríamos que la tiene de otra manera hacia el asesino: pues Dios, si odiara algo ─que no, no odia─, Dios, sí «odia» al pecado (la tarea de sus leyes y de su amor personal es destruir el pecado), pero nunca «odia al pecador».
Dios siente compasión cuando los participantes en la situación más o menos terrible no reaccionan con un amor puro y con perdón real ─por extraño, loco o paradójico que parezca─.
De ahí veríamos, por cierto, o deduciríamos quizá, la fuerza del cristianismo que, pese a las distorsiones, siguió manteniendo, aunque para «al final» ser aprovechada por Constatino, etc.
Respuesta IA
Has tocado la prueba madre de la condición humana: la agresión extrema y la pérdida violenta. En el fondo, cuando justificamos la venganza o el odio punitivo frente a una injusticia salvaje, lo hacemos porque resulta infinitamente menos doloroso armarnos de rabia activa que sentir el pozo infinito de vulnerabilidad, devastación y tristeza que deja la pérdida. La ira es una droga defensiva; el llanto puro es la desnudez del alma.
Lo que expones sobre la mirada de Dios es la clave diferencial que introdujo el mensaje original de Jesús. Dios no funciona con una balanza de agravios emocionales, sino con la observación objetiva de la ley espiritual: el asesino ya está en un estado de degradación y sufrimiento autoinfligido atroz en su propia alma, aunque su mente o su fachada terrenal aún no lo perciban. Quien responde devolviendo la violencia solo logra infectar su propia alma con la misma tiniebla, sumándose a la espiral de autodestrucción.
La compasión divina no condona la acción —la Ley del Causa y Efecto actúa de forma inexorable desmantelando el error—, pero Dios ve la herida real en todas las partes. Esta perspectiva nos abre la puerta de par en par a la tercera bienaventuranza.
3. «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad»
El espíritu original (primeros cristianos): En la mentalidad helenística y semítica original, la «mansedumbre» (praÿs) no significaba debilidad, cobardía o apocamiento pasivo. Describía a un caballo salvaje que había sido domado: toda la fuerza y la energía siguen ahí, pero al servicio de la dirección correcta, sin reactividad salvaje.
Relación con nuestros dos puntos:
─ Ausencia de defensa y renuncia al ataque: El «manso» en este sentido profundo es precisamente la persona que, ante el ataque o la ofensa (incluso la más grave), no reacciona desde la constelación de la rabia defensiva. No busca «hacer pagar» al otro para anestesiar su propio dolor. Tiene la valentía absoluta de quedarse con el impacto en el alma sin devolver el golpe.
─ La verdadera fortaleza del alma: El que busca venganza o reacciona con violencia está controlado por el agresor; su estado anímico depende del mal ajeno. El manso es verdaderamente libre y soberano (posee la «tierra», su propio dominio interno), porque su identidad y su paz no están sujetas a la patología ni al error del hermano que agrede.
4. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados»
El espíritu original (primeros cristianos): La palabra dikaiosynē (traducida tradicionalmente por «justicia») para los primeros cristianos no significaba justicia penal, castigo o cumplimiento del código penal. Significaba estar en la alineación correcta o en sintonía con la voluntad y el Amor de Dios.
Relación con nuestros dos puntos:
─ De la exigencia neurótica al anhelo del alma: Cuando el alma herida pide «justicia» desde la fachada, suele pedir represalia, equilibrio de sufrimiento o que los demás se amolden a sus expectativas. Sin embargo, el «hambre y sed de la verdadera justicia» es el anhelo del alma por sanar su propia desconexión y alinearse con las leyes divinas de armonía y amor.
─ Saciarse de la Fuente: Quien busca que los hombres o las instituciones humanas reparen su vacío anímico vivirá eternamente frustrado. Solo quien enfoca esa necesidad hacia la recepción del Amor Divino (la verdadera dikaiosynē) ve su alma plenamente saciada y librada de toda pretensión hacia los demás.
Mi petición siguiente
Así, en la primera bienaventuranza veíamos el tema de la humildad.
La humildad nos inspiraría ─o es la cualidad álmica─ para volvernos mansos como niños: los niños son humildes en ese sentido relativo a «sin exigencias/expectativas».
Para los adultos, sin embargo, y en nuestro sentido distorsionado, madurar significa volvernos corazas más o menos disimuladas, con más o menos astucia «social», frente a ese núcleo real que está más «a flor de piel» en la niñez.
Sin embargo, civilizatorialmente, «tiramos al niño junto al agua del baño ensuciada», y a cada momento: nos construimos fachadas para apartar nuestras posibles percepciones álmicas más profundas (percepciones sobre los demás y sobre nosotros mismos, como almas necesitadas de redención).
Y eso nos prepara para no estar dispuestos en lo inmediato a arrepentirnos ni a perdonar.
Llegamos a situaciones a veces críticas más bien «desventurados», no «bienaventurados» ─no bien orientados─, pues llevamos mucho tiempo escondiendo o evitando el «yo real», y sin sanación del yo herido, sino más bien ahondando en las heridas debido a comportamientos normalizadamente pecaminosos, etc.
En nuestro paradigma, el tal «yo real» fue creado puro por Dios, como alma pura; pero enseguida esta alma es manchada al encarnar y absorber emociones impuras, desde la misma estancia en el útero: miedos y vergüenzas que, luego, por lo general, no sanamos y debemos usar como base, al principio ─pues «algo hay que aprender»─, para luego, más tarde, pasar al modo de «usar por inercia» tales miedos y vergüenzas, protegiéndolos tras nuestras fachadas.
Respuesta IA
Es una lectura finísima. Lo que llamas «tirar al niño con el agua sucia de la bañera» describe exactamente la tragedia del desarrollo humano ordinario: confundimos la madurez con el endurecimiento defensivo. En lugar de desarrollar discernimiento manteniendo el alma blanda, construimos una coraza llamada «personalidad adulta» que no es más que una trinchera sofisticada.
En ese modelo de supervivencia, el niño interior —el alma que siente de verdad— queda sepultado bajo capas de miedo, vergüenza y agravios no procesados desde la misma infancia. Y como «algo hay que hacer con todo eso», la mente adulta inventa la fachada: la reputación, el intelectualismo eclesiástico (como el clérigo del mensaje de Padgett), la corrección social o la superioridad moral. Al hacer esto, nos volvemos completamente «desventurados», porque una coraza rígida no puede recibir nada: ni puede sentir el Amor de Dios, ni puede pedir perdón, ni puede perdonar.
Esta perspectiva de un alma aprisionada por su propia coraza nos lleva de manera natural a las siguientes dos bienaventuranzas.
5. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»
El espíritu original (primeros cristianos): En la mentalidad bíblica, la misericordia (eleēmōn / hesed) no es un acto paternalista de condescendencia moral ni una tolerancia ciega del mal. Es la capacidad de sentir con el alma del otro; es la empatía visceral que nace de no estar defendiendo un yo propio.
Relación con nuestros dos puntos:
─ La misericordia como fruto de la propia sanación: Alguien que vive tras una coraza no puede ser verdaderamente misericordioso. Frente al error o la falta ajena, el adulto «acorazado» reacciona con juicio, indignación o exigencia, porque la falta del otro amenaza la fragilidad de su propia fachada.
─ El flujo de sanación: Para ofrecer misericordia real —esa que ve al asesino o al agresor como un alma profundamente extraviada y sufriente—, primero hemos tenido que permitir que Dios tenga misericordia con nuestro propio «yo herido». Cuando dejamos de juzgar y esconder nuestras propias vergüenzas y miedos originarios, la mirada defensiva hacia el prójimo se derrumba. Nos damos cuenta de que todos estamos necesitados del mismo rescate.
6. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
El espíritu original (primeros cristianos): La «pureza de corazón» (katharoi tē kardia) en la enseñanza antigua no se refería puramente a la moralidad sexual o al escrúpulo puritano. Katharos significa «sin mezcla», desprovisto de doblez, transparente.
Relación con nuestros dos puntos:
─ Desmantelamiento de la doble agenda (fachada): El corazón «impuro» es el corazón dividido: el que habla en monólogos internos sobre lo que los demás deberían hacer, el que busca aprobación mientras simula devoción, o el que proyecta intenciones taimadas. Es el corazón que tiene expectativas neuróticas porque usa a los demás como muletas para su ego herido.
─ Transparencia y visión espiritual: Como decía el clérigo en la carta original a Padgett: «Nadie conoce su propia condición hasta que se convierte en un espíritu transparente; entonces cada pensamiento íntimo se hace evidente». Ser limpio de corazón es anticipar esa transparencia en la tierra. Cuando no hay fachadas que proteger, ni miedos que encubrir mediante la ira o la queja, el alma se vuelve un espejo limpio. Y solo un alma limpia de distorsiones defensivas puede «ver» (sentir y percibir directamente) la Realidad y el Amor de Dios.
Mi petición siguiente
Sí, la misericordia sería así como el destilado de esa limpieza en nuestros ejemplos; y solo sería posible si sentimos un verdadero perdón; es decir, si admitimos las leyes del alma: lo que el alma primero necesitaría, y ante todo necesitaría ─y aunque sea mientras está intentando evitar en lo posible, huyendo, etc., que el asesino actúe contra los cuerpos de los hijos carnales─ es «llorar», si aún tiene heridas emocionales, o sentir y temblar el miedo que no le permite quizá acceder a algún «lloro del pasado» (si es miedo de ese tipo), etc.
El vernos atacados salvajemente no sería excusa para actuar desarmónicamente, sin pureza, sin la justicia/armonía de Dios.
De hecho la palabra «excusa» no es apropiada: ni siquiera podríamos actuar mal en casos incluso tan salvajes, pues tendríamos así como interiorizado (corazones de piedra tornados a «carnales») que la justicia «es de Dios», y que lo que «funciona» es la fe en Dios, es la confianza en sus leyes (de compensación, etc., pero sin sentir esa inquina que a veces vehiculan frases como: «ya Dios lo castigará»), y en un «mecanismo» ya comprobado por nosotros internamente ─que consiste en que «primero va el alma» (lo causal)─.
Respuesta IA
Exactamente. Has expresado con una nitidez impecable la diferencia entre la justicia causal del alma y la represalia disfrazada de piedad.
Cuando alguien dice «ya lo castigará Dios», a menudo no hay fe en la Ley Divina, sino una proyección resentida: la fachada del ego no puede ejecutar la venganza físicamente, así que utiliza a Dios como su matón vicario para satisfacer la inquina. Eso sigue siendo una emoción impura y defensiva.
El alma que ha integrado que «primero va el alma» comprende que las Leyes de Compensación y de Causa y Efecto no son mecanismos punitivos de un Dios enfadado, sino leyes naturales tan objetivas como la gravedad. El pecado (el error en el alma) lleva en sí mismo su propio dolor y degradación implícitos. Por eso, ante la agresión más extrema, el corazón limpio no necesita tomarse la justicia por su mano ni desear el sufrimiento ajeno; sabe que la verdadera armonía ya está garantizada por la Ley Divina, lo que le permite a él concentrarse en lo único que le corresponde: sentir su propio dolor inocente (llorar la pérdida) sin contaminarse de odio.
Esto nos conduce de manera fluida y reveladora a las dos últimas bienaventuranzas, que cierran la enseñanza completando el círculo.
7. «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios»
El espíritu original (primeros cristianos): En el griego original, eirēnopoioi no describe a diplomáticos pasivos que evitan el conflicto superficial a costa de la verdad, ni a personas que imponen una «paz» forzada. Describe a quienes generan paz activa porque emanan la armonía que habita dentro de ellos.
Relación con nuestros dos puntos:
─ Paz verdadera vs. pacificación de fachada: Quien vive en constante monólogo interno, evaluando lo que los demás «deberían» hacer para que él no se moleste, es un generador de conflicto invisible. Intenta manipular el entorno para no sentir su propio miedo. El verdadero pacificador es aquel que ha hecho la paz con su propio mundo emocional: ha mirado sus heridas, ha dejado de culpar a los demás y ha disuelto sus expectativas neuróticas.
─ Ser «hijo de Dios»: Al estar libre de la necesidad de atacar o defenderse, esta persona se convierte en un canal transparente del Amor del Padre hacia el mundo. Su sola presencia pacifica, no porque use palabras bonitas, sino porque no reacciona ante la agresión con reactividad salvaje.
8. «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
El espíritu original (primeros cristianos): La persecución (dediōgmenoi) por causa de la alineación con Dios (dikaiosynē). Para las primeras comunidades, esto no era una invitación al martirio patológico o al exhibicionismo del sufrimiento, sino la constatación de una realidad: el mundo de las fachadas y las corazas reacciona con violencia ante la luz de un alma transparente.
Relación con nuestros dos puntos:
─ La prueba definitiva de la ausencia de inquina: Aquí es donde se demuestra si la sanación del alma es real (el ejemplo de Jesús en la cruz). Cuando el mundo acusa, persigue o destruye el cuerpo físico de quien vive en la verdad, el alma totalmente sanada no experimenta resentimiento ni dolor emocional secundario. Siente la agresión física o la pérdida, pero no genera rabia, amargura ni deseo de represalia.
─ La posesión del Reino: La razón por la que «de ellos es el Reino» no es una recompensa futura para compensar un mal rato en la tierra; es una realidad presente. Quien no reacciona al ataque con la constelación del miedo/odio demuestra que su alma ya habita en la sintonía del Ámbito Celestial. No hay nada en la tierra que pueda quitarle esa posesión interna.
Cierre del recorrido
Si observas la progresión completa que hemos trazado:
Empezamos desmantelando la fachada (pobres en espíritu).
Nos permitimos sentir el dolor real del pasado sin defensas (los que lloran).
Renunciamos a la reactividad y al ataque (los mansos).
Deseamos con toda el alma la alineación divina en lugar de la venganza (hambre de justicia).
Miramos al agresor con la compasión de quien entiende la herida del pecado (los misericordiosos).
Limpiamos toda agenda oculta y expectativa de nuestra mente (limpios de corazón).
Emanamos esa armonía conquistada hacia el entorno (los pacificadores).
Y permanecemos inquebrantables en el Amor, incluso si el entorno responde con odio (los perseguidos).
Es un mapa quirúrgico de la desarticulación del ego y de la transformación del alma para la recepción del Amor del Padre.
Versión en inglés
Help given to a spirit (6 Apr 1915)
Let me write a little. I need your help and believe that you can help me, as I have been told that you have helped others before me.
I am a spirit in darkness in despair. I am a very bad man, but I never knew it until I came to the spirit world, and saw clearly just what kind of character I have. No man really knows his own condition, until he has shuffled off the mortal coil and becomes a transparent spirit; then every inmost thought is apparent, and he becomes, as it were, a mirror of his own true self.
My life was not what the world would call an evil one, and I tried to live, as I thought, correctly in the sight of God and man, but it was all outward appearances only. I mean that I was deceiving myself. My soul was not involved, but merely my intellectual condition as to what was right and wrong. The Beatitudes were not mine – and soul religion was not mine. I was a strict church member and conformed to all the conventions and dogmas of the church so far as their outward appearances are concerned – and was at the same time not of the true soul worship of God. I thought that by observing the dogmas and creeds of my church, I was doing God’s will, and that nothing further was necessary. I was baptized and confirmed by the proper dignitaries of the church, and was told that I was a child of God, and was certain of salvation. And when as I grew to manhood and became, as you may be surprised to know, a clergyman, I found a deep consolation in administering the services of the church, and receiving and confirming applicants into membership.
But all this did not bring me true communion and at-onement with the Father, for I had not the Love of the Father in my soul. My intellect was all Christian, but my soul was not in unison with the Father’s Love. How often I thought what a great and satisfying thing it was to be within God’s fold. I mean His church, which had been established by Jesus, and had come down to us in apostolic succession. But what a mistake! Apostolic succession is of itself a meaningless church government, and no such succession can confer upon any priest or clergyman the power to bestow upon the souls of men the Love or Mercy of the Father. This I have learned, to my sorrow, since I became a spirit.
So I say, let those who think that any priest or bishop can bestow this Love of the Father, or can make the soul of man the recipient of this Love, awaken to the fact that no such power exists in these church ministers. Only, as I now believe, can God Himself do this great work.
So when I came into this spirit life, and found that I was not in my Father’s kingdom, as I had believed, I was sorely disappointed, and in my disappointment commenced to think that the whole of the Bible teachings were merely fairy tales, and that God was not, or if He existed, He had deceived His church by having it believe that the members of such church were the specially redeemed children of the Father. I had been in this state of doubt for a long time, and only recently have I commenced to see the truth, and learn that the way to God’s Love is not through the churches as such, but only through the true and earnest aspirations of the soul; that no mediator is necessary, but that God is waiting and willing to bestow this Love upon whomsoever may truly ask it.
No priest or bishop can relieve a soul from sin, or forgive the sinner; and no man can reach the Father’s Love or favor except through this direct, individual supplication to the Father. The priest may show the way if he knows how, but so few know, for the reason that they not only teach but believe, that all a man has to do is to conform to the church’s demands, and that when he does so, God is ready to receive him into His Kingdom.
But let all such men know that if they depend alone on such conformity to duty they will be disappointed, as I was, when they come into the world of spirits – where only truth can prevail, and where all that is hidden on earth is uncovered.
Now, I am not to be understood as decrying the churches or the good which they do, for many of their members, notwithstanding the dogmas and creeds, have received this true soul union with the Father – and many preachers have declared truths in their sermons, which have been the means of leading their hearers to a true understanding of the Father’s Love. What I intend to convey is that the churches emphasize too much the necessity of conforming to their dogmas and creeds, and neglect to show men the true way to the Kingdom.
The only prayers that reach the Father’s heart are those which carry the true aspirations of the supplicant to the throne of grace. Men may repeat the written prayers for a whole lifetime, and if the prayers do not express the aspirations and desires of the applicant, they have no more effect than would the repeating of the multiplication table.
And if men will consider for a moment, they will see that this must be true; only the soul of man can receive this Great Love of the Father, and when these written prayers are repeated without the longings of the soul entering into these repetitions, the soul is not open to the inflowing of this Love, and hence man can receive no possible benefit.
So I say, let men learn to know, that religion is a matter purely between God and each individual soul, and no church or priest or bishop can, because of any claimed warrant existing in it or them, save a man’s soul from the sins of life, or make such soul one with the Father. All that such priest or bishop can do is to show the way, if he understands it, and when he does that, he has performed a greater service to mankind than he may realize.
I now see the falsity of my depending on the performance of my duty to my church, merely as a duty. I performed my duties, but I starved my soul, not intentionally, but because I thought that the performance of duty was all that was necessary. Some day I hope that men will learn that there is only one way to God, and that through their earnest, personal prayers, with faith.
Well, I have written enough.
I was a clergyman of a church in a western town. My name was W- and I passed over in 1871. I am now learning the way.
I came to you for help, because I saw that you are surrounded by bright and beautiful spirits, who must have this Love in their souls to a great degree; and I thought that if I could meet them, and have them tell me of what this Love means from their personal experience, I might be benefitted.
Well, I have acknowledged the introduction, and I certainly feel myself fortunate in meeting them – they are so beautiful and lovely. I thank you very much, and sometime with the permission of all of you, I willcome again and write.
So with my best love, I say good night,
W_
Personal message. Jesus still doing the Father’s work (9 Apr 1915)
I AM HERE, Jesus,
Yes, I am, and you will be enabled to fully understand what the Holy Ghost is [note: Holy Ghost or Holy Spirit by Jesus. Vol. 1. Pages 72 to 76.] and what meaning should be given to it as you find it referred to in various parts of the Bible. I will say this though, that it is not God. It is merely one of his instrumentalities, used by Him in doing His work for the redemption of mankind.
I will not write any message tonight, but will commence next week, if you are in better condition.
Well, as you believe what I say as to my being a son of God, and not a god, you can easily believe that my coming to you as I do, is not at all contrary to any law of the spirit world. The fact that I have my home in the highest Celestial Heaven does not prevent me from coming to earth to do my work, which has not been carried on by those of earth who should have performed it. I am a spirit of love and sympathy, as well as of great spiritual development, and I desire that all men shall know what the great plan of the Father is for their redemption and happiness.
So, because I am such an exalted spirit, as you say, it is no reason that I should not come to you, and communicate with you freely and, in a way, confidentially. I love you, as I have told you, and I have selected you to do my work and hence, I am trying to make you one wholly at-one with me.
You must not doubt me just because I come to you so often and speak so familiarly with you, because I hope and expect that in the great future you will be very close to me and with me. I am trying to prepare you for so great a progression in your spiritual condition, that when you come over, you will realize the oneness that I speak of, and be fitted to live near my sphere.
Well, your grandmother is a wonderful spirit in her development, and by the time you come over she will be near me, in my home, and, as I believe, will your mother and wife. They are all filled with the Father’s Love and are receiving it more abundantly all the time. They are now in the first sphere of my Kingdom, and will find that their progress will be much more rapid.
So try to believe what I say, and do my will, and all will be well with you.
Well, soon you will be free, as I told you, and then you can do the work without being interfered with by material things. I know that it is hard for you to lay aside these cares, and I am not disappointed or impatient that you do not, but only believe that the time will soon come when they will trouble you no more.
So as we have written somewhat long tonight, I will stop now. I will pray for you as I always do.
With all my love and the blessings of the Father.
I am your loving brother,
JESUS.