Una breve nota sobre el mensaje de Flavio Josefo del 3 de junio del 1916

Vamos a comentar un poco este párrafo del mensaje de Flavio Josefo (del día 3 de junio del 1916), que vimos en unplandivino.net/padgett-2-96/:

Los judíos reconocían la igualdad de la mujer en todo lo concerniente al hogar o a la vida doméstica, manteniendo la distinción que ya existía sólo en lo que respecta a los asuntos públicos y a las cualidades intelectuales: ni siquiera ellos permitían a las mujeres desarrollar sus facultades mentales, y se les enseñaba que ellas [las mujeres] pertenecían al hombre1 en cuanto a todos los asuntos relativos a la vida civil [state] o a la religión de la raza.

Podemos recordar aquí que tal pertenencia (de las mujeres a los hombres, en «lo social»), en aquel entonces, era ‘orgánica’ y absoluta:

En las culturas de hace 2000 años, no existirían en general mecanismos ni canales para que las mujeres interactuaran con la esfera civil.

Es una situación distinta a la de la época moderna, donde en ambientes también machistas, la mujer ya tiene capacidad jurídica (era ya reconocida como una persona), pero veía limitada su capacidad de obrar a figuras legales o burocráticas (como el permiso marital para abrir cuentas bancarias).

En la Antigüedad, por contra, dicha exclusión no era un escollo administrativo, sino un estatus ontológico o un estado natural. Por costumbre o precepto religioso, la mujer quedaba diluida bajo la figura del hombre en todo lo relativo al ‘Estado’ o la vida pública; una estructura que aún persiste en ciertas sociedades y culturas religiosas contemporáneas.

De todas maneras, para poder comparar realmente entre épocas y culturas, y para realmente sentir o saber algo coherente acerca de las actuales posibilidades de resurgimiento “reaccionario” más o menos brusco y violento (“revolucionario”: moralismos de todo tipo, etc.), tendríamos que tener en cuenta muchas cosas espirituales, es decir, relacionadas con las leyes que actúan sobre el alma, y que normalmente por ahora los seres humanos no podemos ni queremos concebir o entender.

Lo digo porque el pecado del aborto, por ejemplo, es hoy algo brutal y común: es algo que efectivamente asola hoy en día nuestras almas en la modernidad, con efectos concretos y masivos, ya que las almas, al degenerarse, crean sus propias condiciones vitales, individual y colectivamente.

Así, si tuviéramos que comparar modos de sociedad, etc., deberíamos tener en cuenta qué sociedades son más “asesinas” o más “degeneradas globalmente”, teniendo en cuenta “todo”; por ejemplo, incluyendo lo importante que es la vida inocente de los no nacidos y de los infantes, y, por lo tanto, lo importante que es la voluntad de los adultos que los rodean y las medidas “culturales” o políticas que rigen o puedan regir tales voluntades.

Habría que sopesar, por ejemplo, muchas cosas, en cada cultura o cada mezcla cultural: desprecio generalizado o no a la infancia; posibilidad de abortar para las mujeres; percepción de la vida humana en general como algo sagrado, o no tanto… etc.