Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español (y notas)
─ Versión en inglés
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Introducción
─ Enlace al audio: en ivoox
La lectura de estos mensajes en el audio dura hasta el minuto 26:21, y luego hay algunos comentarios sobre puntos clave del texto, o bien sobre temas que cabe dilucidar, o donde leo algunas notas.
Esta vez vemos los siguientes dos mensajes, que son de Lucas.
Para la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
Esto forma parte de un libro que es el segundo volumen de una recopilación concreta de las cartas o mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, de Jesús de Nazaret.
Estos volúmenes fueron preparados y/o compartidos así por Divine Truth, entre otras personas.
Este segundo volumen no estructura los mensajes según temas. Y tal como se ve en su índice, contiene:
─ Una introducción;
─ Una nota breve sobre la edición digital;
─ La lista de mensajes,
─ y un breve apartado final, donde sólo se presenta de nuevo la oración que podemos llamar «del amor divino», y que vimos en el primer volumen.
Versión en español (con notas al final)
Lucas: El desarrollo del alma en su amor natural, en el cual no se experimenta el Nuevo Nacimiento (3 febrero 1916)
Aquí estoy, Lucas.
Vengo esta noche a decir unas palabras acerca de la gran verdad del desarrollo del alma en su amor natural, en el cual jamás se experimenta el Nuevo Nacimiento.
Sé que los hombres piensan que este amor natural posee en sí mismo una parte de la Divinidad de la naturaleza del Padre, y que a medida que progresen en su purificación y se liberen de aquello que suele perturbar su armonía, constatarán que en sus almas existe esa Divinidad sobre la cual hemos escrito. Sin embargo, esto no es cierto, pues este amor natural participa únicamente de aquellos elementos que el Padre implantó en él al momento de la creación del hombre, y en ninguno de estos elementos reside cualidad alguna de la naturaleza Divina.
Resulta difícil explicar con precisión la diferencia entre el Amor Divino que emana del Padre y el amor natural que también proviene de Él y que, no obstante, carece de la naturaleza o las cualidades Divinas; pero es un hecho. El amor natural puede purificarse hasta alcanzar una perfecta armonía con las leyes que rigen su condición y composición y, aun así, estar muy lejos de albergar elemento alguno del Amor Divino.
Así pues, como ya te hemos explicado, el alma puede obtener este Amor Divino y, de este modo, participar de la Divinidad del Padre. Ahora intentaré explicar cómo puede desarrollarse el amor natural del hombre, a fin de que su alma entre en armonía con la ley del amor ─el amor natural─ y haga de él un ser sumamente feliz, puro y pleno.
En primer lugar, deseo decir que no existe en el mundo tal cosa como el pecado o el mal originales, y que Dios no los creó ni permitió que existieran, salvo en la medida en que permite al hombre hacer uso de su propia voluntad sin restricciones; y con esto quiero decir que Él no le impone al hombre, al ejercer dicha voluntad, que deba hacer esto o aquello; en lo que respecta a esta voluntad, el hombre es completamente libre. Pero Él sí afirma ─y Sus leyes son inexorables en este punto─ que cuando el hombre, al ejercer el gran poder del libre albedrío, hace que su voluntad entre en conflicto con la voluntad de Dios o viole Sus leyes, él, el hombre, debe sufrir las consecuencias.
Esto puede ilustrarse mediante vuestras leyes humanas que proclaman la libertad de prensa. El hombre puede publicar cuanto desee y, mientras no viole con ello los derechos ajenos ni la decencia pública, puede difundir sus escritos sin temor a la ley; pero cuando, al ejercer esta libertad de expresión ─como la llamáis─ infringe la ley, entonces debe sufrir las consecuencias de dicha transgresión.
Lo mismo sucede con el mortal que, al ejercer su libre albedrío, viola la Voluntad del Padre o las leyes que acotan dicho ejercicio. Debe sufrir las consecuencias; y es precisamente de los resultados de esta violación de donde nacen el pecado y el mal, y de ninguna otra manera. Por sorprendente que pueda sonarte, el hombre es el creador del pecado y del mal, y no Dios, que es solo bondad.
Surge entonces la pregunta: ¿cómo pueden erradicarse el pecado y el mal del mundo? Todo hombre reflexivo llegará a la misma conclusión: logrando que los hombres dejen de violar la voluntad de Dios o Sus leyes, las cuales restringen el ejercicio de la voluntad humana a aquello que, en su justa aplicación, no produce pecado ni mal. En otras palabras, si los hombres, mediante el uso erróneo de sus voluntades, provocan la desarmonía, pueden también, mediante el uso correcto de las mismas, preservar esa armonía la cual, cuando prevalece, no deja espacio alguno para la presencia del pecado y el error.
Como ves, lo único necesario para que los hombres alcancen la felicidad y se liberen de todo aquello que los corrompe o que genera infelicidad y discordia, es desarrollar sus almas en este amor natural, hasta que dicho amor entre en perfecta consonancia con las leyes que lo gobiernan. De este modo podrá aplicarse la tan citada expresión de que ‘el amor es el cumplimiento de la ley‘; entendiendo aquí el amor en su estado más puro y perfecto.
Ahora bien, ¿cómo pueden los hombres alcanzar este desarrollo del amor natural?
La mente, si bien es una poderosa aliada en este sentido, no basta por sí sola para alcanzar este gran anhelo. Es cierto que en todo mortal existe una lucha constante entre los apetitos y las pasiones de la carne y sus anhelos superiores; por eso se dice que tales apetitos y deseos son pecaminosos, y la causa del mal y la desarmonía que reinan en la vida de los hombres. Sin embargo, esta afirmación no es del todo cierta; pues así como el hombre fue dotado de aspiraciones y deseos espirituales, del mismo modo fue dotado de apetitos y deseos carnales, y estos últimos, en sí mismos, no son malos.
La incapacidad de distinguir entre el hecho de que estos apetitos y deseos carnales no son malos en sí, y el hecho de que es únicamente la perversión de los mismos lo que engendra el mal, es el gran escollo que impide al hombre desarrollar este amor natural de la manera que he indicado. Estos ─los que a veces se denominan apetitos y deseos animales─ pueden ejercerse de tal forma que se mantengan en perfecta armonía con las leyes que los rigen, y, al ser ejercidos así, no interferir ni impedir que este amor natural alcance su perfección.
No obstante, el hombre, en el libre ejercicio de su voluntad, ha traspasado en sus extravíos los límites que la ley de la armonía le había fijado; ha acrecentado, exacerbado y distorsionado los apetitos y deseos carnales que originalmente le fueron concedidos y, por ende, ha creado por sí mismo aquello que no armoniza con su propia naturaleza creada.
Así pues, como ves, el hombre es creador además de criatura. En su condición de criatura, no puede alterar ni cambiar ninguno de los efectos de su creación original; pero en su condición de creador, sí puede alterar, cambiar e incluso abolir los efectos de su propia creación; pues el creador es superior a las cosas que ha creado, a pesar de que estas creaciones suyas lo hayan mantenido sometido y en la infelicidad, en mayor o menor grado, desde el mismísimo momento en que se convirtió en su artífice. La fuerza de esta aparente paradoja radica en que el creador, el hombre, ha creído en ella durante siglos enteros, doblegándose ante sus propias creaciones, y aún lo sigue haciendo.
¿Cuál es, entonces, el remedio?
Sencillamente este: el hombre debe despertar al hecho de que es superior a sus criaturas; que estas se hallan sujetas a su voluntad y que, siempre que por su existencia y funcionamiento acarreen discordia e infelicidad, y fuercen a su voluntad a operar en oposición a la del Padre, deben ser destruidas y jamás se les debe permitir volver a la existencia. Tan pronto como los hombres se conviertan en dueños de sus criaturas y se muestren obedientes a la gran voluntad de su Creador, comprenderán que el pecado, el error y la infelicidad desaparecerán; entonces su amor natural entrará en armonía con las leyes de su creación, la tierra se transformará verdaderamente en un cielo y la hermandad humana quedará establecida en el mundo.
Si los hombres tan solo reflexionaran, y al hacerlo, creyeran que todo pecado, error, y la consiguiente infelicidad y tribulación del mundo son hijos de su propia creación ─y no criaturas de Dios─, y que, en la economía de Su universo, Él delega el control, la gestión e incluso la existencia de tales hijos a la voluntad de sus progenitores, comprenderían entonces por qué existe el mal. Entenderían por qué las guerras, el odio y la miseria persisten en la tierra, asolando la vida y la dicha de los mortales, y por qué, como afirman algunos ─especialmente los llamados cristianos─, Dios permite que todas estas cosas existan y prosperen, contradiciendo aparentemente la gran verdad de que Él es bueno y la fuente primordial de toda bondad.
El universo, sus habitantes y la máxima expresión de Su poder ─el hombre─ fueron todos creados por Dios; pero el pecado, el error y sus nefastas secuelas son obra del hombre. Las leyes de Su universo operan en armonía y todo es bueno; e incluso la desarmonía aparente que el hombre ha engendrado no afecta a esa gran armonía, sino que se limita, en su propio funcionamiento, a repercutir sobre el hombre mismo. Solo el hombre parece hallarse en desarmonía, y esto a causa de él mismo.
Supongamos por un momento que la voluntad del hombre operase en consonancia con la del Padre; ¿puedes imaginar que existiera siquiera una sola de estas criaturas de la voluntad pervertida del hombre? ¿Existiría acaso algún mal, odio, enfermedad o sufrimiento conocido para la consciencia humana? Te digo que no.
Ahora bien, afirmo que el hombre, en su calidad de creador, debe destruir estas criaturas inarmónicas. El hombre debe dar muerte y sepultar para siempre a estos hijos del ejercicio pervertido de su voluntad; hasta que llegue ese momento, el pecado, el error y todos sus elementos concomitantes seguirán vivos, prosperando y atormentando a su propio creador.
Y digo aquí, con todo énfasis y con la plena consciencia de la gran trascendencia y responsabilidad ante Dios que asumo al declararlo, que el hombre tiene el poder de destruir a estas criaturas bastardas de su voluntad, tan pervertidas y discordantes.
Su amor natural, si se le permite manifestar los poderes y funciones que Dios le otorgó, es suficiente para alinear su voluntad con la del Padre, alejar sus pensamientos de estos sus hijos, y hacerlo consciente de la pureza y la verdad. Los deseos y apetitos muertos sepultarán a sus hijos muertos, y el hombre recuperará lo que por derecho le pertenece.
Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo logrará el hombre este magno fin, tan fervorosamente anhelado?
Pues bien, ya es tarde; escribiré sobre este importante aspecto del desarrollo de su amor natural en mi próximo mensaje.
Así que, con todo mi amor, te deseo buenas noches.
Tu hermano en Cristo,
Lucas
Lucas: El desarrollo del alma en su amor natural – continuación (16 febrero 1916)
Aquí estoy, Lucas.
¿Crees que podrás recibir mi mensaje esta noche? Parece que sí, al menos lo intentaremos.
Como decía: «¿Cómo puede un hombre alcanzar este desarrollo del alma en su amor natural?»
En primer lugar, el hombre debe reconocer el hecho de que no vive aislado para sí mismo; que lo que concibe como el funcionamiento de su propia mente y voluntad no siempre es fruto de pensamientos y deseos originados en su interior, sino que es, en gran medida producto de las influencias y operaciones de las mentes de los espíritus que lo rodean, quienes intentan infundir en él sus propios deseos y voluntades. Por consiguiente, comprenderás cuán crucial es para el hombre el tipo de influencias espirituales de las que se ve rodeado y que actúan sobre él. Si estas influencias son benéficas, tanto mejor para su progreso en el desarrollo de este amor natural; pero si son influencias nocivas, dicho desarrollo, naturalmente, se retrasa.
Por lo tanto, lo primero que debe hacer el hombre es intentar atraer hacia sí influencias de un orden superior; y puede lograrlo esforzándose por cultivar buenos pensamientos y habituándose a realizar actos virtuosos y morales.
La gran ley de atracción, sobre la cual ya hemos escrito, se aplica y opera en estos casos del mismo modo que en cualquier otra relación en el universo de Dios. Si los pensamientos de un hombre son malignos, siempre se verán atraídos hacia él espíritus con pensamientos similares, quienes, al aproximarse a él, tratan de intensificar ─y lo consiguen─ esos malos pensamientos que los atrajeron en primer lugar.
A este respecto, debe entenderse categóricamente que el hombre puede engendrar, y de hecho a menudo engendra, sus propios pensamientos y deseos; no es indispensable que medie la influencia de estos espíritus malignos operando sobre su mente o sus afectos para que tales pensamientos y deseos cobren existencia. Asimismo, el hombre posee una fuerza de voluntad susceptible de ser ejercida al margen de la voluntad de dichos espíritus oscuros; y constatarás cuán cierto es esto si recuerdas que él puede ejercer esa fuerza de voluntad de manera libre e independiente incluso de la voluntad de Dios mismo.
Así pues, sostengo que estos pensamientos y deseos pueden originarse, y de hecho se originan, en el hombre, libres e independientes de la voluntad o la influencia de los espíritus malignos; y, en realidad, tales espíritus solo se sienten atraídos hacia él cuando los pensamientos que el propio hombre ha gestado son de mala naturaleza.
Ahora bien, si el hombre desea alcanzar este progreso del que hablo, debe esforzarse por albergar pensamientos y deseos buenos y puros; de este modo atraerá hacia sí espíritus que son buenos y puros, cuyas influencias le ayudarán en grado extraordinario a fortalecer e incrementar dichos pensamientos. Esto reducirá cada vez más la probabilidad de que surjan pensamientos aviesos en su mente o malos deseos en sus afectos, y, como consecuencia, su fuerza de voluntad se ejercerá en la realización de obras buenas y morales.
Sin embargo, aunque el hombre pueda engendrar por sí mismo estos pensamientos y deseos, debe saber también, como una verdad incuestionable, que este progreso no depende únicamente de él; pues cuando se halle en la condición idónea para atraer a los espíritus buenos, estos acudirán invariablemente a él y le brindarán su auxilio, el cual resultará ser una ayuda maravillosa e infalible.
Por otra parte, los pensamientos y deseos del hombre no siempre son, como cabría suponer, el resultado de algo oculto en su interior y cuya existencia él mismo pudiera ignorar. Me refiero a que no es así en todos los casos ─y probablemente lo sea solo en una minoría de ellos─; pues, con mayor frecuencia, tales pensamientos y deseos son hijos de una influencia objetiva que le llega al percibir objetos a través de sus sentidos ordinarios, los cuales generan o sugieren dichos pensamientos o deseos.
Sin entrar en detalles comprenderás a qué me refiero, pero sirva esto como una mera ilustración: un vaso de whisky puede sugerir, y de hecho sugiere a quien le agrada el whisky, el pensamiento y el deseo de beber, activando así su voluntad, a lo cual le sigue el acto mismo de beber. Lo mismo ocurre con muchos otros objetos con los que el hombre se topa en el curso de su vida diaria. Pero estos pensamientos y deseos surgen no solo al ver los objetos, sino también al palparlos o saborearlos.
Y de nuevo, estas sugestiones objetivas que originan estos pensamientos y deseos surgen y existen no solo a partir del objeto real percibido, sino también de las palabras y los pensamientos expresados por otros seres humanos en el curso de conversaciones, o bien a través de libros y la literatura; y cuando se presentan de este modo, suelen ser más eficaces que de cualquier otra forma. Por lo tanto, al penetrar en la mente del hombre, estas palabras y pensamientos objetivos crean pensamientos análogos que con frecuencia se intensifican, atrayendo a espíritus malignos de pensamientos afines, con sus influencias degradantes.
De ahí la importancia de que el hombre evite los entornos de camaradería donde se producen tales comunicaciones, así como los libros y la literatura donde se formulan estas malas sugestiones.
Se ha dicho con razón que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres; y yo añadiría que tales comunicaciones corrompen los buenos pensamientos, engendran malos deseos y retrasan el progreso del alma en su amor natural. Pues cabe recordar que este amor es puro y está libre de toda maldad o vestigio de corrupción cuando está plenamente desarrollado, y que todo aquello que tiende a mancillarlo retrasa el progreso del alma en este aspecto.
Así pues, la clara lección que se desprende de todo esto es que el hombre debe, en primer lugar, esforzarse por albergar únicamente pensamientos y deseos buenos y puros surgidos de su propio ser interior; a continuación, debe evitar aquellos objetos y entornos que tienden a despertar en él tales pensamientos aviesos; y, en tercer lugar, debe asimilar la verdad de que, al abrigar esos malos pensamientos, atrae hacia sí espíritus del mal que, mediante su influencia, pueden intensificar ─y de hecho intensifican─ esos pensamientos y deseos degradantes.
Sé que, respecto a esta última verdad, la mayoría de los hombres ignora por completo su realidad; pero ya es hora de que comprendan que tal peligro para la progresión de su alma es real y siempre inminente.
Asimismo, deben aprender este otro hecho: que cuando sus pensamientos son puros y están libres de toda mancha, se hallan rodeados por la influencia de espíritus benévolos que trabajan para acrecentar y consolidar sus buenos pensamientos. A medida que estos pensamientos perduran, el amor natural se desarrolla hacia su estado prístino de pureza, y el hombre se aproxima a la condición existencial para la cual fue diseñado.
Como verás por todo esto, conforme los pensamientos y deseos del hombre se liberan de aquello que tiende a corromperlo, progresa de forma natural hacia el estado indispensable para que su alma alcance este desarrollo en su amor natural.
Además, este desarrollo se ve enormemente favorecido cuando el hombre concibe y realiza actos de caridad y bondad, y observa la Regla de Oro; pues cada acto de caridad, bondad y autosacrificio por el bien ajeno ejerce una acción refleja en su propio estado afectivo y en la condición de su alma, coadyuvando a su desarrollo.
En resumen, la observancia por parte del hombre de todas las leyes morales, que son numerosas y variadas, tiende a propiciar el desarrollo del amor natural. Y es importante recordar que, a medida que este desarrollo avanza, la tendencia a ceder ante los apetitos pervertidos de la carne ─como se les llama─ desaparece; y, al desaparecer, este amor se vuelve, naturalmente, más puro y sublime, aproximando al hombre a su estado de perfección.
Además, la meditación en las cosas espirituales y la efusión de este amor hacia el Padre promueven dicha progresión; pues si bien, como hemos dicho, no todos los hombres buscan el Amor Divino, dado que todos son hijos de Dios, Él los auxilia hasta colmar la medida de sus deseos, guiándolos hacia la felicidad y el perfeccionamiento de este amor en su estado natural y puro, con el cual los dotó al ser creados. De la voluntad y las aspiraciones de los hombres dependerá la naturaleza de la ayuda que el Padre les brinde; pero Él siempre les concede Su auxilio y Sus bendiciones en toda su plenitud. Su magno deseo es que el hombre alcance la perfección en el amor que ya posee y que busca; y que el amor natural, en sus propias cualidades, llegue a ser tan perfecto en el hombre como el Amor Divino lo es en las suyas. Ambos se hallan en igual armonía con el universo de Dios, cada uno dentro de sus respectivas cualidades.
Por eso sostengo que el hombre se beneficia, más que de cualquier otra forma, de la meditación sobre los aspectos más elevados de su ser, así como de la oración y de sus aspiraciones dirigidas al Padre, quien escucha los ruegos de aquel hombre que solo posee este amor natural y los responde del mismo modo que atiende las oraciones de aquel que alberga Amor Divino en su alma.
En última instancia, todo pecado y maldad serán erradicados del universo, y el hombre, en su simple estado de amor natural, se volverá limpio, perfecto y feliz.
He intentado, a mi humilde e imperfecta manera, mostrar al hombre cómo puede progresar en el desarrollo de su amor natural; y si sigue mi consejo, lo logrará. Pues así como el hombre, al ceder a los deseos pervertidos de la carne y mediante el ejercicio de su fuerza de voluntad, cayó en un abyecto grado de degeneración, del mismo modo puede ─al dejar de complacer esos apetitos pervertidos y al ejercer esa misma fuerza de voluntad─ elevarse de nuevo hacia su condición de pureza en el amor natural.
Además, cuenta con el auxilio del Padre y de los ángeles benévolos en su esfuerzo de redención, así como con la experiencia acumulada del resultado de su caída, de la cual puede que no sea plenamente consciente, pero que, en su fuero interno, posee una existencia real y opera continuamente.
Bueno, mi querido hermano, debo terminar; percibo que has registrado mi mensaje con gran éxito. Léelo detenidamente y corrige cualquier error de redacción. Pronto volveré a escribirte.
Tu hermano en Cristo,
Lucas
NOTAS (hechas por IA Gemini, a petición mía)
Nota sobre «natural laws» traducido como «leyes humanas»
El texto original en inglés utiliza la expresión «natural laws». En el contexto anglosajón del siglo XIX y principios del XX (influenciado por el pensamiento lockeano), esta fórmula solía evocar los derechos e instituciones civiles propios de los ciudadanos y los estados en su orden puramente humano e histórico. Para evitar una confusión en español con el concepto teológico y filosófico de «Ley Natural» (que remite al orden moral universal dictado por Dios), se ha traducido aquí como «leyes humanas» o «leyes civiles», lo cual preserva con exactitud la analogía que el autor plantea respecto a la libertad de prensa.
Nota sobre deseos y apetitos «muertos»
La frase «Los deseos muertos y los apetitos muertos sepultarán a sus hijos muertos» es una clara y profunda paráfrasis de las palabras de Jesús en los Evangelios: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mateo 8:22 y Lucas 9:60). En el contexto teológico de este mensaje, Lucas personifica los apetitos y deseos desarmónicos para explicar que aquello que carece de vida espiritual verdadera (lo que está «muerto» en términos de eternidad o futuro real) genera a su vez consecuencias y emociones muertas (miedos, apegos, culpas). Al retirarles la atención y la fuerza de la voluntad humana, estas ilusiones se desvanecen por sí mismas, extinguiéndose en su propia inercia desprovista de Luz.
Nota sobre «la experiencia de la caída»
El autor enfatiza aquí que el ser humano posee de forma latente la «experiencia del resultado de su caída». Según la revelación de Padgett, la «caída» original no constituyó en sí misma un pecado o un acto de maldad innata, sino el rechazo voluntario al «suplemento» o dádiva del Amor Divino, optando por permanecer en el límite del amor natural. Por consiguiente, la herencia de esta caída no se transmite como una culpa moral abstracta, sino como un bagaje experiencial y una cadena de resonancias emocionales muy concretas. Esta impronta se graba de manera idiosincrásica en el alma del ser humano desde su encarnación en el útero materno, condicionada estrechamente por el estado álmico de la madre, su procesamiento emocional y las influencias vibratorias ─tanto armónicas como desarmónicas (miedos, tensiones familiares o colectivas)─ de su entorno inmediato. Es esta memoria celular y álmica, unida a las sugestiones del mundo, la que opera de manera continua en el fuero interno del individuo.
Mi petición para esta nota fue:
Vale, muy bien, sí se referiría a la experiencia.
Quizá ahí vendría bien hacer una nota al pie, con las notas que coloco ahora:
Es en referencia a que, si bien cada ser humano no experimentó «la caída» en sí, sí que todos tenemos la experiencia de sus resultados (más o menos intensos, estos, dependiendo de la condición álmica de la madre ─sobre todo─, así como de las experiencias de esta desde que encarnamos en el útero).
Y, la caída, recordaríamos, no involucró ningún pecado, en realidad, al principio, según esta revelación. Solo habría involucrado el rechazo del «suplemento» en que consistía la relación directa, personal, con Dios ─al no admitir la entrada de la novedad que conlleva su sustancia de Amor, diferente al amor natural─.
Entonces, sí que cada ser humano tiene el bagaje «experiencial» emocional de una especie de larga cadena de «herencias»; y estas dependen de experiencias muy concretas, aunque puedan darse también, por cierto, «sumatorias emocionales» para dar con «terrores impersonales», etc.
Todo ello se iría transmitiendo con precisión, lamentablemente, de forma muy concreta.
Todos recibiríamos «grabaciones» particulares, emocionales, uterinas…; y, más allá, refuerzos o «recordatorios» e impresiones o inducciones que podemos ir captando «vibratoriamente», y que son promovidos por otras almas del entorno, que nos pueden afectar idiosincrásicamente ─aunque, quizá, más indirectamente; por ejemplo: la influencia de la pareja o familiares de nuestra madre, que pueda repercutir en su tranquilidad, su procesamiento emocional, etc.─.
Versión en inglés
Luke: The development of the soul in its natural love, wherein the New Birth is not experienced. (03 Feb 1916)
I am here, Luke.
I come tonight to say a few words concerning the great truth of the development of the soul in its natural love, wherein the New Birth is never experienced.
I know that men think that this natural love has in it a part of the Divinity of the Father’s nature, and that as they develop in the way of purifying it and ridding it of those things which tend to impair its harmony, they will realize that there exists in their souls this Divinity of which we have written. But this is not true, for this natural love partakes only of those elements which the Father implanted in it at the time of man’s creation, and in none of these elements is any of the qualities of the Divine nature.
It is difficult to explain just the distinction between the Divine Love coming from the Father, and the natural love also coming from Him, and yet, not having any of the Divine nature or qualities; but it is a fact. The natural love may become so purified that it may come into perfect harmony with the laws governing its condition and composition, and yet, fall far short of having in it any of the Divine Love.
And so, as we have explained to you, the soul may obtain this Divine Love and thereby become a part of the Father’s Divinity. I will now try to explain how the natural love of man may be developed, so that his soul may come into harmony with the law of love – the natural love – and make him a very happy, pure and contented being.
In the first place, I wish to say that there is no such thing in the world as original sin or evil, and that God did not create them or permit them to exist, except as He permits man to use his own will without limitation – and I mean by this that He does not say that a man, in the exercise of this will, shall do this or do that; and as respects this will, man is untrammeled. But he does say, and his laws are inexorable in this particular, that (when) man, when in the exercise of the great power of free will, causes that will to come into conflict with the will of God, or to violate His laws, he, man, must suffer the consequences.
This may be illustrated by your natural laws declaring the freedom of the press. Man may publish whatsoever he pleases, and so long as he does not thereby violate the rights of others, or of decency, he may make his publications without fear of the law; but when in the exercise of this freedom of speech, as you call it, he violates the law, then he must suffer the consequences of this violation.
So it is with the mortal who, in the exercise of his free will, violates the Will of the Father, or the laws limiting its exercise by the mortal. He must suffer the consequences, and (from) the results of this violation are sin and evil created, and in no other way. And surprising as it may sound to you, man is the creator of sin and evil, and not God, who is only good.
Then the question arises, how can sin and evil be eradicated from the world? And every thoughtful man will have the same answer, and that is: by men ceasing to violate the will of God, or his laws, which restrict the exercise of the wills of mortals to that which, in its right exercise, will not produce sin or evil. In other words, when men by the wrong use of their wills bring about inharmony, they can by the right use of their wills not disturb that harmony, which when it exists, leaves no room for the presence of sin and error.
So you see, the one thing necessary in order for men to become happy and free from everything that defiles them, or causes unhappiness or discord to exist, is to develop their souls in this natural love, until this love comes into perfect unison with the laws that control it. And thus may be applied the oft quoted expression that love is the fulfilling of the law; but this means love in its purest and most perfect state.
Now, how can this development of the natural love be accomplished by men?
The mind, while a powerful helper in this regard, is not of itself sufficient to bring about this great desideratum. It is true that with every mortal there is a constant warfare between the appetites and lusts of the flesh, and his higher desires; and hence it is said, that these appetites and desires are sinful, and the cause of evil and the inharmony that exists in the lives of mortals. But this statement is not altogether true, for as man was made with spiritual aspirations and desires, so also was he made with appetites and desires of the flesh, and the latter of themselves are not evils.
The failure to make the distinction between the fact that these appetites and desires of the flesh are not evil, and the fact that only the perversion of them brings evil, is the great stumbling block that stands in the way of man’s developing this natural love in the manner that I have indicated. These, what are sometimes called the animal appetites and desires, may be exercised in such a way as to be in perfect harmony with the laws that control them, and in such exercise not interfere with or prevent the development of this natural love to perfection.
But man, in the free exercise of his will, has in his wanderings gone beyond the limitations which the law of harmony has placed upon him, added to and increased and distorted the appetites and desires of the flesh which were originally bestowed upon him, and, hence, has himself created those things that are not in harmony with the creation of himself.
So you see, man is a creator as well as a creature. As the latter, he cannot alter or change any of the effects of his creation; but as the former he can alter and change and even abolish the effects of his own creation, for as the creator, (he) is greater than the things that he created – although these things of his own creation have held him in bondage and unhappiness, to a more or less extent, ever since he became their creator. The strength of this apparent paradox is that the creator, man, has for all these long centuries believed it, and submitted to his creations, and still does so.
So what is the remedy?
Simply this: man must awaken to the fact that he is greater than his creatures; that they are subject to his will, and that whenever, by their existence and workings, they bring discord and unhappiness, and cause his will to be exercised in opposition to the will of the Father, then they must be destroyed, and never be permitted to come into existence again. Let men become the masters of their creatures, and obedient to the great will of their Creator, and they will realize that sin and error and unhappiness will disappear, and their natural love will come into harmony with the laws of its creation, and earth will indeed become a heaven, and the brotherhood of man established on earth.
If men will only think, and thinking, believe that all sin and error and the resulting unhappiness and sorrow in the world are children of their own creation, and not the children of God, and that in the economy of His universe He leaves the control and management and even the existence of these children to the will of their parents; they will (then) understand why evil exists, why wars and hatred and misery continue on earth to blight the lives and happiness of mortals; and why, as some say, and especially the so-called Christians, God permits all these things to exist and flourish and apparently contradict the great truth, that He is good, and the fountainhead of all goodness.
The universe and the inhabitants thereof and the greatest production of His power – man – were all created by God; but sin and error and their awful followings are the creatures of man. The laws of His universe work in harmony, and all is good; and even the apparent inharmony which man has created does not affect that great harmony, but is confined in its workings to man, himself. Only man is apparently in inharmony, and that is caused by man, himself.
Suppose, for a moment, that man’s will was working in accord with that of the Father; can you imagine that there would be any of these creatures of man’s perverted will in existence? Would there be any evil or hatred or disease or suffering known to the consciousness of man? I tell you, no.
Now I say man, their creator, must destroy these inharmonious creatures. Man must kill and bury deep and forever these children of the perverted exercise of his will, and until then, sin and error and all their concomitants will continue to live and flourish and torment their creator.
And I say here with all emphasis and with a full realization of the great significance and responsibility in the sight of God which I assume in saying it, that man can destroy these bastard creatures of his will so perverted and discordant.
His natural love, if permitted to assert its God-given powers and functions, is sufficient to bring his will in accord with that of the Father, and turn his thoughts away from these children of his, and to make him conscious of purity and truth. The dead desires and dead appetites will bury their dead children, and man will come into his own again.
But then comes the question, how is man to accomplish this great end, so devoutly to be wished for?
Well, it is late now, and I will write upon this important feature of this development of his natural love in my next message.
So with all my love I will say good night.
Your brother in Christ,
LUKE
Luke: The development of the soul in its natural love – continued. (16 Feb 1916)
I am here, Luke.
Well do you think you can take my message tonight? It looks like you may, at any rate we will try.
As I was saying, «In what way is a man to obtain this development of the soul in its natural love?»
In the first place, he must recognize the fact that he does not live to himself, alone; that what he conceives to be the workings of his own mind and will are not always the result of thoughts and desires that originate in him, but are largely the products of the influences of the workings of the minds of spirits who are around him, trying to impress him with their desires and wills; and consequently, you will understand that it is very important to man as to what kind of spirit influences he has surrounding and working upon him. If these influences are good, the better it is for his progress in the development of this natural love; but if they are evil influences, then, of course, such development is retarded.
Consequently, the first thing for a man to do is to attempt to attract to himself influences of the higher nature; and he can do so by trying to cultivate good thoughts and to indulge in good and moral acts.
The great law of attraction that we have written about, applies and works in such cases as this, as it does in every other relation of God’s universe. If a man’s thoughts are evil, there will always be attracted to him spirits of similar thoughts; and when they come to him, they attempt to and succeed in intensifying, these evil thoughts of his, which attract them to him.
It must emphatically be understood in this regard, that man may and often does originate his own thoughts and desires, and it is not necessary that any influence of these evil spirits should be present and operate upon his brain or affections, in order that these evil thoughts and desires should come into existence. And again, man has a will power that is susceptible of being exercised, free from the wills of these evil spirits; and you will see how true this is when you remember that he can exercise that will power, free and independent from the will of God himself.
So I say that these thoughts and desires may and do originate in man, free and independent of the wills or influences of these evil spirits; and as a fact, these spirits are attracted to him only when these thoughts that he has originated are evil.
Now, if man would have this progress that I speak of, he should endeavor to have good and pure thoughts and desires, and then he will attract to him spirits who are good and pure, and their influences will help him to a wonderful degree in strengthening and increasing these thoughts, and make it less and less likely that evil thoughts will arise in his brain, or evil desires in his affections; and as a consequence, his will power will be exercised in doing those things which are good and moral.
Now, while man may originate these thoughts and desires, he must also know as a truth that this progress is not dependent upon himself alone, for when he is in that condition to attract the good spirits, they will invariably come to him and render their help; and it will prove to be a wonderful and never failing help.
Now, man’s thoughts and desires are not always, as may be supposed, the result of something that may be hidden within himself, and of which he may not know its existence. I mean not in all cases, and probably in only a minority of cases; for most frequently are these thoughts and desires the children of an objective influence, that comes to him by reason of objects becoming sensible to his ordinary senses, which create or suggest these thoughts or desires.
Without going into details you will understand what I mean, but as a mere illustration: a glass of whiskey may and does suggest to a man who likes whiskey, the thought and desire that he should take a drink, and thereby bring into operation his will, which is followed by the act of drinking. And so with many other objects which a man meets in the course of his daily life. But these thoughts and desires arise not only from seeing objects, but also from feeling and tasting them.
And again, these objective suggestions, causing these thoughts and desires, arise and exist not only from the real object sensed, but also from words and thoughts which are expressed by other human beings in course of conversations, or in books and literature – and when they come in this way they are frequently more effective than in any other. And hence, as these objective words and thoughts enter the mind of man, they create similar thoughts, which frequently intensify and attract the evil spirits of like thoughts, with their degenerating influences.
Hence the importance of a man avoiding companionship where such communications take place, and the books and literature where these evil suggestions are made.
It has been well said, that evil communications corrupt good manners; and I may add that such communications corrupt good thoughts, and produce evil desires and retard the progress of the soul in its natural love. For it must be remembered that this love is pure and free from all evil or taint of defilement when it is fully developed, and anything that tends to defile it, retards the progression of the soul in this particular.
So the plain lesson to be drawn from all this is that man must, in the first place, make the effort to have only good and pure thoughts and desires from his inner self, and next, he must avoid those objects and associations that tend to cause to arise in him these evil thoughts, and thirdly, he must learn the truth that when he has these evil thoughts, he attracts to himself spirits of evil, who by their influence can and do intensify these evil thoughts and desires.
I know as regards this last mentioned truth, that the majority of men have no knowledge of its existence; but it is time that they should learn that such a danger to their soul’s progression does exist and is always imminent.
And they should learn this other fact, that when their thoughts are pure and free from defilement, they have surrounding them the influence of good spirits, who work to increase and make permanent their good thoughts; and as these good thoughts continue, the natural love develops towards its pristine condition of purity, and man comes nearer to his designed condition of existence.
So you will see from this, that as man’s thoughts and desires become freed from these things that tend to defile him, he naturally progresses toward that condition which is necessary, in order for him to have this development of the soul in its natural love.
Again, the development may be helped very much by man thinking and doing acts of charity and kindness, and observing the golden rule; for every act of charity and kindness and self sacrifice for the sake of others, has its reflex action in his own condition of love and soul, and helps their development.
In short, the observance by man of all the moral laws, which are many and varied, tends to bring about the development of the natural love. And this must be remembered, that as this development proceeds, the tendency to indulge in the perverted appetites of the flesh, as they are called, will disappear; and as it disappears, this love, of course, becomes purer and sweeter, and brings man nearer to his state of perfection.
And again, the meditation upon spiritual things, and the outflowing of this love towards the Father will cause the progression, for while all men, as we have said, do not seek for the Divine Love, yet as all men are children of God, he helps them to the full extent of their desires; towards happiness, and the perfecting of this love in its natural pure state, and with which he endowed them at their creation. Upon their will and aspirations depends the nature of the help which the Father gives to them; but always He gives his help and blessings, and to the fullest. His great desire is that man shall become perfect in that love which they possess and which they seek for; and the natural love in its qualities may become as perfect in man, as may the Divine Love in its qualities. Each is just as much in harmony with God’s universe, in its respective qualities, as is the other.
So I say, man is helped, and more than in any other way, by his meditations of the higher things of his being, and by prayer and aspirations to the Father, who hears the prayers of the man who has only this natural love, and answers them just as he does the prayers of the man who has the Divine Love in his soul.
Ultimately all sin and evil will be eradicated from the universe, and man in his mere natural love will become pure and perfected and happy.
I have tried in my inefficient way to show man how he may progress in the development of his natural love, and if he will follow my advice, he will succeed. For as man, by the indulging of these perverted appetites of the flesh, and the exercise of his will power, fell to a low degree of degeneracy, so he can by ceasing to indulge in these perverted appetites, and the exercise of that same will power, rise again to his condition of purity in his natural love.
And besides, he has the help of the Father and the good angels in his efforts to recover, and also the experience of the result of his fall, which he may not be conscious of, but which in his inner self has an existence, and is continually working.
Well my dear brother I must stop; and I feel that you have taken my message very successfully. Read it over and correct errors of construction. I will come soon and write again.
Your brother in Christ,
LUKE