Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
A continuación vamos a ver parte del apartado:
8) El perdón
Vemos el primer mensaje contenido en el tema 8.
El tema es el perdón.
Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
Forma parte de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.
Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth (entre otras personas).
El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):
a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.
d) ─ La verdadera misión de Jesús
I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.
─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón [estamos aquí: Vemos el primer mensaje en este apartado 8]
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria
e) ─ Mensajes adicionales
Versión en español
8. El perdón
El perdón (Ann Rollins – Espíritu Celestial, abuela del Sr. Padgett) (31 marzo 1915)
Estoy aquí, soy tu abuela.
He venido a escribirte sobre el perdón y la misericordia del Padre, y a iluminarte sobre este tema tan poco comprendido, desde que los hombres comenzaron a distorsionar las enseñanzas del Maestro.
El perdón es esa operación de la Mente Divina que libera al hombre de las penalizaciones por los pecados que ha cometido y le permite alejarse de sus malos pensamientos y acciones, y buscar el amor del Padre; y si lo busca con sinceridad, encontrar la felicidad que le espera. No viola ninguna ley que Dios haya establecido para impedir que el hombre evite las penas por sus violaciones de la ley de Dios que controla su conducta.
La ley de la compensación, según la cual el hombre cosechará aquello que siembre, no se deja de lado, pero en el caso particular en que un hombre se arrepiente y ora con toda sinceridad al Padre para que le perdone sus pecados y le convierta en un hombre nuevo, se activa la operación de otra ley mayor, y la antigua ley de la compensación queda anulada y, por así decirlo, absorbida por el poder de esta ley del perdón y el amor. Así pues, como ves, no se deja de lado ninguna de las leyes de Dios. Al igual que en el mundo físico ciertas leyes menores son superadas por leyes mayores, así también en el mundo espiritual o en el funcionamiento de las cosas espirituales, las leyes mayores deben prevalecer sobre las menores.
Las leyes de Dios nunca cambian, pero la aplicación de estas leyes a hechos y condiciones particulares parece cambiar cuando dos leyes entran en conflicto aparente, y la menor debe ceder ante la mayor.
Las leyes espirituales son tan fijas como las físicas que controlan el universo material; y ninguna ley que se aplique a la misma condición de hechos es diferente en su funcionamiento o en sus efectos.
El sol y los planetas en sus movimientos se rigen por leyes fijas, y funcionan con tal exactitud que los hombres que estudian estas leyes y las comprenden pueden predecir con precisión casi matemática los movimientos de estos cuerpos celestes. Esto solo significa que, mientras el sol y los planetas permanezcan como están, rodeados de las mismas influencias, y no se encuentren con ninguna ley que opere de manera contraria a las leyes que normalmente los controlan, estos planetas y el sol repetirán sus movimientos año tras año de la misma manera y con la misma precisión. Pero supongamos que entrara en funcionamiento una ley más poderosa y contraria, e influyera en los movimientos de estos cuerpos, ¿crees por un momento que seguirían el mismo curso que si esa ley mayor no se hubiera interpuesto?
El efecto de esto no es dejar de lado la ley menor, ni siquiera cambiarla, sino subordinarla a las operaciones de la mayor; y si se eliminaran o dejaran de actuar estas operaciones, entonces la ley menor reanudaría de nuevo sus operaciones sobre estos planetas, que se moverían de acuerdo con ella como si su poder [power] nunca hubiera sido afectado por la ley mayor.
Así, en el mundo espiritual, cuando un hombre ha cometido pecados en la tierra, la ley de compensación exige que pague la pena por esos pecados hasta que haya expiado por completo, o hasta que la ley se vea satisfecha. Y esta ley no cambia en su funcionamiento, y ningún hombre puede evitar ni escaparse de las inexorables exigencias de la ley. Por sí mismo no puede reducir ni en un punto las penalizaciones, sino que debe pagar hasta el último centavo ─como dijo el Maestro─, y por lo tanto, por sí mismo no puede esperar cambiar el funcionamiento de esta ley.
Pero, como el Creador de toda ley ha provisto otra ley más elevada, que, bajo ciertas condiciones, puede entrar en funcionamiento y hacer que la anterior ley deje de funcionar, el hombre puede experimentar el beneficio del funcionamiento de esta ley más elevada. Así, cuando Dios perdona los pecados de un hombre y en su naturaleza y en su amor lo convierte en una nueva criatura, no anula la ley de compensación en ese caso concreto, sino que elimina aquello sobre lo que esta ley puede actuar.
El pecado es una violación de la ley de Dios, y el efecto del pecado es la penalización que dicha violación impone. El sufrimiento de un hombre por los pecados cometidos no es el resultado de una condena especial de Dios en cada caso particular, sino el resultado del funcionamiento y los azotes de su conciencia y de sus recuerdos, y mientras opere la conciencia, sufrirá, y cuanto mayores sean los pecados cometidos, mayor será el sufrimiento. Ahora bien, todo esto implica que el alma de un hombre está llena en mayor o menor medida de estos recuerdos, que por el momento constituyen su propia existencia. Vive con estos recuerdos, y el sufrimiento y el tormento que se derivan de ellos nunca podrán abandonarlo hasta que los recuerdos de estos pecados, o el resultado derivado de tales pecados, dejen de formar parte de él mismo y de ser sus compañeros constantes: esta es la ley inexorable de la compensación, y el hombre, de por sí, no tiene forma de escapar a ella salvo mediante su larga expiación, la cual elimina estos recuerdos y satisface la ley.
El hombre no puede cambiar esta ley, y Dios tampoco lo hará. Por lo tanto, como digo, la ley nunca cambia. Pero recordad este hecho: para que la ley funcione, el hombre debe tener estos recuerdos, y éstos deben formar parte de su existencia misma.
Ahora bien, supongamos que el creador de esta ley haya creado otra ley, por la cual, bajo ciertas condiciones y cuando el hombre hace ciertas cosas, resulta que estos recuerdos le son retirados y ya no constituyen parte ni porción de su existencia; entonces, pregunto, ¿qué hay en ese hombre, o de ese hombre, sobre lo cual pueda actuar u operar esta ley de compensación? La ley no ha cambiado, ni siquiera se ha dejado de lado, pero aquello sobre lo que puede operar ya no existe y, en consecuencia, no hay razón, ni existen hechos, para que se requiera de su operación.
Por lo tanto, digo, al igual que vuestros científicos y filósofos, que las leyes de Dios son fijas y nunca cambian, pero añado ─cosa que ellos no perciben─ que ciertas condiciones que hoy pueden exigir y exigen la aplicación de dichas leyes, mañana pueden cambiar o dejar de existir, de modo que las leyes ya no sean efectivas.
Y así, cuando se proclama la verdad del perdón de los pecados por parte de Dios, muchos sabios levantan las manos y claman: «Las leyes de Dios no cambian, y ni siquiera Dios mismo puede cambiarlas. Y para llevar a cabo el perdón de los pecados, se debe violar la gran ley de la compensación. Dios no obra tal milagro, ni concede dispensas especiales. No, el hombre debe pagar el castigo por sus malas acciones hasta que la ley se vea cumplida».
Cuán limitado es el conocimiento de los mortales, y también de los espíritus, sobre el Poder, la Sabiduría y el Amor del Padre. Su Amor es lo más grande en todo el universo, y la Ley del Amor es la ley más grande. Todas las demás leyes están subordinadas a Ella y deben funcionar en armonía con Ella; y el Amor, el Amor Divino del Padre, cuando se le da al hombre y él lo posee, es el cumplimiento de toda ley. Este Amor libera al hombre de todas las leyes salvo la ley de su Sí Mismo [law of its Ownself], y cuando el hombre posee este Amor, no es esclavo de ninguna ley y es verdaderamente libre.
La ley de compensación, y todas las leyes que no están en armonía con la Ley del Amor, no tienen nada sobre lo que operar en el caso de ese hombre, y las leyes de Dios no cambian, sino que simplemente, en lo que respecta a este hombre, no existen.
Ahora bien, que todos los hombres, sabios e ignorantes, sepan que Dios, en su Amor y Sabiduría, ha proporcionado un medio por el cual el hombre, si así lo desea, puede escapar de la ley inmutable de la compensación y dejar de estar sujeto a sus exigencias y penalizaciones; y dicho medio es sencillo y fácil, y está al alcance de la comprensión y el entendimiento de toda alma viviente, ya sea santo o pecador, sabio o ignorante.
El intelecto no está implicado ─en el sentido de ser alguien instruido─, sino que aquel hombre que sabe que Dios existe y que le proporciona alimento y vestido como resultado de sus afanes [toil] diarios, al igual que el gran científico o filósofo intelectual, puede aprender el camino hacia estas verdades redentoras. No quiero decir que un hombre, por el mero ejercicio de sus facultades mentales, pueda recibir el beneficio de esta gran provisión para su redención. El alma debe buscar y encontrará, y el alma del sabio puede que no sea tan capaz de recibir como el alma del ignorante.
Dios es Amor. El hombre tiene un amor natural, pero éste no basta para capacitarle para encontrar este gran medio del que hablo. Solamente es el Amor Divino del Padre, y Él desea que todos los hombres tengan este Amor. Es gratuito y está esperando ser otorgado a todos los hombres. Pero, por extraño que parezca, Dios no lo otorgará, y, podría decir, no puede otorgarlo, a no ser que el hombre lo busque y lo pida con franqueza [earnestness] y fe.
La voluntad del hombre es algo maravilloso, y se interpone entre él y dicho amor si no ejerce esa voluntad para buscarlo. Ningún hombre puede obtenerlo en contra de su voluntad. Qué cosa tan maravillosa es la voluntad del hombre, y cómo debería estudiar y aprender lo importante que ésta es para su ser.
El Amor del Padre solamente entra en el alma de un hombre cuando lo busca en la oración y la fe, y, por supuesto, esto implica que él desea que venga a él. A ningún hombre se le niega jamás este Amor cuando lo pide adecuadamente.
Ahora bien, este Amor es parte de la Esencia Divina, y cuando un hombre lo posee en abundancia suficiente, se convierte en parte de la Divinidad misma; y en lo Divino no hay pecado ni error, y, en consecuencia, cuando se convierte en parte de esta Divinidad, ningún pecado ni error pueden formar parte de su ser.
Entonces, como he dicho, el hombre que carece de este amor tiene sus recuerdos de pecados y malas acciones y, según la ley de la compensación, debe pagar las penas. Sin embargo, cuando este Amor Divino entra en su alma, no deja lugar para estos recuerdos, y a medida que se va llenando cada vez más de este Amor, estos recuerdos desaparecen y sólo el Amor habita en su alma, por así decirlo. Por lo tanto, en él no queda nada sobre lo cual pueda operar esta ley, y el hombre ya no es su esclavo ni está sujeto a ella. Este Amor es suficiente en sí mismo para limpiar el alma de todo pecado y error, y hacer que el hombre sea uno con el Padre.
Esto es el perdón del pecado, o, más bien, el resultado del perdón. Cuando un hombre reza al Padre por este perdón, Él nunca hace oídos sordos, sino que dice, en efecto: «Quitaré tus pecados y te daré mi amor, no dejaré de lado ni cambiaré mis leyes de compensación, pero retiraré de tu alma todo aquello sobre lo que esta ley puede actuar, y para ti será como si no existiera».
Sé, por tu experiencia personal, que este perdón es algo real, efectivo, existente, y que cuando el Padre perdona, el pecado desaparece y sólo existe el Amor, y que el Amor en su plenitud es el cumplimiento de la ley.
Así que haz saber a los hombres que Dios perdona los pecados, y que cuando los perdona, la penalización desaparece, y cuando desaparece como resultado de tal perdón, ninguna ley de Dios se cambia ni se viola.
Esta fue la gran misión de Jesús cuando vino a la tierra. Antes de que él viniera y enseñara esta gran verdad, el perdón de los pecados no era comprendido, ni siquiera por los maestros hebreos, sino que su doctrina era ojo por ojo y diente por diente. El Amor Divino, tal como lo he débilmente descrito [feebly], no era conocido ni buscado, sino sólo el cuidado, la protección y los beneficios materiales que Dios pudiera dar a los hebreos.
El Amor Divino que entra y toma posesión de las almas de los hombres constituye el Nuevo Nacimiento, y sin él ningún hombre puede ver el Reino de Dios.
Mi querido hijo, te he escrito una comunicación larga aunque imperfecta, pero hay suficiente en ella para que los hombres piensen y mediten, y si lo hacen y abren sus almas a la Influencia Divina, sabrán que Dios puede perdonar el pecado y salvar a los hombres de sus penalizaciones, de modo que no tengan que pasar por el largo período de expiación que, en su estado natural, la ley de compensación siempre exige.
Así, sin escribir más, te diré que te amo con todo mi corazón y mi alma, y le pido al Padre que te conceda este Gran Amor en toda su abundancia.
Tu abuela que te quiere,
Ann Rollins
Versión en inglés
Forgiveness (Ann Rollins – Celestial Spirit, Grandmother of Mr. Padgett) (31 Mar 1915)
I AM HERE. Your Grandmother.
I came to write you about the forgiveness and pardon of the Father, and to enlighten you upon this subject which is so little understood, since men first commenced to distort the teachings of the Master.
Forgiveness is that operation of the Divine Mind which relieves man of the penalties of his sins that he has committed, and permits him to turn from his evil thoughts and deeds, and seek the love of the Father; and if he earnestly seeks, find the happiness which is waiting for him to obtain. It does not violate any law that God has established to prevent man from avoiding the penalties of his violations of the law of God controlling his conduct.
The law of compensation, that what a man sows that shall he reap, is not set aside, but in the particular case where a man becomes penitent and in all earnestness prays the Father to forgive him of his sins and make a new man of him, the operation of another and greater law is called into activity, and the old law of compensation is nullified, and, as it were, swallowed up in the power of this law of forgiveness and love. So you see there is no setting aside of any of God’s laws. As in the physical world certain lesser laws are overcome by greater laws, so in the spirit world or in the operation of spiritual things, the greater laws must prevail over the lesser.
God’s laws never change but the application of these laws to particular facts and conditions do seem to change, when two laws come into apparent conflict, and the lesser must give away to the greater.
The spiritual laws are just as fixed as are the physical laws that control the material universe; and no law having application to the same condition of facts, ever is different in its operation or in its effects.
The sun and planets in their movements are governed by fixed laws, and they operate with such exactness that men who make a study of these laws and comprehend them can, with almost mathematical precision, foretell the movements of these heavenly bodies. This only means that as long as the sun and the planets remain as they are, and surrounded by the same influences, and meet no law operating in a manner contrary to the laws which usually control them, these planets and sun will repeat their movements year after year in the same way and with like precision. But suppose that a more powerful and contrary law should come into operation, and influence the movements of these bodies, do you suppose for a moment that they would pursue the same course as if such greater law had not intruded itself?
The effect of this is not to set aside the lesser law, or even to change it, but to subordinate it to the operations of the greater law; and if these operations were removed or ceased to act, the lesser law would resume its operations on these planets again, and they would move in accordance therewith, just as if its power had never been affected by the greater law.
So, in the spirit world, when a man has committed sins on earth, the law of compensation demands that he must pay the penalty of these sins until there has been a full expiation, or until the law is satisfied. And this law does not change in its operations, and no man can avoid or run away from the inexorable demands of the law. He cannot of himself abate one jot or tittle of the penalties, but must pay to the last farthing as the Master said, and hence, he cannot, of himself hope to change the operations of this law.
But, as the Creator of all law has provided another and higher law, which, under certain conditions may be brought into operation and causes the former law to cease to operate, and man may experience the benefit of the workings of this higher law. So when God forgives a man of his sins, and makes him a new creature in his nature and love, he does not, for the particular case annihilate the law of compensation, but removes that upon which this law may operate.
Sin is violation of God’s law, and the effect of sin is the penalty which such violation imposes. A man’s suffering for sins committed are not the results of God’s special condemnation in each particular case, but are the results of the workings and scourgings of his conscience and recollections and as long as conscience works he will suffer, and the greater the sins committed, the greater will be the suffering. Now all this implies that a man’s soul is filled to a greater or lesser extent with these memories, which for the time constitute his very existence. He lives with these memories, and the suffering and torment, which result from them can never leave him until the memories of these sins, or the result of them, cease to be a part of himself and his constant companions – this is the inexorable law of compensation, and man of himself has no way of escaping this law except by his long expiation, which removes these memories and satisfies the law.
Man cannot change this law, and God will not. So, as I say, the law never changes. But remember this fact, that in order for the law to operate, a man must have these memories, and they must be a part of his very existence.
Now, suppose that the creator of this law has created another law, but which under certain conditions, and upon a man doing certain things, these memories are taken from him, and no longer constitute a part or portion of his existence; then, I ask, what is there in or of that man upon this law of compensation that can act or operate? The law is not changed, it is not even set aside, but upon which it can operate no longer exists, and consequently there is no reason or existence of facts which call for its operation.
So, I say, as do your scientists and philosophers, that God’s laws are fixed and never change, but I further say, which they fail to perceive, that certain conditions which may and do call for the operations of these laws today, tomorrow change or cease to exist, so that the laws are no longer effective.
And so when the truths of God’s forgiveness of sin is declared, many wise men hold up their hands and shout, «God’s laws do not change, and even God Himself cannot change them. And to effect a forgiveness of sins, the great law of compensation must be violated. God works no such miracle, or gives special dispensation. No, man must pay the penalty of his evil deeds until the law is fulfilled.»
How limited is the knowledge of mortals, and of spirits as well, of the Power and Wisdom and Love of the Father. His Love is the greatest thing in all the universe and the Law of Love is the greatest law. Every other law is subordinate to It, and must work in unison with it; and Love, Divine Love of the Father, when given to man and he possesses it, is the fulfilling of all law. This Love frees man from all law except the law of its Ownself – and when man possesses this Love he is slave to no law and is free indeed.
The law of compensation and all laws not in harmony with the Law of Love, have nothing upon which to operate in that man’s case, and God’s laws are not changed but merely, as to this man, have no existence.
Now, let all men, wise and unwise, know that God in His Love and Wisdom, has provided a means by which, man, if he so will, may escape the unchanging law of compensation, and become no longer subject to its demands and penalties; and these means are simple and easy, and within the comprehension and grasp of every living soul, be he saint or sinner, a wise man or an ignorant one.
Intellect in the sense of being learned is not involved, but the man who knows that God exists and provides him with food and raiment as the result of his daily toil, as well as the great intellectual scientist or philosopher, may learn the way to these redeeming truths. I do not mean that a man by mere exercise of mental powers may receive the benefit of this great provision for his redemption. The soul must seek and it will find, and the soul of the wise may not be as capable of receiving as the soul of the ignorant.
God is Love. Man has a natural love, but this natural love is not sufficient to enable him to find these great means that I speak of. Only the Divine Love of the Father, and He is willing that all men should have this Love. It is free and waiting to be bestowed upon all men. but strange as it may seem, God will not, and I might say, cannot, bestow this Love unless man seeks for It, and asks for It in earnestness and faith.
The will of man is a wonderful thing, and stands between him and this love, if he fails to exercise this will in seeking for it. No man can secure it against his will. What a wonderful thing is man’s will, and how he should study and learn what a great part of his being it is.
The Love of the Father comes only into a man’s soul when he seeks It in prayer and faith, and of course this implies that he wills It to come to him. No man is ever refused this Love when he properly asks for It.
Now this Love is a part of the Divine Essence, and when a man possesses It in sufficient abundance he becomes a part of Divinity Itself; and in the Divine there is no sin or error, and, consequently, when he becomes a part of this Divinity no sin or error can form a part of his being.
Now, as I have said, man who is without this love has his memories of sin and evil deeds, and, under the law of compensation, must pay the penalties. Yet when this Divine Love comes into his soul, it leaves no room for these memories, and as he becomes more and more filled with this Love these memories disappear and only the Love inhabits his soul, as it were. Hence, there remains nothing in him upon which this law can operate, and the man is no longer its slave or subject. This Love is sufficient of itself to cleanse the soul from all sin and error, and make man one with the Father.
This is forgiveness of sin, or rather the result of forgiveness. When a man prays to the Father for this forgiveness, He never turns a deaf ear, but says, in effect, «I will remove your sins and give you my love, I will not set aside or change my laws of compensation, but I will remove from your soul everything upon which this law can operate, and as to you it becomes as if it had no existence.»
I know by your personal experience that this forgiveness is a real, actual, existing thing, and when the Father forgives, sin disappears, and Love only exists, and that Love in its fullness is the fulfilling of the law.
So let men know that God does forgive sin, and when He forgives the penalty disappears, and when they disappear as the result of such forgiveness, no law of God is changed or violated.
This was the great mission of Jesus when he came to earth. Before he came and taught this great truth, the forgiveness of sin was not understood, even by the Hebrew teachers, but their doctrine was an eye for an eye and a tooth for a tooth. The Divine Love, as I have feebly described, was not known or sought for – only the care and protection and material benefits that God might give to the Hebrews.
The Divine Love entering into and taking possession of the souls of men constitute the New Birth, and without this no man can see the Kingdom of God.
My dear son, I have written you a long but imperfect communication, but there is sufficient in it for men to think of and meditate upon, and if they do so and open their souls to the Divine Influence, they will know God can forgive sin, and save men from its penalties, so that they will not have to undergo the long period of expiation, which in their natural state the law of compensation ever demands.
So without writing further, I will say that I love you with all my heart and soul, and pray the Father to give you this Great Love in all its abundance.
Your loving Grandmother,
ANN ROLLINS