Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9: unplandivino.net/transicion/
Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).
Para los audios: En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.
Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.
Notas al capítulo
─ Ver el audio correspondiente.
─ Aquí comienza este tercer libro de la trilogía de la historia real de Aphraar por el mundo espiritual, dada a Robert James Lees.
─ Entre otros apartados, antes de comenzar se nos da un diagrama sobre el mundo espiritual, que nos puede liar, pues estas son cosas que en realidad no podemos comprender realmente si no tenemos «las claves» en el nivel del alma (es decir, más vividas; aunque, además, estas son cosas que en nuestro estado terrestre son difíciles de comunicar de todas maneras ─aunque vayamos alcanzando ciertas intuiciones─).
Versión en español
(A continuación va una dedicatoria inicial de la hija de Robert James Lees.)
A
ZISVENE
en agradecido reconocimiento de
muchos espontáneos y valiosos servicios
prestados a mi ministerio en
SU VIDA EN EL SUEÑO [SLEEP LIFE],
algunos de los cuales se mencionan aquí.
Este volumen está apropiada y agradecidamente
dedicado por
el leal y fiel colaborador de ella,
APHRAAR.
Con profunda gratitud a Dios, que me ha dado un padre así,
deseo dedicar afectuosamente los tres Registros de Aphraar al
PROPIO RECEPTOR
como recuerdo perpetuo de su vida y obra al servicio de su Maestro,
y en nombre de los miles de lectores de todo el mundo
que han recibido consuelo de ellos.
Que el mensaje que ahora se da sea de igual valor para la humanidad en llevar
a todos y cada uno a su deseado cielo «Adentro de la Puerta».
EVA LEES
LEICESTER, noviembre de 1931.
PRÓLOGO DEL RECEPTOR
Es con sentimientos de profunda gratitud que ahora puedo dar al mundo esta tercera serie de Hojas de la Autobiografía de Aphraar. Hace ya más de treinta años que A través de las nieblas emprendió su misión, que es hoy mucho más popular que cuando comenzó. Siete años más tarde le siguió La vida elísea; y ahora se me ha pedido que registre su llegada a La puerta del cielo.
Al entregar el presente volumen a mi editor, soy profunda y agradecidamente consciente del cumplimiento de una garantía dada por el Maestro, cuando dijo: ‘Todo escriba instruido en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas‘ [ref.]. En las presentes páginas, el lector será invitado a visitar viejas escenas de la peregrinación de Aphraar, pero lo hará con nuevos y mayores poderes de visión, con una revelación más profunda y una comprensión mucho más clara. Aphraar, al avanzar, se encuentra con nuevos maestros, que le exponen las viejas verdades a la luz más completa de nuevas interpretaciones, no incompatibles, sino más bien con una ampliación más ancha de lo que hasta ahora había sido capaz de captar, de modo que comienza a comprender la relación de parte a parte en el esquema expansivo de la existencia, y comprende el uso, el significado y el propósito de los detalles que hasta entonces habían resultado ser misteriosos escollos en el camino.
Permitidme señalar una sugerencia ilustrativa de lo que quiero decir. Sus nuevos maestros, Omra y Rael, llevan a Aphraar al teatro de la Alegoría, donde se le permite observar el progreso del gran drama de la vida. En la luz sin sombras en la que observa ahora el verdadero desarrollo, es capaz de rastrear el punto exacto en el que los correctores teológicos han hecho escisiones o introducido tales confusiones que hacen necesaria la existencia de un culto sacerdotal para el sometimiento de la humanidad, y la perversión de la verdad tal como es en Jesús.
La primera parte de este drama de la existencia, según la enseñanza del Cristo, se le muestra a Aphraar que consiste en tres actos, más allá de los cuales él no tiene todavía poder para penetrar su misterio:
ACTO I. – La etapa mortal o infantil del ser. El niño, que aún no es capaz de distinguir entre el mal y el bien, es en sí mismo impecable: ‘De los tales es el reino de los cielos‘ [ref.]. Sin embargo, inmediatamente es capaz de entender los: ‘Haz esto’ o ‘No hagas aquello‘, y es hasta cierto punto responsable de la desobediencia y, en consecuencia, está sujeto a castigo y corrección. La caída del telón, llamada Muerte, no es el final, sino simplemente un cambio de escena que introduce:
ACTO II – El Período Escolar o la Juventud de la Existencia. (Esta es la gran región de la niebla teológica, la controversia y la confusión, diversamente llamada el Estado Intermedio, el Purgatorio o las Siete Esferas). Es en realidad el Aula Escolar en la que el alma es educada y preparada para tomar su posición en la vida como Hija de Dios. En otra alegoría del Maestro, esto es representado como campo de la siega, donde se hace que el alma recoja la cosecha de sus acciones infantiles; o en una tercera, es el tiempo de auditoría, donde se hace que el alma informe y haga balance de su cuenta de responsabilidad por el uso de sus oportunidades en obediencia o en lo contrario, y se someta al elogio o castigo que muestre el balance. Pero en la dispensación de la justicia, un Padre infalible y totalmente amoroso, ‘que quiere que todos los hombres se salven’, hace la asignación.
ACTO III – La madurez del alma. Pasada la etapa educativa necesaria, y habiendo sido purificada el alma de las debilidades de la carne, entra en su herencia como Hijo de Dios, una condición tan marcadamente diferente de lo que ha sido antes, que se presenta en dos alegorías extrañamente diversas: ‘Es necesario nacer de nuevo‘ y ‘desposarse con Cristo‘, o, también, el Maestro lo describe como la llegada a casa del Hijo Pródigo y la entrega del anillo, la túnica, el beso y el gran regocijo.
A entretejer esta enseñanza alegórica con la realidad de la experiencia de Aphraar se dedica la mayor parte de este volumen, y la figura coherente adoptada es la del segundo nacimiento, tal como se presentó a Nicodemo. Aquí me atrevo a sugerir que tanto si Rael como Omra toman la parábola para instruir a su alumno, el lector encontrará que cada uno de ellos es interesante y coherente a la hora de seguir los pasos del Maestro a cuyo servicio están trabajando.
Por supuesto, estoy preparado para que algunos de mis lectores se encojan con algo parecido al horror ante la idea de que el segundo nacimiento de Aphraar tenga lugar más de cuarenta años después de haberse despojado del cuerpo mortal, pero este no es el primer soplo de herejía teológica que se ha levantado a través de nuestros registros desde las llanuras del cielo, ni se exige en ninguna parte de la Biblia que la transición deba obtenerse durante la etapa terrestre del ser, y sin embargo Pablo estaba autorizado a declarar que ‘así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados‘ [ref.]. Por lo tanto, es obvio que si la regeneración necesaria no se recibe aquí, debe adquirirse allí.
Habiendo tenido el privilegio de escribir los siguientes registros bajo la dirección de Aphraar, y por lo tanto conociendo algo de las dificultades que encontró al dar el paso, sería un asunto fácil para mí decir aquí cuál sería su consejo a todos y cada uno de sus lectores al respecto, pero no me anticiparé. Es mejor que él despliegue su propia historia, y a su manera muestre cuán inexpugnables son las defensas que aseguran el reino para que ‘no entre en él nada que contamine, ni nada que haga abominación o mentira‘ [ref.].
ROBT. JAS. LEES.

Diagrama del Cielo y la Tierra,
por secciones

EXPLICACIÓN DEL DIAGRAMA
El círculo exterior indica la posición de la Esfera Psíquica. El “firmamento” o cielo de Génesis 1:8. Éste, como se describe en las páginas siguientes, abarca todas las disposiciones necesarias para la recepción y maduración del alma recién nacida hasta que alcanza la condición Espiritual de un hijo de Dios.
E. La Tierra. Su posición en lo Físico se indica mediante el círculo punteado.
I-VII. Las Siete Esferas, o Estado Intermedio. El Aula donde transcurre la juventud del alma en preparación Espiritual.
VIII. La ubicación de los incultos, o ‘naciones que olvidan a Dios‘ [ref.], en la que son adecuadamente instruidos y preparados.
IX. El Estado de Sueño, donde toda la humanidad pasa la vida de sueño en comunión con los difuntos (Job 33:14-18).
X. La Gran Guardería, donde se desarrollan y educan los niños que mueren antes de nacer, o bien, antes de ‘saber rechazar el mal y escoger el bien‘ (Isaías 7:16).
Todos estos estados son Psíquicos o Intermedios entre el Físico y el Espiritual, como el crepúsculo separa la luz de la oscuridad en el mundo natural. La primera Esfera Espiritual se encuentra más allá de este círculo y se alcanza mediante ‘el Segundo Nacimiento‘ (Juan 3:3), como se expone en las páginas siguientes.
[Nota (descripción de los colores en la imagen (para posibles impresiones y anillados en papel en blanco y negro): La parte VIII tiene un color como verde botella; esa parte VIII es lo que rodea a las esferas 1, 2, 3, 4, que vemos en la parte de abajo. Esas esferas 1, 2, 3, 4 van en un gradiente de grises desde el gris oscuro de la 1 al más claro de la 4. La esfera 4 y la parte IX están en ese mismo gris más claro. La esfera 5 y la parte X que rodea a las esferas 4, 5, 6 y 7, están en un color rosado-enrojecido nada chillón. La esfera 6 está en un verde diferente a aquel verde botella, creo, y la esfera 7 como en un azulado suave. Como explica el texto, más allá del círculo total comienzan las esferas verdaderamente espirituales, pues, como sabemos por las revelaciones del mismo Jesús en la «segunda venida», las esferas superiores a la 7 son donde propiamente nos sentiremos eternos, estando en comunión de amor con Dios (lo que Robert acaba de llamar más o menos como «alcanzar la verdadera condición de Hijos de Dios»). Ellas (la 8, etc.) siguen en un progreso infinito hacia «arriba» en poderes creativos, «dimensionalidad», etc. (Nota: Quizá a lo largo del libro podamos entender por qué da una numeración correlativa (pero en números romanos a partir del VIII) a esas partes que de cierto modo engloban las esferas, en vez de por ejemplo llamarlas con letras «A, B, C»)]
La Puerta del Cielo
CAPITULO UNO
UN DESPERTAR
De nuevo pido a mi Receptor que tome su pluma para que pueda hablar una vez más a mis hermanos en la carne desde la plenitud del deseo de mi alma.
En su respuesta instantánea, él me llama la atención sobre una gran cantidad de correspondencia que contiene preguntas a las que se me pide que responda; pero, por el momento, debo limitar mi atención a un punto que me presiona particularmente, en cuya consideración, incidentalmente, podré tratar muchos de los problemas planteados, mientras que trataré de revelar uno de los profundos misterios de la experiencia espiritual ─tal como lo he encontrado─ que le da un mayor significado y la coloca en una nueva luz respecto a la que la teología, ciertamente en estos últimos días, ha tenido la costumbre de considerarla.
Me refiero a aquella enigmática declaración de Cristo a Nicodemo en la que dijo: ‘De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios‘ [ref.]. El maestro de Israel no logró entenderle; los escolásticos de las edades intermedias han tenido poco éxito, si es que lo han tenido, y, ciego guiando a ciego, tanto el profeta como el pueblo han tropezado para dar en el foso de la duda, porque la luz que había en ellos era tinieblas.
Una vez estuve ciego ─ciego como cualquiera cuyo pie resbala sobre la línea que divide lo mortal de lo inmortal─, pero por la gracia de Dios una mano guía me ha conducido a la luz por la que veo, y, de pie en esa luz, mi alma anhela más que nunca contar lo que me ha sido revelado. Quiero que otros vean y aprendan las indecibles bellezas de la luz de la verdad. Quiero que cada alma que cruza el escenario de la Tierra conozca, como yo he llegado a conocer, algo de la irresistible fascinación de la música celestial que suena en esa declaración del Maestro: ‘Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna‘ (Juan 3:16).
Por eso no puedo entretenerme ahora en responder a todas estas preguntas. Todo lo que venga en el camino directo que tengo que recorrer será tratado plenamente, pero todo lo demás debe quedar a un lado como de importancia secundaria para el único gran problema. ‘¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?’» (Juan 3:4).
Hay, sin embargo, una de estas preguntas a la que debo referirme brevemente, antes de continuar: «¿Muestran, los registros hechos, el curso completo de instrucción al que un alma semejante a la de Aphraar es sometida al entrar en la otra vida, o son sólo indicaciones esquemáticas de algún plan más elaborado?».
Son apuntes indicativos, sin ninguna referencia a un orden consecutivo, de incidentes que se extienden a lo largo de una experiencia de casi treinta años. Hago este cálculo del período cubierto, con la esperanza de que sea útilmente sugestivo. Además, en el tratamiento de un alma individual, no se da un currículo técnico rígido y estricto, o un procedimiento mecánico, en la gran universidad de Dios. Cada alma entra con sus propias características especiales, necesidades, entorno y requisitos. Todas las causas que han contribuido a su condición actual son tomadas en cuenta analíticamente.
Los pecados que se deben al padre se llevan a la cuenta del padre, y reciben una consideración correspondiente en relación con el hijo. No se encuentra en el alma mancha o mácula alguna que no sea escrupulosamente rastreada hasta su origen, en cumplimiento de la ley de que ‘todo lo que el hombre siembre, eso también segará‘, y cuando se determina el resultado justo, entonces se trata con el alma, con miras a asegurar su expiación final ante Dios.
Es en un arreglo tan adaptable como este que el Salmista descubre que ‘la ley del Señor es perfecta: convierte al alma‘ (Salmos 9:7). Nosotros, que aún no hemos sido perfeccionados, no estamos en condiciones de saber todo lo que esto implica; pero esto sí lo sé, esto es algo que ya he visto y de lo que ya he hablado más de una vez, y lo recomiendo encarecidamente a la atención de toda alma que lea estos registros: En el juicio emitido sobre el alma cuando entra en la inmortalidad, la justicia de Dios se destaca como una sorprendente indulgencia [leniency], descubrimos que la Justicia es una divinidad compasiva, y no una furia vengadora.
Si hay un hecho más profundamente grabado en mi consciencia que otro por las revelaciones de esta vida superior, es este: que Dios tiene en su mente un solo propósito con respecto a toda la familia del hombre: amarlo con amor eterno, y con amorosa bondad atraerlo de nuevo a la herencia que ha abandonado por las maquinaciones del pecado. ¿Puede haber una declaración más patética y anhelante de esto, que la que se oye en la invitación del Cristo, que habla como la voz del Padre: ‘Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar‘ (Mateo 11:28).
De qué babel de confusión escaparía el mundo, qué concepción más clara de Dios amanecería si, dejando a un lado nuestros dogmas teológicos e interpretaciones no autorizadas, el alma errante aceptara la sencilla invitación del mediador designado por Dios, y aprendiendo de Aquel que es manso y humilde de corazón, encontrara el descanso necesario. ‘Los caminantes, aunque necios, no errarán por él [por ese camino]‘ (Isaías 35:8).
Sé de qué hablo cuando hago esta sugerencia. Cuántas veces he anhelado la oportunidad de apartarme, para poder meditar sobre las sorpresas cada vez mayores que encuentro, mientras observo esta ley de Dios en funcionamiento a mi alrededor. Por fin he alcanzado esta meta de mi deseo, he probado las dulces aguas que puedo extraer del pozo de la meditación, he abierto los ojos para contemplar las vistas de la revelación que se despliegan ante mí, mientras Él me proporciona el descanso prometido; he encontrado allí una puerta de oportunidad que se abre a un ministerio insospechado que no había soñado, un servicio que podría prestar al Maestro, al cual Él se ha complacido en llamarme: un servicio de siembra, para el que no tuve que esperar mucho antes de recoger una rica cosecha de más del ciento por uno.
Me había retirado a un lugar sagrado por el recuerdo de meditaciones anteriores, y me había perdido de nuevo en el reino celeste, cuando una mano tierna se posó en mi hombro. Vaone estaba detrás de mí.
«Aphraar, espero no haberte molestado, pero me gustaría tanto que me respondas a una pregunta», dijo disculpándose.
«No una, sino cien, querida, si deseas hacer tantas. ¿Qué deseas saber?».
«¿Has encontrado en el cielo todo lo que esperabas?».
Había una sospecha de ansiosa indecisión en su nerviosa pregunta, y la naturaleza de la misma parecía tan extraordinaria, viniendo a mí tan repentinamente y en un momento así, que, por el momento, dudé qué o cómo responder.
«Cielo… ¿todo lo que esperaba? -repetí- ¿Qué quieres decir?»
«Perdóname si me he expresado vagamente -contestó ella, mientras tomaba asiento a mi lado-, pero me acaba de venir a la mente la idea de lo muy diferente que es esta vida de lo que nos enseñaron que sería. Y al darme cuenta del contraste, te vi a ti, y vine a preguntarte si tú también la habías encontrado así».
La confusión que la pregunta provocó en mi mente no tuvo tanto que ver con su forma, como con el descubrimiento de que Vaone se había despertado lo suficiente como para instituir una comparación. No la había conocido en la carne, pero sabía que su historial era el de una ortodoxia leal e incuestionable. Mi experiencia acerca de las influencias desencarnadas me había demostrado que tendían más a la fijeza de ideas que a otra cosa; y yo había encontrado a Vaone casi indolentemente inclinada, hasta entonces, a contentarse con aceptarlo todo tal como lo encontraba. Ahora ella había sentido el estímulo de una nueva idea y, bajo su insólito estímulo, estaba pidiendo información.
Por el momento no sabía cómo responderle. Cómo deseaba estar dotado del tacto y la habilidad de Myhanene para tratar un caso así. Por primera vez me di cuenta de la tremenda responsabilidad que recae sobre los hombros de cualquier hombre que intente desempeñar el papel de maestro, pero cuando ese cargo se ejerce en relación con las cosas espirituales, la responsabilidad añadida es, o debería ser, tan grande, que hace que uno se detenga seriamente antes de asumirla.
‘He aquí un sembrador que salió a sembrar’: ese es el bosquejo que Cristo hizo de un maestro que va a su trabajo. ‘Todo lo que el hombre siembre, eso también segará‘. Después de muchos días: ‘Algunos treinta, otros sesenta, y otros ciento por uno‘, ya sea de trigo o de cizaña. ¿Cuál sería la cosecha si me atreviera a responder a la pregunta de Vaone sin que Myhanene o alguno de los otros estuviera presente para corregir cualquier error que yo pudiera cometer?
Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo acertado de que Myhanene no me permitiera utilizar a mi receptor si no era en presencia de algún miembro responsable de su banda.
Cómo nos inquietamos y nos preocupamos mientras esperamos impacientes la llegada de alguna oportunidad deseada, pero si se presenta vestida de una guisa insospechada, no la reconocemos y dejamos que pase desapercibida. Hablo ahora por experiencia. ¿Cuántas veces anhelé poder contar todas las cosas buenas que mis maestros me habían dado a conocer? Casi temo que en esas ocasiones me habría enamorado demasiado de la posición de maestro como para darme cuenta del peso de la responsabilidad que conllevaba. Cuando esto último me fue revelado, me encogí y llamé a Myhanene para que viniera a responder a Vaone.
«Esta es tu oportunidad -respondió-, cuéntale, a tu manera, lo que has visto y oído».
No había escapatoria. Era mi primera verdadera llamada al deber. Vaone estaba esperando, preguntándose por mi retraso.
Justo en ese momento, tuve una experiencia extraña y curiosa. Un rayo de luz atravesó mi consciencia, vívido y breve como un relámpago, pero a su paso dejó tras de sí tres revelaciones diferentes e inconexas: el despiadado sistema de dominación ─social y espiritual─ bajo el cual Vaone había pasado su vida terrenal; la verdadera naturaleza de la emancipación asegurada por el ministerio de la Coral Magnética; pero la más impresionante, con mucho, fue el descubrimiento de una nueva facultad en mí mismo que parecía romper con todas las limitaciones a las que había estado sujeto hasta entonces, e impartir un poder de comprensión bajo cuya influencia me enfrenté con valentía al deber al que había sido llamado.
«Sí, es diferente, es extrañamente, incomparablemente diferente de todo lo que había concebido que sería -respondí, preguntándome adónde me llevaría mi recién encontrada inspiración-, pero la diferencia, tal como yo la veo, parece estar en la dirección opuesta a la que tú has descubierto. Si comprendo bien el tono en que haces tu pregunta, esta vida no está a la altura de tus expectativas; para mí, se requiere más de todo el poder del que dispongo para poder expresar hasta qué punto supera mis mayores expectativas. Permíteme explicarte lo mejor que pueda en qué consiste esta diferencia».
«Sí, ayúdame, Aphraar».
«Por supuesto que te ayudaré, aunque me temo que no seré más que un pobre e incierto apoyo en el que puedas reclinarte. Pero haré lo que pueda, de acuerdo con lo que he aprendido».
«Confiaré en ti», respondió ella, tal vez con más confianza de la que mi autoridad justificaba.
«Entonces debo empezar por explicarte algo que me sorprende que no hayas sabido antes».
«¿Y eso es…?».
«Que ni tú ni yo estamos en condiciones de expresar ninguna opinión respecto al cielo en este momento».
«¿Qué quieres decir? ¿Por qué no podemos hablar del cielo? ¿Quieres que piense que esta vida, en la que se nos han concedido tantos deseos de nuestra alma, no es más que un largo sueño, del que pronto despertaremos: yo para volver a tomar la cruz de mi esclavitud a la tiranía de otro, y tú para reanudar la angustia de la que este sueño sagrado te ha aliviado temporalmente? ¿Es acaso cierto que quieres que anticipe la revelación que con tanta frecuencia dices que aún se nos ha de hacer? ¡Que Dios me libre de semejante blasfemia de muerte!».
Vaone se había puesto en pie al primer impulso de su protesta. El resentimiento que se despertó fue tan opuesto a su disposición habitualmente complaciente como para hacer que ella se asombrara de sí misma. Yo, no menos asombrado por el inesperado arrebato, al principio me sentí inclinado a sonreír, pero al ver lo profundamente que la idea la había conmovido, me dispuse de inmediato a tranquilizarla.
«No, puedes descartar de inmediato esa posibilidad. Por mucho que lo deseemos en determinadas circunstancias, el dormir [sleep] es impotente para devolvernos al ayer de la vida; siempre nos lleva hacia el mañana. No podemos despertar de nuevo en las limitaciones y la servidumbre de la carne; el sueño de la muerte no tiene poder ni alternativa más que para llevarnos hacia adelante al amanecer del espíritu. No hay motivo para alarmarse. Si me hubiera tomado más tiempo para reflexionar sobre mi respuesta a tu pregunta, la habría formulado de forma menos abrupta, evitando así el malentendido que he creado. Permíteme tratar de expresar lo que quiero decir de otra forma».
«¿Quieres decir que aún no hemos llegado al cielo, sino que estamos en un estado intermedio?».
«Eso es exactamente lo que quiero decir».
«Pero yo no creo…».
«Mi querida Vaone, la altitud de nuestra creencia no afecta en absoluto a la validez de un hecho. Los sabios de la antigüedad afirmaban que la Tierra era plana, con cuatro esquinas, pero todas las creencias de filósofos, científicos y eclesiásticos a ese respecto eran erróneas. Las creencias siempre están sujetas a revisión cuando se descubren hechos, y ahora nos encontramos frente a un hecho que nos demuestra que los eclesiásticos modernos no son más infalibles que sus predecesores. La dificultad a la que te enfrentas no es que la vida en la que has entrado ahora sea errónea, sino más bien que la concepción que te formaste de ella ─bajo la dirección de aquellos que no sabían más de sus realidades que tú misma─ es errónea. Pero no has perdido nada con el descubrimiento. Si no has entrado en las recompensas inmediatas que predijeron y prometieron a cambio de tu creencia, tampoco han recaído sobre ti los castigos con los que ellos amenazaban a la incredulidad. Aparte de esto, ¿hay alguna otra desilusión que esta vida te haya ocasionado?».
Ella vaciló antes de aventurar su respuesta.
«No, tal vez no. Pero supongamos que ellos hubieran tenido razón y yo no les hubiera creído».
«Eso representa exactamente la posición que yo ocupaba. Sinceramente, no podía aceptar las pretensiones de la Iglesia y, aceptando la regla de oro como ley de mi vida, me esforcé ─de forma muy imperfecta, pero no por ello menos esforzada─ en seguirla. ¿Cuál es el resultado? ¿Me encuentro de alguna manera penalizado en comparación contigo? ¿No eres más bien alguien que viene a mí expresando una decepción, mientras que yo me veo obligado a admitir que, hasta ahora, esta vida es una revelación más gloriosa de la bondad amorosa y la tierna misericordia de Dios de lo que jamás se me ocurrió concebir? Por supuesto, echamos de menos los accesorios teatrales que la Iglesia emplea tan maravillosamente para adornar tentadoramente su escenario.
»No encontramos transformaciones del tipo «¡Ya! En mi nombre, ¡cambio!», por medio de las cuales un alma leprosa es transferida a la primera fila de los santos al recibir la llamada «extrema unción»; o una oración que apenas termina antes de que la carne sea descartada. Por otro lado, encontramos ley, orden, belleza, previsión y un ministerio adaptado a cada posible demanda que los estragos del pecado y de la rebelión hayan creado. En todo el amplio reino de lo posible no se puede encontrar ningún mal para cuya corrección no se haya provisto aquí un antídoto, fuera del alcance y de la influencia del enemigo; pero todas y cada una de estas benditas disposiciones de Dios operan de acuerdo con la ley establecida, y nunca en respuesta a ninguna orden errática.
»Siendo esto así, ¿no ves ─especialmente con la gran ventaja que poseemos ahora de tener la evidencia circunstancial de la vida superior para guiarnos en nuestras conclusiones─ que es exactamente tan imposible para cualquier alma pasar en un solo paso del estado de pecado a la rectitud [righteousness], como lo sería para un infante alcanzar el estado de hombre mediante un proceso similar? Entre la infancia y la madurez se encuentran las etapas intermedias de la niñez y la juventud que son absolutamente necesarias para asegurar el vigor físico y mental, y por paridad de razonamiento es igualmente esencial que se permita un intervalo similar de transformación para la conversión de un pecador en santo.
»Si se necesitara algo más para probar la necesidad de un estado intermedio, yo podría proporcionarlo fácilmente preguntándote si alguna vez has pensado en celebrar una recepción sin ofrecer un guardarropa para la comodidad de tus visitantes. Es casi imperdonable sugerir la posibilidad de que se produzca un contratiempo semejante, pero si esto es así en la vida social ordinaria, ¿por qué debería considerarse un ultraje afirmar que existe una disposición correspondiente, donde los peregrinos manchados por el viaje pueden prepararse adecuadamente para ser conducidos a la presencia del Rey de Reyes?
»Por lo tanto, no hay razón para que te sientas desanimada o decepcionada, como tampoco yo tengo motivos para alegrarme de la posición en que nos encontramos actualmente. Tú aún no has alcanzado la altura de tu gran ideal, mientras que yo, en muchos aspectos, he superado mis expectativas más optimistas; pero aún no estamos en el cielo.
»Nuestros ojos aún no han contemplado la visión de la puerta nacarada y la calle dorada que le fue concedida a Juan en Patmos; pero nos hemos despojado de la carga de la carne, y en el vestíbulo del cielo estamos descansando nuestros cansados pies, tomando refrigerio, y siendo instruidos en referencia a lo que se requerirá cuando seamos llamados al lugar más santo [«holy of holies«; sanctasantórum]. La existencia inesperada de lo que podríamos considerar como un vestuario contiguo a la cámara de audiencias no debe causar alarma. Es simplemente el resultado de confiar en indicaciones y promesas no autorizadas; no pone en peligro, sino que sólo retrasa temporalmente la realización, en lo que a ti respecta; por mi parte, me he visto más que satisfecho al encontrar lo que ya he alcanzado, y espero con ilusión, como a ti te aconsejaría que hicieras, lo que aún está por revelar».
Vaone escuchó con nerviosa paciencia todo lo que yo tenía que decir, alternándose visiblemente en su rostro la sonrisa de la esperanza y la sombra de la duda. En ese momento descubrí que una sospecha de animación se imponía a su habitual compostura, y me maravillé del éxito que estaba logrando mi ministerio. Y, sin embargo, eso no era yo. Era algo más allá de mí mismo, algo que había quedado atrás y que había evolucionado a partir de aquel misterioso rayo de iluminación que recibí al principio de su consulta, un impulso guía que me había llevado adelante, proporcionándome todo lo que decía y utilizándome para hablar de cosas que nunca antes había considerado ni soñado, con una seguridad tan ajena a mí mismo como lo era el papel de profesor que me había visto obligado a asumir.
«¿Has terminado?», preguntó, tras una breve pausa.
«Creo que he dicho todo lo que era necesario por el momento, a menos que quieras preguntarme algo más», respondí.
«Estoy empezando a darme cuenta de lo mucho que ignoro, y la sensación que me produce es de confusión. Lo siento, pero no sé cómo expresarlo. Es algo que, cuando vine a verte, lo tenía ante mí, como una incertidumbre inquieta, y que sólo podría describir como una sensación de decepción que contravenía todas mis ideas del cielo. Por eso he venido. Mientras hablabas, todo parecía cambiar: la decepción se transformó en el misterio que lo llena todo, todo. Pasado, presente, futuro, todo es misterio, y quiero que sigas hablando de ello. Dime qué es».
«Puedo decírtelo con una sola palabra -respondí, más agradecido por su confesión de lo que puedo expresar, ya que me abrió los ojos claramente a lo que realmente estaba ocurriendo en ella-; Es tu propio despertar a la Vida. La Vida es misterio, un misterio tan profundo, tan vasto, tan glorioso, que es un problema si algún ojo, excepto el de la Deidad, será capaz de penetrarlo. Nosotros mismos tenemos que esperar su revelación. Su brillante rayo naciente apenas comienza a tocar tu alma, Vaone. Debes sentirlo, verlo, conocerlo por ti misma. Nadie puede decirte lo que es, de dónde procede o adónde va, excepto Dios. Anímate a conocerlo. Con todo tu corazón, alma, mente y fuerza busca y encuentra, sigue a Aquel que es el único capaz de conducirte a la verdadera luz de la Vida».
No volvió a responderme, sino que dio media vuelta y se alejó, como yo me había alejado más de una vez de Myhanene cuando él me había llevado cara a cara frente a una de sus grandes revelaciones.
No intenté seguirla. Sabía que todo iba bien, y en aquel momento yo ya tenía bastante con tomar conocimiento de mi recién encontrado yo.
Versión en inglés
TO
ZISVENE
In grateful recognition of
many spontaneous and valuable services
rendered to my ministry in
HER SLEEP LIFE,
several of which are herein referred to.
This volume is fittingly and appreciatively
dedicated by
Her loyal and faithful fellow-worker
APHRAAR
It is with deep gratitude to God who gave me such a father that I wish to
dedicate affectionately Aphraar’s three Records to the
RECORDER HIMSELF
as a perpetual Memorial to his Life and Work in his Master’s service,
and on behalf of the thousands of readers the world over, who have
received consolation from them.
May the message now given be of equal value to mankind in bringing
each and all to their desired heaven “Within the Gate.”
EVA LEES
LEICESTER, November, 1931.
RECORDER’S FOREWORD
It is with feelings of deepest gratitude that I am now able to give to the world this third series of Leaves from the Autobiography of Aphraar. It is now over thirty years since Through the Mists went forth upon its mission – a mission which is far more popular to-day than when it first commenced. Seven years later, The Life Elysian followed; and now I have been called upon to record his arrival at THE GATE OF HEAVEN.
In passing the present volume on to my publisher, I am deeply and gratefully conscious of the fulfilment of an assurance given by the Master, when He said, “Every scribe which is instructed unto the kingdom of heaven is like unto a man that is a householder which bringeth forth out of his treasure things new and old.” In the present pages the reader will find himself invited to visit old scenes in the pilgrimage of Aphraar, but he will do so with new and larger powers of vision, deeper revelation, far clearer comprehension. Aphraar, in passing forward, meets with new teachers, who expound to him the old truths in the fuller light of new interpretations, not inconsistent with, but rather with a wider amplification than he has so far been able to grasp, so that he begins to understand the relationship of part to part in the expanding scheme of existence, and comprehend the use, meaning, and purpose of details which had hitherto proved to be mysterious stumbling blocks in the path.
Let me point out an illustrative suggestion of what I mean. His new teachers, Omra and Rael, carry Aphraar into the theatre of Allegory, where he is permitted to watch the progress of the great drama of life. In the shadowless light in which he is now watching the true unfolding, he is able to trace the exact point at which theological emendators have made excisions or introduced such confusions as make the existence of a priestly cult necessary to the subjection of humanity, and the perversion of the truth as it is in Jesus.
The first part of this drama of existence, according to the teaching of the Christ, is shown to Aphraar to consist of three acts, beyond which he has as yet no power to penetrate its mystery:
ACT I. – The Mortal or Infancy Stage of Being. The child not yet able to discriminate between the evil and the good, is in itself sinless – “Of such is the kingdom of heaven.” It is, however, presently able to understand “Do this,” or “Don’t do that,” and is so far responsible for disobedience, and consequently becomes liable to chastisement and correction. The falling of the curtain, called Death, is not the end but simply a change of scene introducing:
ACT II – The Scholastic Period or the Youth of Existence. (This is the great region of theological fog, controversy, and confusion, variously called the Intermediate State, Purgatory, or the Seven Spheres). It is in reality the Schoolroom in which the soul is educated and prepared to take its position in life as a Son of God. In another Allegory of the Master it is represented as the harvest field, where the soul is made to reap the harvest of its infantile actions; or in a third, it is audit time where the soul is made to report and balance its account for the use of its opportunities in obedience or otherwise, and be subject to such commendation or penalty as the balance shows. But in the dispensation of justice an infallible and all-loving Father “who will have all men to be saved,” makes the award.
ACT III – The Manhood of the Soul. The necessary educational stage past, and the soul having been purified from the infirmities of the flesh, it enters upon its inheritance as a Son of God – a condition so markedly different from what has gone before that it is shadowed forth in two strangely varied allegories: “Ye must be born again,” and “an espousal to the Christ,” or yet again the Master pictures it as the reaching home of the Prodigal Son, and the bestowal of the ring, the robe, the kiss, and great rejoicing.
In interweaving this allegorical teaching into the actuality of Aphraar’s experience the greater part of this volume is devoted, and the consistent figure adopted is that of the second birth as presented to Nicodemus. Here I venture to suggest that whether Rael or Omra takes up the parable to instruct their pupil, the reader will find each of them to be both interesting and consistent in following in the steps of the Master in whose service they are working.
Of course, I am prepared for some of my readers shrinking with something like horror at the thought of Aphraar’s second birth taking place more than forty years after he has thrown off the mortal body, but this is not the first breath of theological heresy that has been wafted across our records from the plains of heaven, nor is it anywhere demanded in the Bible that the transition must be obtained during the terrestrial stage of being, and yet Paul was authorized to declare that “As in Adam all die, even so in Christ shall all be made alive.” It is therefore obvious that if the regeneration necessary is not received here it must be acquired there.
Having been privileged to write the following records under Aphraar’s direction, and thereby knowing something of the difficulties he encountered in taking the step, it would be an easy matter for me here to say what his advice would be to each and all of his readers concerning it, but I will not anticipate. It is best for him to unfold his own story, and in his own way show how impregnable are the defences that ensure the kingdom so that “there shall in no wise enter into it anything that defileth, neither whatsoever worketh abomination, or maketh a lie.”
ROBT. JAS. LEES.

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THE HEAVEN
and
EARTH
SECTIONAL DIAGRAM

EXPLANATION OF THE DIAGRAM
The outer circle indicates the position of the Psychic Sphere. The ‘firmament’ or heaven of Gen. i, 8. This, as described in the following pages, embraces every provision for the reception and maturing of the newly-born soul until it reaches the Spiritual condition of a son of God.
E. The Earth. Its position in the Physical indicated by the dotted circle.
I-VII. The Seven Spheres, or Intermediate State. The Schoolroom where the youth of the soul is passed in Spiritual preparation.
VIII. The location of the uncultured, or “nations that forget God,” in which they are suitably instructed and prepared.
IX. The Sleep State, where the sleep-life is spent by all mankind in communion with the departed. (Job xxxiii, 14-18.)
X. The Great Nursery, where children who pass away prior to birth, or before they “know to refuse the evil, and choose the good” (Isa. vii, 16), are developed and educated.
All these states are Psychic or Intermediary between the Physical and Spiritual, as the twilight divides the light from the darkness in the natural world. The first Spiritual Sphere lies beyond this circle and is attained by “the Second Birth” (John iii, 3) as set forth in the following pages.
The Gate of Heaven
CHAPTER ONE
AN AWAKENING
Again I am asking my Recorder to take up his pen in order that I may once more speak to my brethren in the flesh out of the fulness of my soul’s desire.
In his instant response, he calls my notice to a mass of correspondence containing questions to which I am asked to reply; but, for the present I must confine my attention to one point which particularly presses upon me, in the consideration of which I shall, incidentally, be enabled to deal with many of the problems raised, while I shall try to unfold one of the deep mysteries of spiritual experience as I have encountered it which gives it a greater significance and places it in a new light to that in which theology has, certainly in these later days, been in the habit of regarding it.
I am speaking of that cryptic utterance of the Christ to Nicodemus where He said: “Verily, verily, I say unto thee, except a man be born again, he cannot see the kingdom of God.” The master in Israel failed to understand Him; the schoolmen of the intervening ages have been little, if indeed any, more successful, and, blind leading the blind, both prophet and people have stumbled into the ditch of doubt, because the light that was in them was darkness.
Once I was blind – blind as anyone whose foot slipped over the line dividing the mortal from the immortal, but by the grace of God a guiding hand has led me into the light by which I see, and, standing in that light, my soul yearns more than ever to tell what has been revealed to me. I want others to see and to learn the unspeakable beauties of the light of truth. I want every soul that crosses the stage of earth to know, as I have come to know, something of the irresistible fascination of the heavenly music sounding in that declaration of the Master: “God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth in Him should not perish, but have everlasting life” (John iii, 16).
That is why I cannot linger to answer all these queries now. Whatever comes in the direct path I have to tread will be fully dealt with, but all else must stand aside as being of secondary importance to the one great problem. “How can a man be born when he is old? Can he enter a second time into his mother’s womb, and be born?” (John iii, 4).
There is, however, one of these enquiries to which I must refer briefly, before I proceed: “Do the records made show the full course of instruction to which a soul akin to Aphraar is subjected on entering the other life, or are they just outline indications of some more elaborate plan?”
They are indicative jottings, without any reference to consecutive arrangement, of incidents spread over an experience of nearly thirty years’ extent. I make this calculation of the period covered, in the hope of its being helpfully suggestive. Further, in the treatment of an individual soul, there is no technical hard and fast curriculum, or mechanical procedure, in God’s great university. Each soul enters, having its own special features, needs, environment, and requirements. Every contributory cause to its present condition is taken into analytical account.
Sins which are due to the father are carried to the father’s account, and receive a corresponding consideration in relation to the child. Not a stain or taint is found upon the soul but is scrupulously traced back to its source, in fulfilment of the law that “Whatsoever a man soweth that shall he also reap,” and when the righteous result is ascertained, then the soul is dealt with, with a view to securing its ultimate atonement with God.
It is in such an adaptive arrangement as this that the Psalmist discovers that “The law of the Lord is perfect, converting the soul” (Ps. xix, 7). We who are not yet perfected, are not in a position to know all that this implies; but this I do know – this one thing I have seen and spoken of more than once already, and I earnestly commend it to the notice of every soul who reads these records: In the judgment passed on the soul as it steps into the immortal the righteousness of God stands prominent as a surprising leniency, we discover Justice to be a compassionate divinity, and not an avenging fury.
If there is one fact more deeply engraved on my consciousness than another by the revelations of this higher life, it is this: that God has in His mind but one purpose concerning the whole family of man – to love him with an everlasting love, and with loving-kindness to draw him back again to the inheritance he has forsaken through the machinations of sin. Can there be a more pathetic and yearning declaration of this, than is heard in the invitation of the Christ, who speaks as the voice of the Father: “Come unto me, all ye that labour and are heavy laden, and I will give you rest!” (Matt. xi, 28).
From what a babel of confusion the world would escape, what a clearer conception of God would dawn, if, setting aside we theological dogmas and unauthorized interpretations, the wandering soul would accept the simple invitation of the God-appointed mediator, and learning of Him who is meek and lowly in heart, find the needed rest! “The wayfaring men, though fools, shall not err therein.” (Isa. xxxv, 8).
I know whereof I speak when I make this suggestion. How often have I yearned for the opportunity to draw aside, that I might meditate upon the ever increasing surprises I encounter, as I watch this law of God in working operation around me here. I have, at length, reached this one goal of my desire – have tasted of the sweet waters I may draw from the well of meditation – have opened my eyes to behold the vistas of revelation which lie unrolled before me, while He affords me the promised rest; have found therein a door of opportunity opening into an unsuspected ministry I had not dreamed of – a service I might render to the Master, which He has been pleased to call me to; a service of sowing, for which I had not long to wait before I reaped a rich harvest of more than a hundred-fold increase.
I had repaired to a hallowed spot, sacred by the memory of previous meditations, and had again lost myself in the azure realm, when a tender hand rested on my shoulder. Vaone stood behind me.
“Aphraar, I hope I have not disturbed you, but I so wish you would answer me one question,” she said apologetically.
“Not one, but a hundred, dear, if you wish to ask so many. What is it you desire to know? “
“Have you found heaven to be all that you expected? “
There was a suspicion of anxious indecision in her nervous enquiry, and the nature of it seemed so extraordinary, coming upon me so suddenly at such a time, that, for the moment, I hesitated what or how to reply.
“Heaven – all I expected?” I repeated. “What do you mean?”
“Forgive me, if I have expressed myself vaguely,” she replied, as she took a seat beside me; “but the idea has only just crossed my mind how very different this life is from what we were taught it would be. And as I realized the contrast, I saw you, and came to ask if you also had found it to be so?”
The confusion the question occasioned in my mind was not so much to do with its form, as the discovery that Vaone had been sufficiently aroused as to institute a comparison. I had not known her in the flesh, but I knew that her record was one of loyal and unquestioned orthodoxy. My experience of discarnate influences had shown me that they had a tendency towards a fixity of ideas rather than otherwise; and I had found Vaone almost indolently inclined, so far, to be content to accept everything as she found it. Now she had actually felt the spur of a new idea, and under its unwonted stimulus was asking for information.
For the moment I was at a loss how best to answer her. How I wished that I was gifted with Myhanene’s tact and skill in dealing with such a case. I could feel how much hung upon the issue, and for the first time I realized what a tremendous responsibility rests upon the shoulders of any man who attempts to fill the role of teacher, but when that office is held in connection with spiritual things the added responsibility is, or should be seen to be, so much greater as to make one seriously pause before assuming it.
“Behold, a sower went forth to sow.” That is the sketch Christ made of a teacher going to his work. “Whatsoever a man soweth that shall he also reap.” After many days. “Some thirty, some sixty, and some a hundredfold,” whether it be of wheat or tares. What would the harvest be if I ventured to answer Vaone’s enquiry without Myhanene, or one of the others being present to correct any errors I might make?
It was at this juncture that I first saw the wisdom of Myhanene not allowing me to make use of my Recorder except in the presence of some responsible member of his band.
How we fret and worry ourselves as we impatiently wait for the coming of some desired opportunity, but should it present itself dressed in an unsuspected guise, we fail to recognize it, and allow it to pass unnoticed. I am speaking from experience now. How often had I yearned to be able to tell all the good things my teachers had made known to me? I am almost afraid that at such times I had been too much enamoured of the position of the teacher to realize the weight of responsibility attaching to it. When the latter was revealed to me I shrank and called for Myhanene to come and reply to Vaone.
“This is your opportunity,” he replied. “Tell her, in your own way, what you have seen and heard.”
There was no escape. It was my first real call to duty. Vaone was waiting – wondering at my delay.
Just at that juncture a strange and curious experience befell me. A ray of illumination darted across my consciousness, vivid and brief as a lightning flash, but in its passing it distinctly left behind three differently disconnected revelations: the heartless system of domination – social and spiritual – under which Vaone had passed her earth life; the real nature of the enfranchisement secured by the ministry of the Magnetic Chorale; but by far the most impressive was the discovery of some new faculty in myself, which seemed to break down all limitations by which I had hitherto been bound, and impart a power of comprehension under the influence of which I boldly faced the duty to which I was called.
“Yes, it is different – strangely, incomparably different from anything everything I had conceived it would be,” I answered, wondering where my newly-found inspiration would lead me. “But the difference, as I see it, appears to lie in the opposite direction to that which you have discovered. If I understand aright the tone in which you make your enquiry, this life comes short of your anticipations; to me it taxes every power I have at my command to express by how far it exceeds my greatest expectations. Let me explain, as best I am able, wherein this difference lies.”
“Yes, help me, Aphraar.”
“Of course I will help you, though I am afraid I shall be but a poor and uncertain support for you to lean upon. But I will do my best, according to what I myself have learned.”
“I will trust you,” she replied, perhaps with more confidence than my authority warranted.
Then I must begin by explaining something I am surprised that you have not known before.”
“And that is – -?”
“That neither you nor I are in a position to express any opinion respecting heaven at present.”
“What do you mean? Why are we not able to speak of heaven? Do you wish me to think that this life in which so much of our soul’s desires have been granted to us is nothing better than a long drawn-out dream, from which we shall presently awake; I to take up again the cross of my slavery to the tyranny of another, and you to resume the heartache from which this sacred sleep has temporarily relieved you? Is it true you would have me anticipate the revelation you are so frequently saying is yet to be made to us? May God preserve me from such a blasphemy of death!”
Vaone had sprung to her feet under the first impulse of her protestation. The resentment it aroused was so opposed to her usually complaisant disposition as to, astonish herself even. I, no less astonished at the unexpected ebullition, was at first inclined to smile, but seeing how deeply the idea had moved her, I at once set myself to reassure her.
“No! You may at once dismiss any such a possibility from your mind. However much we might, under given circumstances, desire it, sleep is powerless to carry us back again into the yesterday of life; it always bears us forward into the to-morrow. We cannot wake again into the limitations and servitude of the flesh; the sleep of death has no power nor alternative but to carry us forward into the daybreak of the spirit. There is no occasion for any alarm. Had I taken more time to consider my reply to your enquiry I should have framed it less abruptly, and so avoided the misconception I created. Let me try to put what I mean in another form.”
“Do you mean that we have not yet reached heaven, but are in an intermediate state?”
“That is exactly what I wish to say.”
“But I don’t believe…”
“My dear Vaone, the altitude of our belief by no means affects the validity of a fact. The wise men, of the ancients asserted that the earth was flat, with four corners, but all the beliefs of philosophers, scientists, and churchmen in that respect were wrong. Beliefs are always subject to revision on the discovery of facts, and we are now standing face to face with a fact which proves to us, that modern ecclesiastics are not more infallible than their predecessors. The difficulty confronting you is not that the life upon which you have now entered is wrong, but rather that the conception you formed of it – under the direction of those who knew no more of its realities than yourself – is wrong. But you yourself have lost nothing in the discovery. If you have not entered into the immediate rewards they foretold and promised in return for your belief, neither have you been visited by the punishments with which they threatened unbelief. Apart from this, is there any other disappointment this life has occasioned you?”
She hesitated before venturing her reply.
“N-no-perhaps not. But suppose they had been right and I had not believed them?”
“That just represents the position I occupied. I honestly could not accept the pretensions the church made, and accepting the standard of the golden rule as the law of my life, I made an endeavour – a very imperfect one, but still an effort of a kind – to follow it. What is the result? Do I find myself in any way penalized in comparison with yourself? Is it not you rather that come to me expressing a disappointment, while I am constrained to admit that, so far, this life is a more glorious revelation of the loving-kindness and tender mercy of God than ever entered into my mind to conceive? Of course, we do miss the theatrical accessories the Church so wonderfully employs to render its stage temptingly ornate.
“We find no ‘Heigh! presto, change!’ transformations, by means of which a leprous soul is transferred to the front rank of saints by the receiving of a so-called “extreme unction”; or a prayer that is scarcely finished before the flesh is discarded. On the other hand, we do find law, order, beauty, forethought and an adapted ministry suitable to every possible demand which the ravages of sin and rebellion have created. In all the wide realm of possibility no bane can be found for the correction of which an antidote has not been provided here, beyond the reach and influence of the enemy; but each and all of these blessed provisions of God operate in accordance with established law, and never in response to any erratic command.
“This being so, do you not see – especially with the great advantage we now possess of having the circumstantial evidence of the higher life to guide us in our conclusions – that it is exactly as impossible for any soul to pass at a single step from the state of sin to righteousness, as it would be for an infant to reach manhood’s estate by a similar process. Between infancy and manhood lie the intermediate stages of childhood and youth which are absolutely necessary to secure physical and mental vigour, and by parity of reasoning it is equally essential for a similar interval of transformation to be allowed for the conversion of a sinner into a saint.
“If anything further were needed to prove the necessity of an intermediate state, I could easily furnish it by asking whether you ever thought of holding a reception without providing a cloak-room for the convenience of your visitors. To suggest that such a contretemps should ever come within the region of possibility is almost unpardonable, but if this is so in ordinary social life, why should it be considered such an outrage to assert that a corresponding provision exists, where travel-stained pilgrims may make a suitable preparation for being ushered into the presence of the King of Kings?”
“Therefore there is no reason for you to feel discouraged or disappointed, any more than I have cause to be overjoyed at the position in which we find ourselves at present. You have not yet reached the height of your great ideal, while I, in many respects, have transcended my most sanguine expectations; but we are not yet in heaven.
“Our eyes have not yet beheld the vision of the pearly gate and the golden street which was granted to John in Patmos; but we have cast off the burden of the flesh, and in the vestibule of heaven we are resting our wearied feet, taking refreshment, and being instructed in reference to what will be required when we may be called into the holy of holies. The unexpected existence of this – what we may call a robing room adjoining the audience chamber, need occasion no alarm. It is simply the result of relying on unauthorised directions and promises, it does not jeopardize, but only temporarily delays realization, so far as you are concerned – for myself, I have been far more than satisfied to find what I have already attained to, and am hopefully looking forward, as I would advise you to do, to that which has yet to be revealed.”
Vaone listened with a nervously intent patience to all I had to say, the smile of hope and the shade of doubt alternating visibly on her face. Presently I discovered a suspicion of animation gaining an ascendancy over her usual composure, and I wondered at the success I could see my ministry was achieving. And yet it was not I. It was something beyond outside myself. Something that had been left behind and evolved from that mysterious ray of illumination I received at the outset of her enquiry – a guiding impulse that had carried me forward, furnishing me with all I said, and using me to speak of things I had never considered nor dreamed of before, with an assurance as foreign to myself as was the role of teacher I had been constrained to assume.
“Have you quite finished?” she asked, after a moment’s pause.
“I think I have said all that is necessary for the time, unless there is anything more you would like to ask me,” I replied.
“I am just beginning to feel how much there is that I do not know, and the sense of it confuses me. I feel it, but have no knowledge how to give expression to it. When I came to you it hung in front of me, like a restless uncertainty I could only speak of as a sense of disappointment that contravened all my ideas of heaven. That is why I came. While you were speaking, it all seemed to change – the disappointment changed into mystery which fills everywhere – everything. Past, present, future – all is mystery, and I want you to go on talking about it. Tell me what it is.”
“I can tell you that in a single word,” I replied, more thankful at her confession than I can express, since it opened my eyes clearly to what was really taking place in her. “It is your own awakening to Life. Life is mystery – a mystery so deep, so profound, so vast, so glorious, that it is a problem whether any eye, save that of Deity, will ever be capable of penetrating it. For ourselves we have to await its revelation. Its brilliant dawning beam is just beginning to touch your soul, Vaone. You must feel it, see it, know it for yourself. No one can tell you what it is, whence it proceeds, or wither it goes, save God. Rouse yourself to know Him. With all your heart, soul, mind, and strength reach out after and finding, follow Him who alone is able to lead you into the true light of Life.”
She did not answer me again, but turned and walked away, as I had more than once turned from Myhanene when he had brought me face to face with one of his great revelations.
I made no attempt to follow her. I knew that all was well, and just then I had enough to do in making acquaintance with my newly-found self.