El ser humano crea jarras… y ellas no son humanas. Dios crea almas finitas, y estas no son divinas

Parece que el uso más «espiritual» que podríamos hacer de la analogía sería este.

Tiene dos partes; una involucra al ser humano y a sus creaciones.

La otra a Dios (si se quiere postular que existe) y a Sus creaciones «más eminentes».

─ El ser humano crea cosas: digamos, una jarra.

─ El ser humano no está en esa jarra. Es decir, no está «personalmente» en ella (no está su esencia, en la jarra: la jarra no es capaz de crear cosas con propósito para que «sirvan», por lo tanto no heredan nada humano, más que en esa especie de «finalidad» dada externamente).

─ Es decir, podemos ver, «intelectualmente», que la jarra tiene un propósito, dado por el ser humano: servir líquido, etc.

─ Ese propósito (fin) no está en la jarra. Pero eso no obsta para que la jarra pueda llevar a cabo perfectamente tal fin, el fin «naturalmente» dado por el ser humano («naturalmente», porque el ser humano, «por naturaleza», hace estas cosas de «fabricar» algo con un fin).

─ Podríamos decir que la jarra «participa», pues, indirectamente, del ser humano ─en cuanto que está hecha para un fin─.

La otra parte:

─ Dios crea almas finitas (sólo los seres humanos tendríamos alma, en nuestro postulado; los animales superiores no tendrían alma, solo cuerpo espiritual y cuerpo físico; nosotros también tendríamos un cuerpo espiritual, pero este cuerpo no es el alma).

─ Dios no está en las almas finitas (ellas están hechas solo a Su imagen); es decir, Dios no está «personalmente» en un alma finita (Dios no está, en Su esencia, en el alma finita), así como el ser humano no está personalmente en una jarra.

─ Como «jarras» creadas, nosotros quizá PODRÍAMOS ver o considerar, al menos «intelectualmente», que nuestra alma finita, la que somos, podría tener un propósito dado por Dios.

─ Pero, para verlo, admitirlo, y además recibirlo, tendríamos que cambiar sustancialmente; es decir: ir más allá de ser una criatura meramente creada (al igual que la jarra, que en ella intrínsecamente no hay nada humano, solo «externamente»).

─ Es decir, la «jarra metafórica» que somos tendría que atraer dentro de sí misma algo de la divinidad, algo de la sustancia o sustancias de Dios (tendría que experimentar dicho cambio sustancial).

─ Dios ya siempre «vería» ese propósito divino, pues se lo dio (aunque podría ser que el propósito esté solo en potencia, digamos; o, incluso, podría ser que a veces o en ciertas épocas tal propósito hubiera sido retirado del alma finita).

─ Dios «ya siempre lo vería», decimos, pero nosotros, como almas finitas creadas, hechas meramente a Su imagen, hemos de querer conocerlo (pues tenemos libre albedrío, que sería una dotación básica del alma finita).

─ Ese fin, el del alma finita, no está esencialmente en el alma finita, ya que esta es «a imagen».

─ Y esto no obsta para que el alma finita pueda «participar», indirectamente digamos, de Dios, en cuanto que tal alma estaría hecha a imagen de esa Fuente de finalidades, el Alma infinita.
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─ El alma finita reflejaría, eminentemente, las capacidades por ejemplo «creativas» de Dios ─y no valdría poner el ejemplo ahora de que los animales superiores también tienen actitudes instrumentales, aunque esto último habría que argumentarlo─.

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Aquel «podríamos» lo puse en mayúsculas porque ahí residiría el motivo de por qué existe «la espiritualidad», en sentido eminente.