Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/
Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).
Sobre los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.
Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.
Notas al capítulo
─ Ver el audio correspondiente.
─ Este capítulo trata sobre todo del plano esquemático sobre el cielo y la tierra, que empezamos a ver al principio de este libro. Nos aclara cosas sobre las aventuras que hemos visto a lo largo de todo el relato, ya que las experiencias de personas como Marie, etc., se corresponden de manera precisa con las diferentes esferas o «condiciones psíquicas» que tenían tales protagonistas.
Versión en español
Capítulo trece
El cielo y la tierra
No es el menor de los consuelos que disfrutamos en esta vida superior el de la perfecta liberación de las limitaciones del tiempo en que entramos. Oh, la libertad, el alivio, el descanso, la arrebatadora satisfacción de su realización. Eliminado todo lo que sea dolor, pena, problema, cansancio o aflicción; y alcanzado todo ideal por el que el oprimido haya suspirado, ¿qué mayor consumación podría desearse que prescindir del tiempo y que el liberado entre en el pleno disfrute del descanso que permanece?
Piensa en ello, sueña con ello, pobre alma desconsolada y sobrecargada, la plena comprensión de todo lo que significó para la pobre y cansada campesina que le dijo a su amiga que su idea del cielo era poder ponerse un delantal limpio y sentarse, sin que nadie pudiera decirle que se levantara e hiciera nada hasta que ella se cansara de descansar.
Fue con una sensación de gratificación semejante como deambulé entre las inmarchitables flores de aquel Paraíso mientras conversaba con Omra. El corazón del tiempo había dejado de latir; yo me hallaba al otro lado de la frontera, en el eterno Ahora. El «Entonces» del ayer era un «recuerdo-sueño», del que había despertado; y el «Allá» del mañana era una imposibilidad no descubierta, porque el día eterno llega más allá del hogar del ocaso, de modo que la noche del Pesar [Regret] nunca podría volver de nuevo.
Bajo la fragante bendición de tal consuelo, ¿qué necesidad teníamos de apresurarnos?
«¿Haremos el cruce por algún otro puente?», pregunté a mi conductor.
Omra negó lentamente con la cabeza.
«No, sólo hay un camino para llegar al otro lado», respondió.
«No lo lamento. Para nada deseo darle la espalda a un retiro tan atractivo».
Durante un breve intervalo no hubo respuesta a mi observación, pues mi acompañante tal vez no la oyó, ya que parecía especialmente absorto en el examen de una bellísima flor que acababa de descubrir, y su rostro mostraba una sonrisa de lo más complaciente. Levantándose, dijo:
«Ahora empezamos a sentir el estimulante aire que sopla desde el otro lado. Pronto sentirás los beneficios de sus efectos estimulantes».
«¿Crees que deberíamos volver?», pregunté, con la impresión de que podía haber un indicio de tal sugerencia en el comentario.
«De momento no. Antes de hacerlo, quiero que eches un vistazo al gran círculo terrestre, para que puedas comprender algo de las diversas atmósferas e influencias que lo rodean, y te ayuden a comprender mejor lo que te ha ocurrido en tu camino hasta aquí. ¿Quieres venir?».
«No tengo otro deseo -respondí- que ponerme a tu entera disposición. Haz conmigo lo que quieras. Tú sabes el camino que debo tomar, las cosas que necesito saber, los misterios que me gustaría resolver, la meta que deseo alcanzar. Guíame por el camino que debo seguir, y entonces estaré contento».
Nos detuvimos un instante, no al borde del abismo donde yo había estado antes, sino en lo que parecía ser el borde exterior de todo, con el vacío ilimitado del espacio extendiéndose hacia el infinito. Entonces Omra me tomó de la mano. En un instante nos encontrábamos suspendidos en algún lugar de la inmensidad profunda, y ante nosotros se extendía un majestuoso orbe, como una luna tricolor, que me recordó de inmediato el paisaje prismático que había contemplado anteriormente cuando estaba con Eusemos en el Monte de Dios.
Apenas se me había ocurrido la conexión, Omra procedió a confirmarla.
«Ya te he insinuado -comenzó- que hasta ahora tu atención se había dedicado casi exclusivamente a la observación de lo externo. Todos tus intereses, estudios y ocupaciones se han referido naturalmente a los cambios y apariencias variables que se han presentado en la superficie del gran océano de la vida; no has tenido poder para penetrar en sus profundidades, explorar sus secretos, examinar sus fuerzas misteriosas, resolver el problema de su origen y naturaleza. A los niños siempre les interesan más la arena, las conchas y los remos en la orilla del mar que los problemas de las mareas y las corrientes, y los vientos y la navegación. Tales cuestiones son para cabezas mayores, para mentes más maduras, para quienes han sido educados y formados, y están cualificados para tratar tales temas. La infancia es la época en que se permite que la vida que se abre se expanda libre y alegremente, y la responsabilidad conjunta [joint] de la forma que asume recae sobre los hombros de los padres y tutores.
»No se encuentran diamantes ya tallados, pulidos y montados, esparcidos por la sabana africana; ni filósofos profundos y científicos expertos, en la forma más baja de la escuela elemental; ni teólogos aceptados en los catres de una guardería de niños expósitos; ni santos de túnica blanca en carne y hueso. ‘No hay nadie bueno, ni uno solo‘ [ref.].
»Multiplico estas ilustraciones y reitero la misma idea, porque ha llegado el momento de que captes permanentemente el hecho esencial de que el lapso mortal de la vida no es más que la etapa infantil de la existencia, y es importante que reconozcas la transición que estás haciendo.
»Cuando viste por primera vez el paisaje prismático, te atrajo por su atractiva agrupación de colores, pero fuiste ciego al significado místico de su disposición; tampoco Eusemos hizo ningún intento de explicarlo. Incluso ahora ─después de todo lo que has visto y aprendido a través del ministerio de Myhanene y sus amigos─ la idea que te sugiere la visión del orbe que tenemos ante nosotros es la de una inmensa bola tricolor ─verde, gris y rosa─ parecida, pero más grande que una pelota que los niños lanzan en sus juegos. No tienes ni idea del mundo de revelación que se oculta bajo su superficie.
»Permíteme romper los sellos, levantar el velo y ayudarte a comprender algo de la belleza, la perfección y la adaptación con que Dios lleva a cabo sus grandes designios».
Omra puso de nuevo su mano sobre mi brazo, y al instante nos encontramos en el taller del Infinito, donde un gigantesco diagrama coloreado de una sección vertical de la creación, que comprendía ‘el cielo y la tierra‘ (Génesis 1:1), yacía desenrollado ante nosotros.
He incluido un diagrama coloreado, más o menos al principio del libro [y ver indicaciones en una nota, ahí, sobre los colores ─si esto se ve en versión impresa y anillada, en blanco y negro─], para que mi lector pueda seguir más fácilmente mi interpretación, y sólo lamento que no sea posible reproducirlo en los variados tonos de color en que yo lo vi. Una explicación aclarará el porqué. El color, la sombra o el tono no es una disposición artificial o arbitraria, sino una atmósfera exhalada por la condición. Que tal atmósfera u olor es exhalado por el cuerpo físico es un punto que no necesita argumento, pero mientras que en lo físico su presencia es ocasionalmente evidente para los nervios olfativos, en el estado desencarnado se hace igualmente evidente para el miembro visual, distinguiéndose su cualidad por el color. Esta emanación del ser real [real self] se adhiere alrededor del alma y forma su vestidura, por cuyo color es ‘conocida y leída de todos los hombres‘ (2 Corintios 3:2). ‘Esto es obra del Señor‘ [ref.], y en el gran esquema de la creación, veremos que en Su inescrutable sabiduría se ha dispuesto que no sólo el traidor Judas (Hechos 1:25), sino cada alma que atraviesa el portal de la muerte, pueda encontrar su propio lugar preparado para ella.
Tal esquema perfectamente adaptado ─no principalmente para el castigo, sino más bien para la administración de justicia y la eliminación de todo resentimiento, de toda ansia de venganza [vindictiveness]─ es la declaración, silenciosa pero elocuente, que hace la creación, de que su Arquitecto y Constructor es un Dios de amor. Su propósito al llamar a un mundo a la existencia no era consignar a su gran mayoría de hombres a las agonías del infierno, sino que, conociendo las ineludibles debilidades y flaquezas de la carne por las que su nueva raza de hijos debe pasar para alcanzar la perfección, planeó y dispuso de tal manera que aunque el hombre, en la ceguera de su locura, decidiera voluntariamente hacer su cama en el infierno, en la negrura de sus tinieblas encontraría una mano guía que finalmente llevaría al pródigo a casa.
Sé que soy herético en mis conclusiones, pero soy un humilde seguidor de uno que fue crucificado por el mismo delito, por aquellos que eran ortodoxos, y si Pablo estaba hablando correctamente cuando dijo que las profecías pueden fallar, las lenguas pueden cesar, y el conocimiento pasar (1 Corintios 13:8), ¿sería muy sorprendente descubrir que los teólogos podrían estar equivocados con respecto a cosas que el ojo no ha visto ni el oído escuchado? Por lo tanto, volvamos a nuestro diagrama y comparemos cuidadosamente su revelación con aquellas cosas que nos han enseñado a creer.
El único objeto que Omra tuvo al llamar mi atención sobre este tema en este momento particular fue el de limpiar mi mente de ciertas ideas falsas que me impedían cruzar el puente. Mi propósito al registrarlo es hacerlo útil a mis lectores en un período mucho más temprano de su peregrinaje; porque me doy cuenta de la gran ayuda que habría sido si yo hubiera sido igualmente afortunado. Este es todo mi deseo. No aspiro a la dignidad de maestro o líder en el propósito que me propongo, simplemente deseo situarme en un punto algo dudoso del camino, como un poste señalizador, proclamando: ‘Este es el camino‘, porque yo mismo ya he sido beneficiado por la información. Sacad vuestro Libro-Guía y vuestra brújula, estudiad el diagrama que os ofrezco a la luz de lo que profesáis creer en cuanto a las intenciones y disposición del Padre, y luego, si estáis de acuerdo conmigo en cuanto al camino, caminad por él; si no, seguid vuestra propia idea. El gran descubrimiento lo haréis muy pronto. Tenéis perfecto derecho a ejercer vuestro Libre Albedrío hasta que vuestros pies lleguen al borde del abismo donde he estado; allí encontraréis que vuestro Libre Albedrío tendrá que ser cambiado por el Debe [Must], como ha declarado el Gran Maestro: ‘Tenéis que nacer de nuevo‘.
Ahora estamos en condiciones de examinar los detalles de esta mansión particular de la casa universal del Padre, en la que Aquel que ha declarado ser ‘el camino, la verdad y la vida‘, ha dicho que preparará un lugar para nosotros.
La forma circular que está impresa en cada detalle de su construcción declara a la vez que su ‘constructor y hacedor es Dios‘, sin principio ni fin, el emblema de la eternidad. Y, sin embargo, tiene un principio: un centro microscópico que se expande hacia una circunferencia infinita. Al contemplar el plano, la mirada se detiene inmediatamente en un grupo superior e inferior de círculos entrelazados (1 a 7), ligeramente divididos en el centro, pero que sugieren claramente la figura del 8. Si dispusiera de tiempo y espacio para extenderme sobre la razón mística del empleo de este símbolo particular en esta conexión, descubriríamos que revela algo más que una coincidencia. En el reino espiritual, los números tienen un significado y una significación que van mucho más allá de su valor científico y comercial, y sobre cuya exposición podría escribirse toda una biblioteca sin agotar el tema. No intentaré más que indicar uno de los significados de la cifra 8, tal como se sugiere aquí. No hace falta ningún argumento elaborado para demostrar que el 7 y sus múltiplos se utilizan en las Escrituras para denotar la compleción de varios ciclos: la semana y el año jubilar bastarán como ilustraciones. Pero mientras un círculo se completa así por un lado, quedan tres de los diez numerales sin emplear, antes de que el círculo de diez se complete. Al completarlo, instituimos un entrelazamiento de círculos, en el que el 8 se convierte en ‘el primer día‘ de la nueva semana, el día de la resurrección, cuyo símbolo en nuestro diagrama es profético, revelando un atisbo del propósito que presumiblemente yacía en la mente del Creador al poner los cimientos de la tierra y su cielo adyacente.
Fuera de este grupo central de círculos tenemos tres divisiones más grandes, curiosamente dispuestas para llenar el espacio restante en la gran circunferencia y al mismo tiempo mantener una conexión de lado a lado. Son estas divisiones las que dan el aspecto tricolor (VIII, verde; IX, gris; X, rosa) que observábamos desde la distancia.
Para evitar confusiones innecesarias, es necesario explicar aquí que el diagrama que tenemos ante nosotros no muestra ni lo Físico (excepto por la sugerencia de la posición relativa de la Tierra por el pequeño círculo punteado) ni lo Espiritual, sino simplemente la etapa Psíquica de la progresión del hombre, y para evitar cualquier confusión o incertidumbre en cuanto a mi significado en el uso de la palabra Psíquico, permíteme explicar el sentido en que la empleo.
Acepto como mi Libro-Guía ─no como un manual de teología doctrinal─ las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Lo hago porque he comprobado por larga experiencia ─desde que aprendí a utilizarlas─ que constituyen el directorio más útil y fiable que he encontrado hasta ahora. Me dicen que ‘Dios creó al hombre a su imagen y semejanza‘, un ser trino de ‘cuerpo, alma y espíritu‘ [ref.]. No tres personalidades en un solo ser, sino tres etapas claramente definidas en la carrera de una única persona, etapas que denominaré física, psíquica y espiritual, del mismo modo que en el mortal tenemos las correspondientes etapas de infancia, juventud y madurez. Esta idea particular es tan familiar a todo lector de las Escrituras que uno apenas puede asombrarse de que los teólogos la pongan al servicio de la doctrina aceptada de la Trinidad, pero no pido nada más de ella que lo que debe ser innegablemente evidente para toda mente imparcial: que si, en la economía de Dios, se ha hecho una provisión adecuada para las necesidades y el crecimiento de las naturalezas física y espiritual del hombre, estamos igualmente autorizados a suponer que se ha dado la misma consideración a la psíquica.
La respuesta profética de la Creación a la arrogante suposición del sacerdote, de poder abrir las puertas del reino de los cielos a quien él quisiera, y cerrarlas contra quien él no permitiera entrar, fue pronunciada desde la fundación del mundo, interponiendo Dios un estado intermedio ─un estado psíquico─ entre lo natural y lo espiritual, del mismo modo que colocó un amanecer entre las tinieblas y la luz, y alegóricamente, el Desierto de «Sin» entre la esclavitud egipcia y la Tierra Prometida [Desierto o Tierra del Sin, o Sinim; así llamado, el yermo interpuesto en el camino hacia la tierra prometida, siendo curiosamente que «sin» significa pecado, en inglés [ref.: «The Wilderness of Sin»]].
Examinemos ahora nuestro diagrama y veamos cómo se lee en armonía con la idea de una etapa Psíquica, o de transición, de lo Físico a lo Espiritual.
La frase inicial del Manual que estamos utilizando dice: ‘En el principio creó Dios el cielo y la tierra‘ (1:1), y un poco más abajo en la misma página (1:8) dice: ‘Y llamó Dios al firmamento cielo‘. Hay otros cielos. Se nos dice que Pablo conoció a un hombre que fue ‘arrebatado al tercer cielo‘ (2 Corintios 12:2); pero ahora nos interesa el cielo particular que rodea inmediatamente la Tierra.
El pequeño círculo punteado (E) en el centro del plano marca la posición relativa que ocupa esta cuna de nuestra existencia. Nuestra entrada al nacer se produce en el punto microscópico desde el cual se traza el radio del cielo, y cada niño sube al escenario revestido con el traje de la inocencia. Esto lo tenemos por la autoridad de Aquel que se declaró como ‘el camino, la verdad y la vida’. Cuando se le interrogó sobre las condiciones para alcanzar la etapa puramente espiritual de la existencia, respondió: ‘Si no os convertís y os volvéis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos‘ [ref.]. Tenemos derecho, pues, a asumir que el recién nacido es el modelo de inocencia requerido para entrar en el reino espiritual, y en apoyo de esto, permíteme recordar la condición exigida a Nicodemo: ‘Es necesario que nazcas de nuevo‘.
Abordaré esto con más detalle en breve, pero por el momento otro desarrollo requiere mi atención. Si, entonces, el Nazareno habla con autoridad, todo niño entra en la vida libre de la mancha de la impureza personal y conserva esa libertad hasta que tiene la edad suficiente para saber rechazar el mal y elegir el bien. En ese momento, comienza a asumir la responsabilidad de sus propias acciones y, de acuerdo con su elección, abandona la condición neutral que ha ocupado desde su nacimiento.
¡Qué decisión tan tremenda, la de depender [rest upon] de una balanza [balance] tan delicada e incompetente [incompetent]! ¿Lo es? Quizás sí. Pero al decir esto, ¿no estamos adoptando una visión demasiado limitada de la situación, así como olvidando también señalar la importancia de la interrelación de los círculos en el diagrama que estamos considerando? Desde ese punto central donde entramos en la etapa del ser, hasta la infinita extensión de la circunferencia de la vida, ‘ninguno de nosotros vive para sí mismo, y nadie muere para sí mismo‘ [ref.]. La Raza Humana es un nombre familiar que abarca a todos los habitantes de la Tierra, ya sean negros o blancos, amarillos o rojos: Dios ‘ha hecho de una sola sangre todas las naciones de los hombres‘ [ref.], y a cada alma se le exige que reconozca este hecho obvio y que cada una realice su papel de hermano o hermana, donde sea necesario. Si se cumpliera este deber, ¿con qué cuidado se guiaría, protegería y animaría al niño al tomar su primera decisión?
Entonces surge la pregunta: «¿Quién cargará con la culpa si el niño tropieza y cae?». Este es uno de los problemas respecto a los cuales el Maestro nos aconseja ‘no juzgar‘; es una cuestión que se decidirá en un tribunal donde se impartirá justicia absoluta. Lo que debemos tener presente aquí es la advertencia que solemos descuidar: ‘No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará‘. Porque los hijos actuales pueden tener que soportar las cargas, los efectos y ciertas penalidades de los pecados, la negligencia y la indiferencia de sus padres, pero en el juicio, se otorgará una justa compensación al inocente que sufrió, y el culpable tendrá que expiar hasta que el último céntimo sea pagado.
Veamos qué se prevé para esto. Descartamos por el momento cualquier idea no pertinente [extraneous] de negligencia, y permitimos la acción deliberada del libre albedrío. El hijo elige ser desobediente. Este es el mismo pecado en el que se basa la doctrina de la Caída. Habiendo desobedecido el mandato de Dios, y viendo cómo el pecado había manchado la inocencia que lo cubría, y al oír la voz de su Creador llamándolo en el jardín, Adán, consciente de su vergüenza y culpa, por primera vez intentó esconderse de Dios.
Dado el primer paso de desobediencia, el camino descendente se vuelve fácil; el impulso aumenta, hasta que, finalmente, llega el desastre, y el imprudente hijo pródigo se encuentra arrojado entre los cerdos (el sinónimo egipcio de diablo), mancillado, sucio y revolcándose en la inmundicia de la pocilga. Yace en el infierno más profundo al que un hijo de la tierra puede llegar (1), al borde del abismo, en el camino de la muerte; pero no puede morir. Dios ha previsto y ha dispuesto en preparación para afrontar y superar tan terrible catástrofe. El pecado es grande, pero Dios es mayor —Todopoderoso— y Él, cuya palabra es inquebrantable, ha prometido: ‘Los rescataré del poder del sepulcro; los libraré de la muerte‘ (Oseas 13:14).
Permíteme hacer sonar este llamado de trompeta de esperanza a través de los abismos más oscuros y profundos que se encuentran en el infierno: Dios Todopoderoso, el eterno e inmutable, ha decretado que: ‘Él quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad‘. La pena por la mala acción deliberada debe pagarse primero; la contumacia de la rebelión debe ser desarraigada y sus efectos reparados; la fidelidad de los regenerados debe asegurarse satisfactoriamente y luego, el pródigo, volviendo en sí, se levantará y volverá su rostro a casa. Así como la escalera de su sueño le indicó a Jacob, el vagabundo sin hogar, el camino de la tierra al cielo, así también desde el abismo del infierno, Dios ha alzado otra escalera con los pies apoyados en la inmundicia que rodea el comedero de cerdos, para que la víctima de la tentación, al despertar del estupor de la orgía de su borrachera, pueda no obstante regresar forcejeando hacia el anillo, la túnica, el beso, la bienvenida.
Y ahora, tras vislumbrar esto ─el abismo más bajo en el que un alma puede hundirse por la maldad─, veamos las diversas etapas por las que se alcanza el ascenso redentor.
Esto no nos detendrá mucho, pues descubriremos que ya hemos recorrido cada una de las demás etapas del viaje, mientras Myhanene, o uno de sus compañeros de servicio, me ha llevado de un lado a otro respondiendo a mis preguntas o para ilustrar algún punto de la instrucción recibida.
Una explicación puede ser útil para quienes ya se han familiarizado con la comunión a través de la evidencia que ofrecen las sesiones espiritistas. Este grupo de condiciones que consideramos (de la 1 a la 7 en nuestro diagrama) son las siete esferas que tan a menudo son aludidas por los diversos controles [«controls», personas desencarnadas que estarían encargadas de la sesión espiritista, creo]. Hasta donde sé, lo que ahora propongo hacer es colocarlas por primera vez en secuencia ordenada, para que el estudiante pueda comprender claramente su disposición y relación mutua.
Abandonando su profundidad más baja —donde el alma podría hundirse en la extinción y dejar de existir, de no ser por el brazo eterno que la sostiene—, en la segunda esfera vislumbramos la lucha incesante y combativa que se libra en el esfuerzo por escapar del azote [«scorpion-lash«: latigazo como aludiendo a la picadura del escorpión] de una conciencia [conscience] que despierta, donde el atento ministerio de Ladas y su grupo de ayudantes esperan para brindar la primera ayuda posible para la restauración. (La vida elísea, cap. 7 y siguientes)
En la tercera etapa, aprendimos la historia de un caso muy típico de esta condición al escuchar el relato de Marie sobre «la cosecha de los celos» (A través de las nieblas, cap. 9), y se nos instruyó sobre los medios que se utilizan para guiar a estas almas desde la angustia de su agonía y la oscuridad de su desesperación hacia la luz de la liberación y la esperanza.
Al llegar a la cuarta esfera, emergemos de las cuevas y antros subterráneos, donde se sitúan estas escenas de la primera purificación del alma, y nos encontramos al pie del Monte en el que me detuve tan pronto después de mi llegada. No muy lejos podemos ver las Nieblas que envuelven la Tierra. Hablaré de nuestra proximidad a la Tierra cuando trate su contigüidad en relación con esta esfera y la Sección IX del plano, ya que estos tres estados están cubiertos por la misma atmósfera gris. Si hubiéramos tenido suficiente luz para ver los colores en esas cuevas que hemos dejado, podríamos haberlos visto cambiar, a medida que nos acercábamos a la suciedad fangosa de las profundidades, a través de la gama de marrones y caqui hasta llegar al gris. Desde allí, a medida que el alma se eleva en su acercamiento a lo Espiritual, el gris cambiará y se perderá en los matices prismáticos, volviéndose más claro, más brillante y luego traslúcido a medida que asciende hacia la verdadera luz de Dios.
A simple vista, esta esfera ocupa la posición central en el esquema general. Es el único miembro del grupo que presenta un modelo perfecto del diseño completo: un círculo completo, dividido en divisiones superior e inferior por un corredor, que sugiere el equilibrio alegórico de la balanza de la Justicia. Pero quizás la ilustración más adecuada para indicar sus diversas características sea la de la planta principal o baja de un edificio utilizado como aduana en la frontera entre dos reinos. Todos los que deseen entrar deben pasar por su sala de reconocimiento para una inspección preliminar. Aquí se realiza un estricto escrutinio de las propiedades, de modo que se confiscan todos los artículos de contrabando, se visan cuidadosamente los pasaportes, se autentican las cartas de crédito, se examina rigurosamente toda la moneda y, finalmente, se establece un estado de salud satisfactorio o se exige un período de cuarentena en una de las salas del sótano.
La rigurosa prueba [ordeal] de este escrutinio resulta sumamente aterradora para la mayoría de los inmigrantes, quienes descubren que han sido engañados, mal informados o asesorados por expertos no autorizados sobre las condiciones de entrada. Esto es especialmente cierto en relación con la ley que regula la sencillez requerida en la vestimenta. Es en este sentido donde los ricos, los orgullosos, los vanidosos y los arrogantes fracasan; mientras que los pobres, los humildes, los modestos y los tímidos pasan de largo con sorprendente consideración. Esta cuestión de la vestimenta está determinada por la ley sobre la base peculiar de lo que cada persona es en sí misma, sin la más mínima referencia a lo que posee ni a la posición que haya desempeñado en el reino del que proviene; y la naturaleza de la vestimenta que asume determina su destino actual y las condiciones bajo las cuales comienza su nueva vida. Esto constituye con frecuencia una de las sorpresas más sorprendentes de la transición del alma. A continuación, registraré un caso de este tipo. En la parte superior de esta esfera llegamos a los primeros edificios que se encuentran en las esferas: el Hogar del Descanso, donde escuchamos la Coral Magnética; e instituciones como el Hogar del Asirio; luego, al cruzar a la quinta, llegamos a la Ciudad de la Compensación.
Justo al otro lado de esta frontera llegué al hogar de mi madre, Vaone, donde, por un tiempo, encontré el gran ideal del anhelo de mi vida. Desde allí he tenido vuestra compañía, mis pacientes e indulgentes amigos, y habéis podido aprender algo de las enseñanzas que he recibido; habéis contemplado las ilustraciones que se me han presentado; os habéis sorprendido conmigo por las maravillosas revelaciones que se han hecho, al ser conducido al Patio de las Voces. Ahora esperáis verme cruzar la gran brecha. Yo también anhelo liberarme de la última influencia terrenal que me lo impide. Aún no he descubierto cuál es esta debilidad [infirmity] en particular, pero el punto clave que anhelo grabar en vuestra consciencia es el hecho de los efectos de largo alcance, incluso de las debilidades terrenales, y la inexorable exigencia de eliminar hasta la última impureza del pecado ─incluso la más mínima mancha o arruga─, antes de que se adquiera el poder de alcanzar el otro lado y el alma nazca verdaderamente al reino espiritual de Dios.
Así concluimos nuestra investigación sobre los procesos que obran bajo la provisión y ordenación de Dios para traer a las almas rebeldes de vuelta de su extravío a la herencia que Él ha reservado para nosotros. Pero el Pastor nos ha dicho: ‘Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un solo rebaño, y un solo Pastor‘ (Juan 10:16).
Aún quedan tres secciones de nuestro plano que no hemos mencionado. Una breve consideración de ellas no solo completará el estudio del círculo, sino que reunirá a todas las demás ovejas para completar el rebaño. Hemos visto las provisiones que se han hecho para las razas civilizadas, cultas y moralmente responsables, pero Aquel que ordenó que los fragmentos se reunieran para que nada se perdiera, considera que las almas paganas, incultas y degeneradas tienen el mismo valor intrínseco que las cultas, y por lo tanto, ha dispuesto para su perfección los mismos ajustes, considerados y apropiados, que los dispuestos para las demás. Estas personas desamparadas, abandonadas y despreciadas, aunque en su depravación son «de la tierra, terrenales», en rectitud moral no son más que hijos irresponsables que desconocen cualquier norma del bien y del mal. Por lo tanto, Él ha preparado un lugar para ellos (VIII) al mismo nivel, pero libre de las influencias, penalidades y contaminaciones de la imprudencia y la depravación cultivadas [cultured]. En esta reserva protegida, les ha otorgado un ministerio perfectamente adaptado a todas sus necesidades para llevarlos finalmente al rebaño único que a todos incluye.
La Sección IX, cuya posición y color corresponden a la cuarta esfera y a la Tierra, con tan solo un tenue velo separándola de ambas, es la condición en la que las almas de quienes aún viven en carne y hueso entran para recibir instrucción durante las horas de sueño. El cuerpo no puede perder la consciencia hasta que el alma lo abandona, y esta condición fue diseñada por Dios para que, mientras el cuerpo dormía, el alma pudiera continuar una comunión ininterrumpida con quienes habían asumido la inmortalidad, eliminando así cualquier sospecha de muerte (Job 33:14-17). La historia, tanto sagrada como profana, está repleta de evidencias de este hecho aparentemente extraordinario, pero organizaciones interesadas, que no podrían coexistir con una comunión tan abierta, se han reído de la idea hasta relegarla al terreno de la superstición, y la multitud regresa de su sueño con el recuerdo de su incomparable ministerio ahogado en el olvido. Pero Dios nunca se queda sin algún testigo de la verdad. He aprendido una ilustración impactante de esto en relación con mi propio intento de llevar la noticia de este hecho a la Tierra, y un poco más adelante relataré un incidente acerca de una ayuda que recibí de parte de una de mis lectoras mientras ella dormía.
La sección final del plan que ahora debo abordar (X) está diseñada para traer un mensaje de alegría y consuelo a muchos corazones afligidos. Cuántos hijos e hijas de la Tierra lamentan que su único hijo naciera muerto [still-born] o falleciera inmediatamente después. ¡Escuchad! ‘Consolad, consolad a mi pueblo‘, dice vuestro Dios [ref.]. Este último aposento que debemos examinar en relación con ‘la casa terrenal de nuestro tabernáculo‘ [ref.], es el rincón del cielo por el que habéis estado suspirando y buscando, así como yo busqué durante toda mi vida el amor desconocido de mi madre. Finalmente, cuando el velo se rasgó, la encontré. Buscad y hallaréis, aunque la concepción de la idea sobrepasa tanto el pensamiento y la esperanza humanos que ‘no ha entrado en el corazón del hombre‘ imaginar lo que Dios ha provisto en este sentido. El niño no nacido [stillborn] ha vivido si ha habido un movimiento separado y deliberado del feto en el vientre materno; ese fue el latido del nacimiento de la nueva alma, que nunca puede morir.
Desde esa lucha inicial hacia la vida, hasta que sabe ‘rechazar el mal y elegir el bien’ mediante el ejercicio del libre albedrío, esa alma está al cuidado de un ángel en particular que ha sido designado para el oficio. Por lo tanto, dijo el Maestro: ‘Cuidado con no despreciar a uno de estos pequeños; porque os digo que en los cielos sus ángeles siempre contemplan el rostro del Padre‘ [ref.], ‘porque de los tales es el reino de los cielos‘ [ref.]. Arrastrados desde la Tierra en su estado personal inmaculado, no es apropiado ni necesario que pasen por las etapas de refinamiento, ni siquiera en las esferas superiores, por lo que la sabiduría de Dios ha provisto otra vía de ascenso en la que pueden ser instruidos y preparados para el reino Espiritual que está más allá.
¿Es posible que estas almas necesiten alguna preparación? Sí; y con esto podemos comprender algo sobre el escrupuloso rigor que se observa para asegurar la pureza del alma antes de que pueda pasar del Reino Psíquico al Espiritual. En el niño podría estar ─y está─ la semilla, el germen, la mancha de vicios hereditarios, o puede haber vibraciones e impresiones psicológicas recibidas de circunstancias a las que la madre ha estado sometida; éstas deben ser eliminadas por completo, y la posibilidad de cualquier efecto posterior debe ser rigurosamente prevenida. La agencia que trabaja para asegurar esto la hemos visto en más de una ocasión en nuestras visitas al hogar infantil de Cushna.
Con esto dejo nuestra revisión del gran esquema de la creación y de la sabiduría que muestra para la evolución, educación y purificación del alma durante la infancia y la niñez de su existencia. Seguramente, al reflexionar, meditar y considerar inteligentemente esta revisión, podremos retomar la declaración del salmista y decir, al menos en relación con este rincón del universo: ‘Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es muy elevado; no lo puedo alcanzar‘ [ref.].
Versión en inglés
CHAPTER THIRTEEN
THE HEAVEN AND THE EARTH
Not the least of the consolations we enjoy in this higher life is the perfect freedom on which we enter from the limitations of time. Oh, the liberty, the relief, the rest, the rapturous satisfaction of the realization of it. All that partakes of pain, sorrow, trouble, weariness or affliction eliminated, and every ideal for which the oppressed has sighed attained – what greater consummation could be wished than for time to be dispensed with and for the released to enter upon the full enjoyment of the rest that remains?
Think of it – dream of it. poor disconsolate and overburdened soul – the full realization of all that it meant to the poor weary cottager who told her friend that her idea of heaven was to be able to put on a clean apron and sit down, with no one able to say get up and do anything until she was tired of resting.
It was with some such sense of gratification that I meandered among the fadeless flowers of that Paradise as I conversed with Omra. The heart of time had ceased its beating – I stood across the boundary in the eternal Now. The Then of yesterday was a dream-memory from which I had awakened, and the There of tomorrow was an undiscovered impossibility, because the eternal day reaches beyond the sunset home, so that the night of Regret could never return again.
Under the fragrant benison of such a consolation, what need had we to hurry forward?
“Shall we make the crossing by another bridge?” I presently asked my conductor.
Omra slowly shook his head.
“No! There is only the one way to reach that other side,” he responded.
“I am not sorry. I am not at all impatient to turn my back on such an attractive retreat.”
For a brief interval there was no reply to my remark – my companion might not have heard it – he appeared to be particularly engaged in the examination of a most beautiful flower he had just discovered, and his face wore a most complaisant smile. Arousing himself, he said:
“Now we begin to feel the exhilarating air wafted from the other side. You will soon feel the benefit of its stimulating effects.”
“Do you think we should return?” I enquired, under the impression that there might be a hint of such a suggestion in the remark.
“Not for the present. Before doing so, I want you to take a glance at the great earth circle, so as to enable you to understand something of the various atmospheres and influences which surround it, and help you to a clearer comprehension of what has befallen you on your way here. Will you come”
“I have no other desire,” I replied, “but to leave myself absolutely at your disposal. Do with me as you will. You know the way I ought to take – the things I need to know – the mysteries I fain would solve – the goal I desire to reach. Lead me in the way I should go, then I shall be content.”
We paused for an instant, not on the verge of the chasm where I had previously stood, but on what seemed to be the outer edge of everything, with the boundless void of space reaching away into the infinite. Then Omra took my hand, and in a flash we were poised somewhere in the vast profound, and before us lay a majestic orb, like a tri-coloured moon, which at once recalled to mind the prismatic landscape I had previously beheld when standing with Eusemos on the Mount of God.
The connection had scarcely been suggested to my mind before Omra proceeded to confirm it.
“I have already intimated to you,” he began, “that hitherto your attention had been engaged almost exclusively in the observation of externals. All your interests, studies and occupations have naturally been concerned with the varying changes and appearances that have been presented on the surface of the great ocean of life – you have had no power to penetrate its depths, to explore its secrets, to examine its mysterious forces, to solve the problem of its origin and nature. Children are always more interested in the sands, shells and paddling on the seashore than in the problems of tides and currents, and winds and navigation. Such questions are for older heads, for more mature minds, for those who have been educated and trained, and qualified to deal with such subjects. Childhood is the time when the opening life is allowed freely and joyously to expand, and the joint responsibility for the form it assumes rests upon the shoulders of the parents and guardians.
“You do not find diamonds already cut, polished and mounted, scattered around on the African veldt; nor profound philosophers and expert scientists on the lowest form of an elementary school; nor accepted theologians in the cots of a foundlings’ crèche; nor white robed saints in flesh and blood. ‘There is none good: no, not one.’
“I multiply these illustrations and reiterate the same idea, because the time has come for you to permanently grasp the essential fact that the mortal span of life is no more than the infancy stage of existence, and it is important that you recognize the transition you are making.
“When you first saw the prismatic landscape it appealed to you by its attractive grouping of colours, but you were blind to the mystic significance of its arrangement; nor did Eusemose make any attempt to explain it. Even now – after all you have seen and learned through the ministry of Myhanene and his friends – the idea suggested to you by the vision of the orb which lies before us is that of an immense tri-coloured ball – green, and grey, and pink – like, but larger than a ball that children toss about in their play. You have no conception of the world of revelation that lies hidden beneath its surface.
“Let me break the seals, lift the veil, and help you to understand something of the beauty, perfection and adaptation with which God carries out His great designs.”
With this Omra again laid his hand upon my arm, and instantly we stood in the workshop of the Infinite, where a gigantic coloured diagram of a vertical section of creation. comprising both “the heaven and the earth “ (Gen. i, i), lay unrolled before us.
I have included a coloured frontispiece, facing page 17, in order that my reader may more easily follow my interpretation, and only regret that it is not possible to reproduce it in the varied tones of colour in which I saw it. A word of explanation will make it clear why this is so. The colour, shade or tone is not an artificial or arbitrary arrangement, but an atmosphere exhaled by condition. That such an atmosphere or odour is exhaled from the physical body is a point that needs no argument, but whereas in the physical its presence is occasionally evident to the olfactory nerves, in the discarnate state it becomes equally evident to the visual member, its quality being distinguished by the colour. This emanation of the real self clings around and forms the clothing of the soul, by the colour of which it is “known and read of all men” ( 2 Cor. iii, 2). “This is the Lord’s doing,” and in the great scheme of creation we shall see that in His inscrutable wisdom provision has been made that not only the traitor Judas (Acts i, 25), but every soul that passes through the portal of death might find his own place prepared for him.
Such a perfectly adapted scheme – not primarily for punishment, but rather for the administration of justice and the elimination of all vindictiveness – is the silent but eloquent declaration of creation that its Architect and Builder is a God of love. His purpose in calling a world into existence was not to consign its great majority of men to the agonies of hell, but knowing the inescapable weaknesses and frailties of the flesh through which His new race of sons must pass to reach perfection, He so planned and arranged that even though man, in the blindness of his folly, should wilfully determine to make his bed in hell, in the blackness of its darkness he should find a guiding hand that would eventually lead the prodigal home.
I know I am heretical in my conclusions, but I am a humble follower of one who was crucified for the same offence by those who were orthodox, and if Paul was speaking rightly when he said that prophecies may fail, tongues may cease, and knowledge pass away (i Cor. xiii, 8), would it be very surprising to discover that theologians might be mistaken concerning things which eye hath not seen nor hath the ear heard? Therefore let us turn to our diagram and carefully compare its revelation with those things we have been taught to believe.
The one object Omra had in calling my attention to this subject at this particular time was to clear my mind of certain false ideas that were hindering me from crossing the bridge. My purpose in recording it is to make it serviceable to my readers at a much earlier period of their pilgrimage; because I realise the great assistance it would have been had I been equally fortunate. This is the whole of my desire and wish. I am not aspiring to the dignity of teacher or leader in the purpose I set before me, I simply wish to stand at a somewhat doubtful point of the way like a finger-post proclaiming – “This is the way,” because I, myself, have already been benefited by the information. Take out your Guide-Book and compass, study the diagram I offer for your perusal in the light of what you profess to believe as to the intentions and disposition of the Father : then, if you agree with me as to the way, walk ye in it; if not, follow your own idea. You will make the great discovery by and by. You have a perfect right to exercise your Freewill until your feet reach the edge of the gulf where I have stood; there you will find that your Freewill will have to be exchanged for Must, as the Great Teacher has declared – “Ye must be born again.”
Now we are in a position to examine the details of this particular mansion of the Father’s universal house in which he who has declared Himself to be “the way. the truth, and the life”, has said He will prepare a place for us.
The circular form which is stamped upon every detail of its construction at once declares that its “builder and maker is God” without beginning or end, the emblem of eternity. And yet it has a beginning – a microscopic centre expanding toward an infinite circumference. On beholding the plan, the eye is at once arrested by an upper and lower group of interblended circles (1 to 7), slightly divided at the middle, but clearly suggesting the figure 8. If I had time and space to enlarge upon the mystical reason for the employment of this particular symbol in this connection, we should find it to reveal more than a coincidence. In the spiritual realm numbers have a significance and meaning far beyond a scientific and commercial value, in exposition of which a whole library might be written without exhausting the subject. I shall attempt no more than an indication of one of the meanings of the figure 8 as suggested here. It requires no elaborate argument to prove that 7 and its multiple is used in scripture to denote completion of varied circles – the week, and the jubilee year, will suffice as illustrations. But while one circle is so completed on the one hand, there are three of the ten numerals left unemployed before the circle of ten becomes complete. In accomplishing this we institute an interlocking of circles, in which the 8 becomes “thefirst day” of the new week – the resurrection day, of which the symbol in our diagram is prophetic, revealing a glimpse of the purpose that presumably lay in the mind of the Creator in laying the foundations of the earth and its adjoining heaven.
Outside this central group of circles we have three larger divisions, most curiously arranged to fill up the remaining space in the great circumference and at the same time retain a connection from side to side. It is these divisions that give the tricolour aspect (viii, green ix, grey ; x, pink) we observed from the distance.
To prevent unnecessary confusion, it is necessary here to explain that the diagram before us shows neither the Physical (except for the suggestion of the relative position of the earth by the small dotted circle) nor the Spiritual, but simply the Psychic stage of man’s progression, and in order to prevent any confusion or uncertainty as to my meaning in the use of the word Psychic, let me explain the sense in which I employ it.
I accept as my Guide-Book – not as a Manual of Doctrinal Theology – the Scriptures of the Old and New Testaments. I do this because I have found by extended experience – since I have learned so to use them – that they form the most helpful and reliable directory I have so far met with. They tell me that “God created man in His own image,” a triune being of “body, soul and spirit.” Not three personalities in one being, but three clearly defined stages in the career of the one person, which stages I will name as physical, psychical and spiritual, just as we have in the mortal the corresponding stages of infancy, youth and manhood. This particular idea is so familiar to every reader of the scriptures that one can scarcely wonder at the theologians pressing it into service to support the accepted doctrine of the trinity, but I ask nothing more from it than what must be undeniably patent to every unbiased mind, that if, in the economy of God, suitable provision has been made for the needs and growth of both the physical and spiritual natures of man, we are equally warranted in assuming that the same consideration has been given to the psychical.
Creation’s prophetic reply to the arrogant assumption of the priest, of power to open the doors of the kingdom of heaven to whom he would, and close them against whom he would not allow to enter, was pronounced from the foundation of the world, by God interposing an intermediate – a psychic state between the natural and the spiritual, just as He placed a daybreak between the darkness and the light, and allegorically, a Wilderness of Sin between the Egyptian bondage and the Promised Land.
Let us now examine our diagram and see how it reads in harmony with the idea of a Psychic, or transition, stage from the Physical to the Spiritual.
The opening sentence in the Handbook we are using reads : “In the beginning God created the heaven and the earth,” and a little lower on the same page (v, 8) it says: “And God called the firmament heaven.”
There are other heavens. We are told that Paul knew a man who was “caught up into the third heaven” (2 Cor. xii, 2); but we are now concerned with the particular heaven that immediately surrounds the earth.
The small dotted circle (E) in the centre of the plan marks the relative position held by this cradle of our existence. Our entrance at birth is at the microscopic point from which the radius of the heaven is struck, and every child steps upon the stage robed in the garb of innocence. This we have upon the authority of Him who declared Himself to be “the way, the truth, and the life.” When He was appealed to as to the terms upon which the purely spiritual stage of existence could be attained. He replied: “Except ye be converted, and become as little children, ye shall not enter into the kingdom of heaven.” We are warranted, then, in assuming that the newly-born child is the standard of innocency required for entrance into the spiritual kingdom, and in support of this may I not recall the condition demanded of Nicodemus: “Ye must be
born again.”
I shall deal further with this presently, but for the moment another development demands my attention.
If, then, the Nazarene speaks with authority, every child enters upon life free from the taint of personal impurity, and retains that freedom until it is old enough to “know to refuse the evil and choose the good.” At that point it begins to shoulder the responsibility for its own actions, and, in accordance with the choice it makes, moves from the neutral condition it has occupied so far from birth.
What a tremendous decision to rest upon such a delicate and incompetent balance ! Is it? Perhaps so. But when we say so, are we not taking a too narrow view of the situation, just as we are also forgetting to point out the significance of the inter-blending of the circles in the diagram we are considering. From that central point where we enter upon the stage of being, to the infinite expanse of life’s circumference, “none of us liveth to himself, and no man dieth to himself.” The Human Race is a family name that embraces every inhabitant of earth, whether, black or white, yellow or red: God “hath made of one blood all nations of men,” and of every soul it is required that he shall recognize the obvious fact and each perform a brother’s or sister’s part to another, wherever needed. If this duty were fulfilled, how carefully would the child be guided, shielded and encouraged in making its initial decision?
Then the question arises: “Who is to bear the blame if the child stumbles and falls” This is one of the problems respecting which the Master advises us to “judge not;” that is a question that will be decided in a court of assize where absolute justice will be meted out. What we have to bear in mind here is the warning we are all too apt to neglect: “Be not deceived; God is not mocked; for whatsoever a man soweth, that shall he also reap.” For the present children may have to bear the burdens, effects and certain penalties of their parents’ sins, neglect and indifference, but in the great assize, a just compensation will be awarded to the innocent sufferer, and the guilty one will have to atone until the last farthing is paid.
Let us see what provision is made for this. We dismiss for the moment all extraneous ideas of neglect, and allow the deliberate action of the freewill. The child chooses to be disobedient. This is the very sin upon which the doctrine of the Fall is based. Having disobeyed the command of God, and seeing how the sin had stained the innocence which had robed him, and hearing the voice of his Creator calling to him in the garden, Adam, in the consciousness of his shame and guilt, for the first time tried to hide from God.
The first step of disobedience taken, the downward road becomes easy; momentum increases, till, at length. the crash comes, and the reckless prodigal finds himself hurled amongst the swine (the Egyptian synonym for devil), smirched, fouled and wallowing in the filth of the pigsty. He is lying in the lowest hell a child of earth can reach (1) on the verge of the “uttermost,” in the way of death; but he cannot die. God has foreseen and made preparation to meet and overcome such a dire catastrophe. The sin is great, but God is greater – Almighty – and He, whose word cannot be broken, has promised: “I will ransom them from the power of the grave; I will deliver them from death” (Hos. xiii, 14).
Let me sound this trumpet call of hope through the darkest and deepest abysses to be found in hell: God the Almighty – the everlasting and immutable – has decreed that: “He will have all men to be saved, and come to a knowledge of the truth” The penalty of deliberate wrongdoing must first be paid – the contumacy of rebellion has to be uprooted, and its effects made good – the fidelity of the regenerated must be satisfactorily assured – and then, the prodigal, coming to himself, shall arise and turn his face homeward. As the ladder of his dream pointed out to Jacob – the homeless wanderer – the way from earth to heaven, so from the pit of the nethermost hell, God has raised another ladder with its feet resting in the filth around the swine-trough, that the victim of temptation, when he wakes from the stupor of his drunken orgy, may yet be able to struggle back again to the ring, the robe, the kiss, the welcome.
And now, having taken a glimpse at this, the lowest depth to which a soul may sink in evil-doing, let us glance at the various stages by which the redemptive ascent is made.
This need not detain us long, since we shall find that we have already made a visit to each of the other stages in the journey, as Myhanene, or one of his fellow servants, has carried me hither and thither in answer to enquiries I have made, or to illustrate some point in the instruction I have received.
One word of explanation may not be out of place here for those who have already become acquainted with the fact of communion through the evidence afforded by spiritualistic séances. This group of conditions we are here considering (1 to 7 in our diagram), are the seven spheres so often alluded to by the varied controls. So far as I am aware, what I now propose to do is the first time they have been placed in orderly sequence, so as to enable the student clearly to understand their arrangement and relationship to each other.
Leaving their lower depth – where the soul might sink to extinction and cease to be, but for the everlasting arm upholding it – in the second sphere we catch a glimpse of the ceaseless strife and combative struggle which goes on in the endeavour to escape the scorpion-lash of an arousing conscience, where the watchful ministry of Ladas and his band of helpers are waiting to render the first possible assistance that may be afforded towards restoration. (the Life Elysian, pp. 96 ff.)
In the third stage we learned the story of a very typical case of this condition as we listened to Marie’s recital of the Harvest of Jealousy, (Through the Mists, pp 187 ff.) and were instructed as to the means that are used to lead such souls from the poignancy of their agony and the darkness of their despair into the light of freedom and hope.
Reaching the fourth sphere, we emerge from the subterranean dens and caves in which these scenes of the soul’s first purgation are situated, and find ourselves at the foot of the Mount upon which I stood so soon after my arrival. Not far away we can see the Mists which envelop the earth. How near to the earth we are, I shall speak of when I deal with the contiguity of it in relation to this sphere and Section IX of the plan, as the whole of these three states wear the same grey atmosphere. Had there been sufficient light to have seen the colours in those caves we have left, we might have seen them change, as we came along from the muddy filth of the depths, through the range of browns and khaki till we reached the grey. From hence, as the soul rises in its approach to the Spiritual, the grey will change and lose itself in the prismatic shades, growing lighter, brighter, and then translucent as it rises into the true
light of God.
It is seen at a glance that this sphere holds the central position in the general scheme. It is the only member of the group that presents a perfect model of the whole design – a complete circle, divided into upper and lower divisions by a corridor, suggesting the allegorical balance in the scales of Justice. But perhaps the most suitable illustration we can use to indicate its varied features would be that of the main or ground floor of a building used as a custom houses on the frontier of two kingdoms. All who seek to enter must needs pass through its examination hall for preliminary inspection. Here is made a strict scrutiny of properties, that all contraband goods may be confiscated, passports are carefully viséd, letters of credit authenticated, all currency ruthlessly tested, and finally a satisfactory condition of health established or a term of quarantine is demanded in one or other of the basement wards.
The rigorous ordeal of this scrutiny is most appalling to the majority of immigrants, who find they have been misled, misinformed, or advised by unauthorized experts as to the conditions of entrance. Especially is this the case in relation to the law regulating simplicity of dress which is demanded. It is in this respect where the affluent, the proud, the vain and the arrogant come to grief; while the poor, the humble, the modest and the diffident pass by with surprising consideration. This question of dress is determined by law upon the peculiar basis of what a man is in himself, without the slightest reference to what he has, or any position he may have filled in the kingdom from which he arrives; and the character of the robe he assumes determines his present destination and the conditions under which his new lift commences. This frequently constitutes one of the most startling surprises of the soul’s transition. I shall record a case of this kind presently.
In the upper part of this sphere we reach the first buildings that are to be found in the spheres – the Home of Rest, where we heard the Magnetic Chorale; and such institutions as the Home of the Assyrian; then, as we cross into the fifth, we reach the City of Compensation.
It was just across this border-line that I reached the home of my mother – Vaone, in which, for the time, I found the great ideal of my heart’s life-long desire. From thence I have had your company, my patient and indulgent friends, and you have been able to learn something of the teaching I have received; have looked upon the illustrations that have been placed before me; have, with me. been surprised at the wonderful revelations that have been made, as I have been led forward to the Court of the Voices. Now you are waiting to see me cross over the great divide. I, too, am anxious to be rid of the last of the earth’s influence which prevents my doing so. What this particular infirmity is, I have not yet discovered, but the one great point I am anxious to stamp upon your consciousness is the fact of the far-reaching effects of even the weaknesses of earth, and the inexorable demand for the removal of the last taint of sin, even to “spot or wrinkle,” before the power is acquired to reach the other side, and the soul is truly born into the spiritual kingdom of God.
So we conclude our enquiry as to the processes at work under the provision and ordination of God for bringing rebellious souls back from their wandering into the inheritance He has set apart for us. But the Shepherd has told us : “Other sheep I have, which are not of this fold: them also must I bring, and they shall hear my voice; and there shall be one fold, and one Shepherd” (John x, 16).
There are still three other sections of our plan unnoticed. A brief consideration of these will not only complete the study of the circle, but gather in all the other sheep to complete the fold. We have seen what provision has been made for the civilized, cultured and morally responsible races, but He who has commanded that the fragments shall be gathered, so that nothing shall be lost, holds the heathen, uncultured and degenerate souls to be intrinsically of equal value as the cultured, and has therefore made just as suitable, considerate and appropriate arrangements for their perfection as has been made for others. These forlorn, despised and contemned people, though in their depravity they “are of the earth earthy,” in moral rectitude they are nothing more than irresponsible children knowing nothing of any standard of right or wrong. Therefore He has prepared a place for them (VIII) on the level with, but free from the influences, penalties and contaminations of cultured recklessness and depravity. In this safely protected reservation they have given to them a ministry perfectly adapted to their every need to bring them finally into the one all-inclusive fold.
Section Xl, in position and colour corresponding to the fourth sphere and the earth, with only the slightest of veils dividing it from either, is the condition into which the souls of those still in the flesh enter for instruction during the hours of sleep. The body cannot lose its consciousness until the soul vacates it, and this condition was designed by God, in order that, while the body slept, the soul might still continue an unbroken communion with those who had assumed the immortal, and so obviate any suspicion of death (Job xxxiii, 14-17). History, both sacred and profane, is crowded with the evidence of this apparently stupendous fact, but interested organizations which could not exist side by side with such an open communion have laughed at the idea until it has been relegated to the region of superstition, and the multitude of men return from their sleep with the memory of its incomparable ministry drowned in oblivion. But God never leaves Himself without a witness to the truth. I have learned of a striking illustration of this in connection with my own attempt to carry the news of this fact back to earth, and a little further on I will record an incident of an assistance I received from one of my readers which was rendered to me in her sleep.
The final section of the plan which I have now to deal with (X) is one calculated to bring a message of joy and comfort to many a sorrowing heart. How many of the sons and daughters of earth sorrow that their only child was still-born or passed away immediately after. Listen! “Comfort ye, comfort ye my people, saith your God. “ This last apartment we have to look into, in connection with “the earthly house of our tabernacle,” is the corner of heaven for which you have been sighing and seeking, even as I sought all through the days of my flesh for the unknown love of my mother. At length, when the veil was rent, I found her. “Seek and ye shall find, though the conception of the idea so far surpasses the human thought and hope that it “hath not entered the heart of man” to imagine what God has provided for in this connection. The stillborn child has lived if there has been one separate, deliberate movement of the foetus in the womb, that was the birth throb of the new soul, which can never die.
From that initial struggle into life until it knows “to refuse the evil and choose the good,” by the exercise of free-will, that soul is in the nurse care of some particular angel who has been appointed to the office, therefore, said the Master: “Take heed that ye despise not one of these little ones; for I say unto you, that in heaven their angels do always behold the face of (the) Father. “ “for of such is the kingdom of heaven.” Carried away from earth in their personally unsullied state, it is not meet or necessary for them to pass through the refining stages of even the higher spheres, and so the wisdom of God has provided another way of ascent in which they may be instructed and prepared for the Spiritual realm beyond.
Is it possible that such souls do need any preparation? Yes; and by this we may be able to grasp a connection of the scrupulous rigour that is observed, to ensure the purity of the soul ere it can pass from the Psychic into the Spiritual Kingdom. In the child there may be – is – the seed, the germ, the taint of hereditary vices, or there may be psychological vibrations and impressions received from circumstances to which the mother has been subjected; these have to be absolutely removed, and the possibility of any after-effect rigorously provided for. The agency at work to secure this we have seen at work more than once in our visits to Cushna’s children’s home.
With this I leave our review of the great scheme of creation and the wisdom it displays for the evolution, education and purification of the soul during the infancy and childhood of its existence. Surely, as the review is thought over, meditated upon and intelligently considered, we shall be able to take up the declaration of the Psalmist, and say, at least in relation to this corner of the universe: “Such knowledge is too wonderful for me; it is high. I cannot attain unto it.”