1/3:2-4) 3. Inmortalidad (siguientes mensajes) | El verdadero evangelio – Revelado de nuevo por Jesús | Vol. 1. / 3:2

Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés 

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Introducción

─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga

A continuación vamos a ver parte del apartado:

3) Inmortalidad

Vemos los siguientes mensajes contenidos en este tema 3.

El tema es el de la así llamada «inmortalidad».

Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
unplandivino.net/transicion/

Forma parte de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.

Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth (entre otras personas).

El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):

a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.

           d) ─ La verdadera misión de Jesús

I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.

─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad [estamos aquí: Vemos los siguientes mensajes en este apartado 3, que lo completan]
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria
─ Mensajes adicionales

Versión en español
3. Inmortalidad (cont.)

La inmortalidad (San Lucas – del Nuevo Testamento) (17 abril 1922)

El escritor del tercer Evangelio del Nuevo Testamento.

Permíteme que te escriba, pues deseo decir unas palabras sobre la cuestión de la inmortalidad, en la que tanto has pensado durante los últimos días.

Estuve contigo hoy, mientras escuchabas los discursos del predicador sobre el tema de la inmortalidad, y vi que te dabas cuenta de que él no se hacía una idea verdadera acerca de lo que significa el término, y pensé en cuánto te gustaría informarle de tus conocimientos sobre el tema. Pues bien, comprendo perfectamente cómo te sientes al respecto, y simpatizo contigo en el deseo y la esperanza de que alguna vez puedas tener la oportunidad de conversar con él sobre este tema y ofrecerle tu concepción de la verdad.

Es el tema de tantos sermones y teorías predicados por predicadores y otros, y sin embargo ninguno de ellos tiene la verdadera comprensión de lo que la inmortalidad es. La entienden sólo en el sentido de una vida continua y, además, por medio de argumentos e inferencias, tratan de atribuirle la idea de algo que nunca acaba ─es decir, de que la vida continua es algo tan establecido [tan «arraigado»: established] que nunca puede terminar─, y con esto satisfacen sus anhelos y deseos. Pero, como ves, esta inferencia no es más que una que se extrae de los deseos de los predicadores, de modo que no tienen una base verdadera sobre la que fundar sus conclusiones, y en cuanto a las cosas ordinarias de la vida no estarían dispuestos a arriesgar las importantes sobre ninguna base que esté menos arraigada [established], y de la cual pudieran extraer conclusiones que les hicieran actuar [But you see, this inference is merely one that is drawn from the desires of the preachers – that they have no true basis upon which to found their conclusions, and as to the ordinary things of life they would not be willing to risk the important things of life upon a basis no better established from which they could draw conclusions that would cause them to act.].

No, la humanidad en realidad no sabe lo que es la inmortalidad, y todos los argumentos que puedan presentar para establecer la verdadera inmortalidad no bastan para convencer a la mente clara, fría y sin prejuicios en cuanto a que sea un hecho.

Como se dice en el mensaje que has recibido de Jesús, la inmortalidad sólo puede derivarse de lo que es inmortal, y todos los argumentos que simplemente tienden a demostrar que una cosa debe ser inmortal debido a los deseos o intenciones de Dios, no son suficientes.

Todos los hechos que puedan establecerse como premisas no son suficientes para probar lógicamente la conclusión que se desea establecer, y los hombres no pueden depender de tal método de razonamiento.

Es absolutamente imposible derivar la inmortalidad de algo que no sea inmortal en sí mismo, e intentar hacerlo mediante argumentos o inferencias es una mera pérdida de tiempo en el ejercicio de las facultades de razonamiento.

Como se ha dicho, sólo Dios es Inmortal, y esto significa que las Cualidades mismas y la Naturaleza misma de Él son Inmortales; y si fuera posible que tuviera alguna cualidad que no fuera de una naturaleza que participe de lo Inmortal, entonces estas cualidades no serían Inmortales, sino sujetas a cambio y disolución. Entre las Cualidades de Su Ser está la grande e importante del Amor, y sin Ella Dios no podría ser. Su existencia sería menos que la de un Dios; y siendo esto un hecho, esta gran Cualidad del Amor debe ser Inmortal, y en cualquier cosa en la que esta Cualidad pueda entrar y formar parte, esa cosa es necesariamente Inmortal, y de ninguna otra manera podría llegar a ser Inmortal.

Entonces este Amor de Dios trae la Inmortalidad en el verdadero sentido del término, y cuando entra en el alma del hombre y la posee, esa alma se vuelve Inmortal, y no se puede adquirir la Inmortalidad de ninguna otra manera.

No todas las cosas de la creación de Dios son inmortales, pues en un tiempo más o menos largo cumplen el objeto de su creación, su existencia ya no es necesaria y se disuelven en los elementos de que estaban compuestas. Por esta razón, el cuerpo físico del hombre no es inmortal, pues después de una corta vida en la tierra se disuelve y ya no existe. Su cuerpo espiritual es principalmente de este carácter evanescente, y puede ser que en el curso de la eternidad haya cumplido su misión y deje de existir. No sabemos si es así, ni estamos seguros de que no sea cierto, pues depende de la existencia continua del alma para su existencia continuada, y no todas las almas recibirán una parte del Amor Divino del Padre, que es lo único que tiene en sí esta inmortalidad; y puede ser que en algún momento del futuro esta alma sin el amor deje de existir y ya no sea más una criatura del Padre.

Pero lo que sí sabemos es que todo lo que participa del amor divino es necesariamente inmortal, y no puede morir más de lo que puede morir el amor mismo: por lo tanto, debe ser inmortal. De modo que cuando los hombres hablan o enseñan que todos los hombres son inmortales, dicen lo que no saben ─sólo Dios mismo conoce ese hecho─, pero por el mero ejercicio de la razón los hombres están justificados al decir que tales hombres o almas que no obtienen el Amor Divino no son inmortales.

Ahora bien, aunque esta cuestión de la inmortalidad del hombre está en duda, y nunca se ha demostrado que sea un hecho, sin embargo, sabemos que, esa parte de la humanidad cuyas almas han recibido este Divino e inmortal Amor, son inmortales, y nunca pueden dejar de existir; y el gran consuelo y las grandes bendiciones que esta posesión les brinda a estas almas es la de saberse inmortales porque poseen esa cualidad o naturaleza de Dios que es inmortal, y, como esta última nunca puede tener fin, tampoco puede tener fin aquello en lo que este Amor inmortal ha entrado y encontrado un alojamiento.

Los argumentos del predicador eran fuertes, y en el funcionamiento ordinario de las mentes de los hombres y de sus poderes de razonamiento, pueden convencer a los hombres de que la inmortalidad es un hecho probado para toda la humanidad, pero cuando se analizan adecuadamente, y se aplica la verdadera regla de la búsqueda de la inmortalidad, se verá que no son argumentos concluyentes; la esperanza es más fuerte que el hecho, y los hombres no tienen la seguridad de que la inmortalidad les tienda sus deseados brazos de certeza.

Pues bien, pensé en escribirte este breve mensaje sobre la cuestión que tú y el predicador habéis estado meditando, con la esperanza de que él no dependa de la fuerza de su argumento para establecer el hecho de la inmortalidad, sino que vea y se convenza de que la única manera de averiguar y adquirir la verdadera inmortalidad es buscando y obteniendo el Amor Divino, y transformando así su alma en la misma Esencia y naturaleza de Dios en el Amor.

Me alegra poder escribirte de nuevo, y que tu estado sea mucho mejor de lo que ha sido y permita la vinculación. Reza más al Padre y cree, y llegarás a la condición que tanto deseamos.

No escribiré más. Buenas noches;
Tu hermano en Cristo,
Lucas

Inmortalidad (Henry Ward Beecher – Predicador) (5 julio 1915)

Soy tu amigo y hermano en el amor y el deseo por el reino. Soy el espíritu de Henry Ward Beecher.

Vivo en la séptima esfera, donde ahora está tu padre, y, por haberle conocido allí, vengo a escribirte por breve tiempo.

Me ha hablado de ti y de la facilidad con que recibes las comunicaciones de los espíritus, y quiero hacerte saber que, aunque ya no soy el mismo que cuando estaba en la tierra, todavía tengo el deseo de dar a conocer a los hombres los pensamientos que surgen en mí acerca de Dios y de la relación de los hombres con Él y con su reino.

Ahora soy un creyente en Jesús como nunca lo fui en la tierra, y puede que te sorprenda saber que cuando estaba en la tierra, por mucho que hubiera predicado a mi pueblo, en mi corazón consideraba a Jesús como un simple hombre de los judíos, y no muy diferente de otros de los grandes reformadores que habían vivido y enseñado en la tierra las verdades morales que tendían a hacer mejores a los hombres y les hacían vivir vidas más correctas y justas.

Pero, desde que he estado en el mundo espiritual y he tenido las experiencias que mi vida me ha proporcionado aquí, y he encontrado el camino hacia el Amor Divino de Dios y hacia Su Reino, he aprendido y ahora sé que Jesús fue más que un mero reformador. No sólo fue un maestro bueno y justo, y vivió la vida como tal, sino que fue el verdadero hijo de Dios, y Su mensajero al traer al mundo las verdades de la inmortalidad y el Amor Divino del Padre, y la manera de obtenerlo. Él era verdaderamente el Camino y la Verdad y la Vida como ningún otro maestro antes que él lo fue jamás.

Sé que se enseña ─y yo lo creía cuando estaba en la tierra─ que muchas religiones y maestros paganos afirmaban y trataban de enseñar a la humanidad la inmortalidad del alma, y, según entendían los hombres el significado de la palabra inmortalidad, estas enseñanzas eran más o menos satisfactorias. Pero ahora veo que su concepción de la inmortalidad era meramente una continuidad de la vida después de lo que se llama muerte. ¡Cuán diferente es el significado así enseñado respecto al verdadero significado de la palabra! La inmortalidad significa mucho más que una mera continuación de la vida.

Significa no sólo una continuación de la vida, sino una vida que tiene en sí el Amor Divino o Esencia del Padre, que hace que el espíritu que tiene ese Amor sea una Divinidad en sí mismo, y no esté sujeto a muerte de ningún tipo.

Ningún espíritu simple tiene esta inmortalidad sólo porque continúe viviendo en el mundo espiritual, y porque no pueda concebir que haya alguna posibilidad de que esa continuidad de vida pueda ser detenida o terminada. Ningún espíritu así sabe que eso es verdad, porque nunca ha sido demostrado como un hecho, y no puede serlo hasta que la eternidad haya llegado a su fin. Tal espíritu no es diferente en su esencia y potencialidades de lo que era cuando estaba envuelto en la carne, y no tiene mayor razón para creer que es inmortal que la que tenía cuando estaba en la Tierra.

Una especulación y un hecho demostrado son dos cosas enteramente diferentes; sin embargo, con algunos espíritus, así como con los hombres, la especulación se convierte casi tanto en una certeza como un hecho demostrado. Pero no hay justificación para confiar en conclusiones sacadas de meras especulaciones, y el espíritu o el hombre que lo haga, puede encontrar, en los grandes mecanismos de la eternidad, no sólo que está equivocado, sino verse sorprendido más allá de toda concepción de las eventualidades que tales mecanismos [workings] pueden producir.

Digo, pues, que antes de la venida de Jesús, la inmortalidad no había sido sacada a la luz y no habría podido serlo, porque para la humanidad no existía.

Me sorprendí mucho cuando supe el verdadero significado de la palabra, tanto como se sorprenderán los hombres que lean esta comunicación o entiendan su relevancia. La esperanza de Sócrates o de Platón o de Pitágoras era sólo una esperanza fortificada por los razonamientos de grandes mentes, y complementada por mucho desarrollo de las cualidades del alma. Pero, al fin y al cabo, no era más que esperanza ─faltaba el conocimiento─. Y aunque se hubieran dado cuenta de que los espíritus de los hombres difuntos regresaban y les comunicaban que no existía tal cosa como la muerte del espíritu o del alma, sin embargo, tales experiencias no les probaban nada más allá del hecho de que la vida era continua por el momento.

Como el cambio es la ley tanto en el mundo espiritual como en la Tierra, no podían, con la certeza del conocimiento, decir que no podría haber algún cambio en el mundo espiritual que descartara o dejara de lado la continuidad de la existencia.

Tomemos el caso del niño pequeño, cuando su intelecto no se ha desarrollado lo suficiente como para comprender que existe la muerte del cuerpo físico, y que cree, si es que piensa, que va a continuar viviendo eternamente en la Tierra. Y así mismo es con estos filósofos que tenían la esperanza de una vida continua futura, y con los espíritus que saben que hay una vida continua ─vida tras la muerte─, ya que piensan que ese vivir debe ser el estado fijo, y debe por necesidad continuar para siempre.

Como digo, no se ha demostrado que tal vida vaya a continuar para siempre; pero, por otra parte, no se ha demostrado que no lo vaya a hacer, y, por lo tanto, ningún espíritu puede decir que es inmortal, a menos que participe de la Esencia Divina, y de ningún sabio filósofo o maestro religioso, antes de la venida de Jesús, se podría decir que haya sacado a la luz la Inmortalidad.

Aunque la esperanza y la especulación existen como hijas del deseo, falta el conocimiento y no se encuentra la certeza.

La inmortalidad en la que los hombres creían, y en la que se consolaban creyendo, era la inmortalidad que la esperanza creaba y la especulación probaba; y las experiencias de los hombres al comunicarse con los espíritus demostraban que la muerte no había aniquilado al individuo. Pero la esperanza, la especulación y la experiencia no crearon conocimiento.

Cuando Jesús vino, trajo consigo no sólo la esperanza sino el conocimiento de la verdad. No muchos hombres lo han comprendido, o entendido la razón o fundamento de tal conocimiento, y las facultades de razonamiento de los hombres no fueron suficientes para mostrar las verdaderas razones de tal conocimiento. Y por extraño que parezca, los estudiantes y comentaristas de la Biblia nunca han revelado el verdadero fundamento sobre el que existe este conocimiento.

Confieso que en mi vida, mientras fui un gran estudioso de la Biblia, nunca comprendí el verdadero significado de cómo, o de qué manera, sacó Jesús a la luz la inmortalidad. Pensaba, como muchos otros ahora, que su muerte y resurrección fueron las cosas que mostraron a la humanidad la realidad de la inmortalidad. Pero ─como ahora veo─ estas cosas no mostraron más que lo que ya mostraron los numerosos casos registrados en el Antiguo Testamento y en los escritos seculares de los filósofos y eruditos de la India y Egipto: que había una existencia después de la llamada muerte.

Y muchos de los que discuten el hecho de que Jesús sacó a la luz la inmortalidad, basan sus argumentos en estos otros hechos: que él fue tan sólo uno de los muchos que habían muerto y que después vinieron a los mortales y mostraron que aún vivían como espíritus. Por eso digo ─y tal como no lo creía mientras estuve en la tierra─ que el mero hecho de la resurrección de Jesús no prueba la inmortalidad.

Entonces, ¿qué he aprendido que es la inmortalidad desde que estoy en el mundo de los espíritus? Mis facultades de razonamiento son mucho mayores ahora que cuando estaba en la Tierra; mis facultades perceptivas se han agudizado y mi experiencia de las leyes del mundo espiritual me ha dado un gran conocimiento; pero todo esto no me habría dado por sí mismo el conocimiento de la inmortalidad si Jesús mismo no me lo hubiera explicado y demostrado por su propia condición y la de muchos espíritus en las esferas superiores. Ahora soy, por el desarrollo actual de mi alma, poseedor de ese conocimiento.

Sólo el Padre es Inmortal, y sólo aquellos a quienes Él da Sus Atributos de Inmortalidad pueden llegar a ser Inmortales como Él. El Amor es el gran principio de la Inmortalidad, y con esto quiero decir el Amor Divino del Padre, y no el amor natural de la criatura; y aquella que posee este Amor Divino se convierte, por así decirlo, en una parte de Él, o Él se convierte en una parte de ella, y en Sus operaciones lo hace semejante al Padre. En otras palabras, un espíritu que posee este Amor Divino se convierte en una parte de la Divinidad misma, y, en consecuencia, en Inmortal, y no hay posibilidad de que alguna vez se vea privado de este elemento de la Divinidad.

Ningún espíritu es inmortal cuando existe alguna posibilidad de que sea privado de esa inmortalidad. Incluso Dios mismo, si pudiera ser privado de esa gran cualidad, no sería inmortal. Y así como es imposible quitarle al Padre este gran atributo, también es imposible que pierda su inmortalidad aquel espíritu que haya obtenido una vez este Amor Divino del Padre.

Así que ya ves, la inmortalidad viene a un espíritu sólo con la posesión del Amor Divino, y ese Amor no es otorgado a todos los espíritus, sino sólo a aquellos que lo buscan en la forma mostrada a la humanidad por Jesús.

La muerte no trae al mortal la Inmortalidad, y del hecho de que su espíritu sobreviva a su muerte no se sigue que la Inmortalidad se convierta en parte de su existencia como espíritu.

Digo, pues, que cuando Jesús trajo al mundo el conocimiento del otorgamiento de este Amor Divino del Padre a los mortales, bajo ciertas condiciones, y también mostró a los mortales el Camino por el cual se podía obtener ese Gran Don, sacó a la luz la Inmortalidad y la Vida, y antes de él ningún hombre o espíritu había sacado a la luz estos Grandes Dones.

Ahora soy partícipe, hasta cierto punto, del Amor Divino, y tengo ante mí la posibilidad de obtenerlo en toda su extensión, tal como lo prometió el Maestro a todos los que lo busquen en verdad y con fe.

No tenía la intención de escribir un mensaje tan largo en este momento, pero como estoy entusiasmado con este tema me doy cuenta de que he invadido tu tiempo y amabilidad más de lo que pensaba.

Así que, agradeciéndote tu paciencia, me detendré ahora, aunque espero tener el privilegio de volver en algún momento y escribirte.
Con mis mejores deseos,
muy atentamente,
Henry Ward Beecher

La salvación que Jesús enseñó: que ningún hombre o espíritu puede recibir la salvación completa que Jesús enseñó y ejemplificó en su propia persona, si no se convierte en alguien cuya alma está en plena posesión de este Amor Divino del Padre, y si no se despoja de las condiciones y atributos que pertenecen a su alma creada (San Mateo – Apóstol de Jesús) (16 diciembre 1918)

Permitidme que escriba unas líneas esta noche, pues deseo hablaros de una verdad que me parece importante que la humanidad conozca para que pueda comprender la verdad de su salvación personal.

Soy un espíritu de desarrollo del alma y un habitante de los Ámbitos Celestiales, donde sólo aquellos cuyas almas han sido transformadas por el Amor Divino en la propia naturaleza y Esencia del Padre pueden encontrar una morada.

No voy a extenderme mucho y sólo tengo una idea o verdad que transmitir, y es «que ningún hombre o espíritu puede recibir la salvación plena que Jesús enseñó y ejemplificó en su propia persona, si no llega a estar totalmente poseído en su alma por este Amor Divino, y si no se deshace de las condiciones y atributos que pertenecen a su alma creada». Esta alma no fue creada con ninguno de los atributos o cualidades divinos, sino simple y sencillamente con los que podéis llamar humanos, y que poseen todos los hombres y espíritus que no han experimentado la transformación.

El Dios-hombre ─tal como a veces designan a Jesús vuestros escritores religiosos y teólogos─ no poseía en el momento de su creación o aparición en la carne estos atributos divinos que son de la naturaleza y Esencia del Padre, sino sólo los atributos humanos que pertenecían al hombre perfecto, es decir, al hombre que era la criatura perfecta tal como existía antes de la caída de los primeros padres, cuando el pecado no había entrado en sus almas ni en el mundo de la existencia de los hombres. Desde el momento de su nacimiento Jesús fue el hombre perfecto y, por consiguiente, sin pecado: todas sus cualidades morales estaban en completa armonía con la voluntad de Dios y con las leyes que controlaban su creación; sin embargo, no era mayor de lo que eran los primeros padres antes de su acto de desobediencia.

No había nada de Dios, en el sentido de lo Divino, que entrara en su naturaleza ni en sus constituyentes, y si el Amor Divino no hubiera entrado y transformado su alma, habría permanecido sólo como la criatura perfecta de una cualidad no más alta ni más grande que la otorgada al primer hombre; y Jesús, en cuanto a sus posibilidades y privilegios, era como este primer hombre antes de su caída o de la muerte de la potencialidad de convertirse en Divino, pero difería de él en esto: que Jesús abrazó e hizo suyos estos privilegios y por lo tanto se convirtió en Divino, mientras que el primer hombre se negó a abrazarlos y los perdió, y siguió siendo un mero hombre, aunque no el hombre perfecto tal como fue creado.

Y aunque Jesús, por su posesión del Amor Divino, llegó a ser divino, nunca llegó a ser el Dios-hombre, y nunca podrá serlo, porque no existe ni puede existir un Dios-hombre. Dios es sólo Dios, y nunca se ha hecho ni puede hacerse hombre; y Jesús es sólo hombre, y nunca puede hacerse Dios.

Pero Jesús es preeminentemente el hombre Divino, y puede ser llamado con razón el hijo más amado del Padre, porque posee más del Amor Divino y, consecuentemente, más de la Esencia y Naturaleza del Padre, que cualquier otro espíritu de los Ámbitos Celestiales, y esta posesión le brinda un poder mayor, y mayor gloria y conocimiento. Se le puede describir y entender como poseedor y manifestador de la Sabiduría del Padre; y nosotros, los espíritus del Reino Celestial, reconocemos y admitimos esa sabiduría superior de Jesús, y por la misma grandeza y fuerza de la sabiduría misma, estamos obligados a honrar y permanecer en su autoridad.

Y este trascendente y mayor poseedor de la sabiduría del Padre es el mismo cuando viene a vosotros y os revela las verdades de Dios, que cuando está en las más altas esferas del Reino Celestial revestido de toda la gloria de su cercanía al Padre. Tal como dijo la voz en la Montaña: «Escuchadle», yo os repito a vosotros y a todos los que puedan tener el privilegio y la oportunidad de leer o escuchar sus mensajes: ¡Escuchadle! Y cuando le escuchéis, creed y buscad.

Bien, hermano mío, he considerado oportuno escribir este breve mensaje y espero que pueda ayudarte en la obra. Volveré otra vez.

Buenas noches;
Tu hermano en Cristo,
San Mateo, tal como se dice en la Biblia

Versión en inglés

Immortality (St. Luke – of the New Testament) (17 Apr 1922)

The writer of the third Gospel of the New Testament

Let me write as I desire to say a few words on the question of immortality of which you have been thinking so much during the past few days.

I was with you today as you listened to the discourses of the preacher upon the subject of immortality, and saw that you realized he did not have a true idea of what the term means, and thought how much you would like inform him of your knowledge of the subject. Well, I understand just how you felt about the matter, and am in sympathy with you in your desire and hope that sometime you may have the opportunity to converse with him on this subject and give him your conception of the truth.

It is the subject of so many sermons and theories preached by preachers and others, and yet not one of them has the true understanding of what immortality is. They understand it only in the sense of continuous life, and in addition, try by argument and inferences to attach to it the idea of never ending – that is of the continuous life being so established that it can never be ended – and in this they satisfy their longings and desires. But you see, this inference is merely one that is drawn from the desires of the preachers – that they have no true basis upon which to found their conclusions, and as to the ordinary things of life they would not be willing to risk the important things of life upon a basis no better established from which they could draw conclusions that would cause them to act.

No, mankind do not really know what immortality is, and all the arguments that they can put forth to establish the true immortality, are not sufficient to convince the clear, cool and unprejudiced mind as to its being a fact.

As is said in the message that you have received from Jesus, immortality can be derived only from that which is immortal, and all arguments that merely tend to show that a thing must be immortal because of the desires or intentions of God, do not suffice.

All the facts that may be established as premises, are not sufficient to logically prove the conclusion desired to be established and men cannot depend upon such method of reasoning.

It is utterly impossible to derive immortality from anything less than that which is immortal in itself, and to attempt to do so by argument or inference is a mere waste of time by the exercise of the reasoning faculties.

As has been said, only God is Immortal, and that means that the very Qualities and Nature of Himself is Immortal; and if it were possible for Him to have any qualities that are not of a nature that partakes of the Immortal, then these qualities would not be Immortal, but subject to change and dissolution. Among the Qualities of His Being is the great and important one of Love and without It God could not be. His existence would be less than that of a God; and that being a fact this great Quality of Love must be Immortal, and into whatever this Quality may enter and form a part, that thing is necessarily Immortal, and in no other way could it become Immortal.

Then this Love of God brings Immortality in the true sense of the term and when It enters into the soul of man and possesses it, that soul becomes Immortal, and in no other way can Immortality be acquired.

Not all things of God’s creation are immortal, for in a shorter or longer time they perform the object of their creation, and their existence is no longer required and they become dissolved into the elements of which they were composed. Man’s physical body for this reason is not immortal, for after a short life on earth it dissolves and is no more. His spirit body is primarily of this evanescent character, and it may be that in the course of eternity it will have performed its mission and cease to exist. We do not know this, neither are we assured that it is not true, because it is dependent upon the continuous existence of the soul for its continuous existence, and not all souls will receive a part of the Father’s Divine Love, which is the only thing that has within itself this immortality; and it may be that at sometime in the future, this soul without the love may cease to exist and become no more a creature of the Father.

But this we do know, that whatever partakes of the Divine Love has in it that which is necessarily immortal, and can no more die than can this love itself; and hence, must be immortal. So that when men speak or teach that all men are immortal, they speak that which they do not know – only God, Himself, knows that fact – and from the mere exercise of the reason men are justified in saying, that such men or souls that do not obtain the Divine Love are not immortal.

Now while this question of man’s immortality is in doubt, and has never been demonstrated to be a fact, yet we do know that, that portion of mankind whose souls have received this immortal, Divine Love, are immortal and can never cease to exist; and the great comfort and blessings to these souls that this possession brings, are that they know that they are immortal because they possess that quality or nature of God that is immortal, and as the latter can never have an ending, neither can that into which this immortal Love has entered and found a lodgment have an ending.

The preachers arguments were strong, and in the ordinary workings of men’s minds and reasoning powers, may convince men that immortality is a proved fact for all mankind, but when properly analyzed and the true rule of search for immortality is applied, it will appear that the arguments are not conclusive – hope is stronger than fact, and men have not the assurance that for them immortality holds out its desired arms of certainty.

Well, I thought I would write you this short message upon the question that you and the preacher have been meditating upon, in the hope that he might not depend upon the strength of his argument for the establishing of the fact of immortality, but would see and become convinced that the only way to ascertain and acquire the true immortality is by seeking for and obtaining the Divine Love, and thereby having his soul transformed into the very Essence and nature of God in Love.

I am glad that I can write to you again, and that your condition is so much better than it has been, and permits the rapport to be made. Pray more to the Father and believe, and you will get in a condition that we so much desire.

I will not write more. Good-night.
Your brother in Christ,
LUKE.

Immortality (Henry Ward Beecher – Preacher) (5 Jul 1915)

I am your friend and brother in love and desire for the kingdom. I am the spirit of Henry Ward Beecher.

I live in the seventh sphere where your father now is, and, because of having met him there, I come to you to-nght to write for a short time.

He has told me of you and how easily you receive the communications of the spirits, and I want to let you know that, even though I am no longer the same as when on earth, I still have the desire to make known to men the thoughts that arise in me concerning God and the relation of men to Him and His kingdom.

I am now a believer in Jesus as I never was on earth, and it may surprise you to know that when on earth, no matter what I may have preached to my people, yet, in my heart, I looked on Jesus as a mere man of the Jews, and not very different from others of the great reformers who had lived and taught on earth the moral truths which tended to make men better and caused them to live more correct and righteous lives.

But, since I have been in the spirit world and have had the experiences which my life here has given me, and have found the way to God’s Divine Love and to His Kingdom, I have learned and now know that Jesus was more than a mere reformer. He was not only a good and just teacher, and lived the life of such, but he was the true son of God, and His messenger in bringing to the world the truths of immortality and the Divine Love of the Father, and the way to obtain it. He was truly the Way and the Truth and the Life as no other teacher before him ever was.

I know it is taught, and I believed it when on earth, that many religions and pagan teachers asserted, and tried to teach to mankind the immortality of the soul, and, as men understood the meaning of the word immortality, these teachings were more or less satisfactory. But I now see that their conception of immortality was merely a continuity of life after what is called death. How different the meaning as thus taught and the true meaning of the word! Immortality means so much more than a mere continuation of life.

It means not only a continuation of life, but a life that has in it the Divine Love or Essence of the Father which makes the spirit who has that Love a Divinity itself, and not the subject of death of any kind.

No mere spirit has this immortality just because it is contining to live in the spirit world, and cannot conceive that by any possibility that continuity of life can ever be arrested or ended. No such spirit knows that to be true, because never has it been demonstrated, as a fact, and cannot be until eternity has come to an end. Such spirit is no different in its essence and potentialities from what it was when enfolded in the flesh, and has no greater reason for believing that it is immortal than it had when on earth.

A speculation and a proven fact are two entirely different things, yet with some spirits, as well as with men, speculation becomes almost as much a certainty as does a fact demonstrated. But there is no justification for relying upon conclusions drawn from mere speculation, and the spirit or man who does, may, in the great workings of eternity, find himself not only mistaken but surprised beyond all conception at what eventualities such workings may bring forth.

So, I say, that before the coming of Jesus, immortality had not been brought to light and could not have been, because for mankind it did not exist.

I was as much surprised when I learned the true meaning of the word as men will be who may read this communication or hear its import. The hope of Socrates or of Plato or of Pythagoras was only a hope fortified by the reasonings of great minds and supplemented by much development of soul qualities. But when all is said it was only hope – knowledge was wanting. And even if they had realized that the spirits of men departed did return and communicate to them that there was no such thing as the death of the spirit or soul; yet, such experiences did not prove to them anything beyond the fact that life was continuous for the time being.

As change is the law in the spirit world as well as on earth, they could not, with the certainty of knowledge, say there might not be some change in the spirit world that would break or set aside the continuity of existence.

Take the young child, when its intellect has not sufficiently developed to understand that there is such a thing as the death of the physical body, and it believes, if it thinks at all, that it will continue to live forever on earth. And so with with these philosophers who had the hope of a future continuous life, and with the spirits who know that there is a continuous life – living after death – they think that, that living must be the fixed state, and must of necessity continue forever.

As I say, it has not been demonstrated that such life will continue forever; yet, on the other hand, it has not been shown that it will not, and hence, no spirit can say that it is immortal, unless it partakes of the Divine Essence, and no wise philosopher or religious teacher, prior to the coming of Jesus could be said to have brought Immortality to light.

While hope and speculation exist as the children of desire, yet knowledge is wanting and certainty is not. The immortality then that men believed in, and comforted themselves with believing in, was the immortality that hope created and speculation proved; and the experiences of men, in communicating with the spirits, showed that death had not annihilated the individual. But hope and speculation and experience did not create knowledge.

When Jesus came, he brought with him, not only hope but knowledge of the truth. Not many men have comprehended it, or understood the reason or foundation for such knowledge, and the reasoning faculties of men were not sufficient to show the true reasons of such knowledge. And strange as it may seem, the students and commentators of the Bible have never disclosed the true foundation upon which this knowledge exists.

I confess, that in my life, while a great student of the Bible, I never comprehended the true meaning of how, or in what way, Jesus brought immortality to light. I thought, as many others do now that his death and resurrection were the things that showed to mankind the reality of immortality. But these things showed no more, as I now see, than did the numerous instances recorded in the Old Testament and in the secular writings of the philosophers and adepts of India and Egypt that, there was an existence after so-called death.

And many who dispute the fact that Jesus brought immortality to light, base their arguments on these other facts: that he was only one of many who had died and afterwards came to mortals and showed that they still lived as spirits. So I say, and as I believed not while on earth, the mere fact of Jesus’ resurrection does not prove immortality.

Then what have I learned immortality to be since I have been in the spirit world? My reasoning powers are much greater now than when on earth; my perceptive faculties have become more keen and my experience in the laws of the spirit world have given me great knowledge; but all these would not of themselves have given me the knowledge of immortality, had not Jesus himself explained it to me and demonstrated it by his own condition and that of many spirits in the higher spheres. Now I am, because of my present soul development, the possessor of that knowledge.

Only the Father is Immortal, and only those to whom He gives His Attributes of Immortality, can become Immortal as He is. Love is the great principle of Immortality, and by this I mean the Divine Love of the Father and not the natural love of the creature; and he who possesses this Divine Love becomes as it were, a part of It, or It becomes a part of him, and in Its operations makes him like unto the Father. In other words, a spirit who possesses this Divine Love becomes a part of Divinity itself, and, consequently, Immortal, and there is no possibility of his ever becoming deprived of this element of Divinity.

No spirit is immortal when there is any possibility of its being deprived of that immortality. Even God himself, if He could be deprived of that great quality, would not be immortal. And just as it is impossible to take from the Father this great attribute, so is it impossible for the spirit, who has once obtained this Divine Love of the Father, to lose its immortality.

So you see, immortality comes to a spirit only with the possession of the Divine Love, and that Love is not bestowed upon every spirit, but only on those who seek for it in the way shown to mankind by Jesus.

Death does not bring to the mortal Immortality, and because his spirit survives his death, it does not follow that Immortality becomes a part of his existence as a spirit.

So I say, that when Jesus brought to the world the knowledge of the bestowal of this Divine Love of the Father upon mortals under certain conditions, and also showed mortals the Way in which that Great Gift might be obtained, he brought to light Immortality and Life, and before him had no man or spirit brought these Great Gifts to light.

I am now a partaker, to a certain extent, of the Divine Love, and have before me the possibility of obtaining it to its fullest extent as promised by the Master to all who may seek for it in truth and with faith.

I did not intend to write so long a message at this time, but as I am enthusiastic on this subject, I find that I have trespassed upon your time and kindness longer than I realized.

So thanking you for your patience I will stop now, but hope that I may have the privilege of coming again at some time and writing. With my kind regards, I am
Very truly yours,
HENRY WARD BEECHER

Salvation That Jesus Taught: – That No Man or Spirit Can Receive the Full Salvation That Jesus Taught and Exemplified in His Own Person, Who Does Not Become Wholly Possessed in His Soul of This Divine Love of the Father, and Become Rid of the Conditions and Attributes That Belong to His Created Soul (St. Matthew – Apostle of Jesus) (16 Dec 1918)

Let me write a few lines tonight as I desire to tell you of a truth that to me seems important for mankind to know in order that they may comprehend the truth of their personal salvation.

I am a spirit of soul development and an inhabitant of the Celestial Heavens, where only those whose souls have been transformed by the Divine Love into the very nature and Essence of the Father can find a habitation.

I will not write at any great length and have only one idea or truth to convey, and that is «that no man or spirit can possibly receive the full salvation that Jesus taught and exemplified in his own person, who does not become wholly
possessed in his soul of this Divine Love of the Father, and becomes rid of the conditions and attributes that belong to his created soul.» This soul was not created with any of the divine attributes or qualities, but simply and merely with those which you may call human and which all men and spirits who have not experienced the transformation possess.

The God-man, as Jesus is sometimes designated by your religious writers and theologians, was not at the time of his creation or appearance in the flesh possessed of these Divine attributes, which are of the nature and Essence of the Father, but only of the human attributes which belonged to the perfect man – that is, the man who was the perfect creature as he existed before the fall of the first parents, when sin had not entered into their souls, and into the world of men’s existence. Jesus was from the time of his birth, the perfect man, and, consequently, without sin – all his moral qualities being in complete harmony with the will of God and the laws controlling his creation; yet, he was not greater than were the first parents prior to their act of disobedience.

There was nothing of God, in the sense of the Divine that entered into his nature or constituents, and, if the Divine Love had not come into and transformed his soul, he would have remained only the perfect creature of a quality no higher or greater than was bestowed upon the first man; and Jesus was as regards his possibilities and privileges, like this first man prior to his fall or death of the potentiality of becoming Divine, but differed from him in this: that Jesus embraced and made his own these privileges and hence became Divine, while the first man refused to embrace them and lost them, and remained the mere man though not the perfect man as he was created.

And while Jesus by reason of his possession of the Divine Love became divine, yet he never became the God-man, and never can, for there does not exist and never can be a God-man. God is God, alone, and never has and never can become man; and Jesus is man only, and never can become God.

But Jesus is preeminently the Divine man, and may rightly be called the best beloved son of the Father, for he possesses more of the Divine Love and, consequently, more of the Essence and Nature of the Father, than does any other spirit of the Celestial Heavens, and with this possession there comes to him greater power and glory and knowledge. He may be described and understood as possessing and manifesting the Wisdom of the Father; and we spirits of the Celestial Kingdom recognize and acknowledge that superior wisdom of Jesus and are compelled by the very greatness and force of the wisdom, itself, to honor and abide in his authority.

And this transcendant and greatest possessor of the Father’s wisdom is the same when he comes to you and reveals the truths of God as he is when in the highest spheres of the Celestial Kingdom clothed in all the glory of his nearness to the Father. As the voice on the Mount said «Hear ye him,» I repeat to you and to all who may have the privilege and opportunity of reading or hearing his messages, hear ye him! And when hearing, believe and seek.

Well, my brother, I deemed it proper to write this short message and hope it may help you in the work. I will come again.

Good night.
Your brother in Christ,
SAINT MATTHEW, as called in the Bible.