1/1:7-8) Los mensajes (últimos dos del tema) | El verdadero evangelio – Revelado de nuevo por Jesús | Vol. 1. / 1:7-8

Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés 

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Introducción

─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga

A continuación vamos a ver parte del apartado:

1) Los mensajes 

Vemos los últimos mensajes de este tema 1.

El tema tratado es en torno al hecho de dar los mensajes a través de Padgett, y otras cosas introductorias pero muy relevantes, como algunas sobre la vida de Jesús, qué significa «reino de Dios», etc.

Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
unplandivino.net/transicion/

Forma parte de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.

Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth (entre otras personas).

El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):

a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.

           d) ─ La verdadera misión de Jesús

I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.

─ 1. Los mensajes [estamos aquí: Vemos los últimos dos mensajes englobados en este apartado 1]
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria
─ Mensajes adicionales

Versión en español
1. Los mensajes (continuación)

El Reino de Dios en la tierra y en el mundo de los espíritus, o el camino al Reino del hombre perfecto. Estos espíritus sólo tienen el amor natural desarrollado hasta una condición de pureza, pero no poseen el amor divino que es necesario para entrar en el Reino Celestial (Jesús) (5 mayo 1917)

Estoy aquí, Jesús.

Vengo esta noche a escribir sobre el único camino por el cual los hombres pueden alcanzar el Reino de Dios, o el camino hacia el hombre perfecto.

Este es un tema que muchos hombres y maestros se han esforzado en explicar a la humanidad, y los caminos descritos han sido tan variados y a veces contradictorios como diferentes han sido los pensamientos y la educación de estos hombres; y todos han tratado de basar sus enseñanzas y conclusiones en la Biblia. Me refiero, por supuesto, a los que profesan ser cristianos. En cuanto a otros maestros y reformadores, como se les ha llamado, sus enseñanzas se basan en las doctrinas de las diversas sectas a las que han pertenecido o profesado lealtad.

Pero el Reino de Dios es más peculiarmente una frase que se encuentra y pertenece a la Biblia cristiana, y en cierta medida a las escrituras hebreas.

Al considerar el tema de este mensaje, primero es importante entender lo que se quiere decir con el ‘Reino de Dios‘. Algunos lo entienden o conciben como un reino en la tierra en el cual la voluntad y las leyes de Dios serán seguidas y obedecidas por los hombres en la vida mortal, y otros lo entienden como ese Reino de Dios que existe y continuará existiendo en perfección en el mundo espiritual; y algunos pocos, ese reino que encontrará su establecimiento o lugar de existencia en las Esferas Celestiales.

Ahora bien, el camino a cada uno de estos reinos no es el mismo, aunque al perseguir el camino a uno ─el Reino Celestial─, entonces el camino hacia los otros necesariamente debe ser seguido; o, en otras palabras, el que sigue el camino al Reino Celestial persigue aquel curso que, en su persecución, le hará hacer esas cosas y obedecer esas leyes de Dios que son necesarias para establecer los Reinos en la tierra y en el mundo de los espíritus. Pero el que persigue sólo el camino que conduce al establecimiento del reino en la tierra y en el mundo espiritual, no puede llegar a ser un habitante del Reino Celestial. El Reino de Dios en la tierra, o en el mundo de los espíritus, puede ser obtenido por el hombre, o espíritu, obedeciendo la voluntad de Dios en aquellos puntos esenciales que obrarán una purificación de su amor natural, y causarán esa entrada en armonía con Sus leyes que afectan y controlan al hombre como mero hombre; es decir, que restaurarán al hombre a la condición de perfección que existía antes de la caída de los primeros padres; y muchas de mis enseñanzas, cuando estuve en la tierra, de las cuales se conservan varias en la Biblia, tenían por objeto instruir a los hombres en esa forma de vida que desarrollaría sus cualidades morales y los liberaría de la mancha y la destructividad del pecado en que vivían entonces y viven ahora. Por la observancia de mis enseñanzas y la obediencia sincera a estos preceptos morales, el hombre perderá aquellas cosas que pertenecen a sus apetitos, pasiones y malos pensamientos y deseos, y se dará cuenta de que en su lugar vendrá un amor más puro, y deseos y pensamientos más espirituales, que conducen a una limpieza de su corazón y alma, lo cual conlleva vivir y pensar en armonía con la voluntad y las leyes de Dios. Porque Dios es todo bondad, y todas sus leyes exigen que el hombre llegue a ser bueno para que se establezca este reino en el mundo espiritual.

Naturalmente ─y quiero decir, de acuerdo a Su creación─ el hombre es bueno, y no es esa criatura depravada que durante tantos siglos las enseñanzas y doctrinas de la iglesia han declarado que es. Y cuando llegue a ese estado de bondad que era suyo en el principio, meramente se habrá librado de esos apetitos, pensamientos y deseos contaminantes que hicieron de él ese ser pecaminoso e inarmónico que ahora es.

Así pues, a partir de esto, verás que el trabajo del hombre, para permitir que el reino se establezca en la tierra, es en gran parte un trabajo de renuncia; y esta verdad fue enseñada por profetas y maestros antes del tiempo de mi venida a la tierra y de la enseñanza del camino hacia el Reino Celestial; y la misma verdad se aplica a los espíritus que formarán y establecerán el reino en el mundo espiritual.

En estos reinos de la purificación y recuperación del amor natural perfeccionado, no habrá nada de la naturaleza divina del Padre, excepto, como puede decirse generalmente, que todos los objetos de Su creación, por el hecho de ser tales objetos, pueden participar de la imagen de lo divino. Pero esto no es lo divino. Lo divino, en su verdadero sentido, es lo que participa de la esencia y naturaleza mismas de Dios, y no lo que es meramente el objeto de su creación.

El hombre, en cuerpo, alma y cuerpo espiritual, es sólo una creación de Dios, y, en cuanto al alma, una imagen de su Creador, pero esta creación no fue hecha de ninguna parte ─ni de la más mínima parte─ de la esencia o sustancia de Dios; y esta creación puede, si así le place al Padre, en su existencia compuesta y coordinada, ser completamente destruida y reducida a los elementos de los que fue creada, sin que la verdadera sustancia o naturaleza de Dios se vea afectada en lo más mínimo. Así, verás que en verdad no existe en el hombre o del hombre nada de lo divino; y, por lo tanto, cuando el reino de Dios se establezca en la tierra, o en el mundo espiritual, no habrá en él nada de lo divino, sino sólo la existencia de unas criaturas perfectas, viviendo y pensando en armonía con las leyes de Dios que controlan la creación y la existencia de dichas criaturas.

De modo que la manera en que estos dos reinos de lo no-divino pueden establecerse, es siguiendo el hombre ese curso de pensamiento y de vida que le permita renunciar y deshacerse de aquellas cosas ─extrañas a su verdadera naturaleza─ que le impiden entrar de nuevo en una armonía exacta con la voluntad de Dios, tal como se expresa y se hace obligatoria por la ley de la creación del hombre.

La observancia de la ley moral permitirá a los hombres alcanzar este fin. El amor de que ha sido dotado el hombre, como hombre perfecto, le permite, a medida que se purifica y se hace más armonioso, amar a Dios y amar a su prójimo como a sí mismo, pues este amor natural es tal que en su perfección y naturaleza es universal, y en su ejercicio todo hombre es hermano de su prójimo.

Las cualidades progresivas de este amor que todo hombre puede obtener, están verdadera y maravillosamente expuestas por Pedro en una de sus epístolas, tal como están contenidas en la Biblia (II Pedro, cap. 1, v. 5-7) y si los hombres buscan dar estos pasos sucesivos en la adquisición del desarrollo purificador de este amor, alcanzarán el gran objetivo buscado.

Como he escrito, la Biblia contiene muchas de mis enseñanzas que, si se siguen, conducirán a este fin, y los hombres realizarán el Reino de Dios en la tierra.

Y aquí permíteme corregir una creencia o idea errónea que ha prevalecido durante tanto tiempo entre la humanidad, y que, en sus resultados, ha retrasado la venida del Reino a la tierra; y la corrección es que Dios, por su mero fiat, o independientemente de los deseos y el trabajo de las almas de los hombres, no establecerá este Reino. Su establecimiento depende de los hombres mismos, y hasta que ellos y sus amores lleguen a estar en armonía con la voluntad de Dios, este reino nunca se establecerá.

Sé que se cree, se enseña y se insiste ─y los hombres ponen todas sus esperanzas y expectativas de un cielo de dicha─ en la afirmación de que en algún momento vendré a la tierra en las nubes del cielo con un gran clamor, y que por el poder que creen que existe en mí, estableceré el Reino de Dios, una especie de reino en el que seré el rey y gobernaré supremo, y recibiré como mis súbditos a los que crean en mí y me adoren, y enviaré a los que no lo hagan a la condenación eterna y a las tinieblas exteriores.

Pues bien, esto es lamentable, falso y del todo erróneo. Este reino nunca se establecerá de esta manera, pues sólo el hombre, por sí mismo, puede llamar a la existencia este reino, y solamente al convertirse en el hombre perfecto puro que existía cuando el reino terrenal de Dios tuvo, en la creación del hombre, su existencia. Sólo el hombre trajo el pecado al mundo, y el hombre mismo debe destruir el pecado, y entonces la armonía con la voluntad del Padre será restaurada, así como también este reino.

Pero de lo que he escrito no debe inferirse ni por un momento, ni en lo más mínimo, que Dios no está tomando ni tomará parte alguna en el restablecimiento de este reino, pues es un hecho que está obrando por medio de sus ángeles sobre las almas y los pensamientos de los hombres para traer este reino a la Tierra; pero no forzará su establecimiento, sino que debe venir voluntariamente por parte de los hombres.

Cuando creó al hombre, le dio libre albedrío ─el más maravilloso de los dones naturales para el hombre─ y no controlará arbitrariamente, mediante el ejercicio de Su poder, la dirección de esa voluntad, sino que en cuanto a ella deja al hombre supremo. Por supuesto, mientras esto sea así, si el hombre en tal ejercicio contraviene las leyes de Dios, el hombre debe sufrir las consecuencias, porque Él nunca cambia ni pasa por alto Sus leyes. El hombre puede ejercer su libre albedrío como lo desee y tal como sus pensamientos y apetitos puedan influenciarlo a hacerlo, pero la libertad de ejercicio no impide la imposición de las penalizaciones que las leyes prescriben cuando son violadas. De este modo puedes ver que hay libertad sin limitación, pero que todo ejercicio inarmónico de esa libertad debe invitar a la imposición de aquello que necesariamente sigue a la violación de la armonía.

Dios quiere y espera pacientemente el amor del hombre, y es siempre un Padre amoroso que no se deleita en el sufrimiento de sus criaturas, pues quiere que su amor venga voluntariamente y sin coacción ni miedo al castigo ni esperanza de recompensa, excepto esa recompensa que debe seguir necesariamente a la mezcla del amor de Dios y el amor del hombre.

Entonces, digo, el Reino de los Cielos en la Tierra no es el Reino Divino, y no tiene en él lo que es necesariamente divino, excepto el amor que tiene Dios por Sus criaturas para bendecirlas y hacerlas felices. Pero su esencia y su sustancia no les son conferidas, porque si lo fueran, los hombres no permanecerían en el reino de la Tierra, sino que, hasta cierto punto, estarían en el Cielo Celestial, incluso mientras están en la Tierra, tal como sé que, algunos hombres, mientras todavía son mortales, están en este Cielo Divino.

Ahora bien, lo que he dicho con referencia al Reino de los Cielos en la Tierra, se aplica con igual verdad al Reino de Dios en el mundo de los espíritus, porque allí los habitantes son meramente los espíritus de los hombres después de que han entregado sus cuerpos físicos, y se han vuelto purificados en su amor natural y en armonía con la voluntad y las leyes de Dios que controlan su existencia como hombres perfectos.

Aunque el Reino de Dios no se ha establecido todavía en la Tierra, sí lo ha hecho en el mundo espiritual, pues en la esfera más elevada de ese mundo las almas de los hombres se han purificado y se ha restablecido la armonía, y las almas de los hombres disfrutan de la felicidad suprema que les fue concedida en el momento de su primera creación, que Dios declaró muy buena. Alguna vez os habrán descrito la dicha y maravillosa felicidad de ese reino; y no diré que esto esté más allá de toda concepción de los hombres; fue establecido no por el mero poder y voluntad de Dios, sino por el ejercicio de la voluntad de los hombres, después de que se convirtieran en espíritus, al renunciar al mal y al pecado, y al tener sus pensamientos, deseos y alma en su amor natural purificados y hechos armoniosos. Y aquí debo decir que todos los hombres que hayan vivido alguna vez, o que vayan a vivir alguna vez, vivirán en algún momento en este Reino de Dios en el mundo espiritual, o bien en el Reino de las Esferas Celestiales ─aunque la gran mayoría encontrará su hogar en el primero─.

Los infiernos y los lugares oscuros serán vaciados de sus habitantes y abolidos para siempre, y, por sorprendente que pueda parecer a los mortales, no por el fiat de dios, sino por el ejercicio de la voluntad y los deseos y anhelos de los hombres por alcanzar la purificación de su amor, y por alcanzar la meta de sus aspiraciones. Pero Dios estará con ellos en sus esfuerzos, y sus ángeles harán Su voluntad para ayudar a los mortales y a los espíritus en este camino hacia el reino espiritual.

Entonces, cuán importante es que los mortales comprendan y se den cuenta del gran trabajo que deben hacer para establecer el Reino en la Tierra y el Reino en el mundo espiritual, y no descansen pasivamente en la mera creencia intelectual de que Dios, a su manera y en su tiempo, establecerá este reino, y que quienes crean en Dios y observen los credos y doctrinas de sus iglesias y cumplan con sus deberes como miembros de la iglesia, se convertirán en habitantes de ese reino, y en un momento llegarán a ser puros e inmaculados y a estar en armonía con la voluntad de Dios y sus leyes. Es una creencia muy dañina, porque el único camino a este reino es el camino de la renuncia y la purificación, y todas las creencias que alguna vez hayan poseído los hombres que no conduzcan a esta purificación de las almas de los hombres, no conducirán a este reino.

El hombre, con la ayuda del Padre, debe labrar su propio destino, y el Padre, sin el esfuerzo del hombre, no hará para él un destino al que su condición de alma y de amor no le den derecho.

Pero hay un Reino más grande, diferente y distinto de estos reinos de los que he estado escribiendo, y es el Reino Celestial de Dios; y sólo aquellos que reciben de la Esencia Divina pueden llegar a ser habitantes de este Reino. Las almas de los hombres deben transformarse en la misma Naturaleza Divina de Dios, y el amor natural del hombre ser cambiado, en todas sus cualidades y elementos, en el Amor Divino del Padre.

He escrito que muchas de mis enseñanzas morales están registradas en la Biblia, y que vine, o, más bien, mi aceptación por el Padre como Su hijo amado, y la recepción en mi alma de Su Amor Divino me calificó para enseñar el camino a los varios reinos; y como se dijo en ese Libro, lo que se perdió por la desobediencia del primer hombre fue restaurado por la venida del segundo, y eso sólo significa que por razón del conocimiento que vino a mí de la verdad y de las leyes de la armonía que gobiernan el universo de Dios, fui capacitado para enseñar a los hombres el camino para un retorno a la pureza y el desarrollo de sus almas en el amor natural que existía antes de la gran pérdida causada por la desobediencia del primer hombre. No debía llevar a cabo esta restauración mediante ningún gran poder o cualidades divinas de omnisciencia que se pudiera suponer que poseía, sino simplemente enseñando a los hombres a amar a Dios y a sus hermanos, y a seguir ese curso de vida y de pensamiento que necesariamente les permitiría renunciar al pecado y al mal y llegar a un estado de armonía con las leyes de su creación.

Ahora bien, mientras enseñaba estas verdades morales, también enseñaba las grandes verdades espirituales que muestran a los hombres el camino hacia el Reino Celestial, porque en mis comuniones con el Padre me llegó no sólo el Amor Divino que transformó mi alma en la sustancia del Padre en cuanto a sus cualidades de amor, sino también el conocimiento por el cual este Amor Divino podría ser adquirido, y del camino cierto hacia el Reino Celestial, incluso en cierto grado mientras se esté en la carne.

Pero mis enseñanzas espirituales que muestran el camino al Reino Celestial no fueron tan bien comprendidas por mis oyentes ─y ni siquiera por mis discípulos íntimos─, sino más bien por Juan, y en consecuencia no fueron preservadas en la Biblia, como lo fueron mis enseñanzas morales. Y en cuanto a la Biblia, quiero decir que los manuscritos originales no se escribieron hasta muchos años después de mi muerte. Incluso en estos manuscritos no fueron recogidas muchas de mis enseñanzas en cuanto a la manera que conduce a este Reino Celestial; y después, cuando estos manuscritos fueron copiados, y las copias se volvieron a copiar, estas verdades importantes no fueron preservadas ─apenas alguna─. Aunque, las fundamentales, a saber: Dios es amor, y a menos que un hombre nazca de nuevo no puede entrar en el Reino de los Cielos, sí fueron retenidas.

Y a medida que pasaba el tiempo y continuaba el proceso de volver a copiar, cada vez se conservaban menos de mis preceptos, y los hombres llegaron a conocer cada vez menos de estas verdades superiores, y, en consecuencia, las meras enseñanzas morales eran mejor comprendidas, y fueron utilizadas por los maestros e instructores de las masas para conducir a los hombres al reino de Dios.

Y además de esto, estos líderes cambiaron incluso estas verdades morales y las interpretaciones de los primeros escritores, de tal manera que permitieron a estos líderes alcanzar la riqueza, el poder y el control sobre la gente común en sus creencias y observancias del culto. Entonces, el Dios de amor se convirtió en gran medida en un Dios de odio e ira, infligiendo castigo a aquellos que se atrevían a desobedecer los mandatos que la jerarquía de la iglesia les imponía como exigencias y voluntad de Dios.

Pero sobre estos asuntos se ha escrito más ampliamente en otra parte, y no me extenderé más sobre ellos, y revelaré ahora el verdadero camino que conduce al Reino de Dios en los Ámbitos Celestiales.

Bueno, hemos escrito mucho tiempo esta noche, y creo que es mejor posponer mi escritura para más adelante.

Sin embargo, debo decir que me alegro de que te encuentres mucho mejor, y siento que ahora podemos proceder más rápidamente con nuestros mensajes.

Recuerda que mis promesas se cumplirán, y debes tener fe. Estoy contigo muy a menudo, y te amo, como sabes, y seguiré rezando al Padre por ti.

Así que confía en mí y ten la seguridad de que te ayudo en tu deseo. Buenas noches y que Dios te bendiga.

Tu hermano y amigo,
Jesús

Afirmación de que Jesús escribió sobre los dos reinos (San Juan – Apóstol de Jesús) (5 mayo 1917)

Estoy aquí, San Juan, apóstol de Jesús.

No escribiré mucho, pero deseo decirte que esta noche tienes un maravilloso mensaje del Maestro, y que él estaba muy deseoso de que lo recibieras lo más correctamente posible; y debo decirte que estuvo muy satisfecho por la forma en que pudo expresar sus pensamientos.

Es una maravillosa revelación de los dos reinos que pueden ser y serán establecidos; el reino en el mundo espiritual ya ha sido establecido, porque hay muchos espíritus que tienen la purificación del amor natural en ese grado que los convierte en hombres perfectos como lo fueron los primeros padres.

Bien, él vendrá pronto y describirá el camino mayor y más importante hacia el verdadero Reino del Padre, y espero que estés en condiciones de recibir esta parte del mensaje de una manera tan correcta como has recibido lo que se ha escrito esta noche. ¡Qué Jesús de conocimiento y amor él es! ¿Puedes dudar de que es el Cristo mismo y el Salvador de la humanidad, y que mostró a los hombres el único camino hacia el Reino Celestial?

Hubo una gran concurrencia de espíritus presentes esta noche, y muchos de los que escucharon su mensaje quedaron asombrados, y sé que se beneficiaron de ello. Los espíritus superiores estaban aquí en gran número, y también muchos que han aprendido el camino y que ya están progresando; y si hubieras podido ver las expresiones de amor en sus semblantes, darías gracias al Padre con toda la gratitud de tu alma por haber sido seleccionado para esta obra.

Oh, hermano mío, no dejes que la duda entre en tu alma en cuanto a tu misión y en cuanto al trabajo que estás haciendo.

Estuvieron aquí los de tu grupo, tanto los más elevados como los que están progresando, y estaban muy agradecidos de que el Padre sea tan bueno y te bendiga tanto.

No escribiré más, pero para terminar repito: reza y cree, y el amor vendrá a ti cada vez en mayor abundancia.

Con mi amor y las bendiciones del Padre, te doy las buenas noches;
Tu hermano en Cristo,
Juan

Versión en inglés

The Kingdom of God on Earth and in the Spirit World or the Way to the Kingdom of the Perfect Man. These Spirits Have Only the Natural Love Developed to a Condition of Purity, but Do Not Possess the Divine Love That is Necessary to Enter the Celestial Kingdom (Jesus) (5 May 1917)

I AM HERE. Jesus.
I come tonight to write on the only way by which men can reach the Kingdom of God, or the way to the perfect man.

This is a subject that many men and teachers have endeavored to explain to mankind, and the ways described have been as varied and sometimes contradictory as the thoughts and education of these men have differed; and all have sought to base their teachings and conclusions on the Bible. I, of course, mean those who profess to be Christians. As to other teachers and reformers, as they have been called, their teachings are based on the doctrines of the various sects to which they have belonged or professed allegiance.

But the Kingdom of God is more peculiarly a phrase that is found in and belongs to the Christian Bible, and to some extent in the Hebrew scriptures.

In considering the subject of this message it is first important to understand what is meant by the «Kingdom of God.» Some understand or conceive it to be a kingdom on earth in which the will and laws of God will be followed and obeyed by men in the mortal life, and others undestand it to be that Kingdom of God which exists and will continue to exist in perfection in the spirit world; and some few, that kingdom which will find its home or place of existence in the Celestial Spheres.

Now, the way to each of these kingdoms is not the same, although in pursuing the way to one, and that the Celestial Kingdom, the way to the others, must necessarily be followed, or in other words, he who follows the way to the Celestial Kingdom pursues that course which in its pursuit, will cause him to do those things and obey those laws of God that are necessary to establish the Kingdoms on earth and in the spirit world; but he who pursues only the way that leads to the establishment of the kingdom on earth and in the spirit world, cannot possibly become an inhabitant of the Celestial Kingdom. The Kingdom of God on earth, or in the spirit world, may be obtained by man, or spirit, by obeying the will of God in those essentials that will work a purification of his natural love, and cause that coming into harmony with His laws which affect and control man as mere man; that is, that will restore man to the condition of perfection that existed before the fall of the first parents; and many of my teachings, when on earth, of which there are preserved a number in the Bible, were intended to instruct men into that way of life that would develop their moral qualities and free them from the taint and destructiveness of sin in which they were then and are now living. By the observance of my teachings and sincere obedience to these moral precepts, man will lose those things that belong to his appetites and passions and evil thoughts and desires, and realize that in their places will come a purer love and more spiritual desires and thoughts which lead to a cleansing of his heart and soul, and which means a living and thinking in harmony with the will and laws of God. For God is all good, and all His laws require that man shall become good in order that this kingdom in the spirit world shall be established.

Naturally, and I mean according to His creation, man is good, and not the depraved creature that for so many centuries the teachings and doctrines of the church have declared him to be; and when he shall arrive at that state of goodness that was his in the beginning, he will merely have rid himself of those contaminating appetites, thoughts and desires that made him the sinful and inharmonious being that he now is.

So, from this, you will see that the work of man, in order to enable the kingdom to become established on earth, is largely a work of renunciation; and this truth was taught by prophets and teachers prior to the time of my coming to earth and teaching the way to the Celestial Kingdom; and the same truth applies to the spirits that shall make up and establish the kingdom in the spirit world.

In these kingdoms of the purification and regaining of the perfected natural love, there will be nothing of the divine nature of the Father, except as may be generally said, all the objects of His creation, by reason of being such objects, may partake of the image of the divine. But this is not the divine. The Divine in its true sense is that which partakes of the very essence and nature of god, and not that which is merely the object of his creation.

Man, in body, soul and spirit body, is only a creation of God, and, as to the soul, an image of its Creator, but this creation was not made of any, the least part of the essence or substance of God; and this creation can, if it so please the Father, in its composite and coordinated existence, be utterly destroyed and reduced to the elements of which it was created, without in the smallest degree affecting the true substance or nature of God. So you will see, that in truth there is in or of man nothing of the divine; and, hence, when the kingdom of God shall be established on earth, or in the spirit world, there will be therein, nothing of the divine, only the existence of the perfect creatures, living and thinking in harmony with the laws of God which control their creation and existence.

So that the way in which these two kingdoms of the non-divine can be established, is by man pursuing that course of thinking and living that will enable him to renounce and get rid of those things – foreign to his true nature – which prevent him from coming again into the exact harmony with the will of God as expressed and made obligatory by the law of man’s creation.

The observance of the moral law will enable men to accomplish this end. The love with which man was endowed, as the perfect man, enables him, as it becomes purified and more harmonious, to love God and to love his fellow-man as himself, for this natural love is one that in its perfection and nature is universal, and in its exercise every man is his neighbor’s brother.

The progressive qualities of this love which every man may obtain, are truly and wonderfully set forth by Peter in one of his epistles as contained in the Bible (II Peter, Chapter 1, Verses 5, 6, 7) and if men will seek these successive steps in acquiring the purifying development of this love, they will obtain the great object sought for.

As I have written, the Bible contains many of my teachings which if followed, will lead to this end, and men will realize the Kingdom of God on earth.

And here let me correct one mistaken belief or idea that has so long prevailed among mankind, and which, in its results, has delayed the coming of the kingdom on earth; and the correction is, that God by His mere fiat, or irrespective of the desires and workings of men’s souls, will not establish this kingdom. Its establishment depends upon men, themselves, and until their loves become and they become in harmony with God’s will, this kingdom will never be established.

I know that it is believed and taught and emphasized, and men place all their hopes and expectations of a heaven of bliss on the statement, that I will at sometime come in the clouds of heaven with a great shout, to earth, and by the power which they believe exists in me, establish the Kingdom of God – a kind of kingdom in which I will be the king and rule supreme, and receive as my subjects those who believe in and worship me, and send those who do not into eternal damnation and outer darkness.

Well, this is pitiable, untrue and all erroneous. This kingdom will never be established in this way, for only man, himself, can call into existence this kingdom, only by becoming the pure perfect man that existed when God’s earthly kingdom had at man’s creation, its existence. Man alone, brought sin into the world, and man must himself destroy sin, and then harmony with the Father’s will will be restored, and also this kingdom.

But, from what I have written, it must not for a moment or in the slightest degree, be inferred even, that God is not taking and will not take any part in the reestablishment of this kingdom, for it is a fact, that He is working through His angels upon the souls and thoughts of men to bring this kingdom on earth; but He will not force its establishment – it must come voluntarily on the part of men.

When He created man, He gave him a free will – the most wonderful of the natural gifts to man – and He will not, by the exercise of His power arbitrarily control the direction of that will, but as to it leaves man supreme. Of course while this is so, yet if man in such exercise contravenes the laws of God, man must suffer the consequences, for He never changes or sets aside His laws. Man may exercise his free will as he desires and as his thoughts and appetites may influence him to do, but the freedom of exercise does not prevent the imposition of the penalties that the laws prescribe when they are violated. Thus you see there is freedom without limitation, but every inharmonious exercise of that freedom must invite the infliction of that which necessarily follows the violation of harmony.

God wants and is patiently waiting for the love of man, and is always the loving Father who delights not in the suffering of His creatures, for He wants their love to come voluntarily and without constraint or fear of punishment or hope of reward, except that reward which must necessarily follow the blending of God’s love and the love of man.

Then I say, the Kingdom of Heaven on earth is not the Divine Kingdom, and has not in it that which is necessarily divine, except the love of God to His creatures to bless and make them happy. His essence and substance are not conferred upon them, for if they were, men would not remain in the kingdom of earth, but would, to a degree, be in the Celestial Heaven, even while on earth, and as I know some men, while still mortals, are in this Divine Heaven.

Now, what I have said with reference to the Kingdom of Heaven on earth, applies with equal truth to the Kingdom of God in the spirit world, for there the inhabitants are merely the spirits of men after they have surrendered their physical bodies, and become purified in their natural love and in harmony with the will and laws of God controlling their existence as perfect men.

While the Kingdom of God has not yet been established on earth, it has been in the spirit world, for in the highest sphere of that world the souls of men have become purified and harmony has been restored, and the souls of men enjoy the supreme happiness that was bestowed upon them at the time of their first creation, which God pronounced very good. Sometime you will have described to you the bliss and wonderful happiness of that kingdom; and I will not say that this is beyond all conception of men, and was established not by the mere power and will of God, but by the exercise of the will of men after they became spirits in renouncing evil and sin, and having their thoughts and desires and soul in its natural love purified and made harmonious. And here I must say, that all men who have ever lived, or who shall ever live, will, at sometime live in this Kingdom of God in the spirit world, or in the Kingdom of the Celestial Spheres; but the large majority will find their homes in the former kingdom.

The hells and dark places will be emptied of their inhabitants and abolished forever, and, surprising as it may seem to mortals, not by the fiat of god, but the exercise of men’s will and desires and longings for the attainment of the purification of their love, and by their reaching the goal of their aspirations. But God will be with them in their efforts, and his angels will do his will in helping mortals and spirits along this way to the spiritual kingdom.

Then how important it is that mortals should understand and realize the great work that they must do in establishing the kingdom on earth and the kingdom in the spirit world, and not rest supinely in the mere intellectual belief that God will in His own way and at His own time, establish this kingdom, and that they who believe in God and observe the creeds and doctrines of their churches and perform their duties as church members, will become inhabitants of that kingdom, and in a moment become pure and undefiled and in harmony with the will of God and His laws. It is a very harmful belief, because the only way to this kingdom is the way of renunciation and purification, and all the beliefs ever possessed by men that do not lead to this purification of men’s souls, will not lead to this kingdom.

Man, with the help of the Father, must hew his own destiny, and the Father, without the effort of man will not make for him a destiny that his condition of soul and love do not entitle him to.

But there is a Kingdom greater and different and unlike these kingdoms of which I have been writing, and that is the Celestial Kingdom of God; and only those who receive of the Divine Essence can become inhabitants of this Kingdom. The souls of men must become transformed into the very Nature Divine of God, and the natural love of man be changed in all its qualities and elements into the Divine Love of the Father.

I have written that many of my moral teachings are recorded in the Bible, and that I came, or rather my acceptance by the Father as His beloved son, and the reception into my soul of His Divine Love qualified me to teach the way to the several kingdoms; and as was said in that Book, what was lost by the disobedience of the first man was restored by the coming of the second, and that only means, that by reason of the knowledge that came to me of truth and of the laws of harmony that govern God’s universe, I was enabled to teach men the way to a return to the purity and development of their souls in natural love that existed before the great loss caused by the disobedience of the first man. I was not to bring about this restoration by any great power or Godlike qualities of omniscience that I might be supposed to possess, but merely by teaching men to love God and their brothers, and to pursue that course of living and thinking that would necessarily enable them to renounce sin and evil and come into a state of harmony with the laws of their creation.

Now, while I taught these moral truths, I also taught the great spiritual truths that show men the way to the Celestial Kingdom, for in my communions with the Father there came to me not only the Divine Love which transformed my soul into the substance of the Father in its love qualities, but also the knowledge by which this Divine Love might be acquired and the certain way to the Celestial Kingdom, even though to a degree while in the flesh.

But my spiritual teachings that show the way to the Celestial Kingdom were not so well understood by my hearers – and not even by my intimate disciples – but more so by John, and consequently were not preserved in the Bible, as were my moral teachings. And as to the Bible, I mean the original manuscripts were not written until many years after my death. Even in these manuscripts not many of my teachings as to the way that leads to this Celestial Kingdom, were contained; and afterwards when these manuscripts were copied, and  copies recopied, these important truths were not preserved – scarcely any. Though the fundamental ones, namely: God is love, and except a man be born again he cannot enter into the Kingdom of Heaven were retained.

And as time went by and the recopying continued, fewer and fewer of my precepts were preserved, and men came to know less and less of these higher truths, and, consequently, the mere moral teachings became better understood and were used by the teachers and instructors of the masses to lead men to a kingdom of God.

And in addition to this, these leaders changed even these moral truths and the interpretations of the early writers in such a way as to enable these leaders to attain to wealth and power and control over the common people in their beliefs and observances of worship. The God of love then, to a large extent became a God of hatred and wrath, inflicting punishment upon those who dared to disobey those injunctions that the hierarchy of the church placed upon them as the demands and will of God.

But these matters have been written upon more fully elsewhere, and I will not further enlarge upon them, and will now disclose the true way that leads to the Kingdom of God in the Celestial Heavens.

Well, we have written a long time tonight, and I think it best to postpone my further writing till later.

I must say this though, that I am pleased that you are in so much better condition, and I feel that now we can proceed more rapidly with our messages.

Remember this, that my promises will be fulfilled, and you must have faith. I am with you very often, and love you as you know, and will continue to pray to the Father for you.

So trust me and be assured that I am helping you in your desire. Good-night and God bless you.

Your brother and friend,
JESUS

Affirming that Jesus Wrote on the Two Kingdoms (St. John – Apostle of Jesus) (5 May 1917)

I AM HERE. St. John, Apostle of Jesus.

I will not write much, but I desire to say that you have a wonderful message from the Master tonight, and that he was very anxious that you should receive it as correctly as possible; and I must tell you that he was very well satisfied with the way in which he was able to express his thoughts.

It is a wonderful disclosure of the two kingdoms that may and will be established; the kingdom in the spirit world has already been established, for there are many spirits who have the purification of the natural love in that degree that makes them the perfect men as were the first parents.

Well he will come soon and describe the greater and more important way to the true Kingdom of the Father, and I hope that you will be in condition to receive this part of the message in as correct a manner as you have received what has been written to-night. What a Jesus of knowledge and love he is. Can you doubt that he is the very Christ and the Saviour of mankind, and showed men the only way to the Celestial Kingdom.

There was a great concourse of spirits present to-night, and many who heard his message were astonished, and, I know, benefitted thereby. The higher spirits were here in great numbers, and also many who have learned the way and are now progressing; and if you could have seen the expressions of love on their countenances you would thank the Father with all the gratitude of your soul that you have been selected for this work.

Oh, my brother, let not doubt come into your soul as to your mission and as to the work that you are doing.

Your bands, both the higher and those who are progressing, were here, and they were so thankful that the Father is so good, and blesses you so much.

I will not write more but in closing repeat; pray and believe and the love will come to you in greater and greater abundance.

With my love and the blessings of the Father, I will say good-night.
Your brother in Christ,
JOHN