1/11:5-7) 11. La expiación vicaria (siguientes mensajes) | El verdadero evangelio – Revelado de nuevo por Jesús | Vol. 1. / 11:5-7

[Últ. act.: 16 julio 2026]

Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés 

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Introducción

─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
La lectura de estos tres mensajes dura en el audio menos de 20 minutos, creo recordar, y luego hay comentarios.

A continuación vamos a ver parte del apartado:

11) La expiación vicaria

Se trata de los tres siguientes mensajes contenidos en este apartado.

El tema principal en el apartado va a ser el de la expiación vicaria, ya que es una creencia o dogma muy dañino.

Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:

unplandivino.net/padgett/

Forma parte de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.

Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth entre otras personas.

El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):

a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.

           d) ─ La verdadera misión de Jesús

I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.

─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria [estamos aquí: Vemos los tres siguientes mensajes en este apartado 11]
e) ─ Mensajes adicionales

Versión en español
11. La expiación vicaria (cont.)

Qué pueden hacer los hombres para erradicar la guerra y el mal de las almas. Jesús nunca vino a traer espada, sino paz mediante sus enseñanzas (Jesús) (24 diciembre 1916)

Estoy aquí, Jesús.

Deseo decirte que esta noche estuve contigo en la iglesia y escuché el sermón del predicador; me sorprendió un tanto que declarara que todas las guerras, persecuciones y ultrajes que, en la forma descrita, se han perpetrado contra la humanidad desde mi llegada, puedan atribuirse a mi venida y a mis enseñanzas. Yo, desde luego, no puedo sino rechazar tal imputación y declarar que el predicador ha malinterpretado la causa de estas guerras y persecuciones; y sostener que se deben a mis verdades, o a las verdades que enseñé, no solo es una injusticia para conmigo, sino que va en gran detrimento de las verdades y de los objetivos de mi misión para con la humanidad.

Jamás intenté, ni por fuerza ni por coacción, obligar a alma alguna a creer en mis verdades, ni a convertirse en mi seguidor, dentro o fuera de la iglesia.

Mi misión en la tierra consistió en mostrar a los hombres el Camino al Amor del Padre, declararles el Gran Don de este Amor y, asimismo, derribar y destruir las creencias erróneas y la ignorancia que entonces existían entre ellos sobre lo que era necesario para buscar y obtener este Amor del Padre y su propia salvación. Y en la medida en que las verdades morales o espirituales que enseñé se oponían a las falsas creencias y prácticas de los hombres, surgió, y necesariamente habría de surgir, un conflicto en los pensamientos y en las vidas de quienes me seguían y de quienes persistían en sus viejas creencias. En este sentido, traje una espada al mundo, pero no fue una espada que exigiera derramamiento de sangre, matanzas y persecuciones. Fue la espada que atravesó las almas de los hombres, donde este gran conflicto debía librarse, y librarse hasta el final. 

Ninguna nación puede ser más espiritual en su gobierno, ni en su trato con otras naciones, de lo que lo son los individuos que la componen. La nación no puede ser superior ni diferente de los individuos que la rigen, ya sea que dicho control resida en uno o en varios individuos, o bien en un líder laico o religioso. El gobernante, si no es un verdadero seguidor mío ─por más que pretenda serlo─, no puede atribuirme, en sus actos o acciones, las consecuencias de llevar a la práctica sus propios pensamientos, deseos y ambiciones.

La guerra actual (Nota: La llamada «primera guerra mundial», 1914-1918), de la que el predicador habló con tanto horror y lamento, no se debe a mi venida al mundo como iconoclasta o destructor del pecado y del error, sino al hecho de que los hombres se negaron a ser guiados o persuadidos por mis doctrinas de paz, y actuaron movidos por el pecado, los malos deseos y la ambición inmoral que poseían y que permitieron que los gobernara. La espada que, según él, traje al mundo, no causó que estos deseos y ambiciones pecaminosos e inhumanos se manifestaran en forma de guerra y de todos los males que la acompañan. No; esta guerra no forma parte de mi contienda ni del plan del Padre para traer la salvación a la humanidad.

La causa es esta y solo esta: el ejercicio, por parte de los hombres que gobiernan las naciones, de sus deseos de obtener mayor poder y territorio, y de subyugar a otros pueblos, junto con sus ansias pecaminosas de lo que ellos llaman gloria y su ambición insaciable.

Si hubieran comprendido mi contienda, cada uno de estos hombres habría encontrado a su enemigo dentro de sí mismo y en ningún otro lugar; y la gran guerra sería una lucha del alma, y no una guerra entre naciones.

Cada nación proclama que su causa es justa y que Dios está de su lado, y le ruega a ese Dios que la ayude a vencer a sus enemigos. Pero quiero afirmar aquí ─y esto puede asombrar a quienes creen que, por el mero hecho de considerarse en lo cierto y rogar a Dios por su victoria, sus oraciones serán escuchadas─ que Dios escucha únicamente las plegarias de los justos, o bien las del pecador que implora misericordia y salvación. Jamás en toda la historia de la humanidad ha respondido Dios a las oraciones de hombres o naciones para colaborar en la destrucción de otros hombres o naciones, a pesar de los relatos del Antiguo Testamento sobre las numerosas ocasiones en que, según se creía, Él ayudó a los judíos a destruir a sus enemigos.

Si los hombres, por un instante, se detuvieran a pensar que Dios es un Dios de Amor y que todos los seres humanos son Sus hijos, depositarios por igual de Su Amor y Su Cuidado, comprenderían que Su Amor jamás le permitiría sacrificar la felicidad ni el bienestar de una parte de Sus hijos para satisfacer los deseos de venganza, el odio o la justicia ultrajada ─así es como la conciben─ de otra parte de Sus hijos. 

En todas las creencias de esta índole, los hombres han malinterpretado a Dios y Su naturaleza: tanto en el caso de los hombres como en el de las demás criaturas, los poderes de Dios se rigen por Sus propias leyes inmutables, y estas leyes no hacen acepción de personas. Al hombre se le dio un libre albedrío que puede ejercer con rectitud o con pecado; Dios no controla por la fuerza dicho ejercicio, pero tal facultad, ya se ejerza correcta o incorrectamente, está sujeta a la ley, la cual impone castigos o recompensas según se la viole o se la obedezca. 

Esta guerra ─que tantos mortales creen y declaran que es un castigo infligido a los hombres por sus pecados y desobediencia, es decir, que fue expresamente provocada por Dios debido a tal condición de la humanidad, y de la cual algunos intérpretes de la Biblia enseñan que fue profetizada hace siglos─; esta guerra, digo, es únicamente el resultado del estado pecaminoso y del funcionamiento del alma y el pensamiento de los hombres; es el efecto natural de las causas que los mismos hombres crearon, y de la operación exacta de las leyes que dichas causas pusieron en marcha. Y ante una situación similar, donde existan las mismas causas, las leyes operarán invariablemente, las guerras ocurrirán y se repetirán hasta que la posibilidad de que surjan tales causas deje de existir.

Dios nunca deja de amar y cuidar a la humanidad; siempre desea que los hombres sean felices y estén en comunión con Él, y que ejerciten su albedrío en consonancia con Su Voluntad y Sus Leyes; sin embargo, con la misma certeza, Él jamás, ni por coacción ni por fuerza, se empeña en obligar a los hombres a actuar de una manera que no nazca de su propia voluntad. Si lo hiciera, los hombres dejarían de ser lo más grande de Su Creación y se volverían incapaces de brindarle ese amor y esa obediencia voluntarios, que son lo único aceptable para Él. 

Pero de lo que he dicho no debe colegirse que el Padre sea indiferente a los sufrimientos humanos ni a las calamidades que las guerras acarrean a la humanidad, pues no lo es en absoluto. Además, si en Su Sabiduría Él viera que, para el bien duradero de los hombres involucrados en la guerra actual, sería beneficioso que interviniera con la sola fuerza de Sus Poderes para poner fin a la contienda, así lo haría. Pero, en esa misma Sabiduría, Él ve que hay un bien que los hombres deberían poseer, un bien mayor y más eterno que su simple bienestar físico y material; y ese bien superior no lo pueden obtener si Él pusiera fin a esta guerra de manera repentina, sin tener en cuenta sus almas, sus pensamientos y sus deseos. La ley de compensación debe operar tanto para las naciones como para los individuos, aun cuando aparentemente los inocentes sufran tanto como los culpables. 

En la tierra, tal y como los hombres están constituidos hoy en día ─es decir, en su condición de pecado y desobediencia a las leyes de su propio ser─, no cabe esperar ni se recibe una justicia exacta, pues esta justicia está sujeta a la dispensación humana y no a la de Dios. Al hombre lo influyen sus deseos, los cuales, a su vez, controlan su voluntad y se traducen en actos y obras que, por necesidad, conllevan sus propias consecuencias. Estas consecuencias solo pueden evitarse mediante la ausencia de tales obras; esto, a su vez, mediante un ejercicio diferente de la voluntad; y esto último, mediante un cambio en el deseo. Así pues, cuando un hombre desea y ejerce su voluntad de ese modo, Dios no ignorará la ley de compensación ni provocará resultados que no sean la consecuencia directa de dichos deseos y voluntad.

Pero Dios siempre está dispuesto a que estos malos resultados no lleguen a existir y, mediante la influencia de Su Amor y del Espíritu Santo, está llamando a los hombres a aprender la manera de prevenir por completo la posibilidad de que tales consecuencias los alcancen, ya sea como individuos o como naciones. Él ha provisto el Camino y está enseñando a los hombres su conocimiento, por medio del cual las causas que producen estos resultados dañinos pueden ser destruidas por completo, impidiendo así que surjan jamás para acarrearles los deplorables efectos que se manifiestan en la guerra actual. 

Dios no interferirá por Su mero decreto para hacer que uno u otro de los bandos implicados en esta guerra de derramamiento de sangre y carnicería resulte victorioso. La ley de compensación debe operar y, tal como han sembrado los líderes de las respectivas naciones, así deben cosechar sus pueblos; y en esto, los inocentes deben sufrir en esa cosecha porque, tal como están las cosas, la ley no podría cumplir su cometido a menos que todo aquel que se halle bajo el alcance de su funcionamiento sienta sus efectos.

Pero el Padre y las huestes de Sus ángeles y los espíritus de los hombres están trabajando para poner fin a esta terrible catástrofe.

Has escrito largo y tendido, y es tarde, así que pospondré la consideración del tema para otra ocasión.
Créeme que estoy contigo, te amo y te sostendré en tus deseos de hacer mi obra.
Tu hermano y amigo,
Jesús

Comentarios sobre el mensaje de Jesús sobre la causa de la guerra (Helen – Sra. Padgett, esposa del sr. Padgett, espíritu celestial) (24 diciembre 1916)

Estoy aquí, tu fiel y amorosa Helen.

Has recibido un mensaje realmente maravilloso del Maestro esta noche, y sin duda causará cierta sorpresa en muchos que creen que Dios concede una dispensa especial para cada oración, sin tener en cuenta el funcionamiento de Sus leyes.

Pero el Maestro ha demostrado claramente que esta creencia es errónea, y que el hombre mismo puede impedir que Dios responda a sus oraciones. No quiero decir que a Él no le fuera posible hacerlo si decidiera ejercer Su poder, sino que el hombre, por su propia voluntad y acciones, se coloca en una situación tal que Dios tendría que violar Sus propias leyes para responder en consonancia con las oraciones de los hombres, lo cual Él no hará.

Sé que el mensaje te resultará sumamente interesante, pero no tanto como lo que vendrá después; pues mientras el primero coloca al hombre en la tesitura de tener que depender de sí mismo sin esperar la ayuda del Padre, el segundo mostrará que el Padre no solo está dispuesto y listo para ayudar a los hombres en sus aflicciones, sino también la manera en que lo hará y la absoluta certeza de que dicha ayuda les será otorgada.

Tu fiel y amorosa
Helen

Comentarios sobre el mensaje de Jesús sobre la causa de la guerra (Elías, profeta de la Antigüedad) (24 diciembre 1916)

Estoy aquí, Elías, profeta de la Antigüedad, (Elijah).

Escribiré un breve mensaje esta noche, ya que es tarde y estás cansado.

Bien, deseo decirte que el mensaje que recibiste del Maestro contiene algunas de las verdades más importantes que atañen a la relación de Dios con el hombre en su existencia mundana o material.

Cada verdad allí expresada encierra un elemento que demuestra que el hombre, hasta cierto punto, debe asumir y saber que Dios no interferirá con la ley de compensación en lo que respecta a sus efectos y resultados. Dios únicamente ayudará al hombre a eliminar las causas que, de manera tan inexorable, acarrean tales resultados; y cuanto antes sepan esto los hombres y lo comprendan a fondo, antes serán capaces de evitar las consecuencias del pecado y de la transgresión de la ley. Asimismo, comprenderán que ninguna oración hará que Dios responda cuando para ello se requiera suspender o relegar Sus leyes o el funcionamiento de las mismas.

Él responderá a la oración cuando esta pida la eliminación de las causas, pero jamás cuando se dirija únicamente a los efectos.

Los hombres deben asimilar esta Verdad y, en sus oraciones, pedir que aquellas cosas o causas que, en cumplimiento de la ley de compensación, les acarrean resultados dañinos, sean extirpadas de sus actos y obras, así como de sus deseos.

Podría escribir un largo mensaje sobre este tema, pero no lo haré ahora, ya que no estás en condiciones de recibirlo.

Vendré pronto y escribiré con más detalle.
Así que, con mi amor, te doy las buenas noches.
Tu hermano en Cristo,
Elías
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NOTA resumen sobre el «no-método» (hechas por IA Gemini)

El conjunto de estos mensajes dibuja una precisa jerarquía de causalidad espiritual. Sin embargo, el peligro latente para el buscador es aproximarse a esta revelación con una mentalidad «metódica». En el terreno de la transformación interior, el «método» suele ser un mecanismo de defensa del ego: una estructura planificadora, mental y controladora que busca «garantías» de salvación mediante el cumplimiento de pasos lógicos o de acciones externas prediseñadas. Es la actitud del que piensa: «Si hago X, el universo obligatoriamente me tiene que devolver Y».

Frente a esta rigidez intelectual, el proceso revelado en las cartas de Padgett se comprende mejor a través de una heurística álmica.

La heurística —del griego heuriskein (hallar, descubrir)— no es un mapa rígido, sino un arte del descubrimiento, una actitud de exploración abierta, humilde y receptiva que permite que la verdad y la transformación se manifiesten de forma orgánica. Mientras que el método pretende someter la realidad a un plan preestablecido, la heurística se deja sorprender y transformar por la realidad misma.

1. La Jerarquía Causal: El Alma manda sobre la Acción

El texto establece una cadena de precedencia clara:

Deseo (Alma) ─> Voluntad (Condición Actual) ─> Actos y Obras ─> Resultados (Compensación)

La mente racional tiende a enfocarse en los dos últimos eslabones (actos y resultados) porque son visibles y medibles. El «método» del hombre religioso o moralista suele consistir en intentar forzar un cambio de conducta externo (las obras) para evitar las consecuencias desagradables. Pero el mensaje de Jesús es tajante: Dios no interviene sobre los efectos, sino sobre las causas.

La voluntad no es una entidad autónoma y racional; es la expresión de la condición actual del alma, la cual está totalmente gobernada por sus deseos latentes. Intentar cambiar la voluntad mediante meras «buenas razones» o esfuerzos de control mental es un ejercicio estéril. El verdadero foco heurístico no está en la autodisciplina impositiva, sino en la mutación profunda del deseo.

2. El Procesamiento Emocional: Sentir la Fe Corrupta

Para que ocurra un cambio de deseo, el alma debe transitar por un proceso de purificación que no es intelectual, sino profundamente sintiente.

Nuestros deseos impuros, miedos, ambiciones desmedidas y heridas emocionales constituyen lo que podríamos llamar una «fe corrupta» o herida. El método mental intenta «corregir» o reprimir estos estados mediante el juicio moral y la censura. La heurística del alma, en cambio, propone una aproximación de humildad radical: la actitud del niño pequeño.

El niño no racionaliza su dolor ni elabora un método para sanar; simplemente llora, siente el dolor en su totalidad física y emocional, se rinde ante él y, al hacerlo, se limpia internamente. El procesamiento emocional de los deseos impuros y del terror de fondo exige este tipo de entrega. No se trata de «hacer» algo para sanar, sino de no tener miedo a experimentar la verdad de nuestro estado herido. Al permitirnos sentir la distorsión con total honestidad y humildad, abrimos la puerta para que las leyes naturales del alma operen su limpieza de manera automática e inmutable.

3. La Acción como Instrumento, no como Fin

El método mental se aferra a la acción externa como un amuleto: «Si actúo bien, estoy a salvo». La heurística espiritual entiende que la acción es solo instrumental.

La acción es el terreno donde se visibiliza el conflicto del alma, pero no es donde reside la solución. La verdadera batalla, como dice el mensaje, se libra mediante esa «espada» que atraviesa el alma. Al actuar y experimentar las consecuencias de nuestros actos bajo la ley de compensación, el alma recibe la información necesaria para comprender su desarmonía. El sufrimiento no es un castigo divino arbitrario, sino el indicador preciso de que estamos operando bajo causas erróneas.

4. La Apertura a lo Nuevo: Las «Signaturas» del Alma

Finalmente, esta actitud heurística es la única que permite que lo verdaderamente nuevo —el Amor Divino, las influencias del Espíritu Santo— entre y se asiente en el ser. El método mental es cerrado; solo busca lo que ya conoce o lo que encaja en sus esquemas. La humildad del alma, al vaciarse de sus viejos deseos a través del sentir y de la aceptación de su propia vulnerabilidad, genera el espacio receptivo necesario para que se graben en ella nuevas cualidades espirituales (o signaturas álmicas).

En conclusión, la carta de Padgett nos invita a abandonar la arrogancia del planificador espiritual. Dios no es un gestor de excepciones que premia nuestro comportamiento «metódico». Dios es el garante de un orden cósmico de leyes inmutables y amorosas. Nuestra única vía de liberación no es diseñar un método para esquivar las consecuencias de nuestros actos, sino entregarnos con la confianza de un niño a la verdad de nuestro sentir, permitiendo que la ley destruya nuestras causas erróneas y el Amor del Padre transforme, desde la raíz, el motor de nuestros deseos.

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Mi petición, que generó esta respuesta de Gemini, fue (además, estando en diálogo sobre la traducción): 

Pediría ahora un resumen de lo «metódico» (esta no es la palabra adecuada) expresado en estos mensajes, teniendo en cuenta este «prompt»; ¿qué alternativas a «método»? Creo que heurística tiene que ver con esto que pido como sustituto a la idea más «planificadora» de método; la actitud de método nos coloca en una posición de «planificar demasiado listilla», que no se deja sorprender del todo, a nivel personal (no se permite aprender a nivel álmico, interno), por las leyes naturales (el método digamos científico, con lo externo, sí se deja sorprender, pues si no no hay descubrimientos, pero la actitud personal no sería exactamente de la que se habla aquí, en el terreno de la espiritualidad, donde está en juego el propio ser del sujeto en su posible transformación y/o purificación):

se nos ha jerarquizado en los mensajes, en base al alma, lo que sucede en «el proceso» efectivo y práctico de «sanar», digamos.

Se ha de tener en cuenta la precedencia del alma: deseos, aspiraciones, que en cierto modo mandan sobre la condición actual del alma.

Tal «condición actual» la llamaríamos voluntad; es decir, tenemos una voluntad: hacemos lo que hacemos; y eso demuestra nuestra condición de alma: hechos son amores, y no buenas razones…

No buenas razones, sino «cambio efectivo de deseos», cambio a nivel de la fe-aspiración-deseos-anhelos-motivación:

el hecho causal del alma (la jerarquía de las causas) implica la necesidad no tanto de buenas razones (sin descartarlas, pero siendo meramente instrumentales en el proceso), sino de sentir y procesar a nivel profundo los deseos impuros (así como los puros, claro).

El procesamiento emocional de los deseos impuros (fe corrupta) sirve para deshacerse de ellos (como cuando un niño llora sin más, y «se limpia» internamente para poder seguir aprendiendo).

Para esto, sin embargo, se requiere muchas veces de la acción, sí, pero no porque esta sea un fin en sí mismo, en plan de ser «algo donde se depositarían todas las esperanzas», o «básicamente las esperanzas»; en plan : «si hago tal cosa, ya esto y salvado». Sino que es más bien: si siento todo (humildemente, como niños pequeños idealmente puros), entonces, las leyes de la naturaleza/Dios, en lo que toca al alma y su funcionamiento, garantizan que, en mis anhelos humildes, lo malo se vaya (como cuando en la literatura popular y quizá en la filosofía de todos los tiempos se diría: hay que afrontar los miedos, etc.). Esto se trata de un cierto «no tenerle miedo» a los fundamentos emocionales heridos de esa fe corrupta, de esas creencias heredadas, heridas emocionales, etc. (miedos, vergüenzas, incluso terror de fondo que muchas veces está sin sanar, etc.).

Y, además, es así, con esa humilidad como «facultad álmica» básica, que lo bueno también puede «llegar» y quedarse, digamos (como sucedió en el aprendizaje infantil, de hecho), para poder sustituir a lo intrínsecamente malo ─todo ello serían, algo así como, signaturas a nivel álmico─.

Pero siempre alertando de que en esto no se requiere de un talante «metódico mental», recuperando quizá al final de tu nota al pie el comienzo, con el discurso que hice sobre método/heurística.

Versión en inglés

What Men Can Do to Eradicate War and Evil From Men’s Souls. Jesus Never Came to Bring a Sword but to Bring Peace Through His Teachings (Jesus)
(24 Dec 1916)

I AM HERE. Jesus.

I desire to say that I was with you to-night at the church, and listened to the preacher’s sermon, and was somewhat surprised that he should have declared that all the wars and persecutions and outrages that, in the manner described, have been perpetrated on mankind since my coming, can be ascribed to my coming and my teachings. I, of course, can only resent the imputation and declare that the preacher has misconceived the cause of these wars and persecutions, and to charge that they are due to my truths or the truths that I taught, is not only an injustice to me, but a great injury to the truths and objects of my mission to mankind.

Never did I attempt by force or constraint to compel a human soul to believe in my truths, or to became a follower of me, in or out of the church.

My mission on earth was to show men the Way to the Father’s Love, and to declare to them the Great Gift of this Love, and also to break down and destroy the erroneous beliefs and ignorance that then existed among men as what was necessary, in order to seek for and obtain this Love of the Father and their own salvation. And so far as the truths, moral or spiritual, which I taught, antagonized the false beliefs and practices of men, there was and necessarily would be a conflict in the thoughts and lives of those who followed me and those who persisted in their existing beliefs. To this extent I brought a sword into the world, but it was not the sword that called for bloodshed and murder and persecutions. It was the sword that pierced men’s souls, where this great conflict should and must be fought to the end.

No nation can be more spiritual in its government or in its treatment of other nations, than are the individuals composing it, spiritual. The nation cannot be greater than or different from the individuals who control it, be such control centered in one or more individuals, or in a secular or religious head. The ruler, if he be not a real follower of me, although he may claim to be, cannot in his acts or deeds, attribute to me the results of the carrying into action his thoughts and desires and ambition.

The present war, of which the preacher spoke with such horror and lamentation, is not due to my coming into the world as an iconoclast or destroyer of sin and error, but to the fact that men refused to be controlled or persuaded by my doctrines of peace, and acted because of the sin and evil desires and immoral ambition that they possessed and permitted to control them. The sword which he claims I brought into the world did not cause these sinful and inhuman desires and ambitions to manifest themselves in the form of war and all the evils that follow it. No, this war is not a part of my warfare or the plan of the Father to bring salvation to mankind.

The cause is this and only this: The exercise by men in control of the nations of their desires for increased power and territory and subjugation of nations, together with their sinful cravings for what they call glory and unsatisfied ambition.

Had they understood my warfare, each of there men would have found his enemy in himself and no where else, and the great war would be a war of the soul and not the war of nations.

Each nation claims that its war is right and that God is on its side, and prays to that God to assist it in overcoming its enemies. But I want to say here, and it may astonish those who believe that if they conceive that they are in the right and pray to God for success that their prayers will be answered, that God hears only the prayers of the righteous, or of the sinner who prays for mercy and salvation. Never in all the history of mankind has God responded to the prayers of men or nations to assist in the destruction of other men or nations, and this, notwithstanding the accounts in the Old Testament of the many times that he was supposed to have helped the Jews to destroy their enemies.

If men, for a moment, will think that God is a God of Love and that all people are His children, the equal recipients of His Love and Care, they will realize that His Love would not permit Him to sacrifice the happiness or well being of one class of His children to satisfy the desires of revenge or hatred or outraged justice as they conceive it, of another class of His children.

In all the beliefs of this kind, men have misconceived God and His Nature – with men like other creatures His powers are governed by God’s immutable Laws, and those laws are no respectors of persons. man was given a free will which he could exercise righteously or sinfully and God does not forcibly control such exercise, but the same exercised rightly or wrongly is subject to law, which imposes penalties or rewards according as the law is violated or obeyed.

This war, which so many mortals believe and declare is a punishment inflicted on men because of their sins and disobedience – that is, that it was specially caused by God because of such condition of men – and some expounders of the Bible teach that it was prophesied centuries ago – this war, I say, is solely the result of the sinful conditions and workings of men’s souls and thoughts, and the natural effect of the causes that men themselves created, and the exact workings of the laws that such causes brought into operation. And in a similar condition, where the same causes exist, laws will invariably operate, wars will occur and recur until the possibility of the causes cease to exist.

God never ceases to love and care for mankind and always He desires that men shall be happy and at one with Himself, and that they shall exercise their wills in accordance with His Will and His Laws; but just as certainly does He never by compulsion or force endeavor to compel men to exercise their wills in a manner that is not voluntary with them. Should He do this, men would cease to be the greatest of His Creation and incapable of giving Him that voluntary love and obedience which only is acceptable to Him.

But from what I have said, it must not be inferred that the Father is indifferent to men’s sufferings and the calamities that wars bring upon mankind, for He is not; and, if, in His Wisdom, He saw that it would be for the lasting good of the men who are engaged in the present war, that He should intervene by the mere force of His Powers and end the war, He would do so. But in that Wisdom He sees, that there is a good which men should have, greater and more eternal than their mere physical and material good, and that greater good cannot be obtained by them through His suddenly bringing this war to an end without regard to their souls, and thoughts and desires. The law of compensation must work, as well for nations as for individuals, even though apparently the innocent suffer as well as the guilty.

On earth, as men are now constituted – that is in their condition of sin and disobedience to the laws of their being – exact justice cannot be expected and is not received, because this justice is the subject of men’s dispensation and not that of God. A man is influenced by his desires, which in turn, control his will and results in his acts and deeds, which must of necessity, bring their results. These results can be avoided only by absence of deeds, and these by a different exercise of the will, and this, by the change of desire. So when a man so desires and wills, God will not set aside the law of compensation, and cause results to follow that are not the consequences of such desire and will.

But God is always willing that these evil results shall have no existence, and through the influence of His Love and Holy Spirit is calling men to learn the way to wholly prevent the possibility of these results coming to them, either as individuals or as nations. He has provided the Way and is teaching men the knowledge thereof, through and by which the causes that produce these harmful results may be utterly destroyed and prevented from ever arising to bring to them, the deplorable results such as are manifested in the present war.

God will not interfere by His mere fiat to cause the one side or the other of those who are engaged in this war of bloodshed and carnage to become victorious. The law of compensation must work and as the leaders of the respective nations have sown so must the nations reap, and in this the innocent must suffer in this reaping, because as conditions are, the law could not work its fulfillment unless all within the scope of its workings should feel its operation.

But the Father and the hosts of His angels and the spirits of men are working to bring this terrible catastrophe to an end.

You have written long, and it is late, so I will postpone the further consideration of the subject to another time.
Believe that I am with you and love you and will sustain you in your desires to do my work.
Your brother and friend,
JESUS.

Comments on Jesus’ Message on the Cause of War (Helen – Mrs. Padgett, Wife of Mr. Padgett, Celestial Spirit) (24 Dec 1916)

I AM HERE. Your own true and loving Helen.

You have received quite a wonderful message from the Master to-night and it will cause some surprise, no doubt, to many who believe that God confers a special dispensation for every prayer, is respective of the workings of His laws.

But the Master has clearly shown that this belief is erroneous, and that man, himself, can prevent God from answering prayer. I do not mean that it will not be possible for Him to do so, if He should choose to exercise His power, but that man by his own will and deeds places himself in such a condition that God would have to violate His own laws to make a response in accordance with the prayers of men, which He will not do.

I know that you will find the message very interesting, but not so much so as what will follow, for the one places man in the condition of having to depend on himself without expectation of the Father’s help, and the other will show that the Father is not only willing and ready to help men in their distress, but also the way in which He will help, and the absolute certainty of that help being given.

Your own true and loving
HELEN.

Comments on Jesus’ Message on the Cause of War (Elias – Prophet of Old – (Elijah)) (24 Dec 1916)

I AM HERE. Elias, Prophet of Old, (Elijah).

I will write a short message to-night, as it is late and you are tired.

Well, I desire to say that the message you received from the Master contains some of the most important truths affecting the relationship of God to man in his worldly or material living.

Every Truth that was uttered has in it an element which shows that man to a certain extent must expect and know that God will not interfere with the law of compensation as to its effects and results. Only will He help man to remove the causes that so certainly entail the results, and the sooner men know this and more thoroughly understand it, will they become able to avoid the consequences of sin and the violation of law, and also understand that no prayer will cause God to respond, where a suspension or setting aside of his laws or their workings are necessary.

He will respond to prayer, where that prayer asks the removal of causes, but never when it applies only to effects.

This Truth men should learn and in their prayers ask that those things or causes which in compliance with the law of compensation bring about results that are harmful to them be removed, or eliminated from their acts and deeds as well as from their desires.

l could write a long message on this subject but will not do so now, as you are not just in condition to receive it.

I will come soon and write at length.
So with my love I will say, goodnight.
Your brother in Christ,
ELIAS.