La puerta del Cielo | Capítulo 23: El héroe de Bosrá

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo, Aphraar termina por «instalarse» en «el reino».

Versión en español
Capítulo veintitres
El héroe de Bosrá

¿Quién puede imaginar el efecto deslumbrante, asombroso y paralizante que experimentaría el mundo si una mañana despertara con una clara comprensión de la declaración de Isaías: ‘Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice el Señor‘? ¡Qué revolución inconcebible se experimentaría de repente! El frenético impulso del egoísmo se detendría; con qué temblorosa ansiedad se abandonarían el orgullo, la arrogancia y la opresiva prosperidad; qué multitud se esforzaría en la fuente de la pureza hipócrita para lavarse la cabeza, las manos y los pies ─la parte exterior de la bandeja─ con la esperanza de que el ojo que todo lo ve no notara la plaga en el corazón.

Bien podía el Maestro, en lo profundo de su dolor ante la ceguera de la perversidad humana, exclamar: ‘¡Oh, necios y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!‘ [ref.]. Los mensajeros de Dios no siempre viajan con vestiduras regias en carros de oro, para ser vistos y saludados por los hombres. Se cuenta que uno, con los pies doloridos y cansado, caminó y subió las colinas y recorrió las llanuras de su esfera misionera; que al mediodía, desmayado, se acercó a un pozo y le pidió agua a una mujer demasiado plebeya para que sus vecinos se juntaran con ella; un hombre que no tenía dónde reposar la cabeza por la noche, que era despreciado y rechazado por sus semejantes, ‘varón de dolores y experimentado en quebranto‘ [ref.]. Si esto es así, Isaías tenía razón. Los mensajeros de Dios, como el Dios al que sirven, buscan ser conocidos por lo que son, no por lo que los hombres juzgan que son. Que todos los hombres sean sabios y cuidadosos con quienes acogen.

Un pensamiento similar me vino a la mente al ver a Dracine acercarse acompañada de un extraño. Si Eilele no hubiera hablado de él como de alguien con un cargo, no lo habría tratado con distinción, ya que no llevaba vestimenta ni marca que lo indicara: ni cadena de alcalde, ni insignias diplomáticas, ni toga de juez, ni peluca de abogado, ni delantal de obispo, ni polainas de deán, ni estola de médico, ni alzacuellos. Como ministro en la casa de Dios, vestía el uniforme de su Rey, y era conocido como uno de los discípulos por el amor que manifestaba a sus semejantes. No era único en este aspecto; es la regla familiar establecida por el Maestro: ‘En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos con los otros‘ [ref.]. De ahí el cambio que traería el reconocimiento de esta ley.

Pero ahora que estaba a punto de conocerlo, estaba contento de poder saber algo de él.

«¿Dijiste el Jardinero?», pregunté.

«Sí. ¿Por qué? ¿Te sorprende?», respondió ella.

«No estoy seguro -dudé-; Me parece un poco extraño pensar en la jardinería aquí».

El rostro de Eilele brilló momentáneamente con una sonrisa divertida y compasiva.

«Quizás sí; pero por alguna razón que no puedo explicar, lo he llamado habitualmente así, ya que la esfera especial de su ministerio está aquí, y me encanta pensar que estoy plantada en el jardín del Señor, y de esa manera conservo un derecho que me gusta sentir que tengo sobre Voormere».

«Gracias; eso me permite comprender parte de la dificultad -respondí reflexivamente-, pero no me satisface del todo. Quizás todavía no lo tengo lo suficientemente claro como para entenderlo».

«Entonces, déjame intentar ayudarte. ¿Cuál es el punto en particular que no tienes claro?».

«Es mi incapacidad para armonizar estos puestos, lo que podría llamar puestos localizados, con la idea de las infinitas oportunidades que he estado contemplando últimamente. ¿Entiendes lo que quiero decir?».

«Perfectamente. La confusión surge al considerar como nombramiento definitivo lo que es un ministerio voluntario. Todos somos ahora colaboradores con Dios, con un intenso deseo de encontrar nuestro lugar y rendirle nuestro mayor servicio. Respondiste al mismo impulso cuando quisiste ir a ver a Clarice. Ese servicio no te ha obstaculizado en absoluto a la hora de cruzar la puerta, sino que más bien te ha ayudado, pues tu acción fue a la manera de Cristo, y ya ha recibido cierta recompensa, aunque sólo la eternidad revelará la verdadera magnitud de lo que lograste. Dios a menudo oculta resultados infinitos en la semilla de mostaza de un acto trivial. De esta manera, Voormere encuentra que sus servicios actuales se prestan mejor aquí, pero pronto oirá un llamado más elevado, y entonces responderá con prontitud».

Pude discernir fácilmente que se estaba preparando para otro vuelo, pero Dracine y Voormere estaban cerca y ella se vio obligada a contenerse.

«¿Se nos considerará intrusos?», preguntó Dracine con picardía.

«Añadir Amor y Sabiduría nunca podría ser una intrusión», respondió Eilele mientras le hacía espacio a Dracine a su lado.

«Como no soy ninguna de las virtudes que mencionas, dejaré que Voormere lleve la doble corona», respondió Dracine, tomando el asiento que le ofrecían.

«En cuanto a mí, si tan solo tuviera sabiduría para amar y amor suficiente para servir, estaría muy satisfecho», respondió hábilmente Voormere.

«He estado intentando satisfacer el deseo de Astroel de correlacionar y armonizar las diferentes experiencias por las que él está pasando», explicó Eilele.

«Mi sugerencia sería posponer cualquier intento de este tipo por el momento. Naturalmente, se irán ordenando enseguida, pero hasta que no comprendas la relación entre las partes, ¿cómo podrás reconstruir el conjunto? Permíteme ilustrar lo que quiero decir, planteando un caso en tu antigua profesión. En ausencia de un reclamante legítimo, un representante de la corona ha administrado una vasta propiedad durante tres generaciones. Un día, un simple trabajador te visita y presenta credenciales que parecen establecer la evidencia suficiente como para aceptar la causa, y finalmente tú fundamentas la reclamación. Cuando logras el fallo, ¿acaso ese hijo del trabajo esforzado, cuyo pasado ha sido una larga lucha para ganarse la vida y vivir honestamente ante sus compañeros, comprende de inmediato todo lo que la decisión del tribunal significa para él: el título nobiliario, la extensión de sus tierras, el registro de rentas, los derechos mineros, las residencias en la ciudad y el campo, las inversiones extranjeras y el capital acumulado en los registros bancarios?».

«Gracias. Ya lo veo. Hasta ahora solo he estado recopilando pruebas para sustentar mi reclamación, y al llegar al Patio de las Voces la fundamenté [substantiated]. No me extraña que esté confundido.

»E incluso ahora -continuó Voormere-, tienes solo una idea muy limitada y parcial de la herencia que estás adquiriendo. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que, aunque hayas visto la puerta muchas veces, nunca has ni siquiera vislumbrado lo que hay más allá?».

Su mención del hecho me impactó con una fuerza asombrosa. Puede que la imaginación hubiera llenado el trasfondo de la perspectiva, pero al repasar mi visión con calma, no podía recordar nada de lo que hubiera más allá del portal. Puede que se debiera al olvido.

«¡No! Nunca se me ocurrió, pero así es».

«Y si continuaras tu exploración con calma, harías otro descubrimiento asombroso. En las visiones y revisiones que has recibido desde que pasaste por el Patio de las Voces, la nueva luz que se te ha concedido hasta ahora te ha hecho sentir que todo velo de misterio se había desvanecido y que contemplabas las cosas sin una sola nube de por medio; pero te pido de nuevo, desde donde nos encontramos ahora, que vuelvas a fijar tu atención en cualquier rasgo, y ahora descubrirás que, aunque ciertos velos se habían levantado, permitiéndote ver lo que hasta ahora había estado oculto, aún quedan velos por retirar antes de que tus ojos puedan mirar hacia el infinito. Puede que hayas tenido destellos, pero aún no has contemplado la gloria. El destello pasa y se desvanece; la visión es la luz eterna, que nunca falla ni se desvanece. Hasta ahora ves, sabes, entiendes y comprendes en partes, mientras contemplas este jardín; pero cuando, con el tiempo, te encuentres en la torre sobre la puerta, podrás ver más allá de la columnata que ahora limita tu visión y trazar, no solo todo el camino que has recorrido en la carne y más allá de ella, sino también la gestación psíquica que te condujo al segundo nacimiento, el cual ahora has logrado. Luego, girando, mirarás hacia el sendero de la luz brillante, en su gloria para siempre rebosante, hasta que alcances la aureola de la visión hermosa. Ni siquiera la has visto aún, por lo tanto, no es de extrañar que tu mente esté confusa. Eres como el otrora mísero reclamante, que tan solo se encuentra en el umbral de la herencia. Permíteme pedirte que me acompañes en la búsqueda de un ejemplo en el jardín del valor del punto de vista en relación con el conocimiento. Nos reuniremos con nuestra hermana enseguida».

Al terminar de hablar, sin esperar respuesta, se giró y comenzó a llevar a cabo su sugerencia. Cruzamos la columnata, atravesamos la cortina de enredaderas que cubría los arcos y enseguida entramos en una zona de arbustos más encantadora y hermosa que la que había atravesado con Omra al cruzar el desfiladero. Con esa discreta consideración a la que tantas veces he aludido, mi compañero no intentó entablar conversación conmigo, pues yo ya estaba demasiado absorto en la indescriptible atracción floral del paisaje que atravesábamos como para prestar la más mínima atención a lo que pudiera haber dicho. Era una sinfonía de colorido éxtasis en una composición abigarrada, que ninguna tierra de ensueño podría imitar; y, sin embargo, no era más que el preludio de lo que contemplamos al entrar en una llanura a la que llegamos a través de un estrecho desfiladero en una cadena de colinas que hasta entonces no había observado.

Su forma era ligeramente rectangular en lugar de cuadrada, delimitada en tres de sus lados por la cadena de colinas por la que nos habíamos acercado, y en el cuarto por el abismo. De ancho, debía de medir quizás media milla, con un poco más de longitud, con una amplia franja de césped incomparable que rodeaba su gran elemento central, hacia el cual Voormere hizo un gesto con la mano y dijo:

«Esa es la ilustración de la que hablé».

«¿Qué es y qué significa?», pregunté tras contemplar en silencio la masa de floraciones más curiosa, compacta y hermosa que jamás había tenido la fortuna de contemplar.

«Es una imagen alegórica tejida en la urdimbre y trama de la jardinería de mosaico, para disipar confusiones como la que has experimentado. Tenemos muchas de ellas en la frontera del cielo, escritas en el idioma original de tus Escrituras: elocuentes con poesía, fragantes con inspiración, brillantes con revelación, melodiosas con amor y atractivas con una belleza irresistible, una vez que el alma ha descubierto el punto necesario para estudiarlas bajo la verdadera luz. Pero al no encontrar ese punto místico para la contemplación, el ojo puede ver, pero la mente no percibe nada más que un motín de color confuso, carente de cualquier diseño, sugerencia, armonía, equilibrio, gusto o cualquier otra característica artística».

«Entonces es evidente que aún no hemos alcanzado la perspectiva necesaria», aventuré, mientras mis ojos vagaban por la poco atractiva confusión.

«¡No! El enfoque ha sido especialmente diseñado para enfatizar el contraste del que he hablado. Al estar donde estamos ahora, y contemplar esta gran alegoría por primera vez, se despierta en tu mente algo similar a la confusión que experimentaste al tener tu primer contacto con las nuevas facultades y poderes que estás descubriendo en ti mismo, de los que hablaba Eilele. Para ti, en ambos casos, la perspectiva es caótica, pero para mí, conociendo el detalle de cada parte, allá donde ves confusión yo puedo reconocer los trazos y matices de color necesarios que contribuyen a la soberbia belleza de la imagen tal como pronto la contemplarás. No podrías quitar ni cambiar la posición de una sola flor, por muy fuera de lugar que algunas te parezcan estar aquí, sin que el efecto fuera perceptible y la perfección del diseño se viera afectada. Tal es la diferencia y la gran importancia de un punto de vista correcto, no solo en las imágenes, sino por igual en todos los asuntos de la vida, como ahora te mostraré».

Se giró y subimos una de las colinas que delimitaban el paso por el que habíamos entrado al recinto.

Solo hay un Artista capaz de esbozar la visión perfecta del ideal del alma; solo un Químico que haya descubierto el secreto de la atracción del perfume de la rosa; un solo Poeta que pueda cantar correctamente la canción del éxtasis; solo un Psicólogo que haya sido capaz de analizar y declarar la pureza del amor: sólo Uno. Ese Uno ha tomado de la esencia de cada elemento y ha compuesto, para la acidez de Emaús [Emmaus heartburn (ver nota al final*)], un bálsamo: un festín en el que el alma afligida puede sentarse, comer y vivir para siempre. Voormere no era ese Uno, pero de alguna manera, en algún lugar, en algún momento, el manto de ese Uno debió de caer sobre, o tocar, los hombros de Voormere, pues nunca había caminado bajo la influencia de un hechizo tan sagrado como el que experimenté en esa ascensión inolvidable. Myhanene, Rhamya, Omra e incluso Walloo-Malie, no fueron recordados en comparación con la música conmovedora con la que Voormere mantuvo cautivadas todas mis facultades. No fue la visión que el criado de Eliseo tuvo alrededor del monte de Dotán la que Voormere me reveló; ni la que los tres favorecidos contemplaron en el Tabor durante la Transfiguración; ni la de los setenta en la cima del Monte de los Olivos, cuando el Señor ascendiendo pasó a los cielos; ni la de Pablo en el tercer cielo; ni la de Juan cuando la gran revelación se desplegó ante él. Para mí fue más que ninguna, más que todas estas, aunque todas se combinaran en una sola, tan grande que no me atrevo a ponerla en palabras ─no las encuentro─ para siquiera comenzar a describirla. Esa es una de las cosas que la necesidad ordena que permanezcan hasta que tú, mi lector, agotado por los esfuerzos, llegues al mismo punto o a uno similar en tu peregrinación; entonces, si tienes la bendición de la compañía de Voormere o de un amigo afín, también comprenderás cómo ardía mi corazón mientras escuchaba su discurso, hasta que se volvió y me invitó a sentarme.

Entonces contemplé la imagen, en la que ahora mis ojos quedaban cautivados en la belleza de su perfección. Quedé tan sobrecogido por la visión, al posar la vista en ella, que me quedé sin aliento, pero me faltó la fuerza para exclamar.

¡Me habían aconsejado sentarme antes de que la mano de mi compañero me desviara la atención de su discurso a la escena! Estudié larga y silenciosamente su tema, composición, detalles y su elocuencia muda. Ahora comprendí lo que Voormere quería decir cuando, allá abajo, había dicho que ni una sola flor podía ser cambiada o quitada sin alterar notablemente algún detalle. Cuánto me regocijaba ahora por la bendición que me había concedido su presencia restrictiva.

¡Oh, cuán inestimables son las consideradas anticipaciones del cielo! Nuestra conversación, por cierto, me había llevado a un estado contemplativo, y, ahora, sentado, me dejaron a solas para leer la historia de la alegoría tal como debía ser desplegada según mis necesidades particulares. La importancia del punto de vista quedó clara de inmediato. Pronto, al comenzar a surgir la pregunta sobre el tema, oí una voz, como proveniente del Patio al otro lado del abismo, que me hablaba, y que, en el lenguaje de aquel Isaías de lengua de plata, me ofreció toda la explicación necesaria:

¿Quién es este que viene de Edom, con vestiduras magníficas, desde Bosrá? ¿Este que se viste de gloria, que marcha con la grandeza de su poder?‘ [ref.] [«Edom»: [ref.]; «Bosrá»: [ref.] [1.] [2.]]

La respuesta llegó como el toque de un gran órgano escondido en algún lugar del corazón del jardín; la música exhalaba también una llama perfumada que añadía otro rayo de gloria a la escena.

Yo, que hablo en justicia, poderoso para salvar‘.

De nuevo, la pregunta llegó:

¿Por qué te pones rojo en tu ropa, y vistes como aquel que pisa en el lagar?‘ [ref.].

Entonces llegó la leve respuesta de infinita ternura del alma del órgano, transformándose en un grito de ataque mientras el héroe sentía que sus poderes lo fortalecían para la victoria:

He pisado el lagar solo; y del pueblo no había nadie conmigo… y ha llegado el año de mi redención. Miré, y no había nadie que me ayudara; y me asombraba que nadie me diera apoyo; por eso mi propio brazo me trajo la salvación; y mi furia me sostuvo‘ [ref.].

Cuántas veces me había detenido en esa imagen fascinantemente mística, pero insatisfactoria, de Isaías 63. Siempre atractiva en su forma, pero vaga e inconexa en su sustancia ─al menos así me parecía en los viejos tiempos─. Sin embargo, desde mi nueva posición, toda esta incertidumbre se desvaneció, y la alegoría divina se desplegó ante mí de una forma inconfundible. El Pastor regio, tras haber perdido una de Sus cien ovejas, se había despojado de Su manto de rey y se había aventurado en las fauces del abismo donde el cabrero Edom tenía su guarida, decidido a encontrar y recuperar a la perdida. El trabajo, el dolor, la agonía y el peligro que enfrentó estaban claramente escritos en la imagen que tenía ante mí. Pero la victoria estaba con Él en Su búsqueda. Había encontrado a la perdida, y colocándola sobre Sus fornidos hombros, había regresado del abismo al umbral del cielo con un cántico triunfal de gratitud y acción de gracias en el que convocó a todos Sus amigos a unirse.

Al contemplar los rasgos cuidadosamente delineados del Pastor, lo reconocí, aunque desconocía si nos habíamos visto antes. Suyo era el amor más grande en busca del cual había dejado a mi madre y viajado lejos; y el descubrimiento abrió de par en par las puertas del cielo para mi entrada. Entonces se abrieron las fuentes de las profundidades, y su caudal me arrastró.

Mi alma se desbordó. Caí de rodillas e incliné la cabeza en adoración. No lloré, no podía llorar. El arroyo de la nueva fuente había lavado todas mis lágrimas, que habían sido reemplazadas por una alegría perenne. Voormere me había dejado, ¡y sin embargo no estaba solo! Otra mano invisible surgió de la gloria circundante para levantarme de nuevo. Otra voz, más suave, dulce y autorizada, me habló:

«Sube más alto. Alégrate conmigo, porque he encontrado la que estaba perdida». [ref.]

Miré, pero no pude ver a quien me hablaba, y toda la escena había cambiado. Rodeado de una multitud de amigos, conocidos y desconocidos, me encontraba al interior de la puerta, que no se puede cerrar de día, pero no hay ninguna noche ─aquí─.

FIN
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[* Nota: «la acidez de Emaús». Recordamos que en la Biblia es relatado que, de camino a Emaús [ref.], Jesús se apareció a dos jóvenes, y luego comieron juntos. Tras la comida, en general, a veces tenemos «acidez de estómago», y quizá aquí está queriendo decir, entonces, que el hecho de que los jóvenes se dieran cuenta, por ejemplo, de la «oportunidad perdida» en ese encuentro (o de su falta de sensibilidad, etc.), constituiría algo así como un pesaroso «mal trago», y esto requeriría para esos dos jóvenes ─y en general para nosotros─ de un bálsamo contra la «acidez» de tal remordimiento o pesar ─una «acidez», digamos, derivada de nuestras heridas emocionales… y, más general y fundamentalmente, proveniente del rechazo del amor personal de nuestro Padre-Madre Infinito, Dios─.]

Versión en inglés
CHAPTER TWENY THREE
THE HERO OF BOZRAH

Who can imagine what the arresting, stupifying, paralysing effect would be if the world was to awake some morning with a clear understanding and comprehension of the declaration of Isaiah – “My thoughts are not your thoughts, neither are your ways my ways, saith the Lord”? What an inconceivable revolution would suddenly be experienced! The mad rush of egotism arrested; with what trembling anxiety would pride, arrogance and oppressive prosperity be deserted; what a concourse would be struggling at the fountain of hypocritical purity to wash, head and hands and feet – the outside of the platter – in the hope that the all-seeing eye might not notice the plague-spot of the heart.

Well might the Master in the depth of His sorrow at the blindness of human perversity exclaim: “O fools, and slow of heart to believe all that the prophets have spoken.” The messengers of God do not always travel with royal robes in golden chariots, so as to be seen and greeted by men. It is recorded of one that, footsore and weary, he walked and climbed the hills and trod the plains of his missionary sphere – that at noonday, in a fainting condition. he approached a well, and craved a drink of water from a woman too vile for her neighbours to associate with – that he had not a place to lay his head at night- that he was a man despise and rejected of his fellow men, “a man of sorrows and acquainted with grief.” If this is so, Isaiah was right. God’s messengers, as the God they serve, seek to be known for what they are, not for what men judge them to be. Let all men be wise and careful whom they entertain.

Some such thought occurred to me as I saw Dracine approaching in company with a stranger. Had not Eilele spoken of him in an official capacity, I should not have regarded him with distinction, since he wore no dress or mark to denote it – no mayoral chain, no diplomatic insignia, no judge’s robe or pleader’s wig, no bishop’s apron, dean’s gaiters, doctor’s stole, or clerical collar. As a minister in the household of God he wore the uniform of his King, and was known to be one of the disciples by the love he manifested to his fellow men. He was not singular in this respect – it is the household rule laid down by the Master: “By this shall all men know that ye are my disciples, if ye have
love one to the other.” Hence the change the recognition of this law would bring about.

But if I were about to make his acquaintance, I would be glad to know something of him.

“Did you say the Gardener?” I enquired.

“Yes. Why – does it surprise you?” she replied.

“I am not sure,” I hesitated. “It does seem somewhat strange to think of gardening here.”

Eilele’s face glowed momentarily with an amused, compassionate smile.

“Perhaps so; but for some reason I can scarcely explain I have habitually called him by that name since the special sphere of his ministry lies here, and I love to think of myself as being planted in the garden of the Lord, and in that way retain a claim I like to feel I hold on Voormere.”

“Thank you; that enables me to understand part of the difficulty,” I answered reflectively; “but it does not satisfy me altogether. Perhaps I am still not altogether sufficiently clear to understand.”

“Then let me try to help you. What is the particular point upon which you are not clear?”

“It is my failure to harmonize these – what I may call local appointments with the idea of the infinite opportunities I have recently been contemplating. Do you understand what I mean?”

“Perfectly. The confusion arises in regarding what is a voluntary ministry as a definite appointment. We each and all are now workers together with God, with an intense desire to find our own place and render Him our highest service. You answered to the same impulse when you wished to go to Clarice. That service has been in no wise hindered – it has rather assisted your passing through the gate, because your action was a Christ-like one and has already met with a certain reward, but the full measure of what you accomplished only eternity will reveal. God oftentimes conceals infinite results in the mustard seeds of a trivial act. In this way Voormere finds his present services best rendered here, but presently will hear a higher call, and then he will promptly reply.”

I could easily discern that she was pluming herself for another flight, but Dracine and Voormere were close at hand and she was compelled to restrain herself.

“Shall we be regarded as intruders?” Dracine enquired archly.

“The addition of Love and Wisdom could never be an intrusion,” Eilele returned as she made room for Dracine beside her.

“As I am neither of the virtues you name, I will leave Voormere to wear the double crown,” Dracine replied, taking the proffered seat.

“For myself, if I have but wisdom to love, and love enough to serve, I shall be well satisfied,” Voormere adroitly replied.

“I have been trying to satisfy Astroel’s desire to correlate and harmonize the different experiences through which he is passing,” Eilele explained.

“My suggestion would be to defer any such attempt for the present. They will naturally fall into orderly sequence presently, but until you are able to understand the relation of part to part, how is it possible for you to build up the whole? Let me illustrate what I mean by supposing a case in your own former profession. In the absence of a legitimate claimant a vast estate has been managed by a representative of the crown for three generations. One day a simple working man calls upon you and presents credentials which appear to establish such evidence as leads you to take up the case, and eventually you substantiate the claim. When you secure the decision, does that son of toil, whose past has been one long struggle to make both ends meet and live honestly in the sight of his fellows, immediately realize all that the decision of the court means to him – the peerage, extent of his acreage, the rent-roll, mineral rights, residences in town and country. foreign investments and accumulated capital at his bankers?”

“Thank you. I see it now. So far I have only been collecting evidence to make my claim, and when I reached the Court of the Voices I substantiated it. It is no wonder that I have been confused.”

“And even now,” Voormere continued, “you have only a very limited and partial conception of the inheritance upon which you are entering. Has the thought ever occurred to you that though you have many times seen the gate you have never caught a hint or glimpse of what lies beyond it?”

His mention of the fact struck me with an amazing force. Imagination may have filled in the background of the prospect, but calmly as I reviewed my vision I could recall no memory of anything that lay beyond the portal. It might have been oblivion.

“No-o! It never once occurred to me – but it is so.”

“And if you will quietly continue your survey you will make another astonishing discovery. In the visions and reviews you have been granted since you passed through the Court of the Voices, the new light which has so far been granted has led you to feel that every veil of mystery had been removed and you were looking upon things without a cloud between: but I ask you again – from where we are standing now – to cast your mind back to any single feature, and you will now discover that though certain veils have been lifted, enabling you to see what had hitherto been hidden, there are still veils remaining to be withdrawn before your eyes can look away into the infinite. You may have had flashes, but you have not yet beheld the glory. The flash passes and dies away: the vision is the light eternal, that never faileth or passes away. So far you see, know, understand and comprehend in parts, as you behold this garden; but when, by and bye, you stand upon the tower above the gate, you will be able to see beyond the colonnade which now bounds your vision and trace, not only all the way by which you have travelled to and through the flesh, but also the psychic gestation which brought you to the second birth, the which you have now accomplished. Then, turning round, you will look away along the pathway of the shining light, in its ever exceeding glory, until you reach the aureole of the vision beautiful. You have not even seen that yet, therefore it is no wonder that your mind is confused. You are like the erstwhile penurious claimant only standing on the threshold of your inheritance. Let me ask your company that I may show you an instance in the garden of the value of standpoint in relation to knowledge. We will rejoin our sister presently.”

As he finished speaking, without waiting for any reply, he turned and started to carry out his suggestion. We crossed the colonnade, passed through the creeper curtain draping the arches, and at once entered a more charming and beautiful shrubbery than that I had passed through with Omra across the gorge. With that tactful consideration I have so many times referred to, my companion made no attempt to engage me in conversation, seeing that I was already too engrossed with the indescribable floral attraction of the scene through which we were passing to pay even the slightest attention to anything he might have said. It was a symphony of colourable rapture in a variegated composition such as dreamland could not have suggested; and yet it was but the prelude to that which we presently beheld on entering a plain we reached through a narrow defile in a range of hills I had not hitherto observed.

In shape it was slightly rectangular rather than square, bounded on three sides by the chain of hills through which we had approached, and on the fourth by the abyss. In width it may have measured perhaps some half a mile, with a slightly added length, with a broad fringe of matchless sward running round its great central feature, towards which Voormere waved his hand and said:

“That is the illustration of which I spoke.”

“What is it, and its meaning?” I enquired after quietly contemplating the most curious, compact and gorgeous mass of bloom it had ever been my good fortune to behold.

“It is an allegorical picture woven in the warp and weft of carpet-gardening for the purpose of dispelling such confusions as the one you have experienced. We have many of them occupying the borderland of heaven, written in the original language of your Scripture – eloquent with poetry, fragrant with inspiration, bright with revelation, melodious with love, and attractive with irresistible beauty, when once the soul has discovered the necessary point from which to study it in the true light. But failing to find that mystic spot for contemplation, the eye can see, and the mind trace nothing more than a riot of confused colour, void of any design, suggestion, harmony. balance, taste, or any other artistic feature.”

“Then it is evident that we have not reached the necessary point of vantage yet,” I ventured as my eyes wandered over the unattractive confusion.

“No! The approach has been especially designed to emphasize the contrast I have spoken of. Standing where we now are, and looking upon this great allegory for the first time, it arouses in your mind something of the same confusion as you have experienced in connection with your first contact with the new faculties and powers you are discovering in yourself, of which Eilele was speaking. To you, in both cases, the outlook is chaotic, but to myself, knowing the detail of each and every part, where you see confusion I can recognize the necessary individual strokes and shadings of colour that contribute to the superb beauty of the picture as you will presently behold it. You could not take away or change the position of a single flower – out of place as some of them may appear to you here – without the effect being noticeable, and the perfection of the design interfered with. Such is the difference and great importance of a correct view-point, not only in pictures, but equally in all affairs of life, as I will now show you.”

He turned, and we ascended one of the hills bounding the pass by which we had entered the enclosure.

There is only one Artist capable of sketching the perfect vision of the soul’s ideal: only one Chemist who has discovered the secret of the attraction of the perfume to the rose only one Poet who can correctly sing the song of rapture only one Psychologist who has ever been able to analyse and declare the purity of love – only One. That One has taken from the essence of each and compounded for the Emmaus heartburn a balm – a feast at which the stricken soul may sit, and eat, and live for ever. Voormere was not that One, but somehow, somewhere, somewhen, the mantle of that One must have fallen upon, or touched, the shoulders of Voormere, for never had I walked under the influence of such a sacred spell as I experienced in that never-to-be-forgotten ascent. Myhanene, Rhamya, Omra, and even Walloo-Malie, failed to be remembered in comparison with the soul-stirring music with which Voormere held my every faculty enthralled. It was not the vision Elisha’s servant saw around the Hill of Dothan that Voormere opened up to me; neither that the favoured three beheld on Tabor at the Transfiguration; nor yet again that of the seventy on the brow of Olivet, when the ascending Lord passed into the heavens; nor that of Paul in the third heaven; nor yet of John when the great revelation lay, unrolled before him. To me it was more than any – more than all of these, even though they were all combined in one – so great I dare not attempt – cannot find words to begin to essay a description of it. That is one of the things necessity ordains shall remain until such time as you, my toilworn reader, shall reach the same or kindred spot in your pilgrimage: then, should you be blessed with the companionship of Voormere or likeminded friend, you too will understand how my heart burned within me as I listened to his discourse, until he turned again and bade me sit down.

Then I beheld the picture, from which my eyes had been diverted in all the transporting beauty of its perfection. I was so overcome by the influence of the vision, as my eye fell upon it, that I gasped, but lacked the power of exclamation.

I was advisedly assisted to a seat before my companion’s hand invited my attention from his discourse to the scene! Long and silently did I study its subject, composition, detail and voiceless eloquence. Now I understood what Voormere meant when, down below, he had said that not a single flower could be changed or taken away without noticeably disturbing some point of detail. How I now rejoiced for the blessing I had been granted of his restraining presence.

Oh, how inestimable are the considerate anticipations of heaven. Our converse by the way had wooed me into a contemplative mood, and, being seated, I was left alone to read the story of the allegory as it should be unfolded to my particular need. The importance of the view-point was at once made clear. Soon, as the question of the subject began to suggest itself, I heard a voice, as if from the Court across the abyss, speaking to me, and in the language of the silver-tongued Isaiah afforded all the explanation needed:

“Who is this that cometh from Edom, with dyed garments from Bozrah – this that is glorious in his apparel, travelling in the greatness of his strength?”

The answer came as if on the roll of a great organ hidden somewhere in
the heart of the garden, the music breathing also a perfumed flame which added another ray of glory to the scene.

“I that speak in righteousness – mighty to save.”

Again the enquiry came:

“Wherefore art thou red in thine apparel, and thy garments like him that treadeth in the wine vat?”

Then came the minor response of infinite tenderness from the soul of the organ, changing to the shout of attack as the hero felt his powers strengthening him to victory:

I have trodden the wine press alone; and of the people there was none with me … and the year of my redeemed is come. I looked, and there was none to help; and I wondered that there was none to uphold: therefore mine own arm brought salvation unto me; and my fury, it upheld me.”

How often had I lingered over that fascinatingly mystical, but unsatisfactory picture in Isaiah 63. It was always attractive in its form, but vague and disconnected in its substance – at least, so it appeared to me, in the olden days. From the view-point of my new position, however, all this uncertainty vanished, and the divine allegory lay unrolled before me in a form that could not be misapprehended. The royal Shepherd, having lost one of His hundred sheep, had cast aside His kingly robe, and ventured into the jaws of the abyss where the goatherd Edom had his haunt. determined to discover and reclaim His lost one. The toil, the pain, the agony and the danger He braved was clearly written in the picture before me. But victory was with Him in His quest. He had found the lost one, and placing it upon His brawny shoulders had bounded back from the abyss to the threshold of heaven with a triumphant song of gratitude and thanksgiving in which He called upon all His friends to join.

As I looked upon the carefully limned-marred features of the Shepherd, I knew Him, though I knew not that we had met before. His was the greater love in search of which I had left my mother and travelled far; and the discovery threw the portals of heaven wide open for my admission. Then the fountains of the great deep opened, and the flood thereof carried me away.

My soul overflowed. I fell upon my knees and bowed my head in adoration. I did not – could not weep. The stream of the new fountain had washed away all tears, which had been replaced by a perennial joy. Voormere had left me, and yet I was not alone! Another – and unseen hand reached out of the surrounding glory to lift me to my feet again. Another – a softer, sweeter, more authoritative voice spoke to me:

“Come up higher. Rejoice with me, for I have found that which was lost.”

I looked, but could not see the speaker, and the whole scene had changed. Surrounded by a host of friends, known and unknown, I was standing within the gate, that cannot be shut at all by day – and there is no night – here.

THE END