Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/
Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).
Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.
Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.
Notas al capítulo
─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo Aphraar charla con Eilele, entre otras cosas, sobre aquello del «nuevo cielo y nueva tierra».
Versión en español
Capítulo veintidos
Una charla con Eilele
Después de aquel episodio para nunca olvidar en la cueva ─aquella extraña mezcla de tristeza y alegría, aquel amanecer que irrumpió de la penumbra de medianoche─, regresé solo al jardín. Zisvené nos dejó repentinamente cuando nos acercábamos a la entrada; se estaba despertando de su sueño y debía hacerse cargo de su cuerpo para su ronda diaria de deberes. Cushna, acostumbrado a atender el tipo de necesidades que Clarice en seguida tuvo, prefirió quedarse a solas con ella. Clarice me suplicó entre lágrimas que no la dejara, temerosa, debido a su conocimiento del pasado, de que mi marcha presagiara otra larga y agonizante reparación. Pero Cushna disipó sus temores, persuadiéndola de que confiara en él, y con la promesa de que yo pronto volvería a verla nos separamos.
Quedé así solo, libre para reflexionar sobre la maravilla cada vez mayor y la plenitud diversificada de la vida en la que había entrado. Era la tercera vez que contemplaba aquel fascinante paisaje prismático, e inmediatamente me puse a comparar y contrastar los incidentes especiales relacionados con cada visita. En referencia a la primera y a la tercera, qué contraste se presentaba para mi estudio entre mi primera experiencia de la entrada de aquella pobre mujer y la salida de Clarice; y luego, mi propio cambio de punto de vista, debido a la luz que había recibido desde mi propia llegada. De pie allí, en la gloria de esa luz que proporciona una luz verdadera, me impresionó el pensamiento: «Qué providencia sería si el ojo ignorantemente cegado pudiera estar siempre unido a una lengua muda». Cuánto mejor sería la circunstancia de la humanidad si tal unión pudiera llevarse a cabo. Miré, y di gracias al Padre por la luz del conocimiento que había amanecido en mí, y por las manos restrictivas que me habían guiado tan cuidadosamente a través de la penumbra de la ignorancia.
Luego me preguntaba: si estaba solo, ¿debería, sin compañía, aventurarme a probar el nuevo poder con el que había sido dotado? Dudaba, esperé por si la Voz hablara y me aconsejara. Pero todo estaba en silencio. Seguí esperando. ¿Era un estímulo, o una tentación, lo que ahora parpadeaba dubitativamente en un inaudible «Pruébalo»? No estaba seguro. La balanza oscilaba con delicada indecisión. Mientras esperaba, una nueva experiencia se apoderó de mí: por primera vez, que yo recuerde, sentí el paso de una suave brisa. Me levantó, me llevó lejos. Me encontraba en un monte junto al mar, y en la llanura, al pie de la colina, una nación se hallaba en una indecisión que la dejaba sin aliento. Cerca de mí, en la ladera de la montaña, había dos altares, alrededor de uno de los cuales una multitud de sacerdotes frenéticos danzaba con furia sangrante, aullando por una señal de reconocimiento de su Dios sordo, ausente o mítico. Junto al otro altar había un peregrino tranquilo, manchado por el viaje y toscamente ataviado, ordinario en sus modales así como poco oficial en su indumentaria, con una sonrisa desdeñosa en su rostro rugoso y los ojos encendidos por la confianza de su propósito. Había esperado desde la mañana hasta la puesta del sol la respuesta de Baal, que no llegaba, y, agotada su paciencia, se volvió hacia la multitud, extendió las manos y clamó:
‘¿Cuánto tiempo vacilaréis entre dos opiniones?‘ [ref.]. El desafío me despertó. ¿No era esa la respuesta que yo había esperado? Los que son de Dios le sirven honrándole. Y al instante estaba de nuevo en el Jardín, junto a Eilele, que también parecía perdida en uno de sus vuelos de meditación.
«¡Ah! Astroel -fue su tranquilo saludo al despertar-; Espero no haberte hecho esperar; pero estaba lejos, vagando con el Rey pastor de Israel por los campos poéticos de su salmo veintitrés [ref.]».
«¿Estabas? -pregunté-; Qué extraño que nos hayamos encontrado, pues acabo de llegar de Elías en el Carmelo».
«Entonces no estábamos muy lejos, ¿verdad? Tú oíste al pueblo gritar: ‘El Señor, Él es Dios‘ [ref.], y yo hice la solemne declaración: ‘Habitaré en la casa del Señor para siempre‘ [ref.]. ¿Seguiremos hablando de Él, pues hace mucho tiempo que anhelo el momento de encontrarme contigo aquí? Te has encontrado con muchas experiencias, has aprendido muchas verdades, has visto muchos desarrollos de la amorosa bondad del Padre desde la primera vez que te vi».
«Así es -le respondí-, y la última ha sido la más extraña y maravillosa de todas».
Todo su ser ─no sólo su rostro─ pareció impregnarse de un suave resplandor de gloria, mientras escuchaba mis palabras.
«Así será siempre, así debe ser siempre -respondió, mientras sus ojos viajaban hacia la lejanía familiar-; Siempre más y más, cada vez más alto, gloria sobre gloria, y sin embargo nunca podremos traspasar el umbral del Eterno. Dime cuál ha sido esta nueva maravilla».
Hay algo tan irresistiblemente encantador en la serena confianza de Eilele: su alcance es tan lejano, y su asidero a lo invisible es tan firme, que siempre que estoy en su compañía, me parece que al instante soy transportado al seno mismo del cielo interior donde está Dios mismo, y la atmósfera es la de la vasta Paz primigenia. Ella me conoce y me conduce al hábitat secreto de la Confianza, a través de los cielos azules por los que aún no se ha sabido que pase ninguna nube de Duda ─el Descanso que aún no se ha roto ni sacudido─, donde la Omnipotencia es gentil y tierna, y lo Maravilloso es natural, ingenuo y cándido. Puedo hablar con ella con más facilidad y libertad que con Myhanene, con la perfecta seguridad de que, con ella, no es posible que me malinterpreten o me interpreten dubitativamente. Así que, en respuesta a su invitación, abrí de par en par las compuertas de mi alma y vertí mis sentimientos reprimidos en el relato completo de mi visita a Clarice y del éxito con que había sido coronada.
Ella escuchó con esa abstracción tranquila y meditativa que tan bien estoy empezando a conocer, sin hacer una pregunta ni un comentario hasta que terminé. Entonces, sin que la menor señal de sorpresa o animación alterase su actitud, respondió plácidamente:
«Sí, así es como espero que el Padre responda a tu aspiración. ‘Él da a todos abundantemente y sin reproche‘ [ref.], aunque la petición se haga en nombre de uno que está en el infierno. Incluso allí el alma se encuentra todavía en el dominio donde ‘todo es posible‘ [ref.], estando aún dentro de los límites de lo sumo. En ese paroxismo de llanto penitencial viste una de las más gloriosas providencias de Dios en acción ─si es que existe algo así como una providencia más grande que otra─; viste donde, en la divina sabiduría y justicia, una sola punzada o espasmo de remordimiento es capaz de saldar la penalización de ciertos grandes pecados, donde un instante de intensidad es aceptado como equivalente a un período de duración. El justo peso del sufrimiento ha sido asegurado, y al mismo tiempo, la petición concedida. Sin embargo, la ley de Dios es perfecta, porque la oración de fe tuvo el efecto de poner en funcionamiento una disposición de la providencia que había sido dispuesta para hacer frente a la contingencia. ‘La oración de fe salvará al enfermo’ (Santiago 5:15); por eso te llevaste a Clarice contigo».
«¡Pero Eilele! ¡Piensa en lo maravilloso que es esto!», exclamé, maravillado por la placidez con que hablaba de ello.
«Dios mismo es maravilloso, ¿por qué, entonces, habría de perturbarme y sorprenderme cuando veo la cualidad desplegada? Si no la viera, más bien me sentiría movida a preguntar; mientras que, al mismo tiempo, puedo sentir la más profunda simpatía por la… ¿debo decir ‘consternación’?, la consternación que experimentas al contemplar por primera vez las variadas demostraciones? Tus ojos se están abriendo ahora para comprender lo que tanto te sorprendió oírme decir la primera vez que nos vimos: que entonces te encontrabas en el umbral del vestíbulo del cielo, y así como ahora estás descubriendo cuán ciertas eran entonces mis palabras, así llegarás a reconocer que ahora tus ojos sólo se están abriendo al comienzo de las revelaciones que la eternidad aún te reserva».
«Sí, ahora, y sólo ahora, empiezo a comprender lo que quisiste expresar cuando dijiste:
Oh, la visión nos subyugaría
si se diera de repente,
así que esperamos, en preparación,
en el vestíbulo del cielo. [ref.]
Pero si todo lo que he visto, oído y aprendido es sólo el principio, ¿cuál será la plenitud, la gloria, la extensión y el conocimiento del final?».
«¡Dios! En toda la perfección del esplendor que comenzó a revelársenos en Jesucristo», respondió ella, mientras su rostro brillaba con el reflejo de la visión que su alma contemplaba en la lejanía.
«¿Pero no era el Cristo la ‘plenitud de la Deidad [Godhead] corporalmente‘? [ref.]», pregunté.
«Sí, corporalmente; no la plenitud de la Deidad perfecta, sino la medida de la plenitud que podía manifestarse a través de la capacidad limitada del cuerpo terrenal. Él era uno con Dios, tal como una palabra es una con el que la pronuncia; pero, como el que la pronuncia es más grande que la palabra, Él dijo: ‘Mi Padre es más grande que yo’ [ref.]. Cuál sea el alcance de esa grandeza sólo la eternidad lo revelará, y para llegar a conocerla tenemos que ascender de altura en altura, de santidad en santidad, de purificación en purificación, hasta que por una septenaria santificación seamos capaces de reflejar Su lustre sin mácula, y podamos soportar el resplandor de verle tal como es».
«¿Y es realmente alcanzable tal meta? La perspectiva que abres se eleva a tal altura que me parece imposible alcanzarla jamás».
Ella me dirigió una sonrisa benévola mientras contestaba en voz baja.
«Justo tan imposible como a un niño le parece poder llegar a ser como su padre. Si hubieras traído directamente a Clarice aquí, desde su oscura morada, ella habría dicho lo mismo en relación con que alguna vez pudiera llegar a este punto donde nos encontramos, pero tú quebrantarías su duda diciéndole cómo tú mismo has hecho realmente el viaje, paso a paso, desde donde ahora la has dejado; y por el mismo camino la conducirás y guiarás, no sólo hasta donde nos encontramos, sino todavía más adelante, a través y más allá de la puerta, por la escalera celestial donde Myhanene te señaló hacia el hogar de Omra, a la gloria sobre gloria que aún no has contemplado. El cielo de Dios, como cualquier otro logro, ya sea del cuerpo, del alma o del espíritu, no puede ser alcanzado por un salto único y repentino, sino por el proceso pacientemente ordenado de ‘línea por línea‘ [ref.]. Como las gotas de agua que se agregan llenarán el lecho de un océano, o los átomos de materia acabarán por construir un continente, así la santa aspiración nos permitirá alcanzar el pináculo de la perfección divina a la que estamos llamados, y tenemos una eternidad por delante para alcanzar la meta».
«¿Perfección divina?», pregunté dubitativo, pensando que había cometido un desliz involuntario. Pero Eilele respondió a mi inquieto recordatorio con una carcajada.
«Mi querido Astroel -replicó-; si los mortales se arrogan el derecho de llamarse “divinos”, seguramente no es presuntuoso aplicar el término al rango más alto en la jerarquía del cielo: la posición que ocupan los hijos de Dios, a cuya dignidad todos estamos llamados ─la meta que todos debemos alcanzar en última instancia en virtud de esa llamada─».
«Cuando me abres tales perspectivas de lo que hay más allá de nosotros, me recuerda que… ¿no fue Pablo quien dijo: ‘Aún no se ha manifestado lo que seremos‘?».
«No; fue el amado Juan quien dijo eso [ref.], él, que contempló la puerta abierta en el cielo permitiéndole contemplar algo de la gloria del reino en el que ahora estás a punto de entrar, un reino que fue establecido en la Tierra, aunque ésta, por la desobediencia del hombre, haya sido colocada temporalmente bajo el dominio del pecado. Pero, incluso en la Tierra, el reino será restaurado, porque habrá un ‘cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite… -hizo una pausa como con incertidumbre por un momento, y luego añadió- lo correcto‘ [rightness] [ref.]. Sí, esa me gusta más que «rectitud» [righteousness], dadas las circunstancias. El significado es el mismo, pero la forma menos familiar le da un énfasis que no notamos en la forma más antigua. Uno se detiene en la innovación para preguntarse si es correcta: ¿»Lo correcto»? [rightness] ¿Es realmente así? Un cielo y una tierra nuevos, en los que habite lo correcto. Curiosa idea; sin embargo, cuando se piensa en ella, no es más que una nueva configuración de una vieja idea. Sin embargo, la forma renovada transmite una sugerencia que no resulta tan cómoda como la palabra a la que estamos acostumbrados. Ahí radica el valor del cambio: los hombres se han familiarizado tanto con la confesión de que ‘todas nuestras rectitudes [«obras justas», justicias] son como trapos de inmundicia‘ [ref.], que se ha vaciado de todo significado en su automatismo mecánico, hasta que el alma se despierta con sorpresa al descubrir que esos ‘trapos de inmundicia‘ de justicia indiferente se han convertido en un abismo infranqueable que se abre entre ella y el reino.
»El mar de cristal es un mar sin mareas [ref.]; ni tiene corriente ni brisa favorable que lleve a las almas apáticas y fantasiosas [dreamy] al pie del trono».
«Siempre es más que un placer para mí oírte hablar -aproveché la oportunidad para decir, cuando ella se detuvo un momento en su ensueño-; Cada frase que pronuncias me sugiere una nueva retahíla de preguntas a las que me gustaría oírte responder; pero permíteme que te haga sólo esta: ¿Crees que habrá realmente un cielo nuevo y una tierra nueva, o sólo debe considerarse como una metáfora?».
«Por lo que me ha sido revelado -respondió ella con cautelosa deliberación-, tiene tanto de literal como de metafórico, algo así como el crepúsculo es una mezcla de luz y oscuridad: es ambas cosas, y no obstante no es ninguna de ellas. Antiguamente, no era raro renovar y dar la vuelta a una prenda vieja y, como solíamos decir, ‘hacerla nueva‘ en el proceso. Es un cambio como este el que anticipo cuando el amado Maestro restablezca Su Reino sobre la tierra. Y así como el momento de renovar y reconstruir una prenda de vestir depende de la decisión de su dueño, así el momento de establecer el Reino depende de la decisión de Dios, puesto que ‘del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan‘ [ref.]. Cuando el Elegido del Señor fue a establecer el Reino mediante la predicación de lo correcto, los suyos no lo recibieron; Roma se burló de Él y lo crucificó, y las naciones gritaron: ‘No permitiremos que este reine sobre nosotros‘ [ref.]. La segunda vez no regresará con un disfraz tan sencillo; las circunstancias de su advenimiento estarán de acuerdo con el segundo Salmo [ref.]: ‘El que está sentado en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos (de los reyes de la Tierra)… Los quebrará con vara de hierro; los desmenuzará como vasija de alfarero’.
»Entonces ya no será una cuestión de libre albedrío: Él someterá a las naciones y las pondrá en sujeción a Su dictamen [rule]. ‘Entonces (cuando haya logrado esto) también el Hijo mismo se someterá al que sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo‘ [ref.]. Con esto el mundo entero se despertará al descubrimiento de que el Sermón de la Montaña no es un idealismo imposible, sino que se ha convertido en una fuerza viva real en el nuevo Reino, en el que la regla de oro se verá en funcionamiento y la voluntad de Dios se hará en la tierra como se hace en el cielo. Las diversas experiencias que has conocido aquí, Astroel, deberían ayudarte a comprender cuán factible es que esto se cumpla por decreto Divino, y el resultado sería, prácticamente, una nueva tierra en la que habite lo correcto».
«Sí, las ventajas que ya he obtenido desde el punto de vista de esta vida superior son casi incalculables, pero donde las perspectivas son tan vastas, tan infinitas en todas direcciones, todavía no he adquirido la suficiente confianza como para confiar en la fiabilidad de mi nuevo poder de visión, así que me apoyo en un conocimiento más maduro, y recojo fuerzas y aliento cuando te oigo hablar de las maravillosas revelaciones de Dios. ¿No es mejor que lo haga así?».
«Mucho mejor, hermano mío; si los hombres se aseguraran de su suelo, sus pies resbalarían más raramente».
«Gracias; ¿puedo entonces hacerte otra pregunta?».
«Sí; diez si lo deseas».
«Habiendo obtenido ahora la clave de tu idea de una nueva tierra ─por lo que deseo darte las gracias─, me gustaría saber por qué se consideras necesario un nuevo cielo. ¿No es el cielo mismo la perfección de la santidad?».
Eilele parecía haberse anticipado a la naturaleza de mi pregunta, y apenas había empezado a formular mi petición cuando la vi entrar en ese reino de ensueño en el que tan fervientemente deseaba poder seguirla y contemplar las visiones que sus ojos embelesados contemplaban mientras su lengua daba una expresión semiconsciente a su interpretación de la inspiración.
«Sería absolutamente imposible -comenzó en su soñadora indecisión- que alguien cuya vida hubiera transcurrido en un valle alpino concibiera una idea correcta del aspecto de una pradera americana; o que el muchacho, cuya concepción de un lago se ha basado en las dimensiones de un estanque de pueblo, imaginara el contorno del océano Atlántico. De la misma manera, el mortal, limitado por el ambiente de lo finito, no podría comprender la verdadera belleza y perfección del Infinito. Pocos son, en verdad, los que tienen el privilegio de tener sus oídos tan afinados como Isaías, a quien se le permitió oír y registrar la música de la Voz que dijo: ‘Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos… Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos‘ [ref.].
»Él, siendo que el Señor, ‘es un gran Dios, y un gran Rey sobre todos los dioses, perfecto en todas sus obras y caminos‘ [ref.]. Es en la luz gloriosa de esta perfección suprema donde nuestros ojos se ciegan al tratar de mirarla, y nos perdemos en un esplendor mayor que el del sol del mediodía. ‘Como los cielos son más altos que la tierra…’ –y sus ojos se alzaban, subiendo, subiendo, más y más alto aún, hasta que el vuelo de su alma se agotó, y de mala gana sacudió la cabeza mientras añadía-… ¿quién puede alcanzarlos? ‘Perfecto en todos sus caminos‘ [ref.]. Y así, conociendo el fin desde el principio, cuando creó la Tierra la dotó de todos los requisitos, hasta el más mínimo detalle, que serían necesarios para cumplir todo Su perfecto propósito. En la fuerza de su omnipotencia podría haberlo ordenado, y una Tierra perfeccionada habría surgido ordenadamente a su palabra. Pero estaba construyendo un aula para una raza de hijos que habían de llevar Su propia imagen ─ser a Su semejanza─ para entrar en la herencia de Su propia perfección, a la que necesariamente debían ser llevados por la disciplina del sufrimiento (Hebreos 2:10)».
«¿Por qué es eso necesario?», pregunté.
«Para que fueran probados, mostrados, confirmados, purificados, santificados y encontrados dignos de ocupar la posición elevada y santa a la que serían llamados como hijos de Dios. Para ello debían ser preparados mediante un curso de sujeción y obediencia a la autoridad paterna. Pero si bien la futura herencia exigía como requisito una pureza sin grano ni arruga, sin impureza ni mancha, Dios conocía la debilidad y la fragilidad de la carne en la que el germen espiritual tenía que echar sus raíces. Sabía también, y recordaba, que Él había establecido esta ley por la cual la Tierra debía producir su fruto, ‘primero la brizna, luego la espiga, después el grano lleno en la espiga‘ [ref.]. Si tal duración de tiempo, y sucesión de estaciones, eran necesarias para la producción del pan que debía nutrir la carne, ¿podrían el amor y la sabiduría exigir que el alma alcanzara su norma divina de un solo salto? Por lo tanto, en el principio, cuando Dios creó la Tierra, equipada en todos los aspectos para el sustento y los requisitos de la carne, de acuerdo con Sus propias riquezas en gloria, también creó un cielo anexo a la tierra (Génesis 1:1-8), igualmente provisto según fuera necesario, como guardería, aula escolar, hospital o pabellón de convalecencia, para todas y cada una de las almas que se encontraban en necesidad de sus variados ministerios. Tú mismo has experimentado, con asombro y sorpresa, cuán hermosa y perfectamente varios de sus departamentos están adaptados a las necesidades particulares del individuo; también se te ha permitido ver el inesperado alcance del amor que ayuda en la recuperación y restauración de aquellos que han errado y se han extraviado; y finalmente has descubierto cuán absolutamente imposible es para cualquier alma cruzar esa gran división mientras todavía una mancha de impureza o de pecado la contamine. Piensa en esto, y entonces comprenderás la necesidad de la purificación por el sufrimiento.
»Sin embargo, cuando la nueva tierra llegue a existir por el establecimiento del reino, y la rectitud cubra la tierra como las aguas el mar, entonces la necesidad del cielo inferior habrá terminado, y el Paraíso de Dios tocará de nuevo la Tierra. Oh, que pudiéramos verlo ahora, que Dios pudiera en verdad ser todo en todos.
»Pero aquí viene nuestra hermana Dracine con el Jardinero, y seguro que querrá mostraros algunos de los parajes hermosos que nos rodean».
Versión en inglés
CHAPTER TWENY TWO
A TALK WITH EILELE
After that never-to-be-forgotten episode in the cave – that strange interblending of sorrow and joy – that daybreak burst from midnight gloom – I returned alone to the garden. Zisvené suddenly left us as we were nearing the open – she was awakening from her sleep and must needs take charge of her body for its daily round of duties. Cushna, well accustomed to administering to such requirements as Clarice immediately stood in need of, preferred to be left alone with his charge. Clarice tearfully entreated me not to leave her, fearful, from her knowledge of the past, that my going presaged another long and agonizing reparation. But Cushna solaced her fears, persuading her to trust him, and with promises that I would soon see her again we parted.
Thus left alone I was free to reflect on the ever-increasing wonder and diversified fulness of the life upon which I had entered. I was for the third time standing in view of that entrancing prismatic landscape, and I was instantly busy comparing, and contrasting the special incident in connection with each visit. In reference to the first and third, what a contrast was presented for my study between my first experience of that poor woman’s entrance and Clarice’s escape. Then my own change of view-point, due to the light I had received since my own arrival. Standing there in the glory of that light which affords true light I was impressed with the thought: “What a providence it would be if the ignorantly blinded eye could always be united with a dumb tongue.” How much better would mankind be circumstanced if such a union could be enforced. I looked, and thanked the Father for the light of knowledge that had dawned on me, and for the restraining hands that had led me so carefully through the gloom of ignorance.
Then I wondered: I was alone. Should I, unaccompanied, venture to try the new power with which I had been endowed? I hesitated – waited, if so be the Voice would speak and counsel me. But all was silent. Still I waited. Was it an encouragement or a temptation that doubtfully flickered an inaudible “Try it”? I was not certain. The balance swung with delicate indecision. As I stood waiting a new experience befell me – for the first time that I could recall I felt the passing of a gentle breeze. It lifted me up, carried me away. I stood on a mount beside the sea and in the plain at the foot of the hill a nation stood in breathless indecision. Near me on the mountain side were two altars, round one of which a crowd of frantic priests were dancing in bleeding fury, howling for a sign of recognition from their deaf, absent, or mythical God. Beside the other altar stood a calm, travel-stained, roughly clad pilgrim, uncouth in manner as he was unofficial in dress, with a scornful smile upon his rugged face, and his eyes aflame with the confidence of his purpose. He had waited from morn till sundown for the answer of Baal which did not come, and, his patience weary. he turned to the multitude, spread his hands and cried:
“How long halt ye between two opinions?” The challenge awoke me. Was not that the answer for which I had waited? They who are God’s serve Him in honouring Him. And instantly I was back again in the Garden, beside Eilele, who also seemed to be lost in one of her flights of meditation.
“Ah! Astroel,” was her calm waking greeting. “I hope I have not kept you waiting; but I was far away, wandering with Israel’s shepherd King through the poetic fields of his twenty-third psalm.”
“Were you,” I enquired. “How strange if we had met, for I have but just come away from Elijah on Carmel.”
“Then we were not very far apart, were we? You heard the people cry: ‘The Lord He is God,’ and I made the solemn declaration: ‘I will dwell in the house of the Lord for ever.’ Shall we go on to talk of Him, for I have long looked forward to the time when I should meet you here? You have met with many experiences, you have learned many truths, have seen many developments of the Father’s loving kindness since I first saw you.”
“I have indeed,” I answered her, “and the last has been the strangest and most wonderful of all.”
Her whole being – not her face only – seemed to be suffused with a soft radiance of glory, as she listened to my words.
“So it will always be – it must always be,” she replied, as her eyes travelled into the familiar far away. “Always more and more, ever higher and higher, glory on glory, and yet we can never get beyond the threshold of the Evermore. Tell me what this new wonder has been.”
There is something so irresistibly charming in the calm confidence of Eilele – her outreach is so far, and her hold on the invisible is so firm, that whenever I am in her company, I seem at once to be carried into the very bosom of the inner heaven where God Himself is, and the atmosphere is that of the vast primeval Peace. She knows and leads me into the secret habitat of Confidence, across the azure skies of which no cloud of Doubt has yet been known to pass – the Rest that has not yet been broken or shaken – where Omnipotence is gentle and tender, and the Wonderful is natural, naive and ingenuous. I can speak to her with more ease and freedom than I can to Myhanene, with the perfect assurance that, with her, I cannot possibly be misunderstood or doubtfully interpreted. So in reply to her invitation I flung the flood-gates of my soul wide open and poured out my pent-up feelings in the full story of my visit to Clarice and the success with which it had been crowned.
She listened with that calm, meditative abstraction I am getting to know so well, without asking a question or making a word of comment until I had finished. Then, without the least token of surprise or animation disturbing her attitude, she placidly replied:
“Yes! that is just how I should expect the Father to respond to your aspiration. ‘He giveth to all men liberally and upbraideth not,’ even though the petition be made on behalf of one in hell. Even there the soul is still lying in the domain where ‘all things are possible,’ being yet within the boundary of the uttermost. In that paroxysm of penitential weeping you saw one of the most glorious providences of God at work – if there is such a thing as one providence being greater than another – you saw where, in the Divine wisdom and justice, a single stab or spasm of remorse is capable of liquidating the penalty of certain great sins – where an instant of intensity is accepted as the equivalent to a period of duration. The just weight of suffering has been secured, and at the same time, the petition granted. Yet the law of God is perfect, because the prayer of faith had the effect of calling into operation a provision of providence that had been arranged to meet the contingency. ‘The prayer of faith shall save the sick (Jas. v, 17); hence you brought Clarice away with you.”
“But Eilele! – think of the wonder of it!” I cried, marvelling at the placidity with which she spoke of it.
“God Himself is wonderful, why then should I be disturbed and surprised when I see the quality displayed? I might rather be moved to enquire if I did not see it; while, at the same time, I can feel the deepest sympathy for the – shall I say consternation you experience at your first beholding the varied demonstrations? Your eyes are now being opened to understand what you were so surprised to hear me say when first we met – that you were then standing on the threshold of the vestibule of heaven, and just as you are now discovering how true my words were then, so you will yet come to recognize that now your eyes are only opening to the beginning of the revelations that eternity still holds in store.”
“Yes, I am now, and only now, beginning to understand what you meant when you said:
Oh, the vision would o’erpower us
if it suddenly were given,
So we wait in preparation
In the vestibule of heaven.
But if all that I have seen, heard and learned is only the, beginning, what will the fulness, the glory, the extent, and the knowledge of the ending be?”
“God! In all the perfection of the splendour which began to be revealed to us in Jesus Christ,” she replied, as her face shone with the reflection of the vision on which her soul was gazing in the far away.
“But was not the Christ the ‘fullness of the Godhead bodily’?” I enquired.
“Yes, bodily. Not the fullness of the perfect Godhead, but the measure of the fullness that could be manifested through the limited capacity of the earthly body. He was one with God, as a word is one with the speaker who gives expression to it; but as the speaker is greater than the word, so He said, ‘My Father is greater than I.’ What the extent of that greatness is only eternity will reveal, and to arrive at the knowledge of it we have to ascend from height to height, from holiness to holiness, from purification to purification, until by a sevenfold sanctification we are able to reflect His undimmed lustre, and can bear the brightness of seeing Him as He is.”
“And is such a goal really attainable? The prospect you open up rises to such a height as to appear an impossibility for me ever to reach it.”
She turned a benevolent smile upon me as she quietly replied.
“Just so impossible does it appear to the child that he can ever be as his father. If you had brought Clarice here, directly, from her dark abode, she would have said the same in relation to her ever reaching this point where we meet, but you would shatter her doubt by telling her how you yourself have actually made the journey, step by step, from where you have now left her; and by the same way you will lead and guide her, not only to where we stand, but onward still through and beyond the gate, up the celestial staircase where Myhanene pointed you towards Omra home, to glory upon glory which you have not yet beheld. The heaven of God, like every other attainment, whether it be of body, soul or spirit – cannot be reached by a single and sudden bound, but by the patiently ordained process of ‘line upon line.’ As drops of water aggregating will fill the bed of an ocean, or atoms of matter will eventually build up a continent, so holy aspiration will enable us to reach the pinnacle of divine perfection to which we are called, and we have an eternity before us in which to reach the goal.”
“Divine perfection?” I dubiously enquired, thinking she had made an unintentional slip. But Eilele met my somewhat anxious reminder with a ripple of real laughter.
“My dear Astroel,” she replied, “if mortals arrogate the right to call themselves ‘divines,’ surely it is not presumptuous to apply the term to the highest rank in the hierarchy of heaven – the position held by the sons of God, to which dignity we are all called – which goal we must all ultimately reach by virtue of that call.”
“When you open up to me such vistas of that which lies beyond us, it reminds me of what – was it not Paul who said, ‘ It doth not yet appear what we shall be”?
“No; it was the beloved John who said that – he who beheld the door opened in heaven allowing him to behold something of the glory of the kingdom into which you are now about to enter – a kingdom that was set up on earth, but the earth, by man’s disobedience, has been temporarily placed under the dominion of sin. But, even on earth the kingdom shall be restored, for there shall be a ‘new heaven and a new earth wherein dwelleth’ – she paused as with uncertainty for a moment, and then added – rightness.’ Yes, I like that better than righteousness under the circumstances. The meaning is the same, but the less familiar word gives it an emphasis we do not notice in the older form. One pauses over the innovation to enquire as to its correctness: ‘Rightness’? Is it really so? A new heaven and earth, wherein dwelleth rightness. Curious idea; yet when you come to think of it, it is nothing more than a new setting of an old idea. Still, the abbreviation carries a suggestion which does not sit quite so comfortable as the word we are used to. Therein lies the value of the change: men have grown so familiar with the confession that ‘all our righteousnesses are as filthy rags,’ that it has emptied itself of all meaning in its mechanical automatism until the soul awakens with surprise to find that those ‘filthy rags’ of unrighteous indifference have become an impassable gulf yawning between itself and the kingdom.
The crystal sea is a tideless sea; nor has it any current or favouring breeze that will carry listless, dreamy souls to the foot of the throne.”
“It is always more than a pleasure to me to hear you talk,” I took the opportunity of saying, as she paused for a moment in her reverie.
“Every sentence you utter suggests a new string of questions I would like to hear you answer; but may I just ask you this one: Do you think there will really be a new heaven and a new earth, or is it to be regarded as a metaphor only?”
“So far as it has been revealed unto me,” she replied with cautious deliberation, “it partakes of both the literal and the metaphorical, something as the twilight is an interblending of light with darkness – it is of both, and yet is neither. In the olden life it was not an uncommon event for us to renovate and turn an old garment and, as we used to say ‘make quite a new one’ by the process. It is some such change as this that I anticipate when the dear Master shall re-establish His Kingdom upon the earth. And just as the time for the renovation and reconstruction of a garment rests with the determination of the owner, so does the time for the setting up of the Kingdom rest with the decision of God, since the ‘earth is the Lord’s and the fullness thereof, the world and they that dwell therein.’ When the Chosen of the Lord went to establish the Kingdom by the preaching of rightness, His own received Him not- Rome mocked and crucified Him, and the nations cried: ‘We will not have this man to reign over us.’ He will not return in such simple guise the second time; the circumstances of His advent will be in accordance with the second Psalm: ‘He that sitteth in the heavens shall laugh: the Lord shall have them (the kings of the earth) in derision . . . He shall break them with a rod of iron; He shall dash them in pieces like a potter’s vessel.’
“It will then no longer be a question of free-will – He will subdue the nations and bring them into subjection unto His rule. ‘Then [when he has accomplished this] shall the Son also himself be subject to Him that put all things under him, that God may be all in all.’ With this the whole world will awaken to the discovery that the Sermon on the Mount is not an impossible idealism, but that it has become an actual living force in the new Kingdom, in which the golden rule will be seen in operation and the will of God will be done on earth as it is done in heaven. The various experiences you have met with here, Astroel, should help you to understand how feasible it is for this to be accomplished by Divine decree, and the result would be, practically, a new earth wherein dwelleth rightness.”
“Yes, the advantages I have already derived from the view-point of this higher life are almost incalculable, but where the prospects are so vast – so infinite in every direction, I have not yet grown sufficiently confident to trust in the reliability of my novel power of vision, so I fall back upon maturer knowledge, and gather strength and encouragement as I hear you discourse on the wonderful revelations of God. Is it not better for me to do so?”
“Far better, my brother; if men would make sure of their ground, their feet would more seldom slip.”
“Thank you; then may I ask you yet another question?”
“Yes; ten if you desire it.”
“Having now obtained the key to your idea of a new earth – for which I desire to thank you – I should be glad to know why a new heaven should be considered necessary. Is not heaven itself the perfection of holinesss?”
Eilele seemed to have anticipated the nature of my enquiry, and I had scarcely begun to formulate my request before I saw her pass into that realm of reverie where I so fervently wished for the power to follow her, and gaze upon the visions which her enraptured eyes beheld as her tongue gave a semi-conscious utterance to its interpretation of the inspiration.
“It would be an absolute impossibility,” she began in her dreamy indecision, “for one whose life had been spent in an Alpine valley to conceive any correct idea of what an American prairie looks like; or for the lad, whose conception of a lake has been modelled on the dimensions of a village pond, to imagine the outline of the Atlantic ocean. Just so would the mortal, limited by the environment of the finite, fail to comprehend the true beauty and perfection of the Infinite. Few, indeed, are they who are privileged to have their ears so attuned as Isaiah, who was permitted to hear and record the music of the Voice that said: ‘My thoughts are not your thoughts, neither are my ways your ways . . . For as the heavens are higher than the earth, so are my ways higher than your ways, and my thoughts than your thoughts.’
“He, being ‘Lord is a great God, and a great King above all gods, perfect in all His works and ways’. It is in the glory light of this supreme perfection where our eyes are blinded as we try to look upon it, and we are lost in a greater splendour than that of the midday sun. ‘As the heavens are higher than the earth,’ “ – and her eyes were lifted, climbing, climbing, higher and higher still, until her soul’s flight wearied and she reluctantly shook her head as she added: “Who can attain to it? ‘Perfect in all His ways.’ And so, knowing the end from the beginning, when He created the earth He provided it with every requirement, to the minutest detail, that would be necessary to accomplish all His perfect purpose. In the strength of His omnipotence He might have commanded and a perfected earth would have sprang into orderly being at His word. But He was building a schoolroom for a race of sons who were to bear His own image – to be in His own likeness – to come into the inheritance of His own perfection, into which they must needs be brought by the discipline of suffering (Heb. ii, 10).
“Why needs be?” I enquired.
“In order that they should be proved, tested, tried, purified, sanctified and be found worthy to occupy the high and holy position to which they would be called as sons of God. For this they had to be fitted by a course of subjection and obedience to parental authority. But while the prospective inheritance demanded a purity without spot or wrinkle, taint or stain, as a qualification, God knew the weakness and frailty of the flesh in which the spiritual germ had first to strike its roots. Knew also and remembered that He had established this law by which the earth should bring forth its fruit, ‘first the blade, then the ear, after that the full corn in the ear.’ If such duration of time, and succession of seasons, were necessary for the production of the bread that should nourish the flesh, could love and wisdom demand that the soul should reach its divine standard at a single bound? Therefore, in the beginning, when God created the earth, equipped in all respects for the sustenance and requirements of the flesh, according to His own riches in glory, He also created a heaven annexed to earth (Gen. i, 1-8), equally provided as might be required, as nursery, schoolroom, hospital or convalescent wards, for all and every soul that stood in need of its varied ministries. You have in yourself experienced, with wonder and surprise, how beautifully and perfectly several of its departments are adapted to the particular necessities of the individual; you have also been permitted to see the unexpected outreach of love which assists in the reclamation and restoration of those who have erred and strayed; and at length you have discovered how absolutely impossible it is for any soul to cross that great divide while yet a taint of stain or sin contaminates it. Think of this, and then you will understand the need for the purification by suffering.
“When, however, the new earth comes into existence by the establishment of the kingdom, and righteousness covers the earth as the waters cover the sea, then the need for the lower heaven will be at an end, and the Paradise of God will again touch the earth. Oh, that we might see it now, that God might in very truth be all in all.
“But here comes our sister Dracine with the Gardener, and he is sure to want to show you some of the beauty spots that surround us.”