La puerta del Cielo | Capítulo 21: Clarice

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo, van a ayudar a Clarice.

Versión en español
Capítulo veintiuno
Clarice

Mientras Walloo-Malie terminaba de hablar, descubrí que Dracine se había marchado; pero su explicación había sido de un interés tan absorbente que no me daba cuenta de nada más que del gran tema de su discurso. En su preciada exposición, repasé de nuevo cada paso que había dado desde que llegué al Patio de las Voces, escuchando y observando, a medida que él captaba cada uno de los detalles, integrándolos en una secuencia ordenada y luego proyectando sobre ellos la luz de su más clara iluminación, para que yo pudiera comprender plenamente la naturaleza, el propósito y el diseño de cada uno. Y el mayor encanto del servicio que él prestó residía en el espíritu de amor fraternal con el que envolvió nuestra comunión.

Al terminar, me di cuenta de que caminábamos por un sendero cubierto de una enredadera floral que poseía un perfume dulce y reconfortante, y de que Myhanene y Omra estaban a punto de encontrarnos.

«Bien, Astroel -fue el alegre saludo de Myhanene-, ¿qué opinas de las fortificaciones invisibles que nos protegen de invasiones indeseables?».

«Esa no es una pregunta que deba responderse a la ligera ni apresuradamente -respondí con cautela-; por el momento, permíteme contentarme con decir que creo que Isaías tenía toda la razón al declarar sobre la morada de la iglesia de Dios que ‘ninguna arma forjada contra ti prosperará’ [ref.]».

«Bien hecho, Astroel -fue el rápido y generoso elogio de Walloo-Malie, expresado con una mirada de agradable animación que me sorprendió un poco ver en él-; Tal discreción es sumamente loable. Nunca es prudente emitir una opinión judicial sobre un incidente revelado en un rayo de destello; espera a que hayas tomado el control del fluido eléctrico [electric fluid] y puedas confluir con él; y entonces, tras investigar con calma, podrás hablar con mayor confianza».

«Ese fue un hábito profesional que adquirí en lo físico, y aún no veo razón para abandonarlo -respondí, feliz de encontrar algo de mi antigua vida que todavía pudiera trasladar-; Pero, cambiando de tema, si me lo permites, ¿puedo pedirte consejo sobre un asunto que tenía en mente cuando Dracine y yo nos encontramos contigo?».

«Por supuesto, dime en qué puedo ayudarte».

«No sé cómo expresarlo -comencé con insegura timidez-, pero desde que mencionaste por primera vez el caso de Clarice, me he preguntado mucho sobre ella: dónde está, cómo se encuentra y si puedo hacer algo para ayudarla, si lo necesitara. Con la esperanza de poder ayudarla, me enteré del trabajo que Zisvené está realizando en la vida de sueño; al poco tiempo la conocí y, si se le permite, estoy seguro de que estará encantada de acompañarme. De nuevo, si me lo permites, quisiera expresar mi infinita gratitud a Dios por la gran misericordia que he recibido en el ejercicio de Su rebosante amor, y no se me ocurre nada que me parezca más apropiado, como expresión de lo que siento, que intentar ayudar a la pobre Clarice. ¿Crees que podría hacerlo, y se le permitiría a Zisvené acompañarme?».

Seguíamos de pie donde Myhanene y Omra nos recibieron, y mientras hablaba, leí no solo la aprobación de mi propuesta, sino también el gran placer que especialmente Myhanene sintió al oírme hacerla. Walloo-Malie me dirigió una mirada serena y velada con la que me auscultaba profundamente, y luego preguntó deliberadamente:

«¿Puedes perdonarla por lo que hizo?».

«No tengo nada que perdonar por mi parte -respondí-; Su pérdida me causó una herida que habría sido fatal si tú no la hubieras vendado, pero no mató mi amor por ella; el amor verdadero no puede morir, ¿acaso no es de Dios, eterno? Desde que te conocí y supe la maravillosa historia de tu intercesión en mi favor, ese amor ha sido resucitado, fortalecido, embellecido, purificado, y siento como si no pudiera seguir adelante hasta que ella se reúna conmigo. ¿No podría recibir la mejor ayuda que el cielo me pueda brindar y hacer por ella lo que tantos han hecho por mí?».

«¡Sí! Con la fuerza de ese amor puedes hacerlo, y lo encontrarás omnipotente para salvar; pero en cuanto a si Zisvené es la mejor opción para acompañarte, mejor consulta con Myhanene».

«En lo que respecta a Zisvené, no habrá ninguna dificultad ni por su parte ni por la mía -nos aseguró Myhanene enseguida-; Debemos averiguar dónde se encuentra Clarice».

Con las facultades y la experiencia en su uso que poseía cada uno de mis compañeros, recibí la información en menos tiempo del que se requiere para escribirla. Clarice se encontraba en una condición muy similar a la que Cushna encontró inicialmente a Marie. Myhanene explicó que Zisvené ya había prestado un buen servicio a alguien que estaba incluso en una condición inferior, y confiaba en que, en su afán por ayudar a los caídos, estaría encantada de ayudarme en mi tarea.

«¿Estás seguro de que todas las circunstancias son favorables para el éxito?», preguntó Walloo-Malie.

Era una pregunta velada, formulada con cautela para evitar incluso una pizca de inquietud en la superficie de mi ardiente deseo. Descubrí su compasiva intención antes de desentrañar el significado más intenso de su profundidad. Una privó a lo otro de lo que podría haber sido una punzada de temor, y Walloo-Malie comprendió el agradecimiento que yo le brindaba con mi mirada silenciosa.

Myhanene sonrió con optimismo y confianza en el éxito de nuestra propuesta de misión. Podríamos encontrarnos con algunas dificultades iniciales, pero Zisvené ya había demostrado cierta habilidad para superarlas, y él también había notado que ella, al ser una visitante del sueño, ocasionalmente podía ejercer una influencia más persuasiva sobre las almas atadas a la Tierra, gracias a su mayor empatía física, que era mayor que la que él encontraba en los ministrantes habituales. Este inesperado cambio en su servicio ocasional lo había impulsado a observar su progreso con interés, como si posiblemente abriera una nueva avenida para que la vida del sueño pudiera entrelazarse más estrechamente con la espiritual.

Walloo-Malie quedó tan impresionado con el entusiasmo de Myhanene que enseguida fue acordado que Cushna nos acompañara en nuestra visita, si Zisvené accedía, y el resultado debía ser reportado finalmente a Walloo-Malie.

En la siguiente visita de Zisvené, el plan se confirmó al instante, y bajo la guía y el control de Cushna, los tres nos encontramos de nuevo en el Monte, camino a mi primera misión práctica de misericordia.

No es mi deseo ni mi propósito detenerme en los sufrimientos de los frágiles desafortunados que, cediendo a la tentación, han buscado refugio y olvido en la oscura caverna del alma mientras pagan la penalización y soportan la purificación de sus pecados. Ya lo he hecho suficientemente al describir la cosecha de los celos (A través de las nieblas, cap. 9).

Insisto, estamos involucrados en la recuperación, así que sigamos.

A la entrada de la caverna ─por cuyo laberinto tuvimos que abrirnos paso en busca de Clarice─, Cushna y yo experimentamos ese cambio de vestimenta que permite a los ministros de alto rango encontrarse con los de bajo rango en igualdad de condiciones; en cuanto a Zisvené, su vestido del sueño ya era de un gris neutro, cuyo brillo desapareció naturalmente a medida que nos adentrábamos en la oscuridad, donde llevábamos la luz justa para orientarnos a través de los aparentemente interminables recovecos.

Cushna nos guiaba, permitiéndonos, gracias a su luz, seguir con relativa seguridad; pero aun así, nos estremecimos al pensar en quienes no solo tenían que encontrar su camino, sino más aún, en quienes se veían obligados a vivir en los horrores de semejante lugar. No podría decir si nos cruzamos con alguien que se escondiera de nosotros al pasar, pero nadie respondía al frecuente llamado de Cushna: «Clarice», y tampoco, mientras escuchábamos, oímos el más mínimo sonido de respuesta.

Enseguida, el tosco pasadizo se abrió en una cueva de considerables proporciones, a cuya entrada se detuvo Cushna, y lo vimos levantar la mano pidiendo silencio.

«Está aquí», dijo con calma, tras una cuidadosa inspección.

«¿Dónde? Déjame ir con ella», y solté la mano de Zisvené para apresurarme. Pero Cushna me detuvo.

«Debes ser cauteloso y paciente, o se escapará -dijo-; En un lugar como este, la confianza y la seguridad son unas desconocidas. Primero tenemos que descubrir si está de humor violento o sumiso, y actuar en consecuencia».

Pero no tuvimos que esperar mucho para oír un agudo desafío antagónico:

«¿Quién anda ahí?… ¿Qué quieres?… ¿No he sufrido ya bastante?… ¡No te he hecho daño!… ¿Por qué quieres atormentarme más aún?».

La intensa agonía de la súplica final fue terrible, pero Cushna se mantuvo firme en su exigencia de silencio, hasta que se aseguró de que su invectiva había terminado. Entonces, tras un breve silencio, susurró:

«Ahora, habla suave y serenamente, pon toda la ternura y compasión que puedas concentrar en la palabra, y di su nombre».

«¡Clarice!», Y todo mi anhelo se desbordó en la prolongada pronunciación de ese nombre tan querido como la vida.

Hubo un silencio como de muerte… Luego, ¿fue un sollozo o un despectivo «¡Tú!», seguido de otro silencio? Luego, ante una segunda señal de Cushna:

«¡Clarice!».

¿Cuál sería la respuesta esta vez? ¿Confirmaría el sollozo o la interjección? ¿Cómo puedo registrar la intensa ansiedad con la que esperé esa respuesta que no llegaba? Entonces, por tercera vez:

«¡Clarice! ¿No me oyes?».

Silencio de nuevo, y luego, con una mueca desdeñosa, gruñendo.

«¿Te oigo? ¡Sí! Y también sé quién eres… y si no lo eres…», evidentemente, se había resbalado o caído, dando un gemido. Cushna me sujetó con firmeza cuando yo iba a correr hacia adelante; y cuando todo volvió a la calma, pregunté, tal como me sugirió él:

«¿Olvidas…?», y ella me interrumpió ahí con:

«¿Olvidar? ¡Oh! ¿Quién me enseñará a cómo olvidar, cómo recordar?».

«Esa es una de las razones por las que te hemos buscado y encontrado -respondió Zisvené al instante, a sugerencia de Cushna-; ¿No vendrás con nosotros o nos dejarás llegar a ti y ayudarte?».

«¿Quién eres y qué quieres?».

«Somos amigos, y uno es…».

«Mientes -susurró-; Ningún amigo puede venir aquí. Este es el hogar de los apestados demonios. ¡Vete! Tu compañía solo aumentaría mis torturas».

«Clarice, ¿te olvidas de Fred [Don Fred]?», pregunté, y mientras hablaba, Cushna condujo a Zisvené hacia donde ella se escondía en la oscuridad.

«¿Fred? ¡Bah! ¿No os dije que habíais venido a aumentar mi tortura? ¿Acaso el tormento del infierno no es lo suficientemente fuerte como para que vengáis a darle otra vuelta de tuerca?».

Mientras Clarice hablaba así, Zisvené, guiada por Cushna, se había acercado y llegado hasta ella. Fue Zisvené quien respondió a la pregunta.

«Le daría otra vuelta, un giro hacia atrás, si me lo permites -dijo con calma y compasión fraternal-; ¿No es cierto que ya has sido suficientemente destrozada y mutilada? ¿No es cierto que has pagado con creces el castigo por los errores que has cometido y que ha llegado la hora de tu redención? -mientras hablaba, se acercaba gradualmente, intentando rodear a la pobre sufriente con un brazo, un esfuerzo que al principio fue rechazado, pero luego hoscamente permitido mientras Zisvené continuaba-; No has sido olvidada en tu soledad y desolación, sino que has sido custodiada con amor, y…».

«¡Alto! -gritó Clarice, mientras se apartaba salvajemente-; No vuelvas a mencionar esa maldita palabra en mi presencia. ¿Acaso los tigres aman conforme arrancan la carne temblorosa de los huesos de sus víctimas indefensas? ¡Amor… sí, sí, por supuesto! ¡Entonces, por compasión, muéstrame cómo es el odio!».

«Entiendo todo lo que quieres decir, con los tigres y las víctimas, hermana mía -respondió Zisvené con dulzura mientras avanzaba con cautela-, Pero como algunos espíritus malignos imploran… [But because some ghouls pray upon…]».

«¡Atrás! ¡Atrás! -gritó Clarice, alarmada-; Pues cuando el fuego de este recuerdo se enciende, me enfurezco. ¡No dejes que te alcance, porque cada nervio torturado de mi cuerpo clama venganza!».

«Creo que será mejor que la dejemos», sugirió Cushna.

«Todavía no, papi [Daddie] -suplicó Zisvené-; Estoy segura de que pronto se verá persuadida».

«Espero que sí, pero temo que no lo haga [I fear it]», respondió él, accediendo a su súplica.

De nuevo, Zisvené se dirigió a la angustiada.

«Clarice, ¿podrías escucharme un momento e intentar tranquilizarte, mientras…».

«¿Calmarme? -intervino irónicamente-; ¿Podrías mantener la calma en el curso de una avalancha? ¿Podrías mantener la calma en el abrazo de un horno?».

«Me temo que no -admitió Zisvené-; pero permíteme que te suplique que escuches lo que te quiero decir, aunque rechaces lo que Fred quiere decirte».

«Sé todo lo que él tiene para decirme -respondió con mordaz desdén-; Es un hombre, que querría enmendarse hablando de nuevo sobre el amor. ¡Bah! -y estalló en una carcajada histérica-; ¡Él!, que me amó tan fielmente que, cuando lo dejé, pudo arrojarse de inmediato a los brazos de un…».

«¡Alto! -grité, pues ni siquiera por Cushna yo podía seguir callando-; No conviertas tu alma en perjura, con acusaciones infundadas, Clarice. Mi amor por ti nunca ha flaqueado ni ha sido tratado a la ligera, sino que es tan puro y sagrado ahora como cuando por primera vez lo deposité a tus pies. Cuando el golpe de tu partida me azotó, perdí la fe en las mujeres, como tú has llegado a repudiarla en los hombres. Durante años esperé, vigilé, anhelé y recé con cansancio por tu regreso, y si te hubiera encontrado ─sin importar cómo ni dónde─ te habría acogido de vuelta en mi corazón, te habría protegido y defendido del mundo. Pero acabo de saber de ti de labios de alguien que me salvó de quitarme la vida ante el pensamiento de perderte. Lo que él me reveló reavivó la esperanza que subsistía; apelé a él por ayuda para poder encontrarte y salvarte. Hemos venido para eso, y sólo para eso; porque te amo tanto que no puedo entrar al cielo y dejarte aquí, ahora que te he encontrado».

Si fue el aguijón de su falsa acusación, o si fue el apasionado anhelo de mi alma por asegurar su libertad, no lo sé ─quizás nunca lo sepa─, pero conforme empecé a hablar, algo detuvo, y luego sofocó, su frenesí histérico, y con un silencio extraño, casi ominoso, escuchó hasta que, en la intensidad de mis sentimientos, me quedé sin palabras, y de repente paré. Luego vino un silencio breve, problemático y doloroso, antes de que ella respondiera con una voz tan tranquila y serena como furiosa había sido hasta entonces, pero con un sarcasmo agudo y amargo:

«Fue un acto de genio convertirte en abogado. ¡Cómo debe envidiar Lucifer tu mágico poder para hacer que lo negro parezca blanco, tu poética habilidad para manipular la mentira! Es una desgracia para mí haberte conocido antes, y conocer tu arte, pues si no podrías imponerte sobre mí y atraparme en la red que tu lengua mentirosa extiende con tanta gracia. ¡Vete! ¡Déjame! Será mejor que soporte mi tortura actual antes que dejar que me lleves a algo peor», y el escalofrío que acompañaba su decisión nos recorrió en una gélida sacudida.

De nuevo, Zisvené intervino con la sugerencia:

«Pero no me conoces. ¿No me permitirías intentar ayudarte?».

«Que no nos hayamos conocido antes puede o no ser mi desgracia -fue su respuesta rápida y cortante-; Los desconocidos deben conformarse con ser juzgados por la compañía que frecuentan. Tu compañía puede ser tu desgracia en esta ocasión, y no quiero saber nada de ella».

Pero Zisvené insistió con persuasión y cariño.

«¿Estás completamente segura de que no te equivocas respecto a la conducta de Fred para contigo? ¿No es posible que le estés haciendo una injusticia y, al mismo tiempo, un terrible agravio a ti misma al albergar estos sentimientos contra él? Cuando lo conociste, valorabas su compañía y esperabas casarte con él, ¿sabías que era el hombre que ahora te imaginas que es? ¿Habrías puesto en peligro tu buen nombre relacionándote con él, si hubieras pensado que los demás lo veían tal como ahora lo acusas de haber sido? -mientras hablaba, Zisvené se acercó, la tocó, luego le tomó la mano, y un brazo comprensivo rodeó su cintura sin resistencia conforme le seguía hablando con una ternura cada vez mayor en la voz-; Te pido, no por mí, querida, ni por Fred, sino por tu propio bien, que consideres lo que te sugiero. Tú lo conocías íntimamente ─yo no lo conocía, y no lo conozco─. Soy igualmente una desconocida para ambos; pero soy una mujer, con un corazón de mujer, con compasión de mujer por quienes sufren, y el deseo de una mujer de ayudar a una hermana que ha sufrido una desgracia».

La reconfortante súplica de Zisvené conmovió y conquistó de inmediato el casi extinto o descuidado sentido de justicia de la víctima. La tormenta de resentimiento y humillación culpable al ser descubierta en tal condición se detuvo, y un breve período de dudosa incertidumbre se tambaleó en la balanza mientras Zisvené continuaba. Al reconocer ser una desconocida para ambos por igual, Clarice se sobresaltó perceptiblemente, y cuando la oradora se detuvo, preguntó con ansiedad:

«¿De verdad eres tan desconocida para él como para mí?».

«Sí; casi igual. Lo conocía, pero solo nos vimos una vez, antes de que me hablara de ti y me dijera lo ansioso que estaba por encontrarte y ayudarte. Entonces le pedí que me permitiera ir con él. ¿Tienes curiosidad por saber por qué? Te lo diré -Zisvené ya había adoptado un tono y una actitud casi maternales hacia la medio desconfiada y medio esperanzada desafortunada-; Pronto me conocerás mejor; entonces descubrirás cuánto sufro al ver o pensar siquiera en un animal sufriendo. Los amo tanto que la imagen de una rienda en un caballo, el uso de un látigo, una carga pesada o un paso desconsiderado cuesta arriba me atormenta durante horas; y si siento lo mismo por esa bestia muda, ¿es extraño que sienta aún más por los niños y mis hermanas? Así que cuando Aph… -se detuvo y se corrigió-, Fred, habló de venir a buscarte, no te puedes imaginar cuánto deseaba venir con él. No te conocía, no sabía nada de ti, salvo que eras una vieja amiga suya, pero supe que estabas en apuros y quise ayudarte. Así es como vine y ese es el motivo de que esté aquí. Y ahora que estoy, ¿no me dejarás ayudarte?».

«No, no me conoces -respondió Clarice con una tristeza casi desesperada-; si me conocieras, no querrías tocarme. Déjame contarte lo que he sido y lo que he hecho».

«Eso no cambiaría nada, ni es para nada necesario que yo lo sepa. Me basta con que necesites ayuda y compasión. Puede que estés incluso peor de lo que quisieras confesar. Si es así, necesitas aún más del ministerio, a la manera de Cristo, que te diría: ‘Yo no te condeno; ve y no peques más‘. He venido a ti, con ese mismo espíritu, para decirte que si reconoces que te has equivocado, no hay necesidad de que sigas así. Nadie quiere que te escondas aquí. ¿No recuerdas cómo solías oír: ‘Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad’? [ref.] Estas eran poco más que palabras para nosotras en los días de insensatez del pasado, pero ahora tienen un significado de vida o muerte. He sentido su importancia; tú has aprendido la terrible verdad que se desprende al no prestarles atención. Pero siguen siendo ciertas. Ahora quieres hablarme de lo que has sido y has hecho; pero ¿por qué deberías? Él, Aquel que lee el corazón, con el deseo de decírmelo, escucha y conoce tu confesión completa, y ya nos ha enviado para guiarte desde esta vil oscuridad hacia Su maravillosa luz. ¿No quieres venir? ¿Tanto es, este horrible lugar, tu ideal de felicidad, que deseas quedarte? ¿Has perdido todo deseo por los placeres inocentes e inmaculados de la vida? ¿No anhelas reencontrarte con los amigos del pasado, antes de caer en manos del tentador? Mirando atrás desde este lugar donde tu alma sensible se estremece en aborrecible agonía, ¿acaso el glorioso y desaparecido pasado no te atrae en absoluto? Queremos guiarte de regreso. Y puedes venir. ¿Verdad? Has estado aquí, sola, demasiado tiempo. ¿No quieres regresar? ¡Ven! Conocemos el camino y te acompañaremos».

Mientras Zisvené suplicaba así, con ternura y paciencia, a Clarice, que absorbía atentamente sus persuasivos argumentos, me dejé llevar y volví a contemplar el maravilloso milagro de la Coral Magnética, con los ojos ahora abiertos para contemplar su místico significado interior. Mientras Clarice caía cada vez más bajo el hechizo de las súplicas de Zisvené, vi un halo de esa compasión vivificante que comenzaba a temblar alrededor de la oradora, el mismo que había visto por primera vez derramarse para llenar ese gran templo de amor que sería usado por la mano y la voluntad de Siamedes para bañar y liberar las formas retorcidas de quienes habían estado sometidos a esclavitud.

En este caso, no fue un himno el que resonó en una armonía conmovedora mientras el milagro del amor continuaba, sino que mis sentidos, agudizados, captaron los efectos solistas de luz, sonido y perfume, mientras el sacrificio fraternal se depositaba sobre el altar del afecto. ¡Oh, con qué suspiros reprimidos de gratitud observé el progreso del ministerio, el gradual chasquido de las cuerdas del resentimiento, el asombro suscitado por la tierna y apasionada súplica, la cautelosa respuesta cediendo, el nacimiento de la confianza y la esperanza, el primer escalofrío de la respuesta compasiva: entonces, la fuente del sentimiento brotó, y Clarice cayó en un paroxismo de arrepentimiento en los brazos de su hermana recién encontrada.

Lo que experimentara en ese terrible espasmo, ninguno de los tres que observaban pudo conjeturarlo. Eso solo lo pueden saber la víctima y Dios. Pero, afortunadamente, duró poco, mas pagó el resto de la penalización. Al poco tiempo, la tormenta comenzó a amainar; Cushna vio que no había necesidad de continuar oculto, y la cueva se iluminó suavemente de inmediato con la luz natural que poseíamos; los brazos que se aferraban con tanta tenacidad a los de Zisvené se relajaron; el rostro azotado por la tormenta se alzó, y con ojos maravillosamente perplejos, Clarice contempló la escena.

«Ven, querida -suplicó Zisvené-; déjanos sacarte de esta horrible guarida».

«No puedes, no hay salida», sollozó.

«¿Estás segura, querida? Ven y déjanos ver si no podemos encontrar alguna».

«No… no quise decir eso -respondió con la voz aún entrecortada por los sollozos-; hay un camino… en algún lugar… pero a nadie… se le permite pasar».

«¿Quién o qué nos lo impide?».

«¿No son suficientes la oscuridad, los innumerables recovecos, las muchas trampas -se estremeció-, y las torturas del camino para impedirnos escapar?».

«No cuando tienes una luz que te guía; y la luz del amor que ahora brilla sobre ti nos acompañará hasta el final. Ven, vámonos».

«No puedo, no me atrevo; por mucho que anhele irme. Si supieras la agonía de la tortura que sufriría, no me lo pedirías», y temblaba como con una fiebre de pavor al pensarlo.

«¿No puede venir, Cushna? -preguntó Zisvené-; Has estado en estas misiones muchas veces. ¿Acaso ella no puede venir?».

«Por eso nos han enviado para ayudarla. Ven, hermana mía, te guiaremos. No hay nada que te retenga ni te detenga más que tu propia negativa».

Había algo en el tono y el porte de Cushna que pareció despertar en ella cierto grado de confianza. Dio un paso al frente, mientras despertaba, se pasó la mano por los ojos, se estremeció ligeramente y miró a su alrededor, intentando comprender lo que realmente estaba sucediendo.

«¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! -gimió mientras se soltaba del brazo de Zisvené y permanecía inmóvil-; ¡Si tan solo pudiera atreverme! Pero no soy capaz de correr el riesgo, de soportar la luz».

«Deja que Zisvené y yo te guiemos y apoyemos -dije-; Y la luz llegará tan gradualmente que apenas notarás cómo la oscuridad suelta lentamente su agarre. Te sostendremos mientras tus pasos se fortalecen y se vuelven seguros. A medida que avancemos, recuperarás la confianza, los terrores de estas cuevas serán superados, el miedo quedará atrás, tu soledad habrá pasado, y nuestro querido amigo, Cushna, nos mostrará dónde puedes descansar en paz y consuelo, lejos del alcance de este infierno de tortura».

Mientras yo hablaba, Zisvené y yo la sujetamos por ambos lados, Cushna iba delante. Y así avanzamos lentamente. De vez en cuando ella nos detenía, pues una duda recurrente la hacía vacilar. Pero la paciencia triunfó. Cada paso que dábamos sin que nuestro progreso fuera cuestionado ni sufriera ningún desastre, tendía a estimular la débil confianza que nuestra compasión había inspirado, y, pronto, a cada paso, una señal de luz comenzó a hacerse presente y a crecer imperceptiblemente.

A medida que la luz crecía, su coraje se fortalecía, la esperanza comenzaba a surgir, las dudas y los temores se replegaban en la penumbra. Al ver su camino, se liberó gradualmente de nuestro apoyo, aunque se aferraba tímidamente al toque de amistad y compasión a cada lado. No hablaba, pero un suspiro ocasional, a medias reprimido, revelaba más de lo que las palabras podían expresar. Y así pudimos traerla de vuelta de su prisión al refugio de paz que Cushna conocía, donde podría recuperarse, familiarizarse con entornos más saludables, recibir nuestras frecuentes visitas, conocer nuevos amigos y gradualmente adaptarse a los modos y hábitos de la vida que conduce desde la oscuridad del infierno, a través del amanecer de la esperanza, hasta el despejado mediodía del día eterno que constituye el verdadero hogar del alma.

Versión en inglés
CHAPTER TWENTY ONE
CLARICE

AS Walloo-Malie finished speaking, I made the discovery, that Dracine had departed; but the exposition he had given me had been of such absorbing interest that I was lost to everything but the one great theme of his discourse. In his valued exposition I had again passed over every step I had taken since reaching the Court of the Voices, listening and watching, as he caught up every thread of’ detail, blending them together in orderly sequence, then throwing upon them the light of His clearer illumination that I might fully understand the nature, purpose and design of each and all. And the crowning charm of the service he rendered lay in the spirit of brotherly love in which he environed our communion.

As he finished I became aware that we were walking in a path covered with a floral creeper which possessed a soothingly sweet perfume, and that Myhanene and Omra were on the point of meeting us.

“Well, Astroel,” was the cheery greeting of Myhanene, what do you think of the invisible fortifications by which we are protected from undesirable invasion?”

“That is a question not to be lightly or hastily answered,” I replied cautiously. “For the moment, let me content myself by saying that I think Isaiah was quite justified in declaring of the habitation of the church of God that ‘no weapon that is formed against thee shall prosper’.”

“Well done, Astroel,” was Walloo-Malie’s prompt and generous commendation, expressed with a look of pleasurable animation that I was somewhat surprised to see in him. “Such discretion is most praiseworthy. It is never safe to deliver a judicial opinion respecting an incident revealed by a lightning-flash; wait until you have gained control of, and are able to meet the electric fluid; then, having investigated at your leisure, you will be able to speak with greater confidence.”

“That was a professional habit I contracted in the physical, and I have not yet seen any reason to discard it,” I replied, glad to find something of the old life that I could carry forward. “But changing the subject – if you will allow me to do so – may I ask your advice on a matter I had in mind when Dracine and I met you?”

“Certainly. Let me know in what I may be able to help you.”

“I scarcely know how to put it,” I began, with an uncertain diffidence; “but since you first mentioned the case of Clarice I have wondered a great deal about her – where she is, how she is placed, and whether I can do anything to help her, should she need it. While hoping that I might be able to be of assistance to her, I heard of the work that Zisvené is doing in the sleep-life; presently I met her, and, if she might be permitted, I am sure she would be glad to join with me. Again, if I may, I would like to do something to express the boundless gratitude I feel to God for the great mercy I have received in the exercise of His super-abounding love, and I can think of nothing which so commends itself to me, as an expression of what I feel, as trying to help poor Clarice. Do you think I might do so, and would it be permitted for Zisvené to go with me?”

We were still standing where Myhanene and Omra met us, and as I spoke I read not only approval of my proposition, but the great pleasure it gave to Myhanene especially to hear me make it. Walloo-Malie gave me a calmly veiled look that searched me through and through, then deliberately enquired:

“Can you forgive her for what she did?”

“There is nothing on my part to forgive,” I replied. “The loss of her dealt me a wound that would have been fatal had you not bound it up, but it did not kill my love for her – true love cannot die – is it not of God, eternal? Since I have met you and learned the wonderful story of your interposition on my own behalf, that love has been resurrected, strengthened, beautified, purified, and I feel as if I cannot go forward until she joins me. May I not get the best assistance that heaven can afford me, and do for her what so many have done for me?”

“Yes! In the strength of such a love you may do so, and you shall find it omnipotent to save; but as to whether Zisvené will be the best to go with you, you had better consult Myhanene.”

“So far as Zisvené is herself concerned there will not be any difficulty either on her part or my own,” Myhanene at once assured us. “We must ascertain where Clarice is to be found.”

With the faculties, and experience in the use of them, which each of my companions possessed, the information was received in less time than is required to write it. Clarice was in a very similar condition to that in which Cushna at first found Marie. Myhanene explained that Zisvené had already rendered good service to one even in a lower condition, and he was confident that in her eagerness to lift up the fallen she would be glad to assist me in my endeavour.

“Are you sure that all the circumstances are favourable to success?” Walloo-Malie enquired.

It was a veiled question, cautiously framed in order to avoid even a ripple of uneasiness on the surface of my ardent desire. I read its compassionate intent before I solved the deeper meaning of its depth. The one robbed the other of what might have been a sting of dread, and Walloo-Malie understood the thanks I enclosed him in a silent look.

Myhanene smiled in his optimistic confidence of the success of our proposed mission. It might be that we should find some initial difficulties, but Zisvené had already displayed something of a genius for surmounting them, and he had also noticed that she, being a sleep visitor, was occasionally able to exert a more persuasive influence over earth-bound souls, owing to being more physically sympathetic than he found to be the case with the usual ministrants. This unexpected development in her casual service had prompted him to watch her progress with interest, as possibly opening a new avenue in which the sleep-life might be more closely interblended with the spiritual.

Walloo-Malie became so impressed with Myhanene’s enthusiasm that it was presently arranged that Cushna should accompany us on our visit, if Zisvené consented to go, and the result was to be ultimately reported to Walloo-Malie.

On Zisvené next visit the scheme was instantly confirmed, and under Cushna’s guidance and control the three of us found ourselves again on the Mount, en route to my first practical mission of mercy.

It is no part of my desire or purpose to dwell in detail over the sufferings of the frail unfortunates who, yielding to temptation, have sought the shelter and oblivion of the soul’s dark cavern while they pay the penalty and endure the purgation of their sins. I have done that sufficiently already in describing the Harvest of Jealousy.*
(Through the Mists, pp. 173-205.)

Again we are engaged in reclamation. Let us hasten forward.

At the entrance of the cavern through the labyrinth of which we had to find our way in search of Clarice, Cushna and I experienced that change of dress which enables advanced ministers to meet the lower ones on more equal terms; as for Zisvené her sleep-robe was already of neutral grey from which the sheen naturally disappeared as we went forward into the darkness, where we carried just sufficient light to find our way through the apparently interminable windings.

Cushna led the way, enabling us, by the light he shed, to follow in comparative safety, but even so, we shuddered at the thought of those who had not only to find their way, but more so for those who were compelled to dwell in the horrors of such a place. Whether we passed by any who hid from us as we went by I cannot tell, but no one answered to Cushna’s frequent call of “Clarice,” nor, as we listened, did we hear the slightest sound of response.

Presently the rough passage opened into a cave of considerable proportions, at the entrance to which Cushna stopped, and we saw him raise his hand in an appeal for silence.

“She is here,” he said calmly, after a careful survey.

“Where? Let me go to her,” and I dropped Zisvené’s hand to hurry forward. But Cushna restrained me.

“You must be both cautious and patient, or she will get away,” he said.

“In a place like this neither trust nor confidence is known. We have first to discover whether she is in a violent or submissive mood, and act accordingly”

But we had not long to wait before we heard a sharp, antagonistic challenge:

“Who’s there?…What do you want?…Have I not suffered enough?…I have not injured you!…Why do you want to torment me further?”

The intense agony of the final appeal was terrible, but Cushna was adamant in his demand for silence, until he was assured that her invective was finished. Then, after a brief silence, he whispered:

“Now – speak softly and calmly, put all the tenderness and sympathy you can concentrate into the word, and call her name.”

“Clarice!” And all my yearning soul rushed out in the lingering utterance of that name as dear as life.

There was a silence as of death… Then – was it a sob or a contemptuous “You!” followed by another silence. Then, at a second sign from Cushna:

“Clarice!”

What would the answer be this time? Would it confirm the sob or the interjection? How can I record the intense eagerness with which I awaited the reply which did not come. Then, for the third time:

“Clarice! Do you not hear me?”

Silence again, and then a snarling sneer

“Hear you? – Yes! and know you too and if you are not – “ She had evidently slipped or fallen, with a groan. Cushna firmly held me back when I would have rushed forward. When all was quiet again, I asked at his suggestion:

“Do you forget – “ She stopped me there with:

“Forget? Oh! who will teach me how to forget, to remember?”

“That is one of the reasons for which we have sought and found you,” Zisvené instantly replied, at Cushna’s suggestion. “Won’t you come to us, or let us come to you, and help you?”

“Who are you, and what do you want?”

“We are friends, and one is – “

“You lie,” she hissed. “No friends can ever come here. This is the pest￾house of fiends. Go! Your company would only add to my tortures.”

“Clarice, do you forget Don Fred?” I asked, and as I spoke Cushna led Zisvené towards where she was hiding in the darkness.

“Don Fred? Pshaw ! Did I not say you had come to increase my torture? Is not hell’s rack sharp enough without you coming to give its wheels another turn?”

While Clarice was thus speaking, Zisvené, guided by Cushna, had approached and reached her. It was Zisvené who answered the enquiry.

“I would give it another – a backward turn, if you will allow me,” she said with calm, sisterly sympathy. “Surely you have now been sufficiently torn and mangled? Surely you have paid in full the penalty of the errors you have committed, and the hour of your redemption has come?” As she spoke she gradually drew nearer and nearer, trying to encircle the poor sufferer with an embracing arm, an effort which was at first repulsed, then sullenly permitted as Zisvené continued. “You have not been forgotten in your loneliness and desolation, but have been watched over in love, and – “

“Stop!” shrieked Clarice, as she savagely tore herself away. “Never mention that accursed word again in my hearing. Do tigers love as they tear the quivering flesh from the bones of their helpless victims? Love, forsooth – then in pity’s name show me what hate is like!”

“I understand all you mean by tigers and victims, my sister,” Zisvené replied soothingly as she cautiously moved forward. “But because some ghouls pray upon – “

“Stand back! Stand back!” Clarice cried in wild alarm. “For when the fires of this memory blaze up, I am aflame with fury. Don’t let me reach you, for every tortured nerve of my body cries out for revenge!”

“I think we had better leave her,” suggested Cushna.

“Not just yet, Daddie,” Zisvené pleaded. “I am sure she will be persuaded presently.”

“I hope she may, but I fear it,” he replied, acceding to her entreaty.

Again Zisvené addressed herself to the distressed one.

“Clarice, will you listen to me for a moment and try to calm yourself while – “

“Calm myself?” she ironically interjected. “Could you stand calm in the path of an avalanche ? Could you keep cool in the embrace of a furnace?”

“I am afraid not,” Zisvené admitted; “but let me beg of you to hear what I wish to say to you, even though you refuse what Fred wants to tell you.”

“I know all he has to tell me,” she answered with stinging scorn. “He is a man, and would retrieve himself by talking again of love. Bah!” – and she broke into an outburst of hysterical laughter. “He! – who loved me so faithfully that, when I left him, could throw himself at once into the arms of a – “

“Stop!” I cried, for even for Cushna’s sake I could not longer keep my silence. “Don’t perjure your soul by making groundless accusations, Clarice. My love for you has never wavered or been trifled with, but is as pure and sacred now as when I first laid it at your feet. When the blow of your departure fell upon me, I lost my faith in women, as you have come to repudiate it in men. Through the years I wearily waited, watched, hoped and prayed for your return, and, could I have found you – no matter how or where – I would have taken you back to my heart and sheltered and defended you against the world. But I have only just heard of you from the lips of one who saved me from taking my life at the thought of losing you. What he made known to me revived my lingering hope; I appealed to him for help to enable me to find and save you. We have come for that – for that alone; for I love you so that I cannot enter heaven and leave you here, now that I have found you.”

Whether it was the sting of her false accusation, or whether it was the impassioned yearning of my soul to secure her liberty, I know not – perhaps may never know – but as I began to speak, something arrested, then stifled, her hysterical frenzy, and with a strange, almost ominous silence she listened until, in the intensity of my feelings, I found myself at a loss for words, and suddenly ceased. Then came a brief, problematical and trying silence, before she answered in a voice as quiet and calm as it had hitherto been furious, but with a keen and bitter sarcasm:

“It was the act of a genius to make a lawyer of you. How Lucifer must envy your magical power to make black appear white – your poetic skill in the manipulation of a lie. It is my misfortune that I have met you before, and am acquainted with your art, or you might impose upon me and catch my feet in the net your lying tongue so gracefully spreads. Go! Leave me! I had better bear my present torture than let you lead me into something worse.” And the shudder with which she accompanied her decision swept over us like an icy blast.

Again Zisvené stepped into the breach with the suggestion:

“But you have not met me before. Won’t you allow me to try to help you?”

“Our not having met before may or may not be my misfortune,’’ came her prompt and snappish reply. “Strangers must be content to be judged by the company they keep. Your company may be your misfortune on this occasion, and I want none of it.”

But Zisvené was persuasively, affectionately insistent.

“Are you quite sure that you are not mistaken as to what Fred’s conduct has been in relation to you? Is it not possible that you may be doing him an injustice and, at the same time, yourself a terrible wrong, by cherishing these feelings against him? When you knew him, valued being in his company, and hoped to marry him, did you know him to be the man you now imagine him to be? Would you have endangered your own good name by associating with him, had you thought that others saw him as you now charge him with having been?” As she spoke Zisvené drew nearer, touched, then took her hand, then a sympathetic arm crept round the unresisting waist, as the speaker proceeded with an ever-increasing tenderness in her voice: “I am asking you, not for myself, dear, nor for Fred, but for your own sake, to consider what I suggest. You knew him intimately; I did not – do not. I am equally a stranger to both of you; but I am a woman, with a woman’s heart, a woman’s sympathy for those who are suffering, and a woman’s desire to help a sister who has met with misfortune.

Zisvené’s soothing appeal at once touched and commended itself to the almost expiring or neglected sense of justice in the sufferer. The storm of resentment and guilty humiliation at being discovered in such a condition was arrested, and a brief period of doubtful uncertainty trembled in the balance, as Zisvené continued. When she acknowledged to being a stranger to both equally, Clarice gave a perceptible start, and as the speaker ceased, she anxiously enquired:

“Are you really as much a stranger to him as to me?”

“Yes; almost equally so. I have known of him, but we have only met once, before he mentioned you to me, and said how anxious he was to find and help you. Then I asked to be allowed to join with him. Are you curious to know why? I will tell you.” Zisvené had by now adopted an almost maternal tone and attitude towards the half-distrustful, half-hopeful unfortunate. “You will know me better presently; then you will discover how terribly I suffer at the sight or thought of even an animal in pain. I love them so that the sight of a bearing rein on a horse, the use of a whip, a heavy load, or inconsiderate pace up a hill, will torment me for hours; and if I feel so for the dumb brute, is it strange that I feel even more so for children and my fellow sisters? So when Aph – “ – she stopped and corrected herself – “Fred spoke of his coming to find you, you can scarcely imagine how I wanted to come with him. I did not know you – knew nothing about you, save that you were an old friend of his, but I learned that you were in trouble; and I wanted to help you. That is how and why I am here. And now that I am here, won’t you let me help you?”

“No, you do not know me,” Clarice responded with almost despairing sorrowfulness. “If you did, you would not want to touch me. Let me tell you what I have been and done.”

“That would make no difference, nor is it the least necessary for me to know. It is enough for me that you are in need of help and sympathy. You may be even worse than you would care to confess. If so, you stand the more in need of the Christ-like ministry that would say to you, ‘neither do I condemn you; go, and sin no more.’ I have come to you, in that same spirit, to tell you that if you recognize that you have been wrong, there is no necessity for you to continue so. No one wishes for you to hide yourself here. Don’t you remember how you used to hear, ‘If we confess our sins, He is faithful and just to forgive us our sins, and to cleanse us from all unrighteousness’? These were little more than a form of words to us in the thoughtless days that are past, but they have a life and death meaning to us now. I have felt the import of them; you have learned the awful truth of not heeding them. But they are still true. You are wanting to tell me what you have been, and done; but why should you? He who reads the heart, in the wish to tell me, hears and knows your full confession, and has already sent us to lead you out of this vile darkness towards His marvellous light. Won’t you come? Is this horrible place so much your ideal of happiness that you wish to remain? Have you lost all desire for the innocent and unsullied pleasures of life? Do you not wish for reunion with the friends of the past, before you fell into the hands of the tempter? Looking back from this place in which your sensitive soul is quivering in loathsome agony, does the glorious and vanished past possess no attraction for you? We want to lead you back. You may come. Won’t you? You have been here, alone, too long. Will you not come back? Come! We know the way and will go with you.”

As Zisvené thus tenderly and patiently pleaded with Clarice, while intently drinking in her persuasive arguments, I was carried away and was again beholding that wondrous miracle of the Magnetic Chorale, with eyes that were now open to behold its inner mystic meaning. While Clarice fell more and more under the spell of Zisvené’s entreaties. I saw a halo of that life-giving sympathy beginning to tremble around the speaker, which I had first seen poured forth to fill that great temple of love to be used by the hand and will of Siamedes to bathe and set at liberty the contorted forms of those who had been held in bondage.

In this case it was not an anthem that rolled in soul-stirring harmony as the miracle of love proceeded, but my quickened senses caught the solo effects of light, and sound, and perfume, as the sisterly sacrifice was laid upon the altar of affection. Oh, with what suppressed sighs of gratitude did I watch the progress of the ministry – the gradual snapping of the cords of resentment, the wonder excited by the tender and passionate pleading, the cautiously responsive yielding, the birth of confidence and hope, the first thrill of sympathetic response: then the fountain of feeling bursting forth, and Clarice fell in a paroxysm of repentance into the arms of her newly-found sister.

What she passed through in that awful spasm, neither of the three who watched could possibly conjecture. That can only be known to the sufferer and God. But, happily, it was of short duration, but it paid the balance of the penalty. Presently the storm began to subside; Cushna saw there was no need to continue his disguise, and the cave was at once softly illuminated by the natural light we possessed; the arms that clung so tenaciously to Zisvené ‘s relaxed; the storm-swept face was lifted, and with wondrously perplexed eyes Clarice looked upon the scene.

“Come, dear,” Zisvené entreated, “let us take you out of this horrible den.”

“You cannot – there is no way out,” she sobbed.

“Are you quite sure, dear ? Come and let us try if we cannot find one.”

“I didn’t . . . . mean that,” she answered in a voice that was still broken by sobs; “ there is a way . . . . somewhere . . . but no one . . . is allowed to pass.”

“Who or what is there to prevent us?”

“Is not the blackness, the innumerable windings, the many pitfalls” – she shuddered – “and tortures by the way enough to defy our escape?”

“Not when you have a light to guide you; and the light of love which now shines upon you will go with us all the way. Come, let us be going.”

“I cannot – dare not; much as I long to get away. If you knew the agony of the torture I should incur, you would not ask me,” and she shook as with an ague of dread at the thought of it.

“May she not come, Cushna?” asked Zisvené. “You have been on these missions many times. May she not come?

“That is why we have been sent to help her. Come, my sister, we will lead the way and guide you. There is nothing to hold and keep you but your own refusal.

There was something in Cushna’s tone and bearing that seemed to arouse a degree of confidence in her. She took a step forward in the process of awakening, passed her hand across her eyes, shivered slightly, then looked around in an endeavour to realize what was really taking place.

“Oh! My God – My God!” she groaned as she shook herself free from Zisvené ‘s arm and stood resolutely still “If only I could dare! But I am not able to run the risk – to bear the light.”

“Let Zisvené and I lead and support you,” I volunteered. “and the light will come so gradually that you will scarcely notice how gently the darkness will loose its hold. We will hold you up while your steps grow strong and certain. As we go your confidence will return, the terrors of these caves will be overcome, the dread will be left behind, your loneliness will be past, and our dear friend, Cushna, will show us where you may rest in peaceful comfort, beyond the reach of this hell of torture.”

As I spoke Zisvené and I took hold of her on either side, Cushna going on before. and so we moved slowly forward. Occasionally she brought us to a stand as a recurring doubt caused her to hesitate. But patience won the victory. Each step we took without our progress being contested or any disaster encountered, tended to stimulate the slender confidence our sympathy had inspired, and, presently, at every step a sign of light began to make its presence known and imperceptibly increased.

As the light grew her courage strengthened, hope began to rise doubts and fears shrank back into the gloom. Seeing her way she gradually freed herself from our support, but clung tentatively to the touch of friendship and sympathy on either side. She did not speak, but an occasional half-suppressed sigh revealed more than words had power to convey. And so we were enabled to bring her back from her prison house to the restful shelter Cushna knew, where she would be able to recollect herself, where she would be able to recollect herself, grow familiar with more healthful surroundings, receive our frequent visits, meet with new friends, and gradually grow into the modes and habits of the life that leads from the blackness of hell, through the daybreak of hope, into the unclouded noon of the eternal day which constitutes the soul’s true home.