La puerta del Cielo | Capítulo 19: En el jardín de la puerta

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo Aphraar nos transmite como puede el hecho de sentirse por fin «en el hogar».

Versión en español
Capítulo diecinueve
En el jardín de la puerta

Se necesitarían no solo uno, sino varios volúmenes para registrar todo lo ocurrido en aquella memorable reunión en el Puente. Viejas amistades renovadas y nuevas forjadas; dulces y amargos recuerdos de luchas, conquistas y derrotas del pasado, recordados; el desarrollo de la corriente de esperanzas y temores hasta que vimos la maravillosa expansión en el océano de un amor y un propósito divinos; la revisión de los diversos caminos que guiaron a los peregrinos, a través de múltiples vicisitudes, hasta el encuentro alcanzado; la comparación entre las experiencias de los recién llegados y las de los pioneros que se afanaron en su regreso a casa a través de las ininterrumpidas extensiones de siglos anteriores: estos, y mil y un apasionantes temas de interés, podrían enumerarse y discutirse con fines útiles, cada uno de los cuales serviría para arrojar su especial rayo de luz en el camino de quienes nos siguen.

No es que rehúya la tarea de recopilar el registro, sino que debo recordar las limitaciones que restringen a quienes me suceden ─una esclavitud de la que ahora me siento felizmente libre─. Por lo tanto, debo contentarme con esparcir fragmentos, no volúmenes, para marcar el camino que sigo, con la esperanza de que, en las futuras reuniones en la casa del Padre, en las que todos participaremos, todos los detalles de la accidentada peregrinación terrenal se completen y comprendan bajo la luz del amor y la misericordia más divinos.

Mientras todo esto sucedía, perdí de vista a Zisvené varias veces. No me perturbó notarlo ─sabía que podría reencontrarme con ella con la ayuda de Myhanene─, pero deseaba, sin demoras innecesarias, hablar con ella sobre sus experiencias en el sueño, con la esperanza de que pudiera ayudarme en un proyecto que tenía en mente.

En ese momento, alguien me puso una mano compasiva en el hombro y, al girarme, la vi detrás de mí.

«¿No sientes que te resulta casi imposible apartarte?», preguntó.

«Sí que lo siento», respondí con énfasis.

«La tuya no es una experiencia aislada. Me han dicho que le pasa a todo el que se ve expuesto a este entorno. Para mí es como una tierra encantada, y aun así debemos irnos, porque en el jardín que tenemos ante nosotros nos espera el banquete de tu bienvenida».

Cuando Zisvené me hizo saber así de su presencia, debí de haber estado absorto durante un tiempo en el despliegue de un asunto de lo más trivial, y del que me había olvidado por completo hasta que me lo mencionó el desconocido que me habló de su asombrosa secuela. Me gustaría contar la historia, pero por maravillosa que resultara, es una de las omisiones que me veo obligado a hacer. Baste decir que me quedé tan absorbido por la narración que no me di cuenta de que nuestros amigos se habían ido retirando gradualmente en la dirección indicada, hasta que Myhanene y media docena de sus compañeros particulares fueron los únicos que quedaban para esperarme.

No me arriesgaré al desastre intentando una descripción imposible de la extensión del jardín que se extendía ante mí, delimitado por la columnata abierta en forma de medialuna de lo que, visto de cerca, parecía una especie de alabastro rosado, sobre el cual se extendía la diáfana pantalla de una magnífica enredadera floral. En el centro de la arquería se alzaban unas torres delicadamente artísticas y suntuosas, que sostenían un puente de volátil belleza, en sintonía con el tema arquitectónico de la columnata; y bajo el puente se balanceaban las puertas opalescentes, joya y corona de la incomparable escena.

Dentro de la vasta área así definida, se extendía una imagen caleidoscópica de una tierra angélica [angel-land], cuya representación desafía la idealización más perfecta. Y aquí, con una perfecta armonía hasta en el más mínimo detalle de forma, color, perfume y sonido, se encontraban exquisitos puestos de alimento angelical así como fuentes de dulce refresco. De modo que mientras nos movíamos en la comunión sin sombras, podíamos tomar, comer, y beber, y así vivir, en el verdadero paraíso de Dios.

Nuestro pequeño grupo se acercaba lentamente al pie del puente, mientras mis ojos vagaban de un lado a otro contemplando la escena apacible e inspiradora. De pronto, Myhanene alargó su brazo sobre mi hombro con su familiar abrazo fraternal y me preguntó:

«¿Recuerdas el relato del regreso de Jacob a casa, Aphraar?».

«¿A qué regreso en particular te refieres?», pregunté.

«La vez que luchó con el ángel junto al Jaboc», respondió [ref.].

«¿Quién podría olvidar eso? Esto me recuerda, Myhanene, que a menudo me he preguntado quién era ese ángel. ¿Crees que era el Salvador, como algunos han supuesto?», pregunté con vehemencia, con la esperanza de disipar una de mis viejas incertidumbres.

«Quizás Walloo-Malie pueda decir más sobre eso que yo -respondió-; Lleva aquí mucho más tiempo que yo. Pero ahora no me interesa tanto quién era, sino algo que él hizo».

«¿Qué? ¿La contracción del tendón del muslo de Jacob?».

«No; ni siquiera eso. ¿Qué más hizo?», y me dirigió esa peculiar mirada juguetona que a todos los que lo conocen les encanta ver en el rostro de Myhanene.

«Me temo que no te seré de mucha ayuda en tu investigación -respondí-; Quizás mi memoria falla, lo cual puede ser perdonable dadas las circunstancias, y nunca fui un experto en leer el pensamiento. ¿No me vas a decir lo que él hizo?».

Y otro destello de diversión [amusement] me invadió.

«¿No le preguntó al patriarca su nombre?».

«Claro que sí. ¿Cómo pude ser tan estúpido como para olvidarlo? ¿Pero por qué iba a preguntárselo, si ya lo sabía?».

«Para enfatizar lo que vendría después -respondió-; Los nombres bíblicos no solían otorgarse ni adoptarse sin expresar alguna referencia característica de su poseedor, y cuando un hombre cambiaba de posición o de carácter, no era raro que también cambiara de nombre. Jacob había pasado una crisis en su carrera durante esa noche de lucha. Su contienda con un ángel lo había convertido en otro hombre. De ahí en adelante, el nombre Jacob ─suplantador─ sería inapropiado, y debía cruzar el río hacia su patria bajo el nuevo nombre: Israel, ‘porque como príncipe tienes poder con Dios y con los hombres, y has prevalecido‘ [ref.]. Aphraar -y mientras Myhanene pronunciaba el nombre con su tono más tierno y ferviente, se detuvo; tan sólo otro paso, y el puente quedaría atrás-; Tú también has superado la gran crisis de tu carrera; solo un paso más y pisarás la patria: la patria desde la cual el Maestro, hablando con su amado Juan, les prometió otorgar a todos los que la ganen un nuevo nombre al llegar al mismo lugar. Esta es una parte necesaria de la bienvenida que nos complace darte. Aphraar ─»el buscador»─ ya no es aplicable, pues tu búsqueda ha sido recompensada. Ahora, como Astroel ─»una estrella de Dios»─ te invitamos a entrar en el descanso que permanece -y mientras hablaba me atrajo hacia adelante y puse mis pies en la Patria-; Avanza, de fuerza en fuerza, de gloria en gloria, hasta que tus pies pisen las calles sagradas de la Ciudad de nuestro Dios».

Así fue mi recibimiento y entrada en el Jardín de la Puerta.

Mientras me movía entre aquella multitud ─donde todos buscaban la oportunidad de hablar, aunque solo fuera una palabra de reconocimiento, felicitación, bienvenida o elogio─, deseaba asegurarme de si en algún lugar o momento, desde mi primer encuentro con Helen hasta mi llegada aquí, me había sentido alguna vez un extraño. En el sentido de no estar familiarizado con mi entorno, lo había sentido, naturalmente; pero en cuanto a sentirme fuera de lugar o como un intruso, la idea nunca se me había pasado por la cabeza, que yo recordara, y una sensación así es difícil de olvidar. Y mientras buscaba en mi memoria, me vinieron a la mente dos o tres palabras que salieron de los labios de Walloo-Malie: «Las sombras huyen». “Sí”, continué, “empiezo a darme cuenta de lo que eso significa: incluso el más mínimo indicio de extrañeza, y la mera familiaridad, desaparecen de esta morada de amor. Hay un alma de bienvenida, de descanso, de deseo de permanecer, en la atmósfera, que me acaricia y me incita a permanecer: que me atrae [appeals to me] como una parte de mí que nunca había conocido ni descubierto hasta ahora. ¿Será el recuerdo de un sueño esquivo que ha regresado? ¿Acaso he regresado a los suburbios de esa Ciudad de la Compensación a la que Cushna me introdujo hace mucho tiempo?».

Me retiré y caminé por una zona tranquila de la columnata mientras meditaba; entonces mi mente vagó de vuelta a la vida anterior, y me vi a mí mismo alejándome del círculo familiar para poder estar solo, en mi anhelo por algo que no entendía, algo vago que no podía tocar. Estaba reviviendo aquella escena que esbocé en La vida elísea (cap. 1): releía la revista que había tomado de la mesa de la biblioteca. Releí de nuevo el poema que tanto me había conmovido, y de nuevo me detuve en la última estrofa:

¡Cómo rezo mientras las cuerdas de mi corazón se rompen,
cómo cuento todos los días a medida que llegan!
Vigilo en sueños por mi madre,
en mis sueños suspiro por su hogar;
Dos palabras, ¡oh, qué dulces! ¡Tierra, Tierra, déjame ir!
En su música está el cielo ─todo el que yo pueda conocer.

Esa llave abrió la puerta a una visión del misterio que me había llevado a buscar el aislamiento y la reflexión. Cuando Myhanene me animó a dar ese paso desde el puente, dijo: «Un solo paso y estarás en la Patria»; pero las palabras no tenían ninguna significación especial para mí conforme las escuchaba, ya que nunca había conocido la dichosa sacralidad de la vida en el Hogar. ¡Por fin se había levantado el velo! Al pronunciar Myhanene esas palabras, sentí la emoción mística que hay en la mano de un hermano, de una hermana; mis oídos se abrieron para responder a la música de la palabra ‘Hogar’; mis ojos captaron la verdadera expresión de una sonrisa fraternal; arriba, abajo, a mi alrededor, un torrente de revelación se desataba sobre mí, ¡más dulce, más santo y más deslumbrante que cualquier otro que hubiera contemplado hasta entonces! ¡Oh, Jacob! En la gloria celestial de este nuevo amanecer, ¡puedo leer en tu lucha un significado más profundo que jamás había soñado! ¡No me extraña que no soltaras al Ángel! Si yo lo hubiera tomado, y al amanecer hubiera captado un solo rayo de la gloria que ahora veo, habría seguido abrazándolo —aunque mil tendones se hubieran contraído— hasta que el sol hubiera salido en la gloria plena de los cielos y toda mi alma se hubiera inundado de la luz celestial.

Finalmente ─incluso mucho después de que se cerrara el capítulo de mi vida física─ a mis oídos se les había permitido escuchar la música a todo volumen, mis ojos habían contemplado el resplandor de la gloria, mi mente había sido capaz de concebir el ideal, mi alma se había expandido lo suficiente como para abrazar y apropiarse de algo de lo que Dios ha preparado para la humanidad en aquello que tan monótonamente resuena como «El Hogar». Se trata de la nota clave del gran himno triunfal: el Cielo.

En el goce de mi meditación, había estado vagando en compañía de la soledad. Tal soledad solo se encuentra en las alturas alpinas del Cielo, donde el alma encuentra alimento que no se encuentra en el valle. ¿A solas? ¡No! ¡Uno siempre está en el corazón mismo de la vida ─la metrópolis del ser─ cuando está con Dios! Solo, en medio de una multitud de revelaciones, mientras los sellos se rompían. ¿Quién no disfrutaría, como Juan, de tal soledad? ¿Quién estaría impaciente al estar apartado?

Walloo-Malie, Rael, Omra, Myhanene y Zisvené no estaban conmigo. Otra Voz, una incluso más dulce, me había llamado aparte, y, por el momento, yo había olvidado la existencia de todos los demás.

Dracine fue la primera de mis amigas conocidas en encontrarme al regresar al jardín después de mi aislamiento temporal.

«Ven, Astroel, y dime -fue su alegre saludo-, ¿no te parece bien estar aquí?».

«¿Bien? Mi querida hermana, ahora siento como que me gustaría ver a Myhanene».

«¿Quieres regañarlo?», preguntó con picardía.

«Vaya, ¿crees que debería?».

«Yo simplemente hice la pregunta», respondió con modestia.

«Ni hablar; pero me gustaría preguntarle si no hemos superado ya su afirmación favorita de que «es mejor que antes» [It is better on before]».

Mi compañera rió con una genuina oleada de alegría infantil.

«Puedo decirte cómo te respondería él», dijo.

«Dime; y luego, cuando lo haya visto, te diré si me respondiste correctamente».

«Bueno -comenzó con un tono muy solemne-; se colocará frente a ti, así -adaptando la acción a la palabra-, te agarrará así -agarrando mi túnica con ambas manos a cada lado de mi pecho-, te mirará directamente a los ojos con su mirada serena y firme; negará lentamente con la cabeza y dirá: «No, hermano mío, porque para esa aseveración no hay límites; es una de las infinitas»».

Y cuando ella se hubo expresado así, preguntó despreocupadamente: «Ahora bien, ¿no crees que soy una buena representante [proxy] del joven y sabio gobernante?».

«Excelente, en tono y modales -respondí-, pero no estoy tan seguro sobre el fondo».

«Por supuesto, eso lo tienes que descubrir», respondió ella con desenfado.

«Me pregunto si podría encontrar a Zisvené», aventuré.

«Es dudoso -dijo-; Verás, Zisvené es un ave de paso frecuente; solo está presente con nosotros mientras el cuerpo duerme. Es una rara avis en ese sentido; de hecho, que yo sepa, es única. Sí: es como pensaba, ha sido llamada [creo que quiere decir que volvió al cuerpo físico ya: «Yes; it is as I thought – she has been recalled»]».

«Es sobre esas experiencias del sueño que deseo hablar con ella. He oído algo al respecto, pero hay mucho más que quiero saber».

«No me sorprende oírte decir eso. No solo es un tema interesantísimo, sino uno de los más importantes, en muchos aspectos, por lo que sé. Zisvené, por supuesto, podrá contarte sus experiencias personales, pero si quieres comprender su propósito, funcionamiento, alcance y posibilidades, te recomendaría que consultes, por ejemplo, a Cushna, Myhanene o Rhamya».

«Tanto Cushna como Myhanene ya me han dado una buena introducción al tema, y ​​estoy deseando verlo en su funcionamiento, con la esperanza de que una observación práctica me permita comprender mejor la teoría sobre ello. Además, estoy muy interesado en un caso particular para el que me gustaría obtener ayuda, a modo de conmemoración de agradecimiento [thanksgiving memorial] por mi llegada aquí».

«En esas circunstancias -respondió-, iría a ver a Myhanene de inmediato, o quizás te convenga más ver a Walloo-Malie, quien, por lo que veo, aún está con nosotros», dijo, tras haberlo visto de reojo mientras ella hablaba.

«¡Ah! -exclamé, encantado con la idea-, Walloo-Malie conoce el caso del que hablo, y sería un plan genial conseguir su ayuda».

Y de inmediato buscamos a mi ilustre amigo.

Versión en inglés
CHAPTER NINETEEN
IN THE GARDEN AT THE GATE

It would require not only one, but a series of volumes to record all that took place in that memorable gathering on the Bridge. Old friendships renewed and new ones established; sweet, and bitter memories of struggles, conquests and defeats in the past, recalled; tracing the development of the stream of hopes and fears until we saw the wondrous expansion in the ocean of a Divine love and purpose; review of the varied paths by which pilgrim feet had been led through many vicissitudes to the rendezvous we had reached; the comparison of experiences encountered between recent arrivals and the pioneers who had toiled homeward across the unbroken stretches of the earlier centuries – these, and a thousand-and-one engrossing themes of interest, might be enumerated and discussed to helpful purpose, each of which would serve to throw its special ray of useful light on the path of some who are following after us.

Nor is it that I would shun the task of compiling the record, but I have to remember the limitations by which those who come after me are circumscribed – a bondage from which now I am happily set free – therefore I must content myself with scattering fragments, not volumes, to mark the path I am taking, in the hope that – in the future gatherings in the Father’s house, in which we all shall take part – all the details of earth’s chequered pilgrimage will be filled in and comprehended in an illumination of Divinest love and mercy.

While all this was going on, I had several times lost sight of Zisvené. I was not disturbed as I noticed it – I knew that I could reach her again by the help of Myhanene – but I wished, without unnecessary delay, to speak with her relating to her experiences in the sleep-life, having a hope that she might assist me in a project I had in mind.

Presently someone laid a sympathetic hand upon my shoulder, and, turning, I saw her behind me.

“Don’t you feel as if it were almost impossible to tear yourself away?” she enquired.

“Indeed, I do,” I returned, emphatically.

“Yours is not an isolated experience. I am told it is so with every soul that is brought into the influence of these surroundings. To me it is very much like an enchanted land, and yet we must move, for in the garden before us the banquet of your welcome is awaiting us.”

When Zisvené thus made her presence known to me I must have been for some time absorbingly interested in the unfolding of a most trivial matter I had quite forgotten until it was mentioned to me by the stranger who told me the astounding sequel. I would like to tell the story, but marvellous as it turned out to be, it is one of the omissions I am compelled to make. It must suffice to say that I became so engrossed in the narration as to be oblivious of the fact that our friends had been gradually withdrawing in the direction indicated, until Myhanene and some half-dozen of his particular companions were all that were left to await me.

I shall not court disaster by attempting an impossible description of the expanse of garden which lay before me, outlined by the crescent-shaped open colonnade of what on nearer inspection appeared a kind of pinkish alabaster, over which crept the diaphanous screen of a magnificent floral creeper. In the centre of the arc rose the delicately artistic and regal towers supporting a bridge of aerial beauty corresponding to the architectural theme of the colonnade, and beneath the bridge swung the opalescent gates, the gem and crown of the matchless scene.

Within the vast area thus defined, lay a kaleidoscopic picture of angel-land defying the most perfect dream of idealization to reproduce. And here, attuned to perfect harmony of minutest detail in form, colour, perfume and sound, were dainty stands of angel food, or fountains of sweet refreshment played. that while we moved about in the shadowless communion we might take, eat, drink and thus live in the actual paradise of God.

Our little group was leisurely approaching the foot of the bridge, while my eyes wandered hither and thither in contemplation of the restful and inspiring scene. Presently Myhanene’s arm stole across my shoulder in his familiar fraternal embrace, and he asked :

“Do you remember the record of Jacob’s home-coming, Aphraar?”

“To which particular home-coming do you refer?” I enquired.

“The time when he wrestled with the angel by the side of the Jabbok,” he answered.

“Who could possibly forget that? And that reminds me. Myhanene, I have often wondered who that angel was. Do you think it was the Saviour, as some have supposed it to be?” I eagerly questioned, hoping to have one of my old uncertainties set at rest.

“Perhaps Walloo-Malie might be able to say more about that than myself,” he replied. “He has been here much longer than I have. But it is not so much who the angel was, as something he did that interests me just now.”

“What? The shrinking of the sinew on Jacob’s thigh?”

“No; nor that even. What else did he do?” And he turned on me that peculiar tip-tilt of his playful eyes which all who know him love to see upon the face of Myhanene.

“I am afraid I shall not be of much service to you in your enquiry,” I answered. “Perhaps my memory is at fault. which may be pardonable under the circumstances, and I never was an adept at thought-reading. Won’t you tell me what he did?”

There was another gleam of amusement flashed upon me.

“Did he not ask the patriarch his name?”

“Certainly he did – however could I have been so stupid as to forget it? But why should he do so when he knew it already?”

“To give emphasis to that which was to follow,” he replied. “Scriptural names were not often bestowed or assumed apart from expressing some characteristic reference to their possessor, and when a man changed either his position or his character it was not unusual for him to also change his name. Jacob had passed a crisis in his career during that night of wrestling. His contest with an angel had made another man of him. Henceforth the name Jacob – supplanter – would be a misnomer, and he must cross the river into the homeland under the new name: Israel, ‘for as a prince hast thou power with God and with men, and hast prevailed.’ Aphraar “ – and as Myhanene spoke the name in his tenderest, most fervent tone, he came to a halt,; another step and bridge would be left behind “you, too, have now passed the one great crisis in your career; just one more step and you will stand upon the homeland – the homeland from which the Master speaking to His beloved John has promised to bestow on all who overcome a new name on their arrival at the self-same place. This is a necessary part of the welcome we rejoice to give you. Aphraar – the seeker – is no longer applicable, for your quest has been rewarded. Now, as Astroel – a star of God – we bid you enter into the rest that remaineth,” and as he spoke drew me forward and I set my feet upon the Fatherland. “Go forward, from strength to strength, from glory to glory, until your feet shall tread the sacred streets of the City of our God.”

Such was my reception and entrance into the Garden of the Gate.

I had a desire, as I moved among that concourse of people – where everyone sought an opportunity to speak, if only a single word of recognition, congratulation, welcome or commendation – to assure myself as to whether anywhere or at any time, from my first meeting with Helen to my arrival here, I had once felt conscious of being a stranger. In the sense of not being familiar with my surroundings, I had naturally felt it; but as being out of place, or an intruder, the idea had never crossed my mind before, so far as I was able to remember, and such a sensation is one not likely to be forgotten. And as I searched my memory, two or three words that fell from the lips of Walloo-Malie recurred to me, “the shadows flee away.” “Yes,” I continued, “I begin to realize what that means, even the least indication of strangeness, and mere acquaintance, is banished from this abode of love. There is a soul of welcome, of rest, of desire to remain, in the atmosphere, which caresses and woos me to remain – that appeals to me as a part of myself I have never known or discovered until now. Is it some memory of an elusive dream that has come back? Have I returned to the suburbs of that City of Compensation to which Cushna introduced me long ago?”

I withdrew myself, and walked in a quiet part of the colonnade while I meditated; then my mind wandered back into the old life, and I saw myself stealing away from the family circle that I might be alone in my longing for something I did not understand – a vague something I could not touch. I was living over again the scene I sketched in The Life Elysian (p. 21) – reading again the magazine I had taken up from the library table; I re-read again the poem that had so stirred me; again I lingered over the final stanza:

How I pray while my heart-strings are breaking,
How I count all the days as they come!
I watch in my sleep for my Mother,
In my dreams I sigh for her Home:
Two words, oh, how sweet! Earth, earth! let me go!
In their music is heaven – all the heaven I can know!

That key opened the door to a vision of the mystery that had led me to seek isolation and reflect. When Myhanene drew me to take that step from the bridge he said: “One step and you will stand upon the Homeland;” but the words had no particular significance to me as I heard them, since I had never known what the blissful sacredness of the Home-life was. The veil had been lifted at last! As Myhanene spoke those words I had felt the mystic thrill there is in a brother’s – a sister’s hand; my ears had been opened to respond to the music of the word Home; my eyes had caught the true expression of a fraternal smile – above, beneath, around, a flood of revelation was breaking upon me, sweeter, holier, and more ravishing than any I had hitherto gazed upon! Oh Jacob! In the heavenly glory of this new daybreak, I can read a deeper meaning in your wrestling than ever I had dreamed of before! No wonder that you would not let the Angel go! Had I held him, and in the daybreak caught one ray of the glory that now I see, I would have continued to hold him – even though a thousand sinews had shrank – until the sun had risen into the full glory of the heavens and my whole soul was flooded with the heavenly light.

At length – even so long after the chapter of my physical life had been closed – my ears had been permitted to hear the full volume of the music, my eyes had beheld the radiance of the glory, my mind had been able to conceive the ideal, my soul had expanded wide enough to embrace and appropriate something of what God has wrapped up for mankind in that resonant monotone – Home. It is the keynote to the grand triumphant anthem – Heaven.

In the enjoyment of my meditation I had wandered into the companionship of solitude. Such solitude is only to be found in such Alpine heights of Heaven, where the soul finds meat to eat which cannot be found in the valley below. Lonely? No! One is always at the very heart of life – the metropolis of being – when he is with God! Alone in the midst of a multitude of revelations, while the seals were breaking. Who would not, like John, revel in such loneliness? Who would be impatient to be away?

Walloo-Malie, Rael, Omra, Myhanene and Zisvené were not with me. I had been called apart for awhile by Another – an even sweeter Voice and, for the time, I had forgotten the existence of all others.

Dracine was the first of my known friends to meet me on re-entering the garden from my temporary seclusion.

“Come, Astroel, and tell me,” was her cheery greeting, do you not find it good to be here?”

“Good? My dear sister; I feel as if I should like to meet Myhanene now.”

“Do you wish to scold him?” she enquired archly.

“Now – do you think it likely that I should?”

“I simply asked the question,” she replied, modestly.

“Far from that; but I would like to ask him if we were not now beyond the limit of his favourite asseveration that ‘It is better on before’?”

My companion laughed with a genuine ripple of girlish merriment.

“I can tell you how he would answer you,” she said.

“Tell me – then, when I have seen him, I will tell you whether you answered me correctly.”

“Well,” she began with a very solemn tone, “he will place himself in front of you, so,” suiting the action to the word ; “take hold of you so,” gripping my robe with either hand on each side of my breast; “ look you straight in the eye with his calmly steady gaze; slowly shake his head and say: ‘No, my brother, because there are no limits to that asseveration. It is one of the infinities.’ “ And when she had so delivered herself, she blithely enquired: “Now, don’t you think I make a fairly good proxy for the wise young ruler?”

“Excellent, in tone and manner,” I answered but I am not quite so sure about the substance.”

“Of course – that you have to discover,” she responded airily.

“I wonder whether I could find Zisvené?” I next hazarded.

“That is doubtful,” she said you see, Zisvené is a bird of frequent passage to and fro – only present with us while the body sleeps. She is a rara avis in that respect in fact, so far as I know, she is unique. Yes; it is as I thought – she has been recalled.”

“It is respecting those sleep experiences I wish to speak with her. I have heard something about it, but there is much more I want to know.”

“I am not surprised to hear you say so. It is not only a most interesting subject, but one of the most important, in many respects, from what I know of it. Zisvené, of course, will be able to tell you of her personal experiences, but if you want to understand its purpose, working, scope and possibilities, I should recommend you to consult, say, Cushna, Myhanene or Rhamya.”

“Both Cushna and Myhanene have already given me a good introduction to the subject, and I am anxious to watch it in the working, in the hope that a practical observation will enable me to understand its theory better. In addition to this I am most deeply interested in one particular case I would like to secure assistance for, as a thanksgiving memorial of my arrival here.”

“Under those circumstances,” she replied, “I would see Myhanene at once – or, it may even better serve your purpose to see Walloo-Malie, who I see is yet with us,” having evidently caught sight of the latter as she was speaking.

“Ah!” I exclaimed, delighted at the idea, “Walloo-Malie knows the case I speak of, and it would be a capital plan to get his assistance.”

And at once we sought my illustrious friend.