La puerta del Cielo | Capítulo 8: Me encuentro con Walloo-Malie

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ Spoiler (!): Para sorpresa de Aphraar, se encuentra con un desencarnado (Walloo-Malie) que le había ayudado (materializándose) en la vida terrestre (en la vida terrestre de Aphraar).

Versión en español
Capítulo ocho
Me encuentro con Walloo-Malie

De lo que Omra había estado diciendo surgieron cincuenta preguntas que yo deseaba hacer, pero como él me había dicho que sólo estaba echando un vistazo al camino por el que yo había llegado hasta allí, y también me aseguró que llegaría la oportunidad de estudiar todo el curso en detalle, contuve mi deseo hasta que llegara esa época más conveniente. Mucho de lo que dijo ya lo había oído de otros, pero cada uno tenía su propia manera de exponer las cosas, y cada uno, según su propio punto de vista, daba más o menos colorido o énfasis a uno u otro detalle, a fin de dar frescura y valor a todas y cada una de las exposiciones. Sin embargo, estas variaciones nunca sugerían contradicción. En ningún sentido eran opuestas. Si no estaban al unísono, eran perfectamente armoniosas, y cada nueva nota sólo añadía más volumen al efecto coral. Más notable fue la declaración profunda, clara, resonante, pero no apasionada que acababa de escuchar de Omra.

El único tema al que él había limitado estrechamente sus observaciones, otros lo habían tratado de una manera un tanto superficial, pero ahora se había presentado ante mí como un hecho fundamental sobre el que descansaba toda la superestructura de la vida eterna. Y aunque se negó a apartarse de su tema, en todo lo que había dicho nunca profesó estar haciendo más que echar un vistazo a un esbozo de su tema. ¿Qué significaría, entonces, una discusión completa y explícita de la cuestión? Yo tenía muchas ganas de preguntarle sobre dos pensamientos muy importantes relacionados con esto, pero él puso fin a sus observaciones de una manera un tanto brusca y la consciencia de ello me llevó a refrenar mi deseo, en deferencia a lo que yo sentía que era su deseo.

En nuestra comunión nos habíamos acercado al extremo superior del Patio, desde donde contemplábamos un paisaje de lo más fascinante en dirección a la puerta, que se hallaba quizás a media milla de distancia. Atmósfera, luz, color, perfume, todo se combinaba para formar una perspectiva ideal en la que, por una vez, la presencia de los visitantes parecía añadir un toque final de perfección.

Puedo imaginarme muy bien que podría haber sido alguna de estas escenas sobre la que se posó el ojo de Baxter [ref (?). [2]], dándole a él la primera sugerencia de las Llanuras del Cielo, y en su sueño el genio de los sueños completó los maravillosos detalles.

Pero esto no era un sueño. Hacía tiempo que me había despedido del sueño [en el sentido del dormir]. ¿No me había dicho Omra con toda seguridad que aquella puerta era la entrada a la Patria [Homeland]? ¿Acaso no era éste el lugar sagradamente designado para la cita, hacia el cual los ojos ensombrecidos por las lágrimas habían mirado inciertamente, y donde los corazones rotos habían pactado encontrarse? Sí, ¡este era el lugar de la gran reunión! No es de extrañar que fuera brillante y alegre, y vibrante con una música que era más que sagrada: ¡divina! Todo el entorno era paz; la atmósfera, instinto con fuerza. La libertad poco convencional que se podía observar por doquier entre la compañía que tenía ante mí era elocuente de fraternidad; la edad, la preocupación, la pena, la duda, la enfermedad, la debilidad y todos los indeseables habituales de la carne brillaban por su ausencia, pues cada alma mostraba todo el vigor y la belleza de la madurez naciente.

Fue al observar este hecho cuando descubrí otra maravilla. Siempre había estado más o menos familiarizado con la idea de los tipos de belleza, y aunque la posibilidad de su variedad casi infinita nunca me había sido siquiera sugerida antes, ahora la veía y la comprendía, y ¿por qué no habría de ser que la belleza es tan capaz de diversidad como la fealdad?

La comparación me fue sugerida por la presencia de alguien que primero atrajo mi atención por la peculiaridad de la túnica que vestía. No es que fuera firmemente distintivo; por el contrario, sus delicados tonos eran como si rehuyera modestamente la observación; pero al reconocerlo por primera vez, mi memoria recordó lo que se había escrito de Uno que una vez se había humillado y no había obtenido renombre, pero ‘no pudo ser ocultado‘ (Marcos 7:24).

La historia se repite en este caso. A primera vista, la vestimenta estaba algo así como teselada, con un color perlado intenso, pero un examen más detenido reveló su carácter sorprendentemente único. Palpitaba con una brillante iridiscencia de colores de los que yo no conocía ni el nombre ni la descripción, pero la delicada modestia con que manifestaban su existencia combinaba exquisitamente con la condescendiente gracia de su principesco portador. No habia peligro de que se perdiera entre la multitud, su exaltado rango no necesitaba de un frígido aislamiento ni de la elegancia para proclamarlo, podía permitirse el lujo de serlo y era realmente generoso en su sofisticada compañía. Sin embargo, era esencialmente un príncipe entre sus iguales, incluso en aquella exclusiva reunión.

Al contemplar los diversos aspectos de la escena que tenía ante mí, me pareció tan maravillosamente idealista, tan perfecta en todos sus rasgos y detalles, tan superior a cualquier realización que hubiera conocido, que estuve tentado de dudar de su realidad; me pregunté si no sería una visión que me había asaltado, una que desaparecería igual de repentinamente.

La duda se apoderó de mí hasta tal punto que decidí consultársela a Omra, que evidentemente no deseaba perturbar ni interrumpir mis cavilaciones.

«Estoy en un dilema -le dije, sin saber cómo decirle cuál era mi dificultad-; ¿Me ayudarías a aclarar una duda?».

Dirigió hacia mí sus grandes ojos castaños con una sonrisa benévola.

«Lo sé, lo comprendo -respondió alentador-, pero te ayudará más si te dejo plantear la dificultad a tu manera».

«Es algo así como un alivio saber que lo ves como una dificultad -le contesté-; pero… bueno, para decirlo brevemente, ¿es todo esto una realidad o sólo una visión que se desvanecerá en breve?».

«¿Qué te hace dudar de su realidad?».

«Bueno, porque… ojalá pudiera encontrar las palabras para expresar lo que siento. Podría entenderlo si simplemente me impresionara con un sentimiento de hogar y reencuentro, y me dejara entrar en el pleno disfrute como miembro de una familia tan favorecida. Pero no se detiene ahí. Es demasiado. Es todo lo que podría desear que fuera, y mil veces más, hasta que la plenitud de ello viene sobre mí con toda la fuerza de un maremoto y me lleva, no sé adónde. Por eso pregunto si es realidad o sueño».

«Te has expresado espléndidamente -declaró Omra mientras me tomaba del brazo y me llevaba hacia la llanura ligeramente ondulada-; La superabundante sensación de familiaridad que mencionas es la gran atracción de la que ya he hablado, que hace de este lugar un punto de encuentro donde almas de todos los rangos de la jerarquía celestial se encuentran y comulgan continuamente. Pero más allá de esta estupenda ventaja, hay también un asunto personal de importancia que no debemos pasar por alto, ya que constituye la característica principal del incidente. En la transición del segundo nacimiento, debes naturalmente entrar en posesión de facultades superiores adaptadas a las exigencias de la condición eterna. Por ejemplo, la duda que sientes en cuanto a la realidad de esta experiencia se debe al hecho de que has llegado a una conclusión sin verte obligado a razonar el proceso; o, como deberíamos decirlo, la Revelación ha asumido la autoridad y la Razón ocupa en adelante la posición subordinada. Capta esa interpretación y acostúmbrate a obedecer al poder superior, entonces ya no habrá lugar a dudas».

«¡Oh, así me fuera revelada ahora la manera de actuar según tu consejo!», exclamé con ardiente anhelo.

«Ten un poco de paciencia. Cuando el rayo de vanguardia atraviese la oscuridad, la gloria de la mañana no estará lejos», respondió Omra.

«Has mencionado la venida aquí de miembros de la jerarquía superior. He observado a un personaje muy atractivo y dominante, vestido con una túnica de los tintes más inusuales, que se mueve entre los diversos grupos. ¿Es posible que sea uno de ellos?».

«Sí, es Walloo-Malie. Hay dos círculos entre este y el suyo. Su carrera ha sido muy notable. En su vida terrenal sondeó las profundidades del dolor con una pesada plomada, lo que le ha capacitado de un modo especial para atender a las almas que se encuentran en una situación extrema».

«Acaso él es…», y entonces me detuve, asombrado por la audacia de la pregunta que estaba a punto de formular.

Omra me dedicó una sonrisa humorística pero alentadora.

«¿Sí?… ¿Acaso él es…», inquirió.

«La idea de mi presunción me detuvo, o es que iba a preguntar si era difícil acercarse a él».

«A partir de tu observación de sus movimientos, ¿podrías imaginarte que es difícil?».

«En absoluto. En mi impaciencia quizás estaba…».

«…esperando intercambiar unas palabras con él -sugirió Omra para aliviarme-; Bueno, eso puede lograrse fácilmente».

Y lo fue, más fácilmente de lo que imaginaba, porque Omra apenas había pronunciado esas palabras cuando me saludó una mano amable que me tocaba el hombro desde atrás, y una voz muy musical que decía:

«Así que nos encontramos de nuevo, Aphraar; y, espero, bajo circunstancias más felices que antes».

«¿De nuevo?», pregunté con el mayor asombro.

Pero antes de que yo hablara, antes de que tuviera tiempo de mirarle, se había apartado y hablaba con alguien que pasaba por el otro lado.

«Ah, mi hermano Cresvone, así que has encontrado tu camino, tan lejos de la medianoche de tu Getsemaní, para ver salir el sol sobre la colina de Sión. Hablaré contigo enseguida. Estoy muy ansioso de que oigas y aprecies la dulzura de la música que respiran esos cipreses, tal como la disfrutarías ahora que el sollozo de tu agonía ha terminado».

«¿Te espero?», preguntó el amigo.

«Sí, hazlo».

Entonces Walloo-Malie se volvió hacia mí con una mirada tan tranquila como si hubiera estado todo el rato atento a mi respuesta.

«¡Por supuesto que he dicho «de nuevo»! ¿Te has olvidado de Peter Stone, el barquero de Putney? ¿Acaso el recuerdo de Clarice se ha desvanecido en el olvido?».

La pregunta, bastante deliberada, fue formulada con una mirada muy escrutadora, pero estaba marcada más por una simpatía persuasiva que por la acusación.

«¿Buscas abrir de nuevo esa vieja herida?», pregunté, extrañado por el sentido de aquel extraño interrogatorio.

«¿Sigue siendo una herida? -preguntó con una curiosa sonrisa, como de asombro-; si es así, apenas puedo entender tu presencia aquí. Y, aunque asi fuera, solo la volveria a abrir para verter aceite y vino. ¿No oíste lo que le dije a nuestro hermano Cresvone sobre la música de los cipreses? Si encontrara en ti siquiera la cicatriz de esa herida, te pediría que vinieras con nosotros allí y escucharas cómo ese canto de agonía se ha convertido ahora en una canción de acción de gracias que inspira el alma. Pero ya has oído el estremecedor éxtasis de sus acordes».

Evitó cualquier dificultad en cuanto a mi respuesta dirigiéndose instantánea y hábilmente a Omra.

«Aphraar, o Frederic ─como se llamaba entonces─, acababa de descubrir el abandono despiadado por parte de quien era más para él entonces que la vida misma, y llegó a la conclusión de que la cruz era demasiado pesada para él. Se tambaleó bajo ella hasta la orilla del río. Pero yo estaba de servicio allí aquel día; tuvimos una charla durante la cual la carga se hizo tanto más liviana que él prometió intentar llevarla, y creo que lo ha conseguido valientemente».

Luego, volviéndose hacia mí, continuó,

«Creo que fue unos dos meses después de esto cuando conociste al pobre Philip Ranger, tristemente necesitado de un amigo, en Whitechapel, y al ayudarle te introdujiste en la Pequeña Betel [la congregación cristiana humilde de ese nombre: Little Bethel], donde encontraste una agradable esfera de trabajo entre los desvalidos, descarriados y caídos».

«¿Fue tanto como dos meses después? -pregunté-; creí que no había pasado ni la mitad».

«¡Ah! -respondió, con una sonrisa que encerraba un mundo de simpatía-, la cruz debe haberse hecho más liviana para permitir que el tiempo pasara tan rápidamente. Sí; fue pasado un día o dos más de los dos meses, antes de nuestro segundo encuentro».

«¿Nuestro segundo encuentro? -volví a exclamar con incrédulo asombro-; ¿Qué quieres decir? Seguramente no insinuarías…».

«No, hermano mío, no necesito insinuar nada. Ha llegado el momento en que puedo hacer una declaración audaz… cuando el velo puede ser levantado de modo que tú, al mirar hacia atrás, puedes ser capaz de comprender algunos de los misterios en los que tu peregrinación terrenal estuvo ocasionalmente envuelta, y reconocer ahora, todo desconocida e insospechadamente, que ‘Dios ha ordenado a sus ángeles que te protejan por donde vayas‘ [ref.] para mantener ─y guiarte por─ el camino de regreso a casa. Lees, pero crees que tal ministerio estaba en operación en los días patriarcales; profesas creer en un Dios inmutable, que es ‘el mismo ayer, hoy y siempre‘, y sin embargo tus maestros te dicen que este ministerio tan importante ha cesado hace mucho tiempo. No es de extrañar que las misteriosas cargas de la vida se vuelvan demasiado penosas [grievous] para soportarlas. La necesidad de nuestro ministerio, dadas las circunstancias, es mayor ahora que nunca, y sigue estando tan disponible como siempre.

»Que te abandonara Clarice no se debió a ningún pecado o defecto tuyo. A los ojos del cielo la estimabas por encima de tu propia vida, que habrías entregado con gusto, en tu lealtad, cuando la perdiste a ella. Semejante fidelidad es demasiado rara para prescindir de ella a la ligera entre los hijos de los hombres; por eso, cuando fuiste a poner tu sacrificio sobre el altar, el ministerio salvador de Moriah ─donde Abraham hubiera ofrecido a Isaac [ref.]─ se puso en marcha, y yo fui el barquero enviado a tu liberación. Pero la obra estaba sólo a medias cuando te despedí en Putney con un «ve con Dios» [Godspeed]. El obrero así preservado de la destrucción aún tenía que ser dirigido a un campo de trabajo donde su talento y fidelidad pudieran ser empleados en la viña del Maestro, y cuando la oportunidad se ofreció de nuevo, siguiendo los pasos del Maestro, tomé ‘otra forma‘ [ref.], de modo que bajo la apariencia de Philip Ranger pude introducirte en un campo donde los obreros eran pocos y muy necesarios. En esa esfera has sido tan fiel a Dios y a tus semejantes como lo habrías sido a Clarice.

»Eres otro sello añadido a mi ministerio para el Maestro; por eso estoy aquí para saludarte ahora. El fruto de tu propia labor y el ramillete de almas que has recogido de esa misión como ofrenda a los pies del querido Maestro, te serán mostrados dentro de poco. Pero incluso ahora tu trabajo no está completo. Te has asociado voluntariamente a la misión de Myhanene, y vuelves a la Tierra con el deseo de hacer por los demás lo que a mí se me ha confiado realizar por ti. Que Dios, nuestro Padre, te conceda el mismo éxito. Sólo sé tan fiel en esto como en tu esfera anterior, y entonces grande será tu recompensa. Pero tengo aquí un caso especial en el que me gustaría pedir tu simpatía y ayuda, si me lo permites. Hablo de la pobre Clarice».

Me sobresalté, pero él no se dio por aludido y siguió adelante con seriedad.

«No era más que una polilla, e incluso no una rara. Vio a un compañero con un colorido brillante, que deseaba hacer suyo. Se quemó terriblemente; cayó en un laberinto de problemas del que no encuentra salida. ¿Quieres ir a verla? Podrás hacer por ella, con tu perdón y simpatía a cambio de su perfidia, mucho más hacia la redención que cualquier otra alma que yo conozca. ¿Irás?».

«Si me crees capaz de ayudarla, no hay servicio que prefiriera más que se me confiara», respondí, pero me sentía dudoso, muy dudoso de mi éxito.

«Todo lo que necesito es saber de tu voluntad de ir. Dios se encargará del resto con un ministro así».

Con esto se volvió, se alejó para unirse a Cresvone, y se fue.

Versión en inglés
CHAPTER EIGHT
I MEET WALLOO-MALIE

There were fifty questions arising out of what Omra had been saying that I wished to ask, but since he had told me that he was simply glancing at the way by which I had come so far, and also assured me that an opportunity would come for me to study the whole course in detail, I restrained my desire until that more convenient season should arrive. Much that he said I had heard before from others, but each one had his own way of putting things, and each, according to his own point of view, gave more or less colouring or emphasis to one or another detail, so as to give a freshness and value to each and every exposition. Still, these variations were never suggestive of contradiction. In no sense were they opposed. If they were not in unison, they were perfectly harmonious, and each new note only added more volume to the choral effect. More noticeably so was the deep, clear, resonant, but unimpassioned statement I had just heard from Omra.

The one subject to which he had closely confined his remarks, others had treated in a somewhat superficial manner, but it had now been placed before me as a foundation fact upon which the whole superstructure of the life everlasting rested. And though he refused, to be drawn away from his theme, in all he had said he never professed to be doing more than glancing at an outline of his subject. What, then, would a full and explicit discussion of the question mean? Two very important thoughts relative to this, I very much desired to ask about, but he brought his observations to a close somewhat abruptly and the consciousness of it led me to restrain my desire, in deference to what I felt to be his wish.

In our communion we had drawn near to the upper end of the Court, where we stood looking across a most entrancing landscape towards the gate which lay, perhaps, half a mile away. Atmosphere, light, colour, perfume, everything combined to make an ideal prospect in which, for once, the presence of visitors seemed to add a final touch of perfection.

I can well imagine it might have been some such scene upon which the eye of Baxter fell, giving him the first suggestion of the Plains of Heaven, and in his sleep the genius of dreams filled in the wondrous details.

But this was no dream. I had long since bade farewell to sleep. Had not Omra told me in very surety that yonder gate was the entrance into the Homeland? Was not this the sacredly-appointed trysting place to which tear-dimmed eyes have looked uncertainly forward, and where broken hearts would have covenanted to meet; had not that icy grip suffocated speech as we slipped into the arms of the long silence? Yes, this was the place of the great reunion! No wonder it was bright and happy, and vibrant with music that was more than sacred – Divine! The whole environment was peace; the atmosphere instinct with strength. The unconventional freedom that was everywhere observable among the company before me was eloquent with fraternity; age, care, sorrow, doubt, sickness, weakness, and all the usual undesirables of the flesh were obvious by their absence, for every soul displayed the full vigour and beauty of dawning maturity.

It was in the observation of this fact that I discovered another wonder. I had always been more or less familiar with the idea of types of beauty, but the possibility of its almost infinite variety had never been even suggested to me before, I saw and understood it now, and why should it not be that beauty is as capable of diversity as ugliness?

The comparison was suggested to me by the presence of one who first attracted my attention by the peculiarity of the robe he wore. Not that it was assertively distinctive; on the other hand, its delicate tones were as if it modestly shrank from observation; but at the first recognition of it, my memory recalled what had been written of One who once would have humbled and made Himself of no reputation, but “He could not be hid” (Mark vii, 24).

History repeats itself in the case before me. In a casual glance the vesture had somewhat tile colouring of a deep creamy pearl, but a closer scrutiny revealed its strikingly unique character. It throbbed with a shimmering iridescence of colours of which I neither knew the name nor description, but the delicate modesty with which they manifested their existence blended exquisitely with the condescending grace of their princely wearer. There was no danger of his being lost in a crowd – his exalted rank needed no frigid isolation or hauteur to proclaim it, he could afford to be, and was genuinely lavish in his urbane
companionship. Yet he was essentially a prince among his peers, even in that exclusive gathering.

As I contemplated the varied aspects of the scene before me, it seemed to be so wondrously idealistic – so perfect in every feature and detail – so far beyond any realization I had ever known, that I was tempted to doubt its reality; found myself questioning whether it was not a vision which had burst upon me, a vision which would just as suddenly disappear.

The doubt presently took such possession of me that I determined to refer it to Omra who evidently did not wish to disturb or interrupt my musing.

“I am in a quandary,” I said, scarcely knowing how to tell him what my difficulty was. “Will you help me to clear up a doubt”

He turned his large brown eyes upon me with a benignant smile.

“I know – I understand,” he replied encouragingly.

“But it will help you more if I let you frame the difficulty in your own way.”

“It is something of a relief to know that you regard it in the light of a difficulty,” I answered. “But – well, to put it briefly. is all this a reality or only a vision that will presently fade away”

“What makes you doubt its reality”

“Well – because – I wish I could find the words to express what I feel. I could understand it if it simply impressed me with a feeling of home and reunion, and left me to enter into the full enjoyment of it as a member of such a highly-favoured family. But it does not stop there. It is too much. It is all I could desire it to be, and a thousand times more, until the fullness of it comes upon me with all the force of a tidal wave and carries me, I know not where. That is why I ask – is it a reality or a dream”

“You have expressed yourself splendidly,” Omra declared as he took me by the arm and led me forward into the slightly-rolling plain. “The superabundant sense of homeliness which you mention is the great attraction I have already spoken of, which makes this place a rendezvous where souls of every rank in the heavenly hierarchy are continually to be met and communed with. But beyond this stupendous advantage, there is also a personal matter of importance which we must not miss, since it constitutes the chief feature of the incident. In the transition of the second birth, you must naturally come into possession of higher faculties adapted to the requirements of the eternal condition. For instance, the doubt you feel as to the reality of this experience is due to the fact that you have arrived at a conclusion without being compelled to reason the process; or, as we should put it, Revelation has assumed authority and Reason henceforth occupies the subordinate position. Grasp that interpretation and accustom yourself to obey the higher power, then there will be no further room for doubt.”

“Oh, that the way to act upon your advice were revealed to me now!” I cried with ardent longing.

“Have a little patience. When once the vanguard ray breaks through the darkness the morning glory is not far away,” responded Omra.

“You mentioned the coming here of members. of the higher hierarchy. I have noticed a most attractive and commanding personage, clad in a robe of most unusual tints, moving among the varied groups. Is it possible that he may be such an one”

“Yes. It is Walloo-Malie. There are two circles between this and his own. His has been a very remarkable career. In his earth life he sounded the deeper depths of sorrow with a heavy plummet, which has qualified him in a special manner to minister to souls who stand in dire extremity.”

“Is he – “ Then I stopped myself, astounded at the audacity of the question I was about to put.

Omra gave me a humorous but encouraging smile.

“Yes? – Is he” – he queried.

“The thought of my presumption stopped me, or I was going to ask if it were difficult to approach him”

“From your observation of his movements would you imagine it to be difficult”

“Not in the least. In my eagerness perhaps I was – “

“Hoping to exchange a word with him” Omra came to my relief by suggesting. “Well, that may be easily accomplished.”

It was – more readily than I imagined, for Omra had scarcely uttered the words before I was greeted by a kindly hand laid on my shoulder from behind, and a most musical voice saying:

“So we meet again, Aphraar; and, I hope, under more happy circumstances than before.”

“Again” I asked in blankest astonishment.

But before I had spoken – before I had time to face him, he had turned aside and was speaking to one passing on the other side.

“Ah, my brother Cresvone, and so you have found your way so far from the midnight of your Gethsemane towards seeing the sun rise over the hill of Zion. I will speak with you presently. I am most anxious that you should hear and appreciate the sweetness of the music breathed by those cypress trees, as you would enjoy it now that the sob of your agony is over.”

“Shall I wait for you” enquired the friend.

“Yes, do.”

Then Walloo-Malie turned to me with as calm a look as if he had been all attention to my response.

“Of course I said ‘again!’ Has Peter Stone, the Putney boatman, been quite forgotten? Has the memory of Clarice faded into forgetfulness”

The quite deliberate enquiry was made with a most searching look, but it was marked by more persuasive sympathy than accusation.

“Do you seek to open that old wound again” I asked, wondering at the drift of the strange questioning.

“Is it still a wound?” he queried with a curious smile, as of astonishment. If so I can scarcely understand your presence here. And, were it even so, I would only re-open it to pour in oil and wine. Did you not hear what I said to our brother Cresvone about the music of the cypress trees? In case I found upon you even the scar of that wound, I would ask you to come with us thither and hear how that one-time dirge of agony has now become a song of soul-inspiring thanksgiving. But you have already heard the thrilling rapture of its strains.”

He avoided any difficulty as to my reply by instantly and adroitly addressing himself to Omra,

“Aphraar, or Frederic as it was then, had just discovered his heartless desertion by one who was more to him then than life itself, and came to the conclusion that the cross were too heavy for him to bear. He staggered beneath it to the river side. But I was on duty there that day; we had a talk during which the burden grew so much lighter that he promised to try and bear it, and I think he has bravely succeeded.”

Then, turning back to me, he continued;

“I think it was about two months after this that you met poor Philip Ranger, sadly in need of a friend, down in Whitechapel, and in helping him you had an introduction to the Little Bethel where you found a congenial sphere of labour among the helpless, erring and fallen.”

“Was it as much as two months after” I enquired. “I thought it was scarcely half so long.”

“Ah!” he responded, with a smile that carried a world of sympathetic meaning; “the cross must have grown lighter to allow the time to slip by so quickly. Yes; it was a day or two over the two months, before our second meeting.”

“ ‘Our second meeting’?” I re-echoed with incredulous astonishment.

“What do you mean? Surely you would not insinuate – “

“No, my brother, I need not insinuate anything. The time has arrived when I may boldly declare – when the veil may be lifted that you, in looking back, may be able to understand some of the mysteries in which your earthly pilgrimage was occasionally enveloped, and recognize now, all unknown and unsuspected, ‘God has given His angels charge concerning thee’ to keep and guide thee on the homeward way. You read and believe that such a ministry was in operation in the patriarchal day; you profess to believe in an unchangeable God, who is the ‘same yesterday, to-day, and for ever,’ and yet your teachers tell you this all-important ministry has long since ceased. It is no wonder that the mysterious burdens of life grow too grievous to be borne. The need for our ministry, under the circumstances, is greater now than ever before, and it is still as available as ever.

“Your desertion by Clarice was due to no sin or shortcoming of your own. In the sight of heaven you esteemed her above your own life, which you would have gladly laid down in your loyalty when you lost her. Such fidelity is far too rare to be lightly dispensed with among the sons of men; therefore when you went to lay your sacrifice on the altar, the saving ministry of Moriah – where Abraham would have offered Isaac – was called into operation, and I was the boatman sent to your deliverance. But the work was only half-completed when I bade you Godspeed at Putney. The worker thus preserved from destruction had still to be directed to a field of labour where his talent and fidelity could be employed in the Master’s vineyard, and when the opportunity offered again, following in the Master’s footsteps, I took on ‘another form,’ so that in the guise of Philip Ranger I could introduce you to a field where the labourers were few and badly needed. In that sphere you have been as faithful to God and your fellows as you would have been to Clarice.

“You are another seal added to my ministry for the Master – that is why I am here to greet you now. The fruit of your own labours and the bouquet of souls you have gathered from that mission as your offering at the dear Master’s feet, will be shown to you presently. But even now your work is not complete. You have voluntarily associated yourself with Myhanene’s mission, and are returning to earth in a desire to do for others that which I have been entrusted to carry out for you. May our Father, God, make you equally successful. Only be as faithful in this as in your former sphere, then great will be your reward. But I have here a special case in which I would ask your sympathy and assistance, if I may. I am speaking of poor Clarice.”

I started with surprise, but he took no notice and went earnestly forward. “She was but a moth, and then not a rare one. She saw a mate with brilliant colouring, which she wished to make her own. She was burnt fearfully; fell into a labyrinth of trouble from which she can find no way out. Will you go to her? You will be able to do for her, by your forgiveness and sympathy in return for her perfidy, far more towards redemption than any other soul I know. Will you go”

“If you think I am capable of helping her, there is no service I would rather be entrusted with,” I answered, but I felt doubtful – very doubtful of my success.

“All I need is to know your willingness to go; God will undertake the rest with such a minister.”

With this he turned, moved away to join Cresvone, and was gone.