La puerta del Cielo | Capítulo 18: Cruzando el puente

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo, Aphraar vive muchos más encuentros, y antes sus amigos le hacen algunas bromas.

Versión en español
Capítulo dieciocho
Cruzando el puente

Estábamos de vuelta en aquella fascinante zona de arbustos, de la que anteriormente Omra me había sacado, secuestrándome.

Al plantear nuestro regreso, Rael me desafió con humor a observar y descubrir algo del proceso por el cual se había realizado el tránsito.

«Lo haré… -iba a decir-, haré todo lo posible por descubrirlo», pero apenas había empezado a hablar cuando ya era un hecho consumado, y Rael, muy divertido por mi desconcierto, preguntó:

«¿No sería mejor que lo describas enseguida, antes de que la memoria de los detalles se te escape?».

Omra se unió a nosotros mientras Rael hablaba, y no se quedó ni un ápice atrás del orador en su disfrute de la broma.

«Podríamos haber regresado de una manera mucho más pausada -procedió a explicar Rael-, sólo que la repetición del plan anterior abrió la puerta a la oportunidad de que yo señalara un asunto que en algún momento será valioso para ti en tu ministerio».

«Si puedes hacer eso, te perdonaré de buena gana esto, el haberte aprovechado de mí», respondí.

«Es generoso por tu parte, Aphraar; al mismo tiempo, debes permitirme que piense que fue una lástima que Rael se aprovechara de tu situación embarazosa», observó Omra en tono jocoso.

«Si ese provecho hubiera sido para el bienestar común -replicó Rael con la misma tranquilidad-, me imagino que incluso el tranquilo Omra, si hubiera estado allí y hubiera visto la cara de Aphraar mientras clamaba: «¿Qué ha pasado?», se habría aventurado a repetir el experimento, con la esperanza de ver una repetición del asombro».

«Pero, ¿no es seguro que una repetición está siempre despojada de la sorpresa inicial? Sin embargo, continúa con la lección que estás ansioso por alcanzar».

«Sí, tras la música de la Sonrisa sentémonos de nuevo a los pies del Deber. Al hacerlo, deseo llevarte de nuevo a lo que he dicho en relación con la cuarta dimensión, porque, aunque en realidad está más allá de la comprensión del hombre en estado físico, hay una ilustración de ella que puede ser utilizada con gran provecho ocasionalmente en tu ministerio».

«Si es así, indícamelo por todos los medios -le imploré-, pues, en todas las cosas, yo sería aquello que Pablo exhortó a Timoteo a ser: ‘un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que reparte rectamente la palabra de verdad‘ [ref.]».

«Mi referencia es sobre el tema de la Oración».

«Un tema muy importante -intervino Omra-, uno sobre el cual ya le he dicho algo a Aphraar; toma tu propio camino, Rael».

«Es una cuestión en la que no puede haber diferencias entre nosotros, así que procederé sin hacer referencia a lo que hayas dicho. No me ocuparé de ofrecer una definición de la oración, ni en general de intentar una respuesta a la pregunta: «¿Responde Dios a la oración?». Quiero más bien dirigir tu atención a una engañosa objeción pseudofilosófica a la oración que ejerce considerable influencia en muchas mentes debido a su apariencia de base lógica. El argumento puede formularse de diversas maneras según el orador y la necesidad particular del momento; yo lo expondré a mi manera: «La idea de que el hecho de que la oración pueda servir para contribuir a detener, cambiar u obviar los asuntos contemporáneos, no sólo es falaz, sino absolutamente imposible. Veamos una premisa muy necesaria que debemos sentar como base sobre la que trabajar: ¿Qué distancia debe recorrer la petición desde el peticionario antes de llegar al oído de Dios? Y a continuación: ¿A qué velocidad se envía la petición? Supongamos, en aras del argumento, que el trono de Dios está situado en una de las estrellas fijas más cercanas a la Tierra ─Sirio─ y que la plegaria viaja a la inconcebible velocidad de la luz ─186.000 millas por segundo─. La petición tardará más de ocho años en llegar a su destino. En tales circunstancias, ¿cómo es posible que la oración sirva para influir en los acontecimientos pasajeros? Basta exponer el caso para refutarlo con sorna».

»Eso parece. Pero las cosas no son exactamente lo que parecen. ‘¿Quién es este que oscurece el consejo con palabras sin conocimiento? [ref.] ¿No has sabido, no has oído‘, que Dios ‘prende a los sabios en su propia astucia‘? [ref.] El argumento que acabamos de exponer sale de los labios de un filósofo cuyo conocimiento está circunscrito a las limitaciones de las tres dimensiones conocidas por lo físico, mientras que la oración es una facultad espiritual y opera en una región que no es visible, tangible ni comprendida en lo físico. La velocidad a la que la luz atraviesa el espacio en comparación con la de la oración es apenas la del antiguo lacayo a pie comparada con la del moderno telégrafo sin hilos. Mientras la luz se prepara para formar su primera ondulación, la oración, en las alas del deseo, está en su destino, y espera, con entusiasta prisa, para traer su respuesta de vuelta. El penitente de corazón quebrantado clama: ‘Dios, sé misericordioso‘, y volviendo a casa ─mientras el fariseo filantrópico continúa con su arenga autoelogiosa─, encuentra que la respuesta a su oración ya atestigua de su justificación [la justificación de él, del «penitente de corazón»]. ‘Id y aprended lo que eso significa’ [ref.]: el espíritu no conoce tiempo ni distancia cuando se encuentra a la luz de Dios».

«¡Ah! ¡Ah! -clamó Omra-, acabas de terminar tu discurso a tiempo, pues aquí viene Myhanene con nuestra hermana Zisvené».

«¿Quién es Zisvené? -pregunté-; No me he encontrado con ella antes».

«¿No la conoces? -fue la asombrada respuesta de Omra-; Te resultará especialmente interesante».

«¡Claro! ¿En qué sentido?».

«Creo que Myhanene nos diría que ella es, en realidad, los primeros frutos de tu ministerio en la Tierra».

«¡Mi ministerio en la Tierra! ¿Cómo es que está aquí? Seguramente te equivocas», exclamé.

«Verás que no me equivoco, pero el de Zisvené es un caso excepcional, te lo aseguro. Era una ferviente e infatigable buscadora de la verdad. No pudiendo satisfacerse con cáscaras teológicas y dogmas superficialmente aceptados, a través de diversas vicisitudes siguió adelante segura de que el pan vivo que su alma ansiaba se encontraría en alguna parte. Oyó tu voz mientras vagaba por el desierto. Se vio atraída por ella; te siguió. Tu evangelio sobre las posibilidades de la vida del sueño la encantó. Rezó para que la guiaras y, en respuesta, encontró su camino a través de la frontera, y ahora pasa casi toda su vida de sueño en el trabajo misionero con nosotros. Pero debes escuchar la historia como ella te la contará».

«Omra, me sorprendes. ¡Parece cosa increíble!».

«¿No es casi ya hora de que dejes de hablar de lo increíble? -preguntó con su sonrisa alentadora-; Todo el libro del Apocalipsis, que acabas de empezar a leer, está escrito para registrar aquellas cosas de las que habló Pablo cuando dijo: ‘Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha sido concebidas en el corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman’. Puedes estar seguro de que en el vientre del infinito se están gestando revelaciones cuyo nacimiento dejará mudos de asombro a los arcángeles. Deja, pues, de hablar de lo increíble. Prepárate a cada paso para penetrar más en el Siempre Más, y a medida que tus ojos se abran a cada visión sucesiva, adora con reverencia y con sobrecogimiento. Pero Zisvené ya está aquí».

Así fue como Omra abrió otra puerta en el cielo a través de la cual pude obtener una visión todavía diferente de la extensión del infinito. No tuve entonces oportunidad de entrar en una contemplación de la visión, pero mientras la miraba de reojo, pasó por mi mente la abrumadora convicción del salmista: ‘Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí. Es elevado, no puedo alcanzarlo’. Zisvené se adelantó y me saludó como a un viejo y comprobado amigo.

«No necesitamos presentación, Aphraar; tus libros ya te han hecho alguien bien conocido para mí, y con toda mi alma quiero agradecerte por la bendición incalculable que han sido para mí».

Ella se volvió para caminar conmigo mientras hablaba. Myhanene se unió a Omra y Rael, que se habían quedado atrás, y así continuamos nuestro camino.

«¿Por qué deberías agradecérmelo? -respondí en cuanto pude recuperarme de la sorpresa que me causó su cálido saludo-; ¿No debería todo el agradecimiento recaer en Aquel que hizo posible semejante ministerio? ¿No es el honor de que se me permita participar en una misión tan gloriosa, no sólo una recompensa, sino una alegría sobreabundante, que no permite pensar en trabajo, en relación con ella? ¡Piensa en el trascendente honor que conlleva! Llamado a ser un colaborador de Dios en la salvación de aunque sólo sea una simple alma, un alma que es tan intrínsecamente valiosa para Él, que toda la creación inanimada no es más que una burbuja de aire en comparación. Y lo que es más, tener la certeza de que lo he conseguido, ¡y por Él! ¡Piénsalo! ¿Crees que necesito recibir agradecimiento? ¿No debería más bien, con una alegría desgarrada en el corazón, dar gracias a Dios, a través de ti, por el inestimable honor que me ha concedido?».

«Puedo entender todo lo que dices, así como algo de lo que sientes. El agua de una nueva vida que he podido beber ha sido inexpresablemente dulce, vivificante, dadora de vida, y estoy indeciblemente agradecida a la fuente y al Dador de la corriente de la que se me ha permitido beber; aun así, no puedo dejar de tener presente el canal por el que ha sido llevada hasta mí. ¿Te gusta la música?».

«Apasionadamente», respondí.

«¿Nunca has escuchado a un gran maestro tocar el rey de los instrumentos, el violín, hasta que, en el abrazo del alma de la música, te has sentido transportado a un elíseo de armonía, en el que todo, dentro, fuera y alrededor, se mezclaba en un océano de melodía, y no existía nada más que la música, en la que tu alma había encontrado su ideal del cielo en un sueño arrebatador?».

«¡Cómo no! ¡Oh, cuántas veces me he prestado al dichoso encanto!».

«Y cuando el sueño terminó ─cuando despertaste para encontrarte de nuevo en la Tierra─, ¿nunca pensaste en la belleza del instrumento a través del cual el alma del violinista te había influido tan maravillosamente?».

«Creo que nunca se me ocurrió separar una cosa de la otra, estaban tan entremezcladas en mi mente que haberlo hecho habría sido arruinar el sueño; o así es como ahora imagino que habría sido».

«Lo mismo ocurriría conmigo, mi querido Aphraar, si tratara de disociarte del Gran Padre, en la inestimable bendición que he recibido a través de tu ministerio. He podido, por fin, llegar hasta ti ─una bendición muchas veces anhelada cuando derramaba mi alma ante Él en el santuario de la oración─, y ¿olvidaré ahora la deuda que tengo? ¿No le enviaré de nuevo, a través del canal que Él ha ordenado usar para otorgar Su bendición, otro reconocimiento de mi gratitud y amor?».

«Sí, ciertamente, en todas las cosas debemos dar a Dios la gloria; pero después de eso hay otro a quien se debe todo lo que queda de reconocimiento antes de que yo pueda reclamar la más mínima consideración».

«¿Y quién puede ser?», preguntó ella alerta.

«¡Myhanene! Si no hubiera sido por la ayuda fraternal que me prestó, nunca habrías oído hablar de mí».

«Creo que te ha sido de mucha ayuda. Era justo lo que cabía esperar de su alma generosa. Rebuscando en los trasteros de la Tierra para ver qué tesoros descuidados del Maestro yacían allí en el olvido, dio con ellos y se propuso restaurarte [reinstate]: estaba decidido a devolver el favorito perdido al corazón que anhelaba la restitución del ser amado. Eso es propio de Myhanene, y recibirá el debido reconocimiento por el descubrimiento; pero Myhanene sería el último en atribuirse algo más que eso, ni yo le olvidaré en ese sentido. Pero después de que hayamos dado a Myhanene su merecido reconocimiento por todo lo que ha hecho, tú sigues siendo el instrumento que el Maestro ha elegido emplear para sacarme de mi vagabundeo y atraer mi alma a Su abrazo; ¿por qué, pues, habrías de negarme que te ofrezca la gratitud que siento?».

¿Por qué tenía yo que insistir más en el punto, cuando veía con qué firmeza estaba resuelta a llevar a cabo su propósito? Yo no deseaba el menor reconocimiento. Cuando repasaba mis experiencias, la enorme cantidad de cuidados y atenciones que se me habían dispensado, los privilegios excepcionales que se me habían concedido, y luego los comparaba con el magro y del todo indigno historial de lo que yo había hecho ─no voluntariamente, sino bajo las exigencias de mis debilidades [infirmities]─, me sonrojaba al pensar en aceptar cualquier tipo de felicitación. Pero Zisvené miraba mi obra desde otro punto de vista muy diferente. Miraba con otros ojos, oía con otros oídos, basaba sus conclusiones en pruebas que yo no podía entender, como tampoco ella podía comprender la deficiencia de la que yo era tan sensiblemente consciente. Cuando se reconoció y se tuvo en cuenta la diferencia de puntos de vista, ¿no estaba su conclusión tan bien fundada como la mía? No había ninguna cuestión de principio en que yo cediera a su deseo; tal vez mi negativa a hacerlo podría interponer algún obstáculo en su camino, y ante tal pensamiento mi resistencia se derrumbó.

Mientras reflexionaba de este modo, el silencio se hizo mas largo, durante el cual capté sus elocuentes ojos azules y grises lanzando furtivas pero seguras miradas a mi irresolución, hasta que al final, con un intento de gravedad que no pudo disimular, preguntó:

«¿Ha sido la derrota tan aplastante que te ha dejado sin habla?».

«No es ninguna sensación de derrota; más bien, lo que me silencia, es el conocimiento de cómo, personalmente, me hago digno de tu elogio».

«Bien, ese es un punto que no necesitamos empezar a discutir ahora; pero ¿me permitirás ser generosa y sugerirte una posible manera de tomarte tu venganza?».

«¿Intentas tender otra trampa a mis incautos pies?».

«Ahora, mírame a la cara y dime si crees que realmente podría hacer tal cosa».

«Tu presencia aquí es prueba suficiente de que no lo harías tan vilmente, pero hay un brillo de jugueteo en tus ojos delatores que me dice: «Cuidado». Aun así, me gustaría escuchar tu sugerencia».

«Me preguntaba que, si tuviéramos la oportunidad de encontrarnos y trabajar juntos [crossing lances] en mi estado de vigilia, podría ser que no fueras capaz de recuperarte. Estaría encantada de comprobarlo, si pudieras convencer a tu Receptor para que me haga una visita».

«Eso debe reservarse para una mayor consideración. Los arreglos en ese sentido los decidirá Myhanene. Mientras tanto, me encantaría hablar contigo de tus experiencias en la vida del sueño. Tal vez puedas ayudarme en una tarea que quiero acometer».

«Si en algún momento hay algo que pueda hacer a cambio de la obligación que tengo contigo, sólo tienes que nombrarlo. Pero debes recordar que sólo estoy aquí de favor».

»¿No estamos todos en igualdad de condiciones en ese sentido?».

«En cierta medida es así. Pero mi caso es muy particular, creo que casi único, por lo que no debes esperar demasiado de mí. Te prometo que, si puedo ayudarte de alguna manera, puedes estar seguro de que el servicio me proporcionará más placer del que puedo expresar. Ahora permíteme llamar tu atención sobre la vista que nos rodea».

Zisvené había captado tanto mi interés con su conversación que había dejado de fijarme en otra cosa que no fuera la absorbente fascinación de su personalidad y su discurso. Cuando, por fin, me hizo fijarme en lo que nos rodeaba, di un grito de sorpresa involuntaria ─casi de consternación─ al encontrarme de pie en el centro mismo de aquel impresionante puente, con el profundo abismo hundiéndose en el seno de la insondable negrura bajo nuestros pies.

Hablaba entrecortadamente al mirar, y me di cuenta del paso que había dado inconscientemente; pero mi confianza no me abandonó, pues no me dejaron afrontar la prueba solo ─excepto por Zisvené [creo que puede querer decir que ella ya no está]─. A mi alrededor estaban reunidos no sólo Omra, Rael y Myhanene, sino también Walloo-Malie, Avita, Rhamya, con el resto de los amigos que había dejado en el Patio de las Voces, y una gran compañía de otros, entre los cuales reconocí a muchos que había conocido en la vida inferior, junto con otros a quienes había conocido bien en el ministerio de guía y protección.

¡Qué reunión! ¿Cómo podía temer por la seguridad de la estructura sobre la que descansábamos? Mis ojos recorrieron aquella multitud de rostros en cada uno de los cuales leí una nota tácita de bienvenida en aquel himno sagrado y silencioso, demasiado dulce, demasiado musical para sonar, y mi alma se llenó de una alegría inexpresable, a excepción de aquel susurro de: ‘Paz; quédate en calma‘ [except in the breathing of “Peace – be still.”]. Con un impulso instintivo, todas las cabezas se inclinaron para recibir la bendición mística, después de lo cual Walloo-Malie me habló.

«En esa sublime alegoría de un alma errante y su regreso a la casa del Padre, contada por el Maestro a aquellos que se agarraban a su enseñanza, Él da a la expresión verbal un lugar muy exiguo. Las palabras, en el mejor de los casos, no son más que burdas sugerencias de ideales intangibles, que pueblan el santuario interior del alma. Si quisiéramos comprender su verdadero valor, su poesía y su belleza, deberíamos ser capaces de entrar en el santuario y, mezclándonos con el alma en que fueron concebidas, hundirnos y perdernos en el espíritu donde moran, conocerlas como realmente son. Esta es una bendición [boon], un poder que sólo Dios posee. Por eso, en su parábola, el Maestro sólo introduce el lenguaje para dar una orden, sin intentar expresar los sentimientos del Padre: ‘Sacad el mejor vestido y ponédselo; ponedle un anillo en la mano y calzado en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; comamos y alegrémonos, porque este, mi hijo, estaba muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado’.

»Siguiendo ese augusto ejemplo, en realidad sólo hay dos palabras que deban pronunciarse mientras nos encontramos aquí en los límites de dos mundos: el físico y el espiritual. A ti, en la providencia de Dios, te ha llegado la hora de lo glorioso: el eterno amanecer, en el que toda sombra debe desaparecer; y tú, en consecuencia, debes decir Adiós al ayer que se va en este nuevo nacimiento; y a nosotros, que estamos aquí como respuesta a tu pregunta repetida a menudo,

¿Habrá alguien allí, en la hermosa puerta,
esperándome y velando por mí? [ref.]

se nos concede el gran privilegio de pronunciar esa segunda palabra: ‘Bienvenido‘.

»Es una palabra familiar, una que has oído a menudo antes; a veces con una entonación profunda, clara, dulce y vibrante, que sonaba a Hogar; otras, con una descarada, áspera y hueca ligereza, que despertaba sombras de sospecha en tu mente, y tus oídos se apresuraban a captar el eco susurrado: Ten cuidado. Se me ha pedido que te diga nuestra palabra de Bienvenida cuando cruces nuestro umbral, y mientras lo hago, con la batuta de mi lengua llamando a la orquesta del cielo a una pronta atención, hacemos sonar la nota clave de un himno de paz y buena voluntad que reverberará a través de tu alma, en una música siempre creciente hasta que Dios deje de ser [in ever-increasing music till God shall cease to be] [quizá se refiere a que, como está en una especie de «segundo parto», va a pasar hasta a una inconsciencia de Dios mismo, ya que en realidad estará en unidad de amor con Dios a partir del segundo nacimiento].

»¿No puedes comprenderlo? ¡No! No esperamos que lo hagas antes de que tus ojos hayan contemplado la gloria. Aún no comprendes los sonidos que oyes en la palabra con que te saludamos. Esta no es más que tu hora natal. Aún no has cruzado el umbral de tu nuevo nacimiento. ¿Cómo puedes comprender? Pero tus ojos pueden ver; Dios ha soplado en tu alma el aliento de una vida más santa, y en ese acto ha sintonizado tu vida para vibrar en armonía con lo que ha de ser. Deja que tus ojos que se abren miren nuestros rostros; deja que los primeros sonidos que caigan sobre tus oídos sean melodiosos con tonos que sigan cadencias tranquilizadoras, y cortejen la sagrada confianza del amor recién nacido dentro de ti. No tenemos aquí hermanos mayores que alberguen resentimiento contra el regreso del perdido; no hay hombros fríos; no hay miradas inquisitivas; no hay insinuaciones veladas; no se toman las túnicas para apartarlas; no hay autocracia; no hay aduladores ni bonachones; la sombra de todo ello ha desaparecido incluso de donde ahora estamos, y sus sustancias temen intentar el paso del puente. Por lo tanto, ‘Entra, bendito del Señor‘ [ref.], ¡te damos la ‘bienvenida a casa‘!» [ref. [2.]].

Versión en inglés
CHAPTER EIGHTEEN
CROSSING THE BRIDGE

We were back in that entrancing shrubbery from which Omra had previously spirited me away.

In suggesting our return Rael humorously challenged me to observe and discover something of the process by which the transit was accomplished.

“I will – “ I was about to say, “I will do my best to do so,” but I had scarcely begun to speak before it was a fait accompli, and Rael, highly amused at my discomfiture, was asking:

“Had you not better report at once, before the memory of the details evades you?”

Omra joined us as Rael was speaking, and was not one whit behind the speaker in his enjoyment of the pleasantry.

“We might have made our return in a far more leisurely way,” Rael proceeded to explain, “only the repetition of the former plan threw the door of opportunity open to my pointing to a matter that will sometime be valuable to you in your ministry.”

“If you can do that I will readily forgive you the advantage you have taken,” I replied.

“That is generous of you, Aphraar; at the same time you must allow me to think that it was too bad of Rael to make capital out of your embarrassment,” Omra facetiously observed.

“If that capital had been for the common weal,” Rael replied with the same quiet badinage, “I rather imagine that even the sedate Omra, had he been there and seen the face of Aphraar, as he cried, ‘What has happened?’ would have ventured to encore the experiment, in the hope of seeing a repetition of the amazement.”

“But surely an encore is always shorn of the initial surprise? However, proceed with the lesson you are anxious to reach.”

“Yes, after the music of the Smile let us seat ourselves again at the feet of Duty. In doing so I wish to carry you back to what I have said in relation to the fourth dimension, because, though it is actually beyond the comprehension of man in the physical state, there is one illustration of it that may be used to great advantage occasionally in your ministry.”
“If so, by all means point it out to me,” I implored him, for, in all things, I would be that which Paul admonished Timothy to be ‘a workman that needeth not to be ashamed, rightly dividing the word of truth.’ “

“My reference is to the subject of Prayer – “

“A most important subject,” interjected Omra, “one upon which I have already said something to Aphraar – take your own way, Rael.”

“It is a question upon which there can be no ground of difference between us, so without any reference to what you may have said I will proceed. Nor shall I concern myself with offering a definition of Prayer, nor generally with attempting a reply to the question, ‘Does God answer prayer?’ I want more particularly to direct your attention to a specious pseudo-philosophic objection to prayer which exercises considerable influence on many minds on account of its semblance of a logical basis. The argument may be variously framed according to the speaker and the particular need of the moment; I will state it in my own way: ‘The idea that prayer can become available in contributing to the arrest, change or obviating contemporary affairs is not only fallacious but absolutely impossible. Let us look at a very necessary premise we need to lay down as a basis upon which to work: How far has the petition to travel from the petitioner before it reaches the ear of God? And next: At what rate is the petition despatched upon its errand? We will suppose, for the argument’s sake, that the throne of God is located in one of the nearest fixed stars to earth – Sirius – and that the prayer travels at the inconceivable speed of light – 186,000 miles per second. It will require more than eight years for the petition to reach its destination. Under such circumstances how is it possible for prayer to avail in influencing passing events? It is only necessary to state the case to refute it with derision.’

“So it seems. But things are not exactly what they seem to be. ‘Who is this that darkeneth counsel by words without knowledge? Hast thou not known – hast thou not heard’ that God ‘taketh the wise in their own craftiness?’ The argument just advanced is from the lips of a philosopher whose knowledge is circumscribed by the limitations of three dimensions known to the physical, while prayer is a spiritual faculty and operates in a region which is neither visible, tangible nor comprehended in the physical. The speed at which light traverses space in comparison to that of prayer is scarcely that of the ancient footman to the modern wireless telegraph. While light is preparing to fashion its first rippling wave, prayer, on the wings of desire, is at its destination, and waits, in eager haste, to bring its answer back. The broken-hearted penitent cries, ‘God, be merciful,’ and turning homeward, while yet the philanthropic Pharisee continues his self-laudatory harangue, finds the answer to his prayer already attests his justification. ‘Go ye and learn what that meaneth’ – the spirit knows neither time nor distance when once it standeth in the light of God.”

“Ah! Ah!” cried Omra, you have just finished your discourse in time, for here comes Myhanene with our sister Zisvené.”

“Who is Zisvené” I asked. “I have not met with her before.”

“Have you not?” was Omra’s astonished reply. “She should be particularly interesting to you.”

“Indeed! In what way?”

“I think Myhanene would tell us that she is actually the first-fruits of your ministry to earth.”

“My ministry to earth! How comes she here, then? Surely you are mistaken,” I exclaimed.

“You will find that I am not mistaken, but Zisvené’s is a most exceptional case, I can assure you. She was an earnest and most indefatigable searcher after truth. Not being able to satisfy herself on theological husks and superficially accepted dogmas, through various vicissitudes she pressed forward assured that the living bread for which her soul hungered was to be found somewhere. She heard your voice as she wandered in the wilderness. It appealed to her. She followed. Your evangel of the possibilities of the sleep-life charmed her. She prayed for guidance, and in response found her way across the frontier, and now she spends almost the whole of her sleep-life in mission work with us. But you must hear the story as she will tell it to you.”

“Omra – you amaze me. It seems to be a thing incredible!”

“Is it not almost time that you abandoned speaking of the incredible?” he enquired with his encouraging smile.

“The whole book of Revelation, which you have but just begun to read, is written to record those things Paul spoke of when he said: ‘Eye hath not seen, nor ear heard, neither have entered into the heart, the things which God hath prepared for them that love Him.’ You may depend upon it that in the womb of the infinite there are revelations gestating, the birth of which will strike the archangels dumb with astonishment. Cease, then, to speak of the incredible. Be prepared at each step to penetrate further into the Evermore, and as your eyes open to each successive vision, worship with reverence and with awe. But, here is Zisvené now.”

So it was that Omra opened yet another door in heaven through which I might gain a still different glimpse into the expanse of infinity. I had no opportunity then to enter into the contemplation of the vision, but as I glanced at it there flashed through my mind the overpowering conviction of the Psalmist: “Such knowledge is too wonderful for me. It is high, I cannot attain to it.” Then our friends were upon us – Zisvené stepping forward with greeting as of an old and well-tried friend.

“We need no introduction, Aphraar; your books have already made you well known to me, and with my whole soul I want to thank you for what an untold blessing they have been to me.”

She turned to walk with me as she spoke – Myhanene joined Omra and Rael, who had fallen behind – and so we continued our walk.

“Why should you thank me?” I replied as soon as I could recover from the surprise her warmth of greeting occasioned. “Should not all the thanksgiving be laid at His feet who made such a ministry possible? Is not the honour of being permitted to take part in such a most glorious mission, not only a recompense, but a super-abounding joy, that will not permit the thought of labour in connection with it? Think of the transcending honour of it! Called to be a fellow-worker with God in the salvation of – if so be just a simple soul – one soul, which is so intrinsically valuable to Him that the whole inanimate creation is but an air-bubble in comparison. Again – and more than that – to have the knowledge that I have succeeded in it – and for Him! Think of it! Do you think I have any need of thanks? Ought I not rather with broken-hearted joy to pour out my thanksgiving to Him, through you, for the inestimable honour He has bestowed upon me?”

“I can understand all you say, as well as something of what you feel. The water of a new life which I have been able to drink has been inexpressibly sweet, reviving, life-giving, and I am unspeakably grateful to the source and Giver of the stream from which I have been permitted to drink; still, I cannot be unmindful of the channel by which it has been carried to me. Are you fond of music?”

“Most passionately,” I replied.

“Have you never listened to some great master playing on that King of instruments – the violin – until in the embrace of the soul of music you have been carried away into an elysium of harmony – all, within, without, around, blending into an ocean of melody, and there has been nothing existent but music, in which your soul has found its ideal of heaven in your rapturous dream?”

“Have I not! Oh, how many times have I lent myself to the blissful enchantment!”

“And when the dream was over – when you woke to find yourself on earth again – did you never give a thought to the beauty of the instrument through which the soul of the violinist had so wonderfully influenced you?”

“I don’t think it ever occurred to me to separate the one from the other they were so inter-blended in my mind that to have done so would have been to have wrecked the dream; or that is how I now imagine it would have been.”

“Just so, my dear Aphraar, would it be with me if I tried to dissociate you from the Great Father, in the priceless blessing I have received through your ministry. I have, at length, been able to reach you – a boon many times craved for when pouring out my soul to Him in the sanctuary of prayer – and shall I now be forgetful of the debt I owe? Shall I not send afresh to Him through the channel He has ordained to use to bestow His blessing, another acknowledgment of my gratitude and love?”

“Yes, certainly, we should in all things give God the glory; but after that there is another to whom whatever is left of recognition is due before I can lay the slightest claim to consideration.”

“And who may that be?” she asked alertly.

“Myhanene! If it had not been for the brotherly assistance he gave me, you would never have heard of me.

“I believe he has been of much assistance to you. It was just what one would expect from his generous soul. Searching around earth’s lumber-rooms to see what neglected treasures of the Master were lying there in forgetfulness, he came across, and set himself to reinstate you – he determined to bring the lost favourite back to the heart that was yearning for the restitution of the loved one. That is like Myhanene, and he will receive a due recognition for the discovery; but Myhanene would be the last to take credit for more than that, nor will I forget him in that respect. But after we have given to Myhanene his full meed of recognition for all he has done, you still remain the instrument the Master has chosen to employ in recalling me from my wandering, and wooing my soul into His embrace; why then should you refuse to allow me to tender to you the gratitude I feel?”

Why need I further contend the point when I saw how firmly she was resolved to carry out her purpose? I did not desire even the slightest recognition. When I reviewed my experiences, the vast amount of care and attention that had been bestowed upon me, the exceptional privileges that had been granted me, and then compared them with the meagre and altogether unworthy record I had made – not wilfully, but under the exigencies of my infirmities – I blushed to think of accepting any sort of congratulation. But Zisvené was looking upon my work from another and very different point of view. She was looking with other eyes, hearing with other cars, basing her conclusions upon evidence I could not understand, any more than she could comprehend the
shortcoming I was so sensitively conscious of. When the difference in the points of view was recognized and allowed for, was not her conclusion equally well founded with my own? There was no point of principle involved in my yielding to her desire – perhaps my refusal to do so might throw some obstacle in her path, and at such a thought my resistance collapsed.

As I thus reflected, the silence lengthened, during which I caught her eloquent blue-grey eyes stealing furtive but confident glances at my irresolution, until at length, with an attempt at gravity she could ill conceal, she asked:

“Has the defeat been so absolutely crushing as to leave you quite speechless?”

“It is not any sense of defeat, but rather the knowledge of how, personally, I come of being worthy of your commendation that silences me.”

“Well, that is a point we need not begin to argue just now; but will you allow me to be generous and suggest a possible way of taking your revenge?”

“Are you attempting to lay another trap for my unwary feet?”

“Now, look me in the face and tell me if you think I could really do such a thing?”

“Your presence here is sufficient evidence that you would not do so viciously, but there is a gleam of playfulness in your tell-tale eyes which bids me – Beware. Still, I would like to hear your suggestion.”

“I was wondering whether, if we had the opportunity of crossing lances in my waking state, you might not be able to recover yourself. I should be very pleased to test it, if you could prevail upon your Recorder to pay me a visit.”

“That must be reserved for after consideration. Arrangements in that direction are for Myhanene to decide. In the meantime, I should be pleased to speak with you of your sleep-life experiences. Perhaps you might be able to assist me in an endeavour I am hoping to undertake.”

“If at any time there is anything I am able to do in return for the obligation I am under to yourself, you have only to name it. But you must remember that I am only here by favour – “

“Are we not all on an equality in that respect?”

“In a measure that is so. But my own case is most peculiarly – I believe almost uniquely so; therefore you must not expect too much of me. This much I will readily promise you, that, if I am able to assist you in any way, you may always be sure that the service will afford me more pleasure than I can express. Now let me call your attention to the view around us.”

Zisvené had held my interest so closely by her conversation that I had ceased to notice anything but the absorbing fascination of her personality and discourse. When, at length, she did recall me to notice our surroundings, I gave a shout of involuntary surprise – almost dismay – to find myself brought to a stand in the very centre of that awesome bridge, with the Yawning gulf sinking into the bosom of the unfathomable blackness beneath our feet.

I gasped as I looked and realized what a step I had unconsciously taken; but my confidence did not forsake me, for I was not left to encounter the ordeal unattended, except by Zisvené. Around me were gathered, not only Omra, Rael and Myhanene, but Walloo-Malie, Avita, Rhamya, with the rest of the friends I had left in the Court of the Voices, and a great company of others, among whom I recognized many I had known in the lower life, together with others to whom I had been well known in the ministry of guidance and protection.

What a gathering! How could I entertain a fear as to the safety of the structure on which we rested. My eyes wandered over that crowd of faces upon each of which I read an unspoken note of welcome in that sacred, silent anthem, too sweet, too musical for sound, and my soul surged with a joy inexpressible, except in the breathing of “Peace – be still.” With one instinctive impulse every head was bowed to receive the mystic benediction, after which Walloo-Malie spoke to me.

“In that sublimest allegory of a wandering soul and its return to the Father’s house, as told by the Master to those who hung upon His teaching, He gives to verbal expression a very meagre place. Words, at their best, are but crude suggestions of intangible ideals, which people the inner shrine of the soul. If we would understand their real worth, poetry and beauty, we must be able to gain admission to the shrine, and by inter-blending with the soul wherein they were conceived, sink into and lose ourselves in the spirit where they dwell – know them as they really are. This is a boon – a power which only God possesses. Hence in His parable, the Master only introduces speech to give an order, they make no attempt to express the Father’s feelings: ‘Bring forth the best robe, and put it on him; and put a ring on his hand, and shoes on his feet; and bring hither the fatted calf, and kill it: and let us eat, and be merry; for this, my son, was dead, and is alive again; he was lost, and is found.’

“Following that august example there are really only two words that need to be spoken as we stand here on the boundaries of two worlds – the physical and the spiritual. To You, in the providence of God, the time has come for the glorious – the eternal daybreak, in which every shadow must flee away, and you, consequently, must say Farewell to the yesterday which is passing away in this new birth; to us, who are here as a reply to your oft-repeated enquiry,

Will anyone there, at the beautiful gate,
Be waiting and watching for me?

is granted the great privilege of speaking that second word: ‘Welcome.’

“It is a familiar word – one you often have heard before; sometimes with a deep, clear, sweet vibrant intonation that sounded like Home; at others, with a brazen, harsh and hollow flippancy, that aroused shadows of suspicion in your mind, and your ears were quick to catch the whispered echo – Beware. I have been asked to speak our word of Welcome to you as you step across our threshold, and as I do so, with the baton of my tongue calling the waiting orchestra of heaven to prompt attention, we sound the keynote of an anthem of peace and goodwill that shall reverberate through your soul, in ever-increasing music till God shall cease to be.

“You cannot understand it? No! We do not expect you to do so before your eyes have beheld the glory. You do not yet understand the sounds you hear in the word with which we greet you. This is but your natal hour. You are not yet across the threshold of your new birth. How can you comprehend? But your eyes can see – God has breathed into your soul the breath of a holier life, and in that act has tuned your life to vibrate in harmony with that which is to be. Let your opening eyes look into our faces; let the first sounds that fall upon your ears be melodious with tones that fall with soothing cadences, and woo the sacred confidence of the newly-born love within you. We have no elder brethren here who harbour resentment against the return of the lost one; no cold shoulders; no askant looks; no veiled innuendoes; no drawing aside of robes; no autocracy; no sycophants or goody-goodies; the shadows of these have all passed away even from where we now are standing, and their substances fear to essay the passage of the bridge. Therefore, ‘Come in, thou blessed of the Lord,’ we bid thee ‘Welcome home!’”