La puerta del Cielo | Capítulo 12: ¿Responde Dios a la oración?

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo, aparte de hablar del tema de la oración, Aphraar nos sigue compartiendo su experiencia de interiorización del «segundo nacimiento».

Versión en español
Capítulo doce
¿Responde Dios a la oración?

Nos acercábamos al final del Patio. Ni Omra ni yo habíamos hablado desde que nos separamos de nuestros amigos. ¿Cómo íbamos a hablar? Todo el lugar parecía envuelto en el abrazo de un «¡silencio!», bajo el cual parecía un sacrilegio intentar hablar, incluso en el cumplimiento de un deber. Miré a mi compañero bajo el impulso creciente de un miedo sobrecogedor, pero él sólo levantó la mano con un gesto de silencio, mientras reducía su paso deliberado a una mera sospecha de movimiento. Entonces un soplo de perfume a coral  estremeció la quietud [«coral perfume»: como queriendo decir, parece, que la música lejana venía con sensaciones también de perfume], como el eco de una melodía tan lejana que vibraba en las profundidades de la cognición con el dulce arrebato de un sueño de hadas. Bajo la influencia de su fuerza hipnótica permanecimos de pie, escuchando el crescendo apenas perceptible que se elevaba con el movimiento perfecto de un amanecer sin nubes, hasta que los elementos vocales e instrumentales pudieron distinguirse a medida que se acercaba una procesión aún invisible, y las palabras del gran himno rodaban en volúmenes a través del Patio con la proclamación de que ‘El camino del justo es como una luz resplandeciente, que brilla más y más hasta el día perfecto‘ [ref.].

Cuando terminó la recesión, y se liberaron mis facultades detenidas, mi mente volvió a la música que una vez me había hechizado en aquella primera Coral. Qué revelación se me hizo en aquel entonces de los poderes, influencias y posibilidades restauradoras de la música, en comparación con las ideas elementales de la misma, con las que la Tierra está familiarizada. Mas ahora había descubierto que, en la Coral, no había hecho más que contemplar los fenómenos de la música: y sólo al haber entrado en ‘la asamblea general y la iglesia de los primogénitos‘ [ref.] ─en el umbral del cielo─ es que tenía reservado poder descubrir y conocer las armonías que están preparadas para el regreso a casa de los hijos de Dios, en el sagrado santuario del alma de la música, donde todos y cada uno de los elementos separados de la creación se reúnen, purifican, afinan, ajustan, entretejen y mezclan de acuerdo con el tema del Gran Compositor, y luego se enhebran a tono de concierto para hacer sonar un sólo acorde de revelación, en el que la Trinidad del Cielo: Padre, Amor y Hogar, se unificará en Dios.

Cuando salimos del Patio, Omra giró en dirección oblicua a través de la llanura hacia el abismo, lo que nos permitió llegar a un delicioso terreno salvaje de arbustos en flor, por el que paseamos tranquilamente, vislumbrando de vez en cuando el precipicio que quedaba a nuestra izquierda.

«¿Qué te pareció la profética bendición que acompañó nuestra partida?».

«Casi me da miedo aventurar una opinión -respondí vacilante-; una revelación rueda sobre otra, y con un desconcierto tan abrumador, que se requiere más esfuerzo del que parezco poseer para poder formarme una concepción real de algo. Soy algo así como un hombre surfeando en un mar que te desafía a mantenerte sobre los pies: debo dejar mis opiniones para cuando tenga más libertad para repasar tranquilamente mis experiencias».

«Y cuando seas capaz de revisar así lo que ahora parece un caos de confusión -respondió con una tranquila pero resuelta confianza-, verás que esta aparente confusión ha sido gobernada hasta en sus más mínimos detalles por una marcada y bellísima precisión».

«Estoy, en cierto modo, preparado para ello, pero ¿no es extraño que la confianza que siento en que así será, sólo contribuya a aumentar mi perplejidad?».

«No. Más bien me resultaría extraño que fuera de otro modo -respondió con tranquilo ánimo-; te encuentras en cierto modo en la situación de un alumno sensible que se enfrenta a su primera lección de órgano: la serie de tecnicismos que tiene que dominar, la imposibilidad de que alcance tal eficiencia de modo que ojos, dedos y pies puedan actuar en conjunción automática para sacar cada nota del “Aleluya” de Händel que se abre ante él, le horroriza y le hace temblar sólo de pensarlo. Pero si al muchacho se le permitiera de una vez escuchar la música que el espíritu que habita en el órgano canta al alma que ella ama [como si la música amara al muchacho], entonces el dominio de los tecnicismos se olvidaría, las imposibilidades ya no existirían, las dificultades tomarían alas y volarían lejos, sus ojos, sus dedos y sus pies ya no dudarían de sus capacidades, y cortejaría al ángel invisible hasta que el órgano correspondiera a la devoción de su alma y le cantara canciones más dulces que las que Mendelssohn jamás escuchó o Händel compuso en sus sueños de éxtasis. Así será contigo. Pero ahora simplemente te encuentras en una etapa de transición. Las cosas viejas están pasando ─todas las cosas se están volviendo nuevas─. Hasta ahora has estado soñando; ahora estás despertando a lo que será la vida real, y no sólo estás perplejo, sino absolutamente asombrado al descubrir que en tu nueva vida los elementos esenciales fundamentales de tu pasado no son sólo innecesarios, sino que en realidad no existen aquí. Como teoría, has estado familiarizado con la fórmula de que ‘la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios‘, pero la fórmula no era más que una frase teológica para beneficio de los expertos, y un sin sentido para el hombre ordinario del mundo. Cuando el sol naciente de la eternidad destierra el vapor de la mortalidad, el alma se sobresalta al descubrir que con el descarte de la carne y la sangre, toda la equipación filosófica de los sabios ha sido arrojada a un lado con los escombros inesenciales; que el espíritu trabaja por medio de una facultad superior a la del cerebro: un espejo reflector por el cual toda la verdad es transmitida heliográficamente desde el sol central y no necesita intermediarios para interpretarla o traducirla [ver «heliógrafo» (wikipedia)].

heliógrafo (wikipedia)
Un heliógrafo (wikipedia)  – Autora: Mª Victoria Fernández Arboleya (vfarboleya)

»¿Puedes seguir la analogía que quise establecer, entre tú y el chico frente al órgano? Mas en ese caso tuve que introducir un «si», y al hacerlo, hice que la figura dejara de servir a mi propósito. Por lo tanto, debo cambiarla a fin de transmitir la lección que deseo que aprendas. Dije: «Si al muchacho se le hubiera permitido alguna una vez escuchar la música», pero esa cualidad de incertidumbre ya no se aplica a ti. Como los reyes magos de otra parábola, has visto la luz, has seguido la estrella y, viniendo a adorar, has traído oro, incienso y mirra para ponerlos a los pies del Salvador, y la ofrenda ha sido aceptada y reconocida. Por lo demás, ya no necesitas preocuparte más. Ese recelo no surge de tu falta de preparación para cruzar el puente y entrar, sino más bien de la abrumadora sensación de la magnitud de la herencia en la que estás entrando. Tan pronto como seas capaz de darte cuenta de tu condición de coheredero con Cristo en el reino, y sientas que en Él ‘todas las cosas son tuyas’ [ref.], tendrás confianza para cruzar el puente y entrar en la tuya propia [condición]».

Mientras Omra hablaba así, nosotros deambulábamos entre un despliegue floral indeciblemente cautivador, con esa perfecta idoneidad que caracteriza cada detalle de esta vida superior. Esta sensación de plenitud te encuentra a cada paso: nada faltante o fuera de lugar; nada que desees que no esté inmediatamente disponible; nada disponible de lo que desees prescindir o que quieras cambiar de sitio o reorganizar. En esto, como en todos los aspectos de la existencia donde el diseño del Creador no ha sido perturbado, uno siempre puede repetir la afirmación del Salmista: ‘La ley del Señor es perfecta, convierte el alma‘ [ref.]. No era que por primera vez en mi experiencia lo encontrara así mientras escuchaba las tranquilizadoras seguridades de Omra, pero cuando cesó de hablar, me quedé inmóvil, con un sentimiento de gratitud que no sabía cómo expresar, y tomando sus dos manos en un apretón que espero expresara más que mis palabras, dije:

«Y permíteme decirte que espero que una de esas realizaciones sea la de poder expresar lo mucho que estoy en deuda contigo por toda tu paciente tolerancia en mi debilidad».

«No digas nada más de eso, hermano mío -y en el tono y la presión que devolvió fue mucho más elocuente que en sus palabras-; siempre es agradable ver que los servicios de uno son apreciados, pero no digamos nada más al respecto. En lo que he hecho y dicho he sido lo que soy: soy lo que Dios ha hecho de mí; y si algo de lo que he hecho ha sido útil en algún sentido, es un testimonio de que Dios no ha trabajado en mí en vano. A él sea todo el honor y la gloria».

«No voy a tratar de discutir el punto, por mucho que casi me gustaría poder hacerlo -respondí a su autorrepudio en la materia-; pero sólo a título informativo me gustaría preguntarte si no es este un caso en el que podría decirse que eres un ‘colaborador de Dios‘» [ref.: «worker together with God«].

«¡En absoluto! -fue la pronta y definitiva respuesta-; Cuando la ocasión lo permita, al repasar mi pasado, podré convencerte de que cuando me desprendí de lo físico no llevaba la aureola de un santo. Mi libre albedrío se había ejercido considerablemente en la dirección equivocada, puedo asegurártelo».

«¿Pero olvidas que la vida terrestre no es más que la etapa infantil de la existencia?», pregunté, alertado.

« … en comparación con su eternidad -añadió completando la frase que yo había dejado inacabada; y ahora, volviendo sus ojos hacia mí con un brillo de autoaprobación al hacer la corrección-; Me he anticipado y he esperado atentamente a que cometieras ese desliz. Sabía que ocurriría y no quería que pasara cuando estuviéramos tratando otro tema. Naturalmente ello plantea la cuestión de hasta qué punto las parábolas, analogías y alegorías deben ser limitadas o apretadas en su empleo ilustrativo, pues de la falta de discreción en esta dirección surgen muchos de los errores y malentendidos de nuestros amigos en la Tierra.

»En comparación con la interminable duración de la vida, estamos bastante justificados al utilizar la figura empleada por Santiago (4:14) y preguntar: ‘¿Qué es vuestra vida? Es como un vapor que aparece por poco tiempo y luego se desvanece‘. O podemos usar una ilustración más amplia, y decir que es la etapa infantil del ser, cuando relacionamos con la duración la cantidad comparativa de conocimientos que podemos adquirir. En este aspecto de la vida, el hombre mortal está tan circunscrito en su conocimiento real que el mayor de todos los misterios que le rodean es él mismo. Nada muestra más vívidamente la impotencia del intelecto humano que este hecho incontrovertible, pues si es imposible que un hombre se conozca a sí mismo, ¿cómo puede ser lógico el predicado que pretende comprender lo que está más allá de él? Es a partir de cierto punto de reconocimiento de esta gran verdad que Dios considera la etapa infantil de la raza; es aquí donde Él se revela por primera vez en el carácter de Padre. ‘Él conoce nuestra condición; Él recuerda que somos polvo’ [ref.], y en su inviolable sabiduría y justicia adapta sus exigencias al hombre, a la debilidad de la situación y dice: ‘¡Amaos los unos a los otros! Haced esto y viviréis‘.

»La etapa mortal de la existencia, vista desde tal posición, en comparación con la extensión y duración que ha de seguir, está muy apropiadamente simbolizada por la figura de un «vapor» o una sombra.

»Pero en ese mandato paternal ─’Amaos los unos a los otros‘─ está el germen de otro aspecto de la existencia respecto al cual tenemos que instituir una comparación muy diferente. Aquí la escala de comparación y contraste no es lo finito con lo infinito, como en el caso anterior ─no es lo mortal con lo inmortal, la infancia con la madurez, o la ignorancia con la sabiduría─. En este aspecto más amplio, tenemos una familia que vive bajo un Padre sabio y amoroso, cuya sabiduría, justicia y consideración pueden trasladarse más allá de la ilustración anterior. La regla de vida Parental es muy natural: ‘Amaos los unos a los otros‘, a lo que se añade una promesa alentadora con la sombra de un siniestro resultado negativo en caso de desobediencia: ‘Haced esto y viviréis‘. Ahora bien, al observar la vida cotidiana de la guardería, el observador juicioso debe estar preparado para ver la manifestación de todos los matices de la idiosincrasia infantil, cuyos resultados inmediatos, en muchos casos, son conmovedores, aplastantes, terribles; pero con la amable atención de la nodriza y un beso paternal, la tempestad pasa pronto y el incidente es olvidado por el que sufre. Pero no así por el Padre, cuya regla de vida ha sido desobedecida, y que tiene que considerar la futura carrera del pecador y su propia autoridad que mantener. Puede que el que sufre no se entere, puede que los residentes de la guardería no sean testigos, pero el infractor ha tenido que recoger la cosecha de la vileza que sembró y, al hacerlo, ha aprendido que no puede quebrantar impunemente ni una sola ley de su Padre, y el recuerdo de la penalización no sólo le salvará de nuevas desobediencias, sino que también le inspirará un amor filial que será más fuerte que la aplicación de cualquier ley moral.

»En mi referencia a esta fase particular de la vida me he limitado a propósito al uso del término «guardería» [nursery], aunque deseaba que recordases que abarca no sólo el período natural de los años terrestres de la vida, sino también el período de corrección que sigue al desprendimiento de lo físico. He adoptado este curso de acción porque, por una parte, sirve para mostrar que desde el punto de vista inferior, en comparación con el lento caminar en la tristeza [sorrow: «ambling gait of sorrow»], la duración parece ser casi una eternidad [la duración de esa vida preparatoria que incluye la corrección]; por otra parte, enfatiza el punto de vista que tenemos de ella, y pone en gloriosa prominencia la inmutable bondad amorosa y la tierna misericordia del Gran Padre de todos nosotros.

»Si he tenido la mitad de éxito en mi explicación de lo que he deseado, ahora podrás comprender lo muy prudente que es no apretar las figuras retóricas más allá del límite obvio para el que han sido legítimamente empleadas».

«Puedo apreciar claramente la necesidad de la distinción que señalas, y puedo ver de inmediato dónde el descuido de la misma puede ser ─y a menudo es─ una fuente engañosa y fructífera de error. Sin embargo, te estoy especialmente agradecido por la útil luz que has arrojado sobre la Paternidad de Dios al mantener la figura de la guardería en la última parte de tus observaciones».

«Eso debe llamarte la atención con más fuerza que de costumbre, porque es el punto de vista desde el que lo considerarás ahora. Ello tendrá toda la fuerza de una nueva revelación irrumpiendo sobre ti».

«Justo así es como lo siento. Sin embargo, hay un punto que no tengo claro en relación con esto. Se trata de la eficacia de la oración. Vamos a mantener la figura que has estado utilizando, y supongamos que un niño ha sido desobediente. Cuando el Padre está a punto de administrar la corrección ─o anticipando que lo tendrá que hacer─ supongamos que una cuidadora intercede en favor del niño. Cristo promete que ‘si pedís algo en mi nombre, yo lo haré‘ (Juan 14:14)».

«Sí -respondió él, con marcada deliberación-, pero hay un mundo de significado y efecto en el «si» con el que se antepone la promesa. Es una condición que con demasiada frecuencia se ignora hasta el punto de omitirse por completo en relación con los pactos de Dios y, sin embargo, es la única llave que abrirá la puerta que conduce al deseado cumplimiento de la oración. En este caso se plantea la cuestión de la fidelidad de la cuidadora. Permíteme que te repita la misma promesa en su forma más completa: ‘Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será hecho‘ (Juan 15:7). Pedir en su nombre equivale a permanecer en Él y a que sus palabras permanezcan en nosotros. ¿Puedes imaginarte a alguien que está en esta relación con Él, pidiéndole que abrogue o suspenda Su propia ley para salvar a un niño contumaz de la corrección? ¿Alguien que conozca personalmente a un juez terrenal se atrevería a hacerlo para frustrar los fines de la justicia? La dificultad en tu mente se debe a otra confusión de la figura, que en este caso está fuera de lugar en la guardería, porque ninguna verdadera cuidadora sentiría la necesidad de suplicar [plead with] al Padre a cuenta de un niño [como por ejemplo intentando exculpar al niño ante Dios como juez], viendo que Él estaría mejor informado y mucho más dispuesto a perdonar que la cuidadora. No hay necesidad de intercesión a menos que una ley haya sido violada voluntaria y deliberadamente, y que el acto haya sido cometido sabiendo bien el castigo que conllevaba; o, por decirlo de otra manera, no sirve de nada que un labrador, después de haber sembrado avena, ruegue para poder cosechar trigo».

Tenía la esperanza de que, al comenzar con este tema tan importante y controvertido, él hubiera continuado con una exposición completa del mismo, un deseo que, evidentemente, estaba destinado a no ver satisfacho en ese momento. No es que yo dudara seriamente de la eficacia de la oración; nunca me había enfrentado seriamente a la cuestión en mi vida terrenal con la intención de intentar zanjarla en un sentido o en otro. Más por costumbre que por convicción, me arrodillaba y rezaba mis oraciones ─de vez en cuando, cuando pensaba en ello y tenía tiempo─, pero ahora asumía un aspecto algo diferente, y quería oír el método de Omra para tratar con alguien que tenía dudas sobre el tema.

«Tu respuesta está llena de sugerencias -repliqué-, pero esperaba que te llevara a dar una respuesta a la tan repetida pregunta: ¿Responde Dios realmente a la oración?».

La respuesta inmediata de Omra fue una de esas sonrisas juguetonamente maliciosas que había visto con tanta frecuencia en el rostro de Myhanene.

«Por supuesto que una pregunta así sólo se plantearía del lado de la Tierra -comentó-, y si me la plantearan a mí, respondería haciendo una pregunta a su vez: «Si al entrar en una habitación pulsaras la palanca eléctrica, ¿obtendrías luz?»».

«Por supuesto que sí, si la instalación estuviera completa y los accesorios en orden -respondí-; ¿cómo podría ser de otro modo?».

«¡Exactamente! Como ves, todo depende del condicional «si» que ya he señalado. Permíteme repetir la promesa: ‘Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho‘. ¿Podría haber algo más claramente expresado?».

«Pero es muy raro que se pueda rastrear una respuesta directa», insistí.

«Lo sé, aun así, no hay duda alguna sobre Por Qué es así: no hay luz en una bombilla eléctrica desconectada; no hay fruto en una rama que se desprende de la vid; no hay respuesta de Dios al clamor de un alma que no permanece en Él. Pero no tiene por qué ser así. Busca un alma consagrada y pregúntale si Dios responde a sus oraciones. Entonces, que la Tierra reflexione sobre su respuesta hasta que aprenda el sentido y el significado de la misma».

No había hecho falta una larga argumentación, Omra era irrebatible [unanswerable].

Versión en inglés
CHAPTER TWELVE
DOES GOD ANSWER PRAYER?

We were nearing the end of the Court. Neither Omra nor myself had spoken since parting from our friends. How could we speak? The whole place seemed to be wrapped in the embrace of a “Hush” under which it felt like a sacrilege to attempt an utterance, even in the execution of a duty. I looked at my companion under the growing impulse of an awesome fear, but he only raised his hand with a gesture of silence, while he reduced his deliberate pace into a mere suspicion of movement. Then a breath of coral perfume trembled across the stillness, like the echo of a strain of music from the so-far-away as to vibrate in the depths of cognition with the sweet rapture of a fairy dream. Under the influence of its hypnotic constraint we stood, listening to the scarcely perceptible flowing crescendo that rose with the perfect movement of a cloudless dawning until the vocal and instrumental elements could be distinguished as some still invisible procession neared, and the words of the great anthem rolled in volumes through the Court with the proclamation that “ The path of the just is as a shining light, that shineth more and more unto the perfect day.”

When the recession was accomplished, and my arrested powers released, my mind went back to the music which had once held me spellbound in that early Chorale. What a revelation was then made to me of the powers, influences and restorative possibilities of music, in comparison with the elementary ideas of it, with which the earth is acquainted. But now I had discovered that, in the Chorale, I had done no more than beheld the phenomena of music: it had been reserved until I had entered “the general assembly and church of the first-born” on the threshold of heaven for me to discover and know what harmonies are laid up for the homecoming of the children of God in the sacred sanctuary of the soul of music, where all and every separate element of creation are brought together, purified, tuned, fitted, interwoven and interblended in accordance with the Great Composer’s theme, then strung to concert-pitch to sound one chord of revelation, in which the Trinity of Heaven – Father, Love, and Home, will be unified in God.

As we left the Court, Omra turned in an oblique direction across the plain towards the gulf which enabled us to reach a delightful wilderness of flowering shrubs through which we wandered leisurely, catching an occasional glimpse of the precipice which lay on our left.

“What did you think of the prophetic benediction by which our departure was accompanied” Omra asked me presently.

“I am almost afraid to venture an opinion,” I replied hesitatingly.

“Revelation rolls over revelation with such an overpowering bewilderment that it requires more effort than I seem to possess to form any real conception of anything. I am something like a man surfing in a sea that defies you to keep your feet – I must leave my opinions until I am more at liberty to quietly review my experiences.”

“And when you are thus able to review what now appears to be a chaos of turmoil,” he answered in a calm but resolute confidence, “you will see that this seeming confusion has been governed to its minutest detail by a marked and most beautiful precision.”

“I am, in a way, prepared for that, but is it not strange that the confidence I feel that it will be so, only helps to increase my perplexity”

“No. It would rather be strange to me to find it otherwise.” he responded with quiet encouragement. “You are somewhat in the position of a sensitively-strung pupil confronting his first lesson on an organ – the array of technicalities he has to master, the impossibility of his reaching such efficiency that eyes and fingers and feet may act in automatic conjunction to bring out every note of Handel’s ‘Hallelujah’ which lies open before him, appals and makes him tremble at the thought. But if the lad has once been permitted to hear the music the spirit that dwells in the organ sings to the soul she loves, the mastery of the technicalities will be forgotten – impossibilities will no longer exist – difficulties will take to themselves wings and fly away – his eyes, his fingers and his feet will no longer doubt their capabilities, and he will woo the invisible angel until the organ will reciprocate his soul’s devotion, and sing to him songs sweeter than Mendelssohn ever heard or Handel in his rapture-dreams composed. So shall it be with you. But just now, you are in the transitional stage. Old things are passing away – all things are becoming new. Hitherto you have been dreaming – now you are waking up to what real life is to be, and you are not only perplexed, but absolutely astounded to discover that in your new life the fundamental essentials of your past are not only unnecessary, but actually non-existent here. As a theory you have been conversant with the formula that ‘flesh and blood cannot inherit the kingdom of God’, but the formula was nothing more than a theological phrase for the benefit of experts, and meaningless to the ordinary man in the world. When the rising sun of eternity banishes the vapour of mortality, the soul is startled to discover that with the discarding of the flesh and blood the whole philosophical equipment of the wise has been cast aside with the non-essential debris; that the spirit works by means of a higher faculty than the brain – a reflecting mirror by which all truth is heliographically transmitted from the central sun and needs no intermediaries to interpret or translate it.

“Can you trace the analogy I would establish between yourself and the boy in front of the organ? But in that case I had to introduce an ‘If’, and in doing so made the figure cease to serve my purpose; therefore I must change it in order to convey the lesson I desire you to learn. I said, ‘If the lad has once been permitted to hear the music,’ but that quality of uncertainty no longer applies to you. Like the wise men of another parable, you have seen the light – you have followed the star, and coming to worship and adore, you have brought gold, frankincense, and myrrh to lay at the Saviour’s feet, and the offering has been accepted and acknowledged. For the rest you need have no further concern. That misgiving does not arise from your unpreparedness to cross the bridge and enter in, but rather from the overwhelming sense of the magnitude of the inheritance into which you are entering. As soon as you are able to realize your joint-heirship with Christ in the kingdom, and feel that in Him ‘all things are yours’, you will have confidence to cross the bridge and enter upon your own.”

While Omra had thus been speaking we were wandering among an unspeakably entrancing floral display with that perfect appositeness which characterizes every detail of this higher life. This sense of completeness meets you at every turn – nothing lacking or out of place – nothing to be desired that is not immediately available – nothing available that you wish to dispense with or would change its location or rearrange. In this, as in every aspect of existence where the Creator’s design has not been disturbed, one can always re-echo the Psalmist’s avowal: “The law of the Lord is perfect, converting the soul.” Not for the first time in my experience did I find it so as I listened to the soothing assurances of Omra, and when he ceased speaking, I stood still, with a feeling of gratitude I knew not how to express, and taking both his hands in a grip which I hope expressed more than my words, I said:

“And let me say that I hope one of those realizations will be the power to express how much I am indebted to you for all your patient forbearance in my weakness.”

“Say no more of that, my brother,” and in tone and returned pressure he was far more eloquent than in his words. “It is always pleasant to find one’s services are appreciated, but let us say no more about it. In what I have done and said I have been what I am – I am what God has made me ; and if aught that I have done has been in any wise helpful, it is a testimony that God has not laboured upon me in vain. To him be all honour and glory.”

“I shall not attempt to argue the point, much as I almost wish I might,” I answered his self-repudiation in the matter. “but merely for the sake of  information I would like to ask if this is not a case where it might be said that you are a ‘worker together with God’”

“Not in the slightest degree ! “ came the prompt and definite reply. “When occasion serves, in the review of my past, I shall be able to convince you that when I threw off the physical I was not wearing the aureole of a saint. My free will had been considerably exercised in the wrong direction, I can assure you.”

“But do you forget that the earth life is only the infancy stage of existence?” I asked alertly.

“ . . . in comparison with its everlastingness,” he added as completing the sentence I had left unfinished – and he turned his eyes on me with a self-congratulatory gleam as he made the correction. “I have anticipated and watchfully waited for you to make that slip. I knew it must come, and did not wish it to occur when we were in the middle of another subject. It naturally raises the question as to how far parables, analogies, and allegories should be limited or pressed in their illustrative employment, because from a failure to be discreet in this direction very many of the errors and misunderstandings of our friends on earth arise.

“In comparison with the endless duration of life we are quite justified in using the figure employed by James (iv, I4) and asking : ‘What is your life? It is even as a vapour, that appeareth for a little time, and then vanishes away.’ Or we may use a more extended illustration, and say it is the infancy stage of being, when we link with duration the comparative amount of knowledge we can possibly acquire. In this aspect of life the mortal man is so circumscribed in his actual knowledge that the greatest of all the mysteries around him is himself. Nothing more vividly displays the impotence of the human intellect than this incontrovertible fact, for while it is impossible for a man to know himself, how can the predicate be logical that claims to comprehend that which is beyond him? It is from somewhere along the line of the recognition of this great truth that God regards the infancy stage of the race – it is here where He first reveals Himself in the character of Father. ‘He knoweth our frame; He remembereth that we are dust,’ and in his inviolable wisdom and justice He adapts His requirements from man to the feebleness of the situation and says : ‘Love one another ! Do this and thou shalt live.’

“The mortal stage of existence viewed from such a standpoint, in comparison with the expansion and duration that is to follow, is very appropriately symbolized by the figure. a ‘vapour’ or a shadow.

“But in that Paternal command – ‘Love one another’ – there lies the germ of another aspect of existence regarding which we have to institute a very different comparison. Here the scale of comparison and contrast is not the finite with the infinite, as in the previous case – not mortal with immortal – infancy with manhood – or ignorance with wisdom. In this wider aspect, we have a family living under a wise and loving Father whose wisdom, justice, and consideration may be carried forward from the previous illustration. The Parental rule of life is the very natural one – ‘Love one another,’ to which is added an encouraging promise with the shadow of a sinister negative result for disobedience ‘Do this and thou shalt live.’ Now, in watching the daily round of the nursery life the judicious observer must be prepared to see the manifestation of every shade of infant idiosyncrasy, the immediate results of which, in many cases, are poignant, crushing, terrible – but with the kindly attention of the nurse, and a Fatherly kiss, the tempest is soon over and the incident forgotten by the sufferer. Not so the Father, whose rule of life has been disobeyed, and who has the future career of the sinner to consider and his own authority to uphold. – The sufferer may not be made aware – the occupants of the nursery may not be witnesses, but the offender has had to reap the harvest of the viciousness he sowed, and, in doing so, has learned that he cannot break a single law of his Father with impunity, and the remembrance of the penalty will not only save him from further disobedience, but will also inspire him with a filial love that will be stronger than the operation of any moral law.

“In my reference to this particular phase of life I have purposely confined myself to the use of the nursery term, though I wished you to remember that it embraces not only the natural span of three-score years and ten, but also the period of correction which follows the throwing off of the physical. I have adopted this course because while it serves on the one hand to show that from the lower view, in comparison with the ambling gait of sorrow, the duration seems to be almost an eternity in passing ; on the other hand, it emphasizes the view we take of it, and brings into glorious prominence the immutable loving-kindness and tender mercy of the Great Father of us all.

“If I have been half as successful in my explanation as I have desired to be, you will now be able to understand how very careful it is not to press figures of speech beyond the obvious limit for which they have legitimately been used.”

“I can clearly appreciate the necessity for the distinction you point out, and can see at once where the neglect of it may be – and often is – a misleading and fruitful source of error. I am, however, especially grateful to you for the helpful light you have thrown on the Fatherhood of God in the retention of the nursery figure in the latter part of your remarks.”

“That must appeal to you with more than usual forcefulness, because it is the view from which you will now regard it. It will have all the force of a new revelation breaking upon you.”

“That is just how I feel it to be. There is, however, one point in relation to this that I am not clear about. It is in relation to the efficacy of prayer. We will retain the figure you have been using, and suppose a child has been disobedient. When the Father is about to administer correction – or anticipating that He will do so – suppose a nurse intercedes on behalf of the child. Christ promises that ‘if ye shall ask anything in my name I will do it’ (John xiv, 14).”

“Yes,” he answered, with marked deliberation but there is a world of meaning and effect in the “If” with which the promise is prefaced. It is a condition too often so completely ignored as to be omitted altogether in connection with the covenants of God, and yet it is the only key that will open the door that leads to the desired fulfilment of the prayer. In this case it raises the question of the fidelity of the nurse. Let me repeat the same promise to you in its fuller form – “If ye abide in me, and my words abide in you, ye shall ask what ye will, and it shall be done unto you” (John xv, 7). To ask in his name is the equivalent of abiding in Him and His words abiding in us. Can you imagine one who stands in this relationship to Him, asking Him to abrogate or suspend His own law to save a contumacious child from correction? Would anyone having personal acquaintance with an earthly judge dare to do so to defeat the ends of justice? The difficulty in your mind is due to another confusion of the figure which in this instance is out of place in the nursery, because no true nurse would feel it necessary to plead with the Father on account of a child, seeing that he would be both better informed and far more willing to forgive than the nurse would be. There is no need for intercession unless a law has been wilfully and deliberately broken, and the act was committed well knowing the punishment it incurred; or, to put it in another light – it is no use after a husbandman has sown oats to pray that he may reap wheat.”

I had hoped that when started on this most important and very disputed subject, he would have gone on to a full exposition of it, a desire I was evidently destined not to have satisfied just now. It was not that I had any robust doubt about the efficacy of prayer in my own mind – I had never seriously faced the question in my earth life with a view of attempting to settle the matter either one way or the other. I had, more as a matter of habit than conviction, knelt down and said my prayers – occasionally when I thought about it, and had the time – but now it assumed a somewhat different aspect, and I wanted to hear Omra’s method of dealing with one who was uncertain on the subject.

“Your reply is pregnant with suggestion,” I replied, “but I was hoping it would lead you on to give an answer to the oft-repeated question: ‘Does God really answer prayer?’

Omra’s immediate answer was by one of those playfully mischievious smiles I had seen so frequently on the face of Myhanene.

“Of course such a question would only be put on the earth side,” he remarked, “and if it were put to me, I should reply by asking a question in return : ‘If on entering a room you were to press the electric lever, would you obtain a light? ‘»

“Of course you would, if the installation was complete and the fittings in order,” I answered. “How could it be otherwise”

“Exactly ! You see everything depends on the conditional ‘If’ I have already pointed out. Let me repeat the promise, ‘If ye abide in me, and my words abide in you. ye shall ask what ye will, and it shall be done unto you.’ Could anything be more clearly expressed”

“But it is so very seldom that a direct answer can be traced,” I urged.

“I know it, still no doubt exists as to Why it is so – there is no light in a disconnected electric bulb – there is no fruit on a branch that is broken from the vine – there is no reply from God to the cry of a soul that does not abide in Him. It need not be so. Find a consecrated soul, and ask him if God answers his prayers? Then let the earth ponder over his reply until it learns the meaning and significance of it.”

It had not required a lengthy argument, but Omra was unanswerable.