1/2:1-3) 2. Ámbitos celestiales (primeros tres mensajes) | El verdadero evangelio – Revelado de nuevo por Jesús | Vol. 1. / 2:1-3

Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés 

___

 

Introducción

─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga

A continuación vamos a ver parte del apartado:

2) Ámbitos celestiales

Vemos los primeros tres mensajes contenidos en este apartado 2.

El tema tratado es el del llamado reino celestial, o ámbitos celestiales, y también el del «juicio».

Para ver la lista con todos los enlaces a los textos y audios ver:
unplandivino.net/transicion/

Forma parte de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados ─entre otros, Jesús de Nazaret─.

Estos volúmenes fueron preparados o compartidos así por Divine Truth (entre otras personas).

El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):

a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ Foto espiritual de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.

           d) ─ La verdadera misión de Jesús

I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado.

─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales [estamos aquí: Vemos los primeros tres mensajes en este apartado 2]
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria
─ Mensajes adicionales

Versión en español
2. Ámbitos celestiales

El único camino al Reino de Dios en los Ámbitos Celestiales (Jesús) (15 mayo 1917)

Estoy aquí, soy Jesús.

Vengo esta noche y deseo terminar mi mensaje y espero que puedas recibirlo.

Bien, para continuar.

He descrito el camino al Reino de Dios en la tierra y en el mundo espiritual, y ahora describiré el único camino al Reino de Dios en los Ámbitos Celestiales.

Como he escrito antes, cuando el hombre fue creado, además de haberle concedido aquellas cosas que hicieron al hombre perfecto y en armonía con las leyes y la voluntad del Padre, también le concedió la potencialidad o el privilegio de recibir el Amor Divino, siempre que lo buscara de la única manera que Dios había planeado para su consecución. Pero en lugar de abrazar este gran privilegio, el hombre se volvió desobediente y trató de ejercer su propia voluntad, y lo hizo de tal manera que condujo no sólo a su caída en su condición ─de la condición de madurez perfecta en la que Dios lo había creado─, sino también a la pérdida del gran privilegio de recibir este Amor Divino, privilegio que nunca le fue re-otorgado hasta mi venida y la enseñanza de ese re-otorgamiento y la verdadera manera de obtener este amor.

Ahora bien, aquí es mejor que se entienda lo que era y es este Amor Divino, pues es el mismo hoy que lo que era cuando el hombre fue creado a imagen de Dios. Este amor difiere del amor natural del hombre ─con el que fue dotado cuando fue creado, y que pertenece a todos los hombres, y que todos poseen en una condición más o menos perfecta─, en esto: que el Amor Divino es aquel amor que pertenece o es parte de Dios, poseyendo Su Naturaleza y compuesto de Su Sustancia, y que cuando es poseído por el hombre en un grado suficiente, lo hace Divino y de la Naturaleza de Dios. Este Gran Amor, Dios quiso que fuera recibido y poseído por todos los hombres que desearan recibirlo y que se esforzaran por obtenerlo.

Es el amor que contiene en sí mismo lo divino, cosa que no hace el amor natural. Muchos, lo sé, escriben y creen que todos los hombres, independientemente del tipo de amor que tengan en sus almas, poseen lo que llaman «la chispa divina», que sólo necesita el desarrollo adecuado para hacer que todos los hombres sean divinos. Pero esta concepción del estado del hombre en su condición natural es totalmente errónea, pues el hombre no tiene en sí ninguna parte de lo divino, y nunca podrá tenerla, a menos que reciba y haya desarrollado en él este Amor Divino.

En todo el universo de Dios y la creación de las cosas materiales y espirituales, la única de Sus criaturas que tiene dentro de sí algo de naturaleza divina es la que posee este Amor Divino.

El otorgamiento de este amor estaba destinado, en su operación y efecto, a transformar al hombre desde ser el hombre meramente perfecto en ser un ángel divino, y así crear un Reino de Dios en las Esferas Celestiales, donde sólo lo que es divino puede entrar y encontrar una morada. Y debes comprender que así como depende en gran parte del hombre, de él mismo, establecer el Reino de Dios en la tierra o en el mundo espiritual, así también depende en gran parte del hombre establecer el Reino en los Ámbitos Celestiales. Dios no establecerá y de hecho no establece este Reino Divino por ningún poder que Él pueda tener, y si el hombre nunca hubiera recibido este Amor Divino en su alma, nunca habría sucedido que tal reino se trajera a la existencia.

Existe ahora un Reino en la Esfera Celestial, pero no terminado, pues aún está abierto y en proceso de formación, y está abierto a la entrada de todos los espíritus, y los hombres deben buscarlo por el único camino que el Padre ha previsto, y no quedará excluido de él ningún hombre o espíritu que, con todos los anhelos de su alma, aspire a entrar en ese reino.

También debo declarar que llegará el tiempo en que este Reino Celestial se completará, y después ni el espíritu ni el hombre podrán entrar en él; porque este Amor Divino del Padre volverá a ser retirado del hombre, como lo fue de los primeros padres, y el único reino que entonces será accesible al hombre será el reino que existirá en la Tierra, o el que ahora existe en el mundo espiritual.

Entonces, ¿cuál es el camino que conduce a este Reino Celestial? ¿El único camino? ¡Pues no hay más que uno!

La observancia de los preceptos morales y la limpieza de las almas de los hombres del pecado siguiendo estos preceptos, no conducirán a este reino, porque, como se puede ver fácilmente, la corriente no puede subir más alto que su fuente, y la fuente de las almas de los hombres, en un estado meramente purificado, es la condición del hombre perfecto ─aquella condición en la que se encontraba antes de su caída─ y, por lo tanto, los resultados de la observancia y la vivencia de los preceptos meramente morales y del ejercicio del amor natural en su estado puro, es que el hombre será restaurado a la condición de hombre perfecto ─el hombre creado en el que no hay nada de lo divino─. Pero esta condición restaurada del hombre será tan perfecta y estará tan en armonía con la voluntad de Dios y Sus leyes que rigen a la más elevada y perfecta de Sus criaturas, que el hombre será muy feliz. Sin embargo, solamente seguirá siendo el ser creado, sin nada más en su haber que la imagen de su Hacedor.

Por lo tanto, digo, vivir en armonía con las leyes morales y el ejercicio de este amor natural en su estado más elevado y puro hacia Dios y hacia su prójimo, no conducirá al camino del Reino Celestial, sino que la mayor altura de su logro será el reino en la tierra o el de los cielos espirituales.

Y la naturaleza distinta y diferente de estos reinos, con respecto a la de los Ámbitos Celestiales, permitirá a la humanidad comprender la diferencia entre las misiones de los grandes maestros y reformadores que me precedieron en su trabajo entre los hombres, con respecto a la misión que fui seleccionado para realizar en la Tierra. Los primeros no podrían haber enseñado el camino hacia el Reino Celestial, pues hasta mi venida no le era posible al hombre obtener este Amor Divino del que escribo. El privilegio no existía antes de ese tiempo, después de que los primeros padres lo perdieran, y no había Reino Celestial en el que los hombres pudieran encontrar su hogar eterno.

Por lo tanto, repito, todas las enseñanzas morales de la historia del mundo no podían mostrar el camino hacia el Reino Celestial de Dios, y no pueden ahora, porque la moral, tal como es entendida y enseñada por la humanidad y por los espíritus y los ángeles, no puede dar al hombre lo que es absolutamente necesario para transformar su alma en ese estado o condición que le capacita para una entrada en este Reino verdaderamente Divino del Padre.

Mas el camino hacia ello es simple y único, y los hombres fueron enseñados de esa manera por mí cuando estuve en la Tierra; y podrían haber sido enseñados de esa manera durante todos los siglos desde que dejé la vida humana; y debo decir que algunos han sido así enseñados y han encontrado ese camino, pero son comparativamente pocos de entre los mortales cuya ostensible y reclamada misión y privilegio eran enseñar ese camino. Quiero decir que los sacerdotes, los predicadores y las iglesias han descuidado enseñar lo mismo, y, más bien, pese a su seriedad y su comprensión de su lealtad a Dios y de sus obligaciones para con la humanidad, han enseñado meramente el camino al que la observancia de los preceptos morales llevaría a los hombres.

Y todo esto, a pesar de que en la Biblia, que la mayoría de los que profesan ser cristianos creen que contiene mis dichos y enseñanzas, se expone este camino hacia el Reino Celestial. Las palabras son pocas y el camino es llano, y ningún misterio impide a los hombres comprender su significado. Cuando dije: ‘El que no nazca de nuevo no puede entrar en el Reino de Dios‘, revelé el único y verdadero camino hacia este Reino. Durante mi tiempo en la Tierra hubo algunos que comprendieron esta gran verdad, y desde entonces, ha habido algunos que no sólo comprendieron esta verdad, sino que encontraron el camino y lo siguieron hasta que alcanzaron la meta y son ahora habitantes de este reino; pero la gran mayoría de los hombres ─sacerdotes, maestros y pueblo─ no lo ha comprendido nunca, y nunca han buscado encontrar el camino. Esta gran verdad, para sus sentidos espirituales, ha sido, por así decirlo, algo oculto; y cuando la leen o incluso la recitan a sus oyentes no tiene ningún significado especial, sino que es meramente como uno de los preceptos morales, como ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo‘, y sin que se le atribuya tanta importancia como a algunas de estas instrucciones morales.

Y así, a lo largo de todas las edades desde que el gran reino ha estado esperando a los hombres, éstos, aunque con toda sinceridad y en amor hacia Dios, han buscado y, en mayor o menor medida, han encontrado sólo el reino del hombre perfecto, y han descuidado buscar y han descartado [missed] el reino del ángel divino.

Entonces, como he dicho, este Amor Divino del Padre, cuando es poseído por el alma del hombre, lo convierte, en su sustancia y esencia Divina, en semejante a la Divinidad del Padre, y sólo tales almas constituyen y habitan el Reino Celestial o Divino de Dios; y siendo esto así, debe verse fácilmente que el único camino al Reino Celestial es el que conduce a la obtención de este Amor Divino, que significa el Nuevo Nacimiento; y que el Nuevo Nacimiento se lleva a cabo por la afluencia en las almas de los hombres de este Amor Divino, y, de ahí, de la propia Naturaleza y Sustancia del Padre, por la cual los hombres dejan de ser unos seres meramente creados, para convertirse en las almas de los hombres nacidos en la realidad Divina de Dios.

Entonces siendo que el único camino al Reino Celestial es por el Nuevo Nacimiento, y siendo que ese nacimiento es traído a los hombres sólo por la afluencia y la operación de este Amor Divino, y siendo que depende de su propia iniciativa el que un hombre vaya a experimentar o no este nacimiento, la pregunta que surge es cómo o de qué manera puede un hombre obtener este Amor Divino, y este Nuevo Nacimiento y el Reino Celestial. Y como el camino es tan fácil y simple, puede ser que los hombres duden de la verdad de mi explicación, y continúen creyendo y poniendo todas sus esperanzas en las doctrinas ortodoxas de la expiación vicaria ─el lavado de la sangre; mis sufrimientos en la cruz portando todos los pecados del mundo; y mi resurrección de entre los muertos─, doctrinas estas tan dañinas para la salvación de la humanidad como carentes de verdad o fundamento en hecho o efecto.

La única manera es entonces simplemente esta: que los hombres crean con toda la sinceridad de sus mentes y almas que este Gran Amor del Padre está esperando ser concedido a todos y cada uno de ellos, y que cuando acudan al Padre con fe y aspiraciones sinceras, este amor no les será negado. Y además de esta creencia, oren con todo el fervor y anhelo de sus almas para que Él abra éstas a la afluencia de este Amor, y que entonces venga a ellos el Espíritu Santo para traer este Amor a sus almas en tal abundancia que sus almas puedan ser transformadas en la Esencia misma del Amor del Padre.

El hombre que así crea y ore nunca quedará defraudado, y el camino al reino será suyo tan ciertamente como que el sol brilla día tras día sobre justos e injustos por igual.

No se necesita mediador, ni oraciones o ceremonias de sacerdotes o predicadores, porque Dios viene al hombre, a él mismo, y escucha sus oraciones y responde a ellas enviando al Confortador, que es el mensajero del Padre para transmitir a las almas de los hombres este gran amor divino.

He explicado así el único camino al Reino Celestial de Dios y a la naturaleza divina en el amor; y no hay otro camino por el cual sea posible alcanzar este reino y el conocimiento cierto de la inmortalidad.

Por lo tanto, imploro a los hombres que mediten sobre estas grandes verdades, y que al meditar crean, y al creer, oren al Padre para que afluya a sus almas este Amor Divino, y al hacerlo experimentarán la creencia, la fe y la posesión y propiedad de aquello que nunca les podrá ser quitado ─no, nunca en toda la eternidad─.

Y así, queda para el hombre el elegir y fijar su destino. ¿Será ese destino el hombre perfecto, o el Ángel Divino?

He terminado y siento que has recibido mi mensaje como era mi intención, y estoy complacido.

Ya no escribiré más, y con mi amor y bendiciones, te doy las buenas noches.
Tu hermano y amigo,
Jesús

Afirmación de Samuel, Jesús escribió los mensajes (Samuel – Profeta de la Antigüedad) (15 mayo 1917)

Estoy aquí, soy Samuel, profeta de la Antigüedad.

He escuchado el mensaje del Maestro y como todos los suyos, está lleno de verdades vitales para la futura felicidad y condición de ser del hombre. También he estado contigo muy a menudo, y he tratado de ayudarte en todo lo que he podido, y debes creer que tienes a tu alrededor una hueste de espíritus celestiales y espirituales que se interesan por ti y se esfuerzan por ayudarte en tu trabajo.

Vendré pronto a escribirte.
Así que, con mi amor, me despido.
Tu hermano en Cristo,
Samuel

Después de la muerte, el juicio. Lo que es y lo que no es (Jesús) (25 febrero 1918)

Estoy aquí, soy Jesús.

Estoy aquí y deseo escribir unas líneas en referencia al gran día del juicio, acerca del cual escriben tan a menudo el predicador y los maestros de cosas teológicas. Sé que la Biblia, o más bien algunos de los libros, hacen gran hincapié en este día en el que, según afirman, Dios derramará sus copas de ira sobre los impíos y los condenará a una eternidad de castigo.

Hay, como sabes, muy grandes y diversas opiniones entre estos sabios en cuanto a cuál es el significado y la relevancia de este día del juicio, y cuándo, desde un punto de vista cronológico, tendrá lugar; y todas estas opiniones variadas tienen muchos estudiantes y maestros que las abrazan y proclaman al mundo como verdaderas y libres de duda.

Pues bien, es cierto que todos los hombres deben morir y que vendrá el juicio, y lo que sigue a la muerte es tan cierto como la muerte misma, y tan razonable como lo es el seguimiento de cualquier causa por un efecto. Por lo tanto, los hombres no deberían tener ninguna dificultad en creer en el juicio como un hecho que no se puede evitar, del mismo modo que no se puede evitar la muerte.

Pero la palabra y el hecho ─el juicio─, cuando se usa como un efecto o secuela de la muerte, puede tener muchos significados en las opiniones y entendimientos de muchos hombres, dependiendo de lo que los hombres puedan creer en cuanto a las cosas que se llaman religiosas, científicas o filosóficas. Para los ultraortodoxos este término, juicio, significa y comprende necesariamente el pronunciamiento activo de una sentencia por Dios, a causa de y determinada por sus vidas y pensamientos mientras viven en la vida mortal, independientemente de cualquiera de Sus leyes generales y el funcionamiento de las mismas. Dios es Él mismo el juez ─personal y presente─ y por Él, en esta capacidad, resulta que la vida y las obras de cada hombre son conocidas, asimiladas [digested] y convertidas en la base de la sentencia que Él debe pronunciar en cada caso individual. Dios guarda el registro de todos estos actos de los hombres, o, si se admite que el hombre es su propio guardián de registros, sus registros son, o serán, en el momento de la gran asamblea para el juicio, abiertos o traídos a la vista para que nada pueda perderse; y entonces, sobre este registro los hombres serán enviados a la felicidad eterna o al castigo eterno, o, como algunos creen, a la destrucción o aniquilación.

Otros, no ortodoxos, que creen en la supervivencia del alma y en los recuerdos continuos de los actos y pensamientos de los hombres, enseñan que el juicio seguirá a la muerte como una consecuencia natural de las operaciones de la ley de causa y efecto; y no se puede escapar del efecto, hasta que de alguna manera llegue a la consciencia de los hombres la comprensión de que el efecto en su sufrimiento ha satisfecho a la causa, y que no hay nada misterioso o antinatural en la aparición y el funcionamiento del juicio. No creen que Dios, mediante una interposición especial o un castigo personal, pronuncie el juicio o determine los méritos o deméritos de la persona llamada a juicio.

Además de estos puntos de vista, hay otros que existen y en los que se cree, pero los dos que he mencionado son los principales y son suficientes para mostrar lo que la gran mayoría de los hombres pensantes, o más bien creyentes, concluyen que el término ‘juicio’, tal como se usa en la Biblia, debe significar o entenderse que significa.

Pues bien, el juicio del alma humana es un acompañamiento importante de la vida humana, tanto en la carne como en el mundo de los espíritus, y en lo que respecta a las cuestiones y los castigos, apenas hay algo que exija más del pensamiento y la consideración de los hombres, porque es una certeza que las creencias ─verdaderas o falsas─ no pueden ser evitadas por los hombres. El juicio sigue tan ciertamente a lo que los hombres llaman muerte como la noche al día, y ninguna filosofía, ni dogmas teológicos, ni determinaciones científicas pueden alterar el hecho, ni cambiar en modo alguno el carácter o la exacta actuación de este juicio.

Pero el juicio no es una cosa que pertenezca exclusivamente al período o condición después de la muerte, pues está presente y operando con los hombres desde el momento en que se encarnan en lo humano hasta que desencarnan, y de ahí en adelante continuamente hasta que las causas de los efectos hayan sido satisfechas y no quede nada por juzgar, cuyo final feliz también es un hecho, pues todos los hombres dependen de su progreso hacia unas condiciones de armonía con las leyes, condiciones que son las que hacen efectivos los juicios, así como los pronuncian. Mientras que en la tierra estas leyes operan, y el hombre está siendo juzgado continuamente por las causas que él pone en marcha, el juicio después de la muerte es sólo una continuación del juicio recibido por los hombres mientras están en la tierra.

Por supuesto ─y los hombres pueden no saber esto─, estos juicios, o los efectos de los mismos, se intensifican después de que los hombres se hayan librado de las influencias de la existencia carnal y se convierten en espíritus, teniendo sólo cualidades espirituales. Y debido a este hecho los hombres deben comprender y tratar de darse cuenta de que la expresión «después de la muerte, el juicio» [ref.] tiene un mayor significado y es de importancia más vital que el dicho: «el juicio acompaña a los hombres durante toda su vida mortal».

Después de la muerte las causas de la inarmonía con la ley se hacen más pronunciadas, y aparecen en su verdadero significado y fuerza, y, en consecuencia, como esto es verdad, los efectos se intensifican y se comprenden más, y los hombres sufren más y se dan cuenta de la oscuridad, y a veces de la brutal oscuridad, que estos efectos producen. La inarmonía aparece en su realidad desnuda y no oculta, y los mecanismos de la ley traen a los hombres las penalizaciones exactas que sus violaciones exigen.

El hombre es su propio contador o contable, y en su memoria se registran todos los pensamientos y acciones de su vida terrenal que no concuerdan con la armonía de la voluntad de Dios, expresada o manifestada por Sus leyes. El juicio no es cosa de un día ni de una hora, sino que nunca cesa mientras exista aquello sobre lo que pueda operar, y disminuye a medida que desaparecen las causas de la inarmonía.

Dios no está presente con ira, exigiendo, como sí lo hace el ser humano que se cree herido y exige reparación por parte de quien le causó la herida. No; el Padre está presente sólo en amor, y a medida que el alma de quien sufre el castigo que sus propias acciones y pensamientos le han impuesto se armoniza más con la voluntad del Padre, Él, como vosotros los mortales decís, se complace.

Nunca es un Dios airado, regocijándose en la satisfacción de la pena pagada por uno de sus hijos descarriados, sino siempre un Padre amoroso que se regocija en la redención de sus hijos del sufrimiento que la violación de las leyes de la armonía exige con certeza.

Entonces, como digo, el día del juicio no es un momento especial en el que todos los hombres deban reunirse en presencia de Dios, para que sus pensamientos y acciones sean pesados ​​en la balanza, y luego, según sean buenos o malos, recibir la sentencia de un Dios airado, o incluso justo, pronunciada sobre ellos.

El día del juicio es todos los días, tanto en la vida terrenal del hombre como en la vida espiritual, donde opera la ley de la compensación. En el mundo espiritual, el tiempo es desconocido y cada respiro es parte de la eternidad, y con cada respiro, mientras la ley lo exige, llega el juicio, continuo y no satisfecho, hasta que el hombre, como espíritu, alcanza esa condición de armonía que hace que, para él, la ley ya no exija un juicio.

Pero, según lo que he escrito, los hombres no deben suponer ni dejarse engañar por esa creencia que les lleve a pensar que, dado que no hay un día de juicio especial en el que Dios pronuncie su sentencia, el juicio, por lo tanto, no debe temerse ni evitarse. No, este estado de pensamiento solo será paliativo por el momento, pues el juicio es cierto, y no es ni será menos intimidatorio [dreaded], pues la ley inmutable exige una restauración exacta en lugar de un Dios airado.

Ningún hombre que haya vivido y muerto ha escapado, y ningún hombre que muera en el futuro podrá escapar de este juicio a menos que, de la manera provista por el Padre en su amor, se haya puesto en armonía con las leyes que exigen armonía. ‘Como el hombre siembra, así cosechará‘ es tan cierto como lo es el hecho de que el sol brilla por igual sobre justos e injustos.

La memoria es el almacén del bien y del mal del hombre, y no muere con la muerte del cuerpo físico, sino que, por el contrario, entonces se vuelve más viva ─totalmente viva─, y nada se deja atrás ni se olvida cuando el hombre espiritual se libera del estorbo y de las influencias entumecedoras y engañosas del único cuerpo humano creado para morir.

El juicio es real, y los hombres deben afrontarlo cara a cara, y la incredulidad, la indiferencia o la aplicación a la vida humana del dicho ‘a cada día le basta su propio mal‘ no les permitirá evitar el juicio ni la carga de sus exigencias.

Sin embargo, existe una manera en que los hombres pueden convertir el juicio de muerte en juicio de vida, la inarmonía en armonía, el sufrimiento en felicidad, y el juicio mismo en algo deseable.

En otros lugares hemos escrito sobre este camino abierto a todos, y no intentaré describirlo aquí.

He escrito suficiente por esta noche. Estás cansado y no debes seguir más.

Así que, con mi amor, te daré las buenas noches.
Tu hermano y amigo,
Jesús

En inglés
2. Celestial Heavens

The Only Way to the Kingdom of God in the Celestial Heavens (Jesus) (17 May 1917)

I AM HERE. Jesus.

I come to-night and desire to finish my message and hope that you may be able to receive it.

Well, to continue.

I have described the way to the Kingdom of God on earth and in the spirit world, and now I will describe the only way to the Kingdom of God in the Celestial Heavens.

As I have written before, when man was created, in addition to having bestowed upon him those things that made him the perfect man and in harmony with the laws and will of the Father, he also bestowed upon him the potentiality or privilege of receiving the Divine Love, provided he should seek for it in the only way that God had planned for its attainment. But instead of embracing this great privilege, man became disobedient and sought to exercise his own will, and did so in that manner that lead not only to his fall from the condition and the condition of the perfect manhood in which God had created him, but also to the loss of the great privilege of receiving this Divine Love, which privilege was never rebestowed upon him until my coming and teaching that re-rebestowal and the true way to obtain this love.

Now, here it had better be understood what this Divine Love was and is, for it is the same today that it was when man was created in the image of God. This love differs from the natural love of man, with which he was endowed when created and which belongs to all men and which they all possess in a more or less perfect condition, in this, that the Divine Love is that love which belongs to or is a part of God, possessing His Nature and composed of His Substance, and which when possessed by man to a sufficient degree, makes him Divine and of the Nature of God. This Great Love God intended should be received and possessed by all men who should desire to receive it and who would make the effort to obtain it.

It is the love that contains in itself the divine, which the natural love does not. Many, I know, write and believe that all men, irrespective of the kind of love they have in their souls, possess what they call «the divine spark,» which needs only the proper development to make all men divine. But this conception of the state of man in his natural condition is all wrong, for man has not in him any part of the divine, and never can have, unless he receives and has developed in him, this Divine Love.

In all God’s universe and creation of things material and spiritual the only one of His creatures who can possibly have within him anything of a divine nature is he who possesses this Divine Love.

The bestowal of this love was intended, in its operation and effect, to transform man from the merely perfect man into the divine angel, and thus create a Kingdom of God in the Celestial Spheres, where only that which is divine can enter and find a habitation. And you must understand, that as it depends very largely upon man, himself, to establish the Kingdom of God on earth or in the spiritual world, so it also depends largely on man to establish the Kingdom in the Celestial Heavens. God will not and does not by any power that He may have establish this Divine Kingdom, and if man had never received this Divine Love into his soul, there never would have been any such kingdom brought into existence.

There is now a Kingdom in the Celestial Sphere, but not a finished one, for it is still open and in the process of formation, and is open to the entry of all spirits, and men must seek for it in the only way that the Father has provided, and no man or spirit will be excluded from it, who, with all the longings of his soul, will aspire to enter that kingdom.

I must also state that the time will come when this Celestial Kingdom will be completed, and thereafter neither spirit nor man will be able to enter therein; for this Divine Love of the Father will again be withdrawn from man, as it was from the first parents, and the only kingdom that will then be accessible to man will be the kingdom that will exist on earth, or that which now exists in the spirit world.

Then what is the way that leads to this Celestial Kingdom? The only way? For there is but one!

The observance of the moral precepts and the cleansing of men’s souls from sin by following these precepts, will not lead to this kingdom, for as it can be readily seen, the stream can rise no higher than its source, and the source of the souls of men in a merely purified state, is the condition of the perfect man – that condition in which he was before his fall – and, hence the results of the observance and living of the merely moral precepts and the exercise of the natural love in its pure state, is, that man will be restored to the condition of the perfect man – the created man in whom there is nothing of the divine. But this restored condition of man will be so perfect and so in harmony with God’s will and His laws governing the highest and most perfect of His creatures, that man will be very happy. Yet, he will continue to be only the created being, having nothing more than the image of his Maker.

So, I say, living in a harmony with the moral laws and the exercise of this natural love in its highest and purest state towards God and towards his fellow man, will not lead into the way to the Celestial Kingdom, but the greatest height of his attainment will be the kingdom on earth or that in the spirit heavens.

And the distinct and differing nature of these kingdoms from that of the Celestial Heavens, will enable mankind to understand the difference between the missions of the great teachers and reformers who preceded me in their work among men, and the mission which I was selected to perform on earth. The former could not possibly have taught the way to the Celestial Kingdom, for until my coming, this Divine Love of which I write was not possible for man to obtain. the privilege was not, before that time, in existence after the first parents lost it, and there was no Celestial Kingdom in which men could find their eternal home.

So, I repeat, all the moral teachings of the world’s history could not show the way to the Celestial Kingdom of God, and cannot now, for morality, as understood and taught by mankind and by the spirits and angels, cannot give to man that which is absolutely necessary in order to transform his soul into that state or condition that fits him for an entrance into this truly Divine Kingdom of the Father.

But the way thereto is simple and single and men were taught that way by me when I was on earth; and could have been taught that way during all the centuries since I left the human life; and I must say that some have been so taught and have found that way, but comparatively few, for the mortals whose ostensible and claimed mission and privilege were to teach that way. I mean the priests and preachers and churches have neglected to teach the same, but rather, though in earnestness and realizing their allegiance to God and their obligations to mankind, have taught merely the way which the observance of the moral precepts would lead men into.

And all this, notwithstanding, that in the Bible, which most of those professing to be Christians believe contains my sayings and teachings, is set forth this way to the Celestial Kingdom. The words are few and the way is plain, and no mystery prevents men from comprehending the meaning thereof. When I said, «Except a man be born again, he cannot enter into the Kingdom of God,» I disclosed the only and true way to this kingdom. During my time on earth there were some who understood this great truth, and since that time, there have been some who not only understood this truth, but found the way and followed it until they reached the goal and are now inhabitants of this kingdom; but the vast majority of men – priests, teachers and people – have never understood, and have never sought to find the way. This great truth to their spiritual senses has been, as it were, a hidden thing; and as they read or even recite the same to their hearers it has no special significance, but is merely as one of the moral precepts, such as «Love your neighbor as yourself, and with not as much importance attached to it as to some of these moral instructions.

And so, all down the ages since the great kingdom has been waiting for men, they, though in all sincerity and in love towards God, have sought for and to a greater or lesser extent, found only the kingdom of the perfect man, and have neglected to seek for and missed the kingdom of the divine angel.

Then, as I have said, this Divine Love of the Father, when possessed by the soul of man, makes him in his substance and essence Divine like unto the Divinity of the Father, and only such souls constitute and inhabit the Celestial or Divine Kingdom of God; and this being so, it must be readily seen that the only way to the Celestial Kingdom is that which leads to the obtaining of this Divine Love, which means the New Birth; and which New Birth is brought about by the flowing into the souls of men this Divine Love, whereby the very Nature and Substance of the Father, and wherefrom men cease to be the merely created beings, but become the souls of men born into the Divine reality of God.

Then the only way to the Celestial Kingdom being by the New Birth, and that birth being brought to men only by the inflowing and working of this Divine Love, and whether or not a man shall experience this birth depending in its initiative on the man himself, the question arises how or in what way can a man obtain this Divine Love and this New Birth and the Celestial Kingdom. And because the way is so easy and simple, it may be that men will doubt the truth of my explanation, and continue to believe and place all their hopes upon the orthodox doctrines of the vicarious atonement – the washing of the blood, my sufferings on the cross and bearing all the sins of the world, and my resurrection from the dead – doctrines as harmful to the salvation of mankind as they are without truth or foundation in fact or effect.

The only way then is simply this: that men shall believe with all the sincerity of their minds and souls that this Great Love of the Father is waiting to be bestowed upon each and all of them, and that when they come to the Father in faith and earnest aspirations, this love will not be withholden from them. and in addition to this belief, pray with all the earnestness and longings of their souls that he open up their souls to the inflowing of this Love, and that then may come to them the Holy Spirit to bring this Love into their souls in such abundance that their souls may be transformed into the very Essence of the Father’s Love.

The man who will thus believe and pray will never be disappointed, and the way to the kingdom will be his as certainly as that the sun shines day by day upon the just and the unjust alike.

No mediator is needed, nor are the prayers or ceremonies of priests or preachers, for God comes to man, himself, and hears his prayers and responds thereto by sending the Comforter, which is the Father’s messenger for conveying into the souls of men this great divine love.

I have thus explained the only way to the Celestial Kingdom of God and to the divine nature in love; and there is no other way whereby it is possible to reach this kingdom and the certain knowledge of immortality.

So, I implore men to meditate on these great truths, and in meditating believe, and when believing, pray to the Father for the inflowing into their souls of this Divine Love, and in doing so they will experience belief, faith and possession and ownership of that which can never be taken from them – no, not in all eternity.

And so it is with man to choose and fix his destiny. Will that destiny be the perfect man or the Divine Angel?

I have finished and feel that you have received my message as I intended, and am pleased.

I will not write more now, and with my love and blessings, will say good night.

Your brother and friend,
JESUS

Affirmation by Samuel, Jesus Wrote the Messages (Samuel – Prophet of Old) (15 May 1917)

I AM HERE. Samuel, Prophet of Old.

I have heard the Master’s message and as are all of his, it is filled with truths that are vital to man’s future happiness and condition of being. I have also been with you very often, and have tried to help you in every way that I could, and you must believe that you have around you a host of celestial as well as spiritual spirits who are interested in you and endeavoring to assist you in your work.

I will come soon and write.
So with my love I will say good-night.
Your brother in Christ,
SAMUEL

After Death, the Judgment. What It Is and What It Is Not (Jesus) (25 Feb 1918)

I AM HERE. Jesus.

I am here and desire to write a few lines in reference to the great day of judgment, of which the preacher and teachers of theological things write so often. I know that the Bible, or rather some of the books, lay great stress upon this day when, as they claim, God will pour out His vials of wrath upon the ungodly and condemn them to an eternity of punishment.

There is, as you know, very great and divers opinions among these learned men as to what is the meaning and significance of this day of judgment, and when, in a chronological point of view, it will take place; and all these varied opinions have many students and teachers who embrace and proclaim them to the world as being true and free from doubt.

Well, it is certain that all men must die and there will come the judgment, and that which follows the death is just as certain as is the death itself, and just as reasonable as is the following of any cause by an effect. So men should have no difficulty in believing in the judgment as a fact that cannot be avoided, just as death cannot be avoided.

But the word and the fact, judgment, when used as an effect or following of death, may have many meanings in the opinions and understandings of many men, depending upon what men may believe as to things that are called religious or scientific or philosophical. To the ultra-orthodox this term judgment means and necessarily comprehends the active pronouncement of a sentence by God, because of and determined by their lives and thoughts while living in the mortal life, irrespective of any of His general laws and the workings thereof. God is Himself the judge – personal and present – and by Him in this capacity are each man’s life and works known and digested and made the basis of the sentence that He must pronounce in each individual case. God keeps the record of all of these acts of men, or, if man is conceded to be his own record-keeper, his records are, or will be, at the time of the great assemblage for judgment, opened up or brought into view so that nothing can be lost; and then, upon this record men will be sent to eternal happiness or to everlasting punishment, or, as some believe, to destruction or annihilation.

Others, not orthodox, who believe in the survival of the soul and the continuing memories of the acts and thoughts of men, teach that the judgment will follow death as a natural consequence of the operations of the law of cause and effect; and the effect cannot be escaped from, until in some way there comes to the consciousness of men a realization that the effect in their suffering has satisfied the cause and that there is nothing mysterious or unnatural in the appearance and workings of the judgment. They do not believe that God by any special interposition or personal punishing will pronounce the judgment, or determine the merits or demerits of the one called to judgment.

Besides these views, there are others extant and believed in, but the two that I have mentioned are principle ones and are sufficient to show what the large majority of thinking or rather believing, men conclude the term judgment as used in the Bible should mean or be understood to mean.

Well, the judgment of the human soul is an important accompaniment of the human life, both in the flesh and in the spirit world, and as regards the questions and punishments, hardly anything demands more of the thought and consideration of men, for it is a certainty that beliefs, true or false, he cannot avoid them. Judgment as certainly follows what men call death as does night the day, and no philosophy or theological dogmas or scientific determinations can alter the fact, or in any way change the character or exact workings of this judgment.

But judgment is not a thing belonging exclusively to the after-death period or condition, for it is present and operating with men from the time that they become incarnated in the human until they become disincarnate, and thereafter continuously until the causes of effects have been satisfied and there remains nothing to be judged, which happy ending is also a fact – for all men are dependent upon their progress towards the conditions of harmony with the laws that make effective as well as pronounce the judgments. While on earth these laws operate, and continuously man is being judged for the causes that he starts into existence, and the after-death judgment is only a continuation of the judgment received by men while on earth.

Of course – men may not know this – these judgments or the effects thereof, become more intensified after men have gotten rid of the influences of the flesh existence, and they become spirits, having only the spirit qualities. And because of this fact men must understand and try to realize that the expression «after death, the judgment» has a greater significance and is of more vital importance than the saying – that «judgment is with men all during their mortal lives.»

After death the causes of the inharmony with the law becomes more pronounced, and appear in the true meaning and force, and, consequently, as this is true the effects become more intensified and understood, and men suffer more and realize the darkness, and sometimes the gross darkness, that these effects produce. The inharmony appears in its unclothed and unhidden reality, and the law’s workings bring to men the exact penalties that their violations demand.

Man is his own bookkeeper, and in his memory are recorded all the thoughts and deeds of his earth life that are not in accord with the harmony of God’s will, which is expressed or manifested by His laws. The judgment is not the thing of a day or a time, but is never ceasing so long as there exists that upon which it can operate, and it diminishes in proportion as the causes of inharmony disappear.

God is not present in wrath demanding, as does the human who believes himself to have been injured demanding reparation by the one causing the injury. No – the Father is present only in love, and as the soul of the one undergoing the penalty, which his own deeds and thoughts have imposed upon him, comes more in harmony with the Father’s will, He, as you mortals say, is pleased.

Never an angry God, rejoicing in the satisfaction of a penalty being paid by one of His erring children, but always a loving Father rejoicing in the redemption of His children from a suffering that a violation of the laws of harmony exacts with certitude.

Then, as I say, the judgment day is not a special time when all men must meet in the presence of God, and have their thoughts and deeds weighed in the balance, and then, according as they are good or evil, have the sentence of an angry, or even just God pronounced upon them.

The judgment day is every day, both in the earth life of man and in life in the spirit, where the law of compensation is working. In the spirit world time is not known and every breathing is a part of eternity, and with every breathing so long as the law requires, comes the judgment, continued and unsatisfied, until man, as a spirit, reaches that condition of harmony, so that for him, no longer the law demands a judgment.

But from what I have written, men must not suppose, or beguile themselves into that state of belief that will cause them to think that because there is no special day of judgment when God will pronounce His sentence, the judgment, therefore, is not so much to be dreaded or shunned. No, this state of thinking will palliate only for the moment, for the judgment is certain, and is and will be no less to be dreaded, because the immutable law demands exact restoration instead of an angry God.

No man who has lived and died has escaped, and no man who shall hereafter die can escape this judgment unless he has, in a way provided by the Father in His love, become in harmony with the laws requiring harmony. «As a man soweth so shall he reap» is as true as is the fact that the sun shines upon the just and the unjust alike.

Memory is man’s storehouse of good and evil, and memory does not die with the death of the man’s physical body, but on the contrary, becomes more alive – all alive – and nothing is left behind or forgotten when the spirit man casts off the encumbrance and the benumbing and deceiving influences of the only body of man that was created to die.

Judgment is real, and men must come to it face-to-face, and want of belief or unbelief or indifference or the application to men’s lives of the saying «sufficient unto the day is the evil thereof» will not enable men to avoid the judgment or the exactions of its demands.

There is a way, though, in which men may turn the judgment of death into the judgment of life – inharmony into harmony – suffering into happiness – and judgment itself into a thing to be desired.

Elsewhere we have written of this way open to all men, and I will not attempt to describe it here.

I have written enough for to-night. You are tired and must not be drawn on further.

So with my love I will say good-night.
Your brother and friend,
JESUS