Índice
─ Introducción y enlace al audio
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
─ Enlace al audio: en ivoox // enlace descarga
A continuación vamos a ver el tema:
d.iv) Redención del pecado
Este es el último de los apartados introductorios de un libro que es el primer volumen de los mensajes recibidos a principios del siglo XX por James E. Padgett de parte de varios desencarnados, entre otros, Jesús de Nazaret.
La versión de estos volúmenes que usamos es la compartida por Divine Truth.
Ver más explicaciones sobre estos mensajes de Padgett en: unplandivino.net/transicion/
El primer volumen incluye los siguientes temas y apartados (los 11 temas numerados sirven para organizar temáticamente los mensajes):
a) ─ Retrato de James E. Padgett
b) ─ Mi testimonio (por Leslie R. Stone)
c) ─ FOTO ESPIRITUAL de Mary Kennedy con su alma gemela, el Dr. Stone.
d) ─ La verdadera misión de Jesús [estamos aquí]
I. Jesús y su relación con Dios.
II. Dios y el alma humana.
III. El problema del pecado.
IV. Redención del pecado. [estamos aquí]
─ 1. Los mensajes
─ 2. Ámbitos celestiales
La oración
─ 3. Inmortalidad
─ 4. ¿Quién y qué es Dios?
─ 5. Espíritu Santo
─ 6. Resurrección
─ 7. El alma
─ 8. Perdón
─ 9. Expiación
─ 10. Infierno
─ 11. Expiación vicaria
─ Mensajes adicionales
Versión en español
La Verdadera Misión de Jesús
IV. Redención del pecado
Al piadoso hebreo del Antiguo Testamento le parecía que su maldad [wickedness] como nación y como individuos era la causa de sus desastres nacionales, y que sus éxitos eran el resultado de su fidelidad a la Alianza entre Dios y los Patriarcas. Los profetas enfatizaron la necesidad, en tiempos de tensión nacional, de evitar alianzas con otros países y de poner su fe en la protección de Dios. No prestar atención a las advertencias de los profetas condujo a la calamidad, como en los días de Jeremías, cuando el desprecio de su consejo llevó al cautiverio en Babilonia. Una vez más, en el momento más doloroso de la historia de Judea, cuando el pueblo estaba siendo provocado casi más allá de lo soportable a una rebelión sangrienta contra la poderosa Roma, un profeta de Nazaret vino con un mensaje de paz y paciencia, sólo para ser rechazado por los que estaban en el poder; Judea fue aplastada y el pueblo ─los que quedaron─ se dispersaron sobre la faz de la tierra. Para aquellos de nosotros que sabemos que el Padre Celestial es nuestro Dios de Amor, no podemos creer que Él provocara la horrible destrucción de los hebreos en la revuelta de 67-70 d.C. Pero sí creemos que la condición de las almas de los hombres era tal que abrazó la ira y la violencia de la guerra en lugar del amor y la paciencia, y que esta condición de alma hizo inevitables las terribles consecuencias que siguieron.
En el mundo espiritual, el alma que peca debe igualmente cosechar el vendaval. Al dejar la carne, es recibida por espíritus cuyo deber es instruirla en las cosas de su nueva existencia. Se le dice que todo en el mundo espiritual está controlado por leyes. Una de ellas es la «ley de compensación«, aplicable a todos los espíritus que pasan de la vida mortal a la espiritual, y esta vida exige la expiación de los pecados que el alma ha cometido como mortal.
Como el alma es el «hombre real» y está en posesión de sus facultades, esto incluye la memoria de los actos cometidos en la vida terrestre. Todas las malas obras y pensamientos que el alma ha acumulado como mortal vuelven ahora a atormentarla y asaltarla, y los terribles remordimientos y sufrimientos que de ello se derivan continúan constante e incesantemente hasta que estos malos recuerdos la hayan abandonado, y esto es lo que constituye el día del juicio y el infierno. La condición del alma crea el hogar en el que vive cuando pasa por primera vez a la vida espiritual: un hogar que refleja de manera adecuada y exacta el estado de esa alma y del cuerpo espiritual que manifiesta. Así pues, un alma llena de pensamientos y actos espirituales, y en concordancia con las leyes de Dios, morará en un lugar adecuado a su condición anímica, lleno de luz y que refleje la felicidad de esa alma; pero un alma llena de actos y pensamientos únicamente del plano material, y fuera de armonía con las leyes de Dios, engendra una morada de oscuridad y sufrimiento, y de acuerdo con los abusos y placeres materiales ilícitos que perseguía cuando estaba en la tierra.
Pero una de las doctrinas más perniciosas enseñadas por las iglesias y cuya condenable falsedad es expuesta por Jesús, es la que fija el destino del alma delincuente en el infierno para toda la eternidad. Esto no es verdad, pues tan pronto como el alma lo desee, y se arrepienta de sus pecados como mortal, puede realizar su progreso para salir de los infiernos más bajos hacia los cielos espirituales o, si busca y obtiene el Amor del Padre, continuar progresando eternamente como alma inmortal en los Ámbitos Celestiales hacia el trono de Dios. La razón de esto, explica el Maestro, es que el alma del hombre es la misma, ya sea en la carne o como espíritu, y tanto aquí como en el mundo espiritual rigen las mismas condiciones de perdón. Todos los pecados son perdonables en este mundo o en el otro, siempre que el alma haga el esfuerzo sincero de recibirlo, y el único pecado no perdonable es el que, en el lenguaje del Nuevo Testamento, blasfema contra el Espíritu Santo, o en el lenguaje en el que el Maestro lo aclara, rechaza el Amor Divino del Padre que puede transformar el alma humana en un alma divina y otorgarle la inmortalidad.
No es cierto que el hombre tenga la triste alternativa de arrepentirse de sus malos caminos en la breve existencia en la carne o vivir en el infierno por toda la eternidad como espíritu. Algunas iglesias afirman que el hombre no puede vivir una vida mortal de placer y maldad y luego volverse a Dios para evitar el sufrimiento eterno como espíritu. Al mismo tiempo enseñan que, a pesar de una vida de pecado, un retorno a Dios en el último minuto asegurará el perdón de sus pecados, cuando lleguen al siguiente mundo. Estas iglesias parecen ignorar la existencia de la ley de compensación que exige el pago de los males cometidos en la carne ‘hasta el último centavo‘ [ref.]. Esto es justicia, ciertamente, si eso es lo que desean estas iglesias, pero llega el momento en que la deuda se paga, el alma es liberada de los mecanismos de la ley y se alcanza el perdón.
La ley, pues, actúa sobre el alma en proceso de purificación, pero el alma que busca el Amor del Padre invoca la ley superior de la Gracia. Aquí no interviene la justicia; sólo el Amor Divino que el Padre otorga a Sus hijos aspirantes y los transforma en almas divinas, provocando el olvido de aquellas malas acciones y la eliminación de aquellos malos deseos sobre los que opera la ley de la compensación. La perniciosa doctrina de la condenación eterna impide a menudo al alma infeliz buscar el Amor del Padre por medio de la oración, en la terrible creencia de que su posición en el infierno está fijada para siempre y que Dios ya no puede ayudarla. Sin embargo, Dios, tal como lo explica Jesús, ayuda a Sus hijos dondequiera que estén, en este mundo o en el otro, o en cualquier condición de alma en que se encuentren, siempre que acudan a Él como su Padre Celestial con ferviente anhelo de sus almas y busquen Su Amor y misericordia.
Es el despertar del alma a las iniquidades que obró y contempló como mortal lo que pone en marcha los mecanismos de la ley de compensación, y la morada del espíritu. A veces, el alma que pasa al más allá, debido al carácter peculiar de su constitución, es impermeable al principio a este despertar, y en ese caso, el alma vive en el nivel de su vida malvada del plano terrestre, y busca alternativas espirituales para los males que practicó como mortal [en el sentido de ahora, como cuerpo-espíritu, buscará hacer cosas allí, en el mundo espiritual], o vaga por la tierra buscando obsesionar a mortales susceptibles a su torva influencia. Jesús se refiere en los Evangelios del Nuevo Testamento a que liberó a mortales de la posesión de demonios, y estos demonios no eran otra cosa que espíritus malignos que habían tomado posesión de seres humanos en aquel tiempo. Con respecto a estos espíritus malignos que antaño fueron mortales, Jesús nos dice que algunas de las narraciones relatadas en el Nuevo Testamento son ciertas, pero que otras no, y se refiere concretamente a la historia del cerdo poseído que corrió enloquecido por el acantilado para ser destruido. Esto, afirma, nunca lo llevó a cabo, primero porque no haría daño a ninguna criatura, y también por la pérdida económica que tal acto suyo habría supuesto para su dueño. Pero, por lo que se refiere a los malos espíritus, éstos despiertan a su tiempo a la ley de la compensación y pasan por su período de sufrimiento debido a sus fechorías y su maldad. Son ayudados en esta condición por otros que están algo más adelantados que ellos, y que les instruyen en los caminos que existen para progresar y salir de su deplorable condición.
De ahí que las almas en pena aprendan con el tiempo a renunciar a sus malas inclinaciones, ya sea la afición al dinero, a las posesiones, a la gratificación de los placeres o el deseo de dañar a los demás ─la avaricia, la lujuria, la codicia, el odio, la envidia, la injusticia y otras creaciones pecaminosas del corazón humano─, y que puedan utilizar su fuerza de voluntad y sus facultades intelectuales para poder provocar el olvido de las cosas que hacen que un alma se vea afectada por el remordimiento [remorse]. Pero el alma que está en sufrimiento y en oscuridad también puede buscar ayuda exterior si así lo desea: el Amor Divino del Padre Celestial que, derramándose en el alma que busca fervientemente Su Amor, causa la purificación de esa alma poseyéndola y forzando así la extracción de ella de las excrecencias que estropean y ensucian esa alma. Y, en efecto, a medida que el Amor del Padre continúa llenando el alma de aquel que lo busca, tiene lugar la transformación del alma humana que refleja el Alma de Dios en un alma Divina llena de la propia naturaleza y esencia de Dios, Su Amor. Con ese Amor el alma es cambiada, y son erradicados los males que la contaminaban y los recuerdos de los mismos, de modo que la ley de compensación no tiene nada sobre lo que operar, y el alma es liberada de sus mecanismos inexorables. Porque el amor de Dios, que el alma busca con fervor y anhelo, invoca una ley de amor superior, y el alma antes malvada, llena ahora del amor de Dios, de misericordia, bondad, consideración, piedad y simpatía, sale de su morada de tinieblas y sufrimiento a los reinos del amor y de la luz, y finalmente a los ámbitos celestiales, donde sólo pueden entrar almas llenas de su amor. Jesús es el Maestro de los Ámbitos Celestiales, donde los habitantes son poseedores del Amor del Padre a tal grado en sus almas que son conscientes de su inmortalidad. Puesto que el Alma de Dios es Inmortal, aquellas almas que poseen Su Amor en un grado suficiente son de la misma manera Inmortales. Esto es lo que Jesús quiso decir cuando dijo: ‘El Padre y Yo somos uno’ [ref.]. Quiso decir que había una unidad entre el Alma de Dios y la Suya debido a la gran abundancia de Amor del Padre que poseía, lo cual le permitió darse cuenta de que de este modo era un hijo real y redimido del Padre. No quería decir ─tal como algunas iglesias han interpretado erróneamente ese comentario─ que él fuera Dios o igual a Dios, sino sólo que había un parentesco de naturaleza entre su alma y la de Dios, que había sido establecido mediante su [«su», de Jesús] posesión del Amor del Padre a través de la oración.
En resumen, llegamos a la verdadera explicación del «perdón», que es asombrosamente diferente de la concepción tradicional impuesta a los mortales por las iglesias. Dios no perdona arbitrariamente el pecado, sino que ayuda a los que, verdaderamente arrepentidos y contritos, acuden a Él en busca de Su perdón con la intención de enmendar su camino. Por eso, puede enviar el Espíritu de Dios para fortalecer el alma que busca evitar el pecado y el error por su propia fuerza de voluntad o, en respuesta a la oración, enviará Su Espíritu Santo para transmitir Su Amor al alma, de modo que Su propia naturaleza y esencia proporcionen la ayuda en la erradicación de los males con los que esa alma está luchando.
Del mismo modo, Jesús pone al descubierto la esterilidad del concepto tradicional del ‘día del juicio’. No se trata de un pesaje en la balanza de las buenas y malas acciones del hombre durante su vida terrena; tampoco es un vago tiempo indefinido en el que la tierra será destruida y las almas de los hombres juzgadas para su condenación o resucitación a la vida física desde la tumba. Porque, como dice San Pablo en Corintios, ‘la carne y la sangre no pueden heredar el Reino‘ [ref.]. Y María, la Madre de Jesús, explica que la carne del cuerpo sin vida debe volver a los elementos de acuerdo con la ley de Dios, y que, por lo tanto, cualquier escrito que vaya en el sentido de que ella ascendiera al cielo en la carne es mera especulación y expresión de deseos por parte de aquellos que la exaltan debido a su relación con su hijo. María afirma que, efectivamente, como espíritu lleno del Amor del Padre, es habitante del Reino en lo alto de los Ámbitos Celestiales, pero no por relación alguna con Jesús, sino por su propia condición de alma exaltada.
Con el tiempo, declara Jesús, todas las almas saldrán de su condición de sufrimiento e infelicidad y alcanzarán o bien la sexta esfera, conocida por los hebreos como el Paraíso (pues tal es la condición del hombre que posee pureza de alma tanto si está en la carne como si carece de ella) o bien aceptarán el camino hacia el Amor del Padre y alcanzarán los Ámbitos Celestiales. El hombre natural perfecto, sin embargo, debe llegar finalmente a un estado de estancamiento, pues llega el momento en que ya no puede progresar más allá de la perfección de su alma humana. Pero el alma que posee el Amor del Padre puede seguir obteniendo Su Amor por toda la eternidad, porque es infinito, y un alma así llena de la esencia del Padre sigue obteniendo más y más de ella, y, en consecuencia, sigue progresando cada vez más en su acercamiento al manantial de la morada del Padre, con un mayor conocimiento de las cosas divinas, y ganando en felicidad y alegría como hija Divina del Padre.
De acuerdo con este deseo de explicar las condiciones de la vida del espíritu y del alma, Jesús es enfático sobre la absoluta falsedad de la reencarnación. Afirma ─y los antiguos espíritus de Oriente escriben para corroborarlo─ que si bien esta teoría es conocida por los devotos de las culturas orientales, la reencarnación, de hecho, nunca ha tenido lugar en el mundo espiritual y que los creyentes en esta idea estéril han estado esperando en vano durante incontables miles de años a reencarnarse. Jesús, y otros espíritus elevados, afirman que el alma no puede separarse de su cuerpo espiritual una vez ha sido adquirido mediante la encarnación, y que sólo las almas sin cuerpo espiritual pueden encarnarse. Por lo tanto, explica Jesús, el alma hace su progreso del pecado a la pureza o transformación divina en el mundo espiritual, que nunca más puede abandonar, excepto para materializarse brevemente con la ayuda de la sustancia material que es tomada prestada de los médiums. El concepto oriental de renuncia o expiación del pecado del alma, añade Jesús, es correcto, como lo es la doctrina de que finalmente el alma eliminará los males que la contaminan, pero los errores consisten en situar la tierra como el lugar donde tiene lugar dicha expiación, y enseñar que el alma al liberarse de la iniquidad pierde también la consciencia de sí misma como entidad personal por absorción del alma en la Deidad.
En relación con la vida en el otro lado, uno de los escritores espirituales más interesantes es el vidente Swedenborg, que nos habla de sus experiencias en el mundo de los espíritus. Declara ─y aquí Jesús corrobora sus mensajes─ que en verdad se le permitió ir al mundo de los espíritus en estado de trance, y que vio realmente las esferas y las condiciones de los espíritus tal como existían en el siglo XVIII. Swedenborg nos dice que fue informado por todo el mundo de los espíritus de que Dios es Uno, y que un Dios trino, como creen los cristianos, no era más que una piadosa ficción. Afirma que habló con Jesús, quien le confirmó esto, pero pensó que, puesto que Jesús era mucho más brillante y glorioso que todos los demás en el reino de los espíritus, este mismo Jesús debía ser Dios, y así lo declaró en sus escritos. Swedenborg relata que fue informado sobre el Amor Divino, pero que no comprendió verdaderamente lo que Jesús y los espíritus elevados querían decir con eso.
Un asunto importante que los mensajes aclaran es el verdadero significado de la doctrina de «lo divino dentro de ti» [ref.]. En realidad, Jesús llevó lo divino consigo cuando predicó por toda la Tierra Santa cuando estaba en la tierra; y cuando caminó entre los hombres, el Reino estaba con los hombres, pero no dentro de ellos. Cuando los predicadores hablan de lo divino en el hombre, en realidad se refieren al alma, creación de Dios, ciertamente, pero alma humana, no divina. Lo que quieren decir, entonces, con desarrollar lo divino dentro del hombre, debe ser entendido simplemente como desarrollar los poderes latentes en el alma humana a través del desarrollo de la voluntad, y el amor humano natural a través del crecimiento moral e intelectual. Éstos, por supuesto, fueron dados al hombre en su creación, y no tienen ninguna parte de lo divino. Lo Divino en el alma humana es el Amor Divino, que sólo puede venir a través de la oración al Padre. Lo divino viene de fuera, del Padre Celestial, y puede entrar en el alma y efectuar su transformación sólo cuando el alma lo busca con un anhelo sincero. Cuando Jesús habló a sus discípulos de lo divino en ellos, estos discípulos ya tenían algo de este Amor en sus almas, incluso antes de Pentecostés, cuando el Amor del Padre, a través del Espíritu Santo, se derramó sobre ellos en gran abundancia.
Otro concepto erróneo que Jesús aclara, con la corroboración de la Sra. Baker Eddy [pues esta mujer es una de las personas desencarnadas que hablan en estos mensajes], es la doctrina conocida como Ciencia Cristiana. Se nos informa de que esta mujer, a través de las percepciones de su alma, comprendió el Amor Divino como una gran fuerza espiritual procedente de Dios, que podía utilizarse con fines curativos, y que fue a través del Amor Divino como Jesús y sus apóstoles curaban a los enfermos. Entendió correctamente que la curación espiritual era una realidad que podía alcanzarse si los mortales se apartaban de los intereses materiales y buscaban lo espiritual. De este modo, los sanadores y los pacientes podían alcanzar una condición de alma superior a la del plano terrestre, de modo que se pudiera establecer una vinculación con los sanadores espirituales. La Ciencia Cristiana, hasta ese punto, declara Jesús, es correcta y la curación espiritual un fenómeno que obedece a la ley espiritual; pero el Maestro señala que el pecado y el error, contrariamente a las creencias de la Sra. Eddy, son reales, siendo creaciones del alma humana, y que el alma humana no refleja el Amor del Padre, tal como ella sí afirma que lo hace. El alma, o bien no tiene el Amor, o bien, si efectivamente lo posee hasta cierto punto, la transformación de esa alma en un alma divina se realiza en la medida en que participe de ese Amor.
Sus enseñanzas, declara Jesús, ayudan en el desarrollo del alma humana hacia el estado del hombre natural perfecto, pero están desprovistas del concepto de la posesión por parte del alma del Amor del Padre y de su apropiación consciente del mismo, que sólo vienen a través de la oración al Padre por dicho amor, y por eso no señalan el camino hacia los Ámbitos Celestiales a través de la oración al Padre y la transformación en ángel divino.
Se podrían decir algunas palabras con respecto a los mensajes adicionales impresos por primera vez en esta edición. Aunque todos son interesantes, y los de Mary Kennedy, el alma gemela del Dr. Stone, tienen un tono personal peculiar de ella, se debe hacer algún comentario sobre la comunicación firmada «Elohiam», un miembro del Sanedrín que condenó a muerte a Jesús en su juicio. Este espíritu es incuestionablemente una personalidad sincera, y sus escritos tienen el timbre de la verdad. Se entiende, por supuesto, que no todos los consejeros que estuvieron presentes en el juicio han ido desde entonces a los Ámbitos Celestiales, como él, pero al mismo tiempo muestra claramente que no todos los miembros del Sanedrín ─y aquí recordamos a Nicodemo─ eran partidarios de los sumos sacerdotes o actuaban por pura malicia y rabia. Hubo quienes, como Elohiam, consintieron la injusticia del juicio y la condena sumaria del Maestro para liberar al judaísmo de lo que sinceramente consideraban un peligro que amenazaba con derrocarlo, o que provocaría la represión romana ante cualquier signo de revuelta judaica. El mensaje ofrece por primera vez la otra cara de la historia y, aunque el espíritu admite su gran error y no pretende justificar su acción ni la de sus compatriotas, el tono es diferente del odio que se respira en el relato del juicio que se encuentra en el Nuevo Testamento, un tono que sabemos que es incompatible con el Amor del Padre que inspiró a los escritores originales.
Sería posible continuar discutiendo extensamente las numerosas interpretaciones y correcciones hechas en estos mensajes firmados por Jesús y los muchos espíritus celestiales, y en las páginas precedentes hemos intentado señalar algunos de los principales preceptos que los animan. Destacan la restauración de las ‘buenas nuevas‘ originales del cristianismo: que con Jesús de Nazaret llegó un amor distinto del amor humano natural, tal como fue desarrollado y perfeccionado por el código mosaico de vida moral y ética; que el nuevo amor es el Amor Divino que, esencia del Padre Celestial, fue manifestado por primera vez en el hombre por Jesús y, a través de Jesús, puesto a disposición de la humanidad. Se obtiene no por la mera creencia en el nombre de Jesús o en cualquier expiación vicaria supuestamente hecha por él o a través del derramamiento de su sangre, sino sólo cuando cada individuo, volviéndose en libre albedrío al Padre, busca Su Amor a través de la oración y la fe con todo su corazón y logra así una transformación de la condición del alma de una de pecado y error a una de pureza y de posesión de ese Amor de naturaleza divina. Es este Amor lo que otorga al alma la vida eterna y cumple así la promesa de lo que llamamos salvación. No puede lograrse mediante ritos y ceremonias, ganados por el hombre o concedidos al hombre por las iglesias, sino que es el don gratuito del ‘corazón nuevo‘ derramado en abundancia por el Padre Celestial sobre Sus hijos que lo buscan de verdad.
En resumen, sería imposible comentar aquí todo lo que interesa a quienes, ya sea que crean en esta fuente de revelación o discrepen del material que contiene, se interesan por cuestiones espirituales y religiosas. Pero para concluir, cabe mencionar que estos mensajes, ya sean resultado de la inteligencia mortal o espiritual, son tan desafiantes y estimulantes por naturaleza, al declarar la unidad con el Padre mediante la oración por Su Divino Amor, que verdaderamente pueden considerarse una nueva reforma en el pensamiento cristiano.

D.G.S. [Daniel G. Samuels]
Washington, D. C. – Agosto de 1956
[A continuación, como vemos, termina colocando aquí este mensaje breve de Mary Kennedy, supongo que dado a través de Padgett (digo «supongo», porque en las colecciones no aparece datado este mensaje, quizá por su brevedad y porque no añade mucho)]
29 de abril de 1920
Estoy aquí, Mary Kennedy.
Así pues, confía en que estoy contigo, y no permitas que la duda sobre mi existencia entre en tu mente ni por un instante. Me has visto en las fotografías, y aunque no me muestran como realmente soy en mi estado de gloria y belleza, te darán una idea de cómo me vería si fuera solo un espíritu en la luz. Dale mi cariño a Leslie y dile que, aunque tiene una foto mía que durará poco tiempo, tiene un amor que lo acompañará no solo durante su vida mortal, sino que nunca terminará en la eternidad. Buenas noches con todo mi amor, Mary.
Versión en inglés
IV. Redemption From Sin
To the pious Hebrew of the Old Testament, it appeared that his wickedness both as a nation and as individuals was the cause of his national disasters and that his successes were the result of his faithfulness to the Covenant between God and the Patriarchs. The prophets emphasized the necessity in times of national stress to avoid alliances with other countries, and to put their faith in God’s protection. Failure to heed the warnings of the Prophets led to calamity as in the days of Jeremiah, when disregard of his advice brought captivity in Babylonia. Again, in the sorest hour of Judaea’s history, when the people were being provoked almost beyond endurance to bloody rebellion against mighty Rome, a Prophet out of Nazareth came with a message of peace and forebearance, only to be rejected by those in power; Judaea was crushed and the people – those that remained – dispersed over the face of the globe. For those of us who know that the Heavenly Father is our God of Love, we cannot believe that He brought about the horrible destruction of the Hebrews in the revolt of 67-70 A.D. But we do believe that the condition of men’s souls was such that it embraced wrath and the violence of warfare rather than love and patience and that this condition of the soul made inevitable the dreadful consequences that followed.
In the spirit world, the soul that sins must likewise reap the whirlwind. On leaving the flesh, it is received by spirits whose duty it is to instruct it in the things of its new existence. It is told that everything in the spirit world is controlled by law. One of these is the «law of compensation,» applicable to all spirits who pass over from mortal to spirit life. This life calls for the expiation of the sins which the soul has committed as a mortal.
Since the soul is the «real man,» and is in possession of its faculties, this includes the memory of deeds committed in the earth life. All the evil works and thoughts which the soul has accumulated as a mortal now come back to haunt and assail him and the terrible remorse and suffering that ensue continue constantly and unabated until these evil memories have left him, and it is this that constitutes the judgment day and the hell. The condition of the soul creates the home in which it lives when it first passes over into spirit life; a home which accurately and exactly reflects the state of that soul and the spirit body which it manifests. Hence a soul filled with thoughts and deeds spiritual and in accord with God’s laws will abide in a place suitable to its soul condition filled with light and reflecting the happiness of that soul; but a soul filled with deeds and thoughts of the material plane alone, and out of harmony with God’s laws, engenders an abode of darkness and suffering, and in accordance with the abuses and unlawful material pleasures which it pursued when on earth.
But one of the most pernicious doctrines taught by the churches and whose damnable falsity is exposed by Jesus, is that which fixes the destiny of the delinquent soul in hell for all eternity. This is not true, for as soon as the soul wills it, and repents of his sins as a mortal, he may make his progress out of the lowest hells to the spiritual heavens or, should he seek and obtain the Father’s Love, continue to eternally progress as an immortal soul in the Celestial Heavens towards the throne of God. The reason for this, the Master explains, is that the soul of man is the same, whether in the flesh or as a spirit, and the same conditions of forgiveness obtain here as in the spirit world. All sins are pardonable in this world or the next whenever the soul makes the sincere effort to receive it, and the only sin not pardonable is that which, in New Testament parlance, blasphemes against the Holy Spirit, or in the language which the Master makes clear, refuses the Divine Love of the Father which can transform the human soul into a divine soul and bestow upon it immortality.
It is not true that man has the sorry alternative of either repenting of his evils ways in the brief existence in the flesh or living in hell throughout all eternity as a spirit. Some churches state that man cannot live a mortal life of pleasure and evil and then turn to God to avoid eternal suffering as a spirit. At the same time they teach that despite a life of sin a last minute return to God will insure forgiveness of their sins, when they come to the next world. These churches seem to be unaware of the existence of the law of compensation which exacts payment for the evils committed in the flesh «to the last farthing.» This is justice, indeed, if that is what these churches desire, but the time comes when the debt is paid, the soul is released from the workings of the law and forgiveness is achieved.
The law, then, acts upon the soul undergoing the process of purification, but the soul that seeks the Father’s Love invokes the higher law of Grace. Here no justice is involved; only the Divine Love which the Father bestows upon His aspiring children and transforms them into divine souls, bringing about the elimination of those evil desires and the forgetfulness of those evil deeds upon which the law of compensation operates. The pernicious doctrine of eternal damnation often prevents the unhappy soul from seeking the Father’s Love through prayer, in the terrible belief that his position in hell is fixed forever and that God can no longer help him. Yet God, as Jesus explains it, helps His children wherever they are, in this world or the next, or in whatever condition of soul they may be in, provided they come to Him as their Heavenly Father in earnest longing of their souls and seek His Love and mercy.
It is the awakening of the soul to the iniquities it worked and cogitated as a mortal that brings about the workings of the law of compensation, and the abode of the spirit. Sometimes, the soul that passes over, because of the peculiar character of its make-up, is impervious at first to this awakening, and in that case, the soul lives on the level of its evil earth plane life and seeks in spiritual counterparts those evils which it practiced as a mortal, or roams the earth seeking to obsess mortals susceptible to its baleful influence. Jesus refers in the Gospels of the New Testament to his having liberated mortals from possession by demons, and these demons were nothing more than evil spirits which had taken possession of human beings at the time. In respect to these evil spirits of once mortal beings, Jesus tells us that some of the narratives related in the New Testament are true, but that others are false, and he refers concretely to the story of the possessed swine which ran madly down the cliff to be destroyed. This, he asserts, he never brought about, first because he would harm no creature, and because of the financial loss such an act of his would have entailed their owner. But, as regards the evil spirits, these awaken in time to the law of compensation and pass through their period of suffering for their mischief and evil. They are helped in this condition by others who are somewhat more advanced than themselves, and who instruct them in the ways that exist to progress out of their deplorable condition.
Hence, souls in suffering eventually learn to give up their evil inclinations, whether it be a fondness for money, possessions, gratification of pleasures or the desire to injure others – greed, lusts, covetousness, hatred, envy, injustice and other sinful creations of the human heart – and they may use their will power and intellectual faculties to enable them to cause the forgetfulness of the things that make for a soul stricken with remorse. But the soul in suffering and darkness may also seek outside aid if it so wishes: the Divine Love of the Heavenly Father which, pouring out into the soul which earnestly seeks His Love, causes the purification of that soul through possessing it and thus forcing from it the excrescences that mar and defile that soul; and indeed, as the Father’s Love continues to fill the soul of him who seeks it, there takes place the transformation of the human soul reflecting the Soul of God into a Divine soul filled with the very nature and essence of God, His Love. With that Love the soul is changed, and the evils which contaminated it are eradicated and the memories thereof, so that the law of compensation has nothing on which to operate, and the soul is freed from its inexorable workings. For God’s Love sought for by the soul in earnestness and longing invokes a higher law of love and the once evil soul, now filled with God’s Love, and mercy, and kindness, consideration, pity and sympathy, progresses out of its abode of darkness and suffering into realms of love and light, and eventually into the Celestial Heavens, where only those souls filled with His Love can enter. Jesus is the Master of the Celestial Heavens, where the inhabitants are the possessors of the Father’s Love to that degree in their souls that they are conscious of their immortality. For God’s Soul being Immortal, those souls possessing His Love to a sufficient degree are in the same way Immortal. This is what Jesus meant when he said, «The Father and I are one.» He meant there was a oneness between God’s Soul and His own because of the great abundance of the Father’s Love which he possessed, which enabled him to realize that in this way he was the Father’s real and redeemed son. He did not mean, as some churches have erroneously interpreted the remark, that he was God or equal to God; only that there was a kinship in nature between his soul and God’s, which had been established by his possession of the Father’s Love through prayer.
In short, we come to the real explanation of «forgiveness,» which is startlingly different from the traditional conception imposed upon mortals by the churches. God does not arbitrarily forgive sin; but rather, God aids those who, truly penitent and contrite, come to Him to seek His forgiveness with the intention of mending their ways. He may therefore send the Spirit of God to strengthen the soul that seeks to avoid sin and error through his own will power or, in response to prayer, He will send His Holy Spirit to convey His Love into the soul so that His own nature and essence provide the aid in eradicating the evils with which that soul is contending.
In the same way, Jesus lays bare the sterility of the traditional concept of the «judgment day.» It is not a weighing in the balance of the good and evil deeds of man during his earth life; neither is it a vague indefinite time when the earth shall be destroyed and men’s souls tried for condemnation or resuscitation into physical life from the grave. For, as St. Paul says in Corinthians, «flesh and blood cannot inherit the Kingdom.» And Mary, the Mother of Jesus, explains that the flesh of the lifeless body must return to the elements in accordance with God’s law, and that therefore any writings to the effect that she ascended into heaven in the flesh is mere speculation and wishful thinking on the part of those who exalt her because of her relationship to her son. Mary states that, indeed, as a spirit filled with the Father’s Love, she is an inhabitant of the Kingdom high up in the Celestial Heavens, yet not because of any relationship to Jesus, but because of her own exalted soul condition.
Eventually, declares Jesus, all souls will progress out of their condition of suffering and unhappiness and attain to either the sixth sphere, known to the Hebrews as Paradise (for such is the condition of man possessing purity of soul whether he be in the flesh or devoid of it) or will accept the way to the Father’s Love and reach the Celestial Heavens. The perfect natural man, however, must eventually reach a state of stagnation, for the time comes when he can no longer progress beyond the perfection of his human soul; but the soul possessed of the Father’s Love may continue to obtain His Love throughout all eternity, for it is infinite, and the soul thus filled with the Father’s essence continues to obtain more and more of it and, consequently, to progress nearer and nearer to the fountainhead of the Father’s abode, with increased knowledge of things divine and gaining in happiness and joy as a Divine son of the Father.
In accordance with this desire to explain conditions of spirit and soul life, Jesus is emphatic about the utter falsity of reincarnation. He states, and ancient spirits of the East write to add their corroboration, that while this theory is known to devotees of Oriental cultures, reincarnation has as a matter of fact never taken place in the spirit world and that believers in this sterile idea have been waiting in vain for countless thousands of years to be reincarnated. Jesus, and others of the high spirits, state that the soul cannot be separated from its spirit body once it has been acquired through incarnation, and that only souls without spirit bodies can be incarnated. Hence, Jesus explains, the soul makes its progress from sin to purity or divine transformation in the spirit world, which it can never again leave except to materialize briefly with the aid of material substance borrowed from mediums. The oriental concept of renunciation or expiation of sin from the soul, adds Jesus, is correct, as is the doctrine that eventually the soul will eliminate the evils which defile it, but the errors consist in locating the earth as the place where such expiation takes place, and teaching that the soul on freeing itself of iniquity also loses consciousness of itself as a personal entity through absorption of the soul into the Deity.
In connection with life on the other side, one of the most interesting spirit writers is the Seer, Swedenborg, who tells us about his experiences in the spirit world. He declares – and here Jesus corroborates his messages – that he was indeed permitted to come to the spirit world in a trance state, and that he really saw the spheres and the conditions of the spirits as they existed in the 18th century. Swedenborg tells us that he was informed throughout the world of spirits that God is One, and that a triune God, as believed in by Christians, was nothing but pious fiction. He states that he spoke with Jesus, who confirmed this, but thought that, since Jesus was so much brighter and glorious than all the others of the spirit realm, this same Jesus must be God, and so he declared in his writings. Swedenborg relates that he was informed about the Divine Love, but that he did not truly understand what Jesus and the high spirits meant by it.
One important matter which the messages clear up is the true meaning of the «divine within you» doctrine. Actually, Jesus brought the divine with him when he preached throughout the Holy Land when on earth, and when he walked among men, the Kingdom was with men, but not within them. When preachers talk of the divine within man, they are really referring to the soul, the creation of God, indeed, but a human soul withal, not a divine one. What they mean, then, by developing the divine within man must be viewed as simply developing the latent powers in the human soul through development of the will, and the natural human love through moral and intellectual growth. These, of course, were given to man at his creation, and have no part of the divine. The Divine in the human soul is the Divine Love, which can come only through prayer to the Father. The Divine comes from without, from the Heavenly Father, and can enter the soul and effect its transformation only when that soul seeks it in earnest longing. When Jesus spoke to his disciples about the divine within them, these disciples actually had some of this Love in their souls, even before the Pentecost, when the Father’s Love, through the Holy Spirit, was poured out upon them in great abundance.
Another misconception which Jesus clears up, with the corroboration of Mrs. Baker Eddy, is the doctrine known as Christian Science. We are informed that this woman, through her soul perceptions, understood the Divine Love as a great spiritual force coming from God, which could be used for healing purposes, and that it was through the Divine Love that Jesus and his apostles healed the sick. She rightly understood that spiritual healing was a reality which could be attained if mortals would but turn from material interests and seek the spiritual. In this way, healers and patients could reach a condition of soul above that of the earth plane so that rapport could be made with spirit healers. Christian Science, to that extent, declares Jesus, is correct and spiritual healing a phenomenon obedient to spiritual law; but the Master points out that sin and error, contrary to Mrs. Eddy’s beliefs, are real, being creations of the human soul, and that the human soul does not reflect the Father’s Love, as she states it does. It either does not have the Love or, if it does to a certain extent, possesses that Love, and the transformation of that soul into a divine soul is made to the degree it partakes of that Love.
Her teachings, Jesus declares, help in the development of the human soul towards the state of the perfect natural man, but are devoid of the concept of the soul’s possession and conscious ownership of the Father’s Love which comes only through prayer to the Father for this love, and so do not point the way to the Celestial Heavens through prayer to the Father and transformation into the divine angel.
A few words might be said with respect to the additional messages printed for the first time in this edition. Although they are all interesting, and those of Mary Kennedy, the soulmate of Dr. Stone, have a personal tone peculiar to her, some commentary is due the communication signed, Elohiam, a member of the Sanhedrin which condemned Jesus to death at his trial. This spirit is unquestionably a sincere personality, and his writings have the ring of truth. It is, of course, understood that not all of the counsellors who were present at the trial have since made their way to the Celestial Heavens, as he has, yet at the same time it shows clearly that not all members of the Sanhedrin – and here we recall Nicodemus – were supporters of the high priests or acted out of pure malice and rage. There were those, like Elohiam, who consented to the unfairness of the trial and summary condemnation of the Master in order to liberate Judaism from what they sincerely considered a menace which threatened its overthrow or to bring about Roman repression at any sign of Judean revolt. The message gives for the first time the other side of the story and while the spirit admits his great mistake and does not seek to justify his action or that of his compatriots, the tone is different from the hatred that breathes forth in the account of the trial found in the New Testament, a tone which we know is inconsistent with the Father’s Love which inspired the original writers.
It would be possible to continue to discuss at great length the numerous interpretations and corrections made in these messages signed Jesus and the many celestial spirits, and in the preceding pages we have attempted to point out some of the major precepts which animate them. They emphasize the restoration of the original «glad tidings» of Christianity: that with Jesus of Nazareth there came a love distinct from the natural human love as developed and perfected by the Mosaic code of moral and ethical living; that the new love is the Divine Love which, the essence of the Heavenly Father, was first manifested in man by Jesus and through Jesus made available to mankind. It is obtained not through mere belief in Jesus’ name or in any overall vicarious atonement supposedly made by him or through the shedding of his blood, but only as each individual, turning in free will to the Father, seeks His Love through prayer and faith with all his heart and thus achieves a transformation of soul condition from one of sin and error to one of purity and possession with that Love of the divine nature. It is this Love that bestows eternal life upon the soul and thus fulfills the promise of what we call salvation. It cannot be achieved by rites and ceremonies, earned by man or granted to man by the churches, but is the free gift of the «new heart» poured out in abundance by the Heavenly Father upon His children who seek it in earnest.
In short, it would be impossible here to comment on everything which is of interest to those who, whether they believe in this source of revelation or take issue with the material therein contained, are concerned with things of the spiritual and religious. But one thing must be said in closing, and that is, that these messages, whether they be the result of mortal or spirit intelligence, are so thought provoking and challenging in their nature by declaring at-onement with the Father through prayer for His Divine Love that they can truly be called a new reformation in Christian thinking.
D.G.S.
Washington, D. C.
August, 1956 April 29, 1920
I am here, Mary Kennedy
So believe that I am with you and let not doubt as to my existence enter into your mind for one moment. You have seen me in the photographs, and while they do not show me as I really am in my condition of glory and beauty, yet they will give you some idea of how I might look if I were merely a spirit in the light – Give my love to Leslie and tell him that though he has a picture of me which will last only for a little while, yet he has a love that will continue with him not only through his mortal life but one that will never end in all eternity. Goodnight with all my love,
Mary