Índice
─ Introducción
─ Mi petición que dio pie a la nota
─ Nota sociológica: La ilusión de la salvación formal
De la técnica sacramental a la adicción ideológica
1. Ideología, utopía y la «materialización» del rito (Karl Mannheim)
2. La magia del atajo: Pensamiento deseoso frente al «paso a paso»
3. Organismos, jerarquías y la «Ley de Hierro»
4. La doble servidumbre del líder y la génesis del poder (Schmitt y la teología política)
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Introducción
Es todo un tópico este de que la política sustituye a la religión.
Es decir, es como que las masas nos vemos «salvados», o nos creemos poder aliviar un poco, si votamos a tal o a pascual… si tenemos esta ideología o matiz ideológico en vez de aquella ideología o aquel matiz ideológico… etc.
Esta nota o breve escrito, de abajo, surgió a partir de la revisión de varios mensajes muy breves de la colección Padgett. En ellos se trata del problema básico que experimenta o experimentamos mucha gente en «lo religioso» ─o cuando pensamos en ello─: la situación de relativo estancamiento, en unos procesos con los que nos vemos algo justificados ─falsamente─ para creernos antes de tiempo «salvados»… o bien para creer que «vamos por buen camino», etc., cuando muchas veces no es así.
Mi petición que dio pie a la nota
Para terminar, pediría una especie de nota sociológica sobre ideología y salvación/utopía.
Es decir, podrías hacer una analogía entre este fenómeno religioso de la confianza en métodos externos, en reglas muertas, digamos, etc., y lo que sucede en política.
Quizá podrías echar mano del sociólogo Mannheim con su ideología y utopía, asimilando esto que digo, y llevándolo a la vez a un plano más «físico-activo» (digo porque la analogía nos lleva de algo aparentemente más etéreo: ideología y utopía… a algo que en las religiones está como intrínsecamente muy «materializado»: rituales que materializan ideología, y que a su vez «bajan la utopía» a tierra, la representan, etc.).
Hay ciertas connotaciones de movimiento espontáneo, connotaciones rituales, etc., que no entrarían tanto en el par «ideología/utopía», quizá, como sí en el par que exponemos en el término de la analogía (ese del «ritualismo» más o menos rigorista, frente a «salvación materializada» pero también a su vez «ideologizada», enfriada en reglas y rituales).
Se ha dicho a menudo que las versiones «laicas» de las religiones sociales no dejan de ser un poco eso, religiones, también.
Hay algo de mágico en todo esto:
«si pienso así, con una fidelidad a ciertos grupos e ideas, voy a salvarme y salvar el mundo».
Eso nos cegaría a menudo ante comprobaciones empíricas digamos más «paso a paso»; nos cegaría a menudo, supongo, al mero hecho de mantener compromisos sobre cosas de aquí y ahora (incluso con nosotros mismos); nos cegaría a mantener las aspiraciones de largo plazo en un marco concreto, consensuado más racionalmente, digamos (no tan utópicamente); un marco que puede tener mucho futuro, sí, pero que es necesariamente algo muy apegado al funcionamiento del concreto «paso a paso» con otros, en grupos de logro de «pequeños fines», acordados como «cuerdos», sensatos, etc.
Puedes relacionar quizá esto con la necesidad de que en el funcionamiento grupal haya jerarquías para ser eficientes, a veces. En esto se habla de la ley de hierro de las jerarquías, creo, por ejemplo.
Y esto habría quizá tematizarlo genealógicamente un poco: poniéndolo en el horizonte del «poder-religión», de «lo político», como decía Carl Schmitt, que recibe o tiene un aura propia, de la cual se aprovechan los movimientos ideológicos, por ejemplo: la inercia de gobierno de masas en las «falsas democracias» de postín; ahí los líderes «hacen como si», porque están constreñidos a seguir órdenes :
─ por un lado de las masas (órdenes emocional-adictivas, que dependen de leer el mercado de ideas y emociones de las masas, por parte de asesores políticos, etc.; así, adictivamente se quieren líderes que por un lado nos satisfagan adicciones emocionales (por ejemplo: seguir adictos al miedo, a vivir en el miedo, es decir, adictos a no tener que sentir ciertos miedos),
─ y, por otro lado, los líderes tienen planos que dan «órdenes por arriba»: que dan planes u órdenes geopolíticas, a veces desconocidas para la generalidad de la masa, etc.
Nota sociológica: La ilusión de la salvación formal (Elaborada por la IA Gemini, en base a mi petición)
De la técnica sacramental a la adicción ideológica
El fragmento que acabas de traducir describe un mecanismo de sustitución psicológica y espiritual: la vivencia viva, interna y participativa (el «anhelo del alma») es suplantada por una técnica externa (la «observancia de deberes y sacramentos»). Se cree que la mera ejecución del rito o el asentimiento intelectual al dogma producen por sí mismos la salvación.
Esta estructura no es en absoluto exclusiva de la mística o la religión confesional. Al contrario: cuando el mundo occidental secularizó sus esquemas religiosos, trasladó intacto este dinamismo mágico a la esfera sociopolítica.
1. Ideología, utopía y la «materialización» del rito (Karl Mannheim)
En Ideología y utopía, Karl Mannheim señalaba cómo las formas de pensamiento están indisolublemente ligadas a la praxis social.
La ideología actúa como un dispositivo de conservación que racionaliza el orden existente (o la posición de un grupo dentro de él).
La utopía opera como una energía orientada a la ruptura que busca un orden futuro trascendente.
Sin embargo, cuando la utopía se codifica y se burocratiza, ocurre exactamente el fenómeno que denuncia el texto de Padgett respecto a los sacramentos: la utopía deja de ser un impulso vivo de transformación y se «congela» en morfología ideológica.
Para que la masa adopte la ideología, esta requiere una encarnación ritual. El ritual político —la manifestación, la adopción del dialecto partidista, el consumo de consignas en redes o la adhesión incondicional a una sigla— funciona exactamente como el sacramento eclesiástico en su versión degradada. Es la bajeza del ex opere operato: se asume que por el mero hecho de ejecutar el signo (votar, repetir el eslogan, definirse dentro de un colectivo moralmente superior) la persona «se salva» y «salva al mundo». La postura intelectual sustituye a la transformación ética o práctica concreta.
2. La magia del atajo: Pensamiento deseoso frente al «paso a paso»
Existe una pereza intrínseca en la psique humana que busca desesperadamente el atajo mágico: «Si mi mente se adhiere al paquete de ideas correcto, ya he cumplido».
Esta lógica nos ciega ante dos realidades fundamentales:
1. La comprobación empírica y la responsabilidad inmediata: El compromiso real no se mide por la pureza del credo, sino por la microética cotidiana, el cumplimiento de los pactos en el «aquí y ahora», el funcionamiento del trabajo en equipo y la construcción de consensos pragmáticos con otros seres humanos reales.
2. La acción colectiva concreta: Pasar del mesianismo abstracto al logro de «pequeños fines cuerdos» requiere abandonar el éxtasis de la utopía perfecta para abrazar la negociación, la renuncia y el ajuste paulatino. La fidelidad ideológica ciega para este proceso porque califica cualquier matiz o paso intermedio como «traición» al dogma.
3. Organismos, jerarquías y la «Ley de Hierro»
Cuando las colectividades intentan traducir sus grandes aspiraciones en organizaciones reales, tropiezan con la realidad material de la eficiencia. Como formuló Robert Michels con su Ley de hierro de la oligarquía, toda organización compleja —por muy democrática o emancipadora que pretenda ser en su origen utópico— desarrolla inevitablemente una estructura jerárquica y una élite dirigente.
La masa, fascinada por la utopía ritualizada, delega la capacidad crítica en esa élite. La jerarquía, por su parte, descubre rápidamente que su supervivencia depende de gestionar el mercado de emociones de sus bases.
4. La doble servidumbre del líder y la génesis del poder (Schmitt y la teología política)
Carl Schmitt dejó célebremente asentado en su Teología política que «todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados». El aura que rodeaba al sacerdote o al rey se traslada al líder político contemporáneo, pero en las democracias mediáticas postindustriales este líder opera bajo una doble constricción claustrofóbica.
En este esquema, pues, vemos que el grupo líder ─o el líder─ estaría así como «acosado» entre dos planos:
[PLANO SUPERIOR: Geopolítica y Mercado]
(Órdenes estructurales, condicionantes económicos, pactos entre élites ajenos a la masa)
EL LÍDER POLÍTICO
(«Hace como si…» / Gestor del relato)
PLANO INFERIOR: Mercado Emocional de Masas
(Demandas adictivas de seguridad, tribalismo, alivio del miedo mediante el dogma)
1. La servidumbre inferior (El mercado adictivo de la masa): El líder debe retroalimentar continuamente la adicción emocional del electorado. La masa exige no tener que afrontar la incertidumbre ni la responsabilidad individual; demanda narrativas maniqueas, enemigos externos y la promesa implícita de que «pertenecer al grupo» la librará del miedo. Los asesores de comunicación leen ese mercado de angustia y fabrican el consumo ideológico a medida.
2. La servidumbre superior (Las dinámicas de poder real): Por arriba, el mismo líder está atado por condicionantes geopolíticos, financieros y estructurales que raramente pueden revelarse al gran público.
El resultado final es una escenografía política que imita al ritualismo religioso vacío: una representación donde los líderes «hacen como si» gobernaran conforme a grandes principios utópicos, mientras la masa «hace como si» se salvara mediante la simple adhesión visceral a su tribu ideológica. En ambos casos —en el religioso descrito por Padgett y en el político de nuestras sociedades—, la mente está hiperactiva y llena de celo, pero la verdadera transformación —la del alma o la de la realidad concreta— permanece completamente muerta.