La puerta del Cielo | Capítulo 17: Un despertar temeroso

Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español

─ Versión en inglés

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Introducción

Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/

Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).

Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.

Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.

Notas al capítulo

─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo vemos cómo Aphraar aplica lo que podemos llamar «obediencia humilde» ante la posibilidad de ayudar a un curioso personaje recién llegado al «cielo», con el que interactúan.

Versión en español
Capítulo diecisiete
Un despertar temeroso

He estado repasando el relato que hice de mi estancia en ese Monte de Dios en compañía de Eusemos, y comparando el diferente aspecto que adoptó con ocasión de mi visita en compañía de Rael. Y, sin embargo, la escena en sí era prácticamente la misma; el notable cambio que se había producido dependía enteramente de la condición del observador. Antes, mi fuerte deseo era retroceder en dirección a las nieblas, lo que, según Helen, se debía a la atracción del cuerpo; ahora, ansiaba ir en dirección contraria y cruzar el Rubicón hacia lo espiritual. En aquel entonces, observaba los variados caminos de lo que artísticamente llamé el paisaje prismático, indicando el camino hacia una condición o destino vago; ahora, cada matiz individual en esa armonía sinfónica latía con vida, inspiración y revelación. Entonces, me maravilló la aparente falta de ley, orden y organización que observaba en relación con los recién llegados; Ahora, vi no solo la sabiduría, sino también la bondad amorosa que se manifestaba en esa disposición.

Al llamar mi atención sobre esto, mi guía me hizo tomar conciencia del progreso que yo había logrado bajo la dirección del ministerio de Myhanene, y al repasar esta primera escena de esta vida desencarnada, pude revivir el recuerdo de mis primeras impresiones, que fueron solo superficiales, y también leer las lecciones más profundas que desde entonces se habían abierto a mi visión espiritual.

«¡Qué comentario sobre el valor de la retrospección!», le dije a mi compañero, tras examinar y comparar pausadamente los numerosos detalles de la escena.

«Sí; hay una manera de mirar atrás que nos permite avivar nuestro entusiasmo por seguir adelante, y en esta revisión encontrarás un ejemplo contundente. Con la ayuda de la visión más clara y profunda que has adquirido, podrás penetrar en las profundidades de ciertos misterios de esta escena que antes te eran insolubles; y al regresar, con una visión aún mayor, podrás mirar aún más a fondo. Así, todas las obras y caminos de Dios vibran siempre con una revelación nueva y más profunda para quien se adentra con valentía en las profundidades».

«Si es así, ¿no se sienten, cada paso que damos, cada escena y lugar por los que pasamos en la peregrinación, infundidos con una atracción similar a la que mencionas en relación con el Patio de las Voces?».

«En cierto sentido, ¡sí! Pero cada lugar posee su propio encanto peculiar. El atractivo incomparable del Patio y sus alrededores reside en que es, para cada alma que lo ha transitado, lo que el Monte de los Olivos es para el Maestro mismo: el lugar desde donde ascendió a la gloria tras liberarse de las últimas ataduras de la carne. Es allí donde la mortalidad es finalmente devorada por la victoria».

«Ahora empiezo a comprender algo de su formidable significación -respondí, asombrado por no haberlo apreciado completamente hasta entonces-; Oh, Myhanene, qué acertado es tu conocido aforismo: «Los grandes asuntos giran en torno a puntas de diamante»».

«¿Acaso no podríamos preguntarnos si existe una tal comparación, la de entre lo grande y lo pequeño, a la luz del Reino? -preguntó Rael, y luego- ¿Pero qué tenemos aquí?».

Mientras hablaba, con un ligero gesto de la mano, me llamó la atención hacia dos personas que se acercaban desde la agitada escena del valle que se extendía a nuestros pies. Una fue identificada de inmediato como uno de los asistentes ministeriales involucrados a la manera de Eusemos, quien tan amablemente acudió en mi ayuda; el otro ─no hizo falta que me lo dijeran─ era un recién llegado que, por su actitud y porte, sufría la sensación de cierta injusticia, a la que se resistía enérgicamente. Aún estaba a cierta distancia de nosotros cuando se dirigió secamente a Rael:

«¿Me han informado correctamente de que usted es una de las autoridades aquí?».

«Si puedo serle útil en algo, será un placer», respondió mi compañero.

«Busco a alguien que pueda solucionar un agravio muy grave o que me indique dónde puedo solucionarlo».

«¿Puedo preguntarle sobre la naturaleza de su problema?».

«¿Podría decirme si tiene autoridad para ocuparse de ello? Deseo contactar a alguien en una posición de responsabilidad».

Si el iracundo interrogador no hubiera estado tan cegado por su pasión, seguramente la mirada de lastimera compasión con la que Rael lo miró habría suavizado su acritud.

«Todos somos responsables, no solo de prestar cualquier servicio que se nos presente, sino también de complacernos en ello», respondió.

«¿Pero su servicio es autorizado?».

«¿No me va a decir usted lo que necesita? -preguntó con amable persuasión-; y entonces, si no estoy en condiciones de ayudarle, puedo sin problemas ponerle en contacto con alguien que lo hará de inmediato».

«¿Es necesario que exprese mi agravio? Míreme -y extendió los brazos con el más dramático disgusto-, mire mi condición inmunda. ¿No se hace notar por sí misma?».

«¡Pobre alma! Sí, es demasiado penosamente notable. ¿Quién eres?».

«No pido conmiseración, joven -respondió con altiva burla-; Lo que busco es el respeto y la atención que mi posición se merece».

«Y vuelvo a preguntar: ¿Quién eres?».

«Soy el Deán…», y Rael le interrumpió.

«¿Quieres decir que eras el Deán?».

«Sigo siéndolo hasta que rinda cuentas de mi gestión», insistió.

«¿Pero acaso no te han destituido de ese cargo por fuerza mayor [act of God]?».

«Por fuerza mayor descanso de mis labores, pero sólo para recibir mi recompensa. ¿Acaso es esta vil parodia de atuendo la única recompensa de la que se me considera digno?».

Rael no se apresuró a responder, sino que miró a su desconsolado apelante con una tierna y fraternal conmiseración que jamás olvidaré; era una mirada como la que, creo, debió posarse en el rostro de Cristo al proferir aquel desgarrador lamento por Jerusalén desde la cima del Monte de los Olivos. Cuando habló, fue para formular otra pregunta a cambio, como un gemido de impotencia desde la caverna del pesar [regret].

«¿No está la recompensa a la altura de tus expectativas?».

El tono de la pregunta sorprendió; parecía desarmar la agresividad del suplicante, quien se quedó sin respuesta; luego, con ánimo escarmentado, respondió:

«Más que en las expectativas personales, yo me había apoyado en las promesas».

«¿Qué promesas? -la inquisitiva pregunta se formuló con el mismo espíritu de tierna consideración- ¿Y siempre suplicabas por ellas como miserable ofensor, con un corazón verdaderamente arrepentido, o simplemente como parte de una confesión verbal genérica, sin ninguna referencia a un verdadero arrepentimiento y anhelo de remisión?».

El viejo espíritu rebelde volvió a alzar la cabeza cuando Rael insistió en su pregunta.

«¿Qué autoridad tiene para este interrogatorio?».

«La autoridad de un hermano mayor que, tras haber sido apelado, desea con gran compasión aclarar un doloroso malentendido», respondió.

«Pero no veo la relevancia de su pregunta».

«¿No la ve? Creo que puedo facilitarle eso. Me apena mucho encontrarlo vestido con estas ropas sucias, y ante su solicitud, anhelo demostrarle que no se ha cometido ningún error ni injusticia al respecto».

«Pero insisto en que es monstruoso; y exijo ver a alguien con autoridad para actuar en este asunto».

«No verá a nadie más capaz o dispuesto a ayudarle que yo, si me lo permite».

«¿Se encargará entonces de que me proporcionen ropa decente? Entonces estaré dispuesto a escuchar lo que tenga usted que decir».

Al oír esta exigencia perentoria, recordé aquel dicho trillado: «Poner a prueba la paciencia de un ángel», una operación que estaba presenciando aquí en un sentido muy literal. Pero Rael parecía volverse más tranquilo, sereno y, si cabe, más lastimosamente paciente a medida que aumentaba la demanda.

«¿No ha estado aquí lo suficiente para descubrir que la ropa que porta, por miserable que sea, forma parte de usted: tejida, proporcionada y ajustada a usted, y que nadie más que usted tiene el poder de cambiarla o quitársela?», respondió con gran persuasión.

La declaración fue recibida con una exclamación de incredulidad y desdén, y en un arrebato de ira por desacreditarla, hizo un violento esfuerzo por deshacerse de la repugnante ropa. El esfuerzo resultó ser más efectivo que cualquier argumento. En la condición del sufriente ─intentar desechar lo vil para poder revestirse de lo noble─ fue como desgarrarse a sí mismo, y con un grito de agonía dejó de torturarse, volviendo su rostro abatido hacia Rael en una silenciosa súplica de explicación.

«Mi pobre y desafortunado hermano -comenzó Rael-, por muy triste que sea tu condición ahora, sigues siendo miembro de la familia en la que me encuentro en una situación más feliz. Ojalá intentaras comprender esto y recordaras que siempre estaré dispuesto a ayudarte o aconsejarte cuando necesites mi ayuda. Quizá no puedas aceptar esto con la libertad y la plenitud con que te lo ofrezco, porque te resulta difícil comprender que se haga tal oferta, después de tan poco tiempo de conocernos, sin que sea una tapadera para algún motivo oculto. No tardarás mucho en descubrir que estas siniestras corrientes subterráneas de pretensión y engaño no pueden ocultarse entre nosotros. Todos somos conocidos y leídos por todos. Si hubieras sabido esto, me habrías entendido de otra manera desde el principio; habrías comprendido por qué llevas las prendas de las que tanto deseas deshacerte; habrías sentido la fuerza de mi pregunta cuando te pregunté si solías suplicar por las promesas con un corazón verdaderamente arrepentido o como una confesión verbal sin ninguna consideración de un verdadero arrepentimiento. No necesitaba preguntar; podía leerlo con demasiada claridad en tu vestimenta. Quise recordarte tu confesión habitual, hecha tan superficialmente, cuando decías: ‘Todos somos como cosa contaminada, y todas nuestras justicias como trapos de inmundicia’ [ref.], pero no me escuchaste».

«¿Olvidas nuestros sacramentos? ¿Acaso no sirven de nada? Si no, ¿qué es verdadero o eficaz?».

«Cuando cualquier don o criatura de Dios se usa legítima, fiel y reverentemente, se convierte en un sacramento: un signo externo y visible de una gracia espiritual interna. Sin embargo, el signo, símbolo o ceremonia más sagrado que el cielo pueda idear, si es empleado con sacrilegio o tergiversado a la ligera, se convierte en un despilfarro inefectivo, y en un agente activo para convertir la verdad de Dios en mentira, y en un instrumento para desviar al rebaño de Cristo hacia los senderos de la locura y de innumerables pecados. El único sacramento que Dios ha instituido para su observancia en la Tierra es el del Amor, que brilla desde el cielo como la Estrella Polar para guiar a la humanidad hacia el hogar; para luego ser reflejado de hombre a hombre, en cuanto que cada individuo recibe el mandato de comunicar la llama sagrada a la antorcha de su hermano, para la iluminación del mundo entero; y finalmente, para que la Tierra, bautizada con la gloria del Esplendor Divino, devuelva su abundante cosecha para llenar el granero de la casa del Padre con una raza de hijos que fueron engendrados, alimentados, educados y perfeccionados a imagen del Amor del que surgieron.

»Pero este sacramento de Dios, simple, natural y completamente suficiente, no convenció a los sabios de la Universidad de Babel, quienes, para engrandecer su culto, inventaron una serie de sacramentos ficticios y falsificados ─eclesiásticos, ritualistas y teológicos─, a través de cuyo laberíntico misterio ni siquiera las más grandes autoridades logran descubrir un camino claro y definido. El sistema les atrajo la denuncia de Cristo: ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando’ [ref.]. Esta engañosa falacia de una teología construida sobre la filosofía de los hombres, en lugar de la revelación de Dios, no solo ha sobrevivido al anatema de Cristo, sino que desde entonces se ha ramificado en una multitud de escuelas rivales hasta que la confusión se ha vuelto aún más frustrante, y el nombre del Príncipe de la Paz se usa como grito de guerra para una masacre inhumana.

»Los Magos han reproducido con tanto éxito la engañosa tragedia alegórica del Edén en el hipnótico templo de Babel, donde la cizaña fue sembrada con tanta ingeniosidad entre el trigo, que se ha vuelto una tarea vana separarla antes de que la guadaña de la Muerte convierta la tarea en una triste, aunque fácil. Entonces llega el brusco despertar cuando la mano de la Verdad despierta al durmiente: ‘¡Levántate y mira!‘. Esta es la sorprendente revelación bajo cuya asombrosa influencia me has suplicado. Y ahora -aquí la voz de Rael adquirió un tono más profundo y, si cabe, más tierno que nunca-, ¿qué podría decir, qué puedo hacer para ayudarte? ¿Por qué estabas tan ciego y sordo? ¿Por qué te engañaste tanto como para no saber que el Maestro hablaba tanto para ti como para aquellos a quienes te dirigías al leer sus palabras: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois como sepulcros blanqueados, que en verdad parecen hermosos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia? Ahora tienes ante ti tu casa, no solo desolada, sino lamentablemente ruinosa. Con demasiada ligereza, tomaste la responsabilidad de ocupar una posición sagrada que no comprendías; de cumplir un deber espiritual al que no fuiste llamado; de declarar los designios de Dios que no te habían sido revelados; de guiar las almas de los hombres por un camino que tú mismo ignorabas; de declarar un camino de salvación cuyos principios básicos desconocías; y ahora debes cosechar los frutos de tu audacia; ahora tienes que pagar el precio de tu incompetencia hasta el último céntimo de la justa exigencia que se te impone. Y no hay escapatoria».

Mientras Rael se expresaba con calma y compasión, el espíritu altivo del clérigo dio paso gradualmente a una creciente sensación de seria aprensión, y al concluir, con unas maneras muy apacibles, la interrogación fue formulada:

«Pero aunque yo sea el único ofensor al que usted señala, ¿acaso no soy también una víctima? No soy el creador del sistema que usted proclama, sino que lo acepté y lo abracé por el valor que mis antepasados ​​le dieron. ¿Acaso no tengo derecho a una consideración mitigante por esto?».

«Sí, mi hasta ahora descarriado hermano, tienes derecho a recibir consideración, y la recibirás ahora que has caído en manos de Dios; no del Dios que se te ha autorizado a presentar ante tus semejantes como figura central en un sistema teológico artificial, sino del Dios que se manifestó en la vida, la enseñanza y la obra de su ungido, quien ‘quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad‘, y de cuyo irresistible amor ya no podrás escapar cuando, de una vez, como el desdichado hijo pródigo, despiertes y recuperes el sentido.

»Sentémonos un momento mientras te cuento algo de la bondad amorosa del Padre con quien ahora tienes que tratar», y los cuatro nos lanzamos a la cima de la ladera mientras Rael derramaba su alma en un planteamiento del evangelio que era antiguo y no obstante fascinantemente nuevo por la forma en que se presentaba.

«El epítome de toda vida que el mundo haya conocido y pueda conocer -comenzó-, se encuentra en conexión con los relatos de la vida de Jesús; los comentarios y detalles, si acaso son esenciales, se exponen en las demás partes de las Escrituras. La ley y los profetas no son códigos doctrinales, filosóficos y científicos, puestos en manos de sacerdotes para el gobierno del pueblo; son alegorías, dadas a los niños para que los mayores enseñen a los pequeños las sencillas historias de amor que el Padre ha escrito para despertar y estimular el amor de sus amados. Pero como la variedad de tiempo, lugar, circunstancia, posición, capacidad mental y herencia cultural se combinan para producir una innumerable diversidad de personalidades, mientras que con frecuencia grandes grupos se mantienen unidos por uno u otro rasgo distintivo, tan entrelazadamente como para conservar la unión de toda la familia, las historias no se cuentan en capítulos consecutivos y volúmenes completos, sino que las alegorías se engarzan, como joyas en la historia de hombres, familias o naciones, para que el hijo o la hija que juega al escondite pueda buscar y encontrar, y, aprendiendo a encajar cada lección según su propia concepción de la imagen de su Padre, pueda presentar su propia idea del retrato de su Padre invisible en la vida que él o ella construya.

»Quizás te sea útil si presento ante ti tu propia historia según este esquema, tal como la veo reflejada en las Escrituras, tal como la presentaría si predicara el evangelio desde la perspectiva que ahora contemplamos. Encontraría el esbozo cristiano de esto en la hermosa historia que muestra el ministerio del buen samaritano. Ocupas el lugar de la víctima que, atraída por algunas ventajas no especificadas que ofrecía Jericó, e ignorante de la maldición regia que antiguamente se había pronunciado sobre la ciudad (Josué 6:26), sin ser supersticioso, le dio la espalda a la ciudad del gran Rey, siguió el camino de los pecadores y cayó víctima de ladrones que lo golpearon y despojaron.

»La concisa descripción, «dejándolo medio muerto», junto con el resto de la alegoría, muestra la elocuente maestría del orador al revelar tantas cosas en los silencios, para aquellos cuyos oídos y ojos espirituales están abiertos: las vías por las que Dios realiza sus significativas revelaciones. ¿Cómo podría describirse mejor la situación en la que te encuentro que con las palabras «dejándolo medio muerto»? Despojado de todos los accesorios de tu orgullosa profesión, incluso del cuerpo que adornabas con las insignias de las que tu exaltado cargo alardeaba, de modo que ni siquiera una mirada casual del sacerdote y el levita que pasaban por allí reconocería tu dignidad, ¿acaso podría emplearse una frase más breve e indiferente [noncommital] para expresar la situación?

»Y, sin embargo, solo has soportado la mitad de la muerte: el camino de Jerusalén a Jericó es el camino de la muerte, pero la ciudad de la alegoría fue destruida, de modo que quien pudiera escapar de los ladrones que infestan el camino y llegar al lugar, no encontraría ciudad allí ─el Rey eterno ha declarado que ‘La muerte es devorada por la victoria’ [ref.]─; y tú, cuando ahora llegas a lo más extremo del vagabundeo, llegas casi al extremo de lo eterno, y la circunferencia toma su giro hacia arriba. No puedes asfixiarte en la inmundicia del pesebre, pues hay un brazo eterno incluso por debajo del lodazal, para levantar la cabeza, hasta que el más vil pródigo despierte con la latente determinación de escapar.

»No digo que tengas que alcanzar este límite ─lejos de mí─. Ahora estás en el reino de la ley y la justicia, no administradas como en un tribunal terrenal, sino de acuerdo con la inviolable rectitud de Dios. No serás arrastrado ni escoltado a ningún lugar para el cual te hubieras preparado, mas cuando te dejemos, nuestro hermano Eldare puede ahorrarte muchos problemas ─quizás también dolor─ al señalarte el camino hacia donde se encuentra tu propio lugar; luego podrás encontrarlo por ti mismo, y cuando lo elijas, nadie intentará discutir tu elección.

»Pero aunque no te verás obligado a la hora de elegir tu primera morada, estoy seguro de dónde recaerá tu elección».

«¿Tendrías la amabilidad de decírmelo? -suplicó con un ánimo aún más sereno-; ¿Será con otros clérigos, ya que dices que cada uno va a su lugar?».

Rael respondió a la mirada expectante con la que se hacía la súplica con una mirada de lastimera conmiseración y no se apresuró a responder. Luego, con marcada deliberación, dijo:

«Aquí no hay clérigos. Tales distinciones, con todos esos accesorios de la Feria de las Vanidades, yacen allí -señalando a lo lejos, hacia los grandes bancos de niebla-; Todas las pompas y vanidades de los seductores ensueños de la carne yacen enterradas con el cuerpo. No pueden resurgir. Para ti, esa Feria ha terminado; su atractivo drama ha terminado; los aplausos de los entretenidos han cesado; el telón ha caído; las vestiduras con las que elegiste pavonearte en el escenario se han quitado; y tengo ante mí no al héroe popular de las candilejas, sino al miserable actor que busca un refugio donde reposar la cabeza, un amigo que le dé el pan que anhela. Con mucho gusto te daría de comer, pero en tu pasión por tu artificio has debilitado tanto tu constitución que darte alimento sólido sólo aumentaría tu sufrimiento. Necesitas del más hábil y cuidadoso tratamiento para asegurar tu recuperación. Al principio será doloroso, debido a tu descuido en cuanto a tomar precauciones en el pasado. Aspiraste a la fama y la alcanzaste; pero en tu victoria perdiste la salud de tu alma; ahora tienes que librar una batalla más dura para recuperarla. Pero no desesperes. Por drástico que sea tu tratamiento, deja que esto te ayude a soportarlo; no puede terminar fatalmente. Ni se te dejará soportarlo sin supervisión. Quizás tengas que pasar por un horno babilónico en tu camino; pero no temas, el fuego es sólo un agente de purificación para arrastrar y eliminar la inmundicia; no puede destruir la vida; y aunque en los dolores de la prueba no seas consciente de ello, en medio del horno estará contigo alguien a semejanza del Hijo del Hombre, para velar y liberarte cuando el efecto purificador esté asegurado. Quizás sea necesario el crisol para eliminar la escoria que envenena tu vida; si es así, el refinador estará a tu lado constantemente; y cuando, por fin, pueda ver claramente su propia imagen reflejada en tu interior, te traerá de vuelta al punto donde nos encontramos ahora.

»Cuando, por la providencia de Dios, puedas hacer esto, serás un hombre completamente distinto: tus ojos se abrirán, tu entendimiento se ampliará y, al repasar toda tu trayectoria, te llenarás de asombro y sorpresa ante la tierna bondad del Padre que se te ha manifestado. Ojalá pudiera salvarte de todo lo que te espera ─entre el momento de ahora y aquel─ en el doloroso proceso de purificación, pero la semilla ya está sembrada y la cosecha debe ser recogida; mas en la cosecha encontrarás la bendición que enriquece, y cuando nos volvamos a encontrar me dirás que la ganancia ha sido mucho mayor que el costo».

Con esto lo despedimos.

Puede que me equivoque al evaluar la comparación, pero al recordar este incidente, no recuerdo una experiencia que me llenara de un mayor anhelo de hacer algo para aliviar sus consecuencias que el caso que dejábamos atrás. Varias veces volví la cabeza y miré con melancólico deseo a aquella alma sufriente. Finalmente, mi compasión se volvió insoportable, así que le supliqué a Rael:

«¿No podemos hacer algo para ayudarlo?».

«Nada más», respondió lacónicamente, pero el gesto compasivo de negar con la cabeza delataba todo un volumen de profundo significado.

«Me parece casi criminal dejarlo solo, tal como está», respondí.

«Su caso no es exactamente como se lo parece a tus ojos inexpertos -respondió-; Intentar hacer más ahora no solo sería imprudente, sino perjudicial. Eldare es mucho más competente que tú o que yo para brindarle la ayuda que él necesita, y por mucho que cualquiera de nosotros estaría encantado de ayudarlo, después de lo logrado debemos conformarnos con dejarle, hasta que un ulterior tratamiento le resulte beneficioso en lugar de lo contrario».

«Disculpa la presunción de mi ignorancia, Rael -supliqué en mi importunidad-, pero si nos quedáramos cerca, ¿no podríamos ayudarlo con mayor facilidad cuando realmente lo necesitara?».

Había más elogio que reproche en la mirada que me dirigió al preguntar:

«¿Y sugerirías que descuidemos otros deberes legítimos mientras esperamos a que solicite ayuda, para luego descubrir que se habían designado otros más cualificados que nosotros para tal propósito?».

«Ah, amigo mío, perdóname, me siento bien amonestado. En mi ignorancia, no sabía qué pedía; es sólo que, compadecido del sufrimiento, quise extender una mano para ayudar».

«No hay nada de qué arrepentirse ni de qué ser perdonado en lo que has hecho, hermano mío -respondió, con el rostro radiante de elogio-; Hasta donde se me permite leerlo, todo este incidente ha tenido, como uno de sus propósitos, el presentarte esta prueba: determinar si, en el instante en que pudieras poner en funcionamiento tu recién descubierto poder del ‘allíº‘, estarías dispuesto, ante la llamada del deber, a renunciar a tu gratificación personal para poder desempeñar un dudoso ministerio. Tu respuesta ha sido el equivalente a haber prestado con éxito el servicio que pediste, y la recompensa será tuya».

«¡Oh, Rael! -exclamé, casi temblando de gratitud ante el poder protector que se me había otorgado en la prueba-; ¡qué clase de hombres debemos ser al desplazarnos de aquí para allá entre estas oportunidades entrelazadas de la Providencia!».

«Ahora te acercas a esa actitud de alma que es necesario alcanzar en la Tierra para evitar catástrofes como la que acabamos de vivir».

«¿Me equivocaría -me aventuré a preguntar con cautela- si preguntara la naturaleza del pecado al que se debió su caída?».

«No; yo podía leer su historial como en un libro abierto, por lo abigarrado [motley] de su vestimenta, y tú pronto podrás hacerlo igualmente, pero no es necesario ni aconsejable practicar un escrutinio demasiado minucioso. No somos jueces, sino ministros. No es parte de nuestro trabajo examinar y descubrir si se ha pagado hasta el último céntimo de la pena, sino más bien intentar anticipar la redención, impartiendo la fortaleza que podamos impartir para liberar de la esclavitud lo antes posible. Sin embargo, conviene que quienes entran en contacto con el caso se familiaricen con los aspectos y síntomas generales del mismo, para ser más eficientes en su tratamiento. En cuanto a sus características principales, esta es una muy común: se trata de una petrificación espiritual derivada de un formalismo mecánico e insincero, sin ningún enfoque de la verdadera vida espiritual que la controle».

«¿No se debe esto en gran parte, primero, a las manchas que recibimos de nuestros padres; y luego, como niños, a la observancia; y finalmente, a los maestros espirituales que afirman tener la autoridad para enseñarnos?».

«Admitimos eso, quizás con mayor claridad de la que podrías estar inclinado a reconocer. Por eso he dicho: «no somos jueces». Al mismo tiempo, puedo referirme a ti mismo para respaldar mi afirmación de que un hombre tiene poder, si decide usarlo, en la mayoría de los casos, para liberarse de estas influencias restrictivas y adorar a Dios en la belleza de la santidad, a pesar de cualquier telaraña, ya sea de ciencia, filosofía o teología, que cualquier organización, o combinación de ellas, pueda intentar tenderle. El criterio de juicio por el que se juzga a un alma al llegar aquí no es la perfección ─ningún hombre es perfecto, ni puede serlo, hasta que se pierde en su unión con Dios─, sino el acercamiento a la perfección que él, personalmente, haya sido capaz de alcanzar. Una forma ejemplar de ello lo dio el propio Maestro en el caso de la mujer que rompió la caja de ungüento costoso sobre su cabeza [ref.]. Él no expresó ninguna opinión respecto al acto en sí, si fue o no fue discreto ─dejó ver tanto como que sí pudo haberlo sido como que no─, sino del motivo que lo impulsó. Y dijo: ‘Ella hizo lo que pudo‘. Tal es el criterio del juicio que se emite aquí, y no mediante el veredicto de ningún individuo, sino por la revelación de la vida que ha pasado por la dura prueba escrutadora. Dios exige saber cómo se encuentra nuestra administración con respecto al alma que nos ha confiado. Debemos encontrarnos con Él con la recompensa de nuestro trato con nuestros semejantes; si hemos sido perezosos o hemos enterrado nuestros talentos, no hay acceso a Su presencia hasta que hayamos corregido nuestra insensatez, a menos que deseemos ser condenados. Pero habiendo descubierto este hecho al llegar aquí, se exige que nos pongamos a corregir nuestro error de inmediato para que todos estemos listos para presentarnos en el día en que Él forje Sus joyas».

Versión en inglés
CHAPTER SEVENTEEN
A FEARFUL AWAKENING

I have been glancing at the record I made of my standing on that Mount of God in the company of Eusemos, and comparing the different aspect it assumed on the occasion of my visit in the company of Rael. And yet the scene itself was practically the same the remarkable change that had been wrought was entirely in the condition of the beholder. Aforetime my strong desire was to move backward in the direction of the mists, which Helen told me was due to the attraction of the body; now, I was anxious to move in a contrary way, and cross the rubicon into the spiritual. Then, I viewed the varied roads of what I called the prismatic landscape artistically, indicating the way to some vague condition or destination; now, every individual tint in that symphonic harmony throbbed with life, inspiration and revelation. Then, I wondered at the seeming lack of law, order and organization which I observed in relation to new arrivals; now, I saw not only the wisdom, but also the loving-kindness that was manifested in the arrangement.

In drawing my attention to this my conductor brought home to me some consciousness of the progress I had made under the direction of Myhanene’s ministry, and, in reviewing this first scene of this discarnate life, I was enabled to revive the memory of my first impressions which were only superficial, and also to read the deeper lessons which had since been opened to my spiritual vision.

“What a commentary on the value of retrospection,” I said to my companion, after leisurely surveying and comparing the many details of the scene.

“Yes; there is a way of looking back by which we may add to our zest to press forward, and in this review you may find a most emphatic example of it. Calling the stronger, clearer vision you now have acquired to your aid, you are able to penetrate the depths of certain mysteries in this scene which were insoluble to you before; and in coming back again, with a yet increased insight, you will be able to look yet deeper and deeper still. Thus are all the works and ways of God ever throbbing with new and deeper revelation to him who boldly dives into the depths.”

“If that is so, then does not every step, scene and place we pass on the pilgrimage become instinct with a similar attraction to that you speak of in relation to the Court of the Voices?”

“In a sense – yes! But every spot possesses its own peculiar charm. The surpassing attraction of the Court and its precincts is, that it is to every soul who has passed it what the Mount of Olives is to the Master Himself – the spot from which He ascended into the glory after He had shaken off the last of the shackles of the flesh. It is there that mortality is finally swallowed up in victory.”

“Now I begin to realize something of its stupendous significance,” I answered, amazed that I had so far failed fully to appreciate the fact before. “Oh Myhanene, how wonderfully apt is your familiar aphorism – ‘Great issues turn on diamond points.’”

“Might we not ask whether there is such a comparison as great and small in the light of the Kingdom?” enquired Rael, and then – “But what have we here?”

As he spoke, with a slight gesture of his hand, he drew my attention to two who were approaching from the busy scene in the valley below us. The one was at once identified as one of the ministering attendants engaged as Eusemos, who so kindly came to my assistance; the other – I needed not to be told – was a new arrival who, by his manner and bearing, was suffering under the sense of some injustice which he strenuously resisted. He was still some distance from us when he curtly addressed himself to Rael:

“Am I correctly informed that you are one in authority here?”

“If I can be of any service, it will be a pleasure to render it,” replied my companion.

“I am looking for someone who can correct a most serious grievance, or to direct me to where I can get it corrected.”

“May I enquire as to the nature of your trouble?”

“Will you tell me whether you have authority to deal with it? I wish to reach someone in a responsible position.”

If the irate questioner had not been so blinded by his passion surely the look of pitiful compassion with which Rael regarded him would have softened his acerbity.

“We are all not only responsible for, but also pleased to render whatever service may come in our way,” he replied.

“But is your service authoritative?”

“Won’t you tell me your need?” he enquired with kindly persuasion, “then, if I am not in a position to assist you, I can readily bring you to someone who will instantly do so.”

“Is it necessary for me to state my grievance? Look at me,” and he spread his arms in most dramatic disgust.

“Look at my filthy condition. Does it not declare itself?”

“Poor soul! Yes, it all too sorrowfully declares itself. Who are you?”

“I am not asking for commiseration, young man,” he replied with haughty scorn. “What I am seeking for is the respect and attention due to my position.”

“And I ask again: Who are you?”

“I am the Dean – “ Rael interrupted him.

“You mean you were the Dean”

“I am still the Dean, until I have rendered an account of my stewardship,” he insisted.

“But have you not been removed from that office by an act of God?”

“By an act of God I rest from my labours, but that is only to enter into my reward. But is this vile parody of attire the only reward I am considered to be worthy of ?”

Rael did not hasten to reply, but looked upon his disconsolate appellant with a tender, brotherly commiseration I shall never forget. It was such a look as, I think, must have rested on the face of Christ as he uttered that heart-breaking lamentation over Jerusalem from the brow of Olivet. When he spoke it was to ask another question in return, like a groan of helplessness from the cavern of regret.

“Is not the reward commensurate with your expectations?”

The tone of the enquiry surprised – seemed to disarm the pugnacity of the suppliant, who was at a loss for a reply; then in a chastened mood made answer:

“I had not built so much on personal expectations as on the promises.”

“What promises?” The searching query was put in the same spirit of tender consideration. “And did you always plead them as a miserable offender, with a truly penitent heart, or was it merely a part of a general verbal confession without any reference to a true repentance and anxiety for remission?”

The old rebellious spirit lifted its head again as Rael pressed his enquiry.

“What authority have you for this cross-examination?”

“The authority of an elder brother who, having been appealed to, is most sympathetically desirous to clear up a painful misunderstanding,” he replied.

“But I fail to see the relevancy of your question.”

“Do you not? I think I can readily enable you to do so. I am with yourself grieved to find you attired in these filthy garments, and on your appeal to me am anxious to show you that no mistake or injustice has been done in this respect.”

“But I insist that it is monstrous; and I demand to see someone who has authority to act in the matter.”

“You will see no one who will be more able or willing to assist you than myself, if you will allow me to do so.”

“Will you, then, see that I am supplied with decent clothing? Then, I will be prepared to listen to what more you have to say.”

As I heard this peremptory demand I recalled the well-worn saying: “You would try the patience of an angel,” an operation I was witnessing in a very literal sense. But Rael seemed to grow more calm, self-collected, and, if possible, more pitifully patient as demand increased.

Have you not been here long enough to discover that the clothing you wear, miserable as it is, is a part of yourself – woven, provided and adjusted to yourself, and that no one but yourself has power to change or remove it?” he replied with great persuasiveness.

The declaration was met with an incredulous and disdainful ejaculation, and in a rashly irate determination to discredit it a violent effort was made to cast the loathsome clothing aside. The effort proved to be of more effect than any argument. In the condition of the sufferer – attempting to discard the base that he might don the noble – it was like tearing himself asunder, and with a cry of agony he ceased to torture himself, turning his crestfallen face to Rael in mute appeal for an explanation.

“My poor, unfortunate brother,” Rael began, “for however sad your condition now is, you are still a member of the family in which I am more happily circumstanced. I wish you would try to grasp this and remember that I shall always he ready to help or advise you whenever you may need my assistance. You may scarcely be able to accept this as freely and fully, as I offer it, because it is difficult for you to understand such an offer being made, on so short an acquaintance, without it being a cover to some ulterior motive. You will not be here long before you discover that these sinister undercurrents of pretence and deception cannot be concealed amongst us. We are each and all known and read of all men. Had you known this you would have understood me differently from the beginning – you would have understood why you are wearing the garments you are so anxious to get rid of – you would have felt the force of my enquiry when I asked you whether you had been in the habit of pleading the promises with a truly penitent heart, or as a verbal confession without a thought of true repentance. I needed not to ask – I could read it all too plainly in your vesture. I wanted to bring to your own remembrance your usual confession so perfunctorily made when you said, ‘we are all as an unclean thing, and all our righteousnesses are as filthy rags,’ but you would not hear me.”

“Do you forget our sacraments – are they of no avail? If not – then what is true or effectual?”

“When any gift or creature of God is legitimately, faithfully and reverently used it becomes a sacrament – outward and visible sign of an inward spiritual grace, but the most sacred sign, symbol or ceremony which heaven can devise, sacrilegiously employed, or lightly misrepresented, becomes riot only of non-effect but an active agent in turning the truth of God into a lie, and an instrument in turning the flock of Christ out of the way into the by-paths of folly and countless sins. The one sacrament God has instituted for observance on earth is that of Love, shining from heaven as the Pole-star to guide humanity homeward; then to be reflected from man to man, each individual commanded to communicate the sacred flame to his brother’s torch, for the enlightenment of the whole world; and finally, the earth having been baptized with the glory of the Divine Splendour, shall return its bounteous harvest to fill the garner of the Father’s house with a race of children who were begotten, nourished, trained and perfected in the image of the Love from which they sprang.

“But this simple, natural and all-sufficient sacrament of God did not commend itself to the minds of the wise men in the University of Babel, who for the aggrandizement of their cult have invented a group of fictitious and counterfeit sacraments – ecclesiastical, ritualistic and theological – through the labyrinthian mystery of which even the greatest authorities fail to discover a clear and definite path. The system brought upon them the denunciation of the Christ: ‘Woe unto you scribes and Pharisees, hypocrites! for ye shut up the kingdom of heaven against men: for ye neither go in yourselves, neither suffer ye them that are entering to go in.’ This specious fallacy of a theology built on the philosophy of men, instead of the revelation of God, has not only survived the anathema of Christ, but it has since branched out into a multitude of contending schools until confusion has become more confounded, and the name of the Prince of Peace is used as the battle-cry for inhuman slaughter.

“So successfully have the Magi reproduced the specious allegorical tragedy of Eden in the hypnotic temple of Babel, where the tares have been so ingeniously sown among the wheat, that it has become a vain task to separate them before the scythe of Death makes the task a sad but easy one. Then comes the rude awakening as the hand of Truth arouses the sleeper to ‘Arise and see!’ This is the startling revelation under the staggering influence of which you have appealed to me. And now” – here Rael’s voice took a deeper and if possible more tender tone than ever – “what is it possible for me to say, for me to do to help you? Why were you so blind and deaf? Why did you so deceive yourself as not to know that the Master was speaking equally to yourself as to those to whom you spake when you read His words: Woe unto you, scribes and Pharisees, hypocrites! For ye are like unto whited sepulchres, which indeed appear beautiful outward, but are within full of dead men’s bones, and of all uncleanness’? Now your house is left unto you, not only desolate, but grievously dilapidated. You all too lightly took upon yourself to occupy a sacredly responsible position you did not understand – to discharge a spiritual duty to which you were not called – to declare the counsels of God which had not been revealed to you – to direct the souls of men in a way of which you yourself were ignorant – to declare a way of salvation the first principles of which you were a stranger to, and now you must needs reap the harvest of your audacity – now you have to pay the penalty of your incompetence to the last farthing of the just demand that is made upon you. And there is no escape.”

As Rael delivered himself with calm and sympathetic consideration the haughty spirit of the cleric gradually gave place to a rising sense of serious apprehension, and as Rael concluded, with a very chastened mien the enquiry was made:

“But though I may be all the offender you point out, am I not also something of a victim? I am not the originator of the system you declaim, but accepted and embraced it at the value my forefathers had placed upon it – am I not entitled to any mitigating consideration for this?”

“Yes, my hitherto misguided brother you are entitled to, and will receive consideration now that you have fallen into the hands of God – not the God you have been authorized to set before your fellow-men as the central figure in a man-made system of theology, but the God who was made manifest in the life, the teaching and the works of His anointed, who ‘will have all men to be saved and come to a knowledge of the truth,’ the power of whose irresistible love you will be no longer be able to escape, when, once, like the wretched prodigal, you awake and come to yourself.

“Let us sit down for a moment while I tell you something of the loving-kindness of the Father with whom you have now to do,” and the four of us threw ourselves on the crest of the slope while Rael poured out his soul in a setting of the gospel that was old and yet entrancingly new by the way in which it was declared.

“The epitome of every life the world has known – ever can know” – he began – “is to be found in connection with the records of the life of Jesus; the commentary and details, so far as are essential, are set forth in the other parts of scripture. The law and the prophets are not doctrinal, philosophical and scientific codes, placed in the hands of priests for the government of the people; they are allegories, given to children that the older may teach the younger the simple love-stories the Father has written to excite and stimulate the love of His beloved ones. But as the variety of time, place, circumstance, position, mental ability and inherited gilt will be combined in producing an innumerable diversity of personality, while frequently large groups will be more closely held together by one or another of distinctive traits, so inter-blended as to retain the union of the whole family, the stories are not told in consecutive chapters and complete volumes, but the allegories are set, like jewels in the histories of men, families or nations, that the child playing at ‘hide-and-seek’ may search and find, and, learning to piece each lesson in accordance with its own conception of its Father’s image, may present its own idea of its unseen Father’s portrait in the life it builds.

“Perhaps it will be of some service if I place before you your own story in accordance with this arrangement, as I see it portrayed in the scriptures – as I should present it if I were preaching the gospel from the point of view where we are now beholding. The Christ outline of it I should find in the beautiful story displaying the ministry of the good Samaritan. You occupy the place of the victim who, attracted by some unspecified advantages offered by Jericho, and oblivious of the royal curse which had been anciently pronounced upon the city (Josh. vi, 26), not being superstitious, turned his back upon the city of the great King, walked in the way of sinners, and fell a victim to robbers who beat and stripped him.

“The terse description, ‘leaving him half dead,’ together with the rest of the allegory, shows the eloquent masterstroke of the speaker in revealing so much in the silences for those whose spiritual ears and eyes are open – the avenues down which God makes His significant revelations. How could the position in which I find you be more graphically described than in the words, ‘leaving him half dead’? Stripped of all the accessories of your proudly boasted profession, even to the body you adorned with the insignia that vaunted your exalted office, so that even a casual glance of the priest and Levite passing by do not recognize your dignity, surely no more brief and noncommittal phrase could be employed to express the situation?

“And yet it is but the half of death that you have endured – the way from Jerusalem to Jericho is the way of death, but the city of the allegory was destroyed, so that whosoever could escape the robbers who infest the road and reach the site would find no city there – the eternal King hath declared that ‘Death is swallowed up in victory’ – when now you reach the uttermost of the extremity of wandering you reach the extremity of all but the eternal, and the sweep of the circumference takes an upward turn. You cannot suffocate in the filth of the swine-trough, since there is an everlasting arm even underneath the mire to lift up the head until the vilest prodigal awakes with the latent determination to escape. “I am not saying that you have to meet this limit – far be that from me. You are now in the realm of law and justice, not administered as in the earthly court, but in accordance with the inviolable righteousness of God. You will be neither dragged nor escorted to any place for which you have prepared yourself, but when we leave you, our brother Eldare may save you much trouble – perhaps also sorrow – by pointing out the way in which your own place lies, then you will be left to find it for yourself, and when you select it, no one will attempt to dispute your choice.

“But though you will be free from outward restraint in selecting your first abode, it is quite certain to me where your choice will fall.”

“Will you be kind enough to tell me?” he entreated in a still more chastened spirit. “Will it be with other clerics, since you say we each go to our own place?”

Rael met the half-expectant gaze with which the entreaty was made with a look of pitiful commiseration. and did not hasten to reply. Then with a marked deliberation he said:

“There are no clerics here. Such distinctions, with all such like accessories of Vanity Fair, lie yonder,” pointing away to the great banks of mists. “All the pomps and vanities of the seductive revelries of the flesh lie buried with the body. These cannot rise again. For you that Fair is over; its attractive drama is ended; the plaudits of the entertained have ceased; the curtain has fallen; the robes in which you elected to strut the stage have been doffed; and I have before me not the popular hero of the footlights, but the miserable actor who is seeking for a shelter where he can lay his head – for some friend who will break and give him the bread for which he is starving. How gladly would I give you to eat, but in your infatuation for your art you have so weakened your constitution that to give you solid food would only be to increase your suffering. You need the most skilled and careful treatment to secure your recovery. It will be painful to begin with – due to your neglect to take precaution in the past. You aspired to fame, and won it; but in your victory you lost your soul’s health; now you have to fight a sterner battle to recover it. But you need not despair. However drastic your treatment may have to be, let this help you to bear it – it cannot end fatally. Nor will you be left to bear it unattended. You may have to pass through a Babylonian furnace on your way; but fear not, the fire is only an agent for purification, to carry away and get rid of the filth, it cannot destroy life; and though in the pains of the ordeal you may not be conscious of the fact, there will be with you, in the midst of the furnace, one like unto the Son of Man, to watch and deliver you when the purifying effect is secured. It may be that the crucible may be necessary to remove the dross that is poisoning your life; if so, the refiner will be in constant attendance; and when, at length, he can clearly see his own image reflected in your depths he will bring you forth back to the spot on which we are standing now.

“When, in the providence of God, you are able to do this, you will be altogether another man – your eyes will be opened, your understanding enlarged, and taking a review of your whole career, you will be filled with wonder and surprise at the tender loving-kindness of the Father which has been made manifest to you. I would that I could save you from all that lies between now and then in the pain of the purifying process, but the seed has been sown, and the harvest must be reaped, but in the reaping you will find the blessing that maketh rich, and when we meet again you will tell me that the gain has been far in excess of the cost.”

With this we left him.

It may be that I am wrong in my estimates of the comparison, but as I look back upon this incident, I cannot recall an experience that filled me with a greater yearning to do something to alleviate its consequences than the case we were then leaving behind us. Several times did I turn my head and cast a look of melancholy desire upon that suffering soul. At length my sympathy grew too strong for resistance, and I entreated Rael:

“Is it not possible for us to do something in some way to help him?”

“Nothing m ore,” he replied laconically, but there was a volume of eloquent meaning in the sympathetic shake of the head by which it was accompanied.

“It seems to me to be almost criminal to leave him alone just as he is,” I responded.

“His case is not exactly as it seems to your inexperienced eyes,” he replied. “For us to attempt to do more, at present, will not only be ill-advised, but detrimental. Eldare is far more competent to render the aid he needs than either you or I, and much as either of us would be glad to assist him, after what has been accomplished we must be content to leave him until such time as further treatment will be helpful rather than otherwise.”

“Pardon the presumption of my ignorance, Rael,” I pleaded in my importunity, “but if we remained at hand, could we not the more readily assist him when he really needed it?”

There was more of commendation than reproof in the look he gave me as he asked :

“And would you suggest our neglect of other legitimate duties while we waited until he should appeal for assistance, then to discover that others had been appointed who were better qualified for the purpose than ourselves?”

“Ah, my friend, forgive me, I am admonished indeed. In my ignorance I knew not what I asked, but in my sympathy with suffering I wanted to stretch out a hand to help.

“There is nothing to repent of or be forgiven in anything you have done, my brother,” he replied, his face brightening into a beam of commendation. “So far as I am permitted to read it, this whole incident has had for one of its purposes the presentation of this test to you: to ascertain whether at the instant when you might put your newly found power of ‘thereth’ into operation, you would be willing, at the call of duty, to waive your personal gratification in order to perform a doubtful ministry. Your response has been the equivalent of having successfully rendered the service for which you pleaded, and the reward of it will be yours.”

“Oh Rael,” I cried, almost trembling with gratitude at the protecting power which had been afforded to me in the trial, “what manner of men we ought to be as we move to and fro among these interblended opportunities of Providence!”

“Now you are approaching that attitude of soul that it is necessary to attain on earth in order to prevent such catastrophes as the one we have just encountered.”

“Should I be wrong,” I carefully ventured to enquire, “if I asked the nature of the sin to which his downfall was due?”

“No I could read his record as in an open book from the motley character of his apparel, and you will presently be equally able to do the same, but it is neither necessary nor advisable to practise too close a scrutiny. We are not judges, but rather ministers. It is no part of our work to examine and discover whether ‘the last farthing’ of the penalty has been paid, but rather to try to anticipate the redemption by imparting what strength we may to leave the bondage at the earliest available instant. But of the general aspects and symptoms of a case it is well for those who are brought into contact with it to be familiar in order to become the more efficient in its treatment. In those main features this case is a very common one; it is one of spiritual petrifaction arising from a mechanical and insincere formalism without any approach to real spiritual life to control it.”

“Is not much of that due first of all to taints we receive from our parents, then as children from observation, and finally from the spiritual teachers who claim authority to teach us?”

“We recognize that perhaps more clearly than you may he inclined to admit. That is why I have said, ‘we are not judges.’ At the same time, I can refer to yourself in support of my claim that a man has power, if he chooses to use it, in most cases, to break away from these restrictive influences, and worship God in the beauty of holiness, in spite of any and every spider’s web, whether of science, philosophy or theology, which any organization or combination may seek to throw around him. The standard of judgment by which a soul is judged on his arrival here is not perfection – no man is perfect, or can be so, until he is lost in his union with God – but by that approach towards perfection which he, personally, had been able to attain. An exemplary instance of that was given by the Master Himself in the case of the woman who had broken the box of costly ointment over his head. He expressed no opinion in respect to the act in itself, whether it was discreet or otherwise – that He left as it may or may not have been – but of the motive which had prompted it He said ‘She hath done what she could.’ Such is the standard of the judgment here delivered, not by the verdict of any individual, but by the revelation of the life which has passed through the searching ordeal. God demands to know how the balance of our stewardship stands concerning the soul He has entrusted to our care. We have to meet Him with the reward of our trading with our fellow men in our hands; if we have been slothful or buried our talents in the earth, there is no admission to His presence until we have corrected our folly – unless we wish to be condemned. But having discovered this fact on arrival here, it is demanded that we set about correcting our error at once that we may all be found ready to present ourselves in the day when He shall make up His jewels.”