Índice
─ Introducción
─ Notas al capítulo
─ Versión en español
─ Versión en inglés
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Introducción
Este texto es introducido en esta página (y es enlazado en ella):
Página-guía B.9:
unplandivino.net/transicion/
Está en el apartado de esa página dedicado a Robert J. Lees (buscar «Robert» en esa página).
Para los audios:
En esa misma página estarán enlazados y ordenados los audios. Y, como en otros audios, hice un comentario al final de este, tras la lectura del texto. En el comentario vemos algunas ideas importantes y a veces aclaramos algunas cosas.
Reuniré todos los textos de este tercer libro de la trilogía de R. J. Lees (La vida elísea) cuando vaya terminando de hacer esta «primera» versión de la traducción (que hago con ayuda de deepl, google, wordreference…) ─»primera» versión en el sentido de «para mi web»─.
Notas al capítulo
─ Ver el audio correspondiente.
─ En este capítulo, Aphraar siente la comparación entre su situación ahora con la de aquella mujer del capítulo 4 de «A través de las nieblas«, y recibe de Omra una imagen sobre cierto aspecto del futuro.
Versión en español
Capítulo diez
El templo viviente
La mano de Omra se retiró casi imperceptiblemente de mi brazo, rodeándome la cintura con una suave insinuación de que debíamos marcharnos, pero cada impulso de mi alma me urgía a encontrar la manera de alcanzar esa otra orilla. Nunca antes había sentido un deseo tan intenso como el de alcanzar esa puerta que se alzaba tan cerca y, a la vez, tan lejos.
De nuevo, la suave presión de la insinuación de Omra sugirió nuestra partida, pero mi obediencia seguía paralizada por la fuerza de esa irresistible atracción.
Mi compañero me esperaba con paciencia. No habló. El único argumento que empleó para convencerme de ceder a su sugerencia fue la silenciosa presión de su compasiva empatía. Él mismo había pasado por allí antes y lo sabía ─lo recordaba─, y conmovido por la misma sensación de debilidad ante semejante ocasión, su alma se adhirió a la mía en su renuencia a partir, a pesar de que él conocía la mejor manera de alcanzar la meta.
Nos quedamos un buen rato observando a muchos pasar de un lado a otro por el puente ahora invisible ─pues el poder que Omra me había otorgado me había sido retirado─, pero yo estaba clavado en el sitio como si fuera parte de la roca que cercaba el abismo.
En ese momento, Omra me habló, no con la voz de quien se enorgullece de la demostración de una victoria argumentativa, sino como un profesor comprensivo que felicita a un alumno por la solución de un problema algo abstruso.
«Ahora podrás comprender algo de la naturaleza inexpugnable de los baluartes del reino», dijo. «Entiendo», respondí lacónicamente.
Me hubiera gustado añadir mucho más, pero algo me insinuaba que no sería aconsejable hacerlo en ese momento. Al instante, mi memoria me recordó aquella impactante escena que tanto me interesó [ref.], cuando estaba en el Monte en compañía de Eusemos, y de nuevo observé los intentos infructuosos de aquella mujer decidida a recorrer uno de esos caminos invisiblemente inaccesibles, hasta que finalmente la perdí en una de esas lúgubres cuevas que ella tanto ansiaba evitar. De nuevo escuché la explicación de Eusemos sobre la restrictiva causa de su fracaso: debía necesariamente estar a solas.
A la luz de lo que había visto y oído desde aquel incidente, ahora comprendía su significado con un sentido más nuevo, claro y contundente del que entonces podía apreciar. Había puntos de semejanza, así como diferencias, en la comparación de su caso con mi situación actual. Pero la ventaja parecía ser mía, y sobre todo cuando recordé que, entre todos los que pasaban junto a ella mientras realizaba su vano esfuerzo, no había nadie que se ofreciera a aconsejarla ni a orientarla, mientras que yo estaba favorecido, no solo por el consejo y la guía de alguien superior a Eusemos, sino por su compañía para guiarme en el camino que debía seguir.
¿Cómo podría equivocarme o cometer un error? ¿Por qué dudar en seguirlo adonde él se proponía guiarme? Le respondí: «Lo entiendo»; pero ¿cuánto más comprendía yo el siguiente paso que debían dar mis pies de lo que ella comprendía cada paso que se sentía obligada a dar por sí misma?
Omra volvió, para mi alivio, con toda la tierna consideración de un hermano mayor, y al hacerlo recibí otro recordatorio incidental del conocimiento preciso que él tenía de todo lo que pasaba por mi mente.
«Al intentar establecer una analogía -dijo, como si ya hubiéramos estado discutiendo el tema-, debes tener mucho cuidado de no intentar llevar la ilustración más allá del punto de semejanza particularmente obvio. Hablaré de esto directamente con más detalle, porque el no observar esta necesaria regla es una de las grandes fuentes de ignorancia y error que tendrás que combatir en tu misión con nuestros hermanos en la carne. Por el momento, deseo hacer una aplicación personal de la regla. En la comparación que haces entre la mujer en la que piensas y tú mismo, hay ciertos puntos de semejanza, pero son muy superficiales y no se pueden argumentar razonablemente.
»Por ejemplo, ambos sois incapaces de seguir una ruta elegida para llegar a una meta que deseáis alcanzar. Hasta aquí, los dos casos son paralelos; pero al preguntarte “¿por qué no podéis avanzar, cada uno de vosotros dos?”, descubres que estáis tan completamente separados como la noche y el día. Ella, por faltas que primero debe expiar; tú, porque al ser hallado digno, te has situado en la disposición, pero tu alma ansiosa ha sido llamada a cumplir un deber preliminar antes de cruzar, al aprender que «¡también sirven quienes solo esperan!» [ref.]. La respuesta pronta, la obediencia a la orden, es la primera señal de fidelidad, ya sea que esa orden sea «adelante» o «quedarse quieto», y benditos sean aquellos que se mantienen en una relación tan comprensiva mediante el amor, de modo que la orden y la respuesta funcionan en sintonía automática, dejando el «¿por qué?» para que el futuro lo revele. Incluso el ángel que está en la misma presencia de Dios sólo conoce en parte, pues se le ordena ‘¡Ve!‘. Al llegar a su destino, puede que le esperen más instrucciones, pero solo a su regreso puede esperar conocer los frutos que su comisión haya dado.
»En cuanto a ti, te aconsejo que descanses en la seguridad del ‘bien hecho‘ que ya has recibido, y que intentes esperar con paciencia y satisfacción cualquier comisión que se te encomiende. Te basta con saber que el Gran Arquitecto del universo te ha llamado a la existencia y te ha traído hasta aquí para tener un lugar, en Su soberbio diseño, que ninguna otra alma puede ocupar en toda Su vasta creación».
«¿No es eso fatalismo? -interrumpí, pero al instante añadí-; perdóname; no pretendo refutar tu afirmación, pero me encantaría saber cómo este propósito predestinado puede armonizarse con la declaración opuesta del libre albedrío humano».
«No hay necesidad de disculpas, mi querido Aphraar -respondió Omra con su característica urbanidad-; Basta con que parezca haber una inconsistencia en algún lugar para que deba ser aclarada en tu camino. Para lograr esta aclaración, recordaremos lo que ya he afirmado acerca del punto de partida de la existencia eterna consciente del hombre; y al hacerlo, deseo hablar como hombre, porque será necesario presentártelo desde esa perspectiva. Tenemos la autoridad de Cristo para hablar de la etapa física de la existencia como un estado de infancia. Añadamos ahora a esto el recordatorio de que Dios es ‘nuestro Padre‘; entonces podemos preguntarnos cuál es la actitud de un padre hacia un hijo que aún no es capaz de discernir entre el mal y el bien. ¿Es una actitud de disciplina arbitraria o de tolerancia compasiva, siempre que el niño respete la autoridad del «sí» y el «no»? Aquí se te presenta la esfera de acción, el alcance y la limitación del libre albedrío.
»Incluso podríamos llevar la figura a una ilustración más madura, si se quiere, y decir que el labrador en invierno puede determinar y organizar la siembra de su terreno en vista de la próxima cosecha, pero una vez plantada la semilla, ha renunciado a su libre albedrío y está obligado a cosechar lo sembrado. El niño, igualmente, una vez pasada la infancia, inicia una etapa escolar, donde la indulgencia anterior da paso a la disciplina, de modo que esté preparado para ocupar el lugar que le corresponde entre los hombres. Así, al comparar el régimen imperfecto de los hombres con la ley perfecta de Dios, el primero guarda una vaga semejanza con el segundo. No hay conflicto: el ascenso al éxito se logra a través de tres etapas: poder, deber y voluntad [may, must, and will]. En la carne, tienes libre albedrío y puedes hacer lo que quieras dentro de ciertos límites.
»Cuando te deshaces de la carne, puedes entrar en el curso de disciplina que es el exigido por el uso que has hecho de tu libre albedrío; esta disciplina continuará hasta que toda la escoria, la mancha y la contaminación sean purificadas; hasta que toda rebeldía obstinada sea quebrantada; hasta que el remordimiento [remorse] dé origen al arrepentimiento [repentance] y el alma se someta y clame por misericordia. Entonces, purificada por la aflicción, se someterá a la guía del Padre y pronto llegará a este lugar sagrado, y pasará por la puerta.
»Si me he hecho entender, creo que verás a tu ogro del fatalismo despojarse de su sombría vestimenta y revelar al bienvenido Mensajero del Amor del Padre».
«Sí. Así es. Siempre me sonrojo ante mi audacia al aventurarme a hacer una pregunta como la que condujo a esto, pero al final siempre estoy más que contento al ver cómo las respuestas despejan las dificultades».
«Entonces, permíteme aconsejarte que no te sonrojes más; aunque, déjame decirte, el sonrojo es solo una sensación terrenal. Aún no se ha abandonado. No puedes sonrojarte aquí -dijo con una mirada humorística-. Pero aunque no te sonrojes, sigue preguntando cuando necesites información. Cuando yo mismo soy llamado a los círculos superiores, descubro que tengo más y más preguntas de las que necesito hacer».
«Ojalá supiera cómo podría hacer algo para corresponder a tu asombrosa generosidad. Me desconcierta sumamente cuando pienso por qué debería recibir tanta atención».
Omra rió a carcajadas al ver mi desconcierto.
«No permitas que eso te perturbe, mi querido hermano. Por grande que sea tu obligación pasada, siempre queda plenamente saldada al hacer la siguiente pregunta. Apenas podrás comprender esto ahora, porque es una de las reglas de la escuela a la que estás a punto de ingresar, donde se estipula que cada alma se alimente de la esencia de aquello que le proporciona a otra. Si reflexionas sobre ello, verás cómo eso garantiza que te demos lo mejor de nosotros, y también cómo cada pregunta que haces nos brinda la oportunidad de alcanzar algo mejor».
«Eso me supera. No intentaré responderlo», respondí, pues tal argumento estaba muy por encima de mi alcance.
«Entonces puedo volver a lo que te decía y que despertó la idea del fatalismo en tu mente. Te aseguraba que el Gran Arquitecto del universo te ha llamado a la existencia y te ha traído tan lejos en tu camino porque tiene un lugar específico en su edificio que tú, y solo tú, puedes llenar. Siendo así, no hay razón para que temas si podrás alcanzarlo. Dios ‘quiere que todos los hombres se salven‘ (1 Timoteo 2:4), y Él, siendo omnipotente, es capaz de llevar a cabo su voluntad. La rebelión puede demorar, pero no puede frustrar el plan del Todopoderoso; así, a su debido tiempo, la redención será tan universal como la caída, y ‘en Cristo todos serán vivificados‘ (1 Corintios 15:22).
»Ahora, en este hogar superior del alma en el que esperas ser recibido, Dios está erigiendo para sí un glorioso templo de la Iglesia de Cristo, del cual el Maestro mismo será la piedra angular. ¡Piénsalo! Aquel a quien los maestros, predicadores y sacerdotes de la Tierra consideraron indigno de vivir, será aclamado aquí cual Dios [acclaimed of God], y entre los aplausos del cielo será establecido como la cúspide del séptuple santuario del Altísimo. Comprenderás cómo una tal iglesia debe ser ‘gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e intachable‘ (Efesios 5:27). Edificada sobre el cimiento de los profetas y apóstoles, toda la estructura se levantó con piedras vivas extraídas de oriente y occidente, de norte y sur, de ‘toda tribu, lengua, pueblo y nación‘ [ref.]. ¿Quién puede anticipar la grandeza de su magnificencia?
»¡Oh, quién puede imaginar la belleza y el esplendor de ese edificio cuando esté terminado! ¡O quién, por otro lado, puede estimar la resistencia de la agonía que esas piedras vivas han padecido en la formación, el acondicionamiento y el embellecimiento necesarios para calificarlas para las posiciones que ocupan! Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada; vagaron con pieles de oveja y de cabra, pobres, afligidos y atormentados. Otros sufrieron crueles burlas y azotes, cadenas y prisiones. Otros fueron rescatados de campos de tortura inhumanos: el potro de tortura, el fuego, los leones y cualquier otro artificio diabólico que una Iglesia falsa pudiera inventar, mediante los cuales estos héroes de la fe siguieron a su Señor con valentía y triunfo, y ahora son glorificados junto con Él en la ciudad del Gran Rey».
«Y todos los que lo sigan a Él, ¿serán añadidos a ese maravilloso templo?», pregunté.
«No todos. ¡No! Solo aquellos que sean hallados dignos del honor supremo. Pero aun así, habrá instalaciones [facilities] casi ilimitadas para que otros sean empleados en el mobiliario y la decoración del templo, y después de eso, para todos los miembros de los coros y entre las grandes multitudes que lo adorarán allí. A veces, el pensamiento acerca de ese incomparable entramado se apodera de mí, y me retiro para poder contemplar con deleite cómo será cuando el Maestro le haya dado los toques finales, y la luz gloriosa que brilla alrededor del trono lo ilumine. Intento evocar la visión hasta que la pierdo en el resplandor de luz que irradia desde su pureza. Imagino sus innumerables joyas: almas de héroes, vencedores, santos, que han desafiado con determinación todos los poderes malignos del infierno; la lucha terminada, la victoria obtenida, colocada como una aureola alrededor de la Estrella Brillante y Ardiente, absorbiendo y reflejando Su gloria eterna por los siglos de los siglos.
»Alrededor de los muros palpitan mosaicos vivientes de escenas por las que Él se movió sembrando las semillas de Su reino mientras buscaba a las ovejas perdidas y descarriadas, o a los desafortunados que habían caído en manos de ladrones en el camino. En todas estas obras maestras de amor y perdón pude ver una mística amalgama de quienes habían elegido seguirlo por estos senderos escarpados y sembrados de zarzas. Me he sentado y he observado con asombro extasiado cómo Él reproduciría allí Su Getsemaní.
»Reflejará la oscuridad y la agonía con colores más ricos y sugestivos, en los que el amanecer lejano proyectará un matiz profético de una esperanza que el corazón del hombre aún no ha soñado. Él tampoco estará allí solo. Puedo ver desde el fondo vago y sombrío una vasta procesión marchando hacia Él para compartir y ayudarlo a soportar su agonía. Oigo su oración de consagración, como la música de un mar de verano rompiendo en la orilla al rítmico latido, latido, latido del sudor sangriento: ‘¡Padre, hágase tu voluntad!‘. Y así, a través de los siglos, resuena el gran panegírico: Belén, Nazaret, Jordán, Getsemaní, el Calvario del que mucho tiempo ha que fue arrebatado, unidos y entrelazados con la Nueva Jerusalén, donde ‘la piedra que desecharon los constructores… se ha convertido en piedra angular‘ [ref.]».
«Cuando te oigo hablar con tanto sentimiento y entusiasmo de lo que nos espera -dije con cierta vacilación, mientras Omra terminaba lo que parecía más una meditación que una respuesta, pero que, sin embargo, respondía admirablemente a todo lo que necesitaba-, entiendo perfectamente que solo unos pocos, muy pocos, pueden aspirar a ser incluidos en una combinación tan sagrada. Pocos, en efecto, pueden aspirar a ser considerados dignos, pero benditos serán aquellos a quienes se les permita entrar en esa ciudad y contemplar la gloriosa visión».
«Me alegra oírte decir eso, porque te ayudará a comprender lo absolutamente imposible que es que la más mínima mancha o impureza de tierra cruce el abismo divisorio».
«Eso me sugiere otra reflexión que me gustaría mencionar».
«¿Te preguntas si el abismo habría existido si el pecado no se hubiera introducido en el mundo?».
«¡Sí!».
«Sí. La brecha no existe por el pecado; es la división natural que existe entre la carne, la materia y el espíritu. Estos dos son tan distintos como la luz y la oscuridad, y no pueden combinarse. Pueden conectarse mediante el puente, como la luz y la oscuridad se unen mediante el crepúsculo. Si el hombre no hubiera caído de su estado original, el acceso al puente habría sido por una ruta mucho más atractiva, que incluso está todavía disponible, pero ¡ay!, nunca se utiliza».
«¿Podría todavía utilizarse?», pregunté.
«Claro. Pero las circunstancias actuales lo hacen casi imposible. Sin embargo, podría hacerse disponible para ayudar».
«¿Podrías contármelo?».
«Sí. Si me acompañas, te lo señalaré y explicaré con más detalle de lo que por ahora has podido entender».
Versión en inglés
CHAPTER TEN
THE LIVING TEMPLE
Omra’s hand was almost imperceptibly withdrawn from my arm, to creep round my waist in a gentle insinuation that we should move away, but every impulse of my soul was urging me to find some means to reach that other shore. Never before had I felt such an all-consuming desire as I had to reach that gate which stood so near and yet so far away.
Again the gentle pressure of Omra’s intimation suggested our departure, but still my obedience was paralysed by the force of that irresistible attraction.
My companion waited for me with more than patience. He did not speak. The only argument he employed to induce me to yield to his suggestion was the silent pressure of his compassionate sympathy. He himself had passed that way heretofore and he knew – he remembered – and being touched with the feeling of the same infirmity in the presence of a like occasion, his soul clave to mine in its reluctance to leave, even though he knew the better way to reach the goal.
We stood for a considerable time watching many passing to and fro over the now invisible bridge – for the power which Omra had loaned to me had now been withdrawn – but I was rooted to the spot as though I was part of the native rock which walled the gulf.
Presently Omra spoke to me, not with the voice of one glorying in the demonstration of an argumentative victory, but as a sympathetic teacher congratulating a pupil on the solution of a somewhat abstruse problem.
“Now you will be able to understand something of the impregnable nature of the bulwarks of the kingdom,” he said. “I understand,” I replied laconically. There was much more I should like to have added, but something whispered that it would be inadvisable to do so just then. Instantly memory flew back to that striking scene which so interested me when I was standing on the Mount in the company of Eusemos, and again I watched the unsuccessful attempts of that resolute woman to travel one of those invisibly inaccessible roads, until at length I lost her in one of those dismal caves she had been so anxious to avoid. Again I listened to the explanation of Eusemos as to the constraining cause of her failure – she must needs go to her own.
In the light of what I had seen and heard since that incident occurred, I now understood his meaning in a newer, clearer, more forceful sense than I could then appreciate. There were points of likeness as well as difference in the comparison of her case with my present position; but the advantage seemed to be to myself, and especially when I remembered, in all who passed her by as she made her vain endeavour, ‘there was not one who volunteered to give her a word of advice or direction, while I was favoured, not only by the advice and direction of a greater than Eusemos, but by his companionship to guide me in the way that I must go.
How could I go wrong or make a mistake? Why should I demur to follow where he proposed to lead? I answered him, “I understand”; but how much more did I understand the next step my feet must take, than she comprehended at every turn she was self-compelled to take?
Omra again came, to my relief with all the tender consideration of an elder brother, and in doing so I received another incidental reminder of the precise knowledge he had of whatever was passing through my mind.
“In attempting to institute an analogy,” he said, as if we had already been discussing the subject, “you must be very careful not to try and carry the illustration beyond the particularly obvious point of resemblance. I will speak more fully of this directly, because the failure to observe this necessary rule is one of the great sources of ignorance and error you will have to combat in your mission to our brethren in the flesh. For the moment, I wish to make a personal application of the rule. In the comparison you are making between the woman you are thinking of, and yourself, there are certain points of resemblance, but they are very superficial and cannot be reasoned upon.
“For instance, both of you are unable to pass by a chosen route to a goal you desire to reach. So far the two cases are parallel; but directly you ask ‘why you are each unable to proceed?’ you find that you are divided as far as night and day. She, because of misdeeds for which she must first atone; you, because being found worthy you have taken your stand in readiness, but your eager soul has been called upon to perform a preliminary duty before crossing, in learning that ‘they too serve who only stand and wait!’ Prompt response, obedience to the word of command, is the first sign of fidelity, whether that command be to go ‘Forward’ or ‘Stand still,’ and blessed are they who stand in such sympathetic relationship through love, that command and response work in automatic union, leaving the ‘why?’ for the future to reveal. Even the angel who stands in the very presence of God only knows in part, as he is commanded to ‘Go!’ When he reaches his destination he may find further instructions awaiting him, but only after his return can he hope to know what the harvest of his commission has yielded.
“As for yourself, I counsel you to rest in the assurance of the ‘Well done’ you have already received, and try to wait with contented patience whatever commission may next be entrusted to you. Be it enough for you to know that The Great Architect of the universe has called you into existence, and brought you thus far to fill one spot in His superb design which cannot be occupied by any other soul in all His vast creation.
“Is that not fatalism” I interjected, but instantly added, “Pardon me; I do not desire to controvert your affirmation, but I would be glad to hear how this predestined purpose can be harmonized with the contrary declaration of man’s free will”
“There is no necessity for any excuse, my dear Aphraar,” Omra replied with characteristic urbanity. “It is quite enough that there seems to be an inconsistency somewhere that needs to be cleared out of your way. To effect this clearance we will recall what I have already stated to be the starting-point of man’s conscious eternal existence; and in doing so I wish to speak as a man, because it will be necessary to present it to you from that point of view. We have the authority of the Christ for speaking of the physical stage of existence as a state of infancy. Let us now add to this the reminder of the fact that God is ‘our Father’; then we may go on to enquire what is the attitude of a parent towards a child who is not yet able to discern between the evil and the good. Is it one of arbitrary discipline, or one of sympathetic tolerance, so long as the child respects the authority of ‘Yes’ and ‘No’? Here you have set before you the sphere of action, the scope, and the limitation of free will.
“We may even carry the figure to a more mature illustration if you will, and say the husbandman in the winter may determine and arrange for the sowing of his land in prospect of the coming harvest, but having once planted the seed he has renounced his free will, and is bound to reap the harvest of what is sown. The child, likewise – infancy gone – enters upon a school career, where the former leniency gives place to discipline, in order that he may be fitted to take his destined place among men. So, when you come to compare the imperfect regime of men with the perfect law of God, the former bears a shadowy resemblance to the latter. There is no conflict – the ascent to success is made through three stages – may, must, and will. In the flesh you have free will, and may do as you will within certain limits.
“When you throw off the flesh, you may enter upon a course of discipline demanded by the use you made of your free will; this discipline will be continued until all the dross, stain and contamination are purged away; all stubborn defiance broken down; until the remorse gives birth to repentance and the soul submits and cries for mercy. Then, purified by affliction, it will submit to the Father’s guidance and presently reach this hallowed spot, and pass forward through the gate.
“If I have made myself understood in this, I think you will see your ogre of Fatalism drop his sombre garb and reveal the Father’s welcome Messenger of Love.”
“Yes. It is so. I always blush at my audacity in venturing to ask such a question as led to this, but in the end I am always more than glad by reason of the difficulties the answers clear away.”
“Then let me advise you not to blush any more: though, let me tell you that the blush is only a sensation of earth. not yet relinquished. You cannot blush here,” he said with a humorous glance. “But though you may not blush, continue to ask whenever you need information. When I myself am called into the higher circles, I find that I have more and more questions than it is needful for me to ask.”
“I wish I knew some way in which I could do something to repay your amazing generosity. I am positively bewildered to think why I should receive such attention.”
Omra laughed outright as he witnessed my discomfiture.
“Don’t allow that to disturb you, my dear brother. However great your past obligation may be it is always fully discharged by your asking the next question. You will scarcely be able to understand this at present, because it is one of the rules of the school you are about to enter, where it is provided that every soul shall feed upon the essence of that it furnishes to another. If you will think that over you will see how that ensures that we give you of our best, and also how every enquiry you make affords us the opportunity of attaining to something better.”
“That is beyond me. I will not try to answer it,” I responded, for such an argument was far above my reach.
“Then I may return to that of which I was speaking that roused the idea of fatalism in your mind. I was assuring you that the Great Architect of the universe has called you into being and brought you so far on your way because He has a particular spot in His edifice which you, and only you, can fill. That being so, there is no reason for you to fear as to your being able to reach it. God ‘will have all men to be saved’ (1 Tim. ii, 4), and He, being omnipotent, is able to carry out His will. Rebellion may delay but it cannot frustrate the Almighty’s plan, so, in His own good time, the redemption shall be found to be as universal as the fall, and ‘in Christ shall all be made alive ‘ (1 Cor. xv, 22).
“ Now, in this higher home of the soul into which you are waiting to be received, God is raising to Himself a glorious temple of the Church of Christ of which the Master Himself shall be the capstone. Think of it! He whom the teachers, preachers and priests of earth found not to be worthy to live, shall here be acclaimed of God, and ‘mid the plaudits of heaven be set as the pinnacle of the seven-fold holy sanctuary of the Most High. You will understand how such must be ‘a glorious Church, not having spot, or wrinkle, or any such thing, but that it should be holy and without blemish’ (Eph. v, 27). Built upon the foundation of the prophets and apostles, the whole structure raised of living stones quarried from east and west, and north and south, of ‘every kindred, and tongue, and people and nation.’ Who can anticipate the grandeur of its magnificence?
“Oh, who can picture the beauty and the splendour of that edifice when it shall be completed ! – or who, on the other hand, can estimate the endurance of the agony those living stones have passed through in the shaping, dressing, and embellishment necessary to qualify them for the positions they hold! ‘They were stoned, they were sawn asunder, were tempted, were slain with the sword: they wandered about in sheep-skins, and goat-skins – being destitute, afflicted, tormented’; others had trial of cruel mockings and scourgings, of bonds and imprisonments; other have been gathered from inhuman fields of torture: the rack, the fire, the lions, and every other fiendish device a counterfeit Church could invent, through which these heroes of the faith have boldly and triumphantly followed their Lord, and now they are glorified together with Him in the city of the Great King.”
“And will all who follow Him be built into that wondrous temple” I enquired.
“Not all. No! Only those who are found to be worthy of the supreme honour. But still there will be almost unlimited facilities for the employment of others in the furnishing and garnishing of the temple, and after that for all in the choirs and among the great multitudes who will worship Him therein. Sometimes the thought of that incomparable fabric takes possession of me, and I go away where I may indulge my soul in the contemplation as to what it will be like when the Master has given it its finishing touches, and the glory-light that plays about the throne shall shine upon it. I try to conjure up the vision until I lose it in the blaze of light that is radiated from its purity. I picture its myriad gems – souls of heroes, victors, saints, who have unflinchingly braved all the malicious powers of hell – the struggle over, the victory won, set as an aureole around the Bright and Burning Star, drinking in and reflecting His eternal glory for ever and for aye.
“Round about the walls pulsate with living mosaics of scenes through which He moved sowing the seeds of His kingdom as He sought for the lost and wandering sheep, or hunted for the unfortunate who had fallen into the hands of robbers by the way. Into all such masterpieces of love and forgiveness I could see a mystic interblending of those who had chosen to follow Him in these rugged and briar-strewn paths. I have sat and watched with enraptured wonder how He will reproduce His Gethsemane there.
“It will reflect the darkness and the agony in richer and more suggestive colours, in which the far-off dawn will cast a prophetic tinge of a hope the heart of man has not yet dreamed of. Nor will He be there alone. I can see from out the vague and shadowy background a vast procession marching towards Him to share and help Him to bear His agony. I hear their consecration prayer, like the music of a summer sea breaking upon the shore to the rhythmic throb, throb, throb of the bloody sweat – ‘Father, Thy will be done!’ And so, through all the roll of the ages, the great paean runs – Bethlehem, Nazareth, Jordan, Gethsemane, Calvary of the long ago caught up, linked and interblended with the New Jerusalem where ‘the stone which the builders rejected … is become the head of the corner’.”
“When I hear you speak with such feeling and enthusiasm of that which lies before us,” I said with some hesitation, as Omra finished what seemed to be more of meditation than a reply, yet it admirably answered all I needed ‘I can well understand that only a few – a very few – can ever hope to be included in such a sacred combination. Few indeed can hope to be found worthy, but blessed indeed will be they who are permitted to enter into that city and look upon the glorious vision.”
“I am glad to hear you make that declaration, because it will help you to understand how absolutely impossible it is for the slightest taint or stain of earth to pass over the dividing gulf.”
“That suggests to me another thought I would like to mention.”
“You are wondering whether the gulf would have existed if sin had not been introduced into the world?
“Yes!”
“Yes. The breach does not exist because of sin; it is the natural division that lies between the flesh, matter and spirit. These two are as diverse from each other as light and darkness, and cannot be interblended. They may be connected by means of the bridge as light and darkness are linked together by means of the twilight. Had man not fallen from his first estate, the approach to the bridge would have been by a far more attractive route, which is even yet available but, alas! it is never used.”
“Might it still be used” I asked.
“Certainly. But existing circumstances make it almost impossible. It may, however, be made available for assistance.”
“Will you tell me of it”
“Yes. If you will come with me I will point it out and explain it more fully than you have yet been able to understand.”